MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

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La Redada (25) ¿Y en cuanto… a los Finns?

Aún se escuchaban disparos perdidos por las calles de Innsmouth, mientras las operaciones de búsqueda, casa por casa, continuaban sucediéndose. Los militares reunías prisioneros en grupos que iban subiendo a camiones de capota verde con escoltas armadas. Los Finns se reunieron con el enigmático agente Drew al oeste de la ciudad, en una bifurcación donde no pararon de ver el movimiento de escuadras de marines y vehículos militares. El agente Drew arrojó al suelo el fino cigarrillo que estaba fumando antes de solicitarles el equipo que habían usado durante la redada y requisar cualquier evidencia física que hubieran podido conseguir.

Tras lo cual, el grupo se metió en un camión que les estaba esperando con destino a unos barracones militares en Boston, donde dieron parte de la operación. Tras ofrecerles una manta, un tazón de sopa caliente y un té, se les interrogó pacientemente sobre las experiencias de la redada, sin reprocharles nada sobre las historias de monstruos y dioses. Resultó de especial interés la información acerca de traidores infiltrados o episodios de locura.

Una vez hubieron terminados, se les gratificó con un cheque de dos mil dólares, un corto apretón de manos y se les ofreció transporte hasta sus hogares.

La prensa no tardó en hacer eco de la Redada. Hubo algo más de doscientos prisioneros, transportados en camiones y trenes hasta campamentos clandestinos por todo el país. Algunos periódicos informaban de un gran campo de concentración en medio del desierto de Nevada. El gobierno respondió con historias inventadas acerca de una enorme operación de contrabando y trata de blancas que se centraba en la ciudad. Las fotos de la banda de “El Bastardo de los Waite” y algunos de los miembros más corruptos de la comisaría de Innsmouth como Nathan Birch o Elliot Ropes, aparecieron, como por arte de magia, junto a las de criminales como Al Capone o Clyde Barrow. Algunos tenaces diarios amarillistas continuaron escribiendo al respecto, pero la mayoría de los periódicos no tardaron en olvidar el asunto.

Innsmouth no sobrevivió mucho tiempo. La ciudad, con muchos de sus barrios dañados por incendios y saqueos, su población reducida y careciendo completamente de industria, comenzó a marchitarse. Los vecinos de las localidades cercanas continuaron rehuyéndola porque estaba maldita, estaba infectada, y muchos de sus habitantes, como el ayudante de la gasolinera Bernard Slocum o el barman de “The Garden” Viktor Obtrech, se marcharon, reduciendo todavía más la población.

Un incendio que tuvo lugar a principios de los años cuarenta provocó el éxodo del resto de la población y, tras la Segunda Guerra Mundial, sólo quedaron en ella unos cuantos ocupantes ilegales.

A finales de siglo, Innsmouth estaba abandonada y en ruinas.

***

El agente Drew acarició la cubierta de las “Ponape Scriptures”, el manuscrito que J.Edgar Hoover había sacado de su misión en la Mansión Marsh. El Director de la Oficina de Investigación se estaba sirviendo un vaso de whiskey con manos temblorosas.

―Tú nunca bebes ―afirmó Drew―. Nunca incumples las normas, J.E.

―Ya… ―siseó el director―. Y tampoco me creía esos cuentos de hombres rana y… dioses oscuros.

―Pero has visto….

―Sí… he visto ―le cortó el director que dio un lingotazo, rápido y agresivo al vaso. Trago con asco el licor―. Y ahora creo.

―Entonces… ¿Es cierto eso de que vas a crear un departamento que se encargue de estos… Casos Clasificados?

―Ya lo he puesto en marcha. Tengo muy claro que Ashbrook dirigirá ese departamento.

―¿El agente Ashbrook? ¿No es un poco temperamental?

―No necesito a los típicos agentes federales para estos casos, Drew. Necesitamos gente experimentada con lo… clasificado ―Hoover golpeó el manuscrito con el índice―. Lo que hay ahí fuera se escapa de las leyes… Naturales, humanas, divinas… Así que necesito gente que sea capaz de escapar de leyes. Que sea buena haciéndolo.

El agente Drew asintió mientras le daba una larga calada a su cigarrillo.

―¿Y en cuánto… a los Finns?

―¿Qué pasa con esos irlandeses?

―Eso te pregunto, ¿qué ha pasado con ellos?

Hoover apretó los dientes. Drew se había leído los informes, claro que sí, ambos lo sabían, pero el agente especial quería sonsacarle más información. Clasificada, como él decía. Cada vez que Hoover hablaba con el siniestro agente sentía que le iba regalando pedacitos de su alma al diablo.

―Patrice O’Connell está ingresada en un enclave de reposo terapéutico.

