MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

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MdN: New York (6) Café Irlandés

Jacob O’Neil (Detective Privado)              –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina)        –              Bea

 

Thomas Connery aparcó su coche frente al destartalado edificio donde estaba ubicado el despacho de Jacob O’Neil. Thomas se preguntó extrañado, como alguien se metería en esa casucha para contratar los servicios de un detective privado. De hecho, Thomas se preguntó como nadie se metería en ese barrio para contratar los servicios de un detective privado.

Porque en eso se había convertido el orgulloso sargento Jacob O’Neil: en un descastado detective privado empapado en whiskey de segunda. Thomas había olido el alcohol por teléfono. Le había mareado. Había escuchado el resacoso discurso de su amigo, repudiado por su mujer y sus suegros, por sus compañeros del cuerpo de policía.

Alejado de su hija recién nacida…

“¿Por todos los dioses, Jacob qué te ha pasado?” Se preguntaba Thomas.

A los veinte minutos de esperar a que Jacob apareciese, Thomas decidió subir e ir en busca de su amigo.

—¿Jacob? —llamó antes de golpear el cristal de la puerta donde se leía Det. Priv. O’Neal.

—¿¡Quién cojones es!? —escupió una voz pastosa desde el interior.

Thomas olvidó las formalidades, probó suerte y entró.

—¡Qué bien tratas a los amigos, Jacob! —contestó el infante de marina retirado, al entrar—. Soy Thomas

El olor a alcohol, a borracho, le golpeó como una bofetada. El despacho se componía de una mesa atestada de papeles y fotografías, un par archivadores que no archivaban mucho, una papelera con demasiadas botellas vacías, y un desastrado sofá sobre el que remoloneaba Jacob, que había dormido con la ropa del día anterior, seguro.

—¿¡Por qué coño gritas!? —se quejó, sin mirarle—. Si es para contratar mis servicios como detective privado, ahora no puedo atenderle, tengo muchos casos y…

—Jacob, soy yo, Thomas. Thomas Connery —continuó —. Te llamé ayer, ¿te acuerdas? ¿Jackson Elias? ¿Los Finns? ¿La Expedición Carlyle?

—Ah… sí… Es verdad. ¿Fue ayer?… ¿Ya ha pasado un día?

—Sí… Bueno… ¿qué te parece si te hago un café y….?

—No hay café. No hay cocina, ni nada que comer… si quiero comida la compro en el Molly Malone, la cafetería de enfrente… hacen buenas hamburguesas.

—Valeeeee… Pues que te parece si compro un par de cafés y unas hamburguesas para el viaje hasta Nueva York, mientras tú te pegas una buena ducha…

Jacob se irguió. Los ojos desencajados. El sudor frío perló su piel.

—¡No! ¡Ducha no! ¡El café me vendrá muy bien! Muy negro. Sin azúcar. Y la hamburguesa. ¡Sí! Baja al bar y pide eso. En media hora estaré listo.

—Pero la resaca…

—¡Tú no te preocupes de la resaca! La resaca y yo somos amigos desde que mi mujer me abandonó. Puedo hacer malabares con resaca. Puedo trabajar con resaca. La resaca cederá con un buen café. Y con una de esas hamburguesas grasientas del Molly Malone… ¡La ducha no será necesaria…!

Thomas asintió y, muy despacio, salió del despacho mientras Jacob continuaba mirándole fijamente.  Mientras le preparaban las hamburguesas, tranquilo al comprobar que los ojos del camarero eran pequeños, aún a pesar de que bizqueaba, Thomas recordó los temblores de Jacob, sus balbuceos incongruentes, cuando Dagon, el titánico padre de los profundos, emergió ante el USS Urania y atacó Innsmouth.

Cuando volvió hacia su coche, con dos grasientas hamburguesas goteando en una bolsa de papel y dos vasos de cartón rellenos de un petróleo que le habían asegurado que era como le gustaba el café al detective O’Neal, se encontró a Jacob apoyado frente a su coche, embutido en una gabardina, más o menos limpia, y con el cabello apelmazado en una especie de peinado. No olía a alcohol, pero tampoco a jabón… olía a aceite…

—¿Quieres aderezarlo? —le invitó echándose un chorro de ambarino licor a su café.

Thomas le miró a los ojos.

Y le tendió el vaso para que convertir ese mejunje en algo parecido a un café irlandés. Que no se dijera que no eran los Finns.

 

Jacob O'Neil
Jacob O’Neil tras sus experiencias en Innsmouth

 

 

 

La Redada (24) Los Juramentos de Dagon

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso (MUERTO)

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                     ―               Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                              ―              Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                             ―               Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (MUERTO)

Liam McMurdo (Conductor)                                                                 ―             Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                               ―            Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)                      ―            Hernan (2)

 

Cuando el soldado de primera Hammer atravesó las puertas dobles de la Orden Esotérica de Dagon se encontró a media escuadra Apod apuntándole. El cabo The Kid Ditullio parecía estar perfectamente, al igual que Billy Rowan, que tras pegarle un tiro en el pie a Bullseye Dalton, se había ganado el apodo de “Friendly Fire” Rowan. Dalton además del pie herido, llevaba el pecho vendado por el zarpazo de un profundo. Leprechaun O’Brien estaba doblando el estandarte de la Orden Esotérica de Dagon, otro “souvenir” que se llevaría a casa. Uno de los ACEs, el amanerado, tenía el brazo vendado, pero el otro estaba perfecto a excepción de cortes y magulladuras. Y estatua Drake tenía el cuello oculto bajo unos prietos vendajes y el rostro ceroso.

El suelo estaba repleto de cadáveres. Algunos no eran cadáveres humanos.

― Sansón ―soltó Hammer, recordando la contraseña del Proyecto Alianza.

―¿Tú eres gilipollas, no? ―le espetó Ditullio―. ¿Y el resto de refuerzos de la escuadra Sky que hemos solicitado?

―Sólo he podido venir yo ―contestó Hammer―. Llevo una mochila de carga explosiva para derribar este antro… y granadas. Sarge Kowalsky no podía permitirse prescindir de más hombres. Nos estamos enfrentando contra medio pueblo y más… cosas… Han empezado a salir hombres rana de las alcantarillas, monstruos acuáticos del río y unas serpientes voladoras.

Los miembros de la escuadra Apod se volvieron hacia los ACEs, Angus Lancaster y Liam McMurdo. De hecho, Angus que se había colgado a la espalda la extraña espada con la que el sectario decapitó a El Muro Rondale, miraba a Liam que boqueaba, intentando recordar algo sobre serpientes voladoras.

―Eso es nuevo ―contestó el Finn.

―Bueno, cabo ―siseó Estatua Drake con sorna ―, tú mandas.

―El piso superior está vacío ―recordó Leprechaun O’Brien.

―Así que sólo quedan esas tétricas escaleras que van… a abajo ―remarcó Friendly Fire Rowan.

―¿Y el capitán Corso? ¿Y el Muro?―preguntó Hammer al percatarse de que faltaban miembros de la Apod.

―¿Qué pedazo quieres que te muestre Bullseye? ―contestó agriamente Dalton.

―Muy bien. Leprechaun y Hammer iréis en cabeza. Bullseye y Rowan le siguen. Luego los ACE ―Ditullio se encaró con Angus―, que van a dejar de hacerse los héroes e irse a pegar tiros en solitario. ¿Capicce?

―Cristalino ―contestó Angus.

―Pues que se note. Yo cierro la formación.

―¿Y yo qué? ―inquirió Estatua con un hilo de voz.

―Tú estás muy débil. Te quedas a esperar a los refuerzos.

―Vale, pero primero me la vas a chupar.

―No es una broma, soldado.

―Me paso por el forro de los cojones tu graduación, Ditullio ―siseó Drake con los dientes apretados―. Y ahora dime en que parte de la formación quieres que vaya.

The Kid le mantuvo la mirada a su compañero durante unos tensos segundos. Una mirada desafiante, llena de determinación.

―En cabeza, con Leprechaun. Hammer, a la retaguardia conmigo ―mientras los invasores quitaban seguros, hacían saltar cerrojos y correderas, el cabo se agarró al soldado herido por el antebrazo―. Ten la Thompson a punto.

―Descuida, meapilas, lo tengo todo controlado.

Liam se apostó junto a Angus ante la estrecha escalera que se internaba en las profundidades. El conductor miró al arquitecto.

―¿Qué? ¿Cómo se te rompió el estoque te has hecho con una espadita nueva?

―Es más grande y pesa más… pero los fundamentos son parecidos ―informó Angus.

―Ya. La parte que pincha se clava en el rival y esas cosas.

―Esas cosas.

―Angus.

―¿Qué?

―Te quiero.

Angus se volteó hacia su compañero, con las mejillas sonrojadas y el corazón en un puño.

Liam se estaba descojonando en su cara.

―¡Aún sigues cayendo en esa broma! ―se mofó el conductor de rostro quemado―. ¡Tendrías que verte el careto, macho!

Liam le palmeó la espalda, antes de que Ditullio ordenara silencio.

Mientras descendían por las estrechas escaleras, en las que sólo podían bajar por parejas, comenzaron a mancharse con un sucio limo que ensuciaba las paredes.

 

Había tres tramos de escaleras, cada uno decorado por una banderola iluminada por una solitaria antorcha, similar a la que Leprechaun había afanado sólo que en estas, además del despreciable signo de la orden, había algo escrito:

Primer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por mi sangre, que guardaré el secreto de tu presencia y la de tus hijos, contra oídos ajenos, sucios extranjeros y otros villanos

¡Ia, Dagon, Ia!

―Alentador ―murmuró Drake.

―¿Qué es eso? ―preguntó Billy Rowan a sus espaldas.

―¿El qué?

―Yo también lo oigo ―afirmó Leprechaun.

Se escuchaba un rumor. Una cantinela que llegaba desde el subsuelo y se repetía una y otra vez.

En el siguiente tramo de escaleras encontraron otra banderola:

Segundo Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

Juro, por mis manos, que volcaré mi esfuerzo en prestar ayuda a la Orden Esotérica y sus sacerdotes, a tus hijos, los que moran en Y’ha-nthlei, y a ti, oh, gran Dagon

 ¡Ia Dagon, Ia!

El rumor ya era distinguible.

―Dagon.  Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon.

En el tercer tramo de escalera había otro estandarte:

Tercer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por la sangre de mi progenie, tomar a uno de tus hijos como mi pareja, llevarlo a mi hogar, y engendrar toda la progenie que pueda, para que tu especie crezca bajo de las aguas y en la faz de la tierra.

¡Ia, Dagon, Ia!

―¿Qué es engendrar? ―preguntó Drake.

―Tener descendencia ―contestó Rowan.

―Habla en cristiano, coño.

―Follar ―contestó Angus Lancaster.

Drake se volvió hacia sus compañeros y les miró con unos ojos febriles.

―Estas diciendo… que esta gente y los hombre rana…

―¿A qué ahora entiendes porque esta gente es tan fea? ―continuó Angus.

―A Bullseye no le importa donde la mete o deja de meter el enemigo ―contestó Bullseye―. Bullseye quiere bajar y terminar con todo esto.

―Amén a eso ―susurró Leprechaun.

Bajaron más.

