MdN: New York (27) La Primera visita a la Casa del Ju-Ju

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Madame Nelly Loconnelle y Angus  Lancaster se presentaron voluntarios para investigar la Casa del Ju-Ju. Antes de tomar un taxi y atravesar la ciudad hasta la dirección que Nelly consiguió en el listín telefónico, Annie les informó que el término Ju-Ju era como los santeros de Nueva Orleans se referían al poder mágico. Existía buen Ju-Ju y mal Ju-Ju.

Aunque Angus y Patry iban en taxi, no iban a entrar en ese local, que a todos los Finns les olía mal  y del que Arthur Emerson les previno, sin protección. Greg Pendergast, Colin O’Bannon, Annie O’Carolan y Liam McMurdo les seguían a una distancia prudencial montados en el Packard Twin Six de Liam. Annie se sorprendió de que Liam no se perdiese en el aglomerado tráfico de la Gran Manzana, ni confundiera el yellow cab de sus amigos, con cualquiera de los muchos taxis que circulaban por las calles y avenidas.

—¿Están seguros de que quieren bajar aquí? —les previno el taxista a Angus y Patry cuando aparcó frente a un callejón de la calle 137—. No es un buen barrio.

—Descuide, socio —contestó Angus pagando su servicio con una generosa propina.

La dirección del local, Ramson Court 1, daba a un estrecho callejón que había entre una casa de empeños abandonada y un viejo edificio de apartamentos. Patry y Angus lanzaron un vistazo hacia el coche donde sus amigos les guardaban las espaldas antes de internarse en la calleja que desembocaba en un sucio patio. Allí se encontraron otra entrada de la casa de empeños, un bloque de edificios con ventanas tapiadas, puertas dilapidadas y pintura desconchada, un denso silencio y la Casa del Ju-Ju.

Patry atisbó a un vagabundo de piel morena, agazapado en una esquina, envuelto en mantas y trapos, y aferrado a una botella de licor barato, envuelta en una bolsa de papel marrón.

La fachada de la tienda era simple y poco llamativa. Una puerta de vidrio, cortinas verdes oscuras y sucias, el escaparate sucio de polvo, en el que había expuestos múltiples objetos de arte africanos.

Entraron. Una desafinada campanita sonó. La Casa del Ju-Ju era una habitación estrecha, sucia de polvo, atiborrada de material africano: cabezas de animales disecados, máscaras de brujería, bastones de mando decorados, penachos de plumas, lanzas y tambores tribales. El ambiente depresivo, triste. Tras un mostrador había un hombre, el dependiente del establecimiento, un anciano negro, con una corona de rizado pelo blanco que les miró sonriente tras sus finos anteojos

—¿Sí?

—Muy buenas tardes, caballero —saludó Angus, derrochando carisma.

—Saludos.

—Su acento es peculiar. Usted no es de aquí, ¿me equivoco?

—Por supuesto que no, señor. Soy keniata.

—Bueno… Verá… vengo buscando algo que me ayude con… mis problemas.

—¿Problemas?

—Sí —Angus confidente, se acercó hasta el dependiente antes de señalar a Patry que estaba planteándose robar algo de la tienda—, como verá me acompaña una auténtica belleza a la que… Cómo decirlo… no soy capaz de… satisfacer…

—Oooooooh —el encargado admiró a Patry antes de inclinarse sobre el mostrador y susurrar—. Entiendo, señor. Entiendo. Busca levantar su hombría. Eso ser caro, muy caro…

—El dinero no es un problema —contestó Angus al tiempo que se fijó en que el anciano negro llevaba una tira de cuero al cuello de la que colgaba una gruesa llave—, por ella haría lo que fuera.

—Oh, amor joven. Muy bonito. Darme segundo que ir al almacén a buscar remedios, ¿sí?

El anciano anadeó hasta otra cortina que hacía las veces de puerta con el almacén. Antes de entrar, lanzó una ardiente mirada tras el mostrador, tras lo cual, les dirigió una amplia sonrisa de piraña, forzada y artificial, que consiguió helarles la sangre.

Angus aprovechó para mirar tras el mostrador, pero sólo encontró una vieja y fea alfombrilla.

El dependiente volvió con tres botes de cristal.

—Le explicar —comenzó depositando en el mostrador cada bote, tras explicarlo—. Este ser Polvo de pezuñas de Antílope: efecto muy rápido, pero para poco tiempo. Este ser Polvo de Cuerno de Rinoceronte: el mejor, le vuelve a uno fuerte para embestidas. ¿Sí? Este ser Polvo de Colmillo de Elefante: como el elefante, es lento, pero incansable. Le recomiendo el Rinoceronte. Ser el mejor. Pero ser caro.

