MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: New York (24) ¿Pesadillas?

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

Angus se despertó gritando, empapado en un sudor frío y pegajoso. Le dolía la herida del costado y la boca le sabía a sangre. Greg, sentado en el incómodo camastro donde habían pasado la noche, levantó la vista de sus notas, preocupado.

—¿Pesadillas?

—Sí —reconoció Angus mientras se incorporaba en su camastro—. Contemplar a Jackson Elias destripado fue… Nadie debería morir así. Nadie. No es justo.

—Que concepto tan bonito —murmuró Greg mientras, lentamente, le daba una calada a un cigarrillo—. Pero la justicia está muy lejos de aquí, Angus.

Angus tanteó su bastón estoque, lo sacó un poco de su funda y contempló el color verdegris de su acero y negó con la cabeza.

—No creas, amigo. No lo creas.

—El veterinario nos traerá algo de comer en un rato—comentó Greg, cambiando de tema—. Mientras, he podido hacer un par de llamadas. La muerte de Elias es portada en varios periódicos por lo que la policía se pondrá a investigar en serio. El coche que Liam siguió ayer apareció en un descampado esta mañana. Lo habían robado el día antes. No tienen ni ideas, ni sospechosos.

—¿Deberíamos hacer una llamada anónima y darles la información del tipo del abrigo negro?

Greg se encogió de hombros.

—Dejamos los cadáveres de tres de los asesinos de Jackson Elias… Armados con machetes y garras de león… si no sacan alguna pista con eso, una llamada anónima no ayudará mucho —negó con la cabeza—. No, investiguemos un poco más. Por eso he llamado a Jonah Kengsinton, el editor de Elias… y el mío. Me ha reconocido algo que me estaba ocultando y es que hace un tiempo le llegó un paquete con las notas que Elias había ido tomando en referencia a esta investigación sobre la Expedición Carlyle. Algo tiene que haber ahí, porque esa investigación le ha costado la vida a Elias.

—¿Por qué nos ocultaba esa información?

—Ética —dijo entre calada y calada—. Elias y yo somos escritores y competidores ¿Y si le robo la idea? De no haber sido asesinado, Jonah no nos pasaría estos documentos. Ni de broma. Le he dicho que en cuanto los tenga salga de las oficinas de Prospero Press y que se esconda.

—¿Por qué?

—Cuando J.Edgar Hoover quiso encubrir el escándalo que iba a desatar mi libro me humilló y luego cargó contra Prospero Press… pero Jonah tiene nombre, es discreto y tiene buenos amigos. Pero los asesinos de Elias no son tan sutiles, no les importa la fama, ni las amistades. No creo que quieran dejar testigos.

Angus tosió y un latigazo de dolor subió desde las costillas. Se palpó la herida, pero el vendaje estaba limpio y prieto. Agradeció el vaso de agua que Greg le tendió.

—¿Y cómo vas a hacer para recogerlo? Tú no se, pero yo necesito otro día de descanso.

—Sí, sí. A mi tampoco me vendría mal, pero alguien tiene que…

La puerta del cuartito se abrió de improviso y la despampanante Madame Loconnelle hizo su entrada en escena.

—Salvadme —suplicó con voz dramática.

—¿Qué ocurre?

—Fui con Annie a Importaciones Emerson donde lo único que sacamos en claro es que Annie no sabe mentir y que el tal Silas N’Clane o McKawe o como se llame, trabaja en un sitio llamado la Casa del Ju-Ju… Y después, Annie me ha arrastrado a la Biblioteca de una universidad… Ha sido horrible, muchachos, horrible. Quería buscar información sobre un establecimiento público en la biblioteca, cuando yo he tardado cinco minutos en encontrar la dirección de ese sitio en una simple guía telefónica ¡Pero no ha terminado ahí! No. Se ha puesto a solicitar información sobre un libro que quería Jackson Elias, ha querido saber TODO sobre quién es el Dr. Anthony Cowles: sobre sus estudios, la beca que la universidad de Miskatonic le ha dado, que está divorciado, que tiene una hija y ¡bum! Resulta que han cambiado el día y la hora de la charla, y podremos asistir. ¡Yujuuuu! Y, para colmo, ha querido investigar sobre temas de antropología polinésica… antes de oír la jodida conferencia siquiera.

—Típico de Annie —comentó Greg sonriendo con nostalgia—, saberse la lección antes de que el maestro la impartiera.

—Greg, muchacho, a ti las mariposas te harán cosquillitas en el estómago en cuanto Annie abre esa boquita de piñón que tiene. Pero yo quería estrangularla. Literalmente. Con una cuerda de piano. Por favor, ¡es australiano! ¡Y antropólogo! ¿Qué hay de interesante en eso?

—¿Sabes lo qué es la antropología? —preguntó Angus.

—¡Pues claro que no! ¿Quién hay interesante que lo sepa?

Los chicos rieron. Angus se arrepintió en cuanto la herida comenzó a dolerle con cada espasmo involuntario.

—Así que has dejado a Annie en la biblioteca. Thomas, Jacob, Colin y Liam estarán descansado o vigilando el antro ese de Mabel la Gorda. No tienes nada que hacer, ¿verdad? —preguntó Greg.

—Había pensado en ir a mi piso y pintarme las uñas mientras me doy un baño de agua caliente a la luz de las velas… pero ya veo que venir a visitaros no ha sido lo más adecuado si quería un minuto de paz, ¿verdad?

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MdN: New York (20) Las Pistas de Jackson Elias

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Greg Pendergast se apoyo en una de las paredes cuando comenzó a marearse. Los improvisados vendajes que Thomas le había hecho alrededor de los brazos con las cortinas del hotel volvían a empaparse con su sangre.  Lentamente se dejó resbalar por la pared y se sentó en el suelo.

—Sólo voy a tomar el aire durante unos segundos —informó el periodista.

Angus Lancaster también comenzaba a flojear. Se apoyó en la ventana, conteniendo las náuseas. El disparo que le había alcanzado al costado había sido un tiro limpio, entró y salió, pero perdía sangre profusamente.

Thomas Connery, que revolvía en la maleta del difunto Jackson Elias, torció la cabeza hacia a Annie O’Carolan, que revisaba los papeles que su amigo tenía diseminados por el escritorio.

—Se están desangrando, Annie —dijo Thomas. Pero O’Carolan continuó leyendo, hoja tras hojas, todo lo que tenía ante ella—. Annie. ¡Annie!

—Tenemos que encontrar más pistas —pidió Annie con voz temblorosa—. ¡Debe haber más pistas! ¿Has mirado debajo de la cama?

—Dos veces —se quejó Thomas—, y ambas después de que Angus mirase. ¡Ya está, Annie! No hay nada más. ¡Tenemos que irnos! Tenemos que…

Colin O’Bannon apareció en el dintel de la puerta. Aún tenía la cara salpicada por la sangre del tipejo que había matado a cabezazos.

—Nos vamos —ordenó.

—No… — se quejó Annie con la vista hundida en una carta de una tal Miriam Atwrigth—, tenemos que encontrar todas las pistas que pueda haber en la habitación… No pueden ser más que estas nimiedades. Tiene que haber algo más. Sus notas. Un diario. Algo…

 

Thomas agarró el pequeño folletín y la fotografía que había encontrado en la maleta y corrió a ayudar a Greg a que se levantara, mientras Angus salía apoyándose en su bastón.

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Greg había encontrado dos tarjetas de visita en la cartera de Jackson Elias que no tenían que ver con el periodista.

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Angus, una llamativa cajetilla de cerillas en el sombrero del finado.

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Colin ignoró las súplicas de Annie, la agarró del brazo y tironeó de ella para sacarla de la habitación al tiempo que decía.

—No hay tiempo. He conseguido persuadir a los conserjes del hotel, pero mi placa ya no tiene valor en esta ciudad.

Annie se dejó arrastrar a regañadientes. Thomas pasó un brazo bajo la axila de Pendergast y lo llevó por el pasillo, pero Colin les indicó que tomasen las escaleras. Bajaron por ellas hasta el piso de abajo, y de allí se dirigieron hasta la habitación 310, que Thomas y Colin sabían que estaba vacía.

—He tenido tiempo de llamar a mi jefe, al agente Ashbrook —continuó el agente O’Bannon—, resulta que alguien le ha dicho a Hoover que me estoy excediendo en mis labores profesionales y me han puesto correa. Si me veo metido en este follón me caerá una buena.

—Hoover no se anda con tonterías — se burló Greg, conocedor de la venenosa rabia del superintendente federal.

—He conseguido que un agente de confianza venga aquí para limpiar este estropicio y alejar a la pasma… pero hasta entonces estamos solos así que, lo mejor será que bajemos por la escalera de incendios y que Liam nos saque de aquí cuanto antes.

Thomas forzó de una patada la puerta de la habitación 310 y descendieron por la escalera de incendios hasta el callejón donde Liam había aparcados el coche… pero ni Liam, ni su Packard Twin Six estaban allí.

Las sirenas de los coches policiales tronaban por todas partes y, aunque estaban alejados de miradas curiosas en el callejón, se sintieron expuestos, solos.