Otro largo tramo de escaleras que desembocó en una árida habitación del tamaño de toda la planta del edificio masónico. Esa habitación, iluminada pobremente por una docena de antorchas, estaba gobernada por la presencia de tres gigantescas estatuas. La de la derecha representaba a Padre Dagón, un profundo enorme con un gran falo. La de la izquierda era Madre Hidra, una profundo con unos enormes atributos femeninos. Y en el medio, el Gran Cthulhu, una monstruosidad tentacular con pequeñas alas de murciélago. Las estatuas estaban hechas de una piedra negra con vetas plateadas y parecía que sus ojos de esmeralda miraban a los invasores que se prepararon para desplegarse ante el enemigo.

El enemigo eran filas y filas de fieles arrodillados, invocando el nombre de su deidad, Dagon, junto a una sarta de palabras incomprensibles. Muchos vestían túnicas, otros sólo eran simples marcados de Innsmouth, hombres, mujeres y niños. Todos entonaban la misma algarabía, a la vez.

Ante la horda de fieles había dos sacerdotes, a los cuales la marca de Innsmouth les había deformado de tal manera que parecían profundos con ropa. Se trataba de los sumos sacerdotes de la Orden, Jemeriah Brewster, cuya enorme boca lucía una hilera de finos y desiguales colmillos, y Robert Marsh, que poseía una leonada melena atrapada tras una tiara de oro argentífero.

―Escuadra ―llamó Ditullio―. Nos desplegaremos en hilera. Drake, dispara al dentón de la izquierda. Leprechaun, al melenudo de la izquierda.  Bullseye, al segundo por la izquierda. Friendly Fire, al segundo por la derecha. El Esgrimista Mariposón, al tercero de la izquierda. Filete Muy Hecho, al tercero de la derecha.

―¿Ya tienen apodos? ―preguntó Rowan con voz lastimera, pero The Kid le chistó.

―Hammer tu y yo tiramos granadas… al bulto.

―Pero…

―Al bulto. ¡Vamos!

Liam supo que tras esa orden todos, incluidos él y Angus, empezaron a gritar. La adrenalina corría por sus venas, envenenaba su organismo, les empujaba a pelear. Sin embargo, el tiempo comenzó a avanzar a cámara lenta. Todo. Cada paso, cada gesto, cada respiración, cada latido.

Liam lo vio todo.

La escuadra Apod se desplegó en hilera tal y como The Kid Ditullio había ordenado. Entre los adoradores surgieron diez profundos ataviados con túnicas aguamarinas y armados con lanzas de coral. El sumo sacerdote, Robert Marsh, les dirigió una agresiva mirada cargada de odio, sin dejar de continuar con la gorgoteante letanía, pero Jeremiah  Brewster les señaló con un dedo acusador mientras croaba unas áridas órdenes.

No pudieron hacer más.

La ráfaga de disparos de Estatua Drake le reventó la cabeza a Brewster. La andanada de disparos de Leprechaun O’Brien lanzó a Robert Marsh contra la estatua de Dagon, dejando su laxo cuerpo acribillado. Bullseye Dalton abatió con un certero disparo a un profundo. Friendly Fire Rowan frenó el lanzamiento de otra de esas criaturas con su tiro. La escopeta de Angus tronó, lanzando a dos profundos hacia la multitud que había a sus espaldas. Las granadas que Ditullio y Hammer arrojaron, pusieron en pie a los habitantes de Innsmouth que se levantaron, olvidaron el ritual y comenzaron a huir, por donde podían.

Y Liam observó como la corredera de su pistola se deslizaba hacia atrás. Como la bala generaba un estallido en la boca de su cañón y volaba hacia la cabeza del profundo que corría hacia él, enarbolando su venablo, antes de que el proyectil astillase su frente y le reventase la tapa de los sesos.

Los fieles salieron corriendo en tropel, la mayoría no huyó hacia los militares, que continuaron disparando sin compasión sobre monstruos, híbridos, mujeres, ancianos y niños. Huyeron hacia las estatuas, entrando por unos estrechos pasadizos que serpenteaban tras ellas, desapareciendo en los túneles de los contrabandistas.

Las granadas explotaron. Varios cuerpos volaron por el aire. Una tromba de personas asustadas se cernieron sobre los invasores que continuaron disparando. O’Brien y Rowan fueron derribados la marea de gente. Hammer lanzó una descarga con su metralleta Thompson que fulminó a cinco niños de no más de seis años. Ditullio la emprendió a golpes de culata con un profundo. Drake se escondió tras una columna para recargar su arma. Cada vez que Bullseye apretaba el gatillo, una figura caía pesadamente al suelo. Angus y Liam continuaron luchando, espalda contra espalda.

Mientras ocurría este frenesí de gente corriendo aterrada, el techo crujió.

Un golpe.

Dos golpes.

Las antorchas titilaban.

El polvo caía del techo.

Tres golpes.

Muchos, adoradores de Dagon y soldados de la escuadra Apod, volvieron la vista hacia el techo… Que se agrietó…

―No me jodas ―gruñó Ditullio segundos antes de que  una enorme zarpa de batracio atravesara cientos de toneladas de tierra y piedra, arrojando escombros por doquier y enterrando bajo su peso al cabo que apodaron The Kid durante su participación en los Golden Gloves.

Dagon había llegado hasta la Orden Esotérica, había arrancado el techo y atravesado todo el edificio a zarpazos, y había abierto el suelo para llegar hasta la sala de oración. Su zarpa comenzó a tantear la sala, buscando algo.

―¡¡¡¡Ditulliooooooooo!!!!! ―aulló Drake que atravesó la sala, corriendo hacia la zarpa y disparándole con rabia con todas las balas de su metralleta. Balas que fueron como la picadura de docenas de molestos mosquitos sobre las duras escamas del titán.

La garra se agitó con la violencia de un ciclón. Golpeó y mató a una docena de sus fieles…

Y a Estatua Drake. Su cuerpo se quebró como una frágil ramita y salió despedido por el impacto, golpeando duramente contra la pared de piedra.

La zarpa se hundió en el suelo arenoso del sótano y extrajo un cono de piedra plagado de retorcidos glifos grabados en un extraño mineral ultraterreno. Se trataba de la piedra rosseta de los Glifos de R’lyeh, el libro de Dagon original.

Una mano agarró a Leprechaun del hombro. El irlandés se había quedado sin munición para la metralleta y alzó su Colt 45 contra el intruso, que era el soldado de primera Bullseye Dalton.

―Saca a todo el mundo de aquí ―ordenó el francotirador.

Leprechaun asintió con la cabeza. Ayudó a Billy Rowan a ponerse en pie y contempló a Dalton caminar con paso firme entre los últimos aterrados adoradores de Dagon, hacia el gran agujero del techo.

―¿Qué vas a hacer? ¡Bullseye!

―Bullseye va a matar a esa cosa ―dijo Bullseye antes de alzar su fusil 30.06. Disparó hacia la oscura figura del padre de todos los profundos que se alzaba a docenas de metros de ellos.

Leprechaun empujó al aturdido Rowan y se unieron a los Finns mientras los instaba a salir por las escaleras que llevaban al exterior. Hammer dejó caer su mochila explosiva ante uno de los horribles ídolos de la sala, aquel que tenía una cabeza cefalópoda. Activó los explosivos para explotaran en cinco minutos y pasó corriendo junto a Bullseye que continuaba disparando a Dagon.

El experto en explosivos de la escuadra Sky salió sin ver como la zarpa del  primigenio descendía de nuevo y agarraba a ese molesto hombrecillo que continuaba atacándole en solitario. Nadie vio como el gigantesco profundo lo alzaba y le miraba furibundo. Aunque había perdido el fusil, Dalton continuaba disparándole con su pistola.

―Bullseye espera darte ardor de estómago, maldito hijo de…

Nadie vio a Dagon devorar de un bocado la mitad del cuerpo del cazador de ciervos de Iowa, Bullseye Dalton.

Y en ese momento, la mochila explosiva de Hammer detonó. Los supervivientes de la escuadra Apod salieron de la Orden Esotérica de Dagon a tiempo de ver como la estructura del edificio se venía abajo y se derrumbaba, escupiendo una nube de polvo que inundó dos manzanas.

La colosal figura de Dagon se internó a zancadas por las calles de Innsmouth, hasta llegar al puerto, donde se zambulló en el mar y desapareció.

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Dagon ya tiene su Libro

Ver a su dios huir calmó el ánimo de los furiosos habitantes del pueblo maldito, los cuales depusieron las armas y permitieron que las tropas norteamericanas les redujeran y detuvieran.

Sentados en los escalones del derruido edificio, Angus y Liam fumaban, con aire ausente, dos horribles puros que Sarge Kowalsky les había regalado con motivo de la victoria.

Angus se volvió hacia Liam.

―Liam.

―¿Qué? ―contestó este, contemplando como unos militares conducían a un grupo de híbridos de Innsmouth que caminaban con las manos en la cabeza en fila de a dos.

―Yo también te quiero.

Liam se volvió de improviso hacia su compañero, el cual sonreía con malicia.

―¡Tendrías que verte el careto, Filete Muy Hecho!

―Me has cazado, pero bien, Esgrimista Mariposón.

Y, entre tanto horror y caos, Liam y Angus estallaron en carcajadas, como hacía diez años

La Redada (22) El Cantar de Madre Hidra

Comandante Robert Harrow (HERIDO)

Teniente Comandante Baird                      –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos) (MUERTO)                    –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)                    –              Garrido2

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50) (MUERTO)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán) (MUERTO)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)        –              Soler2

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East (ABATIDO)

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

Todo el mundo en ese submarino se había vuelto loco, menos Annie O’Carolan.

O eso pensaba Annie al tiempo que se arrimaba todo lo que podía a la tubería a la que el suboficial médico Devore le había “esposado”.

El horrible canto de Hidra lo llenaba todo mientras los enajenados marineros se dejaban llevar por monstruosos instintos animales.

En la sala de máquinas, el Suboficial de 2ª Burnes aulló de frustración cuando los cuatro hombres a su cargo se armaron de llaves inglesas y palancas, y comenzaron a golpear con saña los motores y turbinas del submarino.

El Inconsciente comandante Harrow estaba encerrado en su camarote pero un grupo de dementes marineros había comenzado a embestir la portezuela de su habitáculo.

En las zonas comunes, los marinos babeaban y aullaban mientras rodeaban al cuerdo suboficial de 3ª Thommy Malone quien desenfundó su automática del 45 intentando proteger el armarito que había a su espalda, donde se guardaban los rifles y las pistolas del submarino.

En la sala de control, los hipnotizados se arrojaron sobre el teniente comandante Baird. Uno le agarró del brazo, otro de la pierna, y otro le saltó a la espalda e intentó arrancarle una oreja de un mordisco. Danny Boy, el timonel, observó aterrado como su compañero, el marinero encargado del control de profundidad, empujaba las palancas para descender aún más allá de los 60metros a los que el S19 había llegado.

En la sala de torpedos, los marinos que habían acudido en apoyo del suboficial Dela Poer, se armaron con lo que pudieron para golpear inmediatamente a los torpedos, ante la atónita mirada del contramaestre.

La primera reacción de Annie fue buscar la pistola que Devore había guardado en su gabardina… pero recordó el efecto de la bala disparada por el enajenado marinero East. El plomo ardiente desplazándose a lo loco por todo el interior del submarino, destrozando paneles de control e impactando a vete a saber quién… por no mencionar que estaba esa letanía, ese cantar aberrante que llenaba todo el submarino y que Annie sabía que era producto de alguna de las entidades de los mitos.

