MdN: New York (30) Trajes de Alquiler

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Los Finns se reunieron en la habitación de Angus Lancaster, donde el arquitecto les esperaba junto al mejor sastre de la ciudad.

—Esta noche vamos a una fiesta de gala, muchachos —dijo Angus—. Y no vais a llegar a la fiesta oliendo a clase obrera. Diwert dispone de un amplio catálogo de esmóquines de alquiler y seguro que encuentra un par de modelitos para que Annie no parezca sacada de una biblioteca y Patry Nelly parezca… bueno, para que Nelly se parezca más a Patry y menos a Nelly.

Mientras les tomaban medidas y se probaban trajes, Greg Pendergast ojeaba por encima un periódico que había tomado de la recepción del Grand, el Pillar Riposte. En él, había un extenso artículo sobre la muerta de Jackson Elias a cargo de una tal Catherine Butchfiel, en la que la periodista afirmaba que el caso de Elias podía estar unido a ciertas muertes rituales ocurridas por todo Nueva York en los últimos meses y atacaba con dureza la inoperatividad del departamento de policía y su investigador a cargo, el Teniente Martin Poole.

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Angus, que no necesitaba ningún traje ya que disponía de una amplia colección de fracs, también aprovechó para leer el libro estrella de Jackson Elias, Los Hijos de la Muerte, quedando impresionado por la manera en la que Elias exponía sin miramientos las criminales costumbres de los Thug de la India. Mientras que Annie y Greg parecía que querían olvidarse de Jackson Elias, para no revivir su muerta, Angus cada vez se obsesionaba más con el escritor que habían asesinado de forma tan despreciable, y su instinto de justiciero rugía en sus entrañas, pugnando por salir.

El tal Diwert lo había conseguido. Greg disponía de un espléndido esmoquin que resaltaba su espigada figura. Liam, tan reconocible por sus quemaduras en cualquier lugar, lucía un buen traje con el que parecía un genuino chófer de la clase alta. Uno feo, pero chófer al fin y al cabo. Jacob y Thomas lucían el mismo traje que les daba el aspecto fiero de una pareja de guardaespaldas. Y Annie y Patry lucían dos hermosos vestidos, azul la morena, verde la pelirroja, con los que sin duda pasarían por chicas de la clase alta.

Colin se había mantenido al margen. Sabía que su nombre y su llamativo aspecto (bajito y pelirrojo) le habían puesto en el punto de mira de Erica Carlyle, por lo que había decidido mantenerse al margen de la fiesta. Se pasó la mañana a solas, desmontando, limpiando y engrasando la colección de armas de fuego de la que disponían los Finns.

Angus continuó mostrándose generoso pues, tras pagar la factura del sastre, invitó a los Finns a dar buena cuenta de unos suculentos filetes en un bistró cercano.

Tras una gran sobremesa, un paseo por Central Park y una pequeña siesta para reponer fuerzas, el sol comenzó a ponerse entre los rascacielos de Nueva York pero, antes de la fiesta debían visitar de nuevo la Casa del Ju-Ju, donde Angus y Patry participarían en ese numerito del Rito de Virilidad con el que podrían ver al Gran Mukunga y ver si se trataba del mismo hombre que Thomas, Colin y Liam vieron huir del Hotel Chelsea.

De ser así, Greg, Annie, Colin, Liam, Thomas y Jacob estarían en las inmediaciones de la casa del Ju-Ju, en el Packard Twin Six en cuyo maletero había guardado escopetas , pistolas y hasta el preciado bate de baseball de Greg por si tuviera que asaltar la tienda… cosa no muy recomendable vestidos con esos trajes alquilados.

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MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: New York (27) La Primera visita a la Casa del Ju-Ju

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Madame Nelly Loconnelle y Angus  Lancaster se presentaron voluntarios para investigar la Casa del Ju-Ju. Antes de tomar un taxi y atravesar la ciudad hasta la dirección que Nelly consiguió en el listín telefónico, Annie les informó que el término Ju-Ju era como los santeros de Nueva Orleans se referían al poder mágico. Existía buen Ju-Ju y mal Ju-Ju.