―Un manicomio…

―Uno de alto standing ―repuso Hoover―. Es al mismo al que he enviado a varios de mis hombres tras… el encuentro con esa… Cosa.

―¿Ninguno de los Finns quiso pasar por enclaves similares?

―No. Por ejemplo, el agente Jacob O’Neil quería volver con su familia.

―Pero ese hombre no estaba bien. Por lo visto fue incapaz de beber un vaso de agua durante toda la entrevista. Los informes apuntan que miraba al agua como si fuera veneno.

―El agente de policía y ciudadano de los estados unidos Jacob O’Neil solicitó volver con su familia… y tras los servicios prestados se le concedió su deseo―remarcó Hoover―. Al marine Thomas Connery se le ha ascendido a sargento, y se le ha destinado a una base militar donde es jefe de instrucción. Ann O’Carolan ha vuelto a Nueva Orleans donde sigue con su negocio de compra-venta de libros…

―Aunque su actividad ha bajado bastante, por lo que tengo oído ―informó Drew―, dicen que sale poco de casa, que se ha vuelto más… descuidada en su oficio.

―Yo también ―informó Hoover―. Después de lo que hemos vivido, creo que es normal asumir que no estemos al cien por cien durante una temporada, ¿no cree agente Drew?

―Greg Pendergast está muy bien.

Hoover resopló.

―Ya estamos trabajando en ello.

―He leído su novelita: ‹‹La Verdad sobre la Redada en Innsmouth»

―Ya estamos trabajando en ello.

― Es bastante buena. Muy entretenida.

―Ya estamos trabajando en ello.

―Está bien redactada pero, en mi opinión, sus descripciones sobre las tácticas militares son bastante ofensivas.

Hoover descargó su puño sobre la mesa. El silencio llenó la sala mientras Drew continuaba fumando tranquilamente su cigarrillo. El superintendente, sin mirarle, relajó su puño y tamborileó sus dedos sobre la cubierta de las Ponape Scriptures.

―Gregory Pendergast firmó, junto a sus compañeros, un “Juramento de Secreto” que ha incumplido, por lo que sufrirá las consecuencias. Y como ya he dicho: Ya estamos trabajando en ello.

―¿Cómo también están trabajando sobre la caja de madera negra que desapareció en la Mansión Marsh? ¿O sobre lo que robó Angus Lancaster?

―Agente Drew, ya hemos discutido eso: Angus Lancaster salió de Innsmouth sin ningún objeto de valor para la investigación.

―Pero hay varios informes en los que se afirma que llevaba una espada ceremonial que pertenecía a un cultista abatido durante la Redada.

―Pero cuando les recogió a él y a Liam McMurdo, y se les trajo a prestar declaración, no tenía esa espada. La debió de perder cuando salieron del edificio de la Orden Esotérica.

―O la escondió. Ese hombre es arquitecto, tiene tratos con los masones y el edificio de la Orden fue un templo masónico. Lancaster podría saber de…

―Esa es SU teoría. Teoría que le recuerdo que no ha sabido probar, por lo que, y a las pruebas me remito, Angus Lancaster no extrajo ningún objeto de Innsmouth ―el director Hoover y Drew se mantuvieron la mirada durante unos largos segundos―. ¿También va a criticar algo sobre Liam McMurdo, que ahora mismo es el propietario de su propio taller mecánico, pagado con la recompensa ofrecida por el gobierno? ¿O de Colin O’Bannon, que ha colaborado con nuestros agentes para la captura de todo el clan mafioso de los O’Bannon?

Drew expelió una bocanada de humo gris antes de levantarse.

―No ―contestó. Alargó su mano hacia el manuscrito, hacia las Ponape Scriptures, pero Hoover dejó caer su mano sobre el libro. Drew rió, divertido

―Aún le guardo el detalle de traer al Dr. Najar, Drew.

―Alguien… o algo, mató al respetable doctor Ravana Najar en el hotel en el que se alojaba, pocas horas antes de llegar a estas oficinas, director Hoover.

―Se la sigo guardando ―siseó Hoover, sin apartar la mano del manuscrito.

― ¿Se lo va a leer? ―inquirió Drew.

―Ya lo hice ―contestó Hoover impertérrito―. He hice una copia para que los hombres de Casos Clasificados, pudieran leerla. Material de estudio, ya me entiende. Sólo quería que lo supiera.

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El Enigmático Agente Drew y su perenne cigarrillo

El director apartó la mano. Drew le dedicó una indescifrable mirada, antes de hacerse con el manuscrito y salir de la habitación, dejando tras de sí una estela de humo gris.