Era el cantar de Madre Hidra lo que estaba volviendo locos a los hombres. Era magia y la pistola no resolvería esa situación.

Una figura atravesó la sala de control y se cernió sobre ella.

Annie contuvo el grito, dejo de fingir que estaba esposada y se llevó las manos a la pistola, al tiempo que el desconocido se le echaba encima.

―¡El gramófono! ―le gritó el suboficial médico Devore al tiempo que llegaba junto a ella.

Annie soltó aire, dejó la pistola en el bolsillo y al instante abrió mucho los ojos…

El gramófono que Devore había conectado al inicio de la misión por orden de Harrow, aquel con esa canción militar, cuyo sonido había animado a los marineros del S-boat.

―Me ha leído usted la mente, señor Devore ―reconoció Annie, al tiempo que agarraba al suboficial médico del brazo y corrían hacia la sala común donde estaba el gramófono.

El suboficial Acker dejó el puesto del sónar, lanzándose sobre uno de los marineros que forcejeaban con el iracundo teniente Baird que no paraba de aullar órdenes.

Danny Boy soltó el timón y comenzó a golpear infructuosamente a su compañero para que dejase de hundir el submarino.

63 metros.

La carrera de Annie y Devore se frenó cuando se encontraron con dos marineros que bloqueaban el estrecho pasillo, y cuya mirada muerta no vaticinaba nada bueno. Tras ellos, el marinero Fulci había llegado a la sala común, a tiempo de ver el disparo que efectuó el suboficial Thommy Malone contra uno de los dementes que le atacaban. El hombre cayó de rodillas, pero el resto de enajenados pasó sobre él y se cernieron, todo uñas y dientes, sobre el oficial. Aterrado, Fulci agarró una llave inglesa y corrió hasta los marineros, barbotando insultos en italiano y, de un acertado golpe, le abrió la cabeza al más cercano.

Uno de los marineros hundió sus pulgares en los ojos del suboficial Malone. Otro comenzó a  tironear de su brazo hasta arrancarlo de cuajo.

Un tercero se hizo con la pistola.

Y el ulular de Hidra continuaba sonando.

66 metros.

Chorros de agua y gas emergían de las turbinas. Los engranajes chillaron cuando un marinero metió su brazo entre la maquinaria, interrumpiendo su funcionamiento y perdiendo su extremidad. Burnes no podía detenerlos a todos mientras destrozaban su submarino, sus motores, su niño. Comenzó a lanzar golpes a lo loco con una gigantesca llave inglesa.

Los marineros que estaban ante Devore y Annie se arrojaron sobre ellos. El suboficial médico apartó a la cazadora de libros y se enzarzó en una sucia pelea con ambos marinos, permitiendo que Annie pasase, a trancas y a barrancas, por el estrecho pasillo para llegar hasta donde el gramófono la esperaba, ajeno al despedazamiento del oficial Malone.

El marinero loco armado con la pistola se volteó hacia Annie. Sostenía el arma con dos manos temblorosas y  sonrió mientras le apuntaba, pero la centelleante llave inglesa de Fulci cayó sobre sus muñecas y le desarmó.

―¿¡Ma que cosa facere usted acuí, signorita!? ―espetó Fulci, décimas antes de aporrearle la cara al marinero, saltándole los dientes.

Acker le descargó un fiero puñetazo a uno de los hombres que atacaban al teniente comandante Baird y lo derribó. Danny Boy continuó intentando apartar a su compañero del control de la profundidad.

Desde la cabina de torpedos comenzaron a llegar los disparos que efectuaba el hierático oficial Dela Poer sobre sus hombres. Dela Poer puso la pistola en la nuca de uno de los marineros y le voló la cabeza. Se giró a otro y lo ejecutó. Sin parpadear, sin mediar palabra.

69metros.

El canto de Hidra continuaba sonando.

La maquinaria chillaba de dolor.

La puerta del comandante Harrow crujió ante las embestidas de los enajenados.

Uno de los marineros agarró a Devore del cuello y comenzó a estrangularle.

Annie intentó poner el disco del gramófono pero el submarino se sacudió violentamente cuando los motores se detuvieron, y el vinilo se escurrió entre sus manos. Fulci se posicionó ante Annie y comenzó a trazar arcos con su llave inglesa, tratando de contener a los marineros que les rodeaban.

Dos marineros abrieron el armario de los fusiles.

Con la ayuda de Acker el teniente comandante Baird se zafó de uno de los hombres que le apresaba, sacó su automática del 45 y le apuntó.

Dela Poer le voló la cabeza al último miembro de la tripulación que estaba golpeando los torpedos.

72 metros

Annie agarró el vinilo. Dejó salir el aire que retenía en sus pulmones. Cerró los ojos.

No estaba en ese chirriante submarino, a punto de morir aplastada por la presión del mar, asesinada por una horda de marineros enajenados. Fulci no estaba lanzando golpes con esa herramienta salpicada de sangre y sesos para protegerla. Devore no estaba siendo estrangulado. Baird no iba a matar a uno de sus hombres. Acker y Danny Boy no estaban agrediendo a sus compañeros. Dela Poer no había ejecutado hasta el último de sus hombres. Barnes no estaba llorando de dolor porque los marineros a su cargo golpeaban su preciada nave.

No.

Annie estaba en su departamento de Nueva Orleans, ante su gramófono, dispuesta a poner un vinilo de música clásica, que escuchar mientras continuaba trabajando la traducción del Chaat Aquadingen. El Chaat, el libro le estaba esperando en casa, deseando ser estudiado, deseando ser traducido, deseando mostrar sus secretos. Y Annie iba a hacerlo.

Annie puso el disco en el plato giratorio, deslizó con tranquilidad el brazo por encima y apoyó con mimo la aguja en el vinilo.

“Its a Long Way to Tipperary”

En cuanto los primeros acordes de “Its a Long Way to Tipperary” sonaron el mundo se detuvo. El cántico de Hidra enmudeció. Los hipnotizados se quedaron durante unos segundos rígidos, inmóviles… Comenzaron a parpadear, a despertar, descubriendo que habían estado combatiendo, que tenían las manos ensangrentadas, algunos tenía la boca llena de sangre o carne, estaban heridos, muriéndose quizá.

75 metros.

El casco crujía y en algunas partes comenzó a combarse. Chorros de agua, goteras y pequeñas cataratas emergían por doquier. Algún remache salió volando, rebotando por el interior. Comenzaron pequeños incendios y estallidos de chispazos.

El teniente Comandante Franklin Baird se giró al hombre que casi le había arrancado una oreja de un mordisco.

―¿Esta bien? ―le preguntó con voz grave.

El marinero parpadeó, aletargado, y asintió levemente con la cabeza.

Y Baird le descargó un salvaje puñetazo en la cara con la culata de la pistola y le dejó inconsciente. Hizo crujir su cuello antes de agarrar la bocina con la que podía comunicarse con todo el submarino.

―¡Todo el mundo a sus puestos! ―ladró por el altavoz.

Y entonces se fue la luz.

Hubo un segundo de silencio, en la más absoluta oscuridad, en la que todos los tripulantes del S-boat escucharon su respiración y el rechinar de metal, hundiéndose cada vez más en las aguas de la costa de Innsmouth.

―¡Informe de daños! ―rugió Baird, desde todas partes. Parecía la voz de un dios malvado y vengativo.

Mientras las linternas comenzaban a encender, el ingeniero jefe Burnes contestó.

― Sistemas eléctricos dañados. No hay renovación de aire y la nave no tiene energía. Los motores no funcionan y ¡vamos a descender aún más!

78 metros.

―Necesito que alguien accione los alternadores del cuarto de baterías ―continuó Burnes―. Yo me encargaré del desastre que hay en la sala de máquinas… el resto es cosa suya, señor.

―Acker informe del sónar. Danny Boy  suelte lastre y timón a cuarenta y cinco grados ascendentes.

Acker arrojó los cascos antes de ponérselos.

―El sónar está como loco… es como si algo golpease incesantemente al submarino.

―Son esos monstruos ―murmuró un marinero.

Devore se volvió hacia el marinero.

―Tranquilícese, esas cosas no…

― ¡Los Monstruos! ―chilló otro marinero que cayó de rodillas―. ¡Los Monstruos intentan entrar! ¡Intentan entrar!

―Devore, controle la histeria.

―¡Eso trato de hacer, teniente Baird!

Pero antes de que  el suboficial médico pudiera tratar a alguno de los marineros, Annie le agarró del antebrazo. Ambos observaban la pared a la que señalaba el marinero histérico y, para su espanto, comprobaron como la superficie metálica comenzó a desdibujarse, a transparentarse… hasta que una zarpa anfibia golpeó la pared.

Poco a poco, todas las paredes del submarino comenzaron a perder consistencia. Todos pudieron observar el fondo marino a través de una veintena de profundos que rodeaban el submarino, golpeándolo con sus garras…

Pero no sólo eso.

En el suelo del fondo marino se apreciaba un fulgor verdoso y nocivo que emergía de cientos de columnas de piedra negra que daban forma a la ciudad submarina de Y’ha-Nthlei.

Enormes construcciones hechas de piedra y coral, con ventanas que despedían una fría luz que atravesaba a los profundos que se agarran al submarino, como si fueran rayos X, mostrando sus esqueletos, espinas y vísceras bajo la piel escamosa. Era un espectáculo asombroso y terrible.

Contemplaron cómo decenas, cientos, miles de profundos nadaban por sus oscuras aguas, al parecer huyendo de la blasfema Atlántida. Había profundos enormes, mucho más grandes que los horrores que Annie había visto en Innsmouth o que se aferraban al sumergible. Había criaturas cefalópodas inimaginables, Horrores de las Profundidades… y hasta un gigantesco profundo, que ululaba un canturreo que había enloquecido a los hombres del S-boat y que ahora servía para favorecer el desalojo de su progenie… se trataba de Madre Hydra, reina de los profundos.

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Madre Hidra (aunque en la ilustración es “Dagon y el Monolito”, de Mark Foster) 

Muchos marineros entraron shock o enloquecieron. El hombre que estaba ante Annie y Devore intentó huir del submarino a través de la pared invisible del sumergible, y comenzó a  golpearse, una y otra vez, la cabeza contra el metal. Otro se destrozó los puños al golpear el acero, pensando que peleaba contra los monstruos del otro lado. El marinero que había matado al oficial Malone tomó la pistola de este, se la metió en la boca y se pegó un tiro.

Mientras la locura seguía adueñándose de las almas de los marineros del S-boat, algunos de sus valientes hombres se enfrentaban a la maquinaria para devolverle la vida al sumergible e intentar escapar de esa pesadilla submarina. El suboficial Burnes puso firmes a su escuadra y consiguió reparar los dañados motores y todos escucharon como las turbinas volvían a rugir.

El teniente comandante Baird ordenó a Fulci y al suboficial Acker correr hacia la sala de baterías donde, a la luz del farol que llevaba el italoamericano, hicieron funcionar los alternadores, devolviendo la electricidad al submarino.

―Timonel ―ordenó Baird, mientras señalaba hacia la ciudad ―. Vire hacia… Eso…

―¿Estará de broma, no señor?

―¡En absoluto! Nuestra misión es torpedear ese emplazamiento y es prescisam…  ¿Timonel? ¿¡Timonel a dónde demonios va!?