Aunque Angus y Patry iban en taxi, no iban a entrar en ese local, que a todos los Finns les olía mal  y del que Arthur Emerson les previno, sin protección. Greg Pendergast, Colin O’Bannon, Annie O’Carolan y Liam McMurdo les seguían a una distancia prudencial montados en el Packard Twin Six de Liam. Annie se sorprendió de que Liam no se perdiese en el aglomerado tráfico de la Gran Manzana, ni confundiera el yellow cab de sus amigos, con cualquiera de los muchos taxis que circulaban por las calles y avenidas.

—¿Están seguros de que quieren bajar aquí? —les previno el taxista a Angus y Patry cuando aparcó frente a un callejón de la calle 137—. No es un buen barrio.

—Descuide, socio —contestó Angus pagando su servicio con una generosa propina.

La dirección del local, Ramson Court 1, daba a un estrecho callejón que había entre una casa de empeños abandonada y un viejo edificio de apartamentos. Patry y Angus lanzaron un vistazo hacia el coche donde sus amigos les guardaban las espaldas antes de internarse en la calleja que desembocaba en un sucio patio. Allí se encontraron otra entrada de la casa de empeños, un bloque de edificios con ventanas tapiadas, puertas dilapidadas y pintura desconchada, un denso silencio y la Casa del Ju-Ju.

Patry atisbó a un vagabundo de piel morena, agazapado en una esquina, envuelto en mantas y trapos, y aferrado a una botella de licor barato, envuelta en una bolsa de papel marrón.

La fachada de la tienda era simple y poco llamativa. Una puerta de vidrio, cortinas verdes oscuras y sucias, el escaparate sucio de polvo, en el que había expuestos múltiples objetos de arte africanos.

Entraron. Una desafinada campanita sonó. La Casa del Ju-Ju era una habitación estrecha, sucia de polvo, atiborrada de material africano: cabezas de animales disecados, máscaras de brujería, bastones de mando decorados, penachos de plumas, lanzas y tambores tribales. El ambiente depresivo, triste. Tras un mostrador había un hombre, el dependiente del establecimiento, un anciano negro, con una corona de rizado pelo blanco que les miró sonriente tras sus finos anteojos

—¿Sí?

—Muy buenas tardes, caballero —saludó Angus, derrochando carisma.

—Saludos.

—Su acento es peculiar. Usted no es de aquí, ¿me equivoco?

—Por supuesto que no, señor. Soy keniata.

—Bueno… Verá… vengo buscando algo que me ayude con… mis problemas.

—¿Problemas?

—Sí —Angus confidente, se acercó hasta el dependiente antes de señalar a Patry que estaba planteándose robar algo de la tienda—, como verá me acompaña una auténtica belleza a la que… Cómo decirlo… no soy capaz de… satisfacer…

—Oooooooh —el encargado admiró a Patry antes de inclinarse sobre el mostrador y susurrar—. Entiendo, señor. Entiendo. Busca levantar su hombría. Eso ser caro, muy caro…

—El dinero no es un problema —contestó Angus al tiempo que se fijó en que el anciano negro llevaba una tira de cuero al cuello de la que colgaba una gruesa llave—, por ella haría lo que fuera.

—Oh, amor joven. Muy bonito. Darme segundo que ir al almacén a buscar remedios, ¿sí?

El anciano anadeó hasta otra cortina que hacía las veces de puerta con el almacén. Antes de entrar, lanzó una ardiente mirada tras el mostrador, tras lo cual, les dirigió una amplia sonrisa de piraña, forzada y artificial, que consiguió helarles la sangre.

Angus aprovechó para mirar tras el mostrador, pero sólo encontró una vieja y fea alfombrilla.

El dependiente volvió con tres botes de cristal.

—Le explicar —comenzó depositando en el mostrador cada bote, tras explicarlo—. Este ser Polvo de pezuñas de Antílope: efecto muy rápido, pero para poco tiempo. Este ser Polvo de Cuerno de Rinoceronte: el mejor, le vuelve a uno fuerte para embestidas. ¿Sí? Este ser Polvo de Colmillo de Elefante: como el elefante, es lento, pero incansable. Le recomiendo el Rinoceronte. Ser el mejor. Pero ser caro.

