MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: Nueva York(1) Llaman a Annie

 

Annie O'Carolan

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

Ring-Ring

Ring-Ring

El teléfono sonaba.

Ring-Ring

Ring-Ring

Annie O´Carolan levantó la vista de los documentos que tenía perfectamente colocados sobre su mesa de trabajo. Cerró los ojos y se masajeó las sienes.

Ring-Ring

Se levantó a disgusto de su butaca, salió de la habitación y paseó por el pasillo en penumbras, sorteando pilas de libros que llenaban el apartamento, hasta alcanzar el ruidoso aparato.

Ring-R…

— ¿Annie?

—¿Sí?

—Soy Greg.

Annie entrecerró los ojos. En su cabeza las retorcidas formas de los glifos de R’lyeh bailaron durante unas décimas de segundo envueltas en una oscuridad insondable.

—Hola —dijo lacónicamente.

—Hola —contestó Greg—. ¿Te ha llegado un telegrama?

Annie meditó. Dirigió su vista hacia la bandeja de plata atestada de cartas. Muchas sin abrir. Pero recordaba el telegrama. El sobre estaba abierto y el mensaje de Jackson Elias emergió entre las mareas de la memoria.

—¿Eras tú ese Greg?

—¿C-Cómo qué… ese Greg?

A kilómetros de distancia, Greg Pendergast abrió mucho los ojos.

—Annie. Soy yo, Greg. Greg Pendergast. De los Finns.

—Sí, claro —espetó Annie—. Es que… no sabía que tenías… trato con Jackson Elias.

—Sí, claro, bueno… Nos llevamos bien… Confraternización laboral, ya me entiendes.

—No, lo cierto es que no.

Greg tomó aire. De la Annie tímida de su infancia, a la depredadora intelectual que se encontró en su aventura en Innsmouth había mucha diferencia… Sin embargo, la persona con la que estaba hablando por teléfono tampoco era esa mujer. Estaba ausente, distante, ajena.

—Él escribe, yo escribo. No le des muchas vueltas, que tampoco hay mucho más.

—No te he pedido explicaciones.

—Ya… yo… Bueno… —Greg optó por otra línea de diálogo—. Perdona estoy un poco nervioso, su mensaje era bastante críptico. Preocupante. ¿Sabes algo de él?

—A Jackson Elias le gusta investigar lo macabro. Lo que no debe ser investigado. Me imagino que algo se le habrá complicado.

—Vale… ¿Hacemos algo? ¿No hacemos nada?

—Claro… —Annie se rascó la cabeza. Su pelo estaba sucio, enmarañado. ¿Cuánto llevaba sin bañarse? ¿Y sin comer? ¿Cuánto tiempo llevaba estudiando los libros? De repente se percató del olor que imperaba en su apartamento. Una pila de platos sin limpiar. Ropa sin lavar. Basura que debía tirar. Debería airear las habitaciones y salir a la calle a que le diera el sol.

—¿… los Finns?

—¿Qué? —Annie volvió a la conversación—. Sí, claro. Reunir un grupo de investigadores. El mensaje de Jackson. Que avisemos a los Finns. ¿Quieres que les avise yo?

—Qué te parece si llamas a uno. Yo llamo al resto.

Annie estaba distraída. Y rara. Quizá no fuera a llamar a nadie, así que Greg decidió ocuparse él mismo de avisar a los Finns.

Si los encontraba.

—Supongo que  podría llamar a Patry —convino Annie—. ¡Y a Angus, que demonios!

—De acuerdo. Vale. Yo llamaré a Liam y a Colin. Y que estos llamen al resto.

—Como quieras —Annie estuvo tentada de colgar.

—Bien… Deberíamos acordar un día, una hora y un lugar para reunirnos.

—Sí. Estaría bien. ¿En Nueva York?

—Estupendo. Quedamos el mismo quince de enero…

—No —cortó Annie—. Debemos quedar antes. Así tendremos tiempo para investigar sobre esa Expedición de la que se informaba Elias. La Expedición Carlyle.

—Sí —Greg percibió que al otro lado del teléfono Annie parecía volver a ser ella. Intentó tirar del hilo—. Recuerdo que fue una expedición que acabó en desastre hace unos diez años.

—Claro que acabó en desastre —dijo Annie—. Una expedición en Egipto cuyos miembros fueron asesinados por nativos africanos durante una especie de safari en Kenia. Eso es un desastre.

Greg tomó aire. Annie tenía razón, como siempre, pero él no se había recordado de tantos detalles.

—¿Quedamos el doce de enero? ¿A las doce horas? —preguntó Greg. Eran fechas fáciles de recordar, incluso una mente tan dispersa como la de Annie…

—Bien, seguro que los borricos de Liam y Jacob no se olvidan de algo así —siseó Annie mirándose en un espejo. Estaba pálida y ojerosa.  Debería pasarse por una peluquería antes de salir de viaje —Me alojaré en el Grand. Díselo a estos. Se lo podrán permitir. Casi todos. ¿Conoces alguna buena cafetería donde reunirnos?

—El Central Perk, cerca de…

—Central Park, imagino —. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de la cazadora de libros y su mirada corrió hacia el grueso libro que reposaba sobre su escritorio, iluminado por un quinqué. Los dibujos que había estado copiando del manuscrito le miraban. Le llamaban. —Doce de Enero. Doce horas. Central Perk Café. Avisaré a Angus y a Patry. Nos vemos, Greg Pendergast.

Greg iba a decir algo más. Quizá a despedirse, pero Annie colgó el teléfono. Se levantó y caminó hacia su butacón. Hacia los libros. Sus libros. Se paró en seco en medio del pasillo, apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas y respiró hondo. Rechinó los dientes.

—Maldita sea, Annie —dijo antes de volver hasta el teléfono.

Una operadora localizó el teléfono de Angus, pero este no estaba en su mansión. Típico de Angus. El mayordomo británico del señor Lancaster tomó el recado.

Annie colgó y su mirada vagó hasta el escritorio. Hasta los libros. Hasta los dibujos de estrellas de cinco puntas con una llama en el centro. Annie se levantó, caminó con paso decidido hasta la mesa.

—Fthang! —escupió. Como un insulto.

Y de un golpe seco, cerró el Chaat Aquadingen.

La Redada (22) El Cantar de Madre Hidra

Comandante Robert Harrow (HERIDO)

Teniente Comandante Baird                      –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos) (MUERTO)                    –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)                    –              Garrido2

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50) (MUERTO)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán) (MUERTO)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)        –              Soler2

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East (ABATIDO)

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

Todo el mundo en ese submarino se había vuelto loco, menos Annie O’Carolan.

O eso pensaba Annie al tiempo que se arrimaba todo lo que podía a la tubería a la que el suboficial médico Devore le había “esposado”.

El horrible canto de Hidra lo llenaba todo mientras los enajenados marineros se dejaban llevar por monstruosos instintos animales.

En la sala de máquinas, el Suboficial de 2ª Burnes aulló de frustración cuando los cuatro hombres a su cargo se armaron de llaves inglesas y palancas, y comenzaron a golpear con saña los motores y turbinas del submarino.

El Inconsciente comandante Harrow estaba encerrado en su camarote pero un grupo de dementes marineros había comenzado a embestir la portezuela de su habitáculo.

En las zonas comunes, los marinos babeaban y aullaban mientras rodeaban al cuerdo suboficial de 3ª Thommy Malone quien desenfundó su automática del 45 intentando proteger el armarito que había a su espalda, donde se guardaban los rifles y las pistolas del submarino.

En la sala de control, los hipnotizados se arrojaron sobre el teniente comandante Baird. Uno le agarró del brazo, otro de la pierna, y otro le saltó a la espalda e intentó arrancarle una oreja de un mordisco. Danny Boy, el timonel, observó aterrado como su compañero, el marinero encargado del control de profundidad, empujaba las palancas para descender aún más allá de los 60metros a los que el S19 había llegado.

En la sala de torpedos, los marinos que habían acudido en apoyo del suboficial Dela Poer, se armaron con lo que pudieron para golpear inmediatamente a los torpedos, ante la atónita mirada del contramaestre.

La primera reacción de Annie fue buscar la pistola que Devore había guardado en su gabardina… pero recordó el efecto de la bala disparada por el enajenado marinero East. El plomo ardiente desplazándose a lo loco por todo el interior del submarino, destrozando paneles de control e impactando a vete a saber quién… por no mencionar que estaba esa letanía, ese cantar aberrante que llenaba todo el submarino y que Annie sabía que era producto de alguna de las entidades de los mitos.

Era el cantar de Madre Hidra lo que estaba volviendo locos a los hombres. Era magia y la pistola no resolvería esa situación.

Una figura atravesó la sala de control y se cernió sobre ella.

Annie contuvo el grito, dejo de fingir que estaba esposada y se llevó las manos a la pistola, al tiempo que el desconocido se le echaba encima.

―¡El gramófono! ―le gritó el suboficial médico Devore al tiempo que llegaba junto a ella.

Annie soltó aire, dejó la pistola en el bolsillo y al instante abrió mucho los ojos…

El gramófono que Devore había conectado al inicio de la misión por orden de Harrow, aquel con esa canción militar, cuyo sonido había animado a los marineros del S-boat.

―Me ha leído usted la mente, señor Devore ―reconoció Annie, al tiempo que agarraba al suboficial médico del brazo y corrían hacia la sala común donde estaba el gramófono.

El suboficial Acker dejó el puesto del sónar, lanzándose sobre uno de los marineros que forcejeaban con el iracundo teniente Baird que no paraba de aullar órdenes.

Danny Boy soltó el timón y comenzó a golpear infructuosamente a su compañero para que dejase de hundir el submarino.

63 metros.

La carrera de Annie y Devore se frenó cuando se encontraron con dos marineros que bloqueaban el estrecho pasillo, y cuya mirada muerta no vaticinaba nada bueno. Tras ellos, el marinero Fulci había llegado a la sala común, a tiempo de ver el disparo que efectuó el suboficial Thommy Malone contra uno de los dementes que le atacaban. El hombre cayó de rodillas, pero el resto de enajenados pasó sobre él y se cernieron, todo uñas y dientes, sobre el oficial. Aterrado, Fulci agarró una llave inglesa y corrió hasta los marineros, barbotando insultos en italiano y, de un acertado golpe, le abrió la cabeza al más cercano.

