MdN: New York (31) El Rito de la Virilidad

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster y Madame Loconnelle llegaron a la Casa del Ju-Ju a las seis en punto. Silas N’Kawe les estaba esperando en medio de la tienda. El viejo dependiente miraba con fijeza a la mujer y no lucía la misma servicial sonrisa con la que les recibió la primera vez.

En la tienda habían apartado muchos de los variopintos objetos para dejar un hueco libre, donde había una pareja de feos cojines color sangre y trece cirios  a medio derretir.

—¡Señor N’Kawe! —saludó entusiasmado Angus, pero N’Kawe no les devolvió el saludo y con un seco gesto señaló a los cojines.

—Tomar asiento —indicó al tiempo que echaba el pestillo a la puerta principal de la tienda—. Ahora venir Gran Mukunga con amuleto. El Rito de la Virilidad comenzar pronto.

—¿Y cómo va a entrar si cierra usted la puerta?—preguntó Patry.

—El Gran Mukunga ya estar en tienda.

—¡Ya está aquí! —dijo la pelirroja, nerviosa, mientras palmeaba el brazo de Angus—. ¡Ya está aquí!

Mientras Angus y Patry se sentaban en los sillones y el anciano comenzaba a encender las velas con unas cerillas, afuera, en las inmediaciones del callejón, Jacob y Thomas tomaron posiciones a los lados de la calle y, como una sigilosa sombra, Colin O’Bannon se asomó al patio donde estaba la tienda. Ya no había un borracho en la esquina de la corrala, sino dos, y, por lo que Colin observó, no estaban borrachos, simplemente descansaban envueltos en unos harapos. Y no eran los únicos vigías. Por el rabillo del ojo, en el segundo piso del bloque de edificios, pudo observar la oscura silueta de un tercer hombre.

Colin se volvió al coche donde estaba el resto del Finns y por señas les indicó que no estaban solos.

—Esto pinta mal —se quejó Greg Pendergast. Annie O’Carolan asintió mientras sacaba del bolso la Luger P08 y deslizaba la corredera por el cañón. Liam McMurdo apretó sus enguantadas manos en el volante.

Dentro de la Casa del Ju-Ju, N’Kawe estaba tratando de explicar los pormenores del ritual a la nerviosa pareja, pero Patry no paraba de interrumpirle, repitiendo a modo de pregunta todo lo que el anciano acababa de decir y pidiendo ir a un baño. Angus, al ver como N’Kawe se irritaba cada vez más, hasta el punto de amenazar con cancelar el ritual, terminó por agarrar a su falsa mujer de la muñeca y, con los dientes apretados, animarla a que cerrase su boquita de una jodida vez.

—Como yo decir —comenzó N’Kawe por tercera vez—, durante el rito no moverse. Estar sentados hacia dirección con la luna. Bueno para el rito. El Gran Mukunga les tocará una vez. Sólo una vez. Les dejará manchados en frente. Ser casi final del ritual. Luego Gran Mukunga hacer últimos encantamientos sobre amuleto. Y terminar. Cuando Gran Mukunga irse ustedes esperar mí. Yo venir, dar ustedes amuleto y fin de rito.

Con una velocidad sorprendente para un hombre tan mayor, N’Kawe se plantó ante el rostro de la mujer, luciendo una enorme sonrisa que nada tenía que ver con el desprecio que irradiaba su mirada.

—Esto ser sagrado para nosotros. Merecer respeto. ¿Queda claro?

—Cristalino, señor N’Kawe —contestó Angus por los dos—. Muchas gracias.

Silas N’Kawe apagó la luz, dejando a los falsos Stark a la luz de las velas y se metió tras la sucia cortina. En ese instante comenzó a sonar el rítmico retumbar de unos yembes.

Tum-Tum-TumTum-Tum-Tum-TumTum-Tum-Tum-TumTum

Angus alzó tres dedos ante Nelly para informarle que, por lo menos, había tres personas más, además de Silas y el tal Mukunga…

En ese momento se apartó la cortina.

Un poderoso hombre negro vestido con un taparrabos de cuero y una capa de piel de león en cuyo cuello habían cosido una vistosa colección de plumas de colores, entró en la sala. Unos extraños guantes escondían sus dedos bajo unas afiladas garras de felino.

Patry sintió un escalofrío al reconocer el siniestro rostro del hombre que había visto en sus sueños escarificar la frente de Jackson Elias.

El Gran Mukunga comenzó a entonar una rimbombante jaculatoria al tiempo que gesticulaba dramáticamente alrededor de Angus y Patry.

Habían pasado diez minutos desde que entraran en la tienda, cuando Liam decidió apagar el motor del coche y Greg alzó la mano.

—¿Lo oís? —preguntó con el ceño fruncido. Liam se volvió en el asiento para mirarles.

—Tambores.

Mukunga había disminuido el tono de su oración hasta volverlo un murmullo casi inaudible por encima del percutir de los yembes.

