MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: New York (25) Confianza Ciega

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán

 

Jonah Kensington estaba sentado en un apartado de la cafetería Central Perk, justo donde Los Finns se habían reunido unos días antes. Por eso Greg había decidido quedar en ese lugar, muy transitado, tranquilo y poco llamativo.

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Jonah estaba tenso como una estaca. Era un hombre que aún no había alcanzado los cincuenta, pero aún así su cerrada barba y su leonada cabellera lucían un ejército de canas. Miraba por encima del hombro a cada persona que entraba en el establecimiento, esperando ver la descripción que Greg Pendergast le había dado: Pelirroja. Turbante. Gafas de Sol. Gabardina verde pistacho.

Los minutos pasaban, mientras el té que había pedido se enfriaba al lado de la carpeta que guardaba las notas de Jackson Elias… Todas menos una. Una pequeña hoja dieciséis veces doblada, en la que Jackson había escrito a mano un maremagnun de alocadas y demenciales notas. Tras ojear ese último apunte, Jonah había pensado que Jackson estaba perdiendo el norte, que su continua búsqueda de la verdad insondable de los misterios de la humanidad lo había conducido al delirio. De hecho, Jonah Kensington había decidido convencer a Jackson para que se tomase unas semanas de descanso en un pequeño sanatorio mental… hasta que llamó Greg.

Ahora estaba seguro de que debía publicar la historia de la Expedición Carlyle, y más allá: La historia que había acabado con la vida de Jackson Elias. Y confiaba en la acerada pluma de Greg Pendergast para hacerlo…

Pero no confiaba lo más mínimo en la despampanante mujer que le contemplaba tras unas enormes gafas de sol desde el borde de la mesa.

—Vengo a por lo que quiere Greg —dijo la mujer en un susurro y se sentó en frente de Jonah, ocultando medio rostro con su gabardina.

Jonah no tenía muy claro por qué hacia eso. Llamaba más la atención, intentando no llamarla, que comportándose de una forma más… casual.

—¿Quién es usted? —preguntó Jonah, preocupado por si la mujer se había equivocado y, en parte, esperando a que todo ese numerito de la espía se debiera a los nervios de la dama, quizá tan afectados como los suyos por todo lo ocurrido.

—Una amiga de Greg—. Bueno, al menos los datos comenzaban a confirmarse. Greg le había dicho específicamente que cualquier miembro de los Finns era alguien en quien confiar ciegamente y eso pensaba hacer Jonah Kensington, aunque fuera alguien tan estrafalario.

—Greg me dijo que solo podía confiar en unos amigos muy especiales suyos… —comenzó Jonah.

La mujer le miró en silencio durante unos cuantos y largos segundos.

—Greg dice muchas tonterías —soltó a bote pronto la pelirroja—. Entiéndalo, Greg está muy grave. Se muere. Casi ha perdido los brazos. No tiene casi sangre. Nunca tuvo mucho la verdad. Y tiene fiebre. Está drogado. Dice sandeces. Muchas. ¿Ha leído su libro? Un espanto, ¿verdad?

—Ya pero me dijo que sólo podía confiar en esos amigos muy especiales suyos que…

—Maldito Greg, nunca le habla de mi a nadie —comenzó a lamentar la dama—. Lo hace desde que éramos pequeños, ¿sabe? Ambos somos de Arkham, vivíamos en el mismo barrio, casi puerta con puerta, e íbamos al mismo colegio y, lo mismo esta declaración le hace tener una visión tergiversada sobre mí, pero ¿qué se le va hacer? Para hacerle un resumen, YO era la novia de todo el mundo por allí, ¿vale? Bueno de todo el mundo no, Cillian era mi hermano, ¡maldita sea! Y Angus, era muy mono, sí, pero, no se, siempre tuvimos gustos similares. ¿Me entiende? A lo que iba es que YO creo que Greg estaba más interesado en Annie, y que por eso nunca quiso darse el lote conmigo… Siempre se mostraba tan arisco… Como Annie ahora que lo pienso. Bueno, Annie conmigo no es arisca, lo es con todo el resto del mundo, eso sí, pero porque es su forma de defenderse, es su escudo. Es muy introvertida y…

—Yo… eh… Se… Señorita… ¿Cómo ha dicho que se llama?

—Jacobina. Thomasa. Gregoria. ¡Bah! Qué más da. No le voy a dar mi nombre real, caballero. ¿Quién se ha creído que soy? ¿Esa carpeta es lo que Greg quiere?

—Sí. No. Pero… No se… Verá…

—Deslícela lentamente hacia mi… Pero no me la entregue directamente. Los asesinos de Jackson Elias podrían saber que me ha dado información valiosa y luego querer destriparlo.

—Yo. ¿Qué QUÉ?

—¿Me da la carpeta?

—Yo… espere. Hay algo que Greg me dijo que… Me dijo que podía confiar en usted, bueno porque conoce a Greg y…

—Le dijo que podía confiar en mí porque soy una Finn, ¿no es cierto?

Jonah Kensington respiró aliviado.

—¡Eso! Eso es justo lo que…

Patry no le dio tiempo a terminar la frase, agarró la carpeta de la mesa, se levantó y se encaminó a paso raudo hacia la salida, tras dedicarle una lapidaria frase de despedida:

—Pues confía, pringao.

Jonah Kensington la contempló salir del local, camelarse a un trajeado caballero para robarle el taxi y perderse en el denso tráfico de Nueva York.

Imborrable, increíble, impetuosa…

E imbécil.

Jonah sacó el papel con los dieciséis dobleces donde estaban las últimas notas de Jackson Elias… unas notas delicadas, unas notas que no podía confiar a una individua tan peculiar… no. Si volvía a ver o a hablar con Greg le informaría que aún tenía algo más de información sobre Jackson, pero Jonah Kensington no iba a ser tan pringao como para confiar a ciegas en aquella preciosa pelirroja.

Aunque estaba seguro que el rubio la favorecería mucho más.