Uno de los marineros hundió sus pulgares en los ojos del suboficial Malone. Otro comenzó a  tironear de su brazo hasta arrancarlo de cuajo.

Un tercero se hizo con la pistola.

Y el ulular de Hidra continuaba sonando.

66 metros.

Chorros de agua y gas emergían de las turbinas. Los engranajes chillaron cuando un marinero metió su brazo entre la maquinaria, interrumpiendo su funcionamiento y perdiendo su extremidad. Burnes no podía detenerlos a todos mientras destrozaban su submarino, sus motores, su niño. Comenzó a lanzar golpes a lo loco con una gigantesca llave inglesa.

Los marineros que estaban ante Devore y Annie se arrojaron sobre ellos. El suboficial médico apartó a la cazadora de libros y se enzarzó en una sucia pelea con ambos marinos, permitiendo que Annie pasase, a trancas y a barrancas, por el estrecho pasillo para llegar hasta donde el gramófono la esperaba, ajeno al despedazamiento del oficial Malone.

El marinero loco armado con la pistola se volteó hacia Annie. Sostenía el arma con dos manos temblorosas y  sonrió mientras le apuntaba, pero la centelleante llave inglesa de Fulci cayó sobre sus muñecas y le desarmó.

―¿¡Ma que cosa facere usted acuí, signorita!? ―espetó Fulci, décimas antes de aporrearle la cara al marinero, saltándole los dientes.

Acker le descargó un fiero puñetazo a uno de los hombres que atacaban al teniente comandante Baird y lo derribó. Danny Boy continuó intentando apartar a su compañero del control de la profundidad.

Desde la cabina de torpedos comenzaron a llegar los disparos que efectuaba el hierático oficial Dela Poer sobre sus hombres. Dela Poer puso la pistola en la nuca de uno de los marineros y le voló la cabeza. Se giró a otro y lo ejecutó. Sin parpadear, sin mediar palabra.

69metros.

El canto de Hidra continuaba sonando.

La maquinaria chillaba de dolor.

La puerta del comandante Harrow crujió ante las embestidas de los enajenados.

Uno de los marineros agarró a Devore del cuello y comenzó a estrangularle.

Annie intentó poner el disco del gramófono pero el submarino se sacudió violentamente cuando los motores se detuvieron, y el vinilo se escurrió entre sus manos. Fulci se posicionó ante Annie y comenzó a trazar arcos con su llave inglesa, tratando de contener a los marineros que les rodeaban.

Dos marineros abrieron el armario de los fusiles.

Con la ayuda de Acker el teniente comandante Baird se zafó de uno de los hombres que le apresaba, sacó su automática del 45 y le apuntó.

Dela Poer le voló la cabeza al último miembro de la tripulación que estaba golpeando los torpedos.

72 metros

Annie agarró el vinilo. Dejó salir el aire que retenía en sus pulmones. Cerró los ojos.

No estaba en ese chirriante submarino, a punto de morir aplastada por la presión del mar, asesinada por una horda de marineros enajenados. Fulci no estaba lanzando golpes con esa herramienta salpicada de sangre y sesos para protegerla. Devore no estaba siendo estrangulado. Baird no iba a matar a uno de sus hombres. Acker y Danny Boy no estaban agrediendo a sus compañeros. Dela Poer no había ejecutado hasta el último de sus hombres. Barnes no estaba llorando de dolor porque los marineros a su cargo golpeaban su preciada nave.

No.

Annie estaba en su departamento de Nueva Orleans, ante su gramófono, dispuesta a poner un vinilo de música clásica, que escuchar mientras continuaba trabajando la traducción del Chaat Aquadingen. El Chaat, el libro le estaba esperando en casa, deseando ser estudiado, deseando ser traducido, deseando mostrar sus secretos. Y Annie iba a hacerlo.

Annie puso el disco en el plato giratorio, deslizó con tranquilidad el brazo por encima y apoyó con mimo la aguja en el vinilo.

“Its a Long Way to Tipperary”

En cuanto los primeros acordes de “Its a Long Way to Tipperary” sonaron el mundo se detuvo. El cántico de Hidra enmudeció. Los hipnotizados se quedaron durante unos segundos rígidos, inmóviles… Comenzaron a parpadear, a despertar, descubriendo que habían estado combatiendo, que tenían las manos ensangrentadas, algunos tenía la boca llena de sangre o carne, estaban heridos, muriéndose quizá.

75 metros.

El casco crujía y en algunas partes comenzó a combarse. Chorros de agua, goteras y pequeñas cataratas emergían por doquier. Algún remache salió volando, rebotando por el interior. Comenzaron pequeños incendios y estallidos de chispazos.

El teniente Comandante Franklin Baird se giró al hombre que casi le había arrancado una oreja de un mordisco.

―¿Esta bien? ―le preguntó con voz grave.

El marinero parpadeó, aletargado, y asintió levemente con la cabeza.

Y Baird le descargó un salvaje puñetazo en la cara con la culata de la pistola y le dejó inconsciente. Hizo crujir su cuello antes de agarrar la bocina con la que podía comunicarse con todo el submarino.

―¡Todo el mundo a sus puestos! ―ladró por el altavoz.

Y entonces se fue la luz.

Hubo un segundo de silencio, en la más absoluta oscuridad, en la que todos los tripulantes del S-boat escucharon su respiración y el rechinar de metal, hundiéndose cada vez más en las aguas de la costa de Innsmouth.

―¡Informe de daños! ―rugió Baird, desde todas partes. Parecía la voz de un dios malvado y vengativo.

Mientras las linternas comenzaban a encender, el ingeniero jefe Burnes contestó.

― Sistemas eléctricos dañados. No hay renovación de aire y la nave no tiene energía. Los motores no funcionan y ¡vamos a descender aún más!

78 metros.

―Necesito que alguien accione los alternadores del cuarto de baterías ―continuó Burnes―. Yo me encargaré del desastre que hay en la sala de máquinas… el resto es cosa suya, señor.

―Acker informe del sónar. Danny Boy  suelte lastre y timón a cuarenta y cinco grados ascendentes.

Acker arrojó los cascos antes de ponérselos.

―El sónar está como loco… es como si algo golpease incesantemente al submarino.

―Son esos monstruos ―murmuró un marinero.

Devore se volvió hacia el marinero.

―Tranquilícese, esas cosas no…

― ¡Los Monstruos! ―chilló otro marinero que cayó de rodillas―. ¡Los Monstruos intentan entrar! ¡Intentan entrar!

―Devore, controle la histeria.

―¡Eso trato de hacer, teniente Baird!

Pero antes de que  el suboficial médico pudiera tratar a alguno de los marineros, Annie le agarró del antebrazo. Ambos observaban la pared a la que señalaba el marinero histérico y, para su espanto, comprobaron como la superficie metálica comenzó a desdibujarse, a transparentarse… hasta que una zarpa anfibia golpeó la pared.

Poco a poco, todas las paredes del submarino comenzaron a perder consistencia. Todos pudieron observar el fondo marino a través de una veintena de profundos que rodeaban el submarino, golpeándolo con sus garras…

Pero no sólo eso.

En el suelo del fondo marino se apreciaba un fulgor verdoso y nocivo que emergía de cientos de columnas de piedra negra que daban forma a la ciudad submarina de Y’ha-Nthlei.

Enormes construcciones hechas de piedra y coral, con ventanas que despedían una fría luz que atravesaba a los profundos que se agarran al submarino, como si fueran rayos X, mostrando sus esqueletos, espinas y vísceras bajo la piel escamosa. Era un espectáculo asombroso y terrible.

Contemplaron cómo decenas, cientos, miles de profundos nadaban por sus oscuras aguas, al parecer huyendo de la blasfema Atlántida. Había profundos enormes, mucho más grandes que los horrores que Annie había visto en Innsmouth o que se aferraban al sumergible. Había criaturas cefalópodas inimaginables, Horrores de las Profundidades… y hasta un gigantesco profundo, que ululaba un canturreo que había enloquecido a los hombres del S-boat y que ahora servía para favorecer el desalojo de su progenie… se trataba de Madre Hydra, reina de los profundos.

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Madre Hidra (aunque en la ilustración es “Dagon y el Monolito”, de Mark Foster) 

Muchos marineros entraron shock o enloquecieron. El hombre que estaba ante Annie y Devore intentó huir del submarino a través de la pared invisible del sumergible, y comenzó a  golpearse, una y otra vez, la cabeza contra el metal. Otro se destrozó los puños al golpear el acero, pensando que peleaba contra los monstruos del otro lado. El marinero que había matado al oficial Malone tomó la pistola de este, se la metió en la boca y se pegó un tiro.

Mientras la locura seguía adueñándose de las almas de los marineros del S-boat, algunos de sus valientes hombres se enfrentaban a la maquinaria para devolverle la vida al sumergible e intentar escapar de esa pesadilla submarina. El suboficial Burnes puso firmes a su escuadra y consiguió reparar los dañados motores y todos escucharon como las turbinas volvían a rugir.

El teniente comandante Baird ordenó a Fulci y al suboficial Acker correr hacia la sala de baterías donde, a la luz del farol que llevaba el italoamericano, hicieron funcionar los alternadores, devolviendo la electricidad al submarino.

―Timonel ―ordenó Baird, mientras señalaba hacia la ciudad ―. Vire hacia… Eso…

―¿Estará de broma, no señor?

―¡En absoluto! Nuestra misión es torpedear ese emplazamiento y es prescisam…  ¿Timonel? ¿¡Timonel a dónde demonios va!?

―¡Me largo de aquí! ―chilló Danny Boy histérico―. No pretendo quedarme a…

Annie zancadilleó al joven timonel que dio con sus huesos contra el duro suelo de metal del submarino. Baird le dedicó una torcida sonrisa antes de colocarse ante el timón.

―¡Sala de torpedos!

