MdN: New York (13) Angus is now in the building

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (13) Angus is now in the building

 

Trece de enero de mil novecientos treinta.

En torno a las diez de la mañana.

Los Finns estaban reunidos en el restaurante del Grand Hotel, donde se alojaban varios de ellos, cuando una esbelta figura irrumpió en el local.

—Lo sé. Tengo la mala costumbre de llegar tarde pero… llego exactamente cuando se me necesita.

Los Finns alzaron la vista: zapatos impecables, traje hecho a medida, bastón de madera oscura, seguramente hueco, sirviendo como funda para un estoque, pañuelo al cuello, gruesas gafas, sonrisa galante, peinado a la moda…

Angus Lancaster
Tengo que irme. ¡Los Finns me han llamado!

—Hola, Angus —dijeron Greg Pendergast y Annie O’Carolan sin mucho entusiasmo.

En cambio, Liam McMurdo corrió hacia Angus Lancaster y le dio un fuerte abrazo.

—La desidia de Greg y Annie no es de extrañar, pero esto me está cogiendo por sorpresa, Liam —contestó Angus palmeando la espalda de su amigo.

—Me alego de verte —contestó Liam exhibiendo una gran sonrisa.

—Sí, últimamente está muy contento —comentó Annie entrecerrando los ojos —. Demasiado.

—¿Aderezas tu vida con algo más que la mecánica, Liam? —preguntó Colin O’Bannon. Thomas Connery dio un respingo en su asiento.

Jacob O’Neil estaba derrumbado sobre un cómodo sillón junto a los Finns. Roncaba y su rostro estaba oculto bajo un periódico de esa mañana. Apestaba a whisky desde la entrada. Ante él había una bandeja con un opulento desayuno que se enfriaba a cada segundo. Angus le pinchó con el bastón, pero Jacob ni se inmutó.

—Resaca —informó Colin.

—¿Resaca?

—Sí. Aunque esta noche se lo pasó de miedo con una prostituta.

—¿¡Prosti…tuta!? ¡P… pero si Jacob estaba casado!

—Y con una hija —informó Greg.

—Toma asiento, Angus. Te pondremos al día en unos instantes —continuó Annie desplegando los recortes de prensa de su carpeta.

—¿Cómo te ha tratado la vida estos meses? —preguntó Thomas. Angus aún miraba al maltrecho Jacob.

—Bien, bien… Me he casado con mi prometida.

Los Finns dejaron de hacer lo que estaban haciendo y miraron fijamente a Angus: ¿Casado? ¿Prometida?

—¡Jacob está de resaca tras pasar una noche con una prostituta! ¡Patry viste como una gitana! Y Liam va dando abrazos… ¿¡y os sorprende que me case!?

—Patry/Nelly está paranoica. Lo de Liam es una investigación en curso…

—Que te den, Colin.

—Y antes de ser el sargento O’Neil, Jacob se pasaba la vida borracho y de putas —continuó Colin.

—Y eso lo sabe, porque ahora es el Agente Federal O’Bannon —escupió Greg  entre dientes —. Y lo sabe todo de todos.

—¿Agente Federal? —preguntó Angus.

—No vamos a hacer un resumen de nuestras vidas ahora Angus —cortó Annie —. Vamos a hacerte un resumen de lo que nos ha traído aquí y lo que hemos descubierto hasta ahora. Vamos a hablarte de la Expedición Carlyle que Jackson Elias está investigando.

Una hora después y tras haber dado cuenta de un buen segundo desayuno, Angus estaba informado de todo.

—¿Habéis hablado con la hermana de Roger? ¿Esa tal Erica Carlyle?

—No —contestó Annie —. Y no parece alguien muy accesible.

—Para vosotros quizá, pero yo soy Angus Lancaster. Siempre encuentro una entrada.

—Sobre todo la trasera —se mofó Madame Loconnelle.

Entre las carcajadas. Liam se inclinó hacia Greg.

—Tenemos que hablar. En privado.

—No puedo, Liam —contestó Greg—. Tengo que visitar a un par de amigos que conocían a Jackson Elias, el Doctor Vincenzo Gaspari y su editor, Jonah Kensington.

—Te haremos de chofer mientras tanto —propuso Thomas.

Nelly se fue a su casa, a mirar en su bola de cristal. Annie propuso ir a la biblioteca de la universidad de Columbia, para ver que encontraba sobre sectas en Egipto y el norte de África.

Algo encontró, pero Annie perdió casi toda la mañana ojeando un libro que le llamó la atención: Apuntes sobre el Necronomicon, de Joachim Feery.

Anuncios

MdN: New York (12) Secretos, Mentiras y Vicios Menores

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

MdN: New York (12) Secretos, Mentiras y Vicios Menores

 

Mientras Colin, Greg y Annie se despedían de Texas Guinan, Liam McMurdo cogió del antebrazo a Madame Loconnelle y se la llevó a rastras hasta un apartado del local.

—¿Adonde me llevas, Liam? —se carcajeó Patry. Caminaba despacio, sonreía mucho… como si estuviera flotando o borracha.

—¿Me tienes que contar algo? —siseó Liam, mientras la soltaba como si le repeliese su contacto.

—¿Que quieres que te cuente?

—¿Qué tal: Lo que acaba de pasar con la dueña del local?

—No tengo nada que ver con ese destello verde que…

—Yo no he hablado de ningún destello verde, Patry.

Patry soltó una potente carcajada mientras se le subían los colores.