TumTumTum-Tum-TumTumTum-Tum-TumTumTum-Tum

El brujo depositó ante ellos una pequeña bolsa de tela, con un cordel de cuero: el amuleto. Lo puso entre tres pequeños cuencos de madera de baobab. Manchó el pulgar de la mano derecha con el contenido de uno de los cuencos y pintó el amuleto. Luego repitió el gesto hundiendo el dedo pulgar en otro de los cuencos. En el último cuenco hundió ambos dedos, trazó un círculo sobre el amuleto, antes de alzarse de pie, gritando, sin dejar de repetir el mismo cántico.

Angus y Patry estaban impresionados por la fuerza del ritual, el poder que despedía cada gesto, cada aliento, cada sílaba.

En un pestañeo, Mukunga se cernió sobre Angus y posó su pulgar en su frente. El arquitecto se estremeció, sintiendo un glacial escalofrío hundirse como cientos de alfileres por su piel.

En un segundo, el brujo repitió el gesto sobre Patry que también sintió esa desagradable sensación… pero algo pasó. Angus percibió un resplandor verde y Mukunga trastabilló, aturdido, mareado, con la vista desenfocada. Por el rabillo del ojo, el Finn vio como su compañera escondía entre los pliegues de la falda el maldito ídolo de Cthulhu y aulló en su cabeza cien maldiciones contra Patry O’Connel.

Los tambores continuaban sonando.

TumTumTumTum TumTumTumTum TumTumTumTum

Pero, el Gran Mukunga se quedó quieto, callado, mirando con sus oscuros ojos al vacío durante unos segundos.

TumTumTumTum Tum-Tum-Tum…

El Gran Mukunga continuó entonando el cántico.

… TumTumTum-TumTumTum

Se arrodilló ante el amuleto y exhaló una vaharada de aliento al mismo… Los yembes continuaron sonando hasta que el brujo se levantó de un salto gritando, con la vista clavada al cielo y todo el cuerpo contracturado.

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Cuando se calló les dirigió una furiosa mirada, con esos ojos imposibles, completamente negros.

El sonido de los tambores murió.

Mukunga se dio la vuelta y pasó al otro lado de la cortina en dos rápidas zancadas.

Durante unos segundos no se oyó nada sólo las agitadas respiraciones de Angus y Patry.

—¿Y ahora qu…?

N’Kawe interrumpió a Patry saliendo del otro lado de la cortina. Sin decir nada, les gesticuló para que esperasen y, uno a uno, fue apagando las velas. Cuando sólo estaban iluminados por un cirio, Angus acarició el mango de su bastón estoque y Nelly la culata del Derringer de doble cañón del calibre 22 que escondía en el liguero, pero N’Kawe encendió las luces de la tienda antes de apagar la última vela.

Con mucho respeto, Silas les tendió el amuleto y, muy sonriente dijo:

—Son doscientos dólares —informó.

—Un momento… —comenzó Angus.

—Paga y vamonos de una vez… —ordenó Patry ansiosa por salir de ese lugar.

Angus resopló disgustado y comenzó a sacar billetes de su cartera, al tiempo que Nelly se levantaba y se encaminaba a la puerta.

—Cien, Ciento veinte, cuarenta, sesenta… —contaba Angus y, en ese momento algo cruzó por su mente—. Cariño, ve saliendo y espérame en el coche.

Ansiosa por salir, Patry giró el pestillo y abrió la puerta. Había atravesado medio patio cuando se dio cuenta que Angus no la seguía. ¿Qué estaba haciendo?

—Ochenta, y Doscientos —terminó Angus entregándole el fajo de billetes al dependiente que, muy sonriente, le entregó el amuleto—. ¿Y si se diera el caso de que no funcionase?

—Oh, señor. No preocupar. Siempre funcionar.

—Si no me preocupa—dijo Angus que caminó con pasos pausados hasta el dintel de la puerta, donde se detuvo—, ya que tengo buenas referencias sobre vosotros.

—¿Referencias? —preguntó Silas N’Kawe extrañado —. ¿Quién dar esas referencias, Señor Stark?

Miró hacia afuera donde vio a Patry en medio del patio volverse en su busca. Vio a Colin agazapado en el callejón. Hasta vio el Packard Twin Six de Liam, con Greg y Annie dentro. Y les sonrió.

—Jackson… Jackson Eli…

El corazón de Angus Lancaster se detuvo antes de terminar el nombre del escritor cuando una infecta garra lo aferró con fuerza dentro de su pecho. El aire no llegó a sus pulmones, sus fuerzas le abandonaron, cayó de rodillas, macilento, con el sabor a óxido de la sangre llenándole la boca, sintiendo como la vida huía de su cuerpo.

Y en una última mirada pudo ver al Gran Mukunga, tras la cortina, murmurando algo entre dientes mientras cerraba el puño en el aire… aunque lo que tenía dentro era su corazón.

 

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