―Sí, señor ―contesto presto Dela Poer.

―¡Prepare los torpedos uno y dos!

―Están listos, señor.

―¡Pues abra fuego, maldición! ¡Que no quede nada!

Todos pudieron ver cómo los torpedos atravesaban el agua hacia la ciudad sumergida e impactaban de lleno en una gran cúpula de coral, que explotó en un aluvión de burbujas.

―¡Dela Poer, quiero seis o siete como esos! ―ordenó Baird, consiguiendo que el destrozado submarino ascendiera levemente.

―Estoy solo, señor ―contestó Dela Poer.

―Muy bien. Acker y Fulci, cuando terminen en la sala de baterías apoyen a Dela Poer ―el teniente comandante se volvió hacia Annie―. ¿Asesor Civil, podría ayudarnos a destruir esa ciudad submarina llena de monstruos?

―A sus órdenes ―respondió Annie, al tiempo que corría por el submarino hasta la sala de torpedos.

Junto a la ayuda de Roy Acker, Fulci y el suboficial Dela Poer, cargaron cuatro torpedos que detonaron cada uno 2254kg de dinamita sobre las torres submarinas de piedra negra, las pasarelas de coral y las estatuas a deidades obscenas de la ciudad hundida de Y’ha Nthlei, destruyéndola por completo y asesinando a gran cantidad de profundos y demás progenie escamosa de Dagon e Hidra.

―Señores ―dijo la voz del teniente Baird por el sistema de comunicación de la nave―, misión cumplida. No íbamos a fallar.

Annie puso los ojos en blanco y decidió morderse la lengua.

El submarino volvió a duras penas hasta la superficie.  Estaba lleno de brechas, medio inundado y no paraban de surgir nuevos incendios, por lo que el teniente comandante ordenó la evacuación del submarino, tras solicitar ayuda por radio.

La patrullera Spectre, capitaneada por Jhon “El Jefe” Wallis, apareció a los pocos segundos e hizo un barrido de ametralladoras a la desastrada cubierta para poner en fuga a los vengativos profundos que aún se agarraban al S19. El barco se acercó y, tras unos largos y tensos minutos, toda la tripulación que había sobrevivido a la experiencia submarina, subió a la patrullera.

Annie O’Carolan, tiritando y envuelta en una manta, observó como el S-boat se hundía, mientras se prometía a si misma, no volverse a meter en un sumergible en su vida.

La Redada (14) Traición en las Profundidades

SUBMARINO

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

Un denso silencio se adueñó de la cabina de mando, sólo roto por el siseo de las tuberías dañadas, chorros de agua y gotas cayendo. Los ojos enloquecidos del marinero, Herbert East, corrían frenéticos de un extremo a otro. Parecía como si fueran a salírsele de las órbitas. El sudor le caía a chorros por la cara. Apretó el cañón del arma contra la nuca del Comandante Harrow

―¡Marinero! ―gritó el contramaestre DelaPoer, señalando al soldado―. Baje esa maldita pistola.

―Con el debido respeto, pero que le follen, señor ―gruñó East, hincando más la pistola en la nuca del comandante―. O subimos a la superficie o le pego un tiro…

―Iba a ordenar que subiéramos a superficie…―comenzó Harrow.

―¡No mienta! ―chilló East, frenético―. ¡Nos van a matar! Monstruos marinos capaces de abrir este submarino como si fuera una lata de sardinas… ¡y le disparan torpedos a bocajarro!… ¡Los van a enfadar!

Herbert East balbuceaba, histérico con la boca llena de espuma. Annie O’Carolan asistía paralizada a la escena, sabiendo que ese hombre estaba tan fuera de sí que pretendía matar al comandante de todas formas. El oficial medico Devore percibió lo mismo y se adelantó a la investigadora, protegiéndola con su cuerpo mientras intentaba llamar la atención del marinero desquiciado.

―Herbert… Herb, mírame. Soy yo, Devore.

―No se acerque, señor, no se acerque o mataré al capitán.

―Ni tú, ni yo queremos que pase eso, Herbert. Quiero hablar. Negociar. El capitán ha dicho que vamos a subir a superficie.

―Pero luego querrá bajar otra vez. Yo no quiero bajar. Estas aguas están llenas de monstruos―El contramaestre De LaPoer miraba a Annie, cuando la investigadora le miró a los ojos pudo leer sus labios: “Qui-te-le la pis-tola”

Annie se quedó lívida. No se veía capaz de asaltar a ese individuo y lanzarse sobre su arma. Pero cerca de la investigadora estaba el técnico de sonar Roy Acker. También miraba al contramaestre y creyó que la orden estaba dirigida a él. Asintió con marcialidad, mientras pequeñas gotas de sudor se formaban sobre sus patillas. Dejó los cascos sobre la mesa y en un rápido gesto se lanzó sobre el marinero East y empujó la mano armada hacia el techo.

La pistola se disparó.

Mientras East y Acker forcejeaba hubo un grito, un cuerpo cayó inerte y varios hombres se arrojaron al suelo mientras la bala chocaba contra el techo, salía despedida contra una tubería, golpeaba en una pared y acababa impactando al contramaestre DelaPoer en el costado izquierdo.

El teniente comandante Baird se adelantó al resto de la tripulación y descargó un directo a la mandíbula de East, mientras Acker conseguía que el arma continuara apuntando al techo. Devore le asaltó desde atrás. Placó con eficiencia al marinero East, estampando su cara contra el duro suelo de metal inundado al menos por un dedo en agua marina. El desquiciado marinero tardó apenas unos segundos en estar inmovilizado, apresado por el oficial médico.

―¡Il nostro comandante está incoeccente, señor! ―informó el marinero Fulci.

―Si alguien esposa a este tarugo, trataré de atenderlo ―dijo Devore mientras Acker y el suboficial de 1ª Murphy se abalanzaban sobre el marinero East.

―Las esposas las tiene el contramaestre DelaPoer, señor. ¡Y está herido!

―Tomen las malditas esposas ―escupió DelaPoer junto a una lluvia de sangre.

―¡Orden! ―irrumpió el teniente comandante Baird―¡Soy el segundo al mando y tomo el mando de la misión! ¡Murphy! espose al marinero East y métalo en el calabozo  ¡Devore! atienda al comandante Harrow ¡Fulci! lleve al contramaestre hasta la enfermería y taponen esa herida, hasta que la atienda el señor Devore.

―¿Qué coño está pasando en el puente de mando? ―ladró el teniente Hyde desde la sala de torpedos― ¿Y dónde está Devore? ¡Tenemos un maldito herido!

―Órdenes, señor ―pidió la mecánica voz del suboficial Burnes en la sala de máquina.

―Il contramaestre también está incoeccente, señor.

Murphy esposó con brusquedad a East, que estaba catatónico, mirando al vacío mientras murmuraba incoherencias. Devore tanteaba con cuidado la cabeza del comandante Harrow.

―Está vivo, pero inconsciente ―informó― Puede que la bala le rozase o el cañón del arma al disparar le golpease. Hasta puede que se hiriera la cabeza al caer al suelo… Puede estar así horas.

Baird se lanzó sobre el interfono.

―Tripulación, soy el teniente comandante Baird. Debido a una indisposición del comandante Harrow, tomo el mando de esta nave. Señor Hyde, aquí tenemos dos heridos, Devore acudirá a la sala de torpedos cuando pueda. Señor Burnes, a toda máquina ―el teniente comandante se volvió hacia el timonel― ponemos rumbo a la superficie… cómo quería ese deshecho.

―Enhorabuena, teniente Baird ―le felicitó Murphy con sorna, mientras recogía la pistola de las manos de Acker―. Ahora es comandante.

―Menos chanzas, Murphy ―espetó Baird―. A superficie, quiero un informe de daños de todos los compartimentos de la nave.

Con la ayuda de Annie, Devore consiguió frenar la hemorragia de DelaPoer, y después de atender al marinero herido en la sala de torpedos, el teniente comandante Baird la cogió del antebrazo.

―Venga, conmigo.

Devore les siguió.

―¿Adónde va, señor Devore?

―El comandante me ordenó que no me separase de la ACE, señor.

― Suba con nosotros entonces ―asintió Baird.

El suboficial de 1ª Murphy les precedió, subiendo a la torreta, donde le esperaba su ametralladora del calibre 50. Una vez afuera, Annie, Devore, Baird y Murphy asistieron al espectáculo que les deparaba el amanecer de Innsmouth: se apreciaban varios incendios en la ciudad y los estampidos de las ametralladoras del guardacostas Urania y las patrulleras les hicieron volver la vista hacia una masa de tentáculos, garras y alas, que flotaba en medio de una mancha de fluido grasiento.

―Pero ¿qué cojones es eso? ―rugió Murphy al tiempo que le apuntaba con la ametralladora.

―Es parte de la progenie de Cthulhu ―susurró Annie. Había visto imágenes de esos engendros pero eran ambiguas. En el Chaat Aquadingen tenían un nombre y un conjuro para invocarlas… un conjuro escrito con esos glifos que le asaltaban en pesadillas durante la madrugada.

―¿En cristiano? ―se mofó Murphy.

―¿Esta historia de sirenas y krakens no la conocía, verdad? ―preguntó la cazadora de libros― Es un monstruo submarino, caballeros. Uno de esos monstruos de los que intentaba preve… nirles.

Sin previo aviso, el agua comenzó a hervir y, antes de que pudieran hacer nada, docenas de formas oscuras y empapadas, enormes profundos de largos dientes blancos, ojos amarillos y garras negras, emergieron alrededor del submarino, trepando por el casco.

―Los has invocado tú, ¿no zorra? ―mugió Murphy, que clavó en Annie una mirada desquiciada y rabiosa, al tiempo que alzaba su brazo, grande como un martillo pilón sobre la investigadora.

El violento puñetazo se encontró con el oficial médico Devore en medio, que se interpuso entre Annie y Murphy recibiendo el impacto del golpe. Su nariz estalló, sangrando profusamente, los labios abiertos, dos dientes rotos. Devore se vino encima de Annie que sacó la Colt del 45 por debajo de la axila de Devore, encañonó al suboficial Murphy, y le pegó un tiro.