—¿Se podrían mezclar? Una cucharada de Antílope con Elefante y…

—No recomendar. Ser  peligro. Solo de uno. Recomendar Cuerno de Rinoceronte. Sólo treinta dólars.

—Me llevaré uno, por supuesto… pero…Verá, creo que voy a necesitar algo más… potente —Angus adoptó de nuevo ese tono confidente—. Creo que me han maldecido. Tuve una novia, una chica de Nueva Orleans que jugueteaba con la magia negra…

—Se llamaba Annie… esa perra —escupió Patry que jugaba con la lengua disecada de un león.

—Se que existen amuletos más allá de estos remedios —continuó Angus—. Amuletos mágicos y… entre usted y yo ¿Estas cosas funcionan?

—Por supuesto. Sí Of course, claro. Pero necesitar de alguien que conjuros bien al amuleto.

—¿Alguien como quién?

—Yo conocer un kuhani, muy poderoso… Un brujo hechicero, ¿sí? Pero sus servicios ser caros. Muchos dólars. Sí, de veras necesitar, yo poder llamar para que próxima luna llena el Gran Mukunga…

—No puedo estar tanto tiempo esperando… —le cortó Angus lamentándose de haberle interrumpido cuando hablaba de ese tal Mukunga—, verá necesito verle cuanto antes… y cómo le he dicho, el dinero no es un problema.

Angus depositó un reluciente billete de cien dólares en la mesa.

—Es muy precipitado —comenzó a excusarse el dependiente sin apartar la vista del dinero—,quizá podríamos esperar hasta la luna nueva…

Angus depositó dos billetes de cincuenta dólares. El dependiente dudaba, era mucho dinero.

—Lo necesito cuanto antes. Esta noche.

—Imposible.

Angus juntó trescientos dólares.

—Yo… de verás que querer pero, como muy pronto, el próximo día ser… el 17, el 17 de enero podría llamar al Gran Mukunga…

—El 17 no podemos cariño —le cortó Annie. Angus se volvió ofuscado, de nuevo interrumpían al viejo cuando hablaban del tal Mukunga—. La fiesta…

—¿Fiesta? ¿Qué mierda de fiest…? ¡Oooooh, claro!  La fiesta de Eric… ¡La fiesta! Sí, claro. Disculpe, buen hombre, pero tenemos un gran evento social la noche del 17 y nos sería imposible acudir…

—Bueno, pues razón mejor para dejar para más adelante. Cuando luna en mejor posición de cielo, quizá…

Angus soltó 50 dólares más.

—¿O podríamos quedar el 17 a las… seis de la tarde? —preguntó el anciano—. ¿Según se haya puesto el sol? Para gran ritual de fecundidad con el Gran Mukunga.

—Muchas gracias —agradeció de nuevo Angus, que apenas le quedaban veinte pavos en la cartera—. Se lo agradezco enormemente, señor…

—N’Kawe —contestó el anciano dándole la mano—. Silas N’Kawe.

silas-nkwane

—Yo soy Lord Angus Stark  —mintió Angus como un bellaco.

Silas N’Kawe se giró hacia Patry y le tendió su nudosa mano.

—¿Y usted es?

—Lady Patricia Stark —contestó Madame Loconnelle.

Y un resplandor verde cegó momentáneamente a Angus. Fue un simple flash, un fulgor verdoso que le despistó durante un segundo… pero a Silas N’Kawe le afectó mucho más. El anciano había palidecido, le temblaban las piernas y se tambaleó antes de aferrarse al mostrador. Angus le agarró del brazo al tiempo que dirigía una feroz mirada a una sonriente Patry que escondía algo en su camisola roja de largas mangas.

—¿Se encuentra bien?

Silas N’Kawe no contestó. Su mirada estaba perdida en el vacío.

—¿Qué has hecho, Patry?

—Nada, cariño —contestó Nelly con los dientes apretados. Angus liberó a Silas y aferró a la rubia del antebrazo—. Sabré cosas de él, dentro de poco, cariño. Y ahora quita tus putas manos de encima.

—Lo siento… —se excusó Silas, caminando lentamente hacia el mostrador donde guardó el dinero de Angus en una pequeña caja de galletas— Tener kizunguzungu… Un mareo… Si no importar, yo… Voy cerrar tienda ahora. Querer tumbarme a descansar.

Siles N’Kawe le tendió una bolsa de papel marró en la que había guardado algo.

—Tome… Su polvo de Cuerno de Rinoceronte… Dos cucharadas en vaso de agua, media hora antes de… Y que pasen buena noche…

—Eso ni lo dudes, encanto —se despidió Nelly, dedicándole un pícaro guiño antes de salir de la Casa del Ju-Ju.

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