Epílogo de la Redada… o ¿Prólogo de lo que se avecina?

Casi un año después.

Londres.

El escritor Jackson Elías, al que muchos conoceréis por alguna de sus novelas como Calaveras Junto al Río, o El Corazón Humeante, sospechaba que le estaban siguiendo.

Un chino, de apenas quince años, vestido completamente de negro pero sin abrigo, con el frío que hacía, y apoyado junto a una bicicleta, que lo quitaba la mirada de encima. Y el muchacho, edad similar, con pinta de escolar, al que ya había visto mientras desayunaba. Quizá alguno más entre el gentío que caminaba por las neblinosas calles londinenses.

Jackson lanzó un rápido vistazo a su reloj de bolsillo. Aún quedaban dos horas para embarcar en el transatlántico Mauritania, que le devolvería a los Estados Unidos después de todos sus periplos. ¿Cómo despistarles?

Comenzó a caminar.

Se metería en un pub, seguro que cerca del puerto habría alguno. Allí se sentaría en la barra. No, en la barra no. No podía exponerse así, alguien podría sorprenderlo por la espalda, un navajazo en las costillas y todos sus descubrimientos se habrían ido al traste. Posicionarse en un reservado era algo peligroso porque también le podían atacar allí. Si dos o tres hombres se sentaban junto a él, a ver como se escapaba de esa. Además, morir durante una pelea de bar no resultaría extraño, ningún bobby lo investigaría a fondo, ni siquiera los detectives de Scotland Yard.

9.Jackson Elias
Jackson Elias salió con vida de Innsmouth y ha seguido investigando

El escolar le seguía. A unos diez metros a su espalda. Del chino de la bicicleta no había ni rastro. Entre los grises rostros que se topaba no encontraba ningún rostro conocido. ¿Se habría quedado sólo con un perseguidor? Eso le daba cierto margen de actuación.

Se paró frente a una librería de segunda mano, fingiendo mirar el escaparate. El escolar se paró frente a una charcutería. Jackson usó el reflejo del cristal para mirar a su espalda. Nadie. No. Nada. Parecía que sólo el escolar le estaba siguiendo. Metió las manos en el bolsillo y entró en la librería.

***

La campanilla de la puerta tintineó. Altas estanterías atestadas de libros viejos. Olor a papel. Un viejo, tan amarillento como sus tomos, lanzó una llameante mirada al perseguidor de Elias cuando entró en el establecimiento. Jackson llevaba como media hora dentro de la tienda y el muchacho que le seguía pensaba que el escritor había salido por alguna puerta trasera, o algo similar, porque le parecía extraño que estuviera tanto tiempo en ese vertedero de papel.

El escolar alzó la barbilla y sonrió al viejo. El viejo no le devolvió el saludo, su cabeza cayó ante el manuscrito que estaba leyendo. Estupendo. Ante el perseguidor se alzaban cinco largos pasillos mal iluminados. Bombillas amarillas. Olor papel. El polvo, convertido en una mágica niebla que volaba entre los estantes. Que asco de sitio. El escolar miró en cada pasillo, pero Jackson no estaba a la vista, y al fondo sólo había otra pared, con otra estantería cargada de libros… O el escritor se escondía tras un estante o le había dado esquinazo y no sabía cómo.

El escolar metió las manos en los bolsillos. Aferró con fuerza la navaja. Caminó por el pasillo central, pasos cortos, silenciosos, atento a ver si oía algún movimiento, los pasos de Elias corriendo por un pasillo aledaño para intentar huir de él… Bien era cierto que su misión era seguir al escritor, pero no creía que al Sacerdote le molestase saber que lo había apuñalado. Sabían que ese tipo les investigaba, podía descubrirles y mejor quitarse la molestia cuanto antes. También mataría al viejo. Parecería un robo. Nadie sospecharía.

Al fondo de la librería no había nadie.

Una avalancha de libros cayó encima del escolar. Lanzó manotazos al aire, apuñaló varios tomos viejos, papeles crujientes volaron a su alrededor.

La campanilla sonó. ¿Alguien entraba o salía?

El escolar corrió por el pasillo y se encontró cara a cara con el viejo librero.

―¿Se puede saber que majadería estas hac…?