La bala impactó en el muslo de Murphy, atravesó su pierna y comenzó a sangrar a chorros.

―¡Esta perra traidora los atrae! ―aulló Murphy, señalándola con un dedo acusar. En ese instante a la espalda de Murphy, un profundo se encaramó a la torreta.

Alertado por el disparo, el marinero Fulci subió por la escalerilla y asomó la cabeza, a tiempo de ver como las zarpas del profundo se hincaban bajo la mandíbula del oficial de primera Murphy, tironeando con saña hacia arriba, hasta que le arrancó la cabeza. La sangre les salpicó a todos.

―¡Todos dentro de la nave! ―ordenó el teniente comandante Baird disparando con su pistola sobre la criatura. Devore arrastró a Annie adentro del submarino, al tiempo que Fulci, empapado en la sangre de Muprhy se deslizaba por la escalerilla.

Baird bajó el último, disparando a ciegas contra el enjambre de criaturas que se cernía sobre él. Consiguió cerrar el submarino antes de volver a la cabina de mando, donde se encaró con el oficial médico.

―¡Devore! Cómo bien me recordó, ¡la ACE es su responsabilidad! ―El teniente comandante Baird le dedicó a Annie una fría mirada―. Y ya hemos perdido un hombre por su culpa.

―¿¡Disculpa!? ―estalló Annie―. ¡Ese bastardo me atacó!

―Desármela ―continuó Baird ignorando a Annie―. Y espósela a una tubería. No quiero que cause más problemas.

―¡Pero…!

―Ha matado a uno de mis hombres ―siseó Baird, sin mirarla― Será juzgada cuando volvamos a puerto.

―A sus órdenes, señor ―contestó Devore de forma marcial y empujó a Annie contra un rincón de la sala de mando.

―¿Va a permitir que…?

Devore la chistó y exigió la pistola que Annie le dio.

―Pase las manos alrededor de la tubería ―ordenó, Annie obedeció de mala gana… y para su sorpresa, el oficial médico le puso las esposas, pero no las cerró. Mientras fingía esposarla, colocó la pistola en el bolsillo del gabán que vestía Annie y la miró a los ojos, tras la máscara sanguinolenta que era su cara herida.

―¿Alguna duda? ―Annie negó con la cabeza― Voy a curarme la cara y ahora vengo. No me voy a separar de usted, ¿entendido?

Annie asintió.

―Tonta, tonta, tonta ―murmuró Annie―. Tendría que haberme ido a la  mansión de los Marsh… seguro que lo Marsh tienen libros.

En ese instante, un petardeo metálico llenó el submarino de reverberaciones. Algo les golpeaba repetidas veces.

―¡Nos disparan! ―gritó Baird.

―No del todo, señor ―informó Acker ―creo que disparan alrededor del submarino, alguna bala rebota en el casco, pero si nos apuntan son malos de pelotas.

―¡Están disparando a los monstruos, Dio mio! ―vaticinó Fulci.

El rumor de la existencia de monstruos marinos corrió como el aceite de engrasar por el submarino.

El teniente comandante Baird tomó el interfono.

― ¿Estado de la sala de máquinas? ―nadie prestó atención, pero el teniente tenía una pequeña navaja en la mano.

―Operativa ―murmuró Barnes.

―¿Sala de torpedos? ―el teniente abrió la navaja y apretó el filo con la mano desnuda.

―Operativa, sólo hemos usado un torpedo ―contestó Hyde.

―Devore, no pienso consentir ni un error más ―dijo Baird, al tiempo que deslizaba el filo de la navaja por la palma de su mano.

―¿Perdón, señor?

―He dicho que descendamos, señores. A toda máquina, 35 grados de inclinación.

Aún a pesar de los disparos que barrieron la cubierta de profundos, muchas de las rabiosas bestias continuaban aferradas al casco del submarino, clavando, inútiles, sus garras y arañando la superficie metálica, ocasionando un concierto de sonidos escalofriantes en el interior.

Al tercer corte con la navaja, Baird se sintió mejor, aún a pesar de que el acoso de los profundos produjo cierto temor entre los tripulantes. El submarino descendía muy rápido… muy, muy rápido.

25 metros.

Acker, ajeno a lo que ocurría, se apretaba los cascos contra la cabeza, cuando algo llamó su atención.

― ¡Señor! ―gritó Acker―. Detecto dos criaturas gigantes ascendiendo. Una desaparece tras el arrecife, señor, pero la otra está ―Acker les miró― Está a tiro, señor. Pero es un disparo muy difícil…

―¿Está seguro de que no son los barcos que…?

―Señor, esto no suena a ningún barco que haya escuchado, señor.

Baird se acercó hasta el periscopio de combate, pero este estaba destrozado por el ataque de los profundos.

―Acker dicte las coordenadas ―pidió el teniente comandante.

El operario del sonar contestó.

30 metros.

En el marco de la puerta de la sala de torpedos apareció la figura alta y delgada del capellán Peters.

Uno de los hombres bajo el mandato del teniente Hyde miró al capellán.

―Disculpe, padre ―dijo el marinero acercándose al capellán― ¿Qué hace aquí?

―Salvar a mi pueblo, joven ―contestó el capellán Peters, luciendo unos ojos completamente negros, los mismo ojos muertos que un tiburón al tiempo que mostraba una sonrisa infestada de pequeños colmillos.

Y en un rápido gesto le partió el cuello al marinero.

El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite
El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite

35 metros.

El capellán Peters estaba muerto y había sido suplantado por un híbrido de profundo llamado Zachary Waite, al que, en unos proféticos sueños, unas horrendas pesadillas submarinas en las que una voz le llamaba desde las profundidades donde había una ciudad de arquitectura no euclidiana, le habían ordenado infiltrarse en el submarino para proteger a su pueblo, a su Padre y su Madre.

Todos los miembros de la sala de torpedos, ocupados en cargar los explosivos en sus cañones para el ataque, se volvieron ante el asalto.

Zachary Waite se arrancó el alzacuellos, luciendo dos pares de branquias, y con la otra mano sacó un revólver con el que apuntó al teniente Hyde y sus hombres.

Hyde se arrojó sobre el interfono:

―¡Problemas en la sala de torpedos! ¡Tenemos un traidor a bordo! ¡Tenemos…!

Zachary Waite disparó. Tres tiros. Al primer marinero le descerrajó un tiro en la cabeza y sus sesos salpicaron los tubos de torpedos. El segundo disparo se clavó en el pecho del teniente Hyde, en su corazón. El tercero cercenó el cuello del marinero, que rodó por el suelo, sangrando y gimiendo.

―¡Oficiales, marineros! ―gritó Baird por el interfono― ¡Cualquier que no esté en un puesto vital, que vaya en socorro de la sala de torpedos!

Zachary Waite accionó el sistema de sellado de la sala de Torpedos y caminó lentamente hacia los tubos de torpedos. El teniente Hyde había caído al suelo, escupiendo borbotones de sangre.

―Iba a casarme ―gorgoteó con la mirada hundida en el híbrido―. ¿Me oyes, bastardo? Iba a casarme este fin de semana.

Zachary Waite se encogió de hombros. El teniente Hyde sacó su automática del 45 y le descerrajó un tiro en las entrañas al monstruo y lo arrojó contra la pared.

―Te quiero, Daisy ―murmuró el Hyde, antes de morir.

40 metros.

Zachary Waite se alzó, rabioso, y disparó el resto de balas sobre el teniente, gritando de rabia y luego le arrojó la pistola. El híbrido se acercó al primer tubo, cuando se fijó en que el último marinero no estaba muerto. El disparo le había arañado el cuello pero no había sido mortal. Zachary Waite vomitó una sarta de sonidos guturales, animales y enfermizos, ajenos a este mundo, y el marinero se retorció por el suelo vomitando agua marina.

El híbrido sonrió con sus dientes de tiburón y se encaramó a los tubos de torpedos, abrió uno de los superiores, permitiendo que un cañón de gélida agua marina entrase en el submarino.

Y alguien le disparó en la espalda. La bala atravesó el cuello del falso capellán, arrancándole un húmedo grito de agonía y lo arrojó al suelo cada vez más inundado.

45 metros.

―¡Dejad de disparar a mi submarino! ―gritó el suboficial Barnes desde la sala de máquinas.

―¿¡Quién ha disparado!? ―inquirió Baird por el interfono― ¿¡Quién ha disparado!?

―Soy el contramaestre DelaPoer ―contestó el contramaestre envuelto en vendas que bloqueó la puerta hermética de la sala de torpedos.

El tercer marinero de Hyde se agitaba entre estertores. DelaPoer se acercó al falso capellán y le disparó en la nuca.

Por si acaso

―El teniente Hyde y sus hombres han caído. Tomo el puesto de la sala de torpedos. Necesito hombres conmigo.

―¡Ya llegamos, contramaestre! ―contestó Devore, que junto a Fulci y otros tres soldados llegaban en ese momento a la sala.

―Buen vendaje ―le felicitó DelaPoer.

―Debería descansar.

―Deberíamos cerrar ese cañón ―contestó DelaPoer. Fulci dirigió a los marineros y entre todos consiguieron cerrar el torpedo.

50 metros.

―Señor ―llamó el operario de sonar Acker ―Detecto movimiento…

―Estamos rodeados de traidores ―gruñó el teniente comandante Baird fulminado con su mirada a Annie,

―¡Yo no soy ninguna traidora! ―espetó Annie―. ¡Me han traído aquí para ayudar!

―Señor, hay movimiento tras el arrecife… hay algo qué…

―¡Ha matado a uno de mis hombres a sangre fría, señorita!

―¡Me atacó!

―Será sometida a un consejo de guerra, si tiene suerte la fusilarán… si no, a la horca y…

―¡SEÑOR! ―llamó Acker―. ¡La cosa que se movió hacia el arrecife se…!

De repente Acker chilló, arrojó los auriculares al suelo mientras aullaba de dolor. Sus oídos sangraban.