—¿Se podrían mezclar? Una cucharada de Antílope con Elefante y…

—No recomendar. Ser  peligro. Solo de uno. Recomendar Cuerno de Rinoceronte. Sólo treinta dólars.

—Me llevaré uno, por supuesto… pero…Verá, creo que voy a necesitar algo más… potente —Angus adoptó de nuevo ese tono confidente—. Creo que me han maldecido. Tuve una novia, una chica de Nueva Orleans que jugueteaba con la magia negra…

—Se llamaba Annie… esa perra —escupió Patry que jugaba con la lengua disecada de un león.

—Se que existen amuletos más allá de estos remedios —continuó Angus—. Amuletos mágicos y… entre usted y yo ¿Estas cosas funcionan?

—Por supuesto. Sí Of course, claro. Pero necesitar de alguien que conjuros bien al amuleto.

—¿Alguien como quién?

—Yo conocer un kuhani, muy poderoso… Un brujo hechicero, ¿sí? Pero sus servicios ser caros. Muchos dólars. Sí, de veras necesitar, yo poder llamar para que próxima luna llena el Gran Mukunga…

—No puedo estar tanto tiempo esperando… —le cortó Angus lamentándose de haberle interrumpido cuando hablaba de ese tal Mukunga—, verá necesito verle cuanto antes… y cómo le he dicho, el dinero no es un problema.

Angus depositó un reluciente billete de cien dólares en la mesa.

—Es muy precipitado —comenzó a excusarse el dependiente sin apartar la vista del dinero—,quizá podríamos esperar hasta la luna nueva…

Angus depositó dos billetes de cincuenta dólares. El dependiente dudaba, era mucho dinero.

—Lo necesito cuanto antes. Esta noche.

—Imposible.

Angus juntó trescientos dólares.

—Yo… de verás que querer pero, como muy pronto, el próximo día ser… el 17, el 17 de enero podría llamar al Gran Mukunga…

—El 17 no podemos cariño —le cortó Annie. Angus se volvió ofuscado, de nuevo interrumpían al viejo cuando hablaban del tal Mukunga—. La fiesta…

—¿Fiesta? ¿Qué mierda de fiest…? ¡Oooooh, claro!  La fiesta de Eric… ¡La fiesta! Sí, claro. Disculpe, buen hombre, pero tenemos un gran evento social la noche del 17 y nos sería imposible acudir…

—Bueno, pues razón mejor para dejar para más adelante. Cuando luna en mejor posición de cielo, quizá…

Angus soltó 50 dólares más.

—¿O podríamos quedar el 17 a las… seis de la tarde? —preguntó el anciano—. ¿Según se haya puesto el sol? Para gran ritual de fecundidad con el Gran Mukunga.

—Muchas gracias —agradeció de nuevo Angus, que apenas le quedaban veinte pavos en la cartera—. Se lo agradezco enormemente, señor…

—N’Kawe —contestó el anciano dándole la mano—. Silas N’Kawe.

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—Yo soy Lord Angus Stark  —mintió Angus como un bellaco.

Silas N’Kawe se giró hacia Patry y le tendió su nudosa mano.

—¿Y usted es?

—Lady Patricia Stark —contestó Madame Loconnelle.

Y un resplandor verde cegó momentáneamente a Angus. Fue un simple flash, un fulgor verdoso que le despistó durante un segundo… pero a Silas N’Kawe le afectó mucho más. El anciano había palidecido, le temblaban las piernas y se tambaleó antes de aferrarse al mostrador. Angus le agarró del brazo al tiempo que dirigía una feroz mirada a una sonriente Patry que escondía algo en su camisola roja de largas mangas.

—¿Se encuentra bien?

Silas N’Kawe no contestó. Su mirada estaba perdida en el vacío.

—¿Qué has hecho, Patry?