—Es que… verás, Liam… desde que soy vidente tengo más contacto con fuerzas del otro lado del velo y…

—Patry— Liam no la creía. Liam estaba preocupado. Liam tenía miedo. Miedo por ella. Miedo por los Finns—. Estamos para ayudarnos los unos a los otros. Soy tu amigo, Patry, si me quieres contar algo… Lo que sea, puedes confiar en mí.

—Ay, querido y dulce Liam —Patry le acarició la mejilla herida —. Soy Madame Loconelle.

Patry se alejó de Liam, contoneando las caderas, y se internó entre los flappers. Thomas Connery se paró junto a Liam.

—Patry acaba de mentirme a la cara, Thomas —se quejó Liam.

—Nelly. Ahora es Nelly.

Thomas levantó la barbilla hacia la barra del bar donde Jacob O’Neil acababa de adquirir dos buenas botellas de whisky.

—Nuestro amigo poli le pega a la botella —comentó el militar preocupado… y mirando fijamente a ese tipo con los ojos grandes que bebía un sorbo de ron a su lado—,  y ya no es poli. Ni creo que esté casado.

Una despampanante mujer (con unos ojos normales, una boca normal y sin membranas entre los dedos, se fijó Thomas) se paró junto a Jacob.

—Hola, guapo. ¿Con quién vas a gastar esas botellas?

—No se —contestó Jacob, azorado—. De… depende de… de lo libre que tengas la noche.

—Toda.

Colin O’Bannon se pasó junto a Jacob, le metió un billete de veinte dólares en el bolsillo y le indicó un bonito hotel. Detrás de él, Greg Pendergast gesticulaba mucho ante el amigo de Hemingwayy el resto de los aficionados a la literatura rusa que fingían prestarle atención. Parecía desesperado.

—Colin… Joder, Colin es un puto federal —continuó Thomas—. Y trabaja para la gente que ha desahuciado a Greg por escribir un libro… Angus, para variar, no está. Y Annie parece que acaba de salir de un cementerio.

Annie O’Carolan dejó la mitad del cóctel que había pedido en la barra y anunció que se iba al hotel a descansar.

—Patry me ha mentido, Thomas —continuó Liam, mirando como Patry se mimetizaba con la gente cool del Club 300.

charleston4

Liam y Thomas compartieron unos segundos de silencio, rodeados de risas, música y animadas conversaciones.

—¿Puedo dormir en tu taller esta noche?

—Claro.

—¿Puedo fumar?

—No sabía que fumaras tabaco.

—Yo no te voy a mentir, Liam —contestó Thomas y le miró fijamente—. No fumo tabaco.

 

MdN: New York (11) La Reina de Ébano

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

Texas Guinan no se desmayó.

Entre azoradas risotadas, la mujerona tomó asiento en una butaca que trajo alguno de su séquito de camareros, mientras Colin O’Bannon y Greg Pendergast la atendían y Annie O’Carolan la refrescaba con un abanico.

—¿Necesita algo?—preguntó Colin.

—Algo suave, para refrescarme. Un gin-tonic, si es tan amable.

Colin  fusiló con una entrenada mirada a los camareros. No tuvo que hablar, los echó en estampida mientras corrían a por el gin-tonic que la dueña del local había pedido. El ex tahúr miró a sus amigos y se inclinó sobre Texas Guinan.

—¿Conoce a Jackson Elias? —le preguntó en un susurro.

Texas Guinan parpadeó, aturdida. Negó con la cabeza.

—Es un reconocido escritor de temas truculentos…

—Por aquí no abundan los escritores, agente pelirrojo —se mofó Texas. Su brazo abarcó el local—. Pregúntame por actores gays, actrices desesperadas, playboys alcohólicos, políticos mujeriegos… ¡De repente tengo unas ganas locas de hablar!

—¡Playboys! —espetó Annie—. ¿Vino alguna vez Roger Carlyle a su local, señora Guinan?

—Señorita Guinan, encanto —le reprochó Texas—. ¡Oh, Roger! ¡El pobre, Roger! ¡El inefable Roger y su expedición maldita!

—Una lástima el final de esa expedición —concordó Greg asintiendo con la cabeza.

—¡Una tragedia! —aulló Texas.

—De ahí nuestra investigación… trabajamos conjuntamente con el gobierno para elaborar protocolos que eviten situaciones como aquella —mintió Greg. Annie y Colin le contemplaron sorprendidos—. Sería de gran ayuda conocer los detalles que nos pueda proporcionar para evitar pérdidas como la de Roger Carlyle.

—¡Y no sólo por Roger! —un camarero apareció exhibiendo una bandeja coronada por el gin-tonic. Texas lo tomó y en un sutil gesto mandó al camarero alejarse—. El Doctor Huston era otro gran aficionado al Club 300, le echamos mucho de menos.

—¿De qué conocían Roger y el Doctor Huston?

—La hermana de Roger, Erica, había asistido a algunas sesiones de terapia con el buen doctor —Guinan paladeó otro trago del gin-tonic—. Fue ella quien los puso en contacto.

—Así que mantenía una relación, médico-paciente —acotó Annie.

—No. Era algo más. Eran confidentes. Roger y el doctor venían muchas veces al local. Juntos, por separado. Pero Roger nunca venía solo, siempre le acompañaba alguien.

—¿Le acompañaba la señorita Masters?

—¿Quién? ¿Hypatia? Nooooo, no, no, no. Bueno, sí, a veces venían juntos, claro. Que escándalos provocó eso al principio. La pequeña flor de los Masters con el alocado huérfano de los Carlyle, pero eso fue una moda pasajera, nada más. Es lo mismo que la Expedición y toda su fascinación por lo egipcio de Roger, pensábamos que eran otra más de sus excentricidades. No, no. La comparsa de Roger Carlyle era un tipo grande y fuerte, su guardaespaldas, su amigo, Jack Brady. Siempre estaban juntos.