Un sonido irrumpió por encima del zumbido de los motores, de los arañazos de los monstruos al casco. Una letanía oscilante, llena de gloria y esplendor que se fitró a través del acero, llenó el submarino con su ulular, como una suave caricia que lo volvía todo placentero…

Y oscuro.

55 metros.

La melodía arrancó aullidos de dolor en varios miembros de la tripulación, entre ellos a Annie, que cayó de rodillas sintiendo cómo la cabeza le pulsaba dolorosamente con cada nota que llenaba el submarino. Con la respiración convertida en un jadeo desacompasado al palpitar de su corazón, Annie consiguió ver a través de las lágrimas que cubrían sus ojos a varios marineros y tripulantes que se quedaban rígidos, quietos, con la mirada velada en blanco. Casi todos los tripulantes dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a entonar el cántico.

A la vez.

En la sala de máquinas los marineros hipnotizados comenzaron a golpear la maquinaria para dañarla y obstruirla, mientras Barnes aullaba de dolor.

En los camarotes los marineros se armaron con cuchillos en las cocinas, caminaron con pasos lentos hacia el armarito que contenía los rifles y pistolas del submarino y ante el cual estaba el aturdido oficial Malone.

En la sala de control el marinero a cargo de la profundidad imprimió velocidad al submarino para que descendiera más rápido ante la horrorizada vista del timonel, Danny Boy.

En la sala de torpedos los marineros que acompañaban a DelaPoer comenzaron a golpear los torpedos, salvo uno que cogió una llave inglesa, con intención de atacarlo.

60 metros.

La profundidad máxima a la que podía descender un Sboat.

La Redada (8) ¡inmersión! ¡Inmersión!

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sonar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Las estrellas brillaban fríamente en la helada madrugada y se formaban nubes de vaho desde los labios del Annie O’Carolan cuando subió a bordo de la barca que la iba a llegar hasta el submarino S19. La habían dado un buen gabán en el guardacostas Urania y no solo eso. J. Edgar Hoover había ordenado que los ACEs fueran armados, así que a Annie le habían hecho entrega de una Colt M1911 de calibre 45 antes de subirse al bote.

El arma enfundada en su cartuchera se apretaba contra su bajo vientre al tomar asiento junto a un hombre moreno, de cabello rizado que lucía una gran sonrisa.

― ¿Qué tal? ―le preguntó  al tiempo que le tendía la mano.

Annie le devolvió el apretón de manos, sintiendo el anillo de casado que el hombre llevaba en sus cuidados dedos. No parecían los de un marinero.

― Soy el suboficial médico Devore, aunque puede llamarme Edward.

―Encantada, suboficial médico Devore ―contestó Annie luciendo una encantadora sonrisa, aunque sus palabras habían sepultado la de Devore―. Soy la señorita Annie O’Carolan.

Un marinero rechoncho que lucía un aparatoso y ridículo mostacho dejó escapar una cantarina risotada al escuchar el comentario de Annie.

―¿Es simpática la ragazza, eh, señor? ―dijo con un marcado acento italiano.

―Carácter, marinero Fulci, cómo las mujeres de su tierra, ¿no?

El orondo marinero Fulci gorjeó un par de enrevesadas frases en italiano. Mientras Devore negaba con la cabeza.

―¿Ha estado alguna vez en un submarino, señorita O’Carolan?

―Pues no he tenido el placer, no.

―Placer no hay ninguno, señorita― comenzó Devore―. El S19 es un S-boat de sesenta y cinco metros de eslora y 6 de manga. De acero. Tiene cinco salas, aunque no creo que el Comandante la quiera sacar de la sala de control. Cada sala puede cerrarse herméticamente en caso de que se inunde, aunque de no conseguir salir a flote, lo único que se conseguiría es retrasar un lento descenso hasta el fondo marino, que si es superior a los 60 metros, ocasionaría que la presión aplastase la nave. Los pasillos son tan estrechos que hay que pedir permiso para poder moverse. Es habitual que ocurran fugas y goteras. No hay ventanas, no hay ojos de buey, no hay portillas, no hay luz natural, no hay espacio, ni huida posible. ¿Es usted claustrofóbica?

―Antes de que usted comenzase a hablar no lo era.

―Pues espere a entrar dentro.

La barca llegó hasta el submarino. El marinero Fulci y Devore ayudaron a Annie a llegar hasta la torrecilla, donde la recibió el comandante Harrow, un hombre bajo pero fuerte, envuelto en un gabán azul marino, con una característica mandíbula cuadrada y unos serios ojos negros.

La torrecilla era estrecha, y además del suboficial médico Devore y Annie, había una gran ametralladora del calibre 50. y tres personas que el comandante Harrow no tardó en presentar: el teniente comandante Baird, el suboficial de 1ª Murphy y el suboficial de 3ª Acker.

―He leído las instrucciones junto al contramaestre De la Poer y el oficial de Artillería Hyde. Y ahora paso a compartirlas con los presentes: Tenemos órdenes de desplazarnos a la costa de Innsmouth, sumergirnos hasta la profundidad de 50metros donde tendremos que localizar un… y cito: “enclave submarino que recibe el nombre de Y’ha-nthlei”. Nuestra misión es localizarlo y torpedearlo con toda la potencia de fuego que tengamos disponible.

»Tras lo cual, le pregunto a usted, señorita: ¿Qué es Y’ha-nthlei?

En el pensamiento de Annie los glifos de R’lyeh se retorcieron, cobraron vida y le arañaron el espíritu. No es sólo que pudiera hablar de la ciudad, es que casi podía verla ante sus ojos.

― Es una ciudad submarina. No piensen en casas, edificios o calles. Imaginen altas torres de basalto y piedra, de coral y arrecife. Algas fosforescentes en vez de bombillas o candelabros. Y está habitada… habitada por los profundos, por los hijos de Dagon e Hydra, por la progenie de Cthulhu. Ninguno me cree, lo entiendo, solo escuchan un galimatías y un cuento de monstruos submarinos, de hombres pez… y les seré sinceros, yo tampoco los he visto… pero mis amigos sí, y yo he visto cosas y leído muchas otras. Allí abajo hay una ciudad habitada, repito, habitada por una especie que lleva sobreviviendo bajo el agua mucho más que nosotros sobre ella. Y no van a quedarse quietos mirando cómo los masacramos.

El suboficial de 1ª Murphy era calvo a excepción de dos estropajosas matas de cabello pelirrojo que nacían de los lados de su cabeza. Sus fuertes brazos estaban cubiertos por tatuajes, su rostro era rubicundo y su voz atronadora.

― ¿Esto es lo que entienden los federales por asesorar? Conozco mejores historias sobre sirenas y krakens.

―Silencio, Murphy ―ordenó el teniente comandante Baird.

Annie detestó a ese hombre siniestro por muy lustroso que fuera su uniforme. Según sus miradas se cruzaron, Annie sintió desdén, recelo y desprecio. Todo porque Annie era una mujer. Una mujer que no se quedaba encerrada en casa haciéndole la colada a su marido, cocinando su comida y atendiendo a la prole de niños que, cómo mujer tenía que engendrar. No, Annie era joven, soltera, independiente todo lo opuesto a lo que una mujer, según el teniente comandante Baird, tenía que ser.

―¿Alguna cosa más, señor? ―preguntó el tercer hombre, el suboficial Acker, el sónar. Era un tipo larguirucho, de frondosas patillas y enormes orejas que parecía incómodo ante la mirada de Annie. También se percibía que no le gustaba Murphy, ni Baird, pues estaba encajonado entre ambos y no sabía hacia donde mirar, parecía que no le importase lo dicho por Annie, la misión, ni siquiera que hicieran tres o cuatro grados por debajo de cero y él no llevase gabán, lo único que Acker quería era salir de allí.

―No, todos a sus puesto ―ordenó el Comandante.

Acker fue el primero en bajar, seguido de Baird. Mientras Murphy revisaba la ametralladora, Devore descendió por la escalerilla. Harrow agarró suavemente a Annie del antebrazo y su dura mirada ordenó al suboficial de la ametralladora bajar antes que ellos.

―Le seré sincera, señorita. La creo. Al menos creo que usted cree en lo que dice. Aún así, esto es un submarino. Una máquina bien engrasada y muy compleja… y usted, al igual que el capellán que me han encasquetado a última hora, son piezas de más. Si incomoda la esposaré a una tubería hasta que hayamos concluido la misión. Por tanto, la quiero bien pegada al culo del  oficial médico Devore, pero cerca de mí, para que pueda preguntarle cualquier duda que tenga respecto a esta extraña misión. ¿Le ha quedado claro?

Annie se sintió súbitamente sumisa ante la declaración del comandante. Ese hombre era duro, pero justo. La Finn asintió con la cabeza y, tras la invitación del comandante, bajó por la escalera de la torrecilla, penetrando en las entrañas del Submarino S19.

Las condiciones que había descrito Devore no se alejaban en nada a la realidad. El S19 era un largo pasillo de metal húmedo, lleno de hombres rudos que no paraban quietos. La sala de control tenía el tamaño de su baño, y en ella estaban Acker, el sonar, un joven marinero pelirrojo que estaba al timón y otro marinero moreno encargado de la profundidad, el comandante Harrow, el contramaestre De la Poer, el comandante Baird… Edward Devore apareció tras ella, saliendo de la zona donde estarían los camarotes, Annie ojeó la sala, quizá un poco más grande que la de control, donde vio a varios marineros arrodillados en torno a un hombre moreno, con alzacuellos que recitaba un salmo. El nuevo capellán. Entre los marineros, Annie distinguió a Fulci, el italoamericano y al Suboficial de 1ª Murphy.

Mientras cerraban la escotilla principal, un chorro de estática vibró por el sistema de megafonía.

― ¿Empezamos  o qué, señor? ―urgió una voz malhumorada―. Qué algunos tenemos que casarnos este fin de semana.

El comandante Harrow se acercó a un micrófono situado junto a los periscopios.

―Gracias por recordarnos por undécima vez lo disgustado que está, teniente Hyde. Espero, por su bien, que sea la última vez en lo que resta de misión.

―Señor, sí, señor ―contestó con marcado desprecio el Teniente Hyde desde la sala de torpedos.

