Epílogo de la Redada… o ¿Prólogo de lo que se avecina?

Casi un año después.

Londres.

El escritor Jackson Elías, al que muchos conoceréis por alguna de sus novelas como Calaveras Junto al Río, o El Corazón Humeante, sospechaba que le estaban siguiendo.

Un chino, de apenas quince años, vestido completamente de negro pero sin abrigo, con el frío que hacía, y apoyado junto a una bicicleta, que lo quitaba la mirada de encima. Y el muchacho, edad similar, con pinta de escolar, al que ya había visto mientras desayunaba. Quizá alguno más entre el gentío que caminaba por las neblinosas calles londinenses.

Jackson lanzó un rápido vistazo a su reloj de bolsillo. Aún quedaban dos horas para embarcar en el transatlántico Mauritania, que le devolvería a los Estados Unidos después de todos sus periplos. ¿Cómo despistarles?

Comenzó a caminar.

Se metería en un pub, seguro que cerca del puerto habría alguno. Allí se sentaría en la barra. No, en la barra no. No podía exponerse así, alguien podría sorprenderlo por la espalda, un navajazo en las costillas y todos sus descubrimientos se habrían ido al traste. Posicionarse en un reservado era algo peligroso porque también le podían atacar allí. Si dos o tres hombres se sentaban junto a él, a ver como se escapaba de esa. Además, morir durante una pelea de bar no resultaría extraño, ningún bobby lo investigaría a fondo, ni siquiera los detectives de Scotland Yard.

9.Jackson Elias
Jackson Elias salió con vida de Innsmouth y ha seguido investigando

El escolar le seguía. A unos diez metros a su espalda. Del chino de la bicicleta no había ni rastro. Entre los grises rostros que se topaba no encontraba ningún rostro conocido. ¿Se habría quedado sólo con un perseguidor? Eso le daba cierto margen de actuación.

Se paró frente a una librería de segunda mano, fingiendo mirar el escaparate. El escolar se paró frente a una charcutería. Jackson usó el reflejo del cristal para mirar a su espalda. Nadie. No. Nada. Parecía que sólo el escolar le estaba siguiendo. Metió las manos en el bolsillo y entró en la librería.

***

La campanilla de la puerta tintineó. Altas estanterías atestadas de libros viejos. Olor a papel. Un viejo, tan amarillento como sus tomos, lanzó una llameante mirada al perseguidor de Elias cuando entró en el establecimiento. Jackson llevaba como media hora dentro de la tienda y el muchacho que le seguía pensaba que el escritor había salido por alguna puerta trasera, o algo similar, porque le parecía extraño que estuviera tanto tiempo en ese vertedero de papel.

El escolar alzó la barbilla y sonrió al viejo. El viejo no le devolvió el saludo, su cabeza cayó ante el manuscrito que estaba leyendo. Estupendo. Ante el perseguidor se alzaban cinco largos pasillos mal iluminados. Bombillas amarillas. Olor papel. El polvo, convertido en una mágica niebla que volaba entre los estantes. Que asco de sitio. El escolar miró en cada pasillo, pero Jackson no estaba a la vista, y al fondo sólo había otra pared, con otra estantería cargada de libros… O el escritor se escondía tras un estante o le había dado esquinazo y no sabía cómo.

El escolar metió las manos en los bolsillos. Aferró con fuerza la navaja. Caminó por el pasillo central, pasos cortos, silenciosos, atento a ver si oía algún movimiento, los pasos de Elias corriendo por un pasillo aledaño para intentar huir de él… Bien era cierto que su misión era seguir al escritor, pero no creía que al Sacerdote le molestase saber que lo había apuñalado. Sabían que ese tipo les investigaba, podía descubrirles y mejor quitarse la molestia cuanto antes. También mataría al viejo. Parecería un robo. Nadie sospecharía.

Al fondo de la librería no había nadie.

Una avalancha de libros cayó encima del escolar. Lanzó manotazos al aire, apuñaló varios tomos viejos, papeles crujientes volaron a su alrededor.

La campanilla sonó. ¿Alguien entraba o salía?

El escolar corrió por el pasillo y se encontró cara a cara con el viejo librero.

―¿Se puede saber que majadería estas hac…?

Cuando quiso darse cuenta le había hundido la navaja en el pecho, tres veces, el filo se había quedado atrapado entre las costillas. Ni siquiera lo sacó, apartó de un empellón al lívido anciano, salió de la librería a tiempo de ver como Jackson Elias hablaba con un bobby, un serio policía británico que lucía un enorme y trabajado mostacho… y le señalaba.

***

El bobby sacó su silbato y su porra, corrió pitando y enarbolando el arma hacia el sorprendido escolar salpicado en sangre.

Jackson ni les miró, se alejó de la escena tranquilamente hasta llegar a una oficina de telégrafos. Dejó un par de chelines sobre la mesa del telegrafista.

―Prioridad inmediata ―ordenó al tiempo que le tendía los mensajes a transcribir.

―Americanos ―siseó el viejo telegrafista.

Jackson no esperó, se subió las solapas de su abrigo tres cuartos, le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y aprovechó para mirar a su alrededor. Nadie le seguía.

Se perdió entre la niebla de Londres, camino del Mauritania que le devolvería a casa.

Telegrama Annie
El Telegrama de Annie
Telegrama Greg
El telegrama de Greg

 

*Los Finns volverán en “Las Máscaras de Nyarlathotep”

La Redada (25) ¿Y en cuanto… a los Finns?

Aún se escuchaban disparos perdidos por las calles de Innsmouth, mientras las operaciones de búsqueda, casa por casa, continuaban sucediéndose. Los militares reunías prisioneros en grupos que iban subiendo a camiones de capota verde con escoltas armadas. Los Finns se reunieron con el enigmático agente Drew al oeste de la ciudad, en una bifurcación donde no pararon de ver el movimiento de escuadras de marines y vehículos militares. El agente Drew arrojó al suelo el fino cigarrillo que estaba fumando antes de solicitarles el equipo que habían usado durante la redada y requisar cualquier evidencia física que hubieran podido conseguir.

Tras lo cual, el grupo se metió en un camión que les estaba esperando con destino a unos barracones militares en Boston, donde dieron parte de la operación. Tras ofrecerles una manta, un tazón de sopa caliente y un té, se les interrogó pacientemente sobre las experiencias de la redada, sin reprocharles nada sobre las historias de monstruos y dioses. Resultó de especial interés la información acerca de traidores infiltrados o episodios de locura.

Una vez hubieron terminados, se les gratificó con un cheque de dos mil dólares, un corto apretón de manos y se les ofreció transporte hasta sus hogares.

La prensa no tardó en hacer eco de la Redada. Hubo algo más de doscientos prisioneros, transportados en camiones y trenes hasta campamentos clandestinos por todo el país. Algunos periódicos informaban de un gran campo de concentración en medio del desierto de Nevada. El gobierno respondió con historias inventadas acerca de una enorme operación de contrabando y trata de blancas que se centraba en la ciudad. Las fotos de la banda de “El Bastardo de los Waite” y algunos de los miembros más corruptos de la comisaría de Innsmouth como Nathan Birch o Elliot Ropes, aparecieron, como por arte de magia, junto a las de criminales como Al Capone o Clyde Barrow. Algunos tenaces diarios amarillistas continuaron escribiendo al respecto, pero la mayoría de los periódicos no tardaron en olvidar el asunto.

Innsmouth no sobrevivió mucho tiempo. La ciudad, con muchos de sus barrios dañados por incendios y saqueos, su población reducida y careciendo completamente de industria, comenzó a marchitarse. Los vecinos de las localidades cercanas continuaron rehuyéndola porque estaba maldita, estaba infectada, y muchos de sus habitantes, como el ayudante de la gasolinera Bernard Slocum o el barman de “The Garden” Viktor Obtrech, se marcharon, reduciendo todavía más la población.

Un incendio que tuvo lugar a principios de los años cuarenta provocó el éxodo del resto de la población y, tras la Segunda Guerra Mundial, sólo quedaron en ella unos cuantos ocupantes ilegales.

A finales de siglo, Innsmouth estaba abandonada y en ruinas.

***

El agente Drew acarició la cubierta de las “Ponape Scriptures”, el manuscrito que J.Edgar Hoover había sacado de su misión en la Mansión Marsh. El Director de la Oficina de Investigación se estaba sirviendo un vaso de whiskey con manos temblorosas.

―Tú nunca bebes ―afirmó Drew―. Nunca incumples las normas, J.E.

―Ya… ―siseó el director―. Y tampoco me creía esos cuentos de hombres rana y… dioses oscuros.

―Pero has visto….

―Sí… he visto ―le cortó el director que dio un lingotazo, rápido y agresivo al vaso. Trago con asco el licor―. Y ahora creo.

―Entonces… ¿Es cierto eso de que vas a crear un departamento que se encargue de estos… Casos Clasificados?

―Ya lo he puesto en marcha. Tengo muy claro que Ashbrook dirigirá ese departamento.

―¿El agente Ashbrook? ¿No es un poco temperamental?

―No necesito a los típicos agentes federales para estos casos, Drew. Necesitamos gente experimentada con lo… clasificado ―Hoover golpeó el manuscrito con el índice―. Lo que hay ahí fuera se escapa de las leyes… Naturales, humanas, divinas… Así que necesito gente que sea capaz de escapar de leyes. Que sea buena haciéndolo.

El agente Drew asintió mientras le daba una larga calada a su cigarrillo.

―¿Y en cuánto… a los Finns?

―¿Qué pasa con esos irlandeses?

―Eso te pregunto, ¿qué ha pasado con ellos?

Hoover apretó los dientes. Drew se había leído los informes, claro que sí, ambos lo sabían, pero el agente especial quería sonsacarle más información. Clasificada, como él decía. Cada vez que Hoover hablaba con el siniestro agente sentía que le iba regalando pedacitos de su alma al diablo.

―Patrice O’Connell está ingresada en un enclave de reposo terapéutico.

―Un manicomio…

―Uno de alto standing ―repuso Hoover―. Es al mismo al que he enviado a varios de mis hombres tras… el encuentro con esa… Cosa.

―¿Ninguno de los Finns quiso pasar por enclaves similares?

―No. Por ejemplo, el agente Jacob O’Neil quería volver con su familia.

―Pero ese hombre no estaba bien. Por lo visto fue incapaz de beber un vaso de agua durante toda la entrevista. Los informes apuntan que miraba al agua como si fuera veneno.

―El agente de policía y ciudadano de los estados unidos Jacob O’Neil solicitó volver con su familia… y tras los servicios prestados se le concedió su deseo―remarcó Hoover―. Al marine Thomas Connery se le ha ascendido a sargento, y se le ha destinado a una base militar donde es jefe de instrucción. Ann O’Carolan ha vuelto a Nueva Orleans donde sigue con su negocio de compra-venta de libros…

―Aunque su actividad ha bajado bastante, por lo que tengo oído ―informó Drew―, dicen que sale poco de casa, que se ha vuelto más… descuidada en su oficio.

―Yo también ―informó Hoover―. Después de lo que hemos vivido, creo que es normal asumir que no estemos al cien por cien durante una temporada, ¿no cree agente Drew?

―Greg Pendergast está muy bien.

Hoover resopló.

―Ya estamos trabajando en ello.

―He leído su novelita: ‹‹La Verdad sobre la Redada en Innsmouth»

―Ya estamos trabajando en ello.

― Es bastante buena. Muy entretenida.

―Ya estamos trabajando en ello.

―Está bien redactada pero, en mi opinión, sus descripciones sobre las tácticas militares son bastante ofensivas.

Hoover descargó su puño sobre la mesa. El silencio llenó la sala mientras Drew continuaba fumando tranquilamente su cigarrillo. El superintendente, sin mirarle, relajó su puño y tamborileó sus dedos sobre la cubierta de las Ponape Scriptures.

―Gregory Pendergast firmó, junto a sus compañeros, un “Juramento de Secreto” que ha incumplido, por lo que sufrirá las consecuencias. Y como ya he dicho: Ya estamos trabajando en ello.

―¿Cómo también están trabajando sobre la caja de madera negra que desapareció en la Mansión Marsh? ¿O sobre lo que robó Angus Lancaster?

―Agente Drew, ya hemos discutido eso: Angus Lancaster salió de Innsmouth sin ningún objeto de valor para la investigación.

―Pero hay varios informes en los que se afirma que llevaba una espada ceremonial que pertenecía a un cultista abatido durante la Redada.

―Pero cuando les recogió a él y a Liam McMurdo, y se les trajo a prestar declaración, no tenía esa espada. La debió de perder cuando salieron del edificio de la Orden Esotérica.

―O la escondió. Ese hombre es arquitecto, tiene tratos con los masones y el edificio de la Orden fue un templo masónico. Lancaster podría saber de…

―Esa es SU teoría. Teoría que le recuerdo que no ha sabido probar, por lo que, y a las pruebas me remito, Angus Lancaster no extrajo ningún objeto de Innsmouth ―el director Hoover y Drew se mantuvieron la mirada durante unos largos segundos―. ¿También va a criticar algo sobre Liam McMurdo, que ahora mismo es el propietario de su propio taller mecánico, pagado con la recompensa ofrecida por el gobierno? ¿O de Colin O’Bannon, que ha colaborado con nuestros agentes para la captura de todo el clan mafioso de los O’Bannon?