―¡Me largo de aquí! ―chilló Danny Boy histérico―. No pretendo quedarme a…

Annie zancadilleó al joven timonel que dio con sus huesos contra el duro suelo de metal del submarino. Baird le dedicó una torcida sonrisa antes de colocarse ante el timón.

―¡Sala de torpedos!

―Sí, señor ―contesto presto Dela Poer.

―¡Prepare los torpedos uno y dos!

―Están listos, señor.

―¡Pues abra fuego, maldición! ¡Que no quede nada!

Todos pudieron ver cómo los torpedos atravesaban el agua hacia la ciudad sumergida e impactaban de lleno en una gran cúpula de coral, que explotó en un aluvión de burbujas.

―¡Dela Poer, quiero seis o siete como esos! ―ordenó Baird, consiguiendo que el destrozado submarino ascendiera levemente.

―Estoy solo, señor ―contestó Dela Poer.

―Muy bien. Acker y Fulci, cuando terminen en la sala de baterías apoyen a Dela Poer ―el teniente comandante se volvió hacia Annie―. ¿Asesor Civil, podría ayudarnos a destruir esa ciudad submarina llena de monstruos?

―A sus órdenes ―respondió Annie, al tiempo que corría por el submarino hasta la sala de torpedos.

Junto a la ayuda de Roy Acker, Fulci y el suboficial Dela Poer, cargaron cuatro torpedos que detonaron cada uno 2254kg de dinamita sobre las torres submarinas de piedra negra, las pasarelas de coral y las estatuas a deidades obscenas de la ciudad hundida de Y’ha Nthlei, destruyéndola por completo y asesinando a gran cantidad de profundos y demás progenie escamosa de Dagon e Hidra.

―Señores ―dijo la voz del teniente Baird por el sistema de comunicación de la nave―, misión cumplida. No íbamos a fallar.

Annie puso los ojos en blanco y decidió morderse la lengua.

El submarino volvió a duras penas hasta la superficie.  Estaba lleno de brechas, medio inundado y no paraban de surgir nuevos incendios, por lo que el teniente comandante ordenó la evacuación del submarino, tras solicitar ayuda por radio.

La patrullera Spectre, capitaneada por Jhon “El Jefe” Wallis, apareció a los pocos segundos e hizo un barrido de ametralladoras a la desastrada cubierta para poner en fuga a los vengativos profundos que aún se agarraban al S19. El barco se acercó y, tras unos largos y tensos minutos, toda la tripulación que había sobrevivido a la experiencia submarina, subió a la patrullera.

Annie O’Carolan, tiritando y envuelta en una manta, observó como el S-boat se hundía, mientras se prometía a si misma, no volverse a meter en un sumergible en su vida.

La Redada (21) Dagon Emerge

Guardacostas Urania

Capitán Stephen Hearst

Teniente de Navío, Martin Winter (Segundo al Mando)                              – Hernán(2)

Suboficial de 1ª Tolben (Cañón 75mm Proa)                      – Garrido

Marinero Bart (MUERTO)

Marinero Ralph (MUERTO)

Marinero Skinner

Suboficial de 3ª Chimes (Ametralladora 30 Estribor)       – Sarita

Marinero LaParca (Ametralladora 50 Babor)                      – Soler

Marinero Henson (Ametralladora 50 Estribor) (MUERTO)- Jacin

Marinero Fulton (Tiene una Pistola de Bengalas)             – Toño

Grumete Taft  (16 años) (MUERTO)                                       – Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)                                  – Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)                                          – Raúl

El Cocinero

44 MARINEROS –  34 MUERTOS

 

Patrullera Vigilant (HUNDIDA)

 

Patrullera Spectre

Suboficial “Jefe” Jhon Wallis (Fuma como un carretero)               -Jacin (2)

15 Marineros – 6 MUERTOS

 

El capitán Hearst no paraba de ladrar órdenes por la cubierta, ordenando a todo el mundo que corriera a sus puestos de combate y que disparasen hacia Innsmouth. Él mismo disparaba sin mirar con su automática del 45 hacia el mar, hacia la ciudad.

‒ ¡Estamos ante una ciudad invadida por demonios! ―aullaba rabioso―. ¡Estamos ante las puertas del Infierno! ¡Disparad mis cruzados! ¡Disparad mis guerreros divinos! ¡Acabad con las hordas demoníacas! ¡Fuego a discreción! ¡Que no quede ninguno con vida!

El teniente de navío Winters miraba con los ojos entrecerrados al capitán desde la timonera, fantaseaba con que bajaba y se posicionaba tras Hearst para empujarlo por la barandilla. Se imaginaba que la fatigaba y herida tripulación rompía en aplausos y felicitaciones. Que le nombraban capitán. Qué demonios, por eso se merecía ser comodoro, por lo menos.

Pero, el teniente de navío Winters sólo imaginaba y su vista se quedó clavada en el mar… en algo que estaba viendo y no podía creer.

El suboficial de 1ª Tolben se volvió hacia Thomas Connery, Jacob O’Neil y su comparsa, el marinero Fulton.

―¡Ese hombre está loco! ―sentenció Tolben―. Se cree un ángel vengador y pretende hacer llover fuego y azufre sobre Innsmouth.

―A mí lo que me preocupa no es eso ―murmuró Jacob taciturno, contemplando como el capitán Hearst pateaba a un marinero muerto, ordenándole que se levantase y se aprestase para la lucha―. Lo que me preocupa es que todo aquel que se le interponga puede acabar con un tiro en las tripas.

Pedro LaParca y el suboficial de 3ª Chimes habían conseguido escapar de la atención de Hearst mientras se curaban las heridas con un pequeño botiquín de primeros auxilios.

Entonces, Thomas golpeó en el antebrazo a Jacob.

― ¿Qué?

Thomas no dijo nada. Volvió a golpear a Jacob en el brazo.

―¿Qué? ―Otro golpe―. ¿¡Qué!? ¿Qué pasa, Thomas? ¿Qué quieres?

Thomas estaba mudo… Señalaba hacia la negra, brillante e irregular superficie del Arrecife del Diablo, desde donde una horda de profundos, muchos, incontables, nadaban hacia Innsmouth…

Y a algo más…

Algo enorme. Del tamaño de un edificio de cinco planta. Algo gigantesco que emergía del agua, tras el arrecife sobre el cual se está formando una nube de bruma densa y blanca.

Era un profundo, sí, pero un profundo enorme. Una figura abotargada, escamosa, increíble. Una docena de profundos se agarraban a la criatura mientras se ponía en lo alto del arrecife, segundos antes de  lanzar un gorgoteante bramido que heló los corazones de todos aquellos que lo escucharon.

―Dagon ―murmuró Thomas Connery con un hilo de voz.

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Dagón Emerge, de skullbeast (Deviantart)

La triste detonación de una pistola sacó a muchos de los marineros del Urania del terror que les atenazaba. Se trataba del capitán Hearst… que sonreía.

―¡Ese Hijo de Puta es Mío! ―gritó con los labios recubiertos de saliva espumosa―. ¡Timonel! ¡¡¡Vire el barco en dirección a esa cosa!!!

Mientras tanto, a cientos de metros de distancia, en la patrullera Spectre, el suboficial Jhon “El Jefe” Wallis se quemó los dedos con la cerilla que sujetaba ante su cara… Estaba bloqueado, observando con pavor el resurgir de Dagon en el arrecife del Diablo mientras, alrededor de su patrullera, nadaba parte de la horda de profundos que se dirigían a la costa de Innsmouth.

―¡Homb-b-bres! ―gritó con voz tartamudeante, pero los marineros estaban congelados ante la imagen del padre de los profundos y su progenie que nadaba por todo el oscuro mar― ¡Maldición! ¡Tripulación! A sus puestos de combate. Quiero esas ametralladoras disparando a todo lo que se acerque nuestra quilla. ¡Quiero que el timón vire a Sur suroeste! ¡A toda máquina!

Pero el contramaestre de Wallis no repitió sus órdenes porque había desaparecido tras la ola que hundió al Vigilant y su timonel estaba blanco, inmóvil, mientras una oscura mancha se expandía en sus pantalones y un charco amarillo se formaba a sus pies.

Y la patrullera Spectre navegaba a toda velocidad hacia el arrecife del Diablo… Hacia esa cosa enorme.

En el guardacostas Urania el teniente de navío Winters podría haber intervenido, haber cancelado las enajenadas órdenes del enajenado capitán Hearst. Podría haber hecho algo heroico como su mente fantaseaba… pero estaba acuclillado en la timonera, tapándose los ojos, llorando, deseando no estar allí.

―¡Mi hermano! ―gritó el marinero Fulton, con la vista clavada en Dagon―. ¡Mi hermano se ahoga! ¡Tengo que salvarlo!

Fulton pasó corriendo ante Thomas y Jacob y se tiró por la borda.

―¡Fulton! ―gritó Jacob, intentando agarrarlo, pero el marinero se lanzó al agua antes de que pudiera hacer nada por él. Thomas les ignoró. El Finn chillaba. En su cabeza todo era rabia, todo era miedo, todo era odio. Comenzó a disparar con su rifle, desquiciado, asustado, furibundo.

Jacob miró hacia el mar que se había tragado a Fulton… y luego miró a su derecha donde descansaba laxa una ametralladora del calibre treinta. Se aferró al arma. Apuntó hacia la gran figura del Dagon y, gritando, apretó el gatillo, sintiendo el embestir del traqueteo de la potente ametralladora, controlando el retroceso que empujaba el cañón al cielo. Las balas trazadoras volaron brillantes y parte de la ráfaga impactó al padre de los profundos, arrancándole un grito de dolor.

LaParca le imitó. Se posicionó en su ametralladora del calibre cincuenta pero se tomó unos deliciosos segundos más para apuntar al monstruo… A un profundo que trepaba por su vientre abotargado.

Blanco pequeño ―dijo en español―. Error pequeño.

La técnica del marinero era mejor que la de Jacob y cuando apretó el gatillo su ráfaga de disparos fue perfecta, de arriba a abajo. Una lluvia de plomo incandescente impactó al monstruo, destrozó a varios de sus pequeños secuaces mientras causaba un aluvión de heridas negras entre sus escamas.

El suboficial Chimes disparó con su fusil pero el disparo se perdió en la bruma.

―Este arma no funciona ―murmuró hierático, antes de tirar el rifle por la borda.

Tolben disparó el cañón pero el obús se quedó bajo. Impactó en el arrecife, arrancando esquirlas de piedra negra, matando profundos, levantando la misteriosa bruma.

Dagon rugió hacia el Urania, antes de dar un gran salto. Era espectacular y aterrador contemplar a una criatura tan grande saltar con gracilidad y caer al agua, donde se sumergió dejando un rastro de negra sangre oleosa.

―¡Que los monstruos no suban a bordo! ―gritaba “El Jefe” Wallis en el Spectre. El disparo del cañón parecía haber sacado a su tripulación del aterrador efecto hipnótico que el monstruo poseía… no era ningún poder, ni ninguna magia. Era, simplemente, aterrador ver una criatura tan grande en movimiento.

Wallis empujó al timonel a un lado mientras los marineros corrían por cubierta, disparando y chillando. El capitán de la Spectre dio un volantazo al timón y el barco se escoró hacia derecha, hacia Innsmouth, evitando embestir al arrecife pero, todos en su embarcación sintieron la cubierta temblar cuando algo enorme pasó buceando bajo ellos.

