MdN: New York (23) Importaciones Emerson

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

—¿¡En un veterinario!?—preguntó Madame Loconnelle.

—Colin estará paranoico —continuó Annie O’Carolan—, más de lo que estaba antes, quiero decir… pero no le falta razón. Liam está metido en chanchullos muy raros. El caso es que nos vino bien. Greg y Angus han pasado la noche atendidos… como perros, pero atendidos.

Ambas cuchicheaban en la parte trasera del taxi que avanzaba a trompicones por los interminables atascos de la gran urbe neoyorquina, en dirección a Importaciones Emerson. Tras once escandalosos dólares de viaje, el coche amarillo las dejó en las inmediaciones del puerto, hasta un descuidado pero ordenado almacén.

Media docena de operarios movilizaban diversas mercancías hasta pequeños camiones de reparto. Los atareados hombres dirigieron a las mujeres unas libidinosas miradas, largos silbidos y algún divertido comentario fuera de tono. Mientras Annie ponía los ojos en blanco y Patry devolvía los piropos se encaminaban hacia la pequeña y atestada oficina, donde un cincuentón de aspecto cansado les dirigió una interrogadora mirada.

—Buenos días —saludó con voz profunda.

—Buenos días —intervino Annie—. ¿Es usted Silas McClane?

—Silas McClane. No, no… que vá. Aquí no hay ningún Silas McClane. Yo soy Arthur Emerson… el dueño.

—Oh… vaya… Es que, verá, veníamos buscando a Silas McClane por un paquete que le dejó Jackson Elias.

Arthur Emerson alzó sus pobladas cejas y se rascó su descuidada cabellera cana mientras paladeaba la información.

—¿Jackson Elias? No hay ningún paquete de… ¿Jackson Elias? Espere un segundo… Ese… Jackson Elias, sí, me suena ese nombre. ¿Ese tal Jackson Elias no es un periodista que vino ayer por aquí preguntando por uno de mis clientes? Sí, sí, ahora lo recuerdo. Pero no, no dejó ningún paquete.

—¡Vaya, por Dios! —exclamó Madame Loconnelle teatralmente—, ¡que contrariedad! ¡Y ahora que le diremos a los pequeños Angus y Greg!

Annie le dedicó una soslayada mirada de reprobación mientras intervenía.

—Es que, disculpe, señor Emerson, pero tenía un recado del señor Elias según el cual debía recoger en esta dirección un paquete que le había dejado un cliente suyo. Un tal Silas McClane.

Patry se apoyó sobre la mesa y resaltó sus encantos femeninos.

—Y necesitamos mucho ese paquete… Señor Emerson…

—Se-señoritas… yo… eh… nonono…—La mirada de Arthur Emerson bailó durante un segundo de más por encima del turgente pecho de Patry, pero el comerciante tragó saliva y mantuvo las formas—. No tengo muy claro quiénes son y qué quieren exactamente de mí… Ni tampoco tengo muy claro su objetivo aquí… ya que estoy bastante seguro de que no vienen a por ningún paquete.

Annie apartó a golpe de cadera a Patry y sacó la tarjeta que encontraron en la billetera de Jackson Elias. Leyó de nuevo el nombre escrito con una letra temblorosa e irregular en la parte de atrás escrito, y maldijo su bocaza…

—Verá somos hermanas…

—¿¡Hermanas!? —Annie le propinó un codazo a Patry.

— Hermanas y amigas del bueno de Jackson Elias. Nos dejó el recado de recoger un paquete de Silas… Silas N’Kawe. ¡No McClane! ¡Qué tonta he sido! Quería decir Silas N’Kawe.

— Y que lo digas —dijo Patry entre dientes sin dejar de lucir una gran sonrisa.

Emerson achinó los ojos, nada contento con la excusa que esa pareja tan dispar de hermanas le acababa de dar. Pero, fuera de sus sospechas, el encargado del almacén era un hombre íntegro.

—Señoritas, no se que se traerán entre manos el tal Elias y ustedes, pero les digo lo mismo que le dije al chupatintas. Manténgase alejados de la Casa del Ju-Ju y de esos negros. No se traen nada bueno.

Annie y Patry se miraron de reojo antes de volver a prestar toda su atención sobre Arthur Emerson.

—¿Negros?

—¿¡Jackson tenía tratos con negros!? ¿¡Adónde vamos a llegar!? —El comentario vino acompañado de otro certero codazo de Annie a las costillas de Patry.

—No—contestó secamente Emerson—. Elias vino preguntando por Silas N’Kawe, el dueño de la Casa del Ju-Ju. Y le dije que se mantuviera alejado de esa gente.

—No va a darnos la dirección de la Casa de Ju-Ju, ¿verdad? —gruñó Patry con el tono de voz frío como un témpano.

—¿No me han oído? Esa gente cumple con sus facturas y, como soy un profesional, cumplo con sus pedidos. Pero el día que tenga la más mínima excusa, dejo de trabajar para esa gentuza. ¡Claro que no les voy a facilitar esa dirección! Y si son señoras de bien…

—Señoritas —siseó Annie en un impulso.

—… ¡deberían mantenerse muy alejados de esa gente! —El rostro de Emerson estaba rojo y su paciencia agotada.

Annie y Patry se recompusieron. Sonrieron con candor y le dedicaron un encantador saludo de despedida.

—Le dejamos en la virtud y la gracia del Señor —se despidió Patry con voz en falsete.

—Sí… Eso… Muchas gracias, señor Emerson.

arthur-emerson

Arthur Emerson contempló cómo la dispar pareja de hermanas se alejaban discutiendo de su almacén y volvió a sus facturas, pedidos y aranceles cuando su vista recayó sobre el periódico que había sobre la mesa del despacho. El titular informaba con letras enormes sobre un brutal asesinato en el Hotel Chelsea.

Entonces, Emerson cogió el teléfono y llamó a la policía.

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