Drew expelió una bocanada de humo gris antes de levantarse.

―No ―contestó. Alargó su mano hacia el manuscrito, hacia las Ponape Scriptures, pero Hoover dejó caer su mano sobre el libro. Drew rió, divertido

―Aún le guardo el detalle de traer al Dr. Najar, Drew.

―Alguien… o algo, mató al respetable doctor Ravana Najar en el hotel en el que se alojaba, pocas horas antes de llegar a estas oficinas, director Hoover.

―Se la sigo guardando ―siseó Hoover, sin apartar la mano del manuscrito.

― ¿Se lo va a leer? ―inquirió Drew.

―Ya lo hice ―contestó Hoover impertérrito―. He hice una copia para que los hombres de Casos Clasificados, pudieran leerla. Material de estudio, ya me entiende. Sólo quería que lo supiera.

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El Enigmático Agente Drew y su perenne cigarrillo

El director apartó la mano. Drew le dedicó una indescifrable mirada, antes de hacerse con el manuscrito y salir de la habitación, dejando tras de sí una estela de humo gris.

La Redada (24) Los Juramentos de Dagon

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso (MUERTO)

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                     ―               Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                              ―              Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                             ―               Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (MUERTO)

Liam McMurdo (Conductor)                                                                 ―             Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                               ―            Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)                      ―            Hernan (2)

 

Cuando el soldado de primera Hammer atravesó las puertas dobles de la Orden Esotérica de Dagon se encontró a media escuadra Apod apuntándole. El cabo The Kid Ditullio parecía estar perfectamente, al igual que Billy Rowan, que tras pegarle un tiro en el pie a Bullseye Dalton, se había ganado el apodo de “Friendly Fire” Rowan. Dalton además del pie herido, llevaba el pecho vendado por el zarpazo de un profundo. Leprechaun O’Brien estaba doblando el estandarte de la Orden Esotérica de Dagon, otro “souvenir” que se llevaría a casa. Uno de los ACEs, el amanerado, tenía el brazo vendado, pero el otro estaba perfecto a excepción de cortes y magulladuras. Y estatua Drake tenía el cuello oculto bajo unos prietos vendajes y el rostro ceroso.

El suelo estaba repleto de cadáveres. Algunos no eran cadáveres humanos.

― Sansón ―soltó Hammer, recordando la contraseña del Proyecto Alianza.

―¿Tú eres gilipollas, no? ―le espetó Ditullio―. ¿Y el resto de refuerzos de la escuadra Sky que hemos solicitado?

―Sólo he podido venir yo ―contestó Hammer―. Llevo una mochila de carga explosiva para derribar este antro… y granadas. Sarge Kowalsky no podía permitirse prescindir de más hombres. Nos estamos enfrentando contra medio pueblo y más… cosas… Han empezado a salir hombres rana de las alcantarillas, monstruos acuáticos del río y unas serpientes voladoras.

Los miembros de la escuadra Apod se volvieron hacia los ACEs, Angus Lancaster y Liam McMurdo. De hecho, Angus que se había colgado a la espalda la extraña espada con la que el sectario decapitó a El Muro Rondale, miraba a Liam que boqueaba, intentando recordar algo sobre serpientes voladoras.

―Eso es nuevo ―contestó el Finn.

―Bueno, cabo ―siseó Estatua Drake con sorna ―, tú mandas.

―El piso superior está vacío ―recordó Leprechaun O’Brien.

―Así que sólo quedan esas tétricas escaleras que van… a abajo ―remarcó Friendly Fire Rowan.

―¿Y el capitán Corso? ¿Y el Muro?―preguntó Hammer al percatarse de que faltaban miembros de la Apod.

―¿Qué pedazo quieres que te muestre Bullseye? ―contestó agriamente Dalton.

―Muy bien. Leprechaun y Hammer iréis en cabeza. Bullseye y Rowan le siguen. Luego los ACE ―Ditullio se encaró con Angus―, que van a dejar de hacerse los héroes e irse a pegar tiros en solitario. ¿Capicce?

―Cristalino ―contestó Angus.

―Pues que se note. Yo cierro la formación.

―¿Y yo qué? ―inquirió Estatua con un hilo de voz.

―Tú estás muy débil. Te quedas a esperar a los refuerzos.

―Vale, pero primero me la vas a chupar.

―No es una broma, soldado.

―Me paso por el forro de los cojones tu graduación, Ditullio ―siseó Drake con los dientes apretados―. Y ahora dime en que parte de la formación quieres que vaya.

The Kid le mantuvo la mirada a su compañero durante unos tensos segundos. Una mirada desafiante, llena de determinación.

―En cabeza, con Leprechaun. Hammer, a la retaguardia conmigo ―mientras los invasores quitaban seguros, hacían saltar cerrojos y correderas, el cabo se agarró al soldado herido por el antebrazo―. Ten la Thompson a punto.

―Descuida, meapilas, lo tengo todo controlado.

Liam se apostó junto a Angus ante la estrecha escalera que se internaba en las profundidades. El conductor miró al arquitecto.

―¿Qué? ¿Cómo se te rompió el estoque te has hecho con una espadita nueva?

―Es más grande y pesa más… pero los fundamentos son parecidos ―informó Angus.

―Ya. La parte que pincha se clava en el rival y esas cosas.

―Esas cosas.

―Angus.

―¿Qué?

―Te quiero.

Angus se volteó hacia su compañero, con las mejillas sonrojadas y el corazón en un puño.

Liam se estaba descojonando en su cara.

―¡Aún sigues cayendo en esa broma! ―se mofó el conductor de rostro quemado―. ¡Tendrías que verte el careto, macho!

Liam le palmeó la espalda, antes de que Ditullio ordenara silencio.

Mientras descendían por las estrechas escaleras, en las que sólo podían bajar por parejas, comenzaron a mancharse con un sucio limo que ensuciaba las paredes.

 

Había tres tramos de escaleras, cada uno decorado por una banderola iluminada por una solitaria antorcha, similar a la que Leprechaun había afanado sólo que en estas, además del despreciable signo de la orden, había algo escrito:

Primer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por mi sangre, que guardaré el secreto de tu presencia y la de tus hijos, contra oídos ajenos, sucios extranjeros y otros villanos

¡Ia, Dagon, Ia!

―Alentador ―murmuró Drake.

―¿Qué es eso? ―preguntó Billy Rowan a sus espaldas.

―¿El qué?

―Yo también lo oigo ―afirmó Leprechaun.

Se escuchaba un rumor. Una cantinela que llegaba desde el subsuelo y se repetía una y otra vez.

En el siguiente tramo de escaleras encontraron otra banderola:

Segundo Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

Juro, por mis manos, que volcaré mi esfuerzo en prestar ayuda a la Orden Esotérica y sus sacerdotes, a tus hijos, los que moran en Y’ha-nthlei, y a ti, oh, gran Dagon

 ¡Ia Dagon, Ia!

El rumor ya era distinguible.

―Dagon.  Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon.

En el tercer tramo de escalera había otro estandarte:

Tercer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por la sangre de mi progenie, tomar a uno de tus hijos como mi pareja, llevarlo a mi hogar, y engendrar toda la progenie que pueda, para que tu especie crezca bajo de las aguas y en la faz de la tierra.

¡Ia, Dagon, Ia!

―¿Qué es engendrar? ―preguntó Drake.

―Tener descendencia ―contestó Rowan.

―Habla en cristiano, coño.

―Follar ―contestó Angus Lancaster.

Drake se volvió hacia sus compañeros y les miró con unos ojos febriles.

―Estas diciendo… que esta gente y los hombre rana…

―¿A qué ahora entiendes porque esta gente es tan fea? ―continuó Angus.

―A Bullseye no le importa donde la mete o deja de meter el enemigo ―contestó Bullseye―. Bullseye quiere bajar y terminar con todo esto.

―Amén a eso ―susurró Leprechaun.

Bajaron más.

Otro largo tramo de escaleras que desembocó en una árida habitación del tamaño de toda la planta del edificio masónico. Esa habitación, iluminada pobremente por una docena de antorchas, estaba gobernada por la presencia de tres gigantescas estatuas. La de la derecha representaba a Padre Dagón, un profundo enorme con un gran falo. La de la izquierda era Madre Hidra, una profundo con unos enormes atributos femeninos. Y en el medio, el Gran Cthulhu, una monstruosidad tentacular con pequeñas alas de murciélago. Las estatuas estaban hechas de una piedra negra con vetas plateadas y parecía que sus ojos de esmeralda miraban a los invasores que se prepararon para desplegarse ante el enemigo.

El enemigo eran filas y filas de fieles arrodillados, invocando el nombre de su deidad, Dagon, junto a una sarta de palabras incomprensibles. Muchos vestían túnicas, otros sólo eran simples marcados de Innsmouth, hombres, mujeres y niños. Todos entonaban la misma algarabía, a la vez.

Ante la horda de fieles había dos sacerdotes, a los cuales la marca de Innsmouth les había deformado de tal manera que parecían profundos con ropa. Se trataba de los sumos sacerdotes de la Orden, Jemeriah Brewster, cuya enorme boca lucía una hilera de finos y desiguales colmillos, y Robert Marsh, que poseía una leonada melena atrapada tras una tiara de oro argentífero.

―Escuadra ―llamó Ditullio―. Nos desplegaremos en hilera. Drake, dispara al dentón de la izquierda. Leprechaun, al melenudo de la izquierda.  Bullseye, al segundo por la izquierda. Friendly Fire, al segundo por la derecha. El Esgrimista Mariposón, al tercero de la izquierda. Filete Muy Hecho, al tercero de la derecha.

―¿Ya tienen apodos? ―preguntó Rowan con voz lastimera, pero The Kid le chistó.

―Hammer tu y yo tiramos granadas… al bulto.

―Pero…

―Al bulto. ¡Vamos!

Liam supo que tras esa orden todos, incluidos él y Angus, empezaron a gritar. La adrenalina corría por sus venas, envenenaba su organismo, les empujaba a pelear. Sin embargo, el tiempo comenzó a avanzar a cámara lenta. Todo. Cada paso, cada gesto, cada respiración, cada latido.

Liam lo vio todo.

La escuadra Apod se desplegó en hilera tal y como The Kid Ditullio había ordenado. Entre los adoradores surgieron diez profundos ataviados con túnicas aguamarinas y armados con lanzas de coral. El sumo sacerdote, Robert Marsh, les dirigió una agresiva mirada cargada de odio, sin dejar de continuar con la gorgoteante letanía, pero Jeremiah  Brewster les señaló con un dedo acusador mientras croaba unas áridas órdenes.

No pudieron hacer más.

La ráfaga de disparos de Estatua Drake le reventó la cabeza a Brewster. La andanada de disparos de Leprechaun O’Brien lanzó a Robert Marsh contra la estatua de Dagon, dejando su laxo cuerpo acribillado. Bullseye Dalton abatió con un certero disparo a un profundo. Friendly Fire Rowan frenó el lanzamiento de otra de esas criaturas con su tiro. La escopeta de Angus tronó, lanzando a dos profundos hacia la multitud que había a sus espaldas. Las granadas que Ditullio y Hammer arrojaron, pusieron en pie a los habitantes de Innsmouth que se levantaron, olvidaron el ritual y comenzaron a huir, por donde podían.

Y Liam observó como la corredera de su pistola se deslizaba hacia atrás. Como la bala generaba un estallido en la boca de su cañón y volaba hacia la cabeza del profundo que corría hacia él, enarbolando su venablo, antes de que el proyectil astillase su frente y le reventase la tapa de los sesos.

Los fieles salieron corriendo en tropel, la mayoría no huyó hacia los militares, que continuaron disparando sin compasión sobre monstruos, híbridos, mujeres, ancianos y niños. Huyeron hacia las estatuas, entrando por unos estrechos pasadizos que serpenteaban tras ellas, desapareciendo en los túneles de los contrabandistas.

Las granadas explotaron. Varios cuerpos volaron por el aire. Una tromba de personas asustadas se cernieron sobre los invasores que continuaron disparando. O’Brien y Rowan fueron derribados la marea de gente. Hammer lanzó una descarga con su metralleta Thompson que fulminó a cinco niños de no más de seis años. Ditullio la emprendió a golpes de culata con un profundo. Drake se escondió tras una columna para recargar su arma. Cada vez que Bullseye apretaba el gatillo, una figura caía pesadamente al suelo. Angus y Liam continuaron luchando, espalda contra espalda.

Mientras ocurría este frenesí de gente corriendo aterrada, el techo crujió.

Un golpe.

Dos golpes.

Las antorchas titilaban.

El polvo caía del techo.

Tres golpes.

Muchos, adoradores de Dagon y soldados de la escuadra Apod, volvieron la vista hacia el techo… Que se agrietó…

―No me jodas ―gruñó Ditullio segundos antes de que  una enorme zarpa de batracio atravesara cientos de toneladas de tierra y piedra, arrojando escombros por doquier y enterrando bajo su peso al cabo que apodaron The Kid durante su participación en los Golden Gloves.