—Greg se ha desmayado —informó Thomas, y eso pareció sacar a Annie de su estupor, la cazadora de libros corrió para atender al periodista.

Angus se acercó a vomitar cerca de unos cubos de basura. Estaba pálido, sudoroso, las piernas le temblaban.

—Y Angus va a caer en breve… ¿Dónde diablos está Liam?

—A la mierda —murmuró Thomas —Tomaré un coche prestado. No era tan bueno como Liam y Brian haciendo puentes, pero aún recuerdo cómo hacerlo.

Un estrépito estalló al fondo del callejón. Thomas, Annie y Colin sacaron sus pistolas y apuntaron hacia el coche que corría hacia ellos a toda velocidad… Liam McMurdo paró ante los Finns y abrió la puerta del copiloto.

—¿Les llevo a algún lado? —preguntó jocoso.

Colin le insultó a gusto, mientras Thomas metía  a Greg en el coche y Annie ayuda a Angus a pasar dentro.

—Tenemos que ir a un hospital —dijo Thomas mientras cerraba la puerta del coche. Liam arrancó y puso dirección al Hospital General.

—No —espetó Colin —, esas heridas llamarían la atención de la bofia. ¡Tenemos que ir a un lugar en el que no llamemos la atención!

—Conozco un sitio —cortó Liam, antes de que Thomas y Annie se quejaran —pero es caro.

—Como si eso fuera un problema —mumuró Angus a un paso de la inconsciencia —, tranquilos chicos, esta corre de mi cuenta.

—Perfecto —Liam cambió de marcha, pegó un violento volantazo y puso rumbo a Queens.

—¿Se puede saber dónde coño estabas? —le gruñó Colin.

—Pues verás…

 

Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

El teléfono en casa de Greg Pendergast comenzó a sonar de forma estridente, pero el periodista, que se había pasado toda la mañana esperando esa llamada, lo cogió antes de que el primer tono hubiera concluido.

—Pendergast… ¿eres tú? —preguntó la voz al otro lado de la línea. Greg entrecerró los ojos.

—Sí… ¿Quién llama?

—Soy Elias. Ya… ya estoy en Nueva York.

—Estupendo. ¿Has tenido buen v…?

—Yo… tengo que verte… Urgentemente… Según bajé del barco estuve investigando y… Tengo que verte. ¿Has seguido las instrucciones?

—¿Sí?

—¿Están aquí? ¿Todos? No he podido contactar con Annie.

—Se fue a la biblioteca a primera hora de la mañana para…

—¡Espera! —Le cortó Jackson. Greg escuchó cómo Elias soltaba el teléfono y los sonidos de movimientos brucos—. Espera, un segundo… sí… Sí, todo va bien, sí. ¿Entonces están todos aquí?

—Sí, estamos todos aquí, nos hemos reunido como nos pediste y…

—Bien, muy bien. Apunta. Hotel Chelsea. Habitación 410. Dentro de una hora.

—Pero, Jackson…

—De acuerdo. ¿Están todos?

—Sí, Jackson, están todos…

Y Jackson Elias colgó el teléfono.

En media hora, Greg Pendergast estaba montado en el Packard Twin Six de Liam McMurdo, junto a un aturdido Thomas Connery que miraba por la ventanilla al nubloso cielo de Nueva York, a Angus Lancaster que se apoyaba en el bastón estoque que tenía entre sus piernas, y a Colin O’Bannon que ojeaba una carpeta con documentos.

—¿Sólo te dijo eso? —preguntó Angus.

—Como lo oís… estaba… como paranoico —comenzó Greg, preocupado—, nunca le había oído así.

—Vamos a llegar al hotel veinte minutos antes de la hora que te pidió —comentó McMurdo, apretando el claxon de su coche para espantar a un taxi que intentaba bloquearle el paso.

—¿Descubres algo nuevo en el informe que sus compañeros federales te han dejado sobre Roger y Erica Carlyle, Colin? —preguntó Angus, mientras el pelirrojo se encogía de hombros con gesto torcido.

—Poca cosa. La familia Carlyle invirtió bien durante la primera guerra mundial: transportes, munición, exportaciones e importaciones. Por eso son ricos, aún a pesar que el primer Carlyle en llegar a EEUU fuera el hijo ilegítimo de un noble de Derbyshire, deportado desde Inglaterra por conducta impropia y desesperada. Se llamaba Aberdare Vane Carel…

—Vane —murmuró Thomas.

—Carlyle no tiene antecedentes policiales porque sus abogados, entre ellos el tal Bradley Grey, eran brillantes. Le han librado de un juicio por paternidad, han suavizado sus varias expulsiones de universidades, acusaciones por desorden público, conducta impropia, lascivia, vagancia, que nunca llegaron a ningún sitio. Estuvo en rehabilitación con dieciocho y con veinte años.

Thomas soltó una cascada risita y Liam pegó un volantazo, apretando el claxon y maldiciendo a otro taxi. Colin continuó:

—De Erica no hay gran cosa. Todo lo relacionado con ella es legal. Sí, tiene pinta de ser una perra estirada y dura como el acero, pero siempre correcta de cara a la galería… lo único turbio que la rodea es Joe Corey, su guardaespaldas. Un tipo duro que trabajó para un mafioso local y que es muy efusivo quitándole de encima pretendientes indeseables.

—Poca cosa.

—Sip —afirmó Colin—. Sus acciones mejoraron en cuanto certificó la muerte de Roger Carlyle y se hizo con el control de la empresa.

—Ya estamos —informó Liam McMurdo.

El coche frenó frente a la puerta del hotel, un imponente bloque gris cemento de seis plantas, cuya entrada principal disponía de una larga alfombra roja que recordaba a una lengua sangrienta desplegada ante una oscuras fauces que les esperaban para devorarles.

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Todos, se bajaron del coche. Liam llevaba la palanca en la mano y Colin le agarró del hombro, antes de que alguien le viera.

—¿Se puede saber a dónde vas con eso, muchacho? —aunque Colin lo sabía. Todos sentían esa electricidad, ese zumbido en los oídos, que les avisaba que algo no iba bien.

Liam boqueó intentando contestar, pero Colin negó con la cabeza y le indicó que volviera al vehículo.

—Busca donde aparcar —le informó al conductor—.Y quédate en el coche con el motor encendido.

—Por si tenemos que salir corriendo —se convenció Liam—. Daré una vuelta alrededor del hotel para… reconocer el terreno.

—Bien me parece.

—¿Esperamos al resto? —preguntó Greg. Colin negó con la cabeza mientras oteaba el edificio. Nubes grises, preñadas por el humo de las fábricas, navegaban por un cielo encapotado que deprimía el ambiente.

—Qué os parece si Greg y yo vamos hasta la habitación de Jackson… como avanzadilla —recomendó Angus. Colin asintió mientras su mirada vagaba por el edificio, hasta un callejón en el lateral derecho del hotel, donde una amplia escalera de incendios de metal negro, recorría toda la pared.

—Correcto. Thomas y yo subiremos por las escaleras de incendio hasta la cuarta planta.

Se dividieron. Angus y Greg entraron en el hall, ignoraron las solícitas sonrisas de los recepcionistas y fueron directos hasta uno de los dos grandes ascensores, donde un joven botones, de unos quince años, todo sonrisa y pecas, les preguntó por su destino.

—Cuarta planta —contestó secamente Greg, echando de menos su bate de baseball. Acarició la navaja que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Angus se apoyó en su bastón, la funda del estoque que siempre le acompañaba.

En ese momento, Annie O’Carolan llegó al Hotel Chelsea.

Su laboriosa mañana en la Biblioteca sólo había dado con un dato, aunque ella lo consideraba significativo. Buscando información sobre pirámides asimétricas, la sacerdotisa africana M’Weru, grandes esferas amarillas y la extraña figura con la que Carlyle hablaba en sueños, había descubierto una extraña y temida figura de una oscura y poco documentada época de Egipto: Una  poderoso brujo al que se conocía vulgarmente como, El Faraón Negro.

Annie, con su mejor sonrisa, preguntó a los recepcionistas por la habitación 410 y, mientras esperaba al ascensor, comprobó en su bolso el estado de su pistola Luger P08. Al mismo tiempo, el joven ascensorista abría la puerta para que Angus y Greg salieran al pasillo de la cuarta planta, Colin y Thomas subían por las escaleras hasta el segundo piso y Liam aparcaba cerca de un callejón donde encontró un coche sospechoso.

Todos los Finns tenían un mal presentimiento mordisqueándoles la nuca. Algo, un sexto sentido que les avisaba que algo malo iba a pasar.

La Redada (11) Tiroteo en New Church Green

ORDEN ESOTÉRICA DE DAGON

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                        ―                           Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                           Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                           Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                               ―                           Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                          ―                           Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (Jugador de Fútbol Americano) ―                      Hernan

Liam McMurdo (Conductor)                                                                     ―                           Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                                  ―                           Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)

―Lo de la escuadra Apod comenzó como una broma por el cabo Ditullio que fue boxeador ―les informó el soldado de primera Drake, alias “Estatua” ―.  Era su apodo en los Golden Gloves.

