MdN: New York (33) Appelgate

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Los Finns tuvieron que ir al Grand Hotel para que Angus Lancaster se cambiara de ropa y, a pesar del trauma sufrido tras el ritual, el arquitecto se encontraba muy vigoroso, porque apenas tardó unos minutos en lavarse un poco y ponerse otro de sus trajes a medida, dando la sensación de que no acaban de estrujar su corazón como si fuera una fruta podrida.

De camino a la mansión de Erica Carlyle, los Finns decidieron que Annie O’Carolan entraría en la fiesta fingiendo ser la pareja de Angus. Greg Pendergast sería uno de sus acompañantes, un periodista que estaba documentándose para la biografía de los Lancaster. Madame Loconnelle dejaría a un lado su carácter de adivina y fingiría ser la ayuda de cámara de Annie. Jacob O’Neil y Thomas Connery lucirían palmito fingiendo ser una pareja de guardaespaldas. Liam McMurdo sería el chofer, al volante de su Packard Twin Six. Colin O’Bannon se quedaría fuera de la mansión, a una distancia prudencial, esperándoles en el lujoso coupé de Angus, un Rolls-Royce Phantom I.

La mansión Carlyle estaba engalanada para la fiesta benéfica que la mujer de negocios daba para recaudar fondos para la American Geographical Society y se distinguían las luces que iluminaban el caserón a más de un kilómetro de distancia.

El nivel de seguridad era propicio para una fiesta de tan alta alcurnia. Media docena de gigantescos hombres trajeados comprobaban las invitaciones de los recién llegados, indicando a sus conductores hacia donde debían llevar los vehículos primero, para acercar a sus pasajeros a la entrada principal, y luego para dejarlos aparcados en los ostentosos jardines.

Los gorilas comprobaron con minuciosidad las entradas que les entregó Angus y les dieron el paso. Liam condujo hasta la mitad de una rotonda, frente a la que surgían una docena de escalones de pulido mármol negro, donde un trío de mozos atendía a los recién llegados.

Algo cortados, los seis Finns se bajaron del coche.

Mae’r coblyn yn dod â lwc i chi—les deseó Liam, antes de desaparecer con su Packard en un cementerio de coches aparcados.

Tras las grandes puertas de roble emergió un hombre impecable en su frac, con su cabello gris repeinado hacia atrás, el mentón hacia el cielo y su acerada mirada, escrutando a cada recién llegado mientras les mostraba la mejor de las sonrisas. Hasta a Colin le llegó el tufo a hijo de la pérfida Albión, que emanaba del mayordomo de Erica Carlyle.

—Buenas noches y bienvenidos. ¿Me permite sus invitaciones? —pidió con modales exquisitos el hombrecillo cuando Angus se adelantó. Leyó los nombres y asintió marcialmente con la cabeza—. Bienvenido señor Lancaster y compañía.

Y en ese momento el mayordomo clavó sus grises ojos sobre la cámara que llevaba Greg colgando ante el pecho.

—¿A qué viene esto?

—Es mi cronista —informó Angus con tono meloso y altanero—, está documentándose de mis vivencias para escribir mi biografía.

—No teníamos constancia de que un escritor, cámara en mano, iba a venir a la fiesta.

—Pues ya lo hablé con el señor Bradley Grey, el representante de Erica Carlyle —mintió Angus—. Se trata de un periodista de sociedad experto, un hombre que sabe guardar secretos y contar las historias que la gente quiere oír.

—Bueno… Esto es sumamente irregular pero, si la reputación de su acompañante es tal y cómo la define —el mayordomo se volteó hacia Greg, atravesándole con la mirada—. ¿Y cómo se llama el caballero?

—Soy Gregory Pendergast —se presentó el escritor—, trabajo actualmente con la editorial Prospero Press, pero he…

—Oh—le interrumpió el refinado individuo luciendo una amplia sonrisa de tiburón—. Ya recuerdo quién es. Ese, Gregory Pendegast.

—¿Me… Me conoce?

—Por supuesto. Seguí con muchísima atención el altercado que tuvo con el bureu federal de investigación a cargo del señor Hoover —Greg deseó que la tierra le tragase en ese momento—. Según el fiscal era usted un tergiversador despreciable que vendía su pluma al mejor postor, sin importar las consecuencias de sus mentiras.

—Sí… en efecto esas fueron las palabras exactas que me dedicó el fiscal durante el juicio —reconoció Greg aterido.

El mayordomo se volvió hacia Angus, y Greg sintió como desaparecía en un agujero de ostracismo en ese mismo instante, incluso antes de que el británico siguiera hablando.

—Lamento informarle que la señorita Carlyle no estará nada dispuesta que este… elemento de la prensa escrita entre en su mansión. Y si aceptase mi consejo, se buscaría a otra persona menos… controvertida para escribir su biografía.

Annie se tapó la boca con un exagerado gesto ofendido y Angus se volteó ofuscado hacia Greg.