La Redada (16) Dentro de la Orden Esotérica de Dagon

ORDEN ESOTÉRICA DE DAGON

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                        ―                           Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                           Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                           Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                               ―                           Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                          ―                           Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (Jugador de Fútbol Americano) ―                      Hernan

Liam McMurdo (Conductor)                                                                     ―                           Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                                  ―                           Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)

La escuadra Apod se había lamido las heridas y recargado sus armas. El coche que Liam McMurdo había puenteado bloqueaba el callejón, pero de poco serviría si una horda de innsmouthitas se decidía por pasar por encima del coche y atacarles, tenían que darse prisa en entrar en la Orden Esotérica de Dagon.

Ante ellos había una gruesa pared de piedra negra, sin ventanas, la única entrada era una sólida puerta de madera, sin pomo, pero con una oxidada cerradura. Angus Lancaster descubrió el símbolo masónico que indicaba que se trataba de la puerta trasera a la logia. El capitán Corso se acercó hasta ella  y justo cuando se apoyó en la hoja el suelo tembló bajo sus pies.

Todos, soldados y civiles, se quedaron durante unas décimas de segundos, sobrecogidos ante la explosión que tuvo lugar cerca del puerto. Parecía que un pequeño Vesubio hubiera entrado en erupción, devorando tres o cuatro edificios al noreste de la ciudad y reventando cristales por todo el pueblo maldito.

―Joder, con la escuadra Sky ―murmuró Leprechaun O’Brien.

―Coño, Rowan ―se mofó El Muro Rondale―, no sabía que habías venido a la misión. No has hecho una mierda hasta ahora… para variar.

―Muy gracioso, Muro. Pero que muy gracioso.

―Psssst ―chistó el cabo The Kid Ditullio.

Estatua Drake que se había colocado junto al capitán Corso, pegado a la puerta, tratando de escuchar algo, alzó la mano.

―Aquí detrás hay algo ―informó―. Algo que respira.

―Pues patada a la puerta y que le dé en la boca ―propuso Billy Rowan.

― Buena idea ―exclamó Rondale, y antes de que nadie dijera nada, el defensa de los Buffalos del Instituto Chambers, de Iowa, cargó contra la puerta y descargó su hombro sobre la hoja de madera… que crujió, pero no se terminó de abrir del todo.

Ditullio maldijo entre dientes la falta de juicio de Rondale, antes de descarga una buena patada en la dañada puerta, consiguiendo romper el cerrojo y abrirla.

Y permitiendo que la cosa del otro lado saliese.

Todos se quedaron bloqueados ante la aparición del guardián de la puerta. Hacía tiempo fue un hombre de innsmouth, un marcado que respondía al nombre de Joshua Bentley, pero a diferencia de muchos de sus amigos y familiares, a los que la marca había transformado progresivamente en profundos, a Bentley le había deformado en otra cosa diferente. Su cuerpo era grande, pesado, de piel gelatinosa, grasienta, con sus manos deformadas en garras de dedos palmeados… pero lo más inquietante era su cabeza, convertida en una sepia repleta de tentáculos culebreantes y de ojos velados en amarillo.

Joshua Bentley, Bendecido por Cthulhu
Joshua Bentley,                      Bendecido por Cthulhu

Entre los profundos, estos hermanos diferentes eran tratados como héroes de su especie, pequeños y monstruosos milagros a los que se les concedían objetos y beneficios, y que pasaban a disposición de la Orden Esotérica de Dagón, donde les educaban en la magia y las artes oscuras de los mitos de Cthulhu, el cual les había bendecido con esa forma horrible.

Un pálido Billy Rowan disparó su fusil. La bala atravesó las entrañas a la criatura que alzó su rostro, mientras los tentáculos bailaban sobre su pecho deforme en un mudo grito de dolor.

Estatua Drake sufrió un estallido logorreico. Accionó el gatillo de su metralleta Thompson sin dejar de gritar:

―¡¡¿Sepuedesaberquemierdadecosaesesta?AdondecojonesnoshantraidoJoderrrrrrrrMuereMuereMuere
CondenadomonstruodelinfiernoMueremalditobastardoMatadloJoder
HayquematarloHayquematarlosatodos!!

La tempestad de plomo destrozó a la criatura, la hizo caer y cuando las balas de la Thompson se agotaron, a Drake le flanquearon las piernas. Rondale y Liam se abalanzaron sobre el monstruo y el primero comenzó a golpear al monstruo con la culata de su fusil mientras el segundo lanzaba puñaladas al abdomen de la criatura, aullando de rabia, de frustración, de terror.

―¡Basta! ―gritó Corso, mientras Ditullio y Leprechaun conseguían frenar a Rondale, y Angus Lancaster tranquilizaba a Liam―. ¡Sosiéguense maldición! ¡Esto es una misión de infiltración y toda la ciudad debe de saber que estamos aquí!