Drake y Ditullio… o “Estatua” o “The Kid” cómo preferían llamarse estaban cortados por el mismo patrón aún a pesar de ser de estados muy distintos. Ambos eran altos, fuertes, tenían el pelo engominado y un retorcido tupé. The Kid mascaba chicle y Estatua, tabaco. Y Ditullio tenía enrollado al puño un rosario de perlas plateadas mientras murmuraba una silenciosa oración.

―Pero que no os engañe el rosario. ¡Al tipo le gusta hacer sangrar a sus rivales! ―aulló “El Muro” Rondale, un toro que sacaba una cabeza al resto de la escuadra y al que habían bautizado así durante su época de defensa de fútbol americano en el instituto.

Angus Lancaster y Liam McMurdo no dejaron escapar lo emocionado que parecía el muchacho ante la idea de entrar en combate mientras Drake continuaba presentando a la escuadra Apod que les acompañaba en el camión, y con los que asaltarían la Orden Esotérica de Dagon.

Lo de Apod era porque cada miembro de la escaudra tenía un apodo… o estaba esperando a que le pusieran uno.

―Ese tan callado de ahí es “Bullseye” Dalton ―el soldado se encendió un cigarrillo bajo su recortado bigote y les dedicó un saludo―. Era granjero en Iowa y cazador de ciervos. Donde pone el ojo, pone una bala. No falla nunca.

Tras darle una calada, Bullseye le cedió el cigarrillo a su compañero, un pelirrojo grande con sonrisa canalla y unos maliciosos ojos verdes.

―Bullseye os saluda ―dijo el bigotudo.

―”Leprechaun” O’Brien es de vuestra tierra―continuó Estatua― Un irish con la mano muy larga.

―¡Eh! Qué tengo que dar de comer a tres hijos y una mujer ―bromeó Leprechaun, consiguiendo que los soldados estallasen en carcajadas―. ¿Ya les has contado porqué te llamamos Estatua, Drake?

―¡Joder!, mira que os gusta malmeter ―Drake escupió un salivazo de tabaco a los pies de Angus que le miró con desagrado, pero el soldado ni se inmutó―. Fui pitcher en el instituto. De los mejores. Al llegar aquí me daba aires y durante un partido contra la escuadra Sky, me tocó salir a batear y… bueno… me quedé congelado. Paralizado. Tres strikes y no moví ni un puto músculo. Y desde entonces los cabrones no paran de recordármelo.

Angus estaba incómodo, Liam lo percibía. Él no. Se respiraba mucha camaradería en la parte trasera de ese camión y ninguno de los presentes le había señalado y le había mirado las quemaduras con desagrado. “Una herida de guerra, pensarán”. El caso es que Liam se sentía de nuevo como si hubiera vuelto al instituto. Quizá por eso Angus no estaba a gusto. Era como estar en el vestuario de chicos, pero vestidos. Liam señaló al último de los miembros de la escuadra Apod, un joven pequeño y algo paliducho que llevaba el casco puesto y unas grandes gafas de montura metálica.

―¿Y cuál es el apodo de ese? ―preguntó.

―No… El cabo interino Rowan no tiene apodo ―contestó Drake―. Pensamos en llamarle Doctor Loco porque estaba estudiando ingeniería química en la universidad… pero aún no se ha ganado el apodo.

El camión se detuvo y la aguda voz del capitán Corso ordenó a los soldados bajar y desplegarse. Angus y Liam siguieron a Estatua y a Leprechaun por el terreno nevado hasta alcanzar la rivera congelada del río Manuxet.

―¿Los de la otra escuadra también tienen apodos? ―preguntó señalando a la eficiente escuadra Sky, capitaneada por el fiero sargento Kowalsky.

― Al sargento Kowalsky, y le llamabamos Sarge durante la instrucción, pero el resto no tienen apodos y no les vendría mal a toda esa panda de polacos ―un miembro de la escuadra Sky le hizo un corte de mangas y Estatua le alzó el dedo medio entre risitas― Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky, Prochowsky, Davronowsky… salvo el soldado Hammer, el experto en explosivos, todos son nosequésky…

―Y por eso son la escuadra Sky.

―Bingo.

―Pensaba que eran Sky porque serían los primeros en llegar al cielo.

―¡Silencio, tropa! ―ordenó Sarge Kowalsky, consiguiendo un silencio sepulcral. El Capitán Corso llegó hasta ellos.

―Muy bien soldados. Nos desplazaremos sobre la superficie helada del Manuxet hasta Federal st, donde subiéramos por la calle hasta New Church Green, en cuyos aledaños está la Orden Esotérica de Dagon. Esperamos no encontrar resistencia pero se ha ordenado no disparar a no ser que sea necesario. Esto es muy importante. Ahora usen cuchillos y la culata de sus rifles.

Hubo varias quejas entre los soldados, pero los que no sacaron sus cuchillos, calaron bayonetas en sus rifles. Liam chequeó la Colt 45 que llevaba a la cintura, sobre el grueso abrigo blanco que le habían cedido. A Angus le ofrecieron un rifle, pero argumentó que era mejor con las escopetas y tuvo suerte, Leprechaun sacó de la nada una escopeta de trinchera de galga 12, con 20 postas. Angus era un espectáculo extraño, con su escopeta al hombro y apoyado en su bastón estoque.

―¿Todo bien asesores? ―preguntó el capitán Corso a Liam y Angus, que asintieron enérgicamente―. Muy bien, escuadra Apod al frente. Escuadra Sky en retaguardia. ¡Vamos!

Anduvieron en fila de a dos por la congelada superficie del Manuxet y tras una buena caminata, dejaron tras de sí la rivera más boscosa para internarse en la parte más industrial del río. Fábricas abandonadas surgieron en los laterales, mirándoles como buitres.

Todo estaba tranquilo. Muy tranquilo.

Llegaron hasta el puente que los Finns hundieron durante su huida de Innsmouth. Los habitantes no habían hecho nada por reparar la dañada estructura. Corso preguntó a Angus y a Liam sobre eso, sólo para confirmar si estaban donde debían de estar, y continuaron avanzando entre los escombros congelados.

Llegaron hasta una cascada y comenzaron a descender por ella. Bullseye, The Kid Ditullio y Liam se resbalaron y cayeron sobre la fría superficie, escuchando como el hielo crujía tétricamente bajo su peso.

Corso, que había bajado con mucha pericia, ordenó a los soldados ocultarse bajo el siguiente puente… donde había otra cascada.

―¿A qué luces de Washington se le ha ocurrido este paseíto? ―se quejó The Kid Ditullio cuando de nuevo perdió pie y dio de bruces en el hielo.

―Bullseye imagina que debió de ser un chupatintas que estará muy calentito en su puta casa ―siseó Bullseye Dalton que también se había caído.

Corso ordenó callar mientras ayudaba a Liam a ponerse en pie.

Angus miraba hacia arriba de la rivera con los ojos entrecerrados.

―¡Capitán Corso! ―espetó Angus.

―¡He dicho que silencio, maldita sea!

―Pero capitán…

―Señor, Bullseye también está oyendo algo ―informó Bullseye alzando su rifle hacia la rivera.

Corso se quedó petrificado. Todos los de la escuadra Apod alzaron sus cabezas hacia arriba, escuchando cada vez con más claridad unas voces cantando… o croando. Liam se volvió hacia Angus.

―¿Había algún rito o algo que se celebrase en Febrero? ―Angus negó con la cabeza.

―Y tampoco es sábado, no sé qué coño es esa… procesión.

―¡Capitán Corso, órdenes! ―exigió The Kid Ditullio.

Corso dudó. Paladeó algunas palabras hasta que consiguió decir algo.

―¡Ocúltense… todos a cubierto y ocúltense!

Algunos, como el cabo interino Rowan o Angus, se escondieron prodigiosamente en la poca maleza que creía en la nefanda orilla del río. Otros como el gigantesco soldado Rondale, quedaron expuestos.

Bajo la pálida luz de la luna que agonizaba en el horizonte apareció una procesión de seis marcados de Innsmouth que llevaban un séptimo hombre en volandas. Un hombre que se retorcía entre espasmos. Un hombre que era muy poco hombre. Le transportaban desnudo, su piel blancuzca era escamada, no tenía cabello alguno y sus enormes ojos carecían de párpados. Su enorme boca plagada de colmillos abisales se abría buscando aire, mientras las cicatrices que había en su cuello no se abrían transformándose en las branquias en las que se iban a convertir.

―Pero qué cojones es eso ―escupió Estatua Drake,  cuando la escuadra Apod veía al dirigente de la comitiva, un enorme profundo de piel azulada que se arrastraba las zarpas delanteras por el suelo y se desplazaba con lentas zancadas mientras croaba un triste ulular… hasta que vio al soldado Rondale.

El profundo se alzó en dos patas y rugió. Rondale, petrificado ante el monstruo que hundía sobre él unos fieros ojos amarillos, arrojó su fúsil y aullando como un animal cargó contra el monstruo.