Cuando quiso darse cuenta le había hundido la navaja en el pecho, tres veces, el filo se había quedado atrapado entre las costillas. Ni siquiera lo sacó, apartó de un empellón al lívido anciano, salió de la librería a tiempo de ver como Jackson Elias hablaba con un bobby, un serio policía británico que lucía un enorme y trabajado mostacho… y le señalaba.

***

El bobby sacó su silbato y su porra, corrió pitando y enarbolando el arma hacia el sorprendido escolar salpicado en sangre.

Jackson ni les miró, se alejó de la escena tranquilamente hasta llegar a una oficina de telégrafos. Dejó un par de chelines sobre la mesa del telegrafista.

―Prioridad inmediata ―ordenó al tiempo que le tendía los mensajes a transcribir.

―Americanos ―siseó el viejo telegrafista.

Jackson no esperó, se subió las solapas de su abrigo tres cuartos, le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y aprovechó para mirar a su alrededor. Nadie le seguía.

Se perdió entre la niebla de Londres, camino del Mauritania que le devolvería a casa.

Telegrama Annie
El Telegrama de Annie
Telegrama Greg
El telegrama de Greg

 

*Los Finns volverán en “Las Máscaras de Nyarlathotep”

Huida de Innstmouth (61) Epílogo: Texas… ocho años más tarde

En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas, una camioneta conduce entre sus calles invadidas por torbellinos de arena y plantas rodadoras, tras un par de giros, el conductor aparca frente a un colegio. La puerta se abre y de la camioneta se bajan dos niños de unos seis años, una pareja de gemelos  de cabello rubio y grandes ojos azules.

Les sigue una preciosa niña, de cuatro años, con dos trenzas morenas y abrazada a sus libros del colegio.

—Adiós, pequeñajos —se despide su padre, Brian Burnham, el Finn que robaba coches, que fue tendero en Innsmouth, que intentó robar el Libro de Dagon de la caja fuerte de Thomas Waite, que estuvo retenido en la cárcel de Innsmouth, cerca del Samhain, esa época en la que desparecía gente en el pueblo maldito… y que ahora es un padre de familia que trabaja de cowboy en un rancho cercano—. ¡Warren, eres el mayor! ¡Cuida de tu hermanos!

—¡Pero si somos gemelos! —se quejó Ezra.

—Ya, pero yo nací cinco minutos antes que tú y soy más mayor.

Mientras los hermanos se adentraban en el patio del colegio, la pequeña niña de las trenzas se volvió y correteó hasta la camioneta.

—¡Papá, papá, papá!

—¿Qué te pasa, pequeña Ann-Patrice?

—¿Mamá vendrá a cenar con nosotros esta noche?

La sonrisa de Brian se congeló en su rostro. El muchacho que huyó de Innsmouth ahora es un hombre mucho más delgado, con unas oscuras ojeras bajo sus apagados ojos azules y su peculiar cabello rubio, estaba cada vez más quebradizo… y tan canoso como la barba de tres días que se rascó con aire preocupado.

—Iré a verla esta mañana antes de ir al rancho… a ver cómo se encuentra, ¿vale, pequeña?

—¡Genial! —chilló la niña, subió al coche para propinarle un sonoro beso en la mejilla de su padre y volvió correteando hasta el colegio… Brian consiguió despedirse de su hija sin que le vieran llorar.

Mientras volvía hasta la pequeña granja que tenían a las afueras de la ciudad, se dejó llevar y lloró con un llanto desgarrado, echando afuera todo el dolor que tenía que contener todos los días.

Cuando aparcó la camioneta frente a la granja, se recompuso. Entró por la puerta trasera, que daba a la cocina, lanzó un vistazo a la pila de platos y cacharros que tenía que fregar y resopló disgustado. Preparó unas gachas con leche y mucho azúcar y subió escaleras arriba… hasta el ático.

La puerta del ático estaba cerrada con un monstruoso candado y a su lado había un rifle de cerrojo del calibre 30.06. Brian suspiró, dejó las gachas en el suelo, cogió el rifle y comprobó que estaba cargado. Sacó las llaves del bolsillo, abrió el candado y la puerta.

Ella se había quitado la mordaza.

—No voy a matarte, Brian —gorgoteó la voz de lo que fue Ruth Billingham—. Antes destriparé a la niñita y te haré verlo.