Dagon había llegado hasta la Orden Esotérica, había arrancado el techo y atravesado todo el edificio a zarpazos, y había abierto el suelo para llegar hasta la sala de oración. Su zarpa comenzó a tantear la sala, buscando algo.

―¡¡¡¡Ditulliooooooooo!!!!! ―aulló Drake que atravesó la sala, corriendo hacia la zarpa y disparándole con rabia con todas las balas de su metralleta. Balas que fueron como la picadura de docenas de molestos mosquitos sobre las duras escamas del titán.

La garra se agitó con la violencia de un ciclón. Golpeó y mató a una docena de sus fieles…

Y a Estatua Drake. Su cuerpo se quebró como una frágil ramita y salió despedido por el impacto, golpeando duramente contra la pared de piedra.

La zarpa se hundió en el suelo arenoso del sótano y extrajo un cono de piedra plagado de retorcidos glifos grabados en un extraño mineral ultraterreno. Se trataba de la piedra rosseta de los Glifos de R’lyeh, el libro de Dagon original.

Una mano agarró a Leprechaun del hombro. El irlandés se había quedado sin munición para la metralleta y alzó su Colt 45 contra el intruso, que era el soldado de primera Bullseye Dalton.

―Saca a todo el mundo de aquí ―ordenó el francotirador.

Leprechaun asintió con la cabeza. Ayudó a Billy Rowan a ponerse en pie y contempló a Dalton caminar con paso firme entre los últimos aterrados adoradores de Dagon, hacia el gran agujero del techo.

―¿Qué vas a hacer? ¡Bullseye!

―Bullseye va a matar a esa cosa ―dijo Bullseye antes de alzar su fusil 30.06. Disparó hacia la oscura figura del padre de todos los profundos que se alzaba a docenas de metros de ellos.

Leprechaun empujó al aturdido Rowan y se unieron a los Finns mientras los instaba a salir por las escaleras que llevaban al exterior. Hammer dejó caer su mochila explosiva ante uno de los horribles ídolos de la sala, aquel que tenía una cabeza cefalópoda. Activó los explosivos para explotaran en cinco minutos y pasó corriendo junto a Bullseye que continuaba disparando a Dagon.

El experto en explosivos de la escuadra Sky salió sin ver como la zarpa del  primigenio descendía de nuevo y agarraba a ese molesto hombrecillo que continuaba atacándole en solitario. Nadie vio como el gigantesco profundo lo alzaba y le miraba furibundo. Aunque había perdido el fusil, Dalton continuaba disparándole con su pistola.

―Bullseye espera darte ardor de estómago, maldito hijo de…

Nadie vio a Dagon devorar de un bocado la mitad del cuerpo del cazador de ciervos de Iowa, Bullseye Dalton.

Y en ese momento, la mochila explosiva de Hammer detonó. Los supervivientes de la escuadra Apod salieron de la Orden Esotérica de Dagon a tiempo de ver como la estructura del edificio se venía abajo y se derrumbaba, escupiendo una nube de polvo que inundó dos manzanas.

La colosal figura de Dagon se internó a zancadas por las calles de Innsmouth, hasta llegar al puerto, donde se zambulló en el mar y desapareció.

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Dagon ya tiene su Libro

Ver a su dios huir calmó el ánimo de los furiosos habitantes del pueblo maldito, los cuales depusieron las armas y permitieron que las tropas norteamericanas les redujeran y detuvieran.

Sentados en los escalones del derruido edificio, Angus y Liam fumaban, con aire ausente, dos horribles puros que Sarge Kowalsky les había regalado con motivo de la victoria.

Angus se volvió hacia Liam.

―Liam.

―¿Qué? ―contestó este, contemplando como unos militares conducían a un grupo de híbridos de Innsmouth que caminaban con las manos en la cabeza en fila de a dos.

―Yo también te quiero.

Liam se volvió de improviso hacia su compañero, el cual sonreía con malicia.

―¡Tendrías que verte el careto, Filete Muy Hecho!

―Me has cazado, pero bien, Esgrimista Mariposón.

Y, entre tanto horror y caos, Liam y Angus estallaron en carcajadas, como hacía diez años

La Redada (23) El Nido del Shoggoth

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud (MUERTO)

Soldado Raso Cooley

Soldados Rasos Anzack y Witzneki (DESAPARECIDOS)

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(MUERTO)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (MUERTO)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Supervivientes de la Escuadra Charlie

Soldados de Primera Chumeski (Thompson)        –         Garrido2

Soldados Rasos Muzzarella (Fusil)               –            Hernán2

Escuadra Dog (Muertos en Combate)

 

 

El humo y el polvo se asentaron en el interior del túnel.

La refinería Marsh había sido destruida tras el bombardeo del USS Urania. Un enorme peñasco se había precipitado sobre uno de los botes, destrozándolo por completo.

En las profundidades, alguien encendió una linterna sobre el otro bote y una decena de figuras se acercaron tímidamente hasta la luz. Calados, tiritando, magullados.

La peor parte se la había llevado Colin O’Bannon. Un cascote le había abierto la cabeza y tenía la cara cubierta de sangre. Greg Pendergast le estaba vendando la cabeza mientras negaba con la cabeza.

― Un baño con un profundo. Un tiro.  ¿Y ahora te das de cabezazos contra las piedras? ¿Estás buscando qué te maten o qué?

―Puede… ―gruñó Colin. Greg paró de hacerle primeros auxilios y miró a su amigo de la infancia.

―¿Qué pasa?

―No pasa nada.

―Colin, quizá no salgamos con vida de estos túneles ―comenzó Greg―, así que… que cojones más dará. ¿Dime qué te pasa?

Colin le miró fijamente antes de apartar la mirada y contestar con voz monocorde.

―Tú tienes a toda tu familia, Greg. Eres el niño bonito de los Pendergast, el que fue a la universidad… Yo soy la decepción de mi padre. Si muero, nadie me llorará.

―Venga ya. He visto como tu familia montaba un funeral que parecía una fiesta cuando uno de sus “allegados” tenía un “accidente”. Tú eres de su sangre.

―Les da igual, Greg. Le doy igual. Siempre le he dado igual. He sido un cero a la izquierda. Salvo con los Finns. Salvo ahora. Ahora somos héroes.

Los soldados Cooley, Chumeski y Muzzarella lanzaban paladas al agua, haciendo avanzar el bote por el desastrado túnel. El joven soldado raso Pelkie se abrazaba a su rifle mientras gimoteaba. “Cenicero” Pollard y “Dispara Primero” Smeltz oteaban en la negrura, apretando el lanzallamas y la Thompson, atentos a la aparición de nuevos enemigos. El Cabo Wold se abrazaba a sus rodillas llamando con un hilo de voz al fallecido teniente Doud.

―Que triste es tu concepto de heroicidad ―comentó Greg con sorna.

―Es la primera vez, desde que fui un Finn, que hago algo por el bien del resto y no para satisfacer mis vicios. Para llenar mi vacío. Yo…

El sargento Smeltz ordenó silencio.

Al fondo del túnel comenzó a apreciarse un verdososo fulgor. Apagaron las linternas y todos se aprestaron para enfrentarse a lo que fuera. El pasadizo desembocaba en una gran cámara subterránea, llena de estalactitas y estalagmitas y que estaba inundada, por lo menos un metro de profundidad de agua cristalina en cuyo fondo abundaban las algas fosforescentes que desprendían esa mortecina luz verdosa… y que rodeaban una infinidad de tesoros. Cientos de piezas de oro argentífero poblaban el fondo: coronas, tiaras, colgantes, amuletos, collares, estatuillas, lingotes…

Y, anclada en medio de la caverna, estaba la embarcación de los mafiosos de Innsmouth que habían robado los soldados Anzack y Witzneki.

De hecho, Anzack les estaba encañonando con su rifle, mientas que Witzneki estaba metido hasta el pecho en el agua, aparentemente pescando piezas de oro.

―Un solo movimiento y le pego un tiro al lanzallamas de Cenicero ―amenazó el soldado Anzack―. Y ya sabéis todos que tengo buena puntería.

―Sobre todo para disparar por la espalda ―escupió Smeltz―. No vas a salir de esta impune, muchacho.

Antes de que Anzack escupiera un insulto, Witzneki alzó las manos en las que sostenía un puñado de piezas de oro plateado.

―¡Mire esto sargento! ¡¡Este sitio está lleno de tesoros!! ¡¡¡Tesoros!!! ¡Podemos salir de aquí siendo ricos, señor! En vez de seguir amenazándonos, podríais ayudarme a llenar de los botes con todo este tesoro.

―¿Y los monstruos? ―preguntó Chumeski.

―No había ninguno ―siseó Anzack sin apartar la vista del depósito de combustible del lanzallamas de Pollard.

―Me estáis diciendo ―comenzó Greg con el sarcasmo impregnando cada una de sus palabras―que los profundos tienen una cámara llena de todos sus tesoros… ¿y la han dejado desprotegida?

―Aquí estamos ¿O no lo ves, listillo?

Colin apuntó, con un índice acusador, al soldado Witzneki. Alrededor del marine el agua se había oscurecido, cómo si una nube de tinta hubiera llenado el agua que le rodeaba. El soldado metió el brazo en la sustancia, percibiendo como el agua adquiría una consistencia más… pegajosa.

―Lo que estáis es jodidos ―declaró Colin, antes de que Witzneki comenzase a chillar.

Witzneki estaba metido hasta la cintura en el cuerpo amorfo y medio líquido de un shoggoth. No una pequeña semilla como la que había devorado la cara del teniente Doud, sino de un ejemplar maduro, una pesadilla acuosa llena de ojos, dientes y zarcillos viscosos. Docenas de metros cuadrados de limo viviente. La criatura fluyó veloz por los brazos y el pecho de Witzneki, quemando, digiriendo y devorándole en cada centímetro de ascenso.

Anzack miró de reojo a su gemebundo colega, volvió a apuntar al depósito del lanzallamas.

―¡Anzack! ¡Baja el arma, maldita sea! ―aulló Smeltz.

El soldado obedeció y se volteó para encarar al shoggoth que continuaba deglutiendo al quejumbroso Witzneki. El resto de la criatura se alzó por encima de la superficie del agua como una ola de protoplasma transparente donde se apreciaban los restos medio digeridos de sus víctimas previas: cadáveres mutilados, podridos, rostros boquiabiertos, cabezas roídas, torsos hinchados y miembros cercenados parcialmente disueltos. El shoggoth envolvió por completo a Witzneki y lo elevó por encima del bote. Witzneki gorgoteaba, tragando shoggoth que le fundía por dentro y por fuera.  Anzack disparó, a ciegas.

La pesadilla protoplasmática había adquirido la forma de una columna de carne negra, bamboleante y muerta, que casi tocaba el techo.

Smeltz ordenó abrir fuego a discreción. Su Tommy descargó todo el tambor de munición que le había afanado al cadáver del Bastardo de los Waite y la Thompson de Chumeski escupió plomo junto a la ametralladora Browning que llevaba Greg. Colin disparó con una pareja de revólveres que había afanado de la armería de los mafiosos. Cooley disparó con su fusil y Muzzarella hizo lo propio, pero apuntando a Witzneki “Para paliar su sufrimiento” pensaba mientras sonreía, como había pensado cuando abatió al teniente Doud.

Pero no todos sus hombres pudieron soportar la visión del shoggoth. Pelkie arrojó su fusil, se tiró al agua y comenzó a nadar hacia el túnel, en dirección contraria al monstruo, sin dejar de gimotear. Pollard se acuclilló sobre la cajonera hermética en la que guardaban la dinamita y comenzó a sacar cartuchos cuando vio al cabo Wold comenzar a reír histérico.

―¡Cabo!  ―le llamó Cenicero por encima del estruendo del tiroteo. Wold le miró fijamente y sacó su Colt de la cartuchera.

―Tranquilo, Pollard, tranquilo ―dijo el cabo Wold―, me voy con el teniente Doud.

Y se puso el cañón de la pistola bajo el mentón antes de volarse la tapa de los sesos.

El fusilamiento al shoggoth había sido bastante efectivo. La estructura del monstruo se encontraba apolillada y ya no parecía gomosa si no más fluida. Los pedazos a medio digerir de sus víctimas se escapaban del interior de su superficie legamosa y empezaron a caer al agua. El cuerpo inerte de Witzneki cayó en el bote de Anzack, junto a fragmentos acuosos del monstruo. El soldado huyó hacia la cabina e intentó encender los motores. El shoggoth penduleó, como borracho, herido, hasta que dejó caer toda su masa sobre el bote que capitaneaba Anzack. El pesado protoplasma cayó como el puño de un gigante sobre la embarcación, partiéndola por la mitad. Los soldados escucharon a Anzack gritar desde la cabina. El shoggoth estaría herido de muerte pero aún era mortal y comenzó a digerir al desertor.

“Cenicero” Pollard encendió varios cartuchos de dinamita y los arrojó hacia los restos de la embarcación bañada por el shogghot mientras “Dispara Primero” Smetlz, Chumeski y Pendergast se afanaban en recargar sus armas.