—Como fue con Roger a la expedición, pensaba que la señorita Masters…

—Roger Carlyle era amigo de todo el mundo, pero se aburría muy rápido y siempre estaba conociendo a gente más… interesante.

—¿Qué tipo de… gente? —preguntó Colin.

—Mujeres… foráneas —Texas le dio un sorbo a su gin-tonic y se rió como una colegiala—. A Carlyle le gustaban muy morenas… y a su amigo Brady le gustaban más… amarillas.

Greg lanzó un rápido vistazo a su alrededor donde, a excepción de la banda de música, no había ningún negro, mulato u oriental entre los comensales.

—¡Menudo escándalo se organizó el día que Carlyle trajo a su Reina de Ébano!

roger-carlyle
¿Tenía Roger Carlyle una amante de piel oscura?

—¿Reina de Ébano?—preguntó Greg.

—Sí, Carlyle decía que era una reina sacerdotisa de lo más profundo de África. Una mujer bella, pero fría y distante, a mi parecer. Y la estirada hermana de Carlyle, Erica, la detestaba profundamente.

—¿Deduzco que los hermanos Carlyle no se apreciaban en demasía? —aventuró Annie.

—La relación entre los hermanos Carlyle era… tirante.

—Según la prensa, Erica se desvivió por encontrar a su hermano —continuó la cazadora de libros—. ¿Para qué tanto esfuerzo si de verdad no le apreciaba?

—Hubiera sido otro escándalo más para los Carlyle si Erica no hubiera buscado a su hermano… y a ella le vino muy bien tener un certificado de defunción para así tomar el control de industrias Carlyle, y convertirse en la gran mujer de negocios que es actualmente.

—Sin embargo… en todos nuestros estudios sobre la Expedición Carlyle, no leímos nada sobre esa… reina bruja en los recortes de prensa sobre la expedición —afirmó Greg.

—¡Claro que no! Las noticias sobre la Expedición en sí ocultaron los rumores sobre el romance con la Reina de Ébano.  Y no sólo taparon esos rumores…

—¿Qué otros rumores… salpicaban a la expedición Carlyle, señorita Guinan? —inquirió Greg Pendergast.

—Buenooo… —Texas se hizo la interesante, cruzó las piernas con elegancia mientras le daba otro sorbo a su gin-tonic y miraba a su alrededor—. El Doctor Huston, por ejemplo, no sólo tenía fama de ser un buen doctor… Muchas de sus pacientes le dieron fama de ser un buen… amante. Entre ellas, una tal Imelda Bosch, la cual se suicidó semanas antes de que el Doctor partiera a la funesta expedición.

—¡Vaya, con el Doctor Huston! —se mofó Colin.

—Y la señorita Hypatia Masters también aprovechó la expedición para perder de vista a Raúl Pineda, un artista venido a menos… y su amante latino ¡Qué escándalo!

—Señorita Guinan es usted toda una… fuente de información —comenzó Greg y Guinan estalló en sonoras carcajadas—. Pero, ¿cómo se ha enterado usted de tantas cosas?

—Un poquito de aquí. Un poquito de allá… Por ejemplo, el bueno de Raúl Pineda ha llorado muchas veces en la barra de este local, maldiciendo a Hypatia por huir a la Expedición Carlyle embarazada de su hijo… Pero, para qué negarlo, Bradley Grey, el abogado y… confidente de Erica Carlyle es una cotorra, sobre todo cuando lleva dos copas de champagne de más, las noches de los jueves.

—¿Qué pasa las noches de los jueves? —inquirió Colin.

—Son noches de ambiente más… masculino —informó Guinan—, ¿le interesan, señor O’Bannon?

—Muchas gracias por la oferta, señorita Guinan. No me interesan, pero tengo un amigo que quizá disfrute de esta información —Colin le tendió la mano a Guinan y la besó en el dorso—. Si se encuentra mejor, creo que yo y mis daoine, la dejaremos en paz.

—Agente O’Bannon —se despidió Guinan—. No voy a olvidar su nombre.

—Ni yo olvidaré de esta amable velada, señorita.

MdN: New York (10) El Club 300

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

En la esquina entre la 151 y la calle 54, de Nueva York estaba ubicado el famoso Club 300. Famoso por el grupo de cuarenta bailarines que bailaban con muy poca ropa. Y Famoso porque sufría una redada policial cada dos semanas, ya que se decía que, aún a pesar del Ley Volstead, en el Club 300 se servía alcohol.

Lo regentaba la excéntrica, Texas Guinan, una mujerona pelirroja que había sido la primera vaquera del cine en la película “La Reina del Oeste” y que había acuñado la famosa expresión:  “hombres de mantequilla y huevo”, con la que se refería a sus acomodados clientes a los que siempre recibía con un: ¡Hola, cabroncetes!

El Club 300 era un club muy exclusivo.

Mucho.

—Así que, Colin —comenzó Annie O’Carolan mirando la entrada del local, protegida por media docena de potentes matones y de la que emergía una larga cola de visitantes esperando a tener permiso para entrar en el club. Había muchos diletantes de cabello engominado, flappers divinas, grupitos de estudiantes, algunos actores y actrices menores de Hollywood y muchos hombres de mantequilla y huevo—,  explícanos cómo vamos a entrar.