—Os lo dije —chinchó Patry. Annie le dedicó un nada delicado codazo.

—¿Cómo has podido hacernos esto, Greg? ¡Eres un amigo de la familia! —se quejó Angus con tono plañidero.

Greg sintió como el sudor perlar su frente, acompañado de la vergüenza que ruborizaba sus mejillas. Masticó su bilis e intentó estarse callado y aguantar el chaparrón para mantener la pantomima.

—¡Maldita sea! ¡Mi padre te tenía en alta estima! ¿Qué le voy a decir a mi padre?

Pero había cosas que le enervaban demasiado. Y el padre de Angus Lancaster era una de esas cosas.

—¡Como un día diga todo lo que quiero decir de tu jodido padre…!

—¡Es suficiente!—estalló el mayordomo y se volvió hacia los jóvenes que se mantenían expectantes a sus órdenes—. ¡Saquen a este hombre de los terrenos, inmediatamente!

Pero Greg alzó las manos en gesto apaciguador.

—¡No es necesario! Sé donde está la salida y no quiero estropear la fiesta, más de lo que ya lo he hecho —informó, antes de darse la vuelta y descender hacia la rotonda, con la idea de buscar a Liam y resguardarse en el coche hasta que terminase el evento.

—Que vergüenza, Gregory —seguía quejándose Angus, que se volvió hacia Jacob— Marcus acompañe a Gregory hasta el vehículo y que el chofer se asegure que no salga de ahí. ¿Marcus? ¡Marcus!

Jacob no entendía que se estaba refiriendo a él. O estaba demasiado borracho como para enterarse. Thomas dio un paso al frente y le tomó el relevo.

—¡Lo haré de inmediato, señor Lancaster!

Thomas corrió tras Greg, le zarandeó un poco del hombro y le acompañó hasta el improvisado aparcamiento que había en los jardines de Carlyle Manor.

—Lamento tanto esta situación —continuó Angus—. Espero que pueda disculparnos señor…

—Appelgate.

Señor Appelgate

—Señor Appelgate. Estoy desolado. De nuevo espero que acepte mis disculpas y que sepa que no era mi intención introducir un elemento perjudicial en la fiesta —nuevos invitados comenzaron a esperar al pie de la escalera y el estirado de Appelgate supo que estaba perdiendo su valioso tiempo con aquellos peculiares asistentes—, nuestra intención es reafirmar las posibles relaciones entre la familia Lancaster y su patrona, la señorita Carlyle, en un intento de…

—No hay de qué disculparse, señor —le interrumpió Appelgate con tono conciliador—, su sorpresa es notable y su pesar sincero. En cuanto su guardaespaldas regrese, les permitiré el paso a la fiesta. Baker. Jonas. Acompañen al señor y la señora Lancaster, y a sus acompañantes hasta el gran salón y propícieles una tónica para que puedan superar este mal trago.

Los lacayos precedieron a los Finns que se adentraron en la casona, pero antes, Appelgate agarró del brazo a uno de sus subalternos y le susurró al oído:

—Ten un ojo puesto sobre esta gente. No me dan buenas vibraciones… —y sin más se volvió hacia los siguientes invitados—. Buenas noches y bienvenidos. ¿Me permite sus invitaciones?

 

 

 

*Que los leprechaun os traigan suerte.

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MdN: New York (32) Home Run

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster intentó levantarse pero el puño que apretaba su corazón volvió a comprimirlo con fuerza. El arquitecto se retorció por el suelo gimoteando, intentando en vano respirar.

Madame Loconnelle se quedó en medio del patio, sobrecogida al ver amigo convulsionando. Su mano descendió a la falda buscando el Derringer de doble cañón que escondía en la liga, cuando vio por el rabillo del ojo a la pareja de vagabundos levantarse entre los harapos… armados con dos afilados prangas.

Patry alzó la pequeña pistola y disparó contra el primero de los hombres que se abalanzaba sobre ella. Las pequeñas balas del calibre 22 impactaron en la garganta del tipejo y lo derribaron, pero el segundo lanzó un fiero tajo sobre ella. Patry giró grácilmente sobre sus tacones evitando la hoja y corrió hacia el callejón, donde Colin O’Bannon le esperaba con el revólver del calibre 32 en la mano.

—¡Refuerzos! —pidió Colin disparando a ciegas. Los proyectiles pasaron cerca de Patry, salpicando el suelo alrededor del agresor del machete —¡Hay que salvar a Angus! ¡Joder! ¡Algo le pasa a Angus!

Greg Pendergast salió corriendo del coche de Liam, con el bate de baseball en la mano.  Annie O’Carolan le imitó, pero dio la vuelta alrededor del Packard Twin Six que Liam McMurdo arrancaba en ese momento.