―¡Nos rodean! ―aulló Colin disparando contra un hilo de limo iridiscente que rezumaba por una grieta del techo.

No era el único. Diversas semillas del shogghoth, como la que les atacaron en la refinería volvían al nido. Se arrastraban por el agua, se descolgaban desde grietas del techo, emergían de las hendiduras de las paredes. Una de las semillas se dejó caer en medio del bote, adhiriéndose al soldado  Muzzarella que aulló de dolor intento arrancarse esa cosa del cuerpo.

El soldado Pelkie frenó su nado cuando uno de esos seres se deslizó por el agua hacia él. El soldado comenzó a bracear histérico, huyendo de la masa negra que se deslizaba por el agua mucho más rápido que él. El soldado la notó burbujear a sus pies. Notó como el agua se volvía más densa, más pesada, como sus manos desnudas y su rostro se irritaba ante la presencia de ese ser nocivo, esos humores gástricos vivientes le rodeaban, pasaban bajo el, a través de él…

Y le ignoraban avanzando hacia el centro de la caverna. Donde casi todas las semillas parecían estar reuniéndose.

La dinamita explotó acabando con el shoggoth. O no. Lo cierto es que el monstruo y la embarcación donde estaba pegado explotaron. Sus pedazos licuados volaron por todas partes, se pegaron a la pared, se esparcieron por la caverna… pero alguno de esos fragmentos se arrastraron hasta pequeñas grietas o se dejaron caer al agua del túnel, para desaparecer en la oscuridad.

Tocar la semilla de shoggoth que le devoraba, quemaba las manos de Muzzarella y las dejaba cubiertas de ampollas. Sentía como unos largos dientes se formaban y hurgando en su cuello, tragando, chupando, succionando. Mareado de dolor, agarró su granada.

―¡Semper fidelis, hijo de puta! ―aulló, antes de tirarse por la borda y explotar junto al bote.

La violencia del estallido zarandeó el bote. La metralla impactó al soldado Cooley y lo lanzó al agua. Nunca más volvieron a verle.

El horror no había terminado.

Las semillas del shoggoth salieron de debajo del agua, unidas unas a otras en una danza macabra, retorcida, adquiriendo la forma de otra columna de carne negra y gomosa, otro shoggoth, un tornado de seis metros, pegajoso y protoplasmático, formado por retales de semillas, que se alzaba sobre el bote con un inimaginable apetito alienígena.

―Borremos a esa cosa de la faz del planeta ―ordenó el sargento Smeltz, antes de que todos los supervivientes del bote (salvo el atemorizado Pelkie) abrieran fuego a la vez con sus armas.

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Rudy”Dispara Primero”Semltz Vs Shoggoth de Innsmouth (Ilustración de dimmartin)

La potencia de fuego fue espectacular. Los subfusiles Thompson escupiendo munición, las pistolas de Colin tronando con cada disparo, la ametralladora Browning disparando hasta  la última bala… y para finalizar, la lengua flamígera que escupió el lanzallamas de Cenicero Pollard cuyo fuego  comenzó a devorar al monstruo informe.

La masa se encogió  y saltó como un resorte hacia el techo, golpeándolo como un puño enorme. Greg y Colin pensaron que el monstruo pretendía derribar el techo sobre ellos, así que se encogieron en el bote, prevenidos ante otro posible derrumbe. Pero el ente se encaramó al techo y comenzó a deslizarse por las grietas, huyendo de los invasores. Las semillas de shoggoth emergieron en una casa de la maldita ciudad de Innsmouth, destrozando todo a su paso, y borboteando en su huida hacia el océano.

―¿Hemos… ganado? ―preguntó el soldado raso Pelkie desde el agua, temblando, con la cara y las manos cubiertas de ampollas.

―Aún no hemos salido de aquí ―murmuró Colin con tono siniestro.

A base de su instinto y su experiencia, Smeltz les orientó para salir del complejo de los túneles de los contrabandistas. La munición escaseaba. La ametralladora Browning y la Thompson de Chumeski no tenían balas, Smeltz solo disponía de un cargador para Tommy y solo había dos rifles funcionales. Aún disponían de las pistolas del calibre 45, un revólver del calibre 32 que Colin había afanado del antro de los contrabanditas, del lanzallamas de Pollard y unos pocos cartuchos de dinamita. El bote estaba dañado por la granada de Muzzarella y, poco a poco, la embarcación se anegaba de agua y debían ir achicando con sus cascos. Pelkie lloriqueaba débilmente en un extremo del bote, hecho un ovillo.

Y entonces, avanzando por un estrecho túnel, comenzaron a escuchar el rumor. Gorgoteos. Chasquidos. Voces.

Luces.

Haces de linternas. Antorchas.

Figuras oscuras que recorrían los túneles tras ellos, que se les acercaban.

Muchas figuras.

Muchísimas.

Smeltz alentó a sus hombres. Greg y Chumeski apretaron los fusiles contra sus hombros. Colin apuntó con el revólver. Pollard prendió el lanzallamas. Pelkie se encogió aún más.

Por los túneles comenzaron a aparecer infinidad de profundos e híbridos, humanos deformes de ojos sin párpados, caminares zancudos y zarpas palmeadas que llevaban de la mano a sus hijos, completamente humanos. Una Profundo de enormes pechos, cargaba en brazos con un decrépito anciano. Dos batracios pesadillescos precedían a tres niños que lloraban asustados ante la presencia… de los militares. Una mujer entrada en carnes corría de la mano junto a un profundo de dientes de criatura abisal.

Los profundos y los híbridos pasaban por los lados del bote. Les dirigían venenosas miradas mientras los supervivientes de la operación les apuntaban con sus armas, con los dedos temblando sobre los gatillos, asustados.

Greg fue el primero en bajar su arma.

― No son una amenaza ―informó Greg y apoyó su mano en el cañón de Chumeski.

Los profundos y su parentela, que no habían muerto en sus encontronazos con los soldados que continuaban la redada en el pueblo, habían decidido huir de Innsmouth por los pasadizos.

Cansado de combatir, de matar y ver morir a sus soldados, Smetlz ordenó a sus hombres esperar a que los habitantes de la ciudad les flanqueasen… tras lo cual les siguieron.

Hasta el exterior.

Hasta el mar donde la tibia luz del sol  que comenzaba a salir en una fría mañana invernal les acarició.

Greg y Colin se abrazaron y rieron junto a los escasos supervivientes del asalto a los túneles.  El sargento Smeltz predijo que Greg y Colin habían hecho allí amigos de por vida.

La Redada (22) El Cantar de Madre Hidra

Comandante Robert Harrow (HERIDO)

Teniente Comandante Baird                      –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos) (MUERTO)                    –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)                    –              Garrido2

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50) (MUERTO)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán) (MUERTO)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)        –              Soler2

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East (ABATIDO)

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

Todo el mundo en ese submarino se había vuelto loco, menos Annie O’Carolan.

O eso pensaba Annie al tiempo que se arrimaba todo lo que podía a la tubería a la que el suboficial médico Devore le había “esposado”.

El horrible canto de Hidra lo llenaba todo mientras los enajenados marineros se dejaban llevar por monstruosos instintos animales.

En la sala de máquinas, el Suboficial de 2ª Burnes aulló de frustración cuando los cuatro hombres a su cargo se armaron de llaves inglesas y palancas, y comenzaron a golpear con saña los motores y turbinas del submarino.

El Inconsciente comandante Harrow estaba encerrado en su camarote pero un grupo de dementes marineros había comenzado a embestir la portezuela de su habitáculo.

En las zonas comunes, los marinos babeaban y aullaban mientras rodeaban al cuerdo suboficial de 3ª Thommy Malone quien desenfundó su automática del 45 intentando proteger el armarito que había a su espalda, donde se guardaban los rifles y las pistolas del submarino.

En la sala de control, los hipnotizados se arrojaron sobre el teniente comandante Baird. Uno le agarró del brazo, otro de la pierna, y otro le saltó a la espalda e intentó arrancarle una oreja de un mordisco. Danny Boy, el timonel, observó aterrado como su compañero, el marinero encargado del control de profundidad, empujaba las palancas para descender aún más allá de los 60metros a los que el S19 había llegado.

En la sala de torpedos, los marinos que habían acudido en apoyo del suboficial Dela Poer, se armaron con lo que pudieron para golpear inmediatamente a los torpedos, ante la atónita mirada del contramaestre.

La primera reacción de Annie fue buscar la pistola que Devore había guardado en su gabardina… pero recordó el efecto de la bala disparada por el enajenado marinero East. El plomo ardiente desplazándose a lo loco por todo el interior del submarino, destrozando paneles de control e impactando a vete a saber quién… por no mencionar que estaba esa letanía, ese cantar aberrante que llenaba todo el submarino y que Annie sabía que era producto de alguna de las entidades de los mitos.

Era el cantar de Madre Hidra lo que estaba volviendo locos a los hombres. Era magia y la pistola no resolvería esa situación.

Una figura atravesó la sala de control y se cernió sobre ella.

Annie contuvo el grito, dejo de fingir que estaba esposada y se llevó las manos a la pistola, al tiempo que el desconocido se le echaba encima.

―¡El gramófono! ―le gritó el suboficial médico Devore al tiempo que llegaba junto a ella.

Annie soltó aire, dejó la pistola en el bolsillo y al instante abrió mucho los ojos…

El gramófono que Devore había conectado al inicio de la misión por orden de Harrow, aquel con esa canción militar, cuyo sonido había animado a los marineros del S-boat.

―Me ha leído usted la mente, señor Devore ―reconoció Annie, al tiempo que agarraba al suboficial médico del brazo y corrían hacia la sala común donde estaba el gramófono.

El suboficial Acker dejó el puesto del sónar, lanzándose sobre uno de los marineros que forcejeaban con el iracundo teniente Baird que no paraba de aullar órdenes.

Danny Boy soltó el timón y comenzó a golpear infructuosamente a su compañero para que dejase de hundir el submarino.

63 metros.

La carrera de Annie y Devore se frenó cuando se encontraron con dos marineros que bloqueaban el estrecho pasillo, y cuya mirada muerta no vaticinaba nada bueno. Tras ellos, el marinero Fulci había llegado a la sala común, a tiempo de ver el disparo que efectuó el suboficial Thommy Malone contra uno de los dementes que le atacaban. El hombre cayó de rodillas, pero el resto de enajenados pasó sobre él y se cernieron, todo uñas y dientes, sobre el oficial. Aterrado, Fulci agarró una llave inglesa y corrió hasta los marineros, barbotando insultos en italiano y, de un acertado golpe, le abrió la cabeza al más cercano.

Uno de los marineros hundió sus pulgares en los ojos del suboficial Malone. Otro comenzó a  tironear de su brazo hasta arrancarlo de cuajo.

Un tercero se hizo con la pistola.

Y el ulular de Hidra continuaba sonando.

66 metros.

Chorros de agua y gas emergían de las turbinas. Los engranajes chillaron cuando un marinero metió su brazo entre la maquinaria, interrumpiendo su funcionamiento y perdiendo su extremidad. Burnes no podía detenerlos a todos mientras destrozaban su submarino, sus motores, su niño. Comenzó a lanzar golpes a lo loco con una gigantesca llave inglesa.

Los marineros que estaban ante Devore y Annie se arrojaron sobre ellos. El suboficial médico apartó a la cazadora de libros y se enzarzó en una sucia pelea con ambos marinos, permitiendo que Annie pasase, a trancas y a barrancas, por el estrecho pasillo para llegar hasta donde el gramófono la esperaba, ajeno al despedazamiento del oficial Malone.

El marinero loco armado con la pistola se volteó hacia Annie. Sostenía el arma con dos manos temblorosas y  sonrió mientras le apuntaba, pero la centelleante llave inglesa de Fulci cayó sobre sus muñecas y le desarmó.

―¿¡Ma que cosa facere usted acuí, signorita!? ―espetó Fulci, décimas antes de aporrearle la cara al marinero, saltándole los dientes.

Acker le descargó un fiero puñetazo a uno de los hombres que atacaban al teniente comandante Baird y lo derribó. Danny Boy continuó intentando apartar a su compañero del control de la profundidad.

Desde la cabina de torpedos comenzaron a llegar los disparos que efectuaba el hierático oficial Dela Poer sobre sus hombres. Dela Poer puso la pistola en la nuca de uno de los marineros y le voló la cabeza. Se giró a otro y lo ejecutó. Sin parpadear, sin mediar palabra.

69metros.

El canto de Hidra continuaba sonando.

La maquinaria chillaba de dolor.

La puerta del comandante Harrow crujió ante las embestidas de los enajenados.

Uno de los marineros agarró a Devore del cuello y comenzó a estrangularle.

Annie intentó poner el disco del gramófono pero el submarino se sacudió violentamente cuando los motores se detuvieron, y el vinilo se escurrió entre sus manos. Fulci se posicionó ante Annie y comenzó a trazar arcos con su llave inglesa, tratando de contener a los marineros que les rodeaban.

Dos marineros abrieron el armario de los fusiles.

Con la ayuda de Acker el teniente comandante Baird se zafó de uno de los hombres que le apresaba, sacó su automática del 45 y le apuntó.