—Por la puerta… ¿Por dónde entras tú a los locales?…

—Acabamos de ver como echaban a patadas a un tipo que vestía un traje más caro que mi taller —se quejó Liam McMurdo—. A mí no me dejan entrar a sitios pijos. Acabo peleándome en la puerta o en el callejón de al lado.

—Normal, vistiendo como vestís.

—¿Perdona? —se quejó Annie, ofendida.

—Tú pareces una bibliotecaria… De hecho, hueles a biblioteca —Colin O’Bannon que había pasado de vestir el mismo traje, semana tras semana, jugando al póker en oscuros tugurios, lucía en ese momento un perfecto traje negro con camisa blanca que también olía, pero a agente federal—. Que es mejor que oler a destilería como Jacob, o a cenicero como Liam.

Aún a pesar de los insultos Colin continuó.

—Greg parece un oficinista. Un oficinista desesperado. Thomas aún parecía algo de uniforme, pero de calle eres bastante… insulso. Y Patry/Nelly… —Colin miró de arriba abajo a Nelly que le fulminaba con la mirada—, reconozco que Nelly podría entrar donde quisiera.

Patry O’Connel le guiñó el ojo. Colin no esperó a que nadie contestase, simplemente aprovechó a que no pasaba ningún coche para cruzar la calle y continuar su camino hacia la entrada del local.

—Sigues sin explicarnos cómo vamos a entrar —se quejó Annie corriendo tras Colin.

—Tan sólo dejadme hablar a mí —contestó Colin al tiempo que se plantaba delante de un gorila con pinta de no tener muchas luces—. ¿Qué hay? Aquí, mis dadoine están de visita en la Gran Manzana y había pensado que se divirtieran en el famoso Club 300.

—El local está lleno —contestó el guarda con voz cavernosa—. Tiene que ponerse a la cola.

—Lástima —contestó Colin luciendo una gran sonrisa de tiburón—. El señor Hoover me había recomendado este lugar. ¿No puede hacer una pequeña excepción conmigo y mis amigos?

—El señor Hoover. ¿Qué Hoover?

—J. Edgar.

El matón en frac frunció el ceño. Colin apreció como los engranajes de su cabeza simiesca giraban lentamente intentando saber de quien hablaba aquel pelirrojo bajito. Colin suspiró y con el dedo pidió que se acercara hacia él. El matón bajó mucho la cabeza al tiempo que Colin abría su chaqueta y le mostraba su placa de agente Federal.

—J. Edgar Hoover. Mi jefe.

El guarda se irguió, su frente estaba perlada con pequeñas gotas de sudor, pero Colin extendió una mano, apaciguador.

—Venimos a disfrutar de la fiesta. No a estropearla. No a dar problemas. No a…

—¡Cómo no, caballero! —estalló otro gorila que había estado prestando atención a la conversación. Era menos intimidante que su colega, pero podía plantar cara en una pelea y parecía ser mucho más listo—. Por supuesto que usted y sus allegados pueden pasar.

—Pero… —comenzó el tipo con el que Colin había estado hablando, aún bloqueado por la situación.

—¡Adelante, adelante! —invitó a los Finns—, acompáñenme.

Y les abrió las puertas del Club 300.

—No se si es buena idea ir enseñando tan alegremente la placa, Colin —comentó Jacob O’Neil.

—Es irónico que me lo advierta el tipo al que le faltó darle su dirección a todos los buenos vecinos de Innsmouth.

La música que tocaba una excelente orquesta de músicos de color tronaba por todo el amplio local. En el escenario, una rolliza mujer envuelta en un traje de lentejueleas, cantaba a pleno pulmón. En la pista de baile, los clientes del local bailan apretados. Se oían muchas risas y voces que charlaban animadamente. Habría como doce o quince mesas atestadas de comensales que bebían alcohol abiertamente y fumaban gruesos habanos.

No había camareras en falda corta, si no camareros. Muchos. Grandes, fuertes, guapos, con sus músculos bien definidos y a la vista, bajo unas ridículas pajaritas granates.

Los flappers y otros chicos a la moda del Charleston miraban con desprecio a los Finns, preguntándose como esos zarrapastrosos habían entrado al local. Liam intentó pasar desapercibido pero su rostro quemado era un faro para las miradas y los dedos acusadores.

—¿Qué te pasa Liam? —preguntó Nelly.

—No me gusta llamar la atención —Nelly sonrió. Le cogió de la mano y se la pasó por los hombros.

—Pero en estos sitios todo el mundo quiere ser el centro de atención. Démosles lo que piden, muñeco.

Colin chasqueó los dedos y señaló la barra, adonde dirigió a los Finns.

Whisky on the rocks —pidió al camarero que rápidamente le puso dos vasos con hielos delante—. Jacob, toma uno. Creo que lo necesitas.

Cuando le sirvieron dos dedos de licor, Jacob tomó el vaso ansioso, pero con el rostro cetrino, avergonzado.

—Un Manhattan —exigió Annie—. Pero sólo con tres partes de Bourbon… y sin guinda.

Nelly se inclinó sobre la barra y pidió el vodka más caro a voz en grito, tras lo cual, se agarró del brazo al hombre que tenía más cerca y le señaló a Annie que estudiaba su cóctel.

—¿Conoce a mi amiga Annie? Es cazadora de libros raros. Libros prohibidos por la iglesia. Libros paganos y malditos. ¿Alguna vez había oído hablar de algo tan exótico? Y bebe cócteles.

