MdN: New York (32) Home Run

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster intentó levantarse pero el puño que apretaba su corazón volvió a comprimirlo con fuerza. El arquitecto se retorció por el suelo gimoteando, intentando en vano respirar.

Madame Loconnelle se quedó en medio del patio, sobrecogida al ver amigo convulsionando. Su mano descendió a la falda buscando el Derringer de doble cañón que escondía en la liga, cuando vio por el rabillo del ojo a la pareja de vagabundos levantarse entre los harapos… armados con dos afilados prangas.

Patry alzó la pequeña pistola y disparó contra el primero de los hombres que se abalanzaba sobre ella. Las pequeñas balas del calibre 22 impactaron en la garganta del tipejo y lo derribaron, pero el segundo lanzó un fiero tajo sobre ella. Patry giró grácilmente sobre sus tacones evitando la hoja y corrió hacia el callejón, donde Colin O’Bannon le esperaba con el revólver del calibre 32 en la mano.

—¡Refuerzos! —pidió Colin disparando a ciegas. Los proyectiles pasaron cerca de Patry, salpicando el suelo alrededor del agresor del machete —¡Hay que salvar a Angus! ¡Joder! ¡Algo le pasa a Angus!

Greg Pendergast salió corriendo del coche de Liam, con el bate de baseball en la mano.  Annie O’Carolan le imitó, pero dio la vuelta alrededor del Packard Twin Six que Liam McMurdo arrancaba en ese momento.

Angus intentó arrastrarse por el suelo, pero la garra le estrujaba el pecho sin compasión. Tosió una bocanada de sangre entre sus labios cianóticos, las fuerzas le abandonaban, el brazo izquierdo se sacudía entre espasmos…

Patry huyó del callejón hacia el coche de Liam. Colin le descerrajó dos tiros al hombre del machete, pero este, que aullaba como un salvaje perro rabioso, ignoró los disparos y se cernió sobre él, escupiendo espumarajos por la boca, con los ojos en blanco y el largo pranga sobre su cabeza, presto a caer sobre el pelirrojo.

—¡Colin al suelooooo!

Colin cayó de culo sobre las baldosas al tiempo que el bate de Greg aparecía sobre su coronilla como una lanza y se incrustó en el mentón del falso indigente, que cayó despatarrado al suelo, salpicado de sangre y dientes.

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—Home Run, hijo puta —sentenció el ex bateador estrella de la universidad de Baltimore, antes de reventarle la cabeza de un bestial palazo.

Colin y Greg miraron hacia la tienda. En el dintel de la puerta, estaba el anciano Silas N’Kawe, jadeando, poseído por una rabia inhumana, con otro largo pranga en la mano derecha.

—¡La Lengua Sangrienta no será neg…! —comenzó a entonar con furia, antes de que el marco de la puerta estallase en astillas.

Annie O’Carolan apareció entre los hombres disparando con su Luger P08. Silas se encogió cuando la siguiente bala pasó a centímetros de su cara.

—¡Moveos, joder! —gritó Annie sin dejar de disparar. Silas N’Kawe se refugió tras la puerta, pero Annie la destrozó a balazos, impactando a ciegas en la fea cortina que la cubría

— ¡Coged a Angus y salgamos de aquí!

Greg y Colin corrieron hasta Angus, que comenzaba a sentir como el puño encajonado en su pecho desaparecía, permitiendo a su corazón bombear sangre, devolviéndole la vida y las fuerzas. Se apoyó en sus amigos y, juntos, los tres, corrieron hasta el coche de Liam, mientras Annie les cubría, barriendo a tiros todo el escaparate de la Casa del Ju-Ju.

Cuando llegaron hasta el coche, Liam llamaba con el claxon a Thomas Connery y a Jacob O’Neil, el cual había disparado dos veces con su escopeta a… ¿Un cubo de basura?

—¿A qué coño estabas disparando? —le recriminó Thomas, cuando todos se montaron dentro del coche y Liam arrancó quemando rueda.

—Creí que había algo trash el cubo… —se excusaba Jacob.

—¡Joder, Jacob! ¿Estás borracho? —preguntó Patry.

—¡Angus! —chillaba Annie abofeteando al arquitecto en el asiento de atrás—. No te duermas, joder. No te duermas ¡Espabila!

—Tenemos que volver —consiguió murmurar Lancaster.

—¡Sí, claro! ¡Ahora mismo! —espetó sarcástico Liam, mientras pegaba un volantazo para alejarse aún más de la calle 137.

—¿Pero qué dices? ¡Si estas medio muerto! —le chilló Greg.