―Una buena forma de dar ejemplo es no gritar, señor ―intervino Ditullio.

Corso le miró boquiabierto… asintió con la cabeza y, sonriendo bovinamente, susurró:

―Tiene razón, cabo. A partir de ahora, silencio total.

―Bullseye está en silencio.

―Muy bien Bullseye, vaya usted primero.

Bullseye entró en la Orden Esotérica y atravesó un estrecho pasillo. Abrió, con mucho cuidado, una pequeña portezuela que convergía en un gran vestíbulo que se hallaba sumido en la penumbra. La única luz provenía de una docena de antorchas ubicadas en puntos estratégicos de la sala. Bullseye se detuvo antes de salir al vestíbulo, al ver que había una galería en el piso superior, de la que colgaban banderolas de color verde sucio. El techo se sostenía por cuatro gruesas columnas y la combinación de olores a pescado podrido y rancio mezclado con altas dosis de incienso, convertía en aire en un éter cargado y desagradable.

Alguien se chocó con Bullseye: Angus Lancaster.

―A Bullseye no le gustas ―siseó el francotirador mirando a la galería. Si tuviera que tender una emboscada, ahí se colocaría él.

―¿Y eso a qué viene? ―se quejó Angus.

―A que vas a delatar nuestra posición si no cierras la bocaza, tipo suave ―gruñó Ditullio detrás de Angus.

Corso se llevó un dedo al oído y luego señaló al techo. Bullseye asintió. También los oía. Pisadas y murmullos en la galería.

Corso gesticuló en silencio. Ordenó a los soldados que llevaban metralletas que se adelantasen, creando un fuego de cobertura para que el resto de la escuadra pudiera tomar posiciones.

Bullseye negó con la cabeza.

―Hay una puerta a la izquierda y un pasillo a la derecha ―informó―Bullseye no sabe quién puede estar ahí. Quizá más enemigos que los que se esconden en la galería.

Corso meditó durante unos segundos que hacer. Ditullio y Bullseye se miraron exasperados. El cabo sacó su cuchillo y Bullseye le imitó.

―Con permiso, señor ―solicitó el cabo The Kid Ditullio―. Bullseye y yo vamos a ver que hay tras la puerta y en el pasillo, si son seguros puede capitanear a la escuadra en su asalto con los subfusiles, señor.

―Y Bullseye y The Kid harán fuego cruzado ―dijo Bullseye Dalton.

―Oh, sí, es una gran idea, sí ―mientras el capitán Corso daba la razón el cabo y el francotirador se internaron entre las sombras del vestíbulo. Bullseye desapareció a la izquierda. La puerta parecía cerrada, pero el francotirador se posicionó a la derecha, atento a disparar a posibles enemigos que surgieran por ahí. The Kid se escondió entre las sombras del pasillo de la derecha. Había cuatro puertas, todas cerradas, el cabo se maldijo, mientras apuntaba con el fusil, preparado para abatir cualquier rival que apareciese desde allí.

Estatua Drake y Leprechaun O’Brien quitaron los seguros de sus Thompson y atendieron a la señal del capitán Corso que buscaba entre las sombras a The Kid y Bullseye. El cabo Ditullio se asomó e informó de lo que había visto y de los objetivos que había en la galería: seis hombres, armados, en tres parejas.

The Kid veía escopetas y rifles. Bullseye vio hasta un mosquete de la guerra de la recesión.

Entonces Corso hizo el gesto y Estatua y Leprechaun se lanzaron en medio del vestíbulo, con los dientes apretados y los dedos sobre los gatillos. Estatua Drake se paró junto a una columna y trazó un aterrador arco de plomo disparando todo el cargador del arma sobre una pareja de guardias híbridos, que cayeron fulminados.

―¡¡¡Tragad plomo, ‘joputas!!! ―aulló Drake, sonriendo, presa de un siniestro frenesí.

Leprechaun descargó otra ráfaga que destrozó a otro de los guardias.

Liam se aprestó a salir al vestíbulo, pero Corso le detuvo. ¿A qué esperaban? El capitán buscó a los soldados Rondale y Rowan, y les ordenó salir.

Bullseye estaba arrodillado, pero el blanco que había escogido se lanzó al suelo según los cañones de las Thompson comenzaron a tronar su canción. Disparó, pero la bala se estampó en la barandilla que protegía la galería.

Angus palmeó a Liam en el hombro.

―Yo no he venido aquí para estar detrás, viendo como los militares hacen el trabajo ―dijo Angus. Liam asintió, gratamente sorprendido por el valor en las palabras de Angus―. Si no disparamos, investigaremos, joder.

―¿Puerta o pasillo? ―preguntó Liam.

―Puerta.

―Yo voy al pasillo.