―¿¡Adónde coño vas, Muro!? ―gritó el cabo The Kid Ditullio, pero era tarde, Rondale no oía, no escuchaba. Solo quería aplastar con sus propias manos a esa pesadilla subacuática.

Y el sentimiento del monstruo era mutuo, pues cargó sobre el soldado andando y saltando como un gorila, barboteando y gruñendo, sin embargo sus movimientos eran lentos, cansinos, agotados. Rondale bajó la cabeza y hundió el hombro contra el abotargado vientre de la criatura en medio de la rivera y ambos cayeron rodando por el suelo, enzarzados en una refriega de golpes y mordiscos.

Los seis insmouthitas se quedaron petrificados ante la repentina aparición de Rondale y su enfrentamiento cuerpo a cuerpo contra el profundo… ¿quién era ese desconocido que había atacado a uno de los suyos? Antes de que pudieran salir de su estupor, el capitán Corso se alzó desde su escondrijo gritando:

―¡Evitad que huyan! ¡Sin disparos! ¡Sin disparos!

El cabo interino Rowan emergió de la oscuridad enarbolando un cuchillo de combate que clavó en la espalda de uno de los innsmouthitas más adelantados al grupo, que se revolvió y sacó una navaja. Su tajo no hirió al cabo, pero puso tierra de por medio entre los dos. Estatua Drake apareció tras Rowan y cargó contra los cuatro marcados que transportaban al que se estaba transformando, placando a uno de ellos, haciéndoles perder el equilibrio y soltando el cuerpo que sostenían, que rodó por la rivera hasta acabar a los pies de Angus Lancaster.

Angus miró sobrecogido al híbrido entre humano y profundo que no había terminado su transformación. Se agitaba entre espasmos, intentando respirar pero sin poder hacerlo porque no estaba en el agua. Miró con ojos vidriosos a Angus y alzó una mano de dedos palmeados hacia él, suplicando ayuda entre agónicos jadeos.

Angus no lo dudó, sacó el estoque de su bastón y lo hundió piadosamente bajo la garganta de la criatura.

Liam se lanzó sobre el resto de asustados innsmouthitas, forcejeó con uno de ellos y le descargó un golpe en la garganta, rompiéndole la traquea. El marcado cayó de rodillas y murió entre estertores. Bullseye apareció tras otro y de un rápido tajo le cortó el cuello de lado a lado. Leprechaun descargó un buen puñetazo a otro.

Rondale continuaba sobre el profundo descargando incesantes puñetazos sobre su anfibio rostro, sin importar que las zarpas de la criatura estuvieran desgarrando su abrigo y también la carne de su espalda.

― ¡Seguid la jugada! ―aullaba el Muro Rondale, fuera de sí, riendo como un loco― ¡Seguid la jugada! ¡Seguid la jugada!

Uno de los innsmouthitas intentó trepar por la rivera, pero resbaló por el suelo embarrado, yendo a parar ante The Kid Ditullio que le descargó un juego de practicados y violentos puñetazos, que le reventaron la cabeza.

Uno degollado, dos más muertos a puñetazos, el profundo enzarzado en una pelea cuerpo a cuerpo con un soldados enajenado… y que parecía ir ganando. Los tres marcados que quedaban empujaron a los militares y comenzaron a trepar penosamente por la rivera.

―¡Qué no se escapen! ―gritó Corso.

Leprechaun, The Kid y Rowan consiguieron trepar hasta arriba, persiguiendo a los fugados. Angus se acercó hasta el profundo con el que forcejeaba el Muro e intentó apuñalarlo con su estoque… pero la pareja rodó por el suelo y Angus clavó el estoque en el suelo… el Finn se encontró con el mango del estoque en la mano.

Leprechaun consiguió llegar hasta su perseguido, pero este se volvió con presteza y le pegó una buena patada en la cara, rompiéndole la nariz. Leprechaun consiguió no caer por la rivera y rió a carcajadas, mientras la sangre le corría por los labios. Rowan intentó atrapar al innsmouthita, pero se le escapó. Ditullio zancadilleó a su perseguidor que cayó con fuerza. Su cuello crujió mientras rodaba colina abajo hasta Estatua y Bullseye, que lo cosieron a puñaladas.

El profundo hundió sus zarpas en la espalda de Rondale arrancándole un ronco quejido, antes de que el Muro descargase ambos puños sobre el feo rostro de batracio de la criatura, una y otra, y otra, y otra vez… hasta que solo machacaba húmedos pedazos de hueso y espesa y aceitosa masa cerebral contra el suelo.

―¡Muérete! ―gritaba con cada golpe― ¡Muérete! ¡Muérete!

Liam comenzó a trepar por la rivera en apoyo de Rowan que forcejeaba con uno de los dos fugados, pero justo cuando llegaba una alta figura emergió tras el híbrido. El sargento Kowalsky lo degolló con eficiencia y Liam observó cómo dos miembros de la escuadra Sky, los soldados Caronosky y Kozlowsky, hundían sus bayonetas en el último miembro de la peculiar comitiva de bienvenida.

Angus miraba con desagrado a Bullseye y Estatua que limpiaban sus cuchillos tras haber apuñalado a su oponente.

―Así se pelea en la vida real ―murmuró The Kid cuando descendía de la rivera―, ha hostia limpia, a puñaladas, no con una espadita de maricas.

Hubo un coro de risitas y Angus dejó caer lo que restaba de su preciado estoque al hielo del Manuxet. Liam se aclaró la garganta mientras el capitán Corso aparecía entre ellos… ¿Dónde había estado el capitán durante toda la refriega?

―Capitán ―comenzó Liam―, creo que deberíamos esconder los cadáveres debajo del puente.

―Oh, es muy buena idea ―Corso se volvió hacia el sargento Kowalsky, que descendía de la rivera junto al resto de sus hombres― Sargento. Sargento. Que la escuadra Sky esconda los cuerpos mientras la escuadra Apod toma posiciones en New Church, Green.

― A sus órdenes, señor ―murmuró Kowalsky mirando con desprecio al Capitán Corso―, pero vaya con cuidado.

―Descuide, sargento. Tenemos todo controlado. ¡Escuadra Apod! En marcha.

Pero la escuadra Apod estaba alrededor del cadáver destrozado a golpes por Rondale, que miraba a sus compañeros luciendo una desquiciada sonrisa salpicada por la negra y aceitosa sangre del profundo.

―¡Lo he matado con mis propias manos! No es tan duro cómo se creía, ¿¡a qué no!? Cosa del Pantano… o lo que seas… ¿Alguno se ha traído el botiquín de primeros Auxilios?

Mientras el cabo interino Rowan atendía las heridas de Muro Rondale y Leprechaun O’Brien. Corso encabezó la llegada hasta New Church Green, junto a Liam y Angus. Tras ellos avanzaban Bullseye, The Kid y Estatua.

Las calles adoquinadas de Innsmouth formaban una rotonda en torno a un césped circular cubierto por malas hierbas: New Church Green. En el centro había una solitaria farola que no despedía luz alguna, aceras de baldosas desiguales, dos bancos podridos a punto de desmoronarse y un viejo Ford T aparcado cerca del puente que cruzaba el Manuxet.

207 - Orden Esoterica de Dagon 205 - San Sapo 212 - Iglesia de la Fe Baptista
207 – Orden Esoterica de Dagon
205 – San Sapo
212 – Iglesia de la Fe Baptista

Había un par de iglesias flanqueando el césped al noreste y al noroeste de Federal st, siendo San Sapo la del noroeste y almacenes abandonados por todo Dock st. Angus informó al capitán Corso que el campanario podía servir cómo aviso al resto del pueblo. Se apreciaban las cuatro columnas grises de la vieja logia masónica que había dos edificios más al norte de Federal st, donde tenía sus sede la Orden Esotérica de Dagon.

Bullseye silbó entre dientes llamando la atención de Corso y los Investigadores.

―Bullseye ha visto algo ―informó el soldado con la vista fija en el gran edificio de paredes grises. En efecto, tras las cuatro columnas había seis hombres armados con fusiles y escopetas.

Los invasores se echaron cuerpo a tierra en los aledaños de la rotonda.

―¿No se suponía que esto era una misión secreta? ―se quejó Liam.

―El grupito de antes se sorprendió al vernos ―pensó Angus en voz alta―, pero esos de ahí… esa gente está esperando a que la ataquen.

―Quizá tras su fuga… ―argumentó el capitán Corso.

―Hace meses de eso y ni nos acercamos a ese edificio ―susurró Liam―. A saber lo que tienen ahí dentro.

Corso se giró hacia sus hombres que le miraban expectantes.

―Bullseye precisa saber si ya puede usar su rifle, señor ―preguntó Bullseye.

―Sí, sí, sí… Pero… esperen a mi señal.

―¿Primero nos dispersamos por la plaza y tomamos posiciones de ataque, señor? ―preguntó The Kid Ditullio con voz ronca.

―Sí, sí. Dispers…

Ditullio chasqueó los dedos e hizo girar el índice hacia arriba. Drake y Dalton asintieron. El primero corrió hasta la rotonda. Liam corrió y se escondió tras el viejo coche. Bullseye se arrastró por la rivera y desapareció entre la maleza. Angus se alejó de los soldados y atravesó la calle, corrió y se pegó contra la pared de una vieja casa en ruinas.