― Señor Burnes, ―llamó por el sistema de comunicación el comandante Harrow―. ¿Todo listo en la sala de máquinas?

La voz grave y apática del suboficial de segunda Burnes contestó afirmativamente desde la sala de máquinas.

― Bien entonces. ¡Inmersión!

Frente a Annie y a Devore aparecieron Murphy y Fulci. El italiano venía hablando atropelladamente y haciendo aspavientos, mientras el pelirrojo fulminaba con su acerada mirada a la pequeña Finn.

― Una peste de sacerdote, todo su discurso estaba mal. Se notaba que acababa de ojearlo por encima.

―Serán los nervios.

―¿Nervios? Dio mío, ¿un cura nervioso por hablar ante sus feligreses? ¿A dónde vamos a llegar?

Una vez estaban todos dentro del submarino, Harrow ordenó al oficial médico Devore que pusiera en marcha el gramófono. Devore accionó el aparato, situado a la entrada de la sala de camarotes y de la bocina emergieron las notas de “Its a Long Way to Tipperary”

Annie comprobó, con cierta alegre sorpresa, cómo la canción animaba los espíritus de los marineros y oficiales. Todos la silbaban, tarareaban y algunos pocos hasta la cantaban con cierto entusiasmo. Mientras Harrow lanzaba órdenes, repetidas por su contramaestre, y a su vez por los oficiales adecuados, el submarino comenzó a sumergirse.

Los oficiales y los marineros se movían sin tener en cuenta el rango o el puesto, dejando de lado las formalidades para conseguir una mayor eficacia y comodidad. Resultaba evidente que mantener alta la moral era algo de máxima importancia en ese espacio reducido y asfixiante.

― Quince metros ―informó el marinero a cargo del control de profundidad.

―Apague el gramófono, señor Devore. Hombres, a sus puestos de combate ―tras unos frenéticos segundos en los que marineros y oficiales iban y venían de un lado a otro, Harrow agarró el micrófono. ― Máximo silencio.

Devore miró a Annie y se llevó un dedo a los labios. Annie se sintió estúpida. Todos actuaban según las órdenes, pero se apreciaba miradas confusas, preguntas en susurros, dudas. El secreto de la misión tenía en ascuas a muchos de los marineros.

Además estaba el tema del submarino. Annie escuchaba como el metal se quejaba y chirriaba. El continuo caer de decenas de goteras y algún que otro martillazo de marineros cómo Fulci, tapando viejas grietas. ¿Para qué tanto silencio?

A los 21 metros  el operario de sónar, Acker, alzó la mano. La otra se apretaba uno de los cascos contra su oreja derecha y tenía los ojos cerrados, muy concentrado.

― Un objeto no identificado… Grande, no tengo claro que… se acerca, se… ―Acker se giró hacia el capitán con los ojos muy abiertos― Se acerca muy rápido.

El comandante Harrow se lanzó sobre el periscopio de ataque y tuvo tiempo de mascullar una maldición antes de que la nave chocase contra algo.

El submarino comenzará a chirriar y rechinar estrepitosamente, girando a babor, al tiempo que media tripulación caía al suelo o se golpeaba contra paredes o instrumentos de mando. Annie se vio aprisionada contra la pared porque un veloz Devore, la había parapetado para que no saliera despedida junto a otros marineros como Murphy o el comandanta Baird, que se levantó con una sangrante brecha en la frente.

―¡Colisión! ―aulló Harrow.

De improviso, el submarino se balanceó violentamente hacia estribor, obligando a los marinos a no perder el equilibrio, y habiendo nuevas caídas y golpes. Las luces comenzaron a parpadear y desde el cuarto de máquinas, al fondo del submarino, comenzó a sonar una alarma.

―¿Qué está pasando? ―chilló Annie―¿Qué está…?

Una junta saltó cerca de la Finn y un chorro de gélida agua fría la golpeó, calándolos hasta los huesos a ella y a Devore.

―¡Contramarcha! ¡Contramarcha! ―gritaba Harrow. Pero por más que los motores del submarino gruñían este no  se alejaba… si no que descendía poco a poco.

― 25 metros ―gritó el marinero― ¡27 metros! ¡29 metros!

En la sala de torpedos uno de los proyectiles se soltó de sus anclajes, rodando peligrosamente por la sala.  El Teniente Hyde se hizo a un lado, pero observó como el pesado cilindro de metal caía contra la pierna de uno de sus marineros, aplastándosela. El crujido resonó por encima del estruendo que retorcía el submarino.

Hyde se arrastró cómo pudo y llegó hasta el intercomunicador.

―¡Herido en la sala de torpedos! ―gritó.

En la sala de control Devore alzó la vista hacia la petición de ayuda y salió corriendo… en dirección contraria.

―¿A dónde demonios va Devore? ―espetó Murphy.

―Yo que sé ―se quejó el comandante Baird, mientras se tapaba la brecha de su cabeza con un pañuelo.

―¡Señorita O’Carolan! ―gritó el comandante Harrow―. Avise a Devore que tienen heridos en la sala de torpedos y aquí. ¡Señor Hyde! ¡Señor Burnes! ¡Informe de daños!

Pero nadie pudo escuchar nada de los informes por los horripilantes chirridos que resonaron desde la Proa. Toda la tripulación los escuchó, aterrados… todos creyeron oír lo mismo.

― Parece que algo está intentando abrirse a zarpazos desde afuera ―murmuró Acker.

El comandante Harrow, qué había pensado lo mismo, pero no terminaba de creérselo, se giró hacia su contramaestre:

―Torpedo en el tubo uno  ¡Detonador para mínimo alcance!

―Pero, señor…

―¡Deprisa! ¡Y agárrense a donde puedan!

Annie consiguió atajar al doctor Devore, cuando este llegó a la entrada de la sala de máquinas, donde el enorme oficial Burnes le miraba con ojos inexpresivos, sin entender que buscaba el médico entre sus turbinas y motores.

―El herido está en la sala de torpedos ―informó Annie.

―¿Qué…? Pero si yo…

―En la sala de torpedos.

Mientras, Annie y Devore, volvían sobre sus pasos, y el Teniente Hyde y sus operarios disponibles preparaban el torpedo, el submarino volvió a chirriar, como si algo estuviera deslizando una larga y poderosa garra por toda la estructura metálica.

―¡Torpedo listo!

―¡Fuego!

El torpedo salió disparado, detonando a continuación. La onda expansiva zarandeó al submarino, arrojando a más hombres al suelo, apagando las luces de la nave, dejándoles sumidos en la oscuridad… Devore se lanzó sobre Annie y volvió a protegerla de acabar rodando por el suelo.

Y todos escucharon un horrible chillido de dolor, un barritar grave, inhumano e imposible que les heló la sangre.

Justo cuando Annie y Devore llegaron a la sala de control escucharon como el ingeniero jefe Burnes informaba que los motores estaban operativos, que el submarino estaba libre y podían cambiar de maniobra.

Y antes de que el comandante Harrow pudiera ordenar nada, un marinero llamado Herbert East emergió a su espalda, apoyó el cañón una automática del 45 en la cabeza del comandante y siseó, mientras espumarajos de saliva le goteaban por las comisuras de los labios:

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

La Redada (1) El Reclutamiento

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Gatos y Ratones en Boston

Colin O’Bannon sabía que le seguían.

No era su fundamentada manía persecutoria, era la pura realidad. Dos hombres llevaban siguiéndole desde hacía una semana, dos hombres grandes, con gabardinas y sombreros de ala ancha. Dos tipos duros con pintas de matones.

Y desde hacía veinte minutos, los tipos sabían que Colin lo sabía.

Llevaban jugando al gato y al ratón desde que el tahúr salió de una timba de póker en las cocinas del Ritz de Boston. Uno de los tipos había sido descuidado y Colin le había visto claramente, así que la pareja de perseguidores comenzó a ir a saco a por el pelirrojo, que primero intentó despistarles entre callejones retorcidos, locales llenos de gente y  calles muy transitadas, pero no hubo forma, siempre aparecía uno de los dos tipejos en un extremo u otro de la calle, siempre acababa sintiendo sus miradas clavadas en la nuca y nunca terminaba de darles esquinazo, nunca.

Mientras se internaba en un oscuro callejón, apretó el revólver del calibre 32 que llevaba en el bolsillo de la gabardina. La emprendería a tiros, que remedio… con lo cerca que estaba de conseguir el dinero para pagar la deuda…

Colin no se cortó, no fue precavido, ni buscó salidas de emergencia. Un callejón estrecho, el vapor emergiendo de las alcantarillas, poca luz y la única salida estaría tras los dos tipos que le seguían.

Le iba a echar pelotas.

Fue en ese momento, cuando la paranoia de Colin abrió otra puerta… ¿Y si no eran quienes él creía que eran? ¿Y si no venían buscando el dinero que debía? ¿Y si se encontraba con rostros de ojos grandes, bocas anchas y piel escamada? ¿Y si aparecían dos tipos con la marca de Innsmouth y ganas de vengarse?

“A la mierda” pensó Colin O’Bannon, bajó el percutor de su revólver y esperó.

Los perseguidores se quedaron sorprendidos cuando llegaron y se encontraron al hijo del gangster, Danny O’Bannon, de pie en medio de un callejón con las manos en los bolsillos.

—¿Es así cómo va a ser? —preguntó Colin.

Les dio un instante para que le contestaran, para que hicieran el amago de llevarse las manos a sus armas, pero apareció el tercero.

El desconocido.

El verdadero gato que había estado jugando con todos esos ratoncitos.

Antes de que Colin o sus dos perseguidores desenfundaran, el tercer hombre, un tipo alto y larguirucho, vestido con una cutre gabardina y un flexible sombrero puesto de medio lado, dio una larga calada a su cigarrillo llamando la atención de todo el mundo.

Sin mediar palabra sacó una pistola automática del calibre 45 y le voló la tapa de los sesos al hombre de la derecha. El otro tipo intentó sacar su pistola, al igual que Colin la suya, pero el fumador también había sacado otra cosa.

Una placa de policía.

