MdN: New York (21) Lo que vio Liam

Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler

Liam McMurdo había dado una rápida vuelta alrededor del hotel buscando el lugar desde el que, de ser necesario, comenzar una huida. La experiencia, como conductor en atracos y otros delitos, le hizo descubrir un callejón perfecto donde aparcar el coche… pero ya había un coche ahí parado. Un Hudson negro, con el motor encendido…

 

Lo mismo que él haría.

 

Con el picor de la sospecha mordiéndole la nuca, Liam aparcó cerca. Le quitó el seguro a su revólver del calibre 32 antes de guardarlo en su cazadora de aviador y salió del coche con las manos en los bolsillos. Caminó pegado a la pared, intentando no llamar la atención del conductor… pero tropezó con un cubo de basura y cayó al suelo estrepitosamente…

 

Y ahí estaba, a cuatro patas, apretando los dientes, cuando el conductor del Hudson, un tipejo malencarado, de piel tan oscura como su coche, salió del vehículo y le lanzó una fiera mirada. Liam le devolvió la mirada y con voz pastosa rugió:

 

—¿A ti qué coño t’a pasha? ¡Nunca hass vishto a un borrasho caershe!

 

El conductor del Hudson chasqueó los labios, se encogió de hombros y volvió al coche… Liam, se quedó sentado junto al parachoques trasero, sorprendido de que el numerito del beodo hubiera colado… lanzó un vistazo al tubo de escape humeante y una idea atravesó su cabeza como un relámpago.

 

Se descalzó, se quitó el calcetín, lo hizo una bola y lo embutió rápidamente en el tubo de escape. El humo se acumularía en el motor del coche y ese sospechoso vehículo no podría ir muy lejos. Se levantó y se alejó del Hudson Negro, dando bandazos como si estuviera borracho, hasta que pudo refugiarse en su Packard Twin Six, desde el que vigiló al coche sospechoso, con el oído y la vista atentos por si alguno de los Finns aparecía corriendo, cuando…

 

—¿Pero qué cojones es eso?

 

Un hombres descendía en el aire desde la azotea del hotel, en el callejón donde estaba el coche sospechoso. Era un hombre alto, negro, vestido con una larga gabardina negra… pero no volaba. En un parpadeo pudo ver que el hombre que descendía, estaba enredado en una larga criatura serpentina que flotaba en el aire gracias al aleteo de su única ala draconiana… la consistencia de la horrenda criatura voladora no era terrenal y, con cada respiración, Liam constató que el monstruo aparecía y desaparecía de su vista hasta que depositó suavemente al hombre de la gabardina junto al coche y, en otro abrir y cerrar de ojos, el monstruo, esa cuerda viviente que había descendido a su amo hasta el suelo, ya no estaba.

huntinghorror
La Cuerda

 

El sospechoso de la gabardina entró en el coche y el Hudson arrancó precipitadamente emprendiendo la huida… Liam dudó: Esperar a sus amigos o perseguir a ese individuo que tenía relación con los Mitos de Cthulhu y, que posiblemente tendría relación con la investigación que Jackson Elias les iba a encargar.

 

El Hudson salió del callejón.

 

Liam arrancó, dio un volantazo y salió en persecución del coche. Su Packard esquivó a un taxi amarillo, cuyo taxista le gritó alguna barbaridad. Comenzó a seguir al Hudson entre el abrumador tráfico de Nueva York, zigzagueando entre coches, camiones y un ejército de taxistas… hasta que el Hudson enfiló hacia el norte y comenzó a callejear por las calles del Harlem.

 

Liam supo que él y su coche destacarían como un cartel de neón en mitad de una solitaria autopista, pero debía saber hasta donde iban los individuos del Hudson… y con un poco de suerte ese maldito coche debía quedarse tirado a…

 

—Vaya, vaya, vaya…

 

El tipo de la gabardina se bajó del coche casi en marcha, dio un par de zancadas y se metió en un antro que infectaba con su hedor a delincuencia y problemas, toda la desamparada manzana.

 

Varios de los parroquianos que había a la entrada del local le dirigieron unas miradas despreciables y Liam supo que era el momento de pisar el acelerador y salir quemando rueda de allí.

 

Y entonces llegó a tiempo de recoger a los malheridos Finns, montarlos en su coche y conducir hasta su contacto con los bajos fondos de Nueva York: El Veterinario.

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