Aún a pesar que el sol de justicia de Texas bañaba la casa con toda su furia, el cuarto estaba a oscuras. En la cama, tumbada boca arriba, atada con correas, estaba su mujer, Ruth, sólo que ya no era la preciosa veinteañera de grandes ojos negros que había salvado de Innsmouth. Su piel estaba reseca, escamada, sus ojos habían perdido los párpados, y cada día la esclerótica estaba cada vez más negra. Su boca se había ensanchado, los labios se habían encogido y los dientes eran cada día más puntiagudo, más afilados… y más largos. Sus manos delicadas se había atrofiado en garras de uñas negras y dedos palmeados.

Pero lo peor era la voz. Lo que decía su voz.

—Y voy a degollar a los niñitos, Brian. Voy a beberme su sangre. Y luego me los comeré. Crudos.

Tras el parto de los gemelos, Ruth había comenzado a cambiar, pequeños cambios de actitud, pequeñas fluctuaciones en el comportamiento… nada destacable. Pero la llegada de la pequeña Ann-Patrice la desmoronó. Cada día era menos Ruth y más…

Más un profundo.

—Tenderé sus cuerpecitos en un altar y les cortaré sus cuellos en honor al gran Cthulhu, ¿me oyes, Brian? Los sacrificaré para regocijo de Dagon e  Hidra. Me bañaré en su sangre. Y te haré mirar, ¿me oyes, querido? ¿Me escuchas, mi amor? A ti nunca te haré daño. No. Nunca. Eres mío y yo soy tuya. Pero a tus pequeños retoños los voy a desmembrar poco a poco. Les oiremos gritar juntos ¿Me oyes? ¿Me oyes?

Brian tembló, notando como algo dentro de él se rompía en pedazos. No sería capaz de dispararla. No sería capaz. Se colgó el rifle al hombro y recogió el tazón de gachas. Con mucho azúcar.

Cómo a Ruth le gustaban.

Foto encontrada en fotosearch.es
Foto encontrada en fotosearch.es

Huida de Innsmouth (60): El último Amanecer de los Finns

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Los Finns vieron el amanecer desde el islote que se alzaba en medio del río Miskatonic, el islote en el que el Incidente los separó hace ocho largos años, y en el que ahora se volvieron a unir todos, por última vez.

Patry O’Connel besó en la boca a todos sus amigos, incluidos un abochornado Jacob O’Neil “¡Que me voy a casar, Patry!”, un envalentonado Angus Lancaster “¡Oh, qué demonios! ¡Por los viejos tiempos de indecisión!” y una sorprendida Annie O’Carolan “¿Pero qué demoni…? No ¡Patry, ni se te ocurra! ¡No!”

Colin O’Bannon se relajó durante casi una hora. Casi una hora en la que no estuvo buscando enemigos en las sombras y se permitió bromear con las heroicidades de Angus, la puntería de Jacob, las salidas de tono de Patry y las habilidades de Liam al volante.

Liam McMurdo se sacó una petaca con un buen whisky irlandés, del que bebieron todos, mientras le abrazaban, palmeaban en la espalda y le alababan por su manera de conducir.

Jacob O’Neil y Greg Pendergast se fueron a un lado durante unos minutos, tiempo en el que el reportero le explicó cómo había encontrado la placa de policía que había pertenecido a Bill Forbes.

Thomas Connery consiguió hacer reír a los Finns con las andanzas de un profundo con bombín.

Annie O’Carolan se abrazó a Brian Burnham. Un abrazo más largo que el resto de abrazos que los Finns intercambiaron los unos con los otros. Un abrazo en el que hubo una despedida.

Y Angus Lancaster sacó unos minutos para ir hasta el teléfono público más cercano y hacer unas llamadas.

Cuando volvió, sonreía.

—¿Ya nos has vuelto a vender a la bofia, Lancaster? —siseó Colin, en broma, pero con cierto veneno en su afilada lengua. Angus le mostró el dedo medio.

Brian casi no se separaba de Ruth… la preciosa hija de Warren Billingham había comenzado a salir del shock en el que había estado enjaulada toda la noche y hablaba con voz baja a su enamorado y les dirigía bonitas sonrisas a los amigos que les habían sacado del pueblo maldito.