Cuando Annie quiso darse cuenta, la rodeaba una docena de muy engalanados diletantes, entre los que destacaban tres aparentes estudiantes de literatura, uno de los cuales se jactaba de ser amigo de Ernest Hemingway. Annie, que nunca había estado acostumbrada a generar tanta expectación, y que en los últimos meses apenas tenía contacto con el resto de la civilización, se quedó paralizada, visiblemente incómoda. Nelly se reía a sus espaldas. Jacob, antes de solicitar una tercera copa, recomendó a los diletantes que le cantaran algún poema en gaélico para seducir a Annie. Greg, incómodo, miraba a su alrededor, sin tener muy claro aún que hacían allí.

—¿Te están molestando, Annie? —espetó Liam, introduciéndose en el corro que se había formado ante O’Carolan. Annie no terminó de asentir, cuando los moscones ya habían salido volando, salvo el amigo de Hemingway y otro de los universitarios.

—No, no, no, colega. Sólo hablábamos con la señorita —se quejó el supuesto amigo del escritor, con la vista fija en las quemaduras de Liam.

—¿Tengo monos en la cara, o qué? —le escupió Liam.

—¡Los Finns han vuelto! —brindó Jacob.

En el escenario se sucedía un alocado espectáculo de can-can, la gente aplaudía, las bailarinas levantaban las piernas y los músicos tocaban.

Y entonces, como si de un conjuro se tratase, todo el mundo alrededor de los Finns se evaporó. Sin mirar a atrás, la gente se alejó de ellos y se confundieron en el paisaje del local, al tiempo que la imparable presencia de la cantante en el traje de lentejuelas les envolvió. Venía fumando un cigarrillo y la acompañaba una cohorte de media docena de camareros, sin camisa, pero con pajarita.

—Bueno, bueno, bueno, ¿a qué cabroncetes tenemos aquí? —la mujer, pelirroja y potente, les lanzó una valorativa mirada, al tiempo que exhalaba humo y sonreía—. Qué grupito tan pintoresco… tan… poco habitual en el Club 300—. Sus ojos se posaron en Colin—. Me pregunto cómo habréis entrado aquí.

—Me temo que tengo parte de la culpa.

­­—¿Y cómo es eso, señor…?

—Agente —contestó Colin inclinándose y besando la mano que la mujer le había ofrecido—, agente Colin O’Bannon.

—¿Agente, eeeeh? Me encantan los agentes. ¡Y además, pelirrojo! ¡Qué picantón!

—Encantado de encantarle, señorita…

—Como si no lo supieras, pillo cabroncete…  Soy Texas Guinan. La dueña de este local—contestó la mujerona—. ¿Y sus amigos se llaman?

44
¡Hola, Cabroncete!

Texas Guinan escuchó atenta, como un buitre al acecho, los nombres de todos los Finns. Sus ojos estudiaban los rostros de cada uno de ellos. Preguntó directamente a Liam por las quemaduras y, antes de que contestase, se inventó una trágica historia sobre la Gran Guerra Mundial y el respeto y amor que profesaba por los veteranos. Cuando supo el nombre de Greg casi le ignoró. Le reconoció a Annie que apenas leía, pues prefería la música y el cine. Se mantuvo un rato interrogando sutilmente a Nelly, hasta que la vidente le prometió que le leería las manos en un futuro.

Sus camareros trajeron bebidas. Mejores bebidas que las que habían estado tomando hasta ahora, y brindaron juntos.

—¡Disfruten de su estancia en el Club 300! —aulló Texas Guinan, antes de beberse de un trago un vaso con dos dedos de bourbon.

Y todos bebieron.

Liam, por el rabillo del ojo, vio sonreír a Nelly, la vio sonreír con malicia, como cuando Patry le sonreía al retarle para hacer alguna locura en su juventud. Jacob por su parte vio a Patry deslizar su mano cerca de la cintura de Texas Guinan.

Y luego un fugaz destello. Verde.

El vaso del que bebía Texas Guinan cayó al suelo, se deshizo en migas de vidrio y la mujerona les miró con la vista desenfocada.

—Uffff —consiguió decir mientras perdía color en las mejillas y trastabillaba.

Dos de sus camareros la agarraron de la espalda, mientras Texas Guinan cogía a Colin 0`Bannon del brazo y, mirándole a los ojos, decía:

—Creo que me voy a desmayar.

MdN: New York (7) Los Finns se reunen en Central Perk

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

Cuando Liam entró en la cafetería Central Perk un orondo camarero, de ascendencia polaca y más feo que muchos habitantes de Innsmouth, le dirigió una mirada asesina.

“Sí, tengo la cara quemada y no te gusto. Me importa un cuerno” Liam McMurdo le dedicó una sonrisa, le lanzó un guiño y le señaló con el índice.

—¿Qué tal, colega? He quedado aquí con un grupo de amigos…

—Aquí no hay ningún grupo de irlandeses —siseó el camarero.

Antes de que Liam le descerrajara un puñetazo en los dientes al feo camarero, un silbido le llamó la atención.

En un rápido vistazo descubrió que no era el primer Finn en llegar a la cafetería porque, acomodado en un reservado al fondo del local, estaba Colin O’Bannon, fingiendo que leía un periódico, dejando que el café se enfriara ante él y vestido con un impecable traje

¡Cara*! —exclamó Liam, al tiempo que abría los brazos. Colin aceptó el abrazo visiblemente incómodo —. ¿Qué tal te va todo?

—Bien, bien, bien. Mejor que nunca.

—Ya te veo. Estás hecho todo un figurín. ¿Los negocios con tu padre van bien o qué?

—Por lo que veo —comenzó Colin, desviando la pregunta y señalando al coche en el que había venido Liam—, tu coche está mejor que la última vez que lo vi… estrellado contra una farola en Innsmouth.