―¡Va hacia Innsmouth! ―gritó Chimes en el Urania, al tiempo que disparaba con su pistola hacia el mar. Su disparo se perdió en el aire y Chimes miró la pistola―. Esta rota ―comentó al aire antes de arrojarla por la borda.

Algo similar le ocurría a Thomas que apretaba el gatillo de su fusil 30-06 pero el arma no disparaba…

―Maldita sea ―chillaba Thomas cada vez que accionaba el gatillo, pero no abría fuego―. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! ¡Mald…!

Presa de su rabia, Thomas se había olvidado de accionar el mecanismo de cerrojo del fusil. Cuando se percató, gritó enrabietado, antes de accionarlo.

Jacob se apartó de la ametralladora. No como LaParca que continuaba disparando, riendo, aullando en español. El policía sacó su automática del 45 mientras miraba anonadado a su alrededor. El capitán Hearst pasó gritando a su lado, le golpeó en el hombro antes de disparar con su pistola, a ciegas, pero impactó en la espalda de un marinero que cayó al mar. Tolben se afanaba en recargar su cañón en solitario. Un marinero corría gritando en dirección contraria a Jacob arañándose la cara. Otro comenzó a golpear su cabeza contra la barandilla mientras gritaba palabras en griego. Jacob no pudo evitar que una zarpa palmeada, agarrase la pierna del hombrecillo y le arrastrase al mar, al tiempo que varios profundos se afanaban por subir a la cubierta del Urania.

El caos reinaba por el guardacostas que perseguía a Dagon a toda velocidad.

Hacia Innsmouth.

―Esto es el final ―murmuró Jacob.

La tripulación del Spectre se lanzó con rabia sobre sus propios invasores. Dispararon a los profundos con sus ametralladoras, con los fusiles, empujaron a dos por la borda con unos arpones, e incluso Wallis abatió a uno de un certero disparo con su pistola del calibre 45.

―¡Skinneeeeer! ―gritó Wallis ―¡Tome el timón! ¡Reduzca velocidad! ¡Quiero que dos hombres echen a ese engendro de mi barco! Y…

Wallis observó atónito como el Urania pasaba a toda máquina por su popa.

―Pero… ¿A dónde demonios va Hearst?

El capitán Hearst y Tolben discutían al pie del cañón. El capitán le apuntaba con la pistola, pero la corredera estaba desplazada completamente hacia atrás porque el arma estaba vacía. Thomas se giró a su espalda donde había un profundo al que disparó a bocajarro. Jacob le imitó, pero su disparo impactó a los pies de otro profundo que enarbolaba una lanza. LaParca comenzó a forcejear con el mecanismo de agarre que sostenía su ametralladora, con intención de liberarla del trípode, cuando un profundo se le echó encima. El marinero se apartó a tiempo de ver pasar ante sus ojos una cuchilla que se clavó en medio de la cabeza anfibia. Había sido arrojada por el ángel de la guardia del marinero LaParca, el Cocinero del Urania. Un profundo arrojó a un marinero por la borda. Dos criaturas se lanzaron sobre el suboficial Chimes. Este agarró de las garras a uno de los monstruos marinos evitando su ataque pero el otro le lanzó un zarpazo al vientre. Chimes se apartó de los monstruos, mareado, tambaleándose, notando como el aliento se le escapaba y el frío le llenaba. Se palpó la tripa, notó algo pringoso y descubrió sus manos manchadas de sangre.

Cayó al suelo, segundos después de que sus tripas se desparramaran por la cubierta.

Dagon trepó al espigón de la bahía de Innsmouth. Sus grandes zarpas palmeadas caminaron a zancadas por las piedras, camino a la ciudad.

“El Jefe” Wallis y su tripulación abatieron al resto de monstruos de su barco, consiguiendo un segundo de calma en la patrullera. Así pudieron presenciar el espectáculo que ocurriría a continuación en el espigón de Innsmouth.

El teniente de navío Winters estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba tan asustado que no vio a un profundo que había subido hasta la timonera.

El profundo que se hallaba ante Winters estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Quería destrozar de un zarpazo al timonel del Urania.

Thomas estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Estaba a horcajadas del profundo que había matado, golpeándole la cabeza con la culata de su rifle.

Jacon estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Forcejeaba sobre la cubierta con un profundo que babeaba sobre su cara mientras intentaba matarle a zarpazos y mordiscos.

LaParca estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Había desanclado la ametralladora del calibre 50 y disparaba sobre la cubierta, abatiendo todo lo que se le ponía en medio… como casi todos los marineros habían muerto, LaParca acertó a varios profundos a los que destrozó a balazos.

El suboficial Chimes estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Se estaba muriendo.

El suboficial Tolben estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El capitán Hearst estaba fuera de sí y, como no tenía munición, no le había matado… pero él tenía una pistola y la sacó de su funda con intención de acabar con el tirano.

El marinero Fulton estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Su hermano se ahogaba. Tenía que salvarlo. Así que tomaba aire y buceaba en las oscuras aguas de la bahía de Innsmouth buscándole, con intención de asistirle, de cogerle de las axilas y sacarlo. Cuando el aire se acababa, Fulton volvía a la superficie a tomar más aire y así de nuevo a bucear.

Sólo él podía salvarle. Era Fulton. Tenía una pistola de bengalas.

El timonel de Urania estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. El profundo a su espalda le acababa de partir en dos de un zarpazo.

Dagon estaba ajeno a todo lo que ocurría a su alrededor. Tenía una misión. Tenía que llegar hasta el edificio de la Orden Esotérica.

LaParca se quedó sin munición… El cañón humeante de su ametralladora apuntaba al gigantesco padre de los profundos que estaba en tierra…

¡En una tierra que se les acercaba muy rápidamente!

―¡Alarma de colisión! ―chilló LaParca, al tiempo que arrojaba la ametralladora y corría para agarrarse al cañón del Urania. Tolben intentó agarrarse, pero el impacto le arrojó contra su arma, se golpeó la cara, cayendo inconsciente al suelo.

El Capitán Hearst no. Miró a LaParca con sus claros ojos azules antes de ser impulsado violentamente por la inercia del barco. Sus pies despegaron del suelo, voló, pasó volando por encima de la borda y desapareció, engullido por las aguas que golpeaban en el espigón.

La fuerza del impacto arrojó a Thomas contra el suelo, se golpeó la cabeza y se retorció por el suelo mientras una brecha le llenaba la cara de sangre.

Jacob rodó por el suelo abrazado al profundo con el que forcejaba. Aprovechó la inercia para arrojarlo del barco de un patadón. Se arrastró por la cubierta, temblando, de frío y miedo, se abrazó a si mismo mientras contemplaba, horrorizado, como la costa de Innsmouth estaba siendo invadida por un enjambre de profundos.

No los habían podido detener. Nunca los podrían detener.

Winters observó como el profundo y los restos destrozados del timonel salían despedidos de la timonera, vete a saber donde. Él, salió de su estado de shock, se alzó lentamente, temblando de miedo, temiendo ver otra vez al horror que había surgido del mar.

Y lo vio.

Andando por el espigón.

Y vio el cañón.

Sus años de estudio en la escuela de oficiales se abrieron paso a zarpazos entre el horror vivido. Encendieron una llama de razón, de fuerza, de cordura en el joven teniente.

―Esta a tiro ―murmuró con los dientes castañeteando― ¡Está a tiro! ¡Está a tiro! ¡Oficial del cañón! ¡Dispare! ¡Dispare, maldita sea! ¡Está a tiro!

Pedro LaParca, el marinero que se había convertido en la diana de muchas burlas en el Urania a causa de su precario nivel de inglés y sus aires de gallito, alzó la cabeza y vio el cañón, vio a Dagon.

Jacob O’Neil, que se había convertido en la diana de muchas de las burlas de los Finns porque se había hecho policía, alzó la cabeza y vio una de las ametralladoras, vio a Dagón. Jacob la tomó apretó el gatillo y disparó a ciegas. Las balas trazadoras volaron cerca del monstruoso padre de los profundos…

… pero no le acertaron.

Pedro LaParca giró las manivelas que movían la pieza de artillería. Apuntó y apretó la palanca.

El cañón disparó.

El obús voló por el aire.

Y explotó… destrozando varias casas de pescadores del puerto, pero sin herir a Dagon, que se internó a grandes zancadas en la ciudad.

Pedro LaParca cayó de rodillas, derrotado. Al teniente de navío Winters le encontraron horas después junto al timón, encogido, en posición fetal, chupándose el dedo. Thomas Connery se sentó junto a un vencido Jacob O’Neil y le pasó el brazo por encima de los hombros.

―El agua… ―murmuraba Jacob―. El agua… El agua…

―Tranquilo ―susurró Thomas―. Tranquilo Jacob. A los otros les habrá ido mejor… Seguro.

El Suboficial  Jhon Wallis se dejó caer, agotado, encima del timón del Spectre. Sabía que tendría que acercarse hasta el Urania para recoger a los supervivientes (si los había) del impacto del barco contra el espigón pero, en ese momento, su tripulación y él mismo se habían ganado un par de minutos de paz, de descanso.

Se sacó un cigarrillo y antes de que le iluminase el candor de la cerilla, una luz blanquecina le iluminó a su espalda. Jhon Wallis “El Jefe” se volteó. Una bengala descendía lentamente iluminando el mar, donde una solitaria figura les saludaba desde las oscuras aguas.

No sabemos cómo pero, aterido de frío, calado hasta los huesos, con visibles síntomas de hipotermia y chapoteando como podía, estaba el marinero Fulton, que agitaba con fuerza, su pistola de bengalas.

La Redada (14) Traición en las Profundidades

SUBMARINO

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sónar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.

Un denso silencio se adueñó de la cabina de mando, sólo roto por el siseo de las tuberías dañadas, chorros de agua y gotas cayendo. Los ojos enloquecidos del marinero, Herbert East, corrían frenéticos de un extremo a otro. Parecía como si fueran a salírsele de las órbitas. El sudor le caía a chorros por la cara. Apretó el cañón del arma contra la nuca del Comandante Harrow

―¡Marinero! ―gritó el contramaestre DelaPoer, señalando al soldado―. Baje esa maldita pistola.

―Con el debido respeto, pero que le follen, señor ―gruñó East, hincando más la pistola en la nuca del comandante―. O subimos a la superficie o le pego un tiro…

―Iba a ordenar que subiéramos a superficie…―comenzó Harrow.

―¡No mienta! ―chilló East, frenético―. ¡Nos van a matar! Monstruos marinos capaces de abrir este submarino como si fuera una lata de sardinas… ¡y le disparan torpedos a bocajarro!… ¡Los van a enfadar!

Herbert East balbuceaba, histérico con la boca llena de espuma. Annie O’Carolan asistía paralizada a la escena, sabiendo que ese hombre estaba tan fuera de sí que pretendía matar al comandante de todas formas. El oficial medico Devore percibió lo mismo y se adelantó a la investigadora, protegiéndola con su cuerpo mientras intentaba llamar la atención del marinero desquiciado.

―Herbert… Herb, mírame. Soy yo, Devore.

―No se acerque, señor, no se acerque o mataré al capitán.

―Ni tú, ni yo queremos que pase eso, Herbert. Quiero hablar. Negociar. El capitán ha dicho que vamos a subir a superficie.