—Nop… de hecho, he hablado con unos cuantos contactos, de esos que consiguen cosas —dijo Angus al tiempo que palmeaba el hombro de Brian—. Cómo un par de carnets de conducir falsos y una bonita casa en medio del oeste de Texas. Muy lejos del mar.

Brian se abrazó a sus amigos. A todos. Les dio las gracias mil veces. Rió, bromeó, chapurreó en gaélico y lloró. Brindaron por todo. Brindaron por Warren Billingham, por Ezra Blank, por Cillian O’Connel…

El primero en irse de Arkham fue el propio Brian. Le hizo un puente al Dusemberg J, del hijo del juez Randall, y con ese gran coche, Ruth y él huyeron hasta Boston, donde les esperaban los contactos de Angus. Durante los primeros años mandaría, desde Texas, postales y cartas a las direcciones postales de los Finns, narrándoles sus peripecias para adaptarse a su nuevo hogar, informándoles de su nuevo trabajo cómo mozo de cuadras para un ganadero, y cómo acabó siendo todo un cowboy. De la simple, y casi secreta, boda con Ruth Billingham y de los nacimientos de sus primeros hijos: Los gemelos Cillian y Warren, y la pequeña Annie Burnham.

Y luego, casi ocho años después, dejó de escribir…

Pero, para entonces, varios Finns habían dejado de recibir sus cartas porque…

… nunca volvieron a sus direcciones postales para poder recogerlas.

La última Foto de los Finns (un montaje hecho por Bea, alias
La última Foto de los Finns (un montaje hecho por Bea, alias “Thomas Connery”)

Huida de Innsmouth (59): El parte de bajas de Innsmouth

—El incendio del almacén se ha controlado —continuó el comisario Martin con voz sombría—. Pero… los amigos del tendero, de Burnham, han dejado tras de sí un reguero de destrucción a su paso. Una veintena de muertos y el doble de heridos, y aún no hemos terminado el recuento… Warren Billingham se rebeló y murió. Se ha encontrado la camioneta de los Gorton incendiada en las afueras y… vuestro nieto, el acólito Alaric Marsh fue arrollado por…

—Alaric era un bastardo de Robert —croó la voz de Barbanas Marsh desde un oscuro rincón. El comisario intentaba no mirar en su dirección, el rostro del patriarca de los Marsh estaba más allá de la humanidad… incluso más allá de la monstruosidad de los Profundos. Barbanas Marsh había sido tocado por Cthulhu, por el Durmiente, y era… otra cosa—. Una vergüenza para los sacerdotes de la Orden… Robert tendría que haber estado por encima de sus instintos… Nadie echará de menos a los Gorton, que Lanier y Jakes ocupen sus funciones a partir de ahora. Y Billingham… es una lástima. ¿Cómo están tus hombres, Martin?

—Ropes y Birch están malheridos… pero sobrevivirán, aunque Birch puede que se quede cojo. Zebediah está bien, sólo contusionado.

—Zebediah es un buen muchacho. Llegará lejos.

—Estoy trazando un plan de contingencia por si aparecieran policías estatales o…

—No —espetó la mujer reptil vestida de niña.

El Comisario Martin y Barbanas Marsh volvieron la vista hacia Esther Marsh. La desquiciada hija del patriarca estaba ante la puerta de la habitación del anciano de los Marsh. Llevaba un vestido magenta, con volantes y lazos color blanco, sobre el cual llevaba un delantal de cuero marrón, salpicado de sangre fresca y reseca. En una mano tenía un cuchillo, en la otra un pez muerto.

Y lucía una sonrisa enajenada. Una sonrisa voraz.

—Volverán. Los irlandeses y su magia verde volverán. Y podremos vengarnos.

Huida de Innsmouth (58): El Último Duelo contra los Degenerado de Innsmouth

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Nathan Birch, el rechoncho y degenerado subcomisario de la policía de Innsmouth, estaba plantado en medio de la carretera, apuntando con su escopeta de cañones recortados, hacia el Buick que los Finns habían robado. El sibilino agente lucía la sonrisa maníaca de un tiburón y fulminó con sus malévolos ojillos a Liam McMurdo, al tiempo que le apuntaba con su recortada.

Liam no dudó y aceleró.

—Va a disparar —chilló Jacob O’Neil, bajando la ventanilla del lado del copiloto, con intención de asomarse y abrir fuego con su escopeta antes de que el desagradable subcomisario… pero el coche iba mucho más rápido.