—Este mastodonte es nuevo. La recompensa que nos dio el gobierno me ha permitido abrir un tallercito mecánico en Queens y, aun a pesar de las quemaduras y la crisis, el negocio funciona.

—Siempre has tenido tu encanto —bromeó Colin—, y si no, que se  lo pregunten a Patry.

Un coche dio un volantazo en la calle y recibió varios bocinazos, zigzagueó peligrosamente y, en un giro de ciento ochenta grados, aparcó justo detrás del coche de Liam. Muy cerca. Tanto, que Liam se levantó y apoyó el puño contra el cristal…

…y de ese coche se apearon Jacob O’Neil y Thomas Connery.

—¿Dónde coño has aprendido a conducir, Thomas? —le gritó Liam.

—En el ejército —se rió este último, antes de correr adentro del local para abrazarse a los Finns allí reunidos.

Colin y Liam se volvieron hacia Jacob y le miraron de arriba abajo.

—Tienes mala cara Jacob —comenzó Colin.

—¿Peor que la de Liam? Lo dudo.

Rieron la chanza y Colin continuó tanteando a sus camaradas.

—¿Y tú, Thomas? ¿Cómo es que vas vestido de civil?

—Tengo los uniformes en la lavandería, Colin. Los instructores no tenemos que ir vestidos de faena todo el santo día.

—Instructor, ¿eh?

—Sí. Mi experiencia en Innsmouth es valiosa para la formación de las nuevas remesas de soldados —contestó Thomas con orgullo.

La realidad era que el único recluta que había tenido Thomas Connery era el hijo de su proveedor de opio, Pon, un chinito que apenas levantaba un metro del suelo, que chapurreaba el inglés y gritaba mucho cuando se emocionaba. Thomas solo necesitó de dos horas para hacerle entender que debía regarle las plantas cada dos día y llamarle si veía a algún extraño merodeando por la casa… Que Pon fuera gritando por la calle: ¡Legal Plantas! ¡Vel Extlaños! ¡Llamal Secleto! no lo convertía en un aliado muy discreto, pero el pequeño limón le hacía gracia.

La puerta de la cafetería se abrió y una mujer caminó hasta ellos con un andar contoneante y seductor. Cuando la conocieron era rubia, pero ahora, lucía una melena pelirroja, en parte oculta por un turbante turquesa, lucía un estrafalario pero ajustado sari, y estaba envuelta en chales de seda con campanillas.

—¿Pa… Patry…? —comenzó Liam, a medio camino entre la sorpresa y la excitación—. ¿Est… Esta-tas… Pelirroja?

—¿En serio? —comenzó Jacob—, ¿Patry viste como una gitana lectora de cartas de feria y lo que te alucina es que esté pelirroja?

—Ya no soy Patry, mis Finns, Soy Madame Loconnelle —ronroneó y les guiñó un ojo—, pero podéis llamarme Nelly  si os resulta más sencillo.

—Creo que seguiré llamándote Patry, si no te importa —gruñó Jacob, deseando un whisky.

—¿Sabes lo mejor de todo este… disfraz, Thomas? —le preguntó Colin al infante de marina—, no parece llevar ningún abrigo que tengas que sujetar esta vez.

Las carcajadas llenaron el establecimiento mientras Thomas aceptaba la chanza con deportividad.

—Sí, mucha mofa, mucha broma —comenzó Patry—, pero a Colin O’Bannon parece que le viste el mismo sastre que a J.Edgar Hoover. ¿Sabe tu padre que te vistes como los federales?

—Pues ahora que lo dices —Colin hurgó en su bolsillo y sacó algo que dejó encima de la mesa.

Era una placa. Una placa de agente de la ley. Una placa de agente del bureu federal de investigación.

—Estarás de coña —casi pidió Liam.

—Joder, ahora sí que necesito una copa —se quejó Jacob con voz quebrada.

—No os preocupéis, coño —comenzó Colin luciendo una sonrisita sardónica—, que estoy de vacaciones.

Fuera, en la calle, al torcer la esquina izquierda, apareció Greg Pendergast. Al otro lado, al torcer la esquina derecha, Annie O’Carolan. Ambos caminaron, luciendo tristes sonrisas en sus cansados rostros. Annie abrazada a una pesada carpeta. Greg con un maletín bajo el brazo.

Ambos se encontraron a la vez en la entrada de la cafetería.

—¿Esto no te recuerda a algo? —preguntó Greg.

Deja vu, que dicen los franceses —informó Annie.

Annie le expuso la mejilla y Greg la besó escuetamente.

—Tienes mala cara Greg —le dijo Annie. Greg no dijo nada de las ojeras de Annie, sólo sonrió, una sonrisa pesarosa.

—¿No te has enterado de lo que me hizo el FBI cuando publiqué mi libro?

—No —contestó rápidamente Annie, y al instante se sintió mal por ser tan directa y por no haber prestado atención a sus amigos desde que salieron de Innsmouth por segunda vez—, he estado muy centrada en libros, sí… pero en tomos con cientos de años de antigüedad.

Un incómodo silencio les engulló.

—¿Sabes… sabes algo nuevo sobre Jackson? —preguntó Annie.

—¿Le tuteas…? Yo siempre le llamo Elias —. Annie se encogió de hombros ante la sinceridad de Greg—. Hablé con su… nuestro editor, Jonah Kensington, un hombre de confianza. Elias también se puso en contacto con él, desde Londres.

—Sabremos más en un par de días.