Dela Poer le voló la cabeza al último miembro de la tripulación que estaba golpeando los torpedos.

72 metros

Annie agarró el vinilo. Dejó salir el aire que retenía en sus pulmones. Cerró los ojos.

No estaba en ese chirriante submarino, a punto de morir aplastada por la presión del mar, asesinada por una horda de marineros enajenados. Fulci no estaba lanzando golpes con esa herramienta salpicada de sangre y sesos para protegerla. Devore no estaba siendo estrangulado. Baird no iba a matar a uno de sus hombres. Acker y Danny Boy no estaban agrediendo a sus compañeros. Dela Poer no había ejecutado hasta el último de sus hombres. Barnes no estaba llorando de dolor porque los marineros a su cargo golpeaban su preciada nave.

No.

Annie estaba en su departamento de Nueva Orleans, ante su gramófono, dispuesta a poner un vinilo de música clásica, que escuchar mientras continuaba trabajando la traducción del Chaat Aquadingen. El Chaat, el libro le estaba esperando en casa, deseando ser estudiado, deseando ser traducido, deseando mostrar sus secretos. Y Annie iba a hacerlo.

Annie puso el disco en el plato giratorio, deslizó con tranquilidad el brazo por encima y apoyó con mimo la aguja en el vinilo.

“Its a Long Way to Tipperary”

En cuanto los primeros acordes de “Its a Long Way to Tipperary” sonaron el mundo se detuvo. El cántico de Hidra enmudeció. Los hipnotizados se quedaron durante unos segundos rígidos, inmóviles… Comenzaron a parpadear, a despertar, descubriendo que habían estado combatiendo, que tenían las manos ensangrentadas, algunos tenía la boca llena de sangre o carne, estaban heridos, muriéndose quizá.

75 metros.

El casco crujía y en algunas partes comenzó a combarse. Chorros de agua, goteras y pequeñas cataratas emergían por doquier. Algún remache salió volando, rebotando por el interior. Comenzaron pequeños incendios y estallidos de chispazos.

El teniente Comandante Franklin Baird se giró al hombre que casi le había arrancado una oreja de un mordisco.

―¿Esta bien? ―le preguntó con voz grave.

El marinero parpadeó, aletargado, y asintió levemente con la cabeza.

Y Baird le descargó un salvaje puñetazo en la cara con la culata de la pistola y le dejó inconsciente. Hizo crujir su cuello antes de agarrar la bocina con la que podía comunicarse con todo el submarino.

―¡Todo el mundo a sus puestos! ―ladró por el altavoz.

Y entonces se fue la luz.

Hubo un segundo de silencio, en la más absoluta oscuridad, en la que todos los tripulantes del S-boat escucharon su respiración y el rechinar de metal, hundiéndose cada vez más en las aguas de la costa de Innsmouth.

―¡Informe de daños! ―rugió Baird, desde todas partes. Parecía la voz de un dios malvado y vengativo.

Mientras las linternas comenzaban a encender, el ingeniero jefe Burnes contestó.

― Sistemas eléctricos dañados. No hay renovación de aire y la nave no tiene energía. Los motores no funcionan y ¡vamos a descender aún más!

78 metros.

―Necesito que alguien accione los alternadores del cuarto de baterías ―continuó Burnes―. Yo me encargaré del desastre que hay en la sala de máquinas… el resto es cosa suya, señor.

―Acker informe del sónar. Danny Boy  suelte lastre y timón a cuarenta y cinco grados ascendentes.

Acker arrojó los cascos antes de ponérselos.

―El sónar está como loco… es como si algo golpease incesantemente al submarino.

―Son esos monstruos ―murmuró un marinero.

Devore se volvió hacia el marinero.

―Tranquilícese, esas cosas no…

― ¡Los Monstruos! ―chilló otro marinero que cayó de rodillas―. ¡Los Monstruos intentan entrar! ¡Intentan entrar!

―Devore, controle la histeria.

―¡Eso trato de hacer, teniente Baird!

Pero antes de que  el suboficial médico pudiera tratar a alguno de los marineros, Annie le agarró del antebrazo. Ambos observaban la pared a la que señalaba el marinero histérico y, para su espanto, comprobaron como la superficie metálica comenzó a desdibujarse, a transparentarse… hasta que una zarpa anfibia golpeó la pared.

Poco a poco, todas las paredes del submarino comenzaron a perder consistencia. Todos pudieron observar el fondo marino a través de una veintena de profundos que rodeaban el submarino, golpeándolo con sus garras…

Pero no sólo eso.

En el suelo del fondo marino se apreciaba un fulgor verdoso y nocivo que emergía de cientos de columnas de piedra negra que daban forma a la ciudad submarina de Y’ha-Nthlei.

Enormes construcciones hechas de piedra y coral, con ventanas que despedían una fría luz que atravesaba a los profundos que se agarran al submarino, como si fueran rayos X, mostrando sus esqueletos, espinas y vísceras bajo la piel escamosa. Era un espectáculo asombroso y terrible.

Contemplaron cómo decenas, cientos, miles de profundos nadaban por sus oscuras aguas, al parecer huyendo de la blasfema Atlántida. Había profundos enormes, mucho más grandes que los horrores que Annie había visto en Innsmouth o que se aferraban al sumergible. Había criaturas cefalópodas inimaginables, Horrores de las Profundidades… y hasta un gigantesco profundo, que ululaba un canturreo que había enloquecido a los hombres del S-boat y que ahora servía para favorecer el desalojo de su progenie… se trataba de Madre Hydra, reina de los profundos.

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Madre Hidra (aunque en la ilustración es “Dagon y el Monolito”, de Mark Foster) 

Muchos marineros entraron shock o enloquecieron. El hombre que estaba ante Annie y Devore intentó huir del submarino a través de la pared invisible del sumergible, y comenzó a  golpearse, una y otra vez, la cabeza contra el metal. Otro se destrozó los puños al golpear el acero, pensando que peleaba contra los monstruos del otro lado. El marinero que había matado al oficial Malone tomó la pistola de este, se la metió en la boca y se pegó un tiro.

Mientras la locura seguía adueñándose de las almas de los marineros del S-boat, algunos de sus valientes hombres se enfrentaban a la maquinaria para devolverle la vida al sumergible e intentar escapar de esa pesadilla submarina. El suboficial Burnes puso firmes a su escuadra y consiguió reparar los dañados motores y todos escucharon como las turbinas volvían a rugir.

El teniente comandante Baird ordenó a Fulci y al suboficial Acker correr hacia la sala de baterías donde, a la luz del farol que llevaba el italoamericano, hicieron funcionar los alternadores, devolviendo la electricidad al submarino.

―Timonel ―ordenó Baird, mientras señalaba hacia la ciudad ―. Vire hacia… Eso…

―¿Estará de broma, no señor?

―¡En absoluto! Nuestra misión es torpedear ese emplazamiento y es prescisam…  ¿Timonel? ¿¡Timonel a dónde demonios va!?

―¡Me largo de aquí! ―chilló Danny Boy histérico―. No pretendo quedarme a…

Annie zancadilleó al joven timonel que dio con sus huesos contra el duro suelo de metal del submarino. Baird le dedicó una torcida sonrisa antes de colocarse ante el timón.

―¡Sala de torpedos!

―Sí, señor ―contesto presto Dela Poer.

―¡Prepare los torpedos uno y dos!

―Están listos, señor.

―¡Pues abra fuego, maldición! ¡Que no quede nada!

Todos pudieron ver cómo los torpedos atravesaban el agua hacia la ciudad sumergida e impactaban de lleno en una gran cúpula de coral, que explotó en un aluvión de burbujas.

―¡Dela Poer, quiero seis o siete como esos! ―ordenó Baird, consiguiendo que el destrozado submarino ascendiera levemente.

―Estoy solo, señor ―contestó Dela Poer.

―Muy bien. Acker y Fulci, cuando terminen en la sala de baterías apoyen a Dela Poer ―el teniente comandante se volvió hacia Annie―. ¿Asesor Civil, podría ayudarnos a destruir esa ciudad submarina llena de monstruos?

―A sus órdenes ―respondió Annie, al tiempo que corría por el submarino hasta la sala de torpedos.

Junto a la ayuda de Roy Acker, Fulci y el suboficial Dela Poer, cargaron cuatro torpedos que detonaron cada uno 2254kg de dinamita sobre las torres submarinas de piedra negra, las pasarelas de coral y las estatuas a deidades obscenas de la ciudad hundida de Y’ha Nthlei, destruyéndola por completo y asesinando a gran cantidad de profundos y demás progenie escamosa de Dagon e Hidra.

―Señores ―dijo la voz del teniente Baird por el sistema de comunicación de la nave―, misión cumplida. No íbamos a fallar.

Annie puso los ojos en blanco y decidió morderse la lengua.

El submarino volvió a duras penas hasta la superficie.  Estaba lleno de brechas, medio inundado y no paraban de surgir nuevos incendios, por lo que el teniente comandante ordenó la evacuación del submarino, tras solicitar ayuda por radio.

La patrullera Spectre, capitaneada por Jhon “El Jefe” Wallis, apareció a los pocos segundos e hizo un barrido de ametralladoras a la desastrada cubierta para poner en fuga a los vengativos profundos que aún se agarraban al S19. El barco se acercó y, tras unos largos y tensos minutos, toda la tripulación que había sobrevivido a la experiencia submarina, subió a la patrullera.

Annie O’Carolan, tiritando y envuelta en una manta, observó como el S-boat se hundía, mientras se prometía a si misma, no volverse a meter en un sumergible en su vida.

La Redada (21) Dagon Emerge

Guardacostas Urania

Capitán Stephen Hearst

Teniente de Navío, Martin Winter (Segundo al Mando)                              – Hernán(2)

Suboficial de 1ª Tolben (Cañón 75mm Proa)                      – Garrido

Marinero Bart (MUERTO)

Marinero Ralph (MUERTO)

Marinero Skinner

Suboficial de 3ª Chimes (Ametralladora 30 Estribor)       – Sarita

Marinero LaParca (Ametralladora 50 Babor)                      – Soler

Marinero Henson (Ametralladora 50 Estribor) (MUERTO)- Jacin

Marinero Fulton (Tiene una Pistola de Bengalas)             – Toño

Grumete Taft  (16 años) (MUERTO)                                       – Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)                                  – Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)                                          – Raúl

El Cocinero

44 MARINEROS –  34 MUERTOS

 

Patrullera Vigilant (HUNDIDA)

 

Patrullera Spectre

Suboficial “Jefe” Jhon Wallis (Fuma como un carretero)               -Jacin (2)

15 Marineros – 6 MUERTOS

 

El capitán Hearst no paraba de ladrar órdenes por la cubierta, ordenando a todo el mundo que corriera a sus puestos de combate y que disparasen hacia Innsmouth. Él mismo disparaba sin mirar con su automática del 45 hacia el mar, hacia la ciudad.

‒ ¡Estamos ante una ciudad invadida por demonios! ―aullaba rabioso―. ¡Estamos ante las puertas del Infierno! ¡Disparad mis cruzados! ¡Disparad mis guerreros divinos! ¡Acabad con las hordas demoníacas! ¡Fuego a discreción! ¡Que no quede ninguno con vida!

El teniente de navío Winters miraba con los ojos entrecerrados al capitán desde la timonera, fantaseaba con que bajaba y se posicionaba tras Hearst para empujarlo por la barandilla. Se imaginaba que la fatigaba y herida tripulación rompía en aplausos y felicitaciones. Que le nombraban capitán. Qué demonios, por eso se merecía ser comodoro, por lo menos.

Pero, el teniente de navío Winters sólo imaginaba y su vista se quedó clavada en el mar… en algo que estaba viendo y no podía creer.

El suboficial de 1ª Tolben se volvió hacia Thomas Connery, Jacob O’Neil y su comparsa, el marinero Fulton.

―¡Ese hombre está loco! ―sentenció Tolben―. Se cree un ángel vengador y pretende hacer llover fuego y azufre sobre Innsmouth.

―A mí lo que me preocupa no es eso ―murmuró Jacob taciturno, contemplando como el capitán Hearst pateaba a un marinero muerto, ordenándole que se levantase y se aprestase para la lucha―. Lo que me preocupa es que todo aquel que se le interponga puede acabar con un tiro en las tripas.

Pedro LaParca y el suboficial de 3ª Chimes habían conseguido escapar de la atención de Hearst mientras se curaban las heridas con un pequeño botiquín de primeros auxilios.

Entonces, Thomas golpeó en el antebrazo a Jacob.

― ¿Qué?

Thomas no dijo nada. Volvió a golpear a Jacob en el brazo.

―¿Qué? ―Otro golpe―. ¿¡Qué!? ¿Qué pasa, Thomas? ¿Qué quieres?

Thomas estaba mudo… Señalaba hacia la negra, brillante e irregular superficie del Arrecife del Diablo, desde donde una horda de profundos, muchos, incontables, nadaban hacia Innsmouth…

Y a algo más…

Algo enorme. Del tamaño de un edificio de cinco planta. Algo gigantesco que emergía del agua, tras el arrecife sobre el cual se está formando una nube de bruma densa y blanca.