—Nada, cariño —contestó Nelly con los dientes apretados. Angus liberó a Silas y aferró a la rubia del antebrazo—. Sabré cosas de él, dentro de poco, cariño. Y ahora quita tus putas manos de encima.

—Lo siento… —se excusó Silas, caminando lentamente hacia el mostrador donde guardó el dinero de Angus en una pequeña caja de galletas— Tener kizunguzungu… Un mareo… Si no importar, yo… Voy cerrar tienda ahora. Querer tumbarme a descansar.

Siles N’Kawe le tendió una bolsa de papel marró en la que había guardado algo.

—Tome… Su polvo de Cuerno de Rinoceronte… Dos cucharadas en vaso de agua, media hora antes de… Y que pasen buena noche…

—Eso ni lo dudes, encanto —se despidió Nelly, dedicándole un pícaro guiño antes de salir de la Casa del Ju-Ju.

MdN: New York (24) ¿Pesadillas?

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

Angus se despertó gritando, empapado en un sudor frío y pegajoso. Le dolía la herida del costado y la boca le sabía a sangre. Greg, sentado en el incómodo camastro donde habían pasado la noche, levantó la vista de sus notas, preocupado.

—¿Pesadillas?

—Sí —reconoció Angus mientras se incorporaba en su camastro—. Contemplar a Jackson Elias destripado fue… Nadie debería morir así. Nadie. No es justo.

—Que concepto tan bonito —murmuró Greg mientras, lentamente, le daba una calada a un cigarrillo—. Pero la justicia está muy lejos de aquí, Angus.

Angus tanteó su bastón estoque, lo sacó un poco de su funda y contempló el color verdegris de su acero y negó con la cabeza.

—No creas, amigo. No lo creas.

—El veterinario nos traerá algo de comer en un rato—comentó Greg, cambiando de tema—. Mientras, he podido hacer un par de llamadas. La muerte de Elias es portada en varios periódicos por lo que la policía se pondrá a investigar en serio. El coche que Liam siguió ayer apareció en un descampado esta mañana. Lo habían robado el día antes. No tienen ni ideas, ni sospechosos.

—¿Deberíamos hacer una llamada anónima y darles la información del tipo del abrigo negro?

Greg se encogió de hombros.

—Dejamos los cadáveres de tres de los asesinos de Jackson Elias… Armados con machetes y garras de león… si no sacan alguna pista con eso, una llamada anónima no ayudará mucho —negó con la cabeza—. No, investiguemos un poco más. Por eso he llamado a Jonah Kengsinton, el editor de Elias… y el mío. Me ha reconocido algo que me estaba ocultando y es que hace un tiempo le llegó un paquete con las notas que Elias había ido tomando en referencia a esta investigación sobre la Expedición Carlyle. Algo tiene que haber ahí, porque esa investigación le ha costado la vida a Elias.

—¿Por qué nos ocultaba esa información?

—Ética —dijo entre calada y calada—. Elias y yo somos escritores y competidores ¿Y si le robo la idea? De no haber sido asesinado, Jonah no nos pasaría estos documentos. Ni de broma. Le he dicho que en cuanto los tenga salga de las oficinas de Prospero Press y que se esconda.

—¿Por qué?

—Cuando J.Edgar Hoover quiso encubrir el escándalo que iba a desatar mi libro me humilló y luego cargó contra Prospero Press… pero Jonah tiene nombre, es discreto y tiene buenos amigos. Pero los asesinos de Elias no son tan sutiles, no les importa la fama, ni las amistades. No creo que quieran dejar testigos.

Angus tosió y un latigazo de dolor subió desde las costillas. Se palpó la herida, pero el vendaje estaba limpio y prieto. Agradeció el vaso de agua que Greg le tendió.

—¿Y cómo vas a hacer para recogerlo? Tú no se, pero yo necesito otro día de descanso.

—Sí, sí. A mi tampoco me vendría mal, pero alguien tiene que…

La puerta del cuartito se abrió de improviso y la despampanante Madame Loconnelle hizo su entrada en escena.

—Salvadme —suplicó con voz dramática.

—¿Qué ocurre?