—Sí, sabremos más en un par de días —Greg empujó la puerta y le permitió el paso a Annie.

Mo chairde**!! —saludó con efusividad Liam antes de correr a abrazarlos —. ¡Siempre tan seria, Annie! ¡Y tú Greg, vaya cara! ¡Pero, sentaos, sentaos!

Greg y Annie completaron el círculo de los Finns (al que faltaba  Angus, como siempre, porque Angus siempre llegaba tarde) y antes de que nadie dijera nada, Colin le tendió un paquete envuelto en papel marrón a Greg.

—Un regalo… de mi jefe —dijo Colin.

Greg desenvolvió el paquete.

Era su novela: “La Verdad sobre la Redada en Innsmouth”.

—Dice mi jefe que era muy buena… pero que ahora es mejor.

Alguien había cogido la novela y había censurado el noventa y cinco por ciento. Estaba dedicada.

libros-censurados
No vuelvas a hacerlo. Nunca. Fdo: Agente Ashbrook.

—Muy majo, tu jefe —contestó Greg con sorna.

—¿Patry?

—Madame Loconnelle, querida Annie —se presentó la nueva Patry, tras besarla en cada mejilla.

Jacob O’Neil se aclaró la garganta.

—Se que es muy entrañable reunirnos de nuevo, lanzarnos pullas y hablar de lo bien o mal que nos va la vida…

“Pero tengo una resaca de tres pares de cojones y ahora mismo preferiría golpearme los dedos con un martillo antes que seguir aquí” pensó el detective privado.

—… pero Greg y Annie nos han llamado por algo.

—Sí —atajó Greg Pendergast—. Jackson Elias y la Expedición Carlyle.

 

 

 

*¡Amigo! (en irlandés)

** ¡Amigos míos! (en irlandés)

MdN: New York (6) Café Irlandés

Jacob O’Neil (Detective Privado)              –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina)        –              Bea

 

Thomas Connery aparcó su coche frente al destartalado edificio donde estaba ubicado el despacho de Jacob O’Neil. Thomas se preguntó extrañado, como alguien se metería en esa casucha para contratar los servicios de un detective privado. De hecho, Thomas se preguntó como nadie se metería en ese barrio para contratar los servicios de un detective privado.

Porque en eso se había convertido el orgulloso sargento Jacob O’Neil: en un descastado detective privado empapado en whiskey de segunda. Thomas había olido el alcohol por teléfono. Le había mareado. Había escuchado el resacoso discurso de su amigo, repudiado por su mujer y sus suegros, por sus compañeros del cuerpo de policía.

Alejado de su hija recién nacida…

“¿Por todos los dioses, Jacob qué te ha pasado?” Se preguntaba Thomas.

A los veinte minutos de esperar a que Jacob apareciese, Thomas decidió subir e ir en busca de su amigo.

—¿Jacob? —llamó antes de golpear el cristal de la puerta donde se leía Det. Priv. O’Neal.

—¿¡Quién cojones es!? —escupió una voz pastosa desde el interior.

Thomas olvidó las formalidades, probó suerte y entró.

—¡Qué bien tratas a los amigos, Jacob! —contestó el infante de marina retirado, al entrar—. Soy Thomas

El olor a alcohol, a borracho, le golpeó como una bofetada. El despacho se componía de una mesa atestada de papeles y fotografías, un par archivadores que no archivaban mucho, una papelera con demasiadas botellas vacías, y un desastrado sofá sobre el que remoloneaba Jacob, que había dormido con la ropa del día anterior, seguro.

—¿¡Por qué coño gritas!? —se quejó, sin mirarle—. Si es para contratar mis servicios como detective privado, ahora no puedo atenderle, tengo muchos casos y…

—Jacob, soy yo, Thomas. Thomas Connery —continuó —. Te llamé ayer, ¿te acuerdas? ¿Jackson Elias? ¿Los Finns? ¿La Expedición Carlyle?

—Ah… sí… Es verdad. ¿Fue ayer?… ¿Ya ha pasado un día?

—Sí… Bueno… ¿qué te parece si te hago un café y….?

—No hay café. No hay cocina, ni nada que comer… si quiero comida la compro en el Molly Malone, la cafetería de enfrente… hacen buenas hamburguesas.

—Valeeeee… Pues que te parece si compro un par de cafés y unas hamburguesas para el viaje hasta Nueva York, mientras tú te pegas una buena ducha…

Jacob se irguió. Los ojos desencajados. El sudor frío perló su piel.

—¡No! ¡Ducha no! ¡El café me vendrá muy bien! Muy negro. Sin azúcar. Y la hamburguesa. ¡Sí! Baja al bar y pide eso. En media hora estaré listo.

—Pero la resaca…

—¡Tú no te preocupes de la resaca! La resaca y yo somos amigos desde que mi mujer me abandonó. Puedo hacer malabares con resaca. Puedo trabajar con resaca. La resaca cederá con un buen café. Y con una de esas hamburguesas grasientas del Molly Malone… ¡La ducha no será necesaria…!

Thomas asintió y, muy despacio, salió del despacho mientras Jacob continuaba mirándole fijamente.  Mientras le preparaban las hamburguesas, tranquilo al comprobar que los ojos del camarero eran pequeños, aún a pesar de que bizqueaba, Thomas recordó los temblores de Jacob, sus balbuceos incongruentes, cuando Dagon, el titánico padre de los profundos, emergió ante el USS Urania y atacó Innsmouth.