―Esperen ―les frenó Corso―. Saldremos cuando sea seguro…

Para demostrar el peligro, un híbrido se asomó desde la barandilla y descargó una perdigonada con su escopeta que arrancó esquirlas de piedra a la pared cercana a Bullseye.

Con el cargador vacío, Estatua Drake sacó su Colt 45. de la cartuchera y disparó sobre el enemigo de la escopeta. La bala le reventó el pecho, la escopeta cayó al suelo y medio cuerpo del híbrido quedó colgando de la barandilla.

Billy Rowan disparó sin mucho acierto. El Muro Rondale apuntó a la barandilla, pero no pudo ver a los enemigos parapetados tras ella.

Liam correteó hasta el pasillo, seguido de Corso. Angus se apostó en la puerta, al otro lado de Bullseye que descerrajaba su fusil. Leprechaun descargó otra ráfaga de tiros sobre la barandilla, manteniendo a los enemigos a cubierto.

Angus entreabrió la gran puerta de la izquierda. Al otro lado había una gran sala, atestada de largos bancos de madera hinchada por la humedad. Parecía una sala de reuniones. Un podio de madera negra tras el cual había dos hombres, dos híbridos ancianos, ataviados con túnicas aguamarinas y coronas de oro argentífero.

Uno de ellos, un sexagenario, altísimo y siniestro, de dedos palmeados, finas patillas en forma de ele de pelusa blanca y mirada recelosa, hacia aspavientos, croando órdenes. El otro sacerdote, un cincuentón regordete que se rascaba su desastrosa piel bajo la papada con una garra palmeada, miraba fijamente a Angus con unos grandes y temerosos ojos vidriosos.

Angus no supo decir cuál de los dos estaba más asustado, si él o el sacerdote, hasta que el obeso brujo le apuntó con sus dedos membranosos y comenzó a croar una sarta de palabras prohibidas y Angus supo que él tenía más miedo. Sintió como algo se aferraba a sus pulmones, trepaba por ellos robándole el aire, notó el sabor del mar en la boca de la garganta… Y tal cómo vino se fue. Le habían robado el aire durante un segundo, pero la oscura magia no había surtido más efectos en él.

Mientras The Kid Ditullio recargaba su fusil el híbrido armado con el mosquete se alzó y disparó sobre el Muro Rondale. El estampido reverberó en el vestíbulo y el perdigón arañó la cara del soldado, destrozándole la mejilla. El Muro mugió de rabia y corrió escaleras arriba, con un frenesí suicida dibujado en su rostro constreñido y sangrante. Otro híbrido descargó los cañones de su escopeta sobre Bullseye y los perdigones impactaron sobre el soldado hiriéndolo de gravedad.

Bullseye aullaba.

Desde el suelo, con la boca llena de sangre, el francotirador alzó su fusil, apuntó, y el disparo reventó la cabeza del híbrido. El resto del cuerpo cayó por la barandilla. Leprechaun se cubrió en una columna mientras recargaba su metralleta.

Corso disparó con su pistola, pero la bala se perdió en el tiroteo. En el pasillo en el que se había internado Liam descubrió  cuatro puertas. Todas cerradas salvo una, con un cartel que rezaba: Despacho de J. Brewster. Liam bajó el percutor de la automática, apresto para entrar, pero el capitán Corso se acercó a él y le detuvo.

―¡Quédese detrás de mí! ―ordenó el capitán, al tiempo que abría la puerta.

Los dos cañones de una recortada le recibieron desde el otro lado.

El estampido fue colosal. Liam se apartó a tiempo de ver, como el cuerpo desmadejado del capitán Corso volaba tres metros contra la pared, chocaba violentamente contra ella, caía, hecho un guiñapo sangrante, un muñeco roto, sin vida.

Angus metió su escopeta entre las dos hojas de la puerta y descargó una perdigonada sobre los sacerdotes de la Orden, que gritaron, arrojándose al suelo.

―¡Refuerzos! ―gritó Angus―. ¡Refuerzos!

El Muro cargó, bayoneta en ristre contra el híbrido que le había destrozado la cara, le espetó por debajo del esternón lo alzó un metro hacia el techo, arrancándole el mosquete de sus manos deformes, y luego lo placó contra el suelo, hundiendo aún más la cuchilla en sus entrañas.

Ditullio y Drake corrieron en apoyo de Angus. Ditullio pateó la puerta, descubriendo en la sala de reuniones de la Orden, además de los bancos y el altar tras el que se ocultaban los sacerdotes, una gran banderola con el símbolo de la Orden Esotérica de Dagon, una escalera en la esquina izquierda que se perdía en el piso superior… y media docena de profundos armados con unas finas jabalinas de coral verde iridiscente que les miraron sorprendidos.