―Pero adonde va ese… ―se quejó The Kid Ditullio entre dientes mirando a Angus. El cabo correteó por el lado opuesto a Angus, hasta apoyar su espalda en la pared de San Sapo.

Cuando Rowan, Leprechaun y el Muro subieron la rivera, fueron informados por Corso.

Y en ese momento uno de los seis centinelas de la Orden salió del parapeto que ofrecían las columnas.

Caminó hasta el medio de la calle y miró hacia New Church Green. Vio a Estatua Drake y el soldado lo supo porque le miraba directamente a los ojos. Corso siseó una orden para que sus hombres se escondieran, sobre todo Drake, y Estatua se parapetó tras un banco maldiciendo su poca discreción.

Rowan se desplazó por la rivera y se acercó hasta Ditullio. Leprechaun lo hizo en dirección contraria y se unió a Liam tras el Ford T. El Finn sacó una navaja e intentó forzar la puerta del coche. Era un coche viejo, pero Liam aún recordaba haberlo forzado de joven, cuando Brian Bunham y él hacían carreras por las carreteras de Arkham. Parecía que esos recuerdo felices habían sido hace extraños eones. Angus se acercó hasta Federal st y oteó el panorama, al tiempo que descolgaba su escopeta del hombro. Rondale también se desplazó por la rivera.

―No pises a Bullseye ―murmuró escondido entre la maleza el francotirador.

El centinela comenzó a caminar hacia New Church Green con el cañón del fusil apuntando al suelo y la mirada perdida en la rotonda… parecía que había visto algo, pero no estaba seguro del qué. Estatua Drake miró hacia Corso, esperando a que el capitán le ordenase que hacer… pero Corso miraba hacia el centinela tan alerta, que parecía haber olvidado que tenía que dar órdenes a sus tropas. Estatua comenzó a hacer gesto para llamar su atención… pero lo único que conseguía era atraer al centinela que veía movimiento en esa rotonda, cuando no debería ver nada.

Liam forzó la cerradura, abrió la puerta y entró en el asiento del piloto. Leprechaun se arrastró por el asiento trasero. Angus apuntó hacia el centinela, esperando la orden de Corso. Rondale se desplazó cómo una sombra hasta la pared en la que se parapetaban, Rowan y Ditullio.

El centinela se quedó congelado a unos veinte metros de la rotonda. Abrió mucho los ojos y sin hablar, alzó su rifle y disparó, pero su puntería era bastante mediocre y la bala se perdió en la noche. El resto de centinelas se asomaron desde la orden, barbotando órdenes y alzando sus armas.

Señalando hacia Estatua Drake.

Corso continuaba bloqueado. No ordenó nada, no dijo nada. Rowan se asomó desde Dock st, alzó su rifle 30.06 y disparó con acierto al primer centinela que dejó caer el rifle e intentó huir hacia la Orden. Otro de los centinelas se posicionó tras una columna de la logia, alzó su fusil y disparó contra Rowan, pero la bala arrancó esquirlas de piedra de una de las paredes de San Sapo. Estatua Drake explotó un globo de chicle mientras sonreía, le quitó el seguro a su metralleta Thompson, se giró por encima del banco y disparó una ráfaga de tiros sobre la espalda del tipo que huía, que cayó muerto al suelo. Bullseye que estaba apuntándole, cambió de objetivo precipitadamente y su disparó se estrelló contra la columna tras la que se parapetaba el centinela que había disparado contra Rowan.

Liam puenteó el coche y lo arrancó, escupiendo una bocanada de humo sucio. Leprechaun  se asomó desde el asiento trasero y disparó una larga ráfaga de disparos con su Thompson, abatiendo a dos de los centinelas que corrían hacia Estatua Drake.

Aprovechando el tiroteo, Angus se pegó a la pared de los edificios de Federal st, y caminó pegado a la pared hacia la Orden Esotérica. El Muro Rondale agarró a Rowan y lo sacó de la línea de tiro. The Kid Ditullio disparó con su automática del 45 e hirió en la pierna a un cuarto centinela que cayó al suelo.

Los centinelas dispararon sus armas a ciegas, causando más caos y ruido, pero sin herir a nadie. Uno de ellos, que estaba armado con un viejo mosquete, se parapetó tras un portal. El centinela  a resguardo de las columnas, se ocultó tras una de ellas mientras recargaba su fusil de cerrojo… y entonces las campanas de San Sapo comenzaron a repicar.

Los tañidos parecía que lo llenaban todo hasta que una explosión retumbó por encima de los mismos, haciendo temblar el suelo y las ventanas de todo Innsmouth… ¿Qué había provocado tal explosión?

La explosión sacó de su sopor al capitán Corso que se levantó de su escondrijo, enarbolando su Colt 45 y gritando:

―¡Rápido, tropa! ¡Avancen!

―Este tipo es un cachondo ―murmuró Ditullio con desprecio.

Rowan también sacó su Colt y disparó sobre el mismo centinela que había herido Ditullio. Estatua Drake disparó una ráfaga sobre el centinela del mosquete, pero las balas destrozaron el portal donde se cubría.

Liam dio un volantazo y condujo a toda velocidad con el viejo Ford T hacia Federal st… hacia el centinela caído que alzó las manos gritando auxilio, antes de que la vieja tartana pasara por encima de él. Leprechaun continuó disparando con la Thompson y vació el resto del cargador sobre el centinela que tenía un mosquete. Bullseye, El Muro y The Kid aprovecharon la carga del coche para correr hasta la rotonda donde se unieron a Estatua.

Angus llegó hasta la Orden y se plantó ante el último centinela que miró aterrado al cañón de la escopeta de trinchera que llevaba el Finn, antes de que escupiera una bola de fuego y metralla lanzando su desmadejado cuerpo ante la gran puerta de roble de la logia masónica.

Mientras Liam comenzaba a dar la vuelta a la rotonda, al fondo de Federal st se encendieron los faros de un viejo y pesado camión, que bajaba a gran velocidad hacia ellos. Rowan corrió hasta la rotonda, uniéndose a su escuadra, que miraban fijamente al camión que conducía hacia ellos.

―Abatamos a ese cabrón, chicos ―ordenó Ditullio que alzó su Colt 45. Bullseye, Rowan y el Muro, cargaron sus fusiles y le imitaron. Drake sacó una granada y le quitó la anilla.

Angus se mantuvo ajeno a lo que pasaba a su espalda, lanzó una rápida mirada por la fachada de la logia, buscando símbolos. Angus no había llegado tarde a la reunión con los Finns y Maggie Burnham por su trabajo o porque estuviera fuera del país… Angus había llegado tarde porque estaba siendo iniciado en la masonería y los ritos habían coincidido con la llegada del telegrama de la hermanita de Brian. Angus era masón y arquitecto, por lo que disponía de unos conocimientos que el resto de la escuadra Apod y sus amigos los Finns no sabían: podía descifrar los símbolos que los masones hacían en sus estructuras y, cómo era el caso, descubrir cierta información, cómo que la Orden Esotérica disponía de dos entradas, además de la principal. Una entrada secreta y subterránea que desembocaba en los túneles de los contrabandistas y otra entrada trasera, a la que se podía llegar por un callejón que surgía tras la Iglesia de la Fe Baptista de Innsmouth que había al final de la calle.

The Kid, El Muro, Bullseye y Rowan apuntaron al camión.

―Esperad ―ordenó Ditullio.

Drake apretó el seguro de la granada y adoptó la posición de un pitcher en la base del lanzador.

―Esperad ―repitió Ditullio.

El camión bajaba con un rugido amenazador que retumbaba por encima de los tañidos desesperados de San Sapo. Las luces de las casas se encendían. Los gritos de los habitantes del pueblo maldito resonaban por doquier.

―Esperad ―aulló Ditullio con el dedo tenso sobre el gatillo.

Liam comenzó a dar la vuelta a la rotonda. Angus creía haber descubierto todo lo que podía sacar de los símbolos que se escondían en la mampostería de la fachada.

El camión llegó hasta la Orden Esotérica, sin frenar su velocidad.

―¡Ahora!

Rowan impactó al motor, Rondale destrozó la rueda delantera derecha, Ditullio disparó sobre el parabrisas y Bullseye le pegó un tiro entre los ojos al conductor del camión… un híbrido grande y fornido, que apestaba a pescado podrido y respondía al nombre de Harry Jakes.

Y Drake arrojó la granada sobre el techo de la cabina del camión.

El vehículo giró con violencia y se estampó contra las columnas de la Orden Esotérica de Dagón. Angus se encogió contra la puerta, al tiempo que los ocupantes del vehículo intentaban salir del mismo a duras penas, uno de los cuales, el copiloto, era un individuo envuelto en un chubasquero sucio que ocultaba su desfigurado aspecto… el pescador Sandy Lanier.

La granada explotó, arrojando calor, metralla, fuego y a Sandy Lanier sobre Angus Lancaster. Angus había perdido la escopeta, todo era fuego y no oía nada, solo escuchaba un largo pitido que lo llenaba todo.