—Agente del tesoro, gilipollas —dijo con la colilla humeando entre sus finos labios.

Colin dudó. Su perseguidor también. El fumador no, y le descerrajó un tiro en las tripas al último perseguidor de Colin. No parecía haberle matado, pero le dejó hecho un guiñapo en el suelo.

—O’Bannon —siseó el agente del tesoro, sin quitarse la colilla de la boca—Me llamo Ashbrook, debes venir conmigo, si quieres vivir.

Y Colin nunca tuvo la seguridad de saber si lo dijo con ánimo de protegerle o porque le estaba amenazando.

Un taller mecánico en Queens

Liam había perdido su Packard Twin Six en la Huida de Innsmouth pero a cambio, Brian había robado un viejo pero eficiente Buick D-45 que, tras sobrevivir al incendio del cóctel incendiario de los Gorton, había necesitado un par de reparaciones para poder servirle de algo a Liam.

Había podido terminar un par de “trabajitos” con este coche, pero echaba de menos la fuerza de su fiel Packard.

Estaba echando una mano en el taller de Queens al que acudía para cambiar sus servicios de mecánico por poder echarle un par de horas de cuidados a su coche, cuando apareció un tipo  delgado, paliducho y rubio, que llevaba la ropa arrugada y tenía aspecto de estar muy cansado. Cojeaba de la pierna derecha y miraba por todo el taller con la fijeza de un ave de presa, cuando su vista se clavó en sus quemaduras, Liam comenzó a sentirse incómodo y no tardó en evolucionar a estar molesto.

—Liam McMurdo —no fue una pregunta. Liam salió de debajo del coche que estaba reparando, cubierto de grasa y hollín, observó como el jefe del taller y otro par de mecánicos se hacían a un lado, al tiempo que agarraba una llave inglesa.

—Eso dicen —siseó Liam, preparándose para lo que pudiera devenir.

—También dicen que es muy bueno conduciendo coches —contestó el delgaducho. Liam entrecerró los ojos.

—Lo era.

—Por lo que me han dicho, lo es. Me llamo Mathew Cohle y mi bureau quizá requiera de sus servicios

—¿Qué coño es un buró?

Oficinas del Baltimore Xtrange, Baltimore.

—El Bureau Federal de Investigación de los Estados Unidos de América, señor Pendergast.

—¿El FBI? ¿Es usted del FBI?

El agente Woody Hart era un tipo grande, fornido y no dejaba de sonreír, aún a pesar de que Greg Pendergast estaba casi convencido de que le estaban deteniendo.

—¿Todo esto tiene que ver con las fotos que el Baltimore Xtrange ha publicado sobre el caso Voltoni? —preguntó Greg algo preocupado.

Había sobornado a un contacto suyo en la policía metropolitana para poder entrar en la escena del crimen y hacerle unas jugosas fotos al cuerpo tiroteado del capo Voltoni, las cuales habían causado mucho revuelo durante la semana anterior. Aunque soltar diez o veinte dólares a un policía era una medida habitual, siempre te encontrabas con algún policía al que no le hacía gracia recibir o ver como otros recibían sobornos.

—¿Voltoni? Qué va, amigo. ¡Qué va! —espetó Hart al tiempo que soltaba una carcajada—. A mi jefe no le hacen gracia los sobornos, ni siquiera los pequeños, eso se lo digo desde ya… Pero no vengo  por esa minucia, no. A nosotros lo que nos interesan son unas fotos que tomó hace unos meses, en un pequeño pueblecito pesquero del Valle del Miskatonic.

Greg intentó poner cara de póker. Greg no era Colin O’Bannon. El agente Woody Hart sonrió.

—Creo que nos vamos comprendiendo, ¿verdad?

Barracones del USS Providence en Plymouth

—Se presenta el infante de marina, Thomas Connery, señor.

—Descanse, soldado —informó el teniente de navío.

Junto al teniente, impecable en su traje blanco había otro hombre, un tipo trajeado en negro, con cara de bulldog y un ceño de los que siempre están fruncidos.

—Le presento al superintendente Albert Ryan, de la agencia del Tesoro. Al parecer el señor Ryan le quiere hacer unas preguntas.

—Yo no voy a hacerle ninguna pregunta, señor Connery —espetó Ryan al tiempo que sacaba un pulcro sobre que depositó ante el atónito teniente de Thomas—. Yo le voy a ordenar que me acompañe hasta Boston, donde mi superior, sí, le hará unas preguntas.

—¿Estoy… detenido?

—De momento no… está invitado. Ya sabe. Una de esas invitaciones que no se deben rechazar.

Comisaria de Bangor, Maine

Jacob O’Neil acababa de entrar en la comisaria sujetando por las esposas a Connor “Monaguillo” McKennah, un delincuente habitual de la zona, que le recordaba tanto a él hace quince años que no sabía si reír por la ironía o llorar por la hipocresía.

Mientras lo conducía hacia los calabozos el sargento de guardia le avisó.

—Tienes visita, O’Neil.

—¿Darlene?

—Que va, no es tu mujer. Es uno de esos guapitos de la agencia del tesoro. ¿Has solicitado un traspaso?

No era una pregunta capciosa, ni malintencionada. Toda la comisaría recordaba que Bill Forbes fue agente del Tesoro y no volvió.

—Para nada.

—Pues lo mismo es algo sobre Bill… Deja, que yo me encargo de este cenutrio.

Jacob caminó hasta su mesa, donde estaba sentado un joven en traje, delgado y con aspecto nervioso. Toqueteaba las fotos de Jacob, la mesa, ojeaba algún informe, tamborileaba sobre los apoyabrazos.

—¿Puedo ayudarle? —preguntó Jacob.

—Oh, sí, claro. ¿Qué hay, sargento O’Neil? Mi nombre es Eddie Drotos. Agente. Agente Eddie Drotos del Departamento del Tesoro.

Jacob no dijo nada. Continúo de pie ante su mesa, ante su silla ocupada por ese joven de aspecto nervioso que le sonreía cándidamente. Drotos tampoco dijo nada, continuó mirándole y sonriendo.

Así durante unos largos e incómodos segundos.

—¿Y ha venido aquí para…? —arrancó Jacob.

—Oh, sí, claro. Vengo por lo de Innsmouth, por supuesto.

Parque de Nueva Orleans

Annie O’Carolan estaba sentada en un banco del parque de Nueva Orleans, frente al museo de Arte cuyas puertas se habían abierto hace 18 años. Estaba leyendo un libro, una novela cómica. Algo con lo que pudiera alejarse de esos retorcidos símbolos que llenaban su cabeza. Los glifos de R’lyeh que llevaba meses estudiando en el Chaat Aquadingen.

Llevaba analizado un tercio del volumen, un libro desconocido para ella y por lo que sabía, desconocido para el mundo. Un libro en el que se describía todo una historia ajena para la humanidad, una historia de subespecies, monstruos y dioses submarinos. Las ciudades submarinas cercanas a Ponapé, a la costa de Alaska, al Mar del Norte británico, al Océano Índico…

Y a la costa de Innsmouth.

Padre Dagon y Madre Hidra aparecían descritos como los líderes de la raza subacuática, los Profundos. El gran Cthulhu y su semilla estelar. Los infames “Ahogadores”.

Y aquel que está detrás de más de mil máscaras, Nyarlathotep.

Los Glifos de R’lyeh consumieron las palabras de su novela. Devoraron oraciones, letras, signos de puntuación… Las hojas de la novela se ajaron, se deformaron en legajos amarillentos mientras siniestros dibujos de rituales y vagos bocetos de pesadillas llenaban las páginas.

Annie cerró el libro de sopetón.

—¿Tan malo es? —preguntó el simpático y rechoncho hombrecillo sentado a su lado en el banco, y que estaba echando migas a las palomas.

Annie tardó un par de segundos en contestar… Se sentía cómo cuando has estado mucho bajo el agua y sales a la superficie. Le faltaba el aire.

—No… Es sólo que… ¿Quién es usted?

El hombrecillo le tendió la mano.

—Lucas Mackey.

Annie miró su mano y luego le miró a él. Mackey no apartó la mano, esperó y continuó sonriendo, hasta que la muchacha le devolvió el saludo.

—Ann O’…

—Ann O’Carolan, nacida en Arkham, Maine. Estudió literatura inglesa en la universidad de Miskatonic y actualmente se dedica a… ¿Cómo lo llaman ustedes? ¿La Caza de Libros?

Annie retiró la mano de Mackey cómo si la mano del rechoncho hombrecillo estuviera electrificada. Buscaba rasgos de la marca de Innsmouth en el rostro bonachón que le sonreía, pero no. Sus ojos eran normales tirando a pequeños, su boca simpática y su piel sudaba por el calor húmedo que imperaba en Nueva Orleans.

—¿Cómo…?

—Tras conocer en Innsmouth a sus compañeros de tropelías juveniles, el señor Connery y la señorita O’Connel, no tardé en encontrar los antecedentes criminales de  los Finns, señorita.

—Me contrarían mucho las personas que me interrumpen al hablar, señor.

Lucas Mackey soltó una simpática risotada.

—Usted a mi jefe le va a encantar.

—No me diga. ¿Y por qué debería visitar a su jefe?

Lo primero en lo que pensó Annie es que le iban a ofertar un trabajo sobre la búsqueda de un libro. Lo segundo que le vino a la mente fue su estudio del Chaat Aquadingen, y en que no podría abandonar esa tarea, de momento.

Lo siguiente en que pensó es que ese tipo no parecía lo que en realidad era.

—Porque mi jefe es el Director del Bureau Federal de Investigación de los Estados Unidos. Y si no viene por las buenas, tendré que sacar las esposas, una orden de detención y montar un numerito… y ninguno queremos eso, ¿verdad, señorita?

En algún lugar de Providence

En ese lugar hay un edificio, un edificio masónico. En ese edificio hay muchas entradas, muchas salidas y muchas son secretas para los miembros más recientes de la orden masónica de Providence a la que Angus Lancaster pertenecía.