—Fui con Annie a Importaciones Emerson donde lo único que sacamos en claro es que Annie no sabe mentir y que el tal Silas N’Clane o McKawe o como se llame, trabaja en un sitio llamado la Casa del Ju-Ju… Y después, Annie me ha arrastrado a la Biblioteca de una universidad… Ha sido horrible, muchachos, horrible. Quería buscar información sobre un establecimiento público en la biblioteca, cuando yo he tardado cinco minutos en encontrar la dirección de ese sitio en una simple guía telefónica ¡Pero no ha terminado ahí! No. Se ha puesto a solicitar información sobre un libro que quería Jackson Elias, ha querido saber TODO sobre quién es el Dr. Anthony Cowles: sobre sus estudios, la beca que la universidad de Miskatonic le ha dado, que está divorciado, que tiene una hija y ¡bum! Resulta que han cambiado el día y la hora de la charla, y podremos asistir. ¡Yujuuuu! Y, para colmo, ha querido investigar sobre temas de antropología polinésica… antes de oír la jodida conferencia siquiera.

—Típico de Annie —comentó Greg sonriendo con nostalgia—, saberse la lección antes de que el maestro la impartiera.

—Greg, muchacho, a ti las mariposas te harán cosquillitas en el estómago en cuanto Annie abre esa boquita de piñón que tiene. Pero yo quería estrangularla. Literalmente. Con una cuerda de piano. Por favor, ¡es australiano! ¡Y antropólogo! ¿Qué hay de interesante en eso?

—¿Sabes lo qué es la antropología? —preguntó Angus.

—¡Pues claro que no! ¿Quién hay interesante que lo sepa?

Los chicos rieron. Angus se arrepintió en cuanto la herida comenzó a dolerle con cada espasmo involuntario.

—Así que has dejado a Annie en la biblioteca. Thomas, Jacob, Colin y Liam estarán descansado o vigilando el antro ese de Mabel la Gorda. No tienes nada que hacer, ¿verdad? —preguntó Greg.

—Había pensado en ir a mi piso y pintarme las uñas mientras me doy un baño de agua caliente a la luz de las velas… pero ya veo que venir a visitaros no ha sido lo más adecuado si quería un minuto de paz, ¿verdad?

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MdN: New York (23) Importaciones Emerson

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

—¿¡En un veterinario!?—preguntó Madame Loconnelle.

—Colin estará paranoico —continuó Annie O’Carolan—, más de lo que estaba antes, quiero decir… pero no le falta razón. Liam está metido en chanchullos muy raros. El caso es que nos vino bien. Greg y Angus han pasado la noche atendidos… como perros, pero atendidos.

Ambas cuchicheaban en la parte trasera del taxi que avanzaba a trompicones por los interminables atascos de la gran urbe neoyorquina, en dirección a Importaciones Emerson. Tras once escandalosos dólares de viaje, el coche amarillo las dejó en las inmediaciones del puerto, hasta un descuidado pero ordenado almacén.

Media docena de operarios movilizaban diversas mercancías hasta pequeños camiones de reparto. Los atareados hombres dirigieron a las mujeres unas libidinosas miradas, largos silbidos y algún divertido comentario fuera de tono. Mientras Annie ponía los ojos en blanco y Patry devolvía los piropos se encaminaban hacia la pequeña y atestada oficina, donde un cincuentón de aspecto cansado les dirigió una interrogadora mirada.

—Buenos días —saludó con voz profunda.

—Buenos días —intervino Annie—. ¿Es usted Silas McClane?

—Silas McClane. No, no… que vá. Aquí no hay ningún Silas McClane. Yo soy Arthur Emerson… el dueño.

—Oh… vaya… Es que, verá, veníamos buscando a Silas McClane por un paquete que le dejó Jackson Elias.

Arthur Emerson alzó sus pobladas cejas y se rascó su descuidada cabellera cana mientras paladeaba la información.

—¿Jackson Elias? No hay ningún paquete de… ¿Jackson Elias? Espere un segundo… Ese… Jackson Elias, sí, me suena ese nombre. ¿Ese tal Jackson Elias no es un periodista que vino ayer por aquí preguntando por uno de mis clientes? Sí, sí, ahora lo recuerdo. Pero no, no dejó ningún paquete.