Y la sombra del horrendo Sandy Lanier se irguió ante él rezumando sangre negra y una rabia venenosa.

Liam aparcó el Ford T ante el capitán Corso que miraba sobrecogido la explosión.

―¿Qué hacemos, capitán? ―preguntó Liam.

―¡Señor! ¡Ordenes, señor! ―gritó Leprechaum mientras cambiaba el cargador a su metralleta.

Corso le miró sin verlos, abrió la boca intentando decir algo, pero no lo consiguió. Y en ese momento subieron desde la rivera el sargento Kowalsky y la escuadra Sky.

―¿Es esto lo que entiende usted por discreción, señor? ―le preguntó con sorna.

Mientras, Kowalsky ordenaba a la escuadra Apod replegarse y a la Sky tomar posiciones por New Church Green. No todos los que iban en el camión habían muerto y varios vecinos rabiosos de Innsmouth aparecían desde diferentes calles, enarbolando fusiles y mosquetes, hachas y cuchillos, palos y piedras, disparando a matar, sin mucho acierto. Amenazando y gruñendo.

El Muro Rondale vio algo entre las llamas del camión defenestrado. La inquietante figura de Lanier lanzando zarpazos a Angus que se defendía cómo podía de las embestidas. El Muro desobedeció las órdenes y corrió hacia el ACE.

Los Sky habían formado un círculo alrededor de New Church Green con lo que estaban consiguiendo retener a los pueblerinos que se cernían sobre ellos. Dos granadas más volaron hacia el camión. Varios miembros de la Apod apoyaron con sus disparos abatiendo a enemigos, mientras se reunían alrededor del capitán Corso.

―¿Qué hacemos, capitán?

―¡Señor! ¡Ordenes, señor!

―¿Apoyamos a la escuadra, Sky, señor?

―¡Rondale y el ACE no están, señor!

―Bullseye quiere dispararle a alguien.

―¿Tú de dónde has sacado un coche?

El capitán Corso estaba sobrepasado.

Sandy Lanier no tenía manos, tenía unas zarpas casi tan mortales cómo las de un profundo y desgarraron la espalda de Angus mientras se retorcía por el suelo.

― ¡Eh, tío feo! ―aulló una voz tras ellos.

Rondale estaba tras ellos con la escopeta de Angus en la mano y antes de que Lanier pudiera reaccionar le descargó una perdigonada contra el pecho.

―Creo que esto es tuyo ―dijo el Muro, al tiempo que agarraba a Angus de la axila y lo empujaba hacia el punto de reunión.

Los disparos entre soldados e innsmouthitas se sucedieron. Drake recibió un disparo en un brazo. Las granadas explotaron bajo el camión y la onda expansiva envió a Angus y al Muro contra el suelo, pero Rondale tironeó de Angus intentando sacarlo de la zona caliente. Las puertas de la Orden se abrieron y una docena de profundos armados con una largas lanzas de color verde irísense precedieron a seis sacerdotes vestidos con túnicas aguamarinas, máscaras de oro pálido y que enarbolaban palos y cuchillos.

Desde el este de Dock st. llegaba una turba de aldeanos armados con antorchas, palos, horcas, cuchillos… Kowalsky ordenó abrir fuego a discreción y agarró al capitán.

―¡Maldita sea, Corso! ¡Si no se espabila abriré la puerta de ese antro con su cabeza!

―De poco va a servir ―gimoteó Angus― Han abierto esa puerta para sacar más tropas y la han vuelto a cerrar. Necesitaría dinamita para abrirle un agujero.

―¡Han dado a Dragonovsky, señor!

―¡Granadas sobre la orden, ya! ―ordenó Sarge Kowalsky.

―¿Y cómo entramos en esa puta fortaleza? ―se quejó Drake.

―Hay una entrada trasera ―informó Angus― al otro lado de esa iglesia.

―¡Es verdad! ―estalló Corso emocionado―. Figuraba en los informes de la misión.

Kowalsky miró con lástima a la escuadra Apod. Su vista se clavó en Liam que aún continuaba al volante del coche que había robado.

―Monten en el vehículo civil y asalten  la orden desde la puerta trasera, mientras la escuadra Sky mantiene aquí una posición segura―ordenó Kowalsky, y mientras los soldados entraban en el coche, Sarge agarró al cabo The Kid Ditullio y le susurró al oído―. Si Corso no reacciona, tome usted el mando.

The Kid asintió enérgicamente y montó en el coche junto al resto de la Apod. El Ford T traqueteó por Dock st, esquivando disparos y algún innsmouthita agresivo que les tiraba piedras e insultos, hasta que se coló por un callejón que rodeaba San Sapo.

La Redada (10) El Asalto a Marsh Manor

La Redada (10) El Asalto a Marsh Manor

Coche1 Entrada Principal

Director de la Agencia de Investigación  J. Edgar Hoover

Superintedente Albert Ryan                                                     –             Bea

Patry O’Connel (Buscavidas)                                                      –             Hernán

Dr. Ravana Najar

Coche2 – Entrada Lateral

Agente Lucas Mackey                                                                  –             Sarita

Agente Ashbrook                                                                          –             Toño

Agente Eddie Drotos                                                                    –             Raúl

Agente Fox Mülder

Coche 3 – Entrada Trasera

Agente Peter Hill                                                                           –             Garrido

Agente Mathew Cohle                                                                –             Soler

Agente Woody Hart                                                                     –             Jacin

Agente Dana Excaly

Tres potentes sedanes negros irrumpieron en las calles de Innsmouth cuando el caos aún no se había desatado. El amanecer no era más que una línea pálida en un oscuro horizonte, pero los diez avezados agentes no temían a nada. Patry sí. Había visto los horrores que habitaban en Innsmouth y temblaba al pensar en lo que podía encontrarse en la Marsh Manor.

―Al menos no estás en los túneles ―se dijo así misma.

―¿Ha dicho algo, señorita O’Connel? ―preguntó desde el asiento del copiloto el serio director Hoover.

―No, nada…

El vehículo de Hoover se detuvo cerca de la entrada principal de Washintong st. El segundo coche en el que iba el equipo del simpático agente Mackey aparcó en Martin st., dejando al conspirador agente Mülder al volante, mientras los agentes Mackey, Ashbrook y Drotos se internaban entre casas abandonados y un bosquecillo mal cuidado hasta la verja norte que debían de sortear. El tercer automóvil aparcó en Lafayette st. dejando a la agente Excally de refuerzo mientras los agentes Hill, Cohle y Hurt intentaban asaltar la entrada trasera.

Patry amartilló el colt del calibre 45. Hoover cebó su escopeta corredera de calibre 12. El superintendente Ryan sacó una diminuta pistola de calibre 32. El Doctor Ravana Najar no llevaba más que su bastón.

―¿Va a entrar desarmado? ―espetó Patry, mientras Hoover cronometraba el inicio de la redada.

―Ooooh… No me gusstan las armas de fuego ¿ssí? ―el enigmático hindú levantó con el pulgar la cabeza del bastón, luciendo un estoque―. Pero voy protegido, ¿ssí?

Hoover ordenó silencio y todos escucharon el petardeo de armas de fuego. Algunos de los invasores de Innsmouth habían hecho fuego. Hoover chasqueó la lengua y salió del coche.

La mansión Marsh era un gran caserón de dos pisos, situado en el centro de unos cuidados jardines y rodeado por una potente verja de hierro fundido. La gran entrada principal estaba cerrada a cal y canto. Patry se acercó a la puerta, se sacó una horquilla y hurgó con ella en la cerradura, buscando abrirla. Hoover miró entre las rejas y chasqueó los dedos y señaló al frente. Había un camino que se deslizaba por el cuidado césped salpicado de arbustos y arbolitos, rodeaba una fuente en la que dos delfines de basalto habían quedado congelados en medio de un salto y desembocada en la entrada principal… donde había alguien.

El comisario Martin, de la policía de Innsmouth, envuelto en un buen abrigo de piel de zorro y aparentemente desarmado.

Algo parecido les había ocurrido a los asaltantes que entraron por detrás. La puerta trasera estaba abierta de par en par y Hill, Cohle y Hart se internaron en completo silencio, sorteando el camino empedrado que llevaba la casa e internándose por el jardincillo hasta que vieron la parte trasera de la casa.

Un gran Studebacker Dictator estaba abierto de par, con varias maletas y un cofre a su alrededor junto a un Dodge bastante estropeado y una camioneta Chevrolet que parecía ajena a ese lugar. Y vieron al monstruoso agente de Innsmouth, Elliot Ropes metiendo un pesado baúl en el maletero del Studebacker.

―¿Según los informes ese tipo grande no estaba muerto? ―preguntó Hart cebando la escopeta de calibre 12 que llevaba.

―¿Aún te fías te los informes? ―se mofó Cohle dejando sobre la hierba su escopeta.

Hill les mandó callar y oteó el panoraba. Sólo estaba Ropes, un tipo enorme, que podía darles problemas y que tenía un revólver del 38 asomándose por la parte trasera del pantalón… pero eran tres agentes entrenados y con el factor sorpresa de su lado.