Pero si de algo se jactaba Angus era de saber escalar rápidamente en los escalones de cualquier organización. De saber qué decir, cómo decir, cuándo decir y a quién decir las cosas para, poco a poco, ganar poder, admiración, riqueza…

Y lo que más le importaba en ese momento: Conocimiento.

Lo ocurrido en Innsmouth había intrigado a Angus. Monstruos anfibios, religiones prohibidas, magia marina… Los masones tenían muchas bibliotecas que abarcaban grandes conocimientos en el arte arcano, conocimientos prohibidos por las obtusas religiones, y él, Angus Lancaster, estaba en una de esas bibliotecas intentando conseguir información con la que alimentar su hambrienta curiosidad, cuando un tipo entró en esa habitación secreta.

—Hola.

—Hola —contestó Angus, visiblemente alterado.

Bajo la luz del candil que el desconocido traía consigo y del candil que Angus había llevado para poder leer, el arquitecto se sorprendió al descubrir que el visitante no vestía la túnica masona, ni lucía el anillo de su orden, aunque reconocía que su inmaculado traje cruzado se adaptaba a la perfección a su cuerpo robusto, acabado en un rostro estoico y rematado por una cuidada cabellera oscura.

—¿Cómo ha llegado hasta estas… dependencias, señor?

—Agente… Agente Peter Hill—dijo el visitante—, y por lo que se ve, mi superior tiene contactos dentro de los círculos masónicos, señor Lancaster. Contactos muy influyentes.

—¿Puedo… saber quién es su superior, agente Hill?

 

New York, New York

—J. Edgar Hoover —dijo el desconocido.

Patry O’Connel miró con el ceño fruncido al desconocido que se había presentado rodeado de tres coches patrullas y al menos una docena de policías de paisano y uniformados, ante la puerta del hotel en el que acababa de desvalijar la caja fuerte de un gordo ricachón al que le gustaba disfrazarse de bebé y recibir azotes en el culo.

Una noche cualquiera para la ladrona de guante blanco, a la que los periódicos que desconocían su verdadero nombre, habían bautizado como “La Gárgola”.

Hasta que se vio rodeada por policías por todas partes, claro, porque normalmente Patry se salía con la suya.

Una trampa, le habían tendido una jodida trampa y Patry estaba de los nervios, más que dispuesta a intentar salir de allí a base de tiros y quizá algún petardazo… hasta que llegó él. Un tipo de apariencia mundana, pero cuyos ojos expelían acero, duro y afilado acero, y al que le rodeaba un halo de intimidación. Patry, siempre tan directa y seductora, sintió vergüenza y cierto temor.

—¿Me… Me tendría que sonar su nombre por algo?

—Se ve que no lee muchos los periódicos, señorita O’Connel. Llevo desde mayo de 1924 al mando del FBI.

—Vaya… sí que he debido de… pasarme de la raya con esto de los robos  y…

—Sus delitos son graves, sí, no lo ponga en duda. Pero no me rebajaría a hablar con una criminal de su clase si no fuera por otro tema, mucho más importante, del que usted tiene bastantes conocimientos.

—Dispare.

—¿Es cierto que hace tres meses aproximadamente, usted y su antigua pandilla de amigos de la infancia, a los que comúnmente, se conocía como los Finns, sembraron el caos en el pueblo de Innsmouth, dejando tras de sí un reguero de asesinatos, heridos y daños a la propiedad?

Patry estuvo tentada de mentir. De mentir como una bellaca. De mentir como la mentirosa profesional que era.

El caso era, que el instinto de Patry le avisó que el tal Hoover iba a ser muy, muy, muy difícil de engañar. Sobre todo cuando le estaba haciendo una pregunta de la que el tipo ya sabía la respuesta.

Patry alzo la mano y miró al cielo.

—Culpable.

—Estupendo. Es justo la persona que necesitamos.

J. Edgar Hoover, director del FBI
J. Edgar Hoover, director del FBI

Huida de Innsmouth(44): El Preludio de la Huida

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Patry O’Connel aspiró una calada de su cigarrillo mientras se contemplaba en el sucio espejo de la abandonada casa de su padre. Fuera el maquillaje. Adiós al vestido de 300 doláres. Aufidersen tacones. No había glamour. Había desparecido la elegancia.

Una chica guapa vestida con bombachos, camisa holgada, tirantes y boina. En el bolsillo derecho del pantalón un Derringer de doble cañón del calibre 22. En el izquierdo una navaja de resorte.

Adiós Patry, la gárgola. Adiós, buscavidas, ladrona, timadora, mangante, puta.

Hola, Patry, la Finn.

Apuró el cigarrillo y apagó la colilla en el lavabo.

Colin O’Bannon no necesitaba vestirse como un Finn. Su gabardina y su gorro de ala ancha eran tan útiles para lo que les esperaba como los tirantes y la boina.

Al igual que su revólver del calibre 32.

Lo limpió. Lo cargó. Lo cerró con un movimiento brusco y apuntó a su figura en un espejo.

Toda la vida preparándose para enfrentarse a los monstruos que imaginaba en cada sombra y cada esquina… y ahora iba a enfrentarse a monstruos de verdad.

Liam McMurdo estaba sentado en su coche, su Packard Twin Six. Limpio. Con el depósito lleno. En el asiento del copiloto había un viejo y sucio revólver del calibre 32 y una palanca. En el maletero, dos garrafas de veinte galones llenas de gasolina. Liam escribía sobre el salpicadero. En un folio mugriento, con un lápiz muy pequeño.

Estaba escribiendo su testamento. Las posesiones de Liam eran muy, muy escasas. Un puñado de dólares y el Packard Twin Six que iba a conducir durante la fuga de su amigo, Brian Burnham.

Alzó la vista y se contempló en el retrovisor.

Firmó el testamento. Lo metió en un sobre que luego introduciría en un buzón. Todo lo legaba a su sobrina recién llegada al mundo.

Greg Pendergast terminó de comer en casa de sus padres, rodeado de la horda familiar de los Pendergast. Ocho hermanos, cinco chicos y tres chicas. La pequeña se llamaba Ann. Greg la miraba a través del reflejo del gran espejo de marco dorado que gobernaba el salón, pensando en si las mentiras sobre la identidad de Annie la habrían puesto en peligro o si sólo la paranoia ocasionada por el ambiente de Innsmouth había hundido sus garras en su alma hasta ese punto.

Puede que fuera eso… puede que Greg viera la Marca de Innsmouth en cada persona con los ojos saltones, en cada boca ancha, en cada enfermedad de la piel.

Su madre retiró el plato. Las mujeres se fueron a fregar a la cocina. Los hombres sacaron cigarrillos y comenzaron a fumar, a hablar de trabajo, de fábricas y grúas, del puerto y los camiones. Cómo buenos irlandeses de clase obrera.

Greg miró su bate de baseball, aparcado frente a la puerta, esperándole. Sacó su libreta. La ojeó. Leyó rápidamente todo lo que tenía apuntado, todas las pistas que los Finns habían recolectado y el incidente de la Mansión Babson. Se la pasó a su hermano mayor por debajo de la mesa.

—¿Qué es esto?—preguntó.

—Algo que me vas a guardar hasta mañana… o hasta que creas que lo tienes que leer.

Thomas Connery dejó su uniforme pulcramente doblado encima de su cama. Vestía con bombachos, camisa, tirantes y boina. Y su rifle, limpio y engrasado.

Sería el arma de un soldado, pero hoy era un Finn.

Se contempló en el espejo de su dormitorio. Había cenado con sus padres, les había acompañado mientras escuchaban la radio novela y se había despedido de ellos antes de que se fueran a acostar.

Y ahora se escabullía entre las sombras de la noche, sin que sus padres le vieran irse.

Sin que supieran a los peligros a los que se iba a enfrentar.

A Jacob O’Neil le estaba costando colgar el teléfono. Le estaba costando despedirse de su prometida.

Se miró en el espejo, vestido con los tirantes y la boina de los Finns, pero con el revólver Smith & Weson del calibre 38, el arma reglamentaria de la policía, dentro de su funda sobaquera y la escopeta corredera de calibre 12 apoyada en su cadera y apuntando al techo.

—Te quiero, de verdad. Pero esto es algo que tengo que hacer. Mañana te llamaré.

Annie O’Carolan estaba traduciendo el Chaat Aquadingen, utilizando la hoja con el conjuro de invocación cómo piedra de Rosetta ante los extraños símbolos. Los glifos de R’lyeh.

Ya estaba vestida, vestida como una Finn, boina y tirantes, no con uno de sus elegantes y formales vestidos de bibliotecaria. Sentada ante una lámpara de gas que desprendía una luz amarillenta en su habitación. Escuchaba el ronquido de su padre en la habitación continua, durmiendo junto a su madre. Su caligrafía, meticulosa y apretada, se extendía por el cuaderno que tenía intención de rellenar.

Y una Luger P08, perfecta, que había robado a su amante, a su mentor en la caza de libros, al estafador que se había aprovechado de sus habilidades y de su inocencia, depositada a su izquierda. Esperándola.

El reloj de su habitación comenzó a marcar las horas. Doce latidos. Annie se miró en el espejo.

—Es la hora—se dijo.

Acarició la superficie del papiro, los glifos de R’lyeh.

—F’tghan—murmuró antes de agarrar la Luger y cebarla.

Angus Lancaster caminaba por el polvoriento interior de Lancaster Manor. Telarañas, polvo, muebles cubiertos por sábanas. Todo abandonado cuando su padre decidió volverse a Manchester. Todo esperándole.

Arrancó de un tirón una sábana que cubría un gran espejo. Angus vestía bombachos, camisa, tirantes, boina… limpios, lavados, planchados. Su carísimo abrigo contrastaba casi tanto como el bastón que llevaba. Un bastón muy especial.

Con el pulgar, separó la empuñadura del cuerpo del bastón, sacando la reluciente hoja de acero de un estoque. La enarboló con soltura ante el espejo, combatiendo enemigos imaginarios, salvando a sus amigos, a los Finns de los villanos que les atormentaban.

Volviendo diez años atrás.

Volviendo a ser un Finn, y no el arquitecto florero de su aburrida mujercita en Boston.