―Pero luego querrá bajar otra vez. Yo no quiero bajar. Estas aguas están llenas de monstruos―El contramaestre De LaPoer miraba a Annie, cuando la investigadora le miró a los ojos pudo leer sus labios: “Qui-te-le la pis-tola”

Annie se quedó lívida. No se veía capaz de asaltar a ese individuo y lanzarse sobre su arma. Pero cerca de la investigadora estaba el técnico de sonar Roy Acker. También miraba al contramaestre y creyó que la orden estaba dirigida a él. Asintió con marcialidad, mientras pequeñas gotas de sudor se formaban sobre sus patillas. Dejó los cascos sobre la mesa y en un rápido gesto se lanzó sobre el marinero East y empujó la mano armada hacia el techo.

La pistola se disparó.

Mientras East y Acker forcejeaba hubo un grito, un cuerpo cayó inerte y varios hombres se arrojaron al suelo mientras la bala chocaba contra el techo, salía despedida contra una tubería, golpeaba en una pared y acababa impactando al contramaestre DelaPoer en el costado izquierdo.

El teniente comandante Baird se adelantó al resto de la tripulación y descargó un directo a la mandíbula de East, mientras Acker conseguía que el arma continuara apuntando al techo. Devore le asaltó desde atrás. Placó con eficiencia al marinero East, estampando su cara contra el duro suelo de metal inundado al menos por un dedo en agua marina. El desquiciado marinero tardó apenas unos segundos en estar inmovilizado, apresado por el oficial médico.

―¡Il nostro comandante está incoeccente, señor! ―informó el marinero Fulci.

―Si alguien esposa a este tarugo, trataré de atenderlo ―dijo Devore mientras Acker y el suboficial de 1ª Murphy se abalanzaban sobre el marinero East.

―Las esposas las tiene el contramaestre DelaPoer, señor. ¡Y está herido!

―Tomen las malditas esposas ―escupió DelaPoer junto a una lluvia de sangre.

―¡Orden! ―irrumpió el teniente comandante Baird―¡Soy el segundo al mando y tomo el mando de la misión! ¡Murphy! espose al marinero East y métalo en el calabozo  ¡Devore! atienda al comandante Harrow ¡Fulci! lleve al contramaestre hasta la enfermería y taponen esa herida, hasta que la atienda el señor Devore.

―¿Qué coño está pasando en el puente de mando? ―ladró el teniente Hyde desde la sala de torpedos― ¿Y dónde está Devore? ¡Tenemos un maldito herido!

―Órdenes, señor ―pidió la mecánica voz del suboficial Burnes en la sala de máquina.

―Il contramaestre también está incoeccente, señor.

Murphy esposó con brusquedad a East, que estaba catatónico, mirando al vacío mientras murmuraba incoherencias. Devore tanteaba con cuidado la cabeza del comandante Harrow.

―Está vivo, pero inconsciente ―informó― Puede que la bala le rozase o el cañón del arma al disparar le golpease. Hasta puede que se hiriera la cabeza al caer al suelo… Puede estar así horas.

Baird se lanzó sobre el interfono.

―Tripulación, soy el teniente comandante Baird. Debido a una indisposición del comandante Harrow, tomo el mando de esta nave. Señor Hyde, aquí tenemos dos heridos, Devore acudirá a la sala de torpedos cuando pueda. Señor Burnes, a toda máquina ―el teniente comandante se volvió hacia el timonel― ponemos rumbo a la superficie… cómo quería ese deshecho.

―Enhorabuena, teniente Baird ―le felicitó Murphy con sorna, mientras recogía la pistola de las manos de Acker―. Ahora es comandante.

―Menos chanzas, Murphy ―espetó Baird―. A superficie, quiero un informe de daños de todos los compartimentos de la nave.

Con la ayuda de Annie, Devore consiguió frenar la hemorragia de DelaPoer, y después de atender al marinero herido en la sala de torpedos, el teniente comandante Baird la cogió del antebrazo.

―Venga, conmigo.

Devore les siguió.

―¿Adónde va, señor Devore?

―El comandante me ordenó que no me separase de la ACE, señor.

― Suba con nosotros entonces ―asintió Baird.

El suboficial de 1ª Murphy les precedió, subiendo a la torreta, donde le esperaba su ametralladora del calibre 50. Una vez afuera, Annie, Devore, Baird y Murphy asistieron al espectáculo que les deparaba el amanecer de Innsmouth: se apreciaban varios incendios en la ciudad y los estampidos de las ametralladoras del guardacostas Urania y las patrulleras les hicieron volver la vista hacia una masa de tentáculos, garras y alas, que flotaba en medio de una mancha de fluido grasiento.

―Pero ¿qué cojones es eso? ―rugió Murphy al tiempo que le apuntaba con la ametralladora.

―Es parte de la progenie de Cthulhu ―susurró Annie. Había visto imágenes de esos engendros pero eran ambiguas. En el Chaat Aquadingen tenían un nombre y un conjuro para invocarlas… un conjuro escrito con esos glifos que le asaltaban en pesadillas durante la madrugada.

―¿En cristiano? ―se mofó Murphy.

―¿Esta historia de sirenas y krakens no la conocía, verdad? ―preguntó la cazadora de libros― Es un monstruo submarino, caballeros. Uno de esos monstruos de los que intentaba preve… nirles.

Sin previo aviso, el agua comenzó a hervir y, antes de que pudieran hacer nada, docenas de formas oscuras y empapadas, enormes profundos de largos dientes blancos, ojos amarillos y garras negras, emergieron alrededor del submarino, trepando por el casco.

―Los has invocado tú, ¿no zorra? ―mugió Murphy, que clavó en Annie una mirada desquiciada y rabiosa, al tiempo que alzaba su brazo, grande como un martillo pilón sobre la investigadora.

El violento puñetazo se encontró con el oficial médico Devore en medio, que se interpuso entre Annie y Murphy recibiendo el impacto del golpe. Su nariz estalló, sangrando profusamente, los labios abiertos, dos dientes rotos. Devore se vino encima de Annie que sacó la Colt del 45 por debajo de la axila de Devore, encañonó al suboficial Murphy, y le pegó un tiro.

La bala impactó en el muslo de Murphy, atravesó su pierna y comenzó a sangrar a chorros.

―¡Esta perra traidora los atrae! ―aulló Murphy, señalándola con un dedo acusar. En ese instante a la espalda de Murphy, un profundo se encaramó a la torreta.

Alertado por el disparo, el marinero Fulci subió por la escalerilla y asomó la cabeza, a tiempo de ver como las zarpas del profundo se hincaban bajo la mandíbula del oficial de primera Murphy, tironeando con saña hacia arriba, hasta que le arrancó la cabeza. La sangre les salpicó a todos.

―¡Todos dentro de la nave! ―ordenó el teniente comandante Baird disparando con su pistola sobre la criatura. Devore arrastró a Annie adentro del submarino, al tiempo que Fulci, empapado en la sangre de Muprhy se deslizaba por la escalerilla.

Baird bajó el último, disparando a ciegas contra el enjambre de criaturas que se cernía sobre él. Consiguió cerrar el submarino antes de volver a la cabina de mando, donde se encaró con el oficial médico.

―¡Devore! Cómo bien me recordó, ¡la ACE es su responsabilidad! ―El teniente comandante Baird le dedicó a Annie una fría mirada―. Y ya hemos perdido un hombre por su culpa.

―¿¡Disculpa!? ―estalló Annie―. ¡Ese bastardo me atacó!

―Desármela ―continuó Baird ignorando a Annie―. Y espósela a una tubería. No quiero que cause más problemas.

―¡Pero…!

―Ha matado a uno de mis hombres ―siseó Baird, sin mirarla― Será juzgada cuando volvamos a puerto.

―A sus órdenes, señor ―contestó Devore de forma marcial y empujó a Annie contra un rincón de la sala de mando.

―¿Va a permitir que…?

Devore la chistó y exigió la pistola que Annie le dio.

―Pase las manos alrededor de la tubería ―ordenó, Annie obedeció de mala gana… y para su sorpresa, el oficial médico le puso las esposas, pero no las cerró. Mientras fingía esposarla, colocó la pistola en el bolsillo del gabán que vestía Annie y la miró a los ojos, tras la máscara sanguinolenta que era su cara herida.

―¿Alguna duda? ―Annie negó con la cabeza― Voy a curarme la cara y ahora vengo. No me voy a separar de usted, ¿entendido?

Annie asintió.

―Tonta, tonta, tonta ―murmuró Annie―. Tendría que haberme ido a la  mansión de los Marsh… seguro que lo Marsh tienen libros.

En ese instante, un petardeo metálico llenó el submarino de reverberaciones. Algo les golpeaba repetidas veces.

―¡Nos disparan! ―gritó Baird.

―No del todo, señor ―informó Acker ―creo que disparan alrededor del submarino, alguna bala rebota en el casco, pero si nos apuntan son malos de pelotas.

―¡Están disparando a los monstruos, Dio mio! ―vaticinó Fulci.

El rumor de la existencia de monstruos marinos corrió como el aceite de engrasar por el submarino.

El teniente comandante Baird tomó el interfono.

― ¿Estado de la sala de máquinas? ―nadie prestó atención, pero el teniente tenía una pequeña navaja en la mano.

―Operativa ―murmuró Barnes.

―¿Sala de torpedos? ―el teniente abrió la navaja y apretó el filo con la mano desnuda.

―Operativa, sólo hemos usado un torpedo ―contestó Hyde.

―Devore, no pienso consentir ni un error más ―dijo Baird, al tiempo que deslizaba el filo de la navaja por la palma de su mano.

―¿Perdón, señor?

―He dicho que descendamos, señores. A toda máquina, 35 grados de inclinación.

Aún a pesar de los disparos que barrieron la cubierta de profundos, muchas de las rabiosas bestias continuaban aferradas al casco del submarino, clavando, inútiles, sus garras y arañando la superficie metálica, ocasionando un concierto de sonidos escalofriantes en el interior.

Al tercer corte con la navaja, Baird se sintió mejor, aún a pesar de que el acoso de los profundos produjo cierto temor entre los tripulantes. El submarino descendía muy rápido… muy, muy rápido.

25 metros.

Acker, ajeno a lo que ocurría, se apretaba los cascos contra la cabeza, cuando algo llamó su atención.

― ¡Señor! ―gritó Acker―. Detecto dos criaturas gigantes ascendiendo. Una desaparece tras el arrecife, señor, pero la otra está ―Acker les miró― Está a tiro, señor. Pero es un disparo muy difícil…

―¿Está seguro de que no son los barcos que…?

―Señor, esto no suena a ningún barco que haya escuchado, señor.

Baird se acercó hasta el periscopio de combate, pero este estaba destrozado por el ataque de los profundos.

―Acker dicte las coordenadas ―pidió el teniente comandante.

El operario del sonar contestó.

30 metros.

En el marco de la puerta de la sala de torpedos apareció la figura alta y delgada del capellán Peters.

Uno de los hombres bajo el mandato del teniente Hyde miró al capellán.

―Disculpe, padre ―dijo el marinero acercándose al capellán― ¿Qué hace aquí?

―Salvar a mi pueblo, joven ―contestó el capellán Peters, luciendo unos ojos completamente negros, los mismo ojos muertos que un tiburón al tiempo que mostraba una sonrisa infestada de pequeños colmillos.

Y en un rápido gesto le partió el cuello al marinero.

El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite
El verdadero rostro del Capellán Peters, Zachary Waite

35 metros.