Aunque si esta gente estaba haciendo las maletas para salir por patas de la ciudad, era porque sabían la que se les avecinaba… alguien había cantado, alguien había dicho que el gobierno de los Estados Unidos iba a caer sobre Innsmouth esa noche.

Había un topo en el Proyecto Alianza.

Hill imitó a Cohle y dejó la escopeta en suelo e hizo señas a sus compañeros para informar del plan de ataque. A la de tres, y sin hacer ningún ruido, los tres agentes se lanzaron sobre Ropes, cuando el gigante se volteó, Hill le había arrebatado la pistola y Hart y Cohle lo empujaron adentro. Ropes consiguió lanzar un lamento de sorpresa, antes de que Hart le apresase  y comenzara a asfixiarlo hasta noquearlo.

Cohle accionó su navaja automática, ganándose una mirada reprobatoria de sus compañeros, pero el serio agente se agachó ante las ruedas del coche y hundió la afilada hoja en el caucho. El Agente Hill esposó a Ropes, Hart le tapó la boca con un pañuelo y cerraron el maletero.

Con las llaves dentro.

El orondo Lucas Mackey saltó con agilidad la verja de la mansión de los Marsh. El joven agente Drotos se quedó congelado mirando tras las enredaderas.

―¿Qué coño haces, Drotos? ―siseó el alto y siniestro agente Ashbrook, al tiempo que arrojaba su escopeta y la de Mackey al otro lado de la valla para que su compañero las cogiera.

―Creo haber oído algo ―dijo Drotos mirando al otro lado.

―Chico ―Drotos se volvió hacia Ashbrook, que le agarró de la garganta y lo aplastó contra la verja―, que te quede claro una cosa. Me importa un cuerno quien sea tu tío. Cómo me jodas durante la redada, te pego un tiro por la espalda.

Ashbrook le soltó con desprecio y comenzó a trepar con dificultad la verja, su gabardina se había enredador a unas zarzas.

―No serías el primero ―terminó de amenazar mientras bajaba.

Cuando cayó al suelo, las enredadas zarzas que había a sus pies comenzaron a moverse.

―¿Pero qué coño…?

Las zarzas se arrastraron por el suelo hasta una figura oculta tras un árbol… un hombre, gordo, recubierto por maleza que les miraba con unos grandes y llorosos ojos verdes, mientras a su alrededor zarzas y enredaderas comenzaban a moverse… solas. El tipo alzó un dedo acusador y al tiempo que Ashbrook sacaba su pistola, aulló:

―¡Intrusos! ¡Aquí! ¡Intrusos!

Ashbrook le apuntó, pero las zarzas le atacaron, su disparo se estrelló contra un árbol. Drotos apuntó, pero con la verja en medio no tenía tiro fijo, pero Mackey sí. El agente alzó su colt 45 y disparó un tiro bajo, a las piernas. La bala atravesó el gordezuelo muslo del hombrecillo, salpicando de sangre hierba y arbustos. El tipo cayó al suelo, agitando y gimoteando.

―¿Quién coño es este tipo? ―gruñó Ashbrook sin dejar de apuntarle.

Mackey se acercó. Supo que su disparo había sido demasiado efectivo al ver el gran charco de sangre que se formaba bajo el cuerpo del tembloroso hombrecillo. Las zarzas se alejaron de él muy rápido, descubriendo a un tipo gordo, calvo, vestido con un mono de trabajo gris.

―Es Lester Davis, el jardinero de los Marsh ―Lester le dirigió una lastimera mirada al tiempo que su piel palidecía, sus labios se amorataban, su cuerpo tiritaba… y dejó de respirar.

Drotos saltó la valla.

―¿No teníamos órdenes de apresar, no matar? ―preguntó el joven agente.

―La mierda salpica ―informó Ashbrook con dureza―. Ten cuidado que no te salpique a ti también.

Los tres agentes cogieron sus armas y se encaminaron hasta la entrada al salón de baile, avistaron entre los árboles la cristalera y cuando se acercaron hasta el extremo derecho de la casa una pareja de disparos salpicó la pared en la que estaban.

El Comisario Martin había oído los gritos de Lester Davis, dejando la entrada principal y cuando les vio salir de la espesura, se apostó en la esquina de la casa y abrió fuego.

El disparo del comisario de Innsmouth asustó a Patry y su horquilla se rompió en la cerradura.

―Maldita sea ―se quejó el superintendente Ryan ―mira que hemos especificado que no abriesen fuego a no ser que fuera…

―¿Qué ocurre, señorita O’Connel? ―le cortó Hoover.

―Se me ha roto la horquilla… esta cerradura es muy pesada y…

―Me permite, ¿ssí?―dijo Najar.

El tiroteo se sucedía en el lateral de la casa, Hoover y Ryan miraron en esa dirección y el Dr. Najar pasó la mano por encima de la cerradura… y esta se abrió Patry le miró pasar, sin hacer ruido e internarse cómo una sombra en el jardincillo de la entrada… ¿Cómo lo había hecho? Hoover y Ryan se internaron por el jardincillo y avanzaron sin problemas hasta la entrada principal.

Los escopetazos en respuesta al tiroteo del comisario Martin, de Ashbrook y Mackey destrozan la esquina en la que se parapetaba el policía. Las esquirlas de piedra les destrozan la cara y le arrancan la pistola de la mano. Drotos se arroja al suelo y dispara con su escopeta, y su perdigonada impacta sobre el comisario arrojándolo al suelo.

―¿No teníamos órdenes de apresar, no matar? ―dijo Ashbrook con sorna.

―Ya basta ―terminó Mackey―. Drotos, compruebe si el comisario Martin está vivo. Ashbrook a la entrada.

Drotos se acercó hasta el comisario, pero no pudo asegurarse si vivía o estaba muerto. Aún así le esposo mientras Mackey y Ashbrook entraban en la sala de baile… donde les recibió una descarga de perdigones. La puerta por la que acababa de pasar el agente Ashbrook saltó en pedazos, cubriéndolo de astillas que le arañaron la piel. Ashbrook disparó a ciegas y buscó cobertura tras una columna de mármol rosado. Mackey se cobijó contra el marco de la puerta y echó un vistazo. Una sala grande, columnas de mármol, baldosas en el suelo, una gran cristalera, un piano… y tras el piano un un tipejo  grande y ancho de espaldas, con calvicie incipiente y ojos saltones que vestía un uniforme marrón.

Mackey le reconoció enseguida. Había vigilado con esmero la refinería Marsh y ese tipo el guarda de seguridad, Robert Ballant.

―¡Agentes federales, señor Ballant! ―gritó Mackey―. Hágase un favor y deponga las armas, porque tenemos permiso para abatirle si…

Le contestó el escopetazo de Ballant  arrancando el marco de la puerta.

―Cómo quieras.

En la entrada trasera, los agentes Hill, Hart y Cohle alzaron la cabeza ante el tiroteo que escuchaban.

―Parece que la diversión está en otro lado ―dijo Cohle pinchando otra rueda a la furgoneta, ninguno de los tres vehículos podría servir para una fuga rápida.

Hart se acercó a mirar por una ventana cercana, creyendo ver figuras tras el cristal… y alguien desde el interior le disparó. La bala le rozó el brazo y otro disparo más atravesó el cristal. Cohle se arrojó al suelo, Hill alzó su pistola y disparó contra el cristal, pero las balas sólo destrozaron la ventana. Al otro lado había un hombre muy alto y muy delgado, siniestro, vestido con un frac negro, con guantes blancos y profundos ojos negros que les apuntaba con una pistola de 9 mm. Disparó de nuevo impactando a Hill en el hombro. Hart se asomó y descargó su escopeta contra el tipejo y otro certero disparo de Hill lo abatió.

Norvell Hastings, el mayordomo de los Marsh, había sido abatido. Hart apartó los restos de cristar de la ventana del salón con la culata de su escopeta y entró en la estancia donde una decrépita anciana miraba embelesada un cuadro y otra mujer, más joven, pero fea y de aspecto marchito, se acurrucaba en un rincón con las manos en alto, tenía ante ella una bolsa de lona llena de pequeñas estatuillas de piedra verde.

Cohle y Hill, armados con sus escopetas, entraron tras Hart y tras leer los derechos a las mujeres, las esposaron.

No sin antes quedar impresionados ante el horrible cuadro que la anciana no paraba de mirar y que rezaba: Barbanas Marsh.

Barbanas Marsh
Barbanas Marsh

En la entrada principal, el superintendente Ryan llegó ante la puerta y miró por el ojo de la cerradura, a tiempo de ver como alguien al otro lado echaba el cerrojo.

― ¡Alto en nombre de la ley! ―aulló Ryan―. Abrán esta puerta de inmediato… abrán…

Hoover se plantó a su lado y disparó con su escopeta sobre los goznes de la puerta. El director del FBI y el superintendente la echaron debajo de dos severas patadas y ambos, al igual que Patry, vieron a un hombre correr escaleras arriba.