―¡Contaaaaaaaaaaaactoooooooo! ―gritó The Kid disparando a ciegas su fusil.

El grueso sacerdote huyó escaleras arribas, aterrado, pero el otro, el larguirucho con patillas, conocido en el pueblo como Ezra Hetfield comenzó a correr señalando a Angus Lancaster, luciendo un cuchillo de hoja dorada y retorcida, escupiendo improperios y maldiciones sobre cómo le iba a rajar la garganta, hasta que Leprechaun O’Brien le descargó media docena de tiros con su Thompson y Bullseye Dalton le voló la cabeza de un tiro con su Colt 45.

Angus se alejó de la puerta, huyendo de los profundos que se abalanzaban sobre ellos. El Muro Rondale comenzó a machacar la cabeza del híbrido que había empalado y que aún le lanzaba golpes y arañazos. Ditullio sacó una granada, quitó el seguro y la arrojó hacia el techo, tras la gruesa puerta de doble hoja que intentó cerrar antes de que la granada tocase el suelo, pero de un violento empellón las puertas se abrieron empujadas por dos profundos, mientras que los otros cuatro arrojaban sus jabalinas.

Una pasó volando muy por encima de la cabeza de Leprechaun y otra se fragmentó a los pies de Bullseye. Ditullio rodó por el suelo esquivando la lanzada que se destrozó en el suelo y otra jabalina se clavó en la columna tras la que se parapetó Angus.

Liam miró de reojo el cuerpo desmadejado de Corso y disparó a ciegas hacia al interior del despacho. La bala se estrelló contra un escritorio de madera mohosa, pero el Finn pudo ver al asesino del capitán, sólo un atisbo de una figura fondona, unos ojillos brillantes y una sonrisa aviesa… una sonrisa que había atropellado en su fuga de Innsmouth, hacía meses.

Pero por lo visto, para matar al subcomisario Nathan Birch iba a necesitar algo más que un coche.

Liam vio como Nathan Birch bajó su humeante escopeta recortada y cojeaba huyendo de ahí, llevando una bandolera colgada al hombro con algo pesado y rectangular dentro, desapareciendo por un estrecho armario. Justo cuando se preparaba para seguirlo, del despacho surgieron dos enormes profundos enarbolando sus jabalinas de coral.

Estatua Drake se refugió tras otra columna abriendo fuego con su pistola. Aprovechando otra ráfaga de disparos de la metralleta de Leprechaun, que abatió a dos profundos, Bullseye arrojó otra granada entre los pies de los profundos… y la colocó junto a la que había arrojado Ditullio un latido antes.

El Muro terminó de machacar la cabeza de su contrincante, hasta que de esta no quedaba más que un puré sanguinolento. Jadeando, satisfecho, el Muro Rondale se levantó, creyéndose que estaba solo…

Ante el soldado había tres siniestras figuras. Dos eran unos grandes profundos armados con jabalinas de coral verde, pero el tercero era un sectario de la Orden Esotérica de Dagon, un individuo ataviado con una túnica de un verde tan oscuro que parecía negra y con la cara oculta tras una máscara de cuero que simulaba el rostro tentacular del Gran Cthulhu.

Pero lo que paralizó a Rondale fue la enorme espada medieval que el sectario alzó sobre su cabeza. El acero voló hacia El Muro que echó la cabeza hacia atrás, consiguiendo que el filo pasara a milímetros de su cuello.

Las granadas explotaron.

Una lluvia de metralla y la onda expansiva impactaron en los soldados que rodaron por el suelo, se cubrieron tras columnas, antes de que pedazos infectos de profundo carbonizado cayeran con ellos. Las seis bestias estaban muertas, la victoria parecía segura.

―¡Bullseye! ¡Estatua! ―chilló Rondale desesperado.

―¡Apoyo! ―rugió Liam disparando su pistola, mientras huía de los profundos que le cercaban.

Bullseye disparó con la pistola, pero los rivales que cercaban a Rondale estaban fuera de tiro y la bala se incrustó en la barandilla. Estatua Drake y Billy Rowan le imitaron.

Leprechaun se giró y llamó a Liam.

―¡Al suelo, maldito irlandés! ―Liam se tiró al suelo y Leprechaun vació el cargador de la Thompson sobre los profundos, destrozando a ambas criaturas.

Bullseye disparó de nuevo mientras corría escaleras arriba, seguido de Billy Rowan. The Kid Ditullio corrió el cerrojo de su fusil. Drake puso el último cargador que le quedaba a su Thompson. Angus apuntó con la escopeta y disparó una perdigonada al piso superior, pero salvo un perdigón que hirió someramente a uno de los profundos, su disparo no tuvo efecto.