—¡Vaya, por Dios! —exclamó Madame Loconnelle teatralmente—, ¡que contrariedad! ¡Y ahora que le diremos a los pequeños Angus y Greg!

Annie le dedicó una soslayada mirada de reprobación mientras intervenía.

—Es que, disculpe, señor Emerson, pero tenía un recado del señor Elias según el cual debía recoger en esta dirección un paquete que le había dejado un cliente suyo. Un tal Silas McClane.

Patry se apoyó sobre la mesa y resaltó sus encantos femeninos.

—Y necesitamos mucho ese paquete… Señor Emerson…

—Se-señoritas… yo… eh… nonono…—La mirada de Arthur Emerson bailó durante un segundo de más por encima del turgente pecho de Patry, pero el comerciante tragó saliva y mantuvo las formas—. No tengo muy claro quiénes son y qué quieren exactamente de mí… Ni tampoco tengo muy claro su objetivo aquí… ya que estoy bastante seguro de que no vienen a por ningún paquete.

Annie apartó a golpe de cadera a Patry y sacó la tarjeta que encontraron en la billetera de Jackson Elias. Leyó de nuevo el nombre escrito con una letra temblorosa e irregular en la parte de atrás escrito, y maldijo su bocaza…

—Verá somos hermanas…

—¿¡Hermanas!? —Annie le propinó un codazo a Patry.

— Hermanas y amigas del bueno de Jackson Elias. Nos dejó el recado de recoger un paquete de Silas… Silas N’Kawe. ¡No McClane! ¡Qué tonta he sido! Quería decir Silas N’Kawe.

— Y que lo digas —dijo Patry entre dientes sin dejar de lucir una gran sonrisa.

Emerson achinó los ojos, nada contento con la excusa que esa pareja tan dispar de hermanas le acababa de dar. Pero, fuera de sus sospechas, el encargado del almacén era un hombre íntegro.

—Señoritas, no se que se traerán entre manos el tal Elias y ustedes, pero les digo lo mismo que le dije al chupatintas. Manténgase alejados de la Casa del Ju-Ju y de esos negros. No se traen nada bueno.

Annie y Patry se miraron de reojo antes de volver a prestar toda su atención sobre Arthur Emerson.

—¿Negros?

—¿¡Jackson tenía tratos con negros!? ¿¡Adónde vamos a llegar!? —El comentario vino acompañado de otro certero codazo de Annie a las costillas de Patry.

—No—contestó secamente Emerson—. Elias vino preguntando por Silas N’Kawe, el dueño de la Casa del Ju-Ju. Y le dije que se mantuviera alejado de esa gente.

—No va a darnos la dirección de la Casa de Ju-Ju, ¿verdad? —gruñó Patry con el tono de voz frío como un témpano.

—¿No me han oído? Esa gente cumple con sus facturas y, como soy un profesional, cumplo con sus pedidos. Pero el día que tenga la más mínima excusa, dejo de trabajar para esa gentuza. ¡Claro que no les voy a facilitar esa dirección! Y si son señoras de bien…

—Señoritas —siseó Annie en un impulso.

—… ¡deberían mantenerse muy alejados de esa gente! —El rostro de Emerson estaba rojo y su paciencia agotada.

Annie y Patry se recompusieron. Sonrieron con candor y le dedicaron un encantador saludo de despedida.

—Le dejamos en la virtud y la gracia del Señor —se despidió Patry con voz en falsete.

—Sí… Eso… Muchas gracias, señor Emerson.

arthur-emerson

Arthur Emerson contempló cómo la dispar pareja de hermanas se alejaban discutiendo de su almacén y volvió a sus facturas, pedidos y aranceles cuando su vista recayó sobre el periódico que había sobre la mesa del despacho. El titular informaba con letras enormes sobre un brutal asesinato en el Hotel Chelsea.

Entonces, Emerson cogió el teléfono y llamó a la policía.