Un hombre que vestía un uniforme de policía… el agente Zebediah Marsh.

Al mismo tiempo, Ashbrook intentó tomar posición tras otra columna, pero en su carrera tropezó y cayendo de boca al suelo, quedando expuesto ante Ballant. El guarda se alzó con la esopeta en ristre, pero un estampido tras el ventanal le hiere. Drotos cargó la escopeta desde afuera y Ballant le devolvió el fuego, hiriéndole. Mackey y Ashbrook dispararon contra él, destrozando el piano. Ballant, ensangrentado, se retorció por el suelo intentando huir hasta que Drotos atravesó los restos del ventanal y le disparó en la espalda.

―¿Estás empezando a tomarle el gusto a esto, verdad? ―preguntó Ashbrook.

Mackey, guió a Drotos y a Ashbrook hasta el hall de la casa, donde se reunieron con Hoover, Ryan y Patry O’Connell. Del salón emergieron Hill, Cohle y Hart.

Un par de disparos perdidos desde las escaleras pusieron a todos en tensión.

Hoover tomó el mando:

―¡Mackey! Usted y su equipo atrapen a ese hombre. Utilicen la fuerza que sea necesaria, esta gente no se anda con bromas. Agentes Hart y Cohle, revisen el ala oeste de la casa y suban por las escaleras de ese sector para poder atrapar al fugitivo ―Hoover se volvió hacia Patry―. Señorita O’Connel, usted y el doctor Najar… ¿Dónde demonios está Najar?

El doctor Ravana Najar había desaparecido.

Huida de Innsmouth(48): Asalto a la Comisaría

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

La detonación hizo temblar el pueblo de Innsmouth… o al menos eso pensaron los Finns que estaban rodeando la comisaría. Sin embargo nada pasó durante un laaaaaargo minuto. Ni luces encendiéndose. Ni vecinos asomándose a la calle.

Y lo mismo ocurrió en la maldita comisaría. Angus Lancaster y Colin O’Bannon, más próximos a la comisaria que Liam McMurdo, Jacob O’Neil y Patry O’Connel, observaron, presas de los nervios como no ocurría nada en la comisaria. Nada.

¿Y si los agentes de la comisaría no salían del edificio aún a pesar de la distracción? Angus comenzó a hacer señas a Colin, con intención de improvisar un nuevo plan, cuando…

La puerta se abrió y un hombre delgado y uniformado emergió de ella a toda prisa, cerrando tras de sí. Correteó hasta una vieja camioneta aparcada frente a la comisaría y arrancó a toda prisa, poniendo rumbo a la columna de humo que se elevaba en el oscuro cielo nocturno.

Angus dio la señal a Colin, que corrió a avisar a los Finns que estaban en el coche de Liam. Este arrancó el motor y lo dirigió lentamente hacia el edificio. Colin comprobó como el coche se acercaba con los faros apagados… y vio a Angus ante la puerta de la comisaria.

—¿Pero qué coño…? —murmuró el pelirrojo, mientras se llevaba una mano a su inseparable revólver y otra a la navaja de resorte.

Angus lanzó un rápido vistazo a su alrededor. El coche y Colin se acercaban. Tomó una bocanada de aire y se preparó. Ocultó a su espalda su bastón estoque y con un pulgar levantó la empuñadura de su funda, para tenerlo preparado.

—Que no soy un Finn —murmuró ofendido entre dientes.

Llamó a la puerta de la comisaria y probó suerte para entrar. La puerta estaba abierta y la hoja de madera se deslizó dentro de la sala.

–Disculpe, agente —comenzó con su tono de voz más melifluo y altanero—. ¿Hay alguien? Acabo de ser testigo de un evento espeluznante…

El monstruoso Elliot Ropes atravesó en dos zancadas la comisaría, mugiendo toda una sarta de improperios. Angus se dio un paso atrás, pero no se amilanó y continuó con su alocución.

—Disculpe que pase sin esperar justificación, agente, pero he sido testigo de como un almacén cercano al río estallaba en llamas y, claro, que menos que advertir a las autoridades pertinentes ante tal incidente. Es lo más cívico. Un incendio puede ser algo peligroso sí…

Colin se acercaba desde su izquierda. Aún a pesar de las sombras, el resplandor de su navaja lanzó destellos por los rayos lunares.

—¡Me importa un carajo lo que haya visto o dejado de ver! —estalló Ropes furioso al tiempo que le bloqueba a Angus la entrada a la comisaría. Su gigantesca mole ocupó todo el marco de la puerta—. ¡No puede pasar! Ya nos han informado del incendio y… un momento… ¿¡Quién coño eres tú!?

—Menuda carencia de modales se gasta, caballerete…—comenzó Angus—. No soy nada más que un forastero de paso, qué…

—¿Un forastero? ¿En Innsmouth? ¿¡¡A estas horas de la madrugada!!?

Colin llegó a su lado. El coche de Liam aparcó ante la puerta de la comisaria.

—Sí, bueno… verá…

Angus no pudo decir nada. Angus no pudo hacer nada. Antes de que tuviera tiempo de armarse la escamosa zarpa de Elliot Ropes le agarró del cuello y lo izó dos palmos del suelo. Angus sintió como el aire se huía de sus pulmones, como su cuello crujía y cómo los duros dedos del innsmouita se hundían sin compasión en su garganta.

Angus dejó caer la funda del estoque.

Colin emergió desde las sombras, navaja en mano y hundió el filo del arma en el costado expuesto del monstruoso policía. Ropes lanzó un quejido, más de sorpresa que de dolor. Sin soltar a Angus del cuello lo desplazó hacia Colin, y usó al arquitecto como maza, aplastando a los dos Finns contra el marco de la puerta.

Liam había salido del coche, corría hacia ellos con la palanca en la mano. Tras él iba Jacob con una la escopeta desenfundada… la idea era no emprenderla a tiros para no llamar la atención, pero Jacob sabía que podía usar el arma de otras formas.

Angus cortó a Ropes con su estoque en el brazo que le estrangulaba, pero el monstruoso agente no dio muestras de quejarse. Colin le apuñaló en un muslo, sin causar ningún efecto, salvo un gruñido animal. Liam descargó su palanca sobre el policía, pero este hizo caso omiso al golpe.

Entonces Jacob le dio un culatazo en el brazo que sujetaba a Angus… y todos escucharon el crujido del hueso al romperse.

Elliot Ropes lanzó un aullido de dolor y liberó a Angus de su presa. Se vio rodeado y desarmado. Angus le aguijoneó en el otro brazo con su estoque, Colin le lanzó un cabezazo que le arrancó dos dientes. Desesperado, Ropes intentó huir, interpuso la puerta de la comisaría entre él y los Finns.

—¡Apartad! —ordenó Liam, que alzó la pierna y descargó una entrenada patada contra la puerta. Tal fue la violencia del golpe, que abrió la hoja de madera y empujó a Ropes que, debilitado por las heridas recibidas, trastabilló, perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre el suelo.

Todos escucharon la sequedad el golpe. Todos vieron la sangre, oscura, muy oscura, casi negra, ir formando un charco bajo la cabeza del monstruoso Elliot Ropes. Los cuatro Finns rodearon el gran cuerpo del agente y comprobaron que no se movía… y que su mirada se había perdido en el vacío.

O al menos eso pensaron.

—Creo que lo he matado —reconoció Liam.

Jacob ordenó a los Finns, incluyendo a Patry que se había mantenido bien apartada del combate cuerpo a cuerpo, que entrasen en la comisaría. Luego se asomó a la ventana, oteando la calle, buscando alguna pista que indicase que alguien hubiera sido testigo del asalto a la comisaría.

—Menuda escenita has montado, Angus —le recriminó Colin, mientras escuchaba crujir sus doloridas vértebras—. ¿Cómo te ha dado de repente por hacerte el héroe?

Angus intentó decir algo, pero casi no podía hablar de lo inflamada que estaba su garganta.

Patry lanzó un  rápido vistazo al interior del edificio. Un escritorio estropeado con un teléfono y frente a varias sillas, un par de archivadores, una vitrina en las que estaban expuestas las armas de los agentes de Innsmouth, un gancho del que colgaban un manojo de llaves ante la entrada a otra sala.

Antes de acercarse a por las llaves, y lamentándose en el fondo de no hacer gala de sus conocimientos en cerrajería, Patry se hizo con un revólver del calibre 38 y una cajetilla de munición. Angus se hizo con una escopeta corredera del calibre 12 y se dispuso a cargar el arma. Liam se acercó hasta el escritorio donde encontró una pareja de esposas. Apresó con ellas el cuerpo de Ropes.

—¿No está muerto?—preguntó Colin chequeando la armería. Había otra escopeta con la que solo haría mucho ruido, prefería su revólver, y munición para el calibre cuarenta y cinco, pero no una pistola de ese tipo.

—No me fío —confesó Liam.

Patry entró en la otra sala. Era la dependencia de  las celdas, cuatro estrechos habitáculos rodeados de barras de metal con una estera mohosa y un agujero infecto para hacer sus necesidades.

Y en una de las jaulas estaba Brian Burnham.

Y no estaba solo.