Cuando volvió hacia su coche, con dos grasientas hamburguesas goteando en una bolsa de papel y dos vasos de cartón rellenos de un petróleo que le habían asegurado que era como le gustaba el café al detective O’Neal, se encontró a Jacob apoyado frente a su coche, embutido en una gabardina, más o menos limpia, y con el cabello apelmazado en una especie de peinado. No olía a alcohol, pero tampoco a jabón… olía a aceite…

—¿Quieres aderezarlo? —le invitó echándose un chorro de ambarino licor a su café.

Thomas le miró a los ojos.

Y le tendió el vaso para que convertir ese mejunje en algo parecido a un café irlandés. Que no se dijera que no eran los Finns.

 

Jacob O'Neil
Jacob O’Neil tras sus experiencias en Innsmouth

 

 

 

MdN: New York (2) Punta de Lanza

 

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

 

 

 

 

—Operadora necesito contactar con una persona: Colin O’Bannon.

—Un momento, por favor.

—Señor, no contestan en el domicilio. ¿Quiere que pruebe en su lugar de trabajo?

—Sí, hágame el favor.

—Delegación del Bureu Federal de Investigación de Boston, Masachussets. ¿Qué desea? —contestó la persona al otro lado de la línea. Greg Pendergast se quedó bloqueado durante un largo segundo.

Delegación del FBI en Boston… ¿Era una broma? ¿O acaso el gobierno le vigilaba las llamadas tras lo de…?

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—Estoy… Estoy llamando por  un amigo mío. Colin O’Bannon.

—Espere un segundo, por favor.

—Aquí el agente O’Bannon, ¿quién es?

Greg se quedó de piedra durante otro largo segundo.

—¿Colin? ¿Colin eres tú?

—Sí, soy Colin O’Bannon.

—Soy… soy Greg Penderg…

—¡Hombre! ¡Chupatintas! ¿Cómo lo llevas?

Greg no supo que contestar. Sí, al otro lado estaba su amigo, Colin O’Bannon, ese chico bajito y pelirrojo, hijo del capo local de Arkham, que hacía trampas a la cartas y que no dudaba en sacar la navaja en una pelea. Ahí estaba el hombre con el que bajó a los túneles inundados de Innsmouth, con el que combatió codo con codo, al que hirieron en un tiroteo contra los contrabandistas de alcohol y que casi murió ahogado en una refriega con un profundo.

El agente O’Bannon lanzó una corta risotada antes de continuar hablando.

—¿Cómo llevas las ventas de La Verdad Sobre la Redada de Innsmouth? —. No era una pregunta, era una mofa.

Colin sabía del desastre que le había supuesto para Greg escribir y publicar una novela sobre los sucesos acaecidos durante la Redada de 1929. Perdió su trabajo como periodista en el Baltimore Xtrange, las continuas visitas policiales a su apartamento ocasionaron que tuviera que mudarse, los múltiples juicios en los que se le acusó de traición, de estafa, de desobediencia civil… y las injurias de sus colegas de profesión, que le tacharon de comunista en la prensa escrita. Aunque no había participado de forma activa, Colin sabía que Hoover se había encargado de golpear con fuerza a Greg y a la editorial que publicó la novela, Prospero Press. Había leído muchos de los informes y había estado al tanto del caso. De hecho había visitado la habitación donde se almacenaron más de cincuenta ejemplares de la novela requisados por el gobierno.

Greg firmó un documento al inicio de la Redada en el que juraba que no desvelaría nada de lo que pasó esa fría noche de febrero… y se lo pasó por el culo. Así que Hoover se pasó por el culo a Greg Pendergast.

Sin embargo, el libro era bueno. Muchos críticos literarios lo alabaron y tuvo una gran acogida antes de que las zarpas del director Hoover se cernieran sobre ellos. Al menos ciento cincuenta ejemplares circulaban entre coleccionistas privados y algunas tiendas menores, y Hoover y la maquinaria federal tenían problemas mayores.

—Es lo que tiene sacar a la luz la verdad de lo que pasa en el mundo—se quejó Greg.

—Que hay gente que la esconderá… una vez más.

—Entonces continuaré luchando por sacarla a la luz… otra vez más.

Hubo un corto y tenso silencio, mientras ambos amigos miraban al vacío, sintiendo un regusto amargo en sus paladares.

—Te necesito —se sinceró Greg—. Necesito a los Finns. Un amigo que Annie y yo tenemos en común nos ha pedido ayuda. Estuvo en Innsmouth antes de…

—… la caída en desgracia de la ciudad. Mmmm. Ya veo —Colin tomó papel y lápiz—. ¿Qué amigo en común?

—Jackson Elias.

—Me acuerdo… Un chupatintas metomentodo… como tú. ¿Y qué tripa se le ha roto ahora?

—Tiene información sobre la Expedición Carlyle. Y nos necesita.

—¿A nosotros?

—Sí, a nosotros. A los Finns. Otra vez más —contestó Greg—. Es lo que tiene ser la punta de lanza de la humanidad contra los horrores que se esconden en las sombras, Colin. Que nos necesitan.

Colin se sonrió. Lanzó un vistazo a su alrededor a la oficina donde trabajaba junto al ecléctico grupo de hombres que había reunido el peculiar agente Ashbrook. Un agujero escondido en un subsótano del edificio federal. Aunque en la placa de la entrada se leía: Unidad de Delitos Morales y Contra la Salud Pública, los agentes del edificio lo llamaban el almacén de Expedientes X.

—Me hago una idea.

—¿Cuento contigo?

—Tengo que consultar mis vacaciones… pero claro que sí, Greg. Siempre seré un Finn.

Colin O'Bannon
Agente O’Bannon… Colin O’Bannon