—Está delirando —declaró Annie, antes de arrearle otro bofetón en la mejilla—. ¡Vuelve Angus! ¡Vuelve!

—¡Estoy bien! ¡Deja de pegarme! —se quejó el hombrecillo apartándose de la cazadora de libros—. No lo entendéis. ¡Son ellos! ¡Son los que mataron a Jackson Elias! ¡Seguro! ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que…!

—Tenemos que ir a una puta fiesta de la alta sociedad —le azuzó Colin con los dientes apretados por la rabia—. Y tú eres nuestro billete de entrada, idiota. Si te dejas matar no podremos entrar.

—Pero son ellos… ¡Lo mataron!

—¿¡Entonces por qué coño les dices que le conocías!? ¿¡A qué venía ese rollo!?

—¡Esto no solo se reduce a los asesinos de Jackson Elias!—chilló Greg, consiguiendo algo de silencio tras su alarido—. No es venganza… Tenemos que saber porqué Jackson investigaba a la expedición Carlyle. Tenemos que saber más sobre Roger Carlyle y esa expedición, Angus. Esto no lo hacemos por venganza.

Greg y Annie se miraron por encima de Angus, que se recostó en el asiento, respirando con cierta dificultad, pero más relajado.

—No es sólo por venganza —repitió Annie O’Carolan negando con la cabeza.

Las maniobras de Liam hubieran despistado al mejor conductor del departamento de policía de Nueva York. De haberlo hecho, nadie les hubiera seguido, pero ningún sectario de la Lengua Sangrienta, ni ningún policía que hubiera acudido por el tiroteo les seguía.

Nadie.

Los Finns se alejaron de la Casa del Ju-Ju, del Harlem, de Nueva York, con destino al condado de Wenchester.

MdN: New York (26) Las notas de Jackson Elias

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Colin O’Bannon entró el primero en casa de Greg Pendergast.

Sostenía su revólver del calibre 32, pistola que, aunque de menor calibre que la automática Colt Goverment del calibre 45 que el bureu federal le había entregado junto a la placa cuando pasó a formar parte de la Unidad de Delitos Morales, siempre llevaba encima desde que su padre pusiera precio a su cabeza. Cosa que no había cambiado… salvo el precio que era mucho más alto.

Inspeccionó metódicamente toda la casa, habitación por habitación… aunque apenas había un par de habitaciones y un pequeño baño, así que muy poco en asegurarse que no había nadie.

El pequeño piso de Greg necesitaba una buena limpieza, pero por lo demás estaba vacío. Se apreciaba a primera vista que Pendergast hacía vida ante el pequeño escritorio atestado de papeles, donde imperaba una máquina de escribir Remington con un folio a medio teclear entre columnas de carpetas y libros, aunque era llamativa la corchera en la que Greg había comenzado a clavar la información que había obtenido de sus pesquisas sobre la Expedición Carlyle.

—¿Podemos pasar ya? —preguntó Liam con tono cansino.

Liam y Angus ayudaron a llegar hasta un cómodo butacón al aún malherido Greg, que lo primero que hizo fue coger su bate de baseball.

—Hola, cariño. ¡Ya estoy en casa! —le dijo al bate.

—Greg, eso es tan… triste —dijo Annie O’Carolan desde el umbral de la puerta. Tras ella entró Madame Loconnelle, con la carpeta de que Jonah Kensington le había entregado en la cafetería pegada al pecho.

Liam se abalanzó sobre la fresquera, sacó la única botella de CocaCola que había y dio buena cuenta de ella, sin ofrecer a nadie.

—Sírvete. Tú mismo. Como si estuvieras en tu casa —siseó Greg.

—Tenía sed —contestó Liam ofendido.

Annie y Greg ya estaban leyendo a una velocidad feroz los papeles de la carpeta. Angus tomó tímidamente otro juego de notas y comenzó a ojearlo por encima, mientras Colin se asomaba por las cortinas de la única ventana y oteaba la calle.

—¿Cómo viste a Jonah, Nelly? —ninguno de los Finns se acostumbraban al nuevo nombre de su amiga pero algunos, como Greg, hacían el esfuerzo de llamarla por su nueva identidad.

—Muy nervioso. Me dio mala espina, no se. Ese hombre sería capaz de hacer cualquier cosa, Greg —Greg alzó una ceja cargada de escepticismo por encima del documento que estaba leyendo—. Cualquier cosa, Greg.

—Sí, ya… Lo que tú digas.

—Anda Nelly, vamos a una cafetería cercana a pedir algo de manduca—le invitó Liam, tomándola del brazo—. Mientras, que estos ratones de biblioteca se pongan morados a leer.