Birch no se apartó de la trayectoria del coche.

No se iba a apartar.

Y, décimas de segundo antes de que tirase de gatillo, mientras Patry O’Connel contenía las ganas de gritar a Liam en su oreja, mientras Colin O’Bannon y Angus Lancaster se encogían en sus asientos para protegerse del futuro impacto, y mientras Brian Burnham abrazaba a Ruth, Liam encendió las luces del Buick.

Birch entrecerró sus ojillos, quedó cegado por un precioso segundo… antes de que el coche le embistiera. El subcomisario perdió la escopeta, se quedó anclado al capó del coche durante varios metros en los que consiguió escupir una maldición, antes de ser despedido del vehículo y aterrizar en la grava.

—¡Yujuuuuuuuuuuuu!—chilló Patry mientras besaba las quemaduras de McMurdo—. ¡Eso es conducir, Liam!

Y la camioneta de los Gorton les embistió por el lateral derecho.

Ambos coches zigzaguearon, mientras los conductores intentaban dominar sus vehículos. Rich Gorton, el degenerado padre, conducía la destartalada pero fuerte camioneta, con un ojo fijo sobre los Finns, que trataron de prepararse para la siguiente embestida.

El degenerado hijo mayor de Rich, Mike Gorton, masticaba un puro, luciendo una desagradable sonrisa homicida. Llevaba una escopeta de doble cañón entre las rodillas y el paleto comenzó a apuntarles con el arma.

Pero sólo Colin O’Bannon vio cómo Scott Gorton, el degenerado hijo menor de Rich, encendía un coctel incendiario.

—¡Chicos! —avisó Colin—¡Uno de esos paletos nos va a tirar algo que… ¡Fuego!

Liam se tensó en el asiento del piloto, sintiendo un calor abrasador que le recorría el lado abrasado de su cara. ¡No! ¡Otra vez no! Pisó a fondo el acelerador, pero Rich dio un volantazo, embistiéndoles de nuevo.

Angus apartó a Brian y a Ruth, sin mucha delicadeza, apuntó y disparó. El estampido hizo gritar a los Finns, reventó el cristal trasero y  parte de la carrocería…

Y también le destrozó la cara a Mike Gorton antes de que pudiera dispararles. Rich Gorton sintió como la sangre de su hijo le salpicaba el rostro y observó atónito, como la cabeza destrozada de su primogénito caía como un ladrillo sobre la guantera de la camioneta. Gritó, enajenado, al tiempo que se llevaba la mano a la entrepierna, bajo la cual tenía una pistola automática del calibre 45 con la que iba a matar a los bastardos que habían asesinado a su hijo.

Scott Gorton también se vengó por la muerte de su degenerado hermano. Arrojó el cóctel incendiario y la botella se estampó en el techo del Buick, deflagrándose por todo el techo. Liam chilló, intentando controlar su terror. Patry, se encogió en su asiento y Colin disparó a través del cristal e hizo blanco sobre Scott Gorton, que cayó herido sobre el suelo de la parte de atrás de la camioneta.

Y Jacob, abrió la puerta del Buick, se asomó, por encima del rugiente capó del coche, apuntó con su escopeta y disparó…

Jacob reconocería después que no supo muy bien donde acertó. Si al parabrisas, al motor, a la rueda… pero todos recuerdan el resultado:

La camioneta de los Gorton se zarandeó a la derecha, se salió de la calzada, chocó contra el terraplén, volcó, pero no aminoró la velocidad sino que comenzó a dar vueltas de campana por la marisma, al tiempo que explotaba y se convertía en una bola de llamas.

Los Finns querían gritar de ánimo, de felicidad… Pero aún estaban en guardia… Aún estaban en las afueras de Innsmouth, aún podían ser atacados, aún no habían huido.

De hecho, los faros de un coche que conducía en dirección contraria a la de ellos les iluminaron. Liam, sudoroso y aterrado por las llamas que continuaban devorando el techo del coche, apretó el acelerador, gritando de rabia, dispuesto a chocar contra los nuevos enemigos.

Y el coche que venía de enfrente, les hizo señas con las luces y tocaron el claxon.

—Son ellos —chilló Patry—¡Thomas, Greg y Annie! ¡Son ellos!