Era un profundo, sí, pero un profundo enorme. Una figura abotargada, escamosa, increíble. Una docena de profundos se agarraban a la criatura mientras se ponía en lo alto del arrecife, segundos antes de  lanzar un gorgoteante bramido que heló los corazones de todos aquellos que lo escucharon.

―Dagon ―murmuró Thomas Connery con un hilo de voz.

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Dagón Emerge, de skullbeast (Deviantart)

La triste detonación de una pistola sacó a muchos de los marineros del Urania del terror que les atenazaba. Se trataba del capitán Hearst… que sonreía.

―¡Ese Hijo de Puta es Mío! ―gritó con los labios recubiertos de saliva espumosa―. ¡Timonel! ¡¡¡Vire el barco en dirección a esa cosa!!!

Mientras tanto, a cientos de metros de distancia, en la patrullera Spectre, el suboficial Jhon “El Jefe” Wallis se quemó los dedos con la cerilla que sujetaba ante su cara… Estaba bloqueado, observando con pavor el resurgir de Dagon en el arrecife del Diablo mientras, alrededor de su patrullera, nadaba parte de la horda de profundos que se dirigían a la costa de Innsmouth.

―¡Homb-b-bres! ―gritó con voz tartamudeante, pero los marineros estaban congelados ante la imagen del padre de los profundos y su progenie que nadaba por todo el oscuro mar― ¡Maldición! ¡Tripulación! A sus puestos de combate. Quiero esas ametralladoras disparando a todo lo que se acerque nuestra quilla. ¡Quiero que el timón vire a Sur suroeste! ¡A toda máquina!

Pero el contramaestre de Wallis no repitió sus órdenes porque había desaparecido tras la ola que hundió al Vigilant y su timonel estaba blanco, inmóvil, mientras una oscura mancha se expandía en sus pantalones y un charco amarillo se formaba a sus pies.

Y la patrullera Spectre navegaba a toda velocidad hacia el arrecife del Diablo… Hacia esa cosa enorme.

En el guardacostas Urania el teniente de navío Winters podría haber intervenido, haber cancelado las enajenadas órdenes del enajenado capitán Hearst. Podría haber hecho algo heroico como su mente fantaseaba… pero estaba acuclillado en la timonera, tapándose los ojos, llorando, deseando no estar allí.

―¡Mi hermano! ―gritó el marinero Fulton, con la vista clavada en Dagon―. ¡Mi hermano se ahoga! ¡Tengo que salvarlo!

Fulton pasó corriendo ante Thomas y Jacob y se tiró por la borda.

―¡Fulton! ―gritó Jacob, intentando agarrarlo, pero el marinero se lanzó al agua antes de que pudiera hacer nada por él. Thomas les ignoró. El Finn chillaba. En su cabeza todo era rabia, todo era miedo, todo era odio. Comenzó a disparar con su rifle, desquiciado, asustado, furibundo.

Jacob miró hacia el mar que se había tragado a Fulton… y luego miró a su derecha donde descansaba laxa una ametralladora del calibre treinta. Se aferró al arma. Apuntó hacia la gran figura del Dagon y, gritando, apretó el gatillo, sintiendo el embestir del traqueteo de la potente ametralladora, controlando el retroceso que empujaba el cañón al cielo. Las balas trazadoras volaron brillantes y parte de la ráfaga impactó al padre de los profundos, arrancándole un grito de dolor.

LaParca le imitó. Se posicionó en su ametralladora del calibre cincuenta pero se tomó unos deliciosos segundos más para apuntar al monstruo… A un profundo que trepaba por su vientre abotargado.

Blanco pequeño ―dijo en español―. Error pequeño.

La técnica del marinero era mejor que la de Jacob y cuando apretó el gatillo su ráfaga de disparos fue perfecta, de arriba a abajo. Una lluvia de plomo incandescente impactó al monstruo, destrozó a varios de sus pequeños secuaces mientras causaba un aluvión de heridas negras entre sus escamas.

El suboficial Chimes disparó con su fusil pero el disparo se perdió en la bruma.

―Este arma no funciona ―murmuró hierático, antes de tirar el rifle por la borda.

Tolben disparó el cañón pero el obús se quedó bajo. Impactó en el arrecife, arrancando esquirlas de piedra negra, matando profundos, levantando la misteriosa bruma.

Dagon rugió hacia el Urania, antes de dar un gran salto. Era espectacular y aterrador contemplar a una criatura tan grande saltar con gracilidad y caer al agua, donde se sumergió dejando un rastro de negra sangre oleosa.

―¡Que los monstruos no suban a bordo! ―gritaba “El Jefe” Wallis en el Spectre. El disparo del cañón parecía haber sacado a su tripulación del aterrador efecto hipnótico que el monstruo poseía… no era ningún poder, ni ninguna magia. Era, simplemente, aterrador ver una criatura tan grande en movimiento.

Wallis empujó al timonel a un lado mientras los marineros corrían por cubierta, disparando y chillando. El capitán de la Spectre dio un volantazo al timón y el barco se escoró hacia derecha, hacia Innsmouth, evitando embestir al arrecife pero, todos en su embarcación sintieron la cubierta temblar cuando algo enorme pasó buceando bajo ellos.

―¡Va hacia Innsmouth! ―gritó Chimes en el Urania, al tiempo que disparaba con su pistola hacia el mar. Su disparo se perdió en el aire y Chimes miró la pistola―. Esta rota ―comentó al aire antes de arrojarla por la borda.

Algo similar le ocurría a Thomas que apretaba el gatillo de su fusil 30-06 pero el arma no disparaba…

―Maldita sea ―chillaba Thomas cada vez que accionaba el gatillo, pero no abría fuego―. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Mald…!

Presa de su rabia, Thomas se había olvidado de accionar el mecanismo de cerrojo del fusil. Cuando se percató, gritó enrabietado, antes de accionarlo.

Jacob se apartó de la ametralladora. No como LaParca que continuaba disparando, riendo, aullando en español. El policía sacó su automática del 45 mientras miraba anonadado a su alrededor. El capitán Hearst pasó gritando a su lado, le golpeó en el hombro antes de disparar con su pistola, a ciegas, pero impactó en la espalda de un marinero que cayó al mar. Tolben se afanaba en recargar su cañón en solitario. Un marinero corría gritando en dirección contraria a Jacob arañándose la cara. Otro comenzó a golpear su cabeza contra la barandilla mientras gritaba palabras en griego. Jacob no pudo evitar que una zarpa palmeada, agarrase la pierna del hombrecillo y le arrastrase al mar, al tiempo que varios profundos se afanaban por subir a la cubierta del Urania.

El caos reinaba por el guardacostas que perseguía a Dagon a toda velocidad.

Hacia Innsmouth.

―Esto es el final ―murmuró Jacob.

La tripulación del Spectre se lanzó con rabia sobre sus propios invasores. Dispararon a los profundos con sus ametralladoras, con los fusiles, empujaron a dos por la borda con unos arpones, e incluso Wallis abatió a uno de un certero disparo con su pistola del calibre 45.

―¡Skinneeeeer! ―gritó Wallis ―¡Tome el timón! ¡Reduzca velocidad! ¡Quiero que dos hombres echen a ese engendro de mi barco! Y…

Wallis observó atónito como el Urania pasaba a toda máquina por su popa.

―Pero… ¿A dónde demonios va Hearst?

El capitán Hearst y Tolben discutían al pie del cañón. El capitán le apuntaba con la pistola, pero la corredera estaba desplazada completamente hacia atrás porque el arma estaba vacía. Thomas se giró a su espalda donde había un profundo al que disparó a bocajarro. Jacob le imitó, pero su disparo impactó a los pies de otro profundo que enarbolaba una lanza. LaParca comenzó a forcejear con el mecanismo de agarre que sostenía su ametralladora, con intención de liberarla del trípode, cuando un profundo se le echó encima. El marinero se apartó a tiempo de ver pasar ante sus ojos una cuchilla que se clavó en medio de la cabeza anfibia. Había sido arrojada por el ángel de la guardia del marinero LaParca, el Cocinero del Urania. Un profundo arrojó a un marinero por la borda. Dos criaturas se lanzaron sobre el suboficial Chimes. Este agarró de las garras a uno de los monstruos marinos evitando su ataque pero el otro le lanzó un zarpazo al vientre. Chimes se apartó de los monstruos, mareado, tambaleándose, notando como el aliento se le escapaba y el frío le llenaba. Se palpó la tripa, notó algo pringoso y descubrió sus manos manchadas de sangre.

Cayó al suelo, segundos después de que sus tripas se desparramaran por la cubierta.

Dagon trepó al espigón de la bahía de Innsmouth. Sus grandes zarpas palmeadas caminaron a zancadas por las piedras, camino a la ciudad.

“El Jefe” Wallis y su tripulación abatieron al resto de monstruos de su barco, consiguiendo un segundo de calma en la patrullera. Así pudieron presenciar el espectáculo que ocurriría a continuación en el espigón de Innsmouth.

El teniente de navío Winters estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba tan asustado que no vio a un profundo que había subido hasta la timonera.

El profundo que se hallaba ante Winters estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Quería destrozar de un zarpazo al timonel del Urania.

Thomas estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba a horcajadas del profundo que había matado, golpeándole la cabeza con la culata de su rifle.

Jacon estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Forcejeaba sobre la cubierta con un profundo que babeaba sobre su cara mientras intentaba matarle a zarpazos y mordiscos.

LaParca estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Había desanclado la ametralladora del calibre 50 y disparaba sobre la cubierta, abatiendo todo lo que se le ponía en medio… como casi todos los marineros habían muerto, LaParca acertó a varios profundos a los que destrozó a balazos.

El suboficial Chimes estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Se estaba muriendo.

El suboficial Tolben estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El capitán Hearst estaba fuera de sí y, como no tenía munición, no le había matado… pero él tenía una pistola y la sacó de su funda con intención de acabar con el tirano.

El marinero Fulton estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Su hermano se ahogaba. Tenía que salvarlo. Así que tomaba aire y buceaba en las oscuras aguas de la bahía de Innsmouth buscándole, con intención de asistirle, de cogerle de las axilas y sacarlo. Cuando el aire se acababa, Fulton volvía a la superficie a tomar más aire y así de nuevo a bucear.

Sólo él podía salvarle. Era Fulton. Tenía una pistola de bengalas.

El timonel de Urania estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El profundo a su espalda le acababa de partir en dos de un zarpazo.

Dagon estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Tenía una misión. Tenía que llegar hasta el edificio de la Orden Esotérica.

LaParca se quedó sin munición… El cañón humeante de su ametralladora apuntaba al gigantesco padre de los profundos que estaba en tierra…

¡En una tierra que se les acercaba muy rápidamente!

―¡Alarma de colisión! ―chilló LaParca, al tiempo que arrojaba la ametralladora y corría para agarrarse al cañón del Urania. Tolben intentó agarrarse, pero el impacto le arrojó contra su arma, se golpeó la cara, cayendo inconsciente al suelo.

El Capitán Hearst no. Miró a LaParca con sus claros ojos azules antes de ser impulsado violentamente por la inercia del barco. Sus pies despegaron del suelo, voló, pasó volando por encima de la borda y desapareció, engullido por las aguas que golpeaban en el espigón.

La fuerza del impacto arrojó a Thomas contra el suelo, se golpeó la cabeza y se retorció por el suelo mientras una brecha le llenaba la cara de sangre.

Jacob rodó por el suelo abrazado al profundo con el que forcejaba. Aprovechó la inercia para arrojarlo del barco de un patadón. Se arrastró por la cubierta, temblando, de frío y miedo, se abrazó a si mismo mientras contemplaba, horrorizado, como la costa de Innsmouth estaba siendo invadida por un enjambre de profundos.

No los habían podido detener. Nunca los podrían detener.

Winters observó como el profundo y los restos destrozados del timonel salían despedidos de la timonera, vete a saber donde. Él, salió de su estado de shock, se alzó lentamente, temblando de miedo, temiendo ver otra vez al horror que había surgido del mar.

Y lo vio.

Andando por el espigón.

Y vio el cañón.

Sus años de estudio en la escuela de oficiales se abrieron paso a zarpazos entre el horror vivido. Encendieron una llama de razón, de fuerza, de cordura en el joven teniente.

―Esta a tiro ―murmuró con los dientes castañeteando― ¡Está a tiro! ¡Está a tiro! ¡Oficial del cañón! ¡Dispare! ¡Dispare, maldita sea! ¡Está a tiro!

Pedro LaParca, el marinero que se había convertido en la diana de muchas burlas en el Urania a causa de su precario nivel de inglés y sus aires de gallito, alzó la cabeza y vio el cañón, vio a Dagon.

Jacob O’Neil, que se había convertido en la diana de muchas de las burlas de los Finns porque se había hecho policía, alzó la cabeza y vio una de las ametralladoras, vio a Dagón. Jacob la tomó apretó el gatillo y disparó a ciegas. Las balas trazadoras volaron cerca del monstruoso padre de los profundos…

… pero no le acertaron.

Pedro LaParca giró las manivelas que movían la pieza de artillería. Apuntó y apretó la palanca.