Angus intentó arrastrarse por el suelo, pero la garra le estrujaba el pecho sin compasión. Tosió una bocanada de sangre entre sus labios cianóticos, las fuerzas le abandonaban, el brazo izquierdo se sacudía entre espasmos…

Patry huyó del callejón hacia el coche de Liam. Colin le descerrajó dos tiros al hombre del machete, pero este, que aullaba como un salvaje perro rabioso, ignoró los disparos y se cernió sobre él, escupiendo espumarajos por la boca, con los ojos en blanco y el largo pranga sobre su cabeza, presto a caer sobre el pelirrojo.

—¡Colin al suelooooo!

Colin cayó de culo sobre las baldosas al tiempo que el bate de Greg aparecía sobre su coronilla como una lanza y se incrustó en el mentón del falso indigente, que cayó despatarrado al suelo, salpicado de sangre y dientes.

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—Home Run, hijo puta —sentenció el ex bateador estrella de la universidad de Baltimore, antes de reventarle la cabeza de un bestial palazo.

Colin y Greg miraron hacia la tienda. En el dintel de la puerta, estaba el anciano Silas N’Kawe, jadeando, poseído por una rabia inhumana, con otro largo pranga en la mano derecha.

—¡La Lengua Sangrienta no será neg…! —comenzó a entonar con furia, antes de que el marco de la puerta estallase en astillas.

Annie O’Carolan apareció entre los hombres disparando con su Luger P08. Silas se encogió cuando la siguiente bala pasó a centímetros de su cara.

—¡Moveos, joder! —gritó Annie sin dejar de disparar. Silas N’Kawe se refugió tras la puerta, pero Annie la destrozó a balazos, impactando a ciegas en la fea cortina que la cubría

— ¡Coged a Angus y salgamos de aquí!

Greg y Colin corrieron hasta Angus, que comenzaba a sentir como el puño encajonado en su pecho desaparecía, permitiendo a su corazón bombear sangre, devolviéndole la vida y las fuerzas. Se apoyó en sus amigos y, juntos, los tres, corrieron hasta el coche de Liam, mientras Annie les cubría, barriendo a tiros todo el escaparate de la Casa del Ju-Ju.

Cuando llegaron hasta el coche, Liam llamaba con el claxon a Thomas Connery y a Jacob O’Neil, el cual había disparado dos veces con su escopeta a… ¿Un cubo de basura?

—¿A qué coño estabas disparando? —le recriminó Thomas, cuando todos se montaron dentro del coche y Liam arrancó quemando rueda.

—Creí que había algo trash el cubo… —se excusaba Jacob.

—¡Joder, Jacob! ¿Estás borracho? —preguntó Patry.

—¡Angus! —chillaba Annie abofeteando al arquitecto en el asiento de atrás—. No te duermas, joder. No te duermas ¡Espabila!

—Tenemos que volver —consiguió murmurar Lancaster.

—¡Sí, claro! ¡Ahora mismo! —espetó sarcástico Liam, mientras pegaba un volantazo para alejarse aún más de la calle 137.

—¿Pero qué dices? ¡Si estas medio muerto! —le chilló Greg.

—Está delirando —declaró Annie, antes de arrearle otro bofetón en la mejilla—. ¡Vuelve Angus! ¡Vuelve!

—¡Estoy bien! ¡Deja de pegarme! —se quejó el hombrecillo apartándose de la cazadora de libros—. No lo entendéis. ¡Son ellos! ¡Son los que mataron a Jackson Elias! ¡Seguro! ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que…!

—Tenemos que ir a una puta fiesta de la alta sociedad —le azuzó Colin con los dientes apretados por la rabia—. Y tú eres nuestro billete de entrada, idiota. Si te dejas matar no podremos entrar.

—Pero son ellos… ¡Lo mataron!

—¿¡Entonces por qué coño les dices que le conocías!? ¿¡A qué venía ese rollo!?

—¡Esto no solo se reduce a los asesinos de Jackson Elias!—chilló Greg, consiguiendo algo de silencio tras su alarido—. No es venganza… Tenemos que saber porqué Jackson investigaba a la expedición Carlyle. Tenemos que saber más sobre Roger Carlyle y esa expedición, Angus. Esto no lo hacemos por venganza.

Greg y Annie se miraron por encima de Angus, que se recostó en el asiento, respirando con cierta dificultad, pero más relajado.

—No es sólo por venganza —repitió Annie O’Carolan negando con la cabeza.

Las maniobras de Liam hubieran despistado al mejor conductor del departamento de policía de Nueva York. De haberlo hecho, nadie les hubiera seguido, pero ningún sectario de la Lengua Sangrienta, ni ningún policía que hubiera acudido por el tiroteo les seguía.

Nadie.

Los Finns se alejaron de la Casa del Ju-Ju, del Harlem, de Nueva York, con destino al condado de Wenchester.

MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

El teléfono en casa de Greg Pendergast comenzó a sonar de forma estridente, pero el periodista, que se había pasado toda la mañana esperando esa llamada, lo cogió antes de que el primer tono hubiera concluido.

—Pendergast… ¿eres tú? —preguntó la voz al otro lado de la línea. Greg entrecerró los ojos.

—Sí… ¿Quién llama?

—Soy Elias. Ya… ya estoy en Nueva York.

—Estupendo. ¿Has tenido buen v…?

—Yo… tengo que verte… Urgentemente… Según bajé del barco estuve investigando y… Tengo que verte. ¿Has seguido las instrucciones?

—¿Sí?

—¿Están aquí? ¿Todos? No he podido contactar con Annie.

—Se fue a la biblioteca a primera hora de la mañana para…

—¡Espera! —Le cortó Jackson. Greg escuchó cómo Elias soltaba el teléfono y los sonidos de movimientos brucos—. Espera, un segundo… sí… Sí, todo va bien, sí. ¿Entonces están todos aquí?

—Sí, estamos todos aquí, nos hemos reunido como nos pediste y…

—Bien, muy bien. Apunta. Hotel Chelsea. Habitación 410. Dentro de una hora.

—Pero, Jackson…

—De acuerdo. ¿Están todos?

—Sí, Jackson, están todos…

Y Jackson Elias colgó el teléfono.

En media hora, Greg Pendergast estaba montado en el Packard Twin Six de Liam McMurdo, junto a un aturdido Thomas Connery que miraba por la ventanilla al nubloso cielo de Nueva York, a Angus Lancaster que se apoyaba en el bastón estoque que tenía entre sus piernas, y a Colin O’Bannon que ojeaba una carpeta con documentos.

—¿Sólo te dijo eso? —preguntó Angus.

—Como lo oís… estaba… como paranoico —comenzó Greg, preocupado—, nunca le había oído así.

—Vamos a llegar al hotel veinte minutos antes de la hora que te pidió —comentó McMurdo, apretando el claxon de su coche para espantar a un taxi que intentaba bloquearle el paso.

—¿Descubres algo nuevo en el informe que sus compañeros federales te han dejado sobre Roger y Erica Carlyle, Colin? —preguntó Angus, mientras el pelirrojo se encogía de hombros con gesto torcido.

—Poca cosa. La familia Carlyle invirtió bien durante la primera guerra mundial: transportes, munición, exportaciones e importaciones. Por eso son ricos, aún a pesar que el primer Carlyle en llegar a EEUU fuera el hijo ilegítimo de un noble de Derbyshire, deportado desde Inglaterra por conducta impropia y desesperada. Se llamaba Aberdare Vane Carel…

—Vane —murmuró Thomas.

—Carlyle no tiene antecedentes policiales porque sus abogados, entre ellos el tal Bradley Grey, eran brillantes. Le han librado de un juicio por paternidad, han suavizado sus varias expulsiones de universidades, acusaciones por desorden público, conducta impropia, lascivia, vagancia, que nunca llegaron a ningún sitio. Estuvo en rehabilitación con dieciocho y con veinte años.

Thomas soltó una cascada risita y Liam pegó un volantazo, apretando el claxon y maldiciendo a otro taxi. Colin continuó:

—De Erica no hay gran cosa. Todo lo relacionado con ella es legal. Sí, tiene pinta de ser una perra estirada y dura como el acero, pero siempre correcta de cara a la galería… lo único turbio que la rodea es Joe Corey, su guardaespaldas. Un tipo duro que trabajó para un mafioso local y que es muy efusivo quitándole de encima pretendientes indeseables.

—Poca cosa.

—Sip —afirmó Colin—. Sus acciones mejoraron en cuanto certificó la muerte de Roger Carlyle y se hizo con el control de la empresa.

—Ya estamos —informó Liam McMurdo.

El coche frenó frente a la puerta del hotel, un imponente bloque gris cemento de seis plantas, cuya entrada principal disponía de una larga alfombra roja que recordaba a una lengua sangrienta desplegada ante una oscuras fauces que les esperaban para devorarles.

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Todos, se bajaron del coche. Liam llevaba la palanca en la mano y Colin le agarró del hombro, antes de que alguien le viera.

—¿Se puede saber a dónde vas con eso, muchacho? —aunque Colin lo sabía. Todos sentían esa electricidad, ese zumbido en los oídos, que les avisaba que algo no iba bien.

Liam boqueó intentando contestar, pero Colin negó con la cabeza y le indicó que volviera al vehículo.

—Busca donde aparcar —le informó al conductor—.Y quédate en el coche con el motor encendido.

—Por si tenemos que salir corriendo —se convenció Liam—. Daré una vuelta alrededor del hotel para… reconocer el terreno.

—Bien me parece.

—¿Esperamos al resto? —preguntó Greg. Colin negó con la cabeza mientras oteaba el edificio. Nubes grises, preñadas por el humo de las fábricas, navegaban por un cielo encapotado que deprimía el ambiente.