Los Finns les hicieron señas, pero no pararon, continuaron conduciendo, saliendo de las marismas que rodeaban el pueblo maldito de Innsmouth. Aunque el coche robado por Brian, ardía, continuaron conduciendo hasta llegar a la carretera que unía Ipswich con Arkham, la carretera que llevaba a casa.

Y los Finns huyeron de Innsmouth.

y…

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Huida de Innsmouth (57): Algo Brilla en la Marisma

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Greg Pendergast se metió hasta las rodillas en las aguas estancadas de la marisma, acompañado de los gritos de Thomas Connery y Annie O’Carolan.

Gritos que le llamaban. Que le imprecaban. Que le ordenaban volver.

Pero Greg había visto algo extraño en ese pequeño tramo de pantano. Algo que brillaba por la luz de los faros del viejo Ford T, de Jacob O’Neil, en cuyo salpicadero, Thomas había estado garabateando una pequeña broma para el sargento de la policía de Bangor.

“Los Finns Estuvieron Aquí” 24/10/28

Fue entonces cuando Greg, nervioso porque sus amigos no volvían de Innsmouth, y porque cada vez se escuchaban más secas detonaciones desde el pueblo maldito del valle de Miskatonic, vió el brillo. Lo estuvo mirando fijamente durante unos cuantos minutos… algo brillaba, algo pequeño e inmóvil… algo que reflejaba la luz de los faros.

La curiosidad comenzó a carcomerle… ¿y si era una trampa de los monstruosos batracios que vivía en Innsmouth? Pero… ¿y si no lo era? ¿Y si era una pista sobre el paradero de su desaparecido amigo Allen Zadoshky?

Su sexto sentido, ese sentido que los periodistas afilan tanto, como un lápiz en un sacapuntas, le atraía, le empujaba sobre ese brillo.

Sin decir nada, Greg abrió la puerta del coche, agarró su bate de baseball, y salió al pantano. Ni que decir tiene que Thomas y Annie comenzaron a decirle de todo por su insensatez, pero Greg tenía que ver qué era eso que brillaba. Thomas salió del coche con el rifle listo, buscando posibles enemigos a los que abatir y Annie continuó llamando a su amigo, mientras su nerviosa mirada encontraba monstruos agazapados en cada sombra, en cada matojo, en cada árbol podrido.

Greg llegó hasta el objeto que devolvía el fulgor de los faros.

Una pequeña placa… de metal… Una placa de policía.

Una placa cercana a su dueño… el cuerpo podrido y abandonado de un hombre. Cuando Greg lo vió, se llevó la mano a la boca y contuvo la arcada. El cuerpo llevaba meses a la intemperie, pero los carroñeros de la marisma no le habían hecho ni caso…

Básicamente, porque ningún animal se acercaba a Innsmouth, donde la especie dominante eran los batracios gigantes.

—Hay un muerto —informó Greg.

—¿Devorado? —preguntó Thomas.

—¿Sacrificado? —aventuró Annie.

—No… Cosido a balazos. Una ejecución —Greg limpió de fango la placa para leer el nombre de su dueño—. Mierda.

—¿Qué pasa? —ladró Thomas buscando enemigos escondidos.

—No, nada… es sólo que el muerto es el mentor de Jacob, Bill Forbes.

De súbito, al fondo de la carretera que unía Innsmouth con Arkham, en la parte más cercana a al pueblo, hubo un accidente. Una camioneta se salió del camino y se estrelló en el arcén. Un coche corría a toda velocidad por al destartalada pista de asfalto.

Los tres Finns no alcanzaron a ver a la achaparrada figura que se había posicionado en frente del coche que huía de la ciudad… pero si vieron otra cosa.

Otra camioneta que conducía sin tener los faros encendidos… una camioneta que Greg conocía, porque había estado siguiéndoles a Liam y a él… una camioneta en la que iban tres paletos armados hasta los dientes y con pinta de ser peligrosos.

El coche que huía de Innsmouth se las iba a ver con los Gorton… pero aún no lo sabían.

—¡Al coche! —gritó Thomas, al tiempo que Annie entraba en el asiento trasero y Greg corría hacia ellos.