El cañón disparó.

El obús voló por el aire.

Y explotó… destrozando varias casas de pescadores del puerto, pero sin herir a Dagon, que se internó a grandes zancadas en la ciudad.

Pedro LaParca cayó de rodillas, derrotado. Al teniente de navío Winters le encontraron horas después junto al timón, encogido, en posición fetal, chupándose el dedo. Thomas Connery se sentó junto a un vencido Jacob O’Neil y le pasó el brazo por encima de los hombros.

―El agua… ―murmuraba Jacob―. El agua… El agua…

―Tranquilo ―susurró Thomas―. Tranquilo Jacob. A los otros les habrá ido mejor… Seguro.

El Suboficial  Jhon Wallis se dejó caer, agotado, encima del timón del Spectre. Sabía que tendría que acercarse hasta el Urania para recoger a los supervivientes (si los había) del impacto del barco contra el espigón pero, en ese momento, su tripulación y él mismo se habían ganado un par de minutos de paz, de descanso.

Se sacó un cigarrillo y antes de que le iluminase el candor de la cerilla, una luz blanquecina le iluminó a su espalda. Jhon Wallis “El Jefe” se volteó. Una bengala descendía lentamente iluminando el mar, donde una solitaria figura les saludaba desde las oscuras aguas.

No sabemos cómo pero, aterido de frío, calado hasta los huesos, con visibles síntomas de hipotermia y chapoteando como podía, estaba el marinero Fulton, que agitaba con fuerza, su pistola de bengalas.

La Redada (20) Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones

MANSIÓN MARSH

Director de la Agencia de Investigación  J. Edgar Hoover

Superintendente Albert Ryan                                                  –             Bea

Patry O’Connell (Buscavidas)                                                     –          Hernán
Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita
Agente Ashbrook                                                                          –             Toño
Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl
Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido
Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler
Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin
Dr. Ravana Najar

Refuerzos
Agente Dana Excaly
Agente Fox Mülder

 

Hoover encabezó a los agentes del tesoro mientras descendían al sótano de Marsh Manor. Descendieron por lo menos dos pisos antes de descubrir que en las húmedas paredes de ladrillo, infestadas de moho, había grabados, escritos y dibujos efectuados con tinta, pintura, a cuchillo y con sangre. Había escrituras imposibles en varios idiomas, a veces, algún garabato en inglés y retorcidos glifos que parecían palpitar cuando se les miraba:

―Mezcla Sanguínea ―leyó el agente Peter Hill― La Progenie de Dagon e Hidra gobernará el Mundo.

―Humanos y Profundos. Tierra y Mar ―leyó Lucas Mackey.

―Soy yo, o están dando a entender que las ranas gigantes y los humanos tenemos algo en común ―dijo Ashbrook.

―¿Qué es eso? ―preguntó el agente Woody Hart, alertando del sonido que se acercaba hacia ellos rápidamente.

Era como un chapoteo, un escarbar, un concierto de chasquidos. Era… extraño.

Alzaron las escopetas y las pistolas. Sólo un par de agentes y una pálida Patry O’Connell llevaban linternas con las que alumbraron la docena de formas que se arrastraban por escalones y paredes hacia ellos: Una docena de crustáceos del tamaño de una rata grande retrepaban por las escaleras.

―¿Qué coño son estas cosas? ―chilló el agente Drotos cebando la escopeta corredera.

―Quieto, Drotos ―ordenó Hoover, al tiempo que los grandes crustáceos llegaban a su lado… y pasaban de lago― Parecen Trilobites.

―Perdón, señor ―se excusó Woody Hart―, ¿triloqué?

―Trilobites ―continuó Hoover, impertérrito―, unos artrópodos de la era Pleozoica. Extinguidos hace millones de años.

―Eso no ayuda a que esté más tranquila, pero gracias por intentarlo ―se quejó Patry alumbrando a uno de esas grandes langostas planas y marrones que reptaba cerca de su hombro.

―Parece que lo trilobites huyen de algo ―comentó Ashbrook.

―En efecto ―afirmó Hoover―, vayan preparados….

Continuaron descendiendo… tres vueltas a esa estrecha y empinada escalera. Tres pisos más hacia abajo, a una oscuridad que les engullía con cada paso. Cuando la escalera murió, desembocaba a un largo pasaje inundado por una putrefacta agua verdosa que les llegaba a todos por las rodillas. La única y mortecina luz surgía de una habitación situada al fondo del pasillo. Un pasillo en el que había cuatro puertas abiertas de par en par.

Entrecortada por la luz se apreciaba la abotargada silueta de Esther Marsh, que lanzó una demoníaca y enloquecida risotada antes de cerrar la puerta de golpe, dejando a los agentes sumidos en la oscuridad… y escuchando el sonido de cadenas y chapoteos que emergían de las cuatro puertas abiertas.

Alumbrados por los débiles haces de las linternas, cuatro deformes criaturas surgieron de las habitaciones. Fueron profundos antaño, pero Esther Marsh había practicado con ellos dementes experimentos de eugenesia consiguiendo unas raras mutaciones.

De estar Colin O’Bannon, Greg Pendergast o Jacob O’Neil, habrían identificado a uno de los monstruos como familiar de Fregg, el niño rana que buscaba a su mami en la mansión Babson. Era un batracio de dos metros de alto, con una boca enorme y un vientre abotargado que se hinchaba con cada croar.

Otro de los monstruos era un profundo mutado con un cangrejo, lucía tenazas y una armadura de placas óseas. Otro había sido mezclado con un pulpo y arrastraba una colección de tentáculos violáceos.

Y el último de los monstruos era una profundo pútrido, salpicado de pústulas, ampollas y heridas infectas, que se arrastraba a saltos hacia ellos.

La colección de monstruos de feria les bloqueó, les asqueó y les aterró a partes iguales. Hoover se quedó paralizado como una estatua. Los nervios se adueñaron del agente Eddie Drotos que hizo fuego con su escopeta pero falló de plano, además de que se quedó en medio del pasillo, obstaculizando la actuación de los agentes Ashbrook y Cohle, que apartaron a Drotos de en medio.

Al ver a los mutantes, Patry se colapsó. Era suficiente, no podía más. No tendría que haber venido a esa misión. Tendría que haber ido al barco, rodeada de marineros, como cuando era bailarina en Atlantic City. Así tendría quien la protegería.

Y sobre todo, no quería estar allí, enfrentándose a monstruos sin sus amigos, sin los Finns. Con ellos tendría alguna posibilidad, con ellos podía enfrentarse a cualquier mal. No con esta panda de estirados agentes federales, guiados por sus estúpidas órdenes y sus misiones suicidas. Patry tenía que salir de allí. Tenía que huir. Se giró violentamente y empujó al superintendente Ryan, arrojándole al suelo inundado, donde Ryan perdió su pistola. También impidió a Lucas Mackey disparar mientras le empujaba en su evasión. Patry corría y corría, comenzó a subir los escalones de tres en tres, abandonando a los hombres de Hoover a su suerte, huyendo.

Patry llegó hasta el piso de arriba, en su frenética carrera no vio al Doctor Ravana Najar, escondido tras la puerta del sótano. No, Patry pasó por su lado y siguió corriendo. Se desorientó en el pasillo, izquierda, derecha, por esa puerta, ¿Cuál puerta? Abrió la puerta donde estaban los prisioneros, podía utilizarlos como rehenes, podía exponerlos ante esas bestias para que la dejasen en paz, podría…

Todos los Marsh prisioneros habían sido brutalmente asesinados.

Patry cayó de rodillas y comenzó a chillar.

Cinco pisos por debajo de ella el profundo purulento se abalanzó sobre el agente Cohle y le vomitó encima. Se trataba de un pringue que comenzó a humear al contacto con la gabardina de Cohle, devorando el tejido y abrasándole a cada décima de segundo. Era una especie de ácido.

Mientras Cohle se intentaba arrancar la ropa. El monstruoso anfibio disparó su lengua como un arpón. Ashbrook empujó a Hoover y ambos se arrojaron al agua pútrida. La lengua pasó cerca de Drotos, golpeó al agente Hill en la sien, dejándolo inconsciente y se enroscó alrededor de los brazos de un sorprendido agente Hart.

El agente Ashbrook alzó su escopeta y descargó una perdigonada sobre todas las criaturas, pero hizo mayor efecto en el profundo pútrido, al que le arrancó un brazo y parte del torso con el disparo… Las heridas de la criatura se abrieron.

Todas a la vez.

Durante un instante el monstruo supuró pus por cada glándula de sus ser, por cada escara infectada, por cada pústula. Sus ojos se derritieron llorando pus, su boca se abrió babeando pus. Y explotó, arrojando a Cohle contra la pared, salpicando a casi todos los investigadores con esa solución ácida y pegajosa.

El superintendente Ryan encontró su pistola bajo el agua.

El monstruo cefalópodo cargó por el pasillo y descargó un empellón a Eddie Drotos, arrojándole contra la pared de la izquierda. Drotos intentó reponerse pero, antes de que pudiera levantar su escopeta, una lluvia de tentáculos cayó sobre él. Se encogió ante los golpes, pero era incapaz de moverse, chilló, gimió y los tentáculos le apresaron contra suelo, bajo el agua podrida. La bestia rugió furibunda sin dejar de machacar al agente Drotos, al tiempo que un haz de luz la cegaba temporalmente, antes de escucharse una detonación. Lucas Mackey alumbraba con su linterna y había disparado al engendro en la cabeza, consiguiendo hacerle una herida profunda de la que manaba un icor aceitoso a borbotones…

Pero el monstruo no estaba muerto y el agente Eddie Drotos sí. Su cuerpo roto y desmadejado se quedó flotando cerca de la criatura. El monstruo cefalópodo aullaba y encaminó sus pasos hacia Mackey y su molesta linterna, pero el estampido de una escopeta, frenó su avance. El monstruo cayó de rodillas al tiempo que Hoover recargaba su escopeta y disparaba de nuevo sobre la criatura para rematarla.

Cohle que, aún a pesar del baño en las aguas fecales que había dado tras su caída, humeaba por el ácido del profundo purulento, se encontró cara a cara con el mutante cangrejo. La bestia lanzó sus tenazas sobre el agente, pero este interpuso su escopeta entre él y la criatura, dándole tiempo al agente Ashbrook de disparar a la bestia una certera perdigonada que le arrancó la cabeza.

El agente Hart dejó caer su escopeta y sacó su Colt 45, con la que disparó la lengua violácea que se retorcía sobre sus ante brazos. Cuando la criatura le liberó, Hart caminó tras la lengua, disparando al monstruo, seguido de los disparos de Lucas Mackey y el superintendente Ryan. Abatieron a la criatura que cayó como una piedra al agua que inundaba el pasillo.

Las armas de los agentes federales humeaban. Algunos habían vaciado sus cargadores sobre los monstruos. Sus jadeos resonaban en el denso silencio que llenaba ese pasillo a oscuras, salpicado por los haces de luces de las linternas.

―Ha ssido un duelo intenso, ¿sssí? ―dijo la meliflua voz del Doctor Ravana Najar desde las escaleras.

Y antes de que ninguno de los agentes pudiera hacer nada, un chirrido agudo, continuo e infinito les estalló en las sienes, haciéndoles caer a todos de rodillas. El Doctor Najar caminó entre los agentes que se revolcaban por el suelo inundado, chillando, gritando, maldiciéndole, mientras el pequeño hindú paseaba tranquilamente hacia el laboratorio de Esther Marsh.

Los chillidos de Patry llegaron hasta el coche donde estaban los dos agentes de refuerzo del equipo que Hoover había traído. La agente Dana Excaly miró a su compañero, el agente Fox Mülder.

―Parece tratarse de la ACE ―comentó la agente―. Creo que es momento de que entremos.

―La verdad está ahí dentro ―dijo Mülder y Excaly puso los ojos en blanco.

Ambos atravesaron la finca de los Marsh a la carrera, armados con sendas pistolas automáticas del calibre 45.

Mülder fue hacia la entrada lateral que daba al salón de baile, mientras Excaly entraba por la puerta principal. Ya no se oía nada, ni los gritos de Patry O’Connel, ni… ¡Alto! Sí escuchaba algo. Excaly avanzó lentamente por el pasillo hasta la habitación donde habían quedado retenidos los prisioneros, uno de los cuales, Jacob Marsh, que había sido jefe de la refinería Marsh durante los últimos años,  estaba congelado, con la mano extendida hacia la agente Excaly y la cara agarrotada en una mueca de terror. A su lado estaba el cuerpo podrido de Ralsa Marsh, su macilento cadáver parecía llevar meses a la intemperie. Y por útimo estaba  Sebastian Marsh que había envejecido a una velocidad absurda. Estaba caído junto a su hijo congelado, con la piel apergamina, sus huesos crujiendo con cada respiración, sus ojos ciegos por las cataratas, su boca carente de dientes. En lo que dura una respiración el cuerpo del anciano era una momia fosilizada, en cuyo último estertor, agitó la mano hacia la estatua de hielo que era su hijo.