Rondale se arrastró por el suelo, lanzó un puñetazo a uno de los profundos que se le echaba encima, pateó al otro, pero las bestias le cogieron de los brazos, lo apresaron, expusieron su cuello al sectario.

Rondale chilló de rabia y frustración mientras el acero descendía.

Luego el silencio.

El sectario se asomó por la barandilla y arrojó la cabeza de El Muro Rondale que cayó a los pies de Ditullio. Todos los soldados la contemplaron impresionados, mientras el sectario les apuntaba con un dedo enguantado, alzaba su espada cubierta de sangre y entonaba un cántico gorgoteante.

The Kid estaba petrificado ante la mirada muerta de la cabeza de Rondale, el cabo dejó caer su fusil y comenzó a buscar con angustia su crucifijo, necesitando de su contacto para sobreponerse a la visión de la cabeza cercenada. Angus se ocultó tras una columna. Bullseye disparó con acierto sobre uno de los profundos, pero la bala no detuvo a la bestia que se arrojó sobre él y Rowan. Los tres cayeron rodando por las escaleras. El otro monstruo arrojó su venablo sobre Estatua Drake y se lo clavó en el hombro antes de que el soldado pudiera dispararle con su metralleta.

La cabeza de Drake era un hervidero. Estaba llena de una sarta de improperios que intenaba ladrar a sus rivales, pero no tenía aire en los pulmones… sólo agua, agua de mar. La lanza era fría, un puñal de hielo verde que parecía devorar el brazo donde estaba hincada. La mano que sostenía la metralleta se fue al suelo. Tosió. Cayó de rodillas. Tosió. Se ahogaba. Se ahogaba. Se moría.

En un acto de pura fuerza de voluntad, Estatua Drake se arrancó la lanza con la mano sana, sintiendo como el frío le entumecía los dedos, y la lanzó contra la pared donde se hizo añicos.

Leprechaun se acercó a Liam, mientras recargaba su último cartucho de la metralleta Thompson.

―¿Y Corso? ―preguntó el soldado irlandés al Finn. Liam le señaló el cadáver.

―Lo ha matado uno de Innsmouth, el subcomisario. Ha huido por una habitación secreta― informó Liam.

―No llegará muy lejos ―gruñó Leprechaun tirando de percutor de la metralleta.

Bullseye se apartó a patadas del profundo, le apuntó con la automática del 45 y disparó sobre la bestia. Lo mismo hizo Rowan pero su disparo falló e impactó al francotirador en un pie, arrancándole un grito de dolor. El profundo lanzó un zarpazo a Rowan, que bloqueó con su fusil.

Estatua Drake apenas conseguía respirar. Sus pulmones estaban llenos de agua. El mundo se reducía al mar y a las palabras húmedas que chasqueaba y vomitaba el sectario. Mientras Ditullio continuaba buscando el crucifjo, Angus se asomó tras la columna y descargó una perdigonada con su escopeta hiriendo al sectario e interrumpiendo su conjuro.

En un parpadeo Drake respiraba. Su brazo herido parecía que recuperaba la movilidad. Intentó alzar la metralleta y mirar a sus rivales cuando el profundo que acompañaba al sectario se izó en la barandilla y saltó sobre el soldado. La garra le embistió desde arriba, le desgarró el cuello y lo derribó. Caído en el suelo, muy malherido, sangrando por el cuello, escupiendo sangre, con la vista borrosa por el dolor, Drake sacó fuerzas de flaqueza para alzar su metralleta y apretar el gatillo.

Las veinte balas del calibre 45, impactaron al completo sobre la batracia criatura, destrozándola desde el vientre hasta la cabeza con plomo ardiendo.

Bullseye aprovechó a que el profundo le daba la espalda atacando a Rowan para pegarle un tiro en la nuca. La bala al emerger arrancó dientes y escamas a la batracia criatura que cayó fulminada. Rowan y él corrieron a socorrer a Drake, taponando su herida y controlando la hemorragia.

Angus corrió escaleras arriba. Ditullio encontró su crucifijo, saliendo de esa repentina obsesión que se había adueñado de él y alzó su fusil apuntando a la barandilla, donde se había parapetado el sectario. Leprechaun y Liam asaltaron el despacho de J.Brewster, pero estaba vacío. El armario donde se había ocultado Natham Birch daba a unas estrechas escaleras que subían al piso superior.

Justo cuando a Angus Lancaster le quedaban tres o cuatro escalones para llegar arriba se encontró cara a cara con Nathan Birch.

Ambos, sorprendidos, alzaron sus escopetas de galga 12, Angus la de trinchera, Birch la recortada.

Ambos se miraron a los ojos, con una rabia envenenada inyectada en sus miradas.