Huida de Innsmouth (56): Aún no ha terminado

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Patry O’Connel salió del coche estrellado y comenzó a disparar sobre los tipos que se acercaban desde su espalda, los fanáticos de la Orden Esotérica de Dagon que acompañaban al Acólito Marsh antes de que lo atropellasen. Colin O’Bannon la imitó. Brian Burnham gritó a Liam McMurdo, su amigo que seguía regurgitando agua marina, con la cara pegada al volante de su accidentado Packard Twin Six, inmóvil.

Liam no respondió.

—¡Maldición! —gritó Brian—. Hay un coche más adelante… intentaré puentearlo, Jacob. ¡Jacob!

Brian miró a Jacob O’Neil que trataba inútilmente de espabilar a Liam, pero este no respondía, no se movía. Brian acarició el cabello de Ruth Billingham, oscuro como el hogar de Azathoth en el centro del universo, y llamó la atención del sargento de policía Jacob O’Neil.

—¡Jacob! Lo puentearé… puentearé el coche. Y mientras tanto te encargarás de proteger a Ruth, ¿vale?

Jacob se volvió para contestar, pero Brian salió corriendo hacia un viejo Buick D-45 que estaba aparcado unos metros más adelante y en el que podrían huir, un poco apretados, sí, pero sería mejor que seguir huyendo a pie.

Mientras, Angus Lancaster salió del coche, alzó la escopeta apuntó y su perdigonada derribó a tres marcados que habían surgido de una casa cercana armados con fusiles y un revólver.

Patry y Colin vaciaron los tambores de sus pistolas sobre las oscuras formas que corrían hacia ellos desde Road St. Las luces del armatoste que conducía Zebediah Marsh les iluminaron… en unos segundos lo tendrían encima. Angus se giró y disparó contra la camioneta que conducía el agente Marsh.

Jacob comprobó que no podía hacer nada por Liam. Yacía quieto, inerte, vomitando agua marina sin cesar. Salió del coche y cogió a Ruth en brazos, al tiempo que Brian apretaba el claxon del Buick, informando que ya estaba preparado, que ya tenía el coche encendido.

Patry, Colin y Jacob corrieron hacia el nuevo coche, mientras Angus intentaba acertar de nuevo a la camioneta de Zebediah Marsh.

—¡Angus deja de hacerte el puto héroe! —ladró Colin.

Angus le hizo caso y se volvió hacia sus amigos… al tiempo de ver cómo uno de los tipos a los que creía haber abatido, se arrastraba por el asfalto, apuntándole en su último estertor con su deslucido revólver…

Angus gritó, le apuntó con la escopeta.

Colin y Jacob que vieron la escena gritaron, intentando advertirle.

El tipejo moribundo parecía que sonreía.

Y Liam McMurdo le descerrajó tres tiros con su revólver del calibre 32.

—¡Liam! —dijo Angus sorprendido—¡Estas vivo!

—¡Y quiero seguir estándolo! —respondió tosiendo agua salada—¡Vámonos!

Angus pasó el brazo bajo las axilas de Liam y juntos corretearon hasta el Buick.

—¿Qué coño haces? —preguntó Brian a Liam, al verlo acercarse al asiento del piloto—. Hace unos segundos estabas casi muerto… ¡Todos pensábamos que estabas muerto y…!

—Conduzco yo —gruñó Liam… y tal era la determinación de su mirada que no hubo más conversación.

Liam arrancó el coche al tiempo que los primeros disparos llegaban desde la camioneta que les había estado persiguiendo desde el inicio de la Huida. Pero no movió el coche… esperó.

—Liam… —comenzó Patry al tiempo que miraba por el parabrisas trasero a la camioneta del agente Marsh.

—Al próximo que diga mi nombre le disparo —murmuró Liam que esperó…

…y esperó.

… y esperó.

Cuando el armatoste se les echaba encima, Liam pisó a fondo el acelerador y el Buick avanzó a toda velocidad dejando rastros de goma quemada por todo Garrison St. En cuanto llegó hasta el cruce con Federal St, con la camioneta de Zebediah Marsh pegada a ellos, Liam dio un violento volantazo a la derecha, que el agente de policía fue incapaz de igualar.

Liam se internó en la carretera hacia Arkham, dejando al agente Marsh encallado en el arcén. Todos los Finns estallaron en gritos de júbilo hasta que Jacob los acalló con un grito…

La Huida de Innsmouth aún no había acabado…