El capellán Peters estaba muerto y había sido suplantado por un híbrido de profundo llamado Zachary Waite, al que, en unos proféticos sueños, unas horrendas pesadillas submarinas en las que una voz le llamaba desde las profundidades donde había una ciudad de arquitectura no euclidiana, le habían ordenado infiltrarse en el submarino para proteger a su pueblo, a su Padre y su Madre.

Todos los miembros de la sala de torpedos, ocupados en cargar los explosivos en sus cañones para el ataque, se volvieron ante el asalto.

Zachary Waite se arrancó el alzacuellos, luciendo dos pares de branquias, y con la otra mano sacó un revólver con el que apuntó al teniente Hyde y sus hombres.

Hyde se arrojó sobre el interfono:

―¡Problemas en la sala de torpedos! ¡Tenemos un traidor a bordo! ¡Tenemos…!

Zachary Waite disparó. Tres tiros. Al primer marinero le descerrajó un tiro en la cabeza y sus sesos salpicaron los tubos de torpedos. El segundo disparo se clavó en el pecho del teniente Hyde, en su corazón. El tercero cercenó el cuello del marinero, que rodó por el suelo, sangrando y gimiendo.

―¡Oficiales, marineros! ―gritó Baird por el interfono― ¡Cualquier que no esté en un puesto vital, que vaya en socorro de la sala de torpedos!

Zachary Waite accionó el sistema de sellado de la sala de Torpedos y caminó lentamente hacia los tubos de torpedos. El teniente Hyde había caído al suelo, escupiendo borbotones de sangre.

―Iba a casarme ―gorgoteó con la mirada hundida en el híbrido―. ¿Me oyes, bastardo? Iba a casarme este fin de semana.

Zachary Waite se encogió de hombros. El teniente Hyde sacó su automática del 45 y le descerrajó un tiro en las entrañas al monstruo y lo arrojó contra la pared.

―Te quiero, Daisy ―murmuró el Hyde, antes de morir.

40 metros.

Zachary Waite se alzó, rabioso, y disparó el resto de balas sobre el teniente, gritando de rabia y luego le arrojó la pistola. El híbrido se acercó al primer tubo, cuando se fijó en que el último marinero no estaba muerto. El disparo le había arañado el cuello pero no había sido mortal. Zachary Waite vomitó una sarta de sonidos guturales, animales y enfermizos, ajenos a este mundo, y el marinero se retorció por el suelo vomitando agua marina.

El híbrido sonrió con sus dientes de tiburón y se encaramó a los tubos de torpedos, abrió uno de los superiores, permitiendo que un cañón de gélida agua marina entrase en el submarino.

Y alguien le disparó en la espalda. La bala atravesó el cuello del falso capellán, arrancándole un húmedo grito de agonía y lo arrojó al suelo cada vez más inundado.

45 metros.

―¡Dejad de disparar a mi submarino! ―gritó el suboficial Barnes desde la sala de máquinas.

―¿¡Quién ha disparado!? ―inquirió Baird por el interfono― ¿¡Quién ha disparado!?

―Soy el contramaestre DelaPoer ―contestó el contramaestre envuelto en vendas que bloqueó la puerta hermética de la sala de torpedos.

El tercer marinero de Hyde se agitaba entre estertores. DelaPoer se acercó al falso capellán y le disparó en la nuca.

Por si acaso

―El teniente Hyde y sus hombres han caído. Tomo el puesto de la sala de torpedos. Necesito hombres conmigo.

―¡Ya llegamos, contramaestre! ―contestó Devore, que junto a Fulci y otros tres soldados llegaban en ese momento a la sala.

―Buen vendaje ―le felicitó DelaPoer.

―Debería descansar.

―Deberíamos cerrar ese cañón ―contestó DelaPoer. Fulci dirigió a los marineros y entre todos consiguieron cerrar el torpedo.

50 metros.

―Señor ―llamó el operario de sonar Acker ―Detecto movimiento…

―Estamos rodeados de traidores ―gruñó el teniente comandante Baird fulminado con su mirada a Annie,

―¡Yo no soy ninguna traidora! ―espetó Annie―. ¡Me han traído aquí para ayudar!

―Señor, hay movimiento tras el arrecife… hay algo qué…

―¡Ha matado a uno de mis hombres a sangre fría, señorita!

―¡Me atacó!

―Será sometida a un consejo de guerra, si tiene suerte la fusilarán… si no, a la horca y…

―¡SEÑOR! ―llamó Acker―. ¡La cosa que se movió hacia el arrecife se…!

De repente Acker chilló, arrojó los auriculares al suelo mientras aullaba de dolor. Sus oídos sangraban.

Un sonido irrumpió por encima del zumbido de los motores, de los arañazos de los monstruos al casco. Una letanía oscilante, llena de gloria y esplendor que se fitró a través del acero, llenó el submarino con su ulular, como una suave caricia que lo volvía todo placentero…

Y oscuro.

55 metros.

La melodía arrancó aullidos de dolor en varios miembros de la tripulación, entre ellos a Annie, que cayó de rodillas sintiendo cómo la cabeza le pulsaba dolorosamente con cada nota que llenaba el submarino. Con la respiración convertida en un jadeo desacompasado al palpitar de su corazón, Annie consiguió ver a través de las lágrimas que cubrían sus ojos a varios marineros y tripulantes que se quedaban rígidos, quietos, con la mirada velada en blanco. Casi todos los tripulantes dejaron lo que estaban haciendo y comenzaron a entonar el cántico.

A la vez.

En la sala de máquinas los marineros hipnotizados comenzaron a golpear la maquinaria para dañarla y obstruirla, mientras Barnes aullaba de dolor.

En los camarotes los marineros se armaron con cuchillos en las cocinas, caminaron con pasos lentos hacia el armarito que contenía los rifles y pistolas del submarino y ante el cual estaba el aturdido oficial Malone.

En la sala de control el marinero a cargo de la profundidad imprimió velocidad al submarino para que descendiera más rápido ante la horrorizada vista del timonel, Danny Boy.

En la sala de torpedos los marineros que acompañaban a DelaPoer comenzaron a golpear los torpedos, salvo uno que cogió una llave inglesa, con intención de atacarlo.

60 metros.

La profundidad máxima a la que podía descender un Sboat.

La Redada (8) ¡inmersión! ¡Inmersión!

Comandante Robert Harrow

Teniente Comandante Baird        –              Toño

Teniente Hyde (Jefe de Torpedos)        –              Soler

Suboficial 1º  Dela Poer (Contramaestre)

Suboficial de 1ª Murphy (Ametralladora Exterior del 50)        –              Garrido

Suboficial 1ª Médico Devore (Psicólogo)        –              Raúl

Sub Oficial de 2ª Peters (Capellán)

Suboficial de 2ª Burnes (Ingeniero Jefe)        –              Bea

Suboficial de 3ª Acker (Sonar)        –              Hernán

Suboficial 3º  Thommy Malone (Armario de armas)

Marinero Danny “Danny Boy” (Timonel)

Marinero Fulci (Italiano)        –              Jacin

Marinero Herbert East

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Las estrellas brillaban fríamente en la helada madrugada y se formaban nubes de vaho desde los labios del Annie O’Carolan cuando subió a bordo de la barca que la iba a llegar hasta el submarino S19. La habían dado un buen gabán en el guardacostas Urania y no solo eso. J. Edgar Hoover había ordenado que los ACEs fueran armados, así que a Annie le habían hecho entrega de una Colt M1911 de calibre 45 antes de subirse al bote.

El arma enfundada en su cartuchera se apretaba contra su bajo vientre al tomar asiento junto a un hombre moreno, de cabello rizado que lucía una gran sonrisa.

― ¿Qué tal? ―le preguntó  al tiempo que le tendía la mano.

Annie le devolvió el apretón de manos, sintiendo el anillo de casado que el hombre llevaba en sus cuidados dedos. No parecían los de un marinero.

― Soy el suboficial médico Devore, aunque puede llamarme Edward.

―Encantada, suboficial médico Devore ―contestó Annie luciendo una encantadora sonrisa, aunque sus palabras habían sepultado la de Devore―. Soy la señorita Annie O’Carolan.

Un marinero rechoncho que lucía un aparatoso y ridículo mostacho dejó escapar una cantarina risotada al escuchar el comentario de Annie.

―¿Es simpática la ragazza, eh, señor? ―dijo con un marcado acento italiano.

―Carácter, marinero Fulci, cómo las mujeres de su tierra, ¿no?

El orondo marinero Fulci gorjeó un par de enrevesadas frases en italiano. Mientras Devore negaba con la cabeza.

―¿Ha estado alguna vez en un submarino, señorita O’Carolan?

―Pues no he tenido el placer, no.

―Placer no hay ninguno, señorita― comenzó Devore―. El S19 es un S-boat de sesenta y cinco metros de eslora y 6 de manga. De acero. Tiene cinco salas, aunque no creo que el Comandante la quiera sacar de la sala de control. Cada sala puede cerrarse herméticamente en caso de que se inunde, aunque de no conseguir salir a flote, lo único que se conseguiría es retrasar un lento descenso hasta el fondo marino, que si es superior a los 60 metros, ocasionaría que la presión aplastase la nave. Los pasillos son tan estrechos que hay que pedir permiso para poder moverse. Es habitual que ocurran fugas y goteras. No hay ventanas, no hay ojos de buey, no hay portillas, no hay luz natural, no hay espacio, ni huida posible. ¿Es usted claustrofóbica?

―Antes de que usted comenzase a hablar no lo era.

―Pues espere a entrar dentro.

La barca llegó hasta el submarino. El marinero Fulci y Devore ayudaron a Annie a llegar hasta la torrecilla, donde la recibió el comandante Harrow, un hombre bajo pero fuerte, envuelto en un gabán azul marino, con una característica mandíbula cuadrada y unos serios ojos negros.

La torrecilla era estrecha, y además del suboficial médico Devore y Annie, había una gran ametralladora del calibre 50. y tres personas que el comandante Harrow no tardó en presentar: el teniente comandante Baird, el suboficial de 1ª Murphy y el suboficial de 3ª Acker.

―He leído las instrucciones junto al contramaestre De la Poer y el oficial de Artillería Hyde. Y ahora paso a compartirlas con los presentes: Tenemos órdenes de desplazarnos a la costa de Innsmouth, sumergirnos hasta la profundidad de 50metros donde tendremos que localizar un… y cito: “enclave submarino que recibe el nombre de Y’ha-nthlei”. Nuestra misión es localizarlo y torpedearlo con toda la potencia de fuego que tengamos disponible.

»Tras lo cual, le pregunto a usted, señorita: ¿Qué es Y’ha-nthlei?

En el pensamiento de Annie los glifos de R’lyeh se retorcieron, cobraron vida y le arañaron el espíritu. No es sólo que pudiera hablar de la ciudad, es que casi podía verla ante sus ojos.

― Es una ciudad submarina. No piensen en casas, edificios o calles. Imaginen altas torres de basalto y piedra, de coral y arrecife. Algas fosforescentes en vez de bombillas o candelabros. Y está habitada… habitada por los profundos, por los hijos de Dagon e Hydra, por la progenie de Cthulhu. Ninguno me cree, lo entiendo, solo escuchan un galimatías y un cuento de monstruos submarinos, de hombres pez… y les seré sinceros, yo tampoco los he visto… pero mis amigos sí, y yo he visto cosas y leído muchas otras. Allí abajo hay una ciudad habitada, repito, habitada por una especie que lleva sobreviviendo bajo el agua mucho más que nosotros sobre ella. Y no van a quedarse quietos mirando cómo los masacramos.