—Oye, ¿y Jacob y Thomas? —preguntó Nelly mientras salían de la casa de Greg.

—De misión especial, controlando a la gente del bar de Mabel, La Gorda. Si les dejan, claro. Ese antro es un hervidero de negros sospechosos, y no lo digo por prejuicios, no señor. Colin estaba de los nervios, no paraba de ver crímenes en cada esquina de ese barrio: Vendedores de drogas, ladrones vendiendo mercancía a peristas, prostitución… Un asco, lo peor de lo peor… Todos parecen trabajar en conjunto y tienen correos, chivatos y mirones por todas partes. Críos, amas de casa, vecinos que miran por la ventana… En seguida nos localizaban y empezaban a aparecer tipos fuertes, con la palabra peligro tatuada en sus ojos, y teníamos que salir por piernas cada dos por tres.

—Vaya panorama.

—Cómo lo oyes, muñeca.

Cuando volvieron con un cargamento de grasientos bocadillos de albóndigas y apelmazadas patatas fritas, Annie, Greg y Angus les dictaron un resumen de las Notas que Jackson Elias les había legado tras sus investigaciones por todo el mundo.

Las notas constaban de, nada más y nada menos, ocho juegos bastante bien organizados de apuntes escritos a mano por Jackson.

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Jonah Kensington y Jackson Elias

El primer juego, escrito desde Nairobi comenzaba con una carta que Jackson envió a Jonah, informándole que tenía la certeza de que varios miembros blancos de la Expedición Carlyle habrían sobrevivido de la catástrofe. Los motivos que les llevaron a desaparecer de la sociedad eran un misterio, que Elias pretendía resolver. Había múltiples referencias a tribus, sectas y rituales sectarios de la zona, y a la incompetencia de los funcionarios de Nairobo. No descubrió nada importante, pero descartaba vehemente la versión oficial de la masacre Carlyle.

El segundo juego de notas describía el viaje que hizo Jackson Elias hasta el lugar de la masacre, una zona árida y yerma que, según las tribus de la región, estaba maldita por el Dios del Viento Negro, que gobernaba en la cima de su montaña.

El tercero era la transcripción de una entrevista que tuvo Elias con un tal Johnseton Kenyatta, que afirmaba que la masacre Carlyle fue obra de la Secta de la Lengua Sangrienta. Aunque elias se muestra educadamente escéptico durante la entrevista, Kenyatta es insistente. Habla del odio y terror que sienten las tribus cercanas a la secta, de su incapacidad de defenderse con la magia tribal a su sangriento culto, dirigido por una suma sacerdotisa que gobierna desde la Montaña del Viento Negro. Finaliza aclarando que no es un culto de origen africano, detalle que Jackson acusa, al infantil patriotismo que exhibe Kenyatta.

El cuarto grupo de notas profundiza en la entrevista de Kenyatta. Varias fuentes le informan de la existencia de la Secta de la Lengua Sangrienta, cuyos relatos mencionan sacrificios humanos, robo de niños y criaturas aladas que desciende de la citada montaña. Un apunte señala: Sam Mariga. Est. Tren.

El quinto es una sola hoja en la que Jackson examina el itinerario cariota de la Expedición Carlyle. Elias creía que la razón que les impulsó a desviarse a Kenia se encontraba en el Nilo.

El sexto es otra entrevista, en este caso al teniente Mark Selkirk, que estuvo al mando del grupo de rescate que encontró los cadáveres de la expedición. Menciona que los cuerpos estaban extraordinariamente bien conservados “como si la mismísima putrefacción no se atreviera a acercarse a ese lugar” Nadie fue capaz de identificar al animal que despedazó a los porteadores. “Era algo inimaginable” Selkirk opina que los Nandi son un pueblo odioso, que seguro que tuvo algo que ver, pero sospecha que el juicio fue un montaje para que los cargos electos pudieran salir al paso. Jackson confirma su sospecha: “Entre los cadáveres no había ningún europeo.”

El séptimo es otra hoja suelta. Jackson Elias tropezó con un tal “Nails” Nelson, en el bar Victoria  de Nairobi. Nelson era un mercenario que trabajaba actualmente para los italianos en la frontera de Somalia. Nelson conoció a Brady durante su servicio en la Legión Extranjera, y afirmaba haberlo visto con vida en Marzo de 1923, en Hong Kong. Brady se mostró amable “¡Ya que se pagó unas copas!”, pero poco charlatán.

Es tras este indicio cuando Jackson se convence que otros miembros de la Expedición puedan estar vivos.