La liviana caricia que hicieron sus decrépitas falanges destrozó el hielo, el talón se hizo añicos, la estatua congelada de Jacob Marsh cayó al suelo y se hizo migas.

―¿Qué demonios está pasando aquí? ―murmuró Excaly.

Y algo golpeó la puerta de un armario. Excaly abrió con cuidado el armario y se encontró dentro a una aterrorizada Patry O’Connell.

―¿Se encuentra bien?

―Está de coña, ¿no? ―gimoteó Patry―. ¡¡En el sótano hay una horda de monstruos!! ¡¡¡Y por la casa hay un brujo asesinando a la gente!!!!

―¿Y cree qué en el armario no la van a encontrar, ni los monstruos, ni el brujo? ―preguntó Excaly con sorna―. Venga mujer, levante y acompáñeme.

―¿Adónde?

―Adonde esté el director Hoover.

Mülder se quedó en la casa, atento a ver si encontraba al Doctor Najar, sospechoso de los asesinatos y por lo visto de brujería. Mientras Excaly y Patry descendieron por las escaleras hasta el sótano, donde el director Hoover, el superintendente y resto de agentes se habían repuesto del extraño episodio psicosomático que acababan de experimentar.

―”Extraño espisodio piscos…” ¡Les ha hechizado ese hindú loco que no sé de donde han sacado! ―chilló Patry indignada.

―Basta ―cortó en seco Hoover y se giró hacia uno de los agentes―, Ashbrook, vamos al fondo.

―A mandar ―murmuró el ojeroso agente, tras encenderse un cigarrillo.

Hoover y Ashbrook se adelantaron al resto de agentes. Patry se quedó en la retaguardia, insegura y atemorizada por lo que pudieran encontrar al otro lado de la puerta. Hoover y Ashbrook se parapetaron en los flancos del marco y abrieron la puerta de una patada.

El Falso Doctor Najar estaba dentro del laboratorio… y todo vibraba y retumbaba a su alrededor. Descargas violetas y luminosa emergían del cuerpo del pequeño hindú, mientras cientos de fuego fatuos bailaban a su alrededor. Najar sostenía con ambas manos a Esther Marsh, una híbrida obesa y muy afectada por la marca de Innsmouth, pero sus deformidades quedaban eclipsadas ante el poder esotérico desatado por el doctor. La tenía elevada en el aire, con sus dedos hundidos hasta la segunda falange en el gordezuelo rostro de la muchacha que aún se agitaba espasmódicamente mientras se fundía y goteaba, poco a poco, formando bajo sus pies un charco de verdosa carne líquida.

Aún estaba viva.

El Doctor miró a los invasores, con un rostro inexpresivo. Abrió su boca. La abrió desmesuradamente. La abrió más allá de lo humano mientras sus ojos brillaban con la misma luminosidad que las estrellas malditas del oscuro vacío sideral. De su boca emergió un terrible chillido que hizo encogerse de terror a los investigadores, mientras sus cabezas palpitaban de dolor. Era el mismo agudo crepitar que les había imposibilitado antes… pero ahora no era tan potente, quizá porque el ser estaba entretenido… haciéndole lo que fuera que le estuviera haciendo a Esther Marsh.

De sus ojos emergió un chorro de energía violeta y brillante que invadió el pasillo. La descarga bañó a Woody Hart y a Mathew Cohle, produciéndoles unas dolorosas quemaduras llenas de ampollas.

Y el chillido.

El chillido no paraba, continuaba, infinito, interminable. Un aullido que tenía cierta musicalidad, cómo si cientos de flautas, alienígenas y enloquecidas, recorriesen el vacío espacial y emergieran desde esa boca hasta los agentes.

Ashbrook disparó con su escopeta, pero los perdigones hicieron saltar en pedazos una mesa de laboratorio situada al fondo de la sala. El Superintendente Ryan también erró con sus disparos.

―¡Esa cosa ―gritó Dana Excaly―, se está alimentando de la mujer!

Pero su voz no podía superar la potencia del chillido que emergía de la garganta del Doctor Ravana Najar. Excaly corrió hasta la criatura, posó el cañón en la nuca del hindú y le pegó un tiro. La cabeza del doctor se quebró, su cráneo se abrió dejando ver lo que había dentro… una forma negra, viscosa y pulsante.

Nyarlathotep_with_tentacled_face
¿Qué esconde el Doctor Ravana Najar?

Hart aplaudió la técnica de Excaly y la imitó… solo que apoyando en la cabeza del doctor su escopeta corredera de calibre 12. Los perdigones reventaron la cabeza del Doctor Najar, destruyendo el disfraz del verdadero ente, destruyendo una de las muchas máscaras del Caos Reptante.

Del cuerpo marchito de Najar emergió otra forma, una columna de tentáculos oscuros que se agitaban y culebreaban, con miles de fauces con colmillos, bocas de dientes podridos,  de labios leporinos que chillaban, castañeteaban y aullaban sin dejar de absorber a Esther Marsh. No dejaba de gritar. No dejaba de chillar. Nunca lo dejaría.

Se hallaban ante uno de los miles de avatares de Nyarlathotep. Estaban ante Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones.

Y Patry lo sabía. Ese nocivo conocimiento se arrastró hasta lo más profundo de su psique, mordiendo y arañando, y le llenó la cabeza de imágenes, sonidos, olores, sabores, colores imposibles, palabras en Aklo…

Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones. Nyarlathotep, el mensajero de Azathoth. El de las mil Máscaras. El Caos Reptante. Algo dentro de Patry se quebró, todo se volvió violeta y el desagradable chillido que retumbaba en el sótano adquirió sentido, adquirió lógica, adquirió poder. Y Patry sólo quiso una cosa.

Salir corriendo de allí lo más lejos posible.

Los agentes federales habían traído al Doctor Najar, ese tipo que en realidad era una máscara de Nyarlathotep. Seguro que algún otro de esos agentes también era una de las máscaras del mensajero de Azathot. El director Hoover que se había apropiado de ese extraño libro. Lucas Mackey que había vivido en Innsmouth durante meses. El superintendente Ryan, que iba a todas partes con una ridícula pistola mientras sus compañeros ostentaban escopetas y pistolas enormes. El tal agente Ashbrook estaba loco de remate. El agente Hill había torturado a un prisionero. Y esa bruja pelirroja, la agente especial Excaly, que le había traído a rastras hasta ese maldito sótano, con lo bien que estaba escondida en el armario.

Patry se dio la vuelta y huyó por el pasillo anegado, mientras Hoover y los suyos hacían frente al dios exterior.

Pero había otro problema. Patry O’Connel no fue la única que quedó trastocada por la visión del avatar de Nyarlathotep.

Ashbrook comenzó a disparar su escopeta contra la columna de tentáculos. Caminó hacia la criatura sin miedo, sin temor, sin sensatez. Se colocó junto a la monstruosidad, disparando una y otra vez su escopeta, aunque fallase y diese al suelo, aunque los perdigones rebotasen sobre la superficie pringosa del ente, aunque las salvas pudiera herir a sus compañeros, Ashbrook continuaría disparando a ese monstruo hasta que cayera. O hasta que le matasen, lo que ocurriera antes, tanto le daba.

El superintendente Ryan, cayó de rodillas, con su cabello ralo, encanecido; su rostro de bulldog, desinflado; sus ojos hundidos, perdidos en el vacío del dios que se retorcía ante su presencia. La magía existía. Los monstruos también. Y los dioses. Los otros dioses. Al igual que a Patry, un ciclón de información alienígena penetró en su cabeza, destrozando con todo a su paso.

El superintendente cayó de rodillas. Rezando.

Pero, ¿a quién? ¿Al invisible dios de los católicos? ¿O a la terrible presencia que se había manifestado ante él?

La agente Dana Excaly rodeó a la criatura que chillaba y la ignoró.  Parecía que salvo gritar no les iba a hacer nada más. Era demasiado grande, demasiado poderosa… pero Excaly tenía una teoría y quería comprobarla antes de dejarse llevar por el miedo y la desesperación. Esther Marsh continuaba siendo absorbida por el ser. A cada segundo, la mujer estaba más consumida, famélica, cadavérica… ¿por qué? ¿Qué necesitaba esa criatura de ella? ¿Qué pasaría si la interrumpía? Dana se posicionó tras Esther Marsh y alzó su pistola para dispararle un tiro de gracia en la nuca… pero un tentáculo la golpeó, haciéndola fallar el disparo.

Al igual que Ashbrook, el agente Hart disparó su escopeta sobre el dios, pero él, más seguro de sus actos, atendió al efecto de su perdigonada. Las balas apenas herían a esa cosa y el daño que le causaban se curaba en instantes. Destrozó varios tentáculos pero se regeneraron al siguiente parpadeo…  ¿Cómo abatir a un dios?

El agente Cohle escuchaba. Su mirada se había perdido entre el caos de tentáculos que retorcían ante él, pero su oído estaba atento a los lamentos, a los chillidos. Porque los entendía. Entendían lo que Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones aullaba.

Se estaba comunicando con él, le estaba pidiendo auxilio.

Le estaba pidiendo ayuda.

Le estaba pidiendo que asesinase a la agente especial Dana Excaly.

Cohle observó a Excaly dispara sobre Esther Marsh y sin miramientos, alzó su escopeta y descargó un cartucho sobre su compañera. El impacto de la munición alcanzó a la agente en el pecho y arrojó su maltrecho cadáver contra una estantería llena de frascos de cristal y botes.

Antes de que Cohle pudiera cebar la escopeta, J.Edgar Hoover se cernió sobre él y le descargó un fiero culatazo en el abdomen, derribando al agente.

Patry llegó hasta el piso superior, lejos de los desquiciantes aullidos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones. Corrió aterrada hasta la habitación donde el cadáver de Ralsa Marsh cada vez olía peor y se encerró de nuevo dentro del armario, llorando histérica.

―Ojalá estuviera en el barco ―murmuraba histérica, mientras se abrazaba a si misma―. Ojalá estuviera en el submarino. Ojalá estuviera muy lejos de aquí. Muy lejos, muy lejos, muy lejos.

En el sótano la locura se adueñaba de los agentes.

Ashbrook seguía disparando al monstruo. El superintendente Ryan alzó su pistola y disparó sobre Hoover, que se encogió mientras a su alrededor impactaban las balas del calibre 32.

―¡Es culpa tuya, Hoover! ―chillaba Ryan, fuera de sí, rabioso, aunque su voz se veía solapada por los aullidos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones ― ¡Es culpa tuya, maldito fascista! ¡Tú maldita culpa!

Lucas Mackey se lanzó sobre el superintendente Ryan, le agarró de la muñeca y alzó su pistola al techo. Ambos agentes forcejearon, Ryan intentando matar a Hoover, Mackey intentando desarmarlo.

El agente Hart apuntó a Esther Marsh con la escopeta corredera, pero el cartucho estaba mojado y no se disparó.

El agente Cohle alzó su escopeta y apuntó a Hoover, sonriendo.

Apretó el gatillo.

Pero se había quedado sin munición. Hoover le descargó un nuevo culatazo en la cara, saltándole los dientes y noqueando al agente Cohle. Al tiempo que Esther Marsh se deshacía casi por completo entre los tentáculos del dios exterior.

De la obesa hija de Barbanas Marsh tan sólo quedaba un esqueleto cubierto de piel escamosa.

Lucas Mackey desarmó a Ryan y le descargó un perfecto crochet a la mandíbula del superintendente, cuyo cuerpo cayó pesadamente al suelo del laboratorio al tiempo que otro tipo de estrellas llenaba sus fantasías de galaxias prohibidas y lunas yermas.

El agente Hart dejó caer la escopeta, sacó a relucir su Col 45 1911 y caminó con pasos resueltos hasta la espalda de Esther Marsh donde apoyó el cañón del arma en su marchita cabeza… y le pegó un tiro de gracia.

Los resecos sesos de la mujer salpicaron los tentáculos de Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones y el continuo aullido del dios, cesó.

Pero sólo una milésima de segundo antes de explotar en un clamor imposible que retumbó por toda la mansión, consiguiendo que Patry se encogiera en su armario hasta dejarse llevar por la inconsciencia y que el agente Mülder se arrojase al suelo de la primera planta, suplicando que parase…

Pero en el sótano, el aullido culminó con una cegadora descarga de energía que golpeó a todos los invasores, dejándoles una bonita colección de quemaduras y ampollas.

El silencio y la oscuridad se adueñaron del sótano. Aquel Que Se Retuerce Entre Lamentaciones había desaparecido. El cadáver de Esther Marsh era un deshecho de huesos y piel. El laboratorio un destrozo.

―¿Alguien me puede oír? ―preguntó la profunda voz del Director Hoover.

―Afirmativo ―contestó Ashbrook, segundos antes de encenderse un cigarrillo.

―Mackey aquí ―llamó el orondo agente―, el superintendente Ryan está a mis pies. Inconsciente, pero vivo.

―Cómo Cohle ―informó Hoover―. ¿Agente Hart?

―Aún vivo, pero muy malherido, señor.

―¿Alguna orden, señor? ―preguntó Ashbrook.

―Sólo una ―contestó Hoover―. Misión cumplida, muchachos. Volvamos a casa.