El suboficial de 1ª Murphy era calvo a excepción de dos estropajosas matas de cabello pelirrojo que nacían de los lados de su cabeza. Sus fuertes brazos estaban cubiertos por tatuajes, su rostro era rubicundo y su voz atronadora.

― ¿Esto es lo que entienden los federales por asesorar? Conozco mejores historias sobre sirenas y krakens.

―Silencio, Murphy ―ordenó el teniente comandante Baird.

Annie detestó a ese hombre siniestro por muy lustroso que fuera su uniforme. Según sus miradas se cruzaron, Annie sintió desdén, recelo y desprecio. Todo porque Annie era una mujer. Una mujer que no se quedaba encerrada en casa haciéndole la colada a su marido, cocinando su comida y atendiendo a la prole de niños que, cómo mujer tenía que engendrar. No, Annie era joven, soltera, independiente todo lo opuesto a lo que una mujer, según el teniente comandante Baird, tenía que ser.

―¿Alguna cosa más, señor? ―preguntó el tercer hombre, el suboficial Acker, el sónar. Era un tipo larguirucho, de frondosas patillas y enormes orejas que parecía incómodo ante la mirada de Annie. También se percibía que no le gustaba Murphy, ni Baird, pues estaba encajonado entre ambos y no sabía hacia donde mirar, parecía que no le importase lo dicho por Annie, la misión, ni siquiera que hicieran tres o cuatro grados por debajo de cero y él no llevase gabán, lo único que Acker quería era salir de allí.

―No, todos a sus puesto ―ordenó el Comandante.

Acker fue el primero en bajar, seguido de Baird. Mientras Murphy revisaba la ametralladora, Devore descendió por la escalerilla. Harrow agarró suavemente a Annie del antebrazo y su dura mirada ordenó al suboficial de la ametralladora bajar antes que ellos.

―Le seré sincera, señorita. La creo. Al menos creo que usted cree en lo que dice. Aún así, esto es un submarino. Una máquina bien engrasada y muy compleja… y usted, al igual que el capellán que me han encasquetado a última hora, son piezas de más. Si incomoda la esposaré a una tubería hasta que hayamos concluido la misión. Por tanto, la quiero bien pegada al culo del  oficial médico Devore, pero cerca de mí, para que pueda preguntarle cualquier duda que tenga respecto a esta extraña misión. ¿Le ha quedado claro?

Annie se sintió súbitamente sumisa ante la declaración del comandante. Ese hombre era duro, pero justo. La Finn asintió con la cabeza y, tras la invitación del comandante, bajó por la escalera de la torrecilla, penetrando en las entrañas del Submarino S19.

Las condiciones que había descrito Devore no se alejaban en nada a la realidad. El S19 era un largo pasillo de metal húmedo, lleno de hombres rudos que no paraban quietos. La sala de control tenía el tamaño de su baño, y en ella estaban Acker, el sonar, un joven marinero pelirrojo que estaba al timón y otro marinero moreno encargado de la profundidad, el comandante Harrow, el contramaestre De la Poer, el comandante Baird… Edward Devore apareció tras ella, saliendo de la zona donde estarían los camarotes, Annie ojeó la sala, quizá un poco más grande que la de control, donde vio a varios marineros arrodillados en torno a un hombre moreno, con alzacuellos que recitaba un salmo. El nuevo capellán. Entre los marineros, Annie distinguió a Fulci, el italoamericano y al Suboficial de 1ª Murphy.

Mientras cerraban la escotilla principal, un chorro de estática vibró por el sistema de megafonía.

― ¿Empezamos  o qué, señor? ―urgió una voz malhumorada―. Qué algunos tenemos que casarnos este fin de semana.

El comandante Harrow se acercó a un micrófono situado junto a los periscopios.

―Gracias por recordarnos por undécima vez lo disgustado que está, teniente Hyde. Espero, por su bien, que sea la última vez en lo que resta de misión.

―Señor, sí, señor ―contestó con marcado desprecio el Teniente Hyde desde la sala de torpedos.

― Señor Burnes, ―llamó por el sistema de comunicación el comandante Harrow―. ¿Todo listo en la sala de máquinas?

La voz grave y apática del suboficial de segunda Burnes contestó afirmativamente desde la sala de máquinas.

― Bien entonces. ¡Inmersión!

Frente a Annie y a Devore aparecieron Murphy y Fulci. El italiano venía hablando atropelladamente y haciendo aspavientos, mientras el pelirrojo fulminaba con su acerada mirada a la pequeña Finn.

― Una peste de sacerdote, todo su discurso estaba mal. Se notaba que acababa de ojearlo por encima.

―Serán los nervios.

―¿Nervios? Dio mío, ¿un cura nervioso por hablar ante sus feligreses? ¿A dónde vamos a llegar?

Una vez estaban todos dentro del submarino, Harrow ordenó al oficial médico Devore que pusiera en marcha el gramófono. Devore accionó el aparato, situado a la entrada de la sala de camarotes y de la bocina emergieron las notas de “Its a Long Way to Tipperary”

Annie comprobó, con cierta alegre sorpresa, cómo la canción animaba los espíritus de los marineros y oficiales. Todos la silbaban, tarareaban y algunos pocos hasta la cantaban con cierto entusiasmo. Mientras Harrow lanzaba órdenes, repetidas por su contramaestre, y a su vez por los oficiales adecuados, el submarino comenzó a sumergirse.

Los oficiales y los marineros se movían sin tener en cuenta el rango o el puesto, dejando de lado las formalidades para conseguir una mayor eficacia y comodidad. Resultaba evidente que mantener alta la moral era algo de máxima importancia en ese espacio reducido y asfixiante.

― Quince metros ―informó el marinero a cargo del control de profundidad.

―Apague el gramófono, señor Devore. Hombres, a sus puestos de combate ―tras unos frenéticos segundos en los que marineros y oficiales iban y venían de un lado a otro, Harrow agarró el micrófono. ― Máximo silencio.

Devore miró a Annie y se llevó un dedo a los labios. Annie se sintió estúpida. Todos actuaban según las órdenes, pero se apreciaba miradas confusas, preguntas en susurros, dudas. El secreto de la misión tenía en ascuas a muchos de los marineros.

Además estaba el tema del submarino. Annie escuchaba como el metal se quejaba y chirriaba. El continuo caer de decenas de goteras y algún que otro martillazo de marineros cómo Fulci, tapando viejas grietas. ¿Para qué tanto silencio?

A los 21 metros  el operario de sónar, Acker, alzó la mano. La otra se apretaba uno de los cascos contra su oreja derecha y tenía los ojos cerrados, muy concentrado.

― Un objeto no identificado… Grande, no tengo claro que… se acerca, se… ―Acker se giró hacia el capitán con los ojos muy abiertos― Se acerca muy rápido.

El comandante Harrow se lanzó sobre el periscopio de ataque y tuvo tiempo de mascullar una maldición antes de que la nave chocase contra algo.

El submarino comenzará a chirriar y rechinar estrepitosamente, girando a babor, al tiempo que media tripulación caía al suelo o se golpeaba contra paredes o instrumentos de mando. Annie se vio aprisionada contra la pared porque un veloz Devore, la había parapetado para que no saliera despedida junto a otros marineros como Murphy o el comandanta Baird, que se levantó con una sangrante brecha en la frente.

―¡Colisión! ―aulló Harrow.

De improviso, el submarino se balanceó violentamente hacia estribor, obligando a los marinos a no perder el equilibrio, y habiendo nuevas caídas y golpes. Las luces comenzaron a parpadear y desde el cuarto de máquinas, al fondo del submarino, comenzó a sonar una alarma.

―¿Qué está pasando? ―chilló Annie―¿Qué está…?

Una junta saltó cerca de la Finn y un chorro de gélida agua fría la golpeó, calándolos hasta los huesos a ella y a Devore.

―¡Contramarcha! ¡Contramarcha! ―gritaba Harrow. Pero por más que los motores del submarino gruñían este no  se alejaba… si no que descendía poco a poco.

― 25 metros ―gritó el marinero― ¡27 metros! ¡29 metros!

En la sala de torpedos uno de los proyectiles se soltó de sus anclajes, rodando peligrosamente por la sala.  El Teniente Hyde se hizo a un lado, pero observó como el pesado cilindro de metal caía contra la pierna de uno de sus marineros, aplastándosela. El crujido resonó por encima del estruendo que retorcía el submarino.

Hyde se arrastró cómo pudo y llegó hasta el intercomunicador.

―¡Herido en la sala de torpedos! ―gritó.

En la sala de control Devore alzó la vista hacia la petición de ayuda y salió corriendo… en dirección contraria.

―¿A dónde demonios va Devore? ―espetó Murphy.

―Yo que sé ―se quejó el comandante Baird, mientras se tapaba la brecha de su cabeza con un pañuelo.

―¡Señorita O’Carolan! ―gritó el comandante Harrow―. Avise a Devore que tienen heridos en la sala de torpedos y aquí. ¡Señor Hyde! ¡Señor Burnes! ¡Informe de daños!

Pero nadie pudo escuchar nada de los informes por los horripilantes chirridos que resonaron desde la Proa. Toda la tripulación los escuchó, aterrados… todos creyeron oír lo mismo.

― Parece que algo está intentando abrirse a zarpazos desde afuera ―murmuró Acker.

El comandante Harrow, qué había pensado lo mismo, pero no terminaba de creérselo, se giró hacia su contramaestre:

―Torpedo en el tubo uno  ¡Detonador para mínimo alcance!

―Pero, señor…

―¡Deprisa! ¡Y agárrense a donde puedan!

Annie consiguió atajar al doctor Devore, cuando este llegó a la entrada de la sala de máquinas, donde el enorme oficial Burnes le miraba con ojos inexpresivos, sin entender que buscaba el médico entre sus turbinas y motores.

―El herido está en la sala de torpedos ―informó Annie.

―¿Qué…? Pero si yo…

―En la sala de torpedos.

Mientras, Annie y Devore, volvían sobre sus pasos, y el Teniente Hyde y sus operarios disponibles preparaban el torpedo, el submarino volvió a chirriar, como si algo estuviera deslizando una larga y poderosa garra por toda la estructura metálica.

―¡Torpedo listo!

―¡Fuego!

El torpedo salió disparado, detonando a continuación. La onda expansiva zarandeó al submarino, arrojando a más hombres al suelo, apagando las luces de la nave, dejándoles sumidos en la oscuridad… Devore se lanzó sobre Annie y volvió a protegerla de acabar rodando por el suelo.

Y todos escucharon un horrible chillido de dolor, un barritar grave, inhumano e imposible que les heló la sangre.

Justo cuando Annie y Devore llegaron a la sala de control escucharon como el ingeniero jefe Burnes informaba que los motores estaban operativos, que el submarino estaba libre y podían cambiar de maniobra.

Y antes de que el comandante Harrow pudiera ordenar nada, un marinero llamado Herbert East emergió a su espalda, apoyó el cañón una automática del 45 en la cabeza del comandante y siseó, mientras espumarajos de saliva le goteaban por las comisuras de los labios:

―Vamos a sacar el submarino de aquí. O le pego un tiro al capitán.