Ambos tiraron de gatillo.

Y los percutores de ambas armas, chasquearon, huecos, casquillos vacíos.

Birch le arrojó la escopeta. Angus se agachó y le tiró la suya, que Birch evitó. Ambos sacaron sus armas cortas. El subcomisario de Innsmouth un feo revólver del calibre 45, Angus, la automática militar Colt 45. Separados por sólo unos metros, se dispararon.

Y fallaron.

La bala de Angus se clavó en la pared, la de Birch destrozó un escalón. Birch pasó cojeando ante Angus y disparó. El Finn cogió la pistola con ambas manos y apretó el gatillo.

Fallaron de nuevo.

El tercer disparo del subcomisario de Innsmouth impactó a Angus en el codo y le arrojó por escaleras abajo, dando línea directa al astuto policía que sonreía maquiavélicamente con Bullseye Dalton, el francotirador de la escuadra Apod que le apuntaba con el fusil de Billy Rowan.

―Bullseye dispara ―sentenció Dalton antes de pegarle un tiro debajo de la garganta a Nathan Birch y lanzar su abotargado cuerpo contra la pared, dejando una mancha de sangre oleosa en la piedra mientras el cadáver se deslizaba hasta acabar sentado.

Angus se volvió hacia Bullseye, alzó el pulgar en señal de aprobación.

Y el sectario emergió sobre él, con la espada en alto aullando una maldición.

Angus se encogió sobre los escalones mientras una lluvia de balas estallaba a su alrededor. Desde el otro lado de la barandilla, a través de las escaleras que había encontrado el despacho, Liam apareció disparando su automática del 45, al tiempo que Leprechaun soltaba una ráfaga de munición con su Thompson, acribillando al sectario a tiros…

Y por si fuera poco, The Kid Ditullio le metió una bala en la cabeza con su fusil.

―El Muro te espera en el infierno, hijo de puta.

Leprechaun se asomó por la barandilla.

―¡Despejado!

Ditullio miró a Bullseye que lanzó una rápida mirada al interior de la sala de reuniones y asintió.

―¡Despejado!―gritó el cabo―. Rowan, ¿cómo está, Estatua?

Rowan les miró, pálido, ojeroso, con el rostro salpicado de sangre.

Y Estatua Drake alzó un tembloroso pulgar.

Huida de Innsmouth (1): El Inicio

La punta de la palanca se hincó en la juntura. La deformó. La penetró. La violó. Era un acto desesperado, frenético y torpe. Primerizo. Pero resultó efectivo y consiguió abrir la puerta de la caja fuerte.

Su oscuro interior observaba a la pareja que se asomó para contemplar sus tesoros. Las finas cejas rubias de él y las perfiladas cejas morenas de ella se fruncieron.

Apenas unos miserables dólares. Y un bulto cuadrangular envuelto en una tela de arpillera. Ni joyas, ni monedas de oro, ni objetos de arte… nada. Solo ese bulto. Él rubio, de ojos azules, lo cogió y lo desenvolvió.

– ¿Un… un libro? -preguntó ella, morena y de grandes ojos oscuros.- ¿¡Un puñetero libro!?

Él la agarró del antebrazo.

– ¡Me dijiste que había un tesoro! -le espetó nervioso. Ella apretó los labios.

– ¡Mi padre decía que había un tesoro! ¡Yo…! ¿Cómo iba a pensar que un maldito libro iba a…?

Alguien entró. La pareja le contempló horrorizada. Un ebrio grito de amenaza, el resplandor de una linterna y un arma que les apuntó. Él la cogió de la mano y la arrastró fuera de la sala. El libro cayó pesadamente al suelo.

Un disparo retumbó en la noche.

La pareja huyó por la salida trasera. Corrieron por un oscuro callejón con el corazón encogido y el miedo agarrado a sus pechos. Corrieron como Hansel y Gretel corrían por el bosque. El disparo había despertado al pueblo. Luces amarillas que iluminaban ventanucos. Gritos. Voces. Croares y cosas peores.

– ¡Al coche! -gritó él. – ¡Tenemos que llegar al coche!

Lo han aparcado al fondo del callejón. A solo unos pocos metros. Ya estaban casi encima.

Y el cegador resplandor de unos faros les cegó. Les dejó al descubierto, indefensos, cervatillos a punto de ser atropellados.

– ¡Corre! -grita él. – ¡Huye!

Una figura se abalanzó sobre ellos. Una figura enorme. Les secundaban dos más. Una iba armada con una escopeta. La otra con una espada… ¡Una espada!

Pero la figura enorme no. Esa iba desarmada.

Él se interpuso entre ellos y la chica. La protegió. Un puño enorme voló contra el rostro de él.

Y luego todo fue oscuridad.