—Qué os parece si Greg y yo vamos hasta la habitación de Jackson… como avanzadilla —recomendó Angus. Colin asintió mientras su mirada vagaba por el edificio, hasta un callejón en el lateral derecho del hotel, donde una amplia escalera de incendios de metal negro, recorría toda la pared.

—Correcto. Thomas y yo subiremos por las escaleras de incendio hasta la cuarta planta.

Se dividieron. Angus y Greg entraron en el hall, ignoraron las solícitas sonrisas de los recepcionistas y fueron directos hasta uno de los dos grandes ascensores, donde un joven botones, de unos quince años, todo sonrisa y pecas, les preguntó por su destino.

—Cuarta planta —contestó secamente Greg, echando de menos su bate de baseball. Acarició la navaja que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Angus se apoyó en su bastón, la funda del estoque que siempre le acompañaba.

En ese momento, Annie O’Carolan llegó al Hotel Chelsea.

Su laboriosa mañana en la Biblioteca sólo había dado con un dato, aunque ella lo consideraba significativo. Buscando información sobre pirámides asimétricas, la sacerdotisa africana M’Weru, grandes esferas amarillas y la extraña figura con la que Carlyle hablaba en sueños, había descubierto una extraña y temida figura de una oscura y poco documentada época de Egipto: Una  poderoso brujo al que se conocía vulgarmente como, El Faraón Negro.

Annie, con su mejor sonrisa, preguntó a los recepcionistas por la habitación 410 y, mientras esperaba al ascensor, comprobó en su bolso el estado de su pistola Luger P08. Al mismo tiempo, el joven ascensorista abría la puerta para que Angus y Greg salieran al pasillo de la cuarta planta, Colin y Thomas subían por las escaleras hasta el segundo piso y Liam aparcaba cerca de un callejón donde encontró un coche sospechoso.

Todos los Finns tenían un mal presentimiento mordisqueándoles la nuca. Algo, un sexto sentido que les avisaba que algo malo iba a pasar.

MdN: New York (17) Archivos Médicos

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (17) Archivos Médicos

—Recuérdame, ¿qué demonios hacemos aquí? —siseó Annie O’Carolan con los dientes muy apretados.

—Allanar la entrada trasera del archivo del colegio oficial de medicina de Nueva York —comenzó Angus Lancaster en un susurro—, y, mientras Colin mantiene distraído al vigilante nocturno en la entrada delantera, buscar los archivos del Doctor Huston en los que habla de Roger Carlyle.

Thomas Connery, escondido en la sombra del dintel de la entrada trasera al edificio, forzaba la puerta con la palanca que Liam McMurdo siempre guardaba en su coche. Liam estaba en su salsa, las solapas de su chaqueta elevadas, al volante de un coche que acaba de robar, con el motor encendido, ronroneando, preparado para la fuga…

— ¿Cómo he podido acceder a esta locura? —gruñó Annie.

—Eres tú la que siempre dice —le recriminó Angus—:“A veces la palabra escrita es más valiosas que un diamante…”

—¡Yo no he dicho eso!

Liam les chistó. Aunque tenía un ojo puesto en Thomas, su vista vagaba por la desangelada calleja desde la que accederían al archivo del colegio de médicos. La charla de Annie y Angus le distraía…

¡CRAC!

El chasquido de la puerta cuando Thomas la forzó reverberó por toda la calle.

—Tan sutil como un ladrillo en la ventana —se quejó Annie.

—Deja de protestar y sígueme —Angus abrió la puerta del coche y correteó hacia el edificio. Annie dejó escapar el aire por la nariz, se subió las solapas de su abrigo, imitando a Liam, y corrió tras el arquitecto.

Mientras entraban en el edificio, Liam condujo y colocó el coche en un callejón cercano a la esquina donde Greg Pendergast, enfundado en su gabardina y fingiendo que ojeaban un periódico bajo la amarillenta luz de una farola, montaba guardia.

Annie y Angus corretearon como Hansel y Gretel por el pasillo de suelos de mármol del edificio, hasta la entrada a las escaleras que descendían al sótano. Amordazado por el ruido de sus pasos, escucharon la voz, bovina y aburrida, del que debía de ser el vigilante del edificio, contestando a las cortantes preguntas que el agente federal Colin O’Bannon le inquiría.

En apenas un jadeo, bajaron hasta el primer sótano y recorrieron la compleja distribución de habitaciones y despachos, hasta el registro de los archivos, como si se hubieran estudiado los mapas del edificio hacía un par de horas… cosa que habían hecho gracias a las credenciales de Angus como arquitecto.

La puerta del despacho estaba abierta.

Angus entró el primero y oteó la habitación del registro, que constaba de una pareja de escritorios atestados de papeleo, tras uno de ellos había una docena de archivadores y tras el otro, un pequeño armarito de puerta de cristal que contenía una serie de llaves.

Cuando Angus quiso darse cuenta, Annie había abierto uno de los cajones de los archivadores y revisaba los folios de una fina carpeta…

—¡Annie! —le chistó—. ¡No tenemos tiempo que perder! Propongo que nos dividamos y…

Annie cerró con presteza y sin hacer ruido el archivador. Pasó ante Angus, ignorándole, se acercó hasta el armarito del que sustrajo un pequeño juego de llaves y salió del despacho.

—Pero qué coñ…

Annie abrió con desenvoltura la puerta posterior al despacho y accedió una sala repleta de estanterías y, en un parpadeo, emergió de ella con una carpeta bajo el brazo, pasó de nuevo ante un anonadado Angus, dejó las llaves en el armarito, escondió la carpeta dentro de su abrigo, y volvió a salir del despacho.

Angus no terminaba de dar crédito a lo que pasaba…

Annie volvió al despacho asomó su simpática cabecita con el ceño fruncido y dijo:

—¿No ha quedado claro que ya lo tengo?

—Sí, ya… pero… ¿Eso es…?

Files on Shelf

—¡Claro que sí! Me dedico a esto Angus. Así pues, ¿¡a qué esperas ahí parado con cara de besugo!?

Y correteó con pasitos rápidos hacia las escaleras.

Colin O’Bannon acababa de terminar de marear al vigilante del edificio con un galimatías legal, bastante intimidatorio además, cuando vio las figuras de Annie y Angus, emerger de las escaleras y volver por donde habían venido, sigilosos como un gato.

Thomas acababa de dejar la palanca contra la pared en la que estaba oculto, y había sacado y amartillado su automática del cuarenta y cinco, cuando Annie y Angus salieron del colegio oficial de médicos de N.Y., silenciosos como una sombra.

Greg, que apenas había podido mentalizarse en que estaba fingiendo leer el periódico en vez de leerlo, comenzó a hacer aspavientos a Thomas y a Liam, mientras Annie y Angus avanzaban hacia él, decididos como un caribú.

Y Liam, que acababa de aparcar en el callejón cuando vio a los Finns acercársele, enérgicos como un toro, boqueó aturdido…

—¿Qué ha pasado? ¿Algo ha fallado? —preguntó cuando todos se montaron en el coche y comenzó a conducir por la ruta de escape que había diseñado.

—Qué fallar, ni que niño muerto —gruñó Annie mientras sacaba la carpeta de debajo de su abrigo y comenzaba a ojear los documentos.

—Pero si apenas habéis tardado tres minutos en…

—¡Qué me dedico a esto! He visto sistemas de archivos complicados de verdad, lo de estos médicos es de jardín de infancia. El sistema de la biblioteca de la universidad de Miskatonic, eso sí es un reto. Si hasta le diseñaron su propia teoría del caos. ¡Y no me hagáis hablar del de la biblioteca del Museo del Cairo! ¡Eso es la jungla!

—Bueno —sentenció Colin orgulloso—, misión cumplida. Y sin matar a nadie.

—¡Somos los Finns!— aulló McMurdo.

—La mirada en la carretera Liam —ordenó Annie sin dejar de leer—. Es curioso, lo que estoy leyendo no son resúmenes sobre las entre Roger Carlyle y el Doctor Huston… es entre el Doctor y la hermana de Roger, Erica… ¡y le cobraba cien dólares por cada visita!

—¡Vaya! —exclamó Thomas—. Ya veo en que malgastan el dinero los ricos…

—Erica estaba turbada por las relaciones con su hermano. Según el doctor Huston, Erica era todo un ejemplo a seguir… Controlaba a la perfección sus finanzas, relaciones, trabajo… Nada afectaba a esta mujer, salvo su hermanito, así que el buen doctor le recomienda a Erica que sea Roger el que le visite…

Annie continuó leyendo los informes en silencio, mientras Liam conducía hasta las inmediaciones de su hotel. Los Finns salieron del vehículo a la fría noche neoyorquina y, ocultos por las sombras, caminaron entre columnas de vapor que emergían de las alcantarillas.

Annie no dejó de leer mientras cenaban tranquilamente en el hotel.

—Lo tengo —murmuró Annie y comenzó a leer en voz alta, aunque lo suficientemente queda cómo para que sólo los Finns pudieran escucharla—, “Hoy, Roger Carlyle ha acudido a mí a instancias de su hermana. Le aquejan unos extraños sueños en los que una voz le llama por segundo nombre, Vane, con el cual Carlyle se identifica a sí mismo…

https://exiliadodecarcosa.wordpress.com/2016/06/13/prologo-el-sueno/

… estos sueños  le producen una gran satisfacción, pero no le permiten descansar correctamente… Esta actitud esquizofrénica caracteriza gran parte de la vida del señor Carlyle

—¿Qué es una cruz ansada? —preguntó Thomas.

—Un jeroglífico, un dibujo egipcio, que se llama Ank y que significa vida —contestó Annie sin dejar de leer.

—Así que puesto del revés… —augura el militar.

—Muerte —confirma Angus.

—Atentos —Annie vuelve a leer— “Se refiera a ella como M’Weru, y dice que es una sacerdotisa. Profesa por ella auténtica devoción, algo que veo correcto para contrarrestar sus tendencias megalomaníacas. Sin embargo, esa mujer se ha convertido en un rival frente a mi autoridad”

—Parece que el Doctor y la Reina de Ébano no se llevaban bien —conjetura Angus.

—Sólo hay una pequeña anotación tras este informe —informa Annie—, “Carlyle dice que si no voy con él, amen…”

Los Finns esperaron a que Annie dijera algo más, pero la cazadora de libros dejó a un lado la carpeta y comenzó a cenar.

—¿Amen? —inquirió Liam.

—Estoy casi segura que es amenaza —dijo Annie tras masticar su ensalada—, algo en referencia a sus líos de faldas, seguramente.

—Ósea —dijo Greg—, que Carlyle coaccionó a Huston para que le acompañase a la Expedición.

—Es una teoría a tener en cuenta—concluyó Colin.

Se fueron a dormir pronto.

El día siguiente sería quince de enero.

El día siguiente sería cuando Jackson Elias llegaría a Nueva York, con más información sobre la Expedición Carlyle.

 

MdN: New York (14) Un paseo cerca de Carlyle’s Manor

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (14) Un paseo cerca de Carlyle’s Manor

 

Angus Lancaster tomó el desvío que iba desde la carretera hasta la mansión de los Carlyle en Wenchester. Colin O’Bannon lanzó un largo silbido cuando llegaron hasta la verja de hierro, de casi cuatro metros y rematada en afiladas púas, que rodeaba la espléndida finca. En medio del cuidado jardín había un amplio señorío de planta y piso, pero Colin y Angus no pudieron verlo de cerca porque de la garita de la entrada emergieron dos hombres, fuertes y trajeados, que les dieron el alto.

Colin se fijó rápidamente en que llevaban pistolas de gran calibre en sus fundas sobaqueras, que dentro de la garita había un armario con escopetas y fusiles… y que paseando, cerca de la verja, había dos guardias más, armados con rifles y paseando una pareja de fieros perros.

—He visto políticos con menos protección —murmuró Colin entre dientes.

―¿Utilizamos tus influencias para…?

—Intentemos evitarlo.

El guardia de la garita se inclinó mucho para ponerse a la altura del coche de Angus.

―Buenas días, señores.

―Buenos días —saludó el arquitecto luciendo su mejor sonrisa—. Soy Angus Lancaster, quería entrevistarme con la señorita Carlyle.

El guardia asintió y miró en una tablilla que tenía bajo el brazo.

—No me va a encontrar —continuó Angus—. No estoy en la lista. Esto es una visita de cortesía, totalmente imprevista y…

—Si no tiene cita debe solicitarla, ¿señor…?

—Lancaster —repitió Angus ligeramente ofendido—. ¿Puedo solicitarle a usted la cita?

—No. Lo siento, caballero. Debe ir a empresas Carlyle y hablar con alguno de las administrativas que…

Colin sacó la placa de agente Federal y se la puso en la cara al guardia.

—¿Esto nos permitiría pasar sin necesidad de cita?

El guardia estudió la placa. Luego estudió a Colin y de nuevo a Angus.

—Disculpen un momento, agentes.

El segundo guardia salió de la garita, la chaqueta abierta, la culata de su arma a la vista. El primer guardia le puso una mano en el hombro antes de volver a la caseta, donde tomó un teléfono y comenzó a hablar con alguien al otro lado. La pareja con los perros se acercó hasta la entrada.

―Se están poniendo tensos… —canturreó Angus.

―Lo seeeeee…

El primer guardia volvió.

―¿Tienen una orden?

—No, esto es una visita de cortesía…

—Pues la señorita Carlyle insiste en que pidan cita.

—¿Tan ocupada está que no puede…?

—Sí —le cortó el guardia. La acerada mirada de Colin le hizo dudar—. En unos días, la señorita Carlyle celebrará una fiesta benéfica donde recogerá fondos para la American Geographical Society y eso la mantiene muy ocupada. De todas formas, informará a su secretaria para que esté prevenida y les concerté una entrevista lo más pronto posible.

Un largo silencio paseó entre los hombres mientras Colin y Angus barajaban sus opciones. Vieron cómo dos personas más salían de la mansión. Trajes. Fuertes.

—No les entretendremos más, señores —informó Angus poniendo el coche en marcha.

Colin les dedicó una despectiva sonrisa y se despidió llevándose dos dedos a la frente.

—¡Vaya pérdida de tiempo! —se quejó Colin.

—No creas, querido camarada —contestó Angus sonriendo mientras conducía de nuevo hacia la carretera—. Curiosamente, mi padre es miembro de la American Geographical Society desde hace años así que… creo garantizar una entrevista con la señorita Erica Carlyle.

—Al final vamos a utilizar tus influencias —comentó Colin sonriendo.

—Eso parece… Eso parece…

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MdN: New York (13) Angus is now in the building

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (13) Angus is now in the building

 

Trece de enero de mil novecientos treinta.

En torno a las diez de la mañana.

Los Finns estaban reunidos en el restaurante del Grand Hotel, donde se alojaban varios de ellos, cuando una esbelta figura irrumpió en el local.

—Lo sé. Tengo la mala costumbre de llegar tarde pero… llego exactamente cuando se me necesita.

Los Finns alzaron la vista: zapatos impecables, traje hecho a medida, bastón de madera oscura, seguramente hueco, sirviendo como funda para un estoque, pañuelo al cuello, gruesas gafas, sonrisa galante, peinado a la moda…

Angus Lancaster
Tengo que irme. ¡Los Finns me han llamado!

—Hola, Angus —dijeron Greg Pendergast y Annie O’Carolan sin mucho entusiasmo.

En cambio, Liam McMurdo corrió hacia Angus Lancaster y le dio un fuerte abrazo.

—La desidia de Greg y Annie no es de extrañar, pero esto me está cogiendo por sorpresa, Liam —contestó Angus palmeando la espalda de su amigo.

—Me alego de verte —contestó Liam exhibiendo una gran sonrisa.

—Sí, últimamente está muy contento —comentó Annie entrecerrando los ojos —. Demasiado.

—¿Aderezas tu vida con algo más que la mecánica, Liam? —preguntó Colin O’Bannon. Thomas Connery dio un respingo en su asiento.

Jacob O’Neil estaba derrumbado sobre un cómodo sillón junto a los Finns. Roncaba y su rostro estaba oculto bajo un periódico de esa mañana. Apestaba a whisky desde la entrada. Ante él había una bandeja con un opulento desayuno que se enfriaba a cada segundo. Angus le pinchó con el bastón, pero Jacob ni se inmutó.

—Resaca —informó Colin.

—¿Resaca?

—Sí. Aunque esta noche se lo pasó de miedo con una prostituta.

—¿¡Prosti…tuta!? ¡P… pero si Jacob estaba casado!

—Y con una hija —informó Greg.

—Toma asiento, Angus. Te pondremos al día en unos instantes —continuó Annie desplegando los recortes de prensa de su carpeta.

—¿Cómo te ha tratado la vida estos meses? —preguntó Thomas. Angus aún miraba al maltrecho Jacob.

—Bien, bien… Me he casado con mi prometida.

Los Finns dejaron de hacer lo que estaban haciendo y miraron fijamente a Angus: ¿Casado? ¿Prometida?

—¡Jacob está de resaca tras pasar una noche con una prostituta! ¡Patry viste como una gitana! Y Liam va dando abrazos… ¿¡y os sorprende que me case!?

—Patry/Nelly está paranoica. Lo de Liam es una investigación en curso…

—Que te den, Colin.

—Y antes de ser el sargento O’Neil, Jacob se pasaba la vida borracho y de putas —continuó Colin.

—Y eso lo sabe, porque ahora es el Agente Federal O’Bannon —escupió Greg  entre dientes —. Y lo sabe todo de todos.

—¿Agente Federal? —preguntó Angus.

—No vamos a hacer un resumen de nuestras vidas ahora Angus —cortó Annie —. Vamos a hacerte un resumen de lo que nos ha traído aquí y lo que hemos descubierto hasta ahora. Vamos a hablarte de la Expedición Carlyle que Jackson Elias está investigando.

Una hora después y tras haber dado cuenta de un buen segundo desayuno, Angus estaba informado de todo.

—¿Habéis hablado con la hermana de Roger? ¿Esa tal Erica Carlyle?

—No —contestó Annie —. Y no parece alguien muy accesible.

—Para vosotros quizá, pero yo soy Angus Lancaster. Siempre encuentro una entrada.

—Sobre todo la trasera —se mofó Madame Loconnelle.

Entre las carcajadas. Liam se inclinó hacia Greg.

—Tenemos que hablar. En privado.

—No puedo, Liam —contestó Greg—. Tengo que visitar a un par de amigos que conocían a Jackson Elias, el Doctor Vincenzo Gaspari y su editor, Jonah Kensington.

—Te haremos de chofer mientras tanto —propuso Thomas.

Nelly se fue a su casa, a mirar en su bola de cristal. Annie propuso ir a la biblioteca de la universidad de Columbia, para ver que encontraba sobre sectas en Egipto y el norte de África.

Algo encontró, pero Annie perdió casi toda la mañana ojeando un libro que le llamó la atención: Apuntes sobre el Necronomicon, de Joachim Feery.