El último juego de notas, el octavo, discute con Jonah una posible estructura para el libro y le informa que partirá en breve a Hong Kong, tras la pista de Jack Brady.

—Brady está vivo —concluyó Greg.

—Y Carlyle también, estoy segura —intervino Annie con arrojo, mientras rebuscaba entre los libros que cargaba en su bandolera.

—No hay ninguna nota del viaje a Hong Kong —murmuró Colin pensativo.

—En la habitación del Hotel Chelsea encontramos una foto que Thomas dijo que era de Shangai… y esa cajetilla de cerillas del tigre borracho también era de allí, pero no notas como estas —informó Nelly.

—¿Queréis más datos? —preguntó Annie con una pícara sonrisa. Y les mostró una página de un libro que había sacado de la biblioteca. En ella, dibujado con trazos gruesos estaba el mismo dibujo que los asesinos de Jackson le habían escarificado en la frente—. Con todos ustedes, el pictograma del Dios de la Lengua Sangrienta… también llamado El Dios Del Viento Negro.

Angus tomó el libro que tenía Annie y leyó el escueto apunte sobre esa deidad venida del norte de África que adoraban algunas tribus en Kenia.

—Bueno, la cuestión está clara —comenzó Angus—. Tenemos que encontrar al tipo del abrigo negro que huyó del hotel Chelsea y… darle recuerdos de parte de Jackson Elias.

MdN: New York (25) Confianza Ciega

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán

 

Jonah Kensington estaba sentado en un apartado de la cafetería Central Perk, justo donde Los Finns se habían reunido unos días antes. Por eso Greg había decidido quedar en ese lugar, muy transitado, tranquilo y poco llamativo.

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Jonah estaba tenso como una estaca. Era un hombre que aún no había alcanzado los cincuenta, pero aún así su cerrada barba y su leonada cabellera lucían un ejército de canas. Miraba por encima del hombro a cada persona que entraba en el establecimiento, esperando ver la descripción que Greg Pendergast le había dado: Pelirroja. Turbante. Gafas de Sol. Gabardina verde pistacho.

Los minutos pasaban, mientras el té que había pedido se enfriaba al lado de la carpeta que guardaba las notas de Jackson Elias… Todas menos una. Una pequeña hoja dieciséis veces doblada, en la que Jackson había escrito a mano un maremagnun de alocadas y demenciales notas. Tras ojear ese último apunte, Jonah había pensado que Jackson estaba perdiendo el norte, que su continua búsqueda de la verdad insondable de los misterios de la humanidad lo había conducido al delirio. De hecho, Jonah Kensington había decidido convencer a Jackson para que se tomase unas semanas de descanso en un pequeño sanatorio mental… hasta que llamó Greg.

Ahora estaba seguro de que debía publicar la historia de la Expedición Carlyle, y más allá: La historia que había acabado con la vida de Jackson Elias. Y confiaba en la acerada pluma de Greg Pendergast para hacerlo…

Pero no confiaba lo más mínimo en la despampanante mujer que le contemplaba tras unas enormes gafas de sol desde el borde de la mesa.

—Vengo a por lo que quiere Greg —dijo la mujer en un susurro y se sentó en frente de Jonah, ocultando medio rostro con su gabardina.

Jonah no tenía muy claro por qué hacia eso. Llamaba más la atención, intentando no llamarla, que comportándose de una forma más… casual.

—¿Quién es usted? —preguntó Jonah, preocupado por si la mujer se había equivocado y, en parte, esperando a que todo ese numerito de la espía se debiera a los nervios de la dama, quizá tan afectados como los suyos por todo lo ocurrido.

—Una amiga de Greg—. Bueno, al menos los datos comenzaban a confirmarse. Greg le había dicho específicamente que cualquier miembro de los Finns era alguien en quien confiar ciegamente y eso pensaba hacer Jonah Kensington, aunque fuera alguien tan estrafalario.

—Greg me dijo que solo podía confiar en unos amigos muy especiales suyos… —comenzó Jonah.

La mujer le miró en silencio durante unos cuantos y largos segundos.

—Greg dice muchas tonterías —soltó a bote pronto la pelirroja—. Entiéndalo, Greg está muy grave. Se muere. Casi ha perdido los brazos. No tiene casi sangre. Nunca tuvo mucho la verdad. Y tiene fiebre. Está drogado. Dice sandeces. Muchas. ¿Ha leído su libro? Un espanto, ¿verdad?

—Ya pero me dijo que sólo podía confiar en esos amigos muy especiales suyos que…

—Maldito Greg, nunca le habla de mi a nadie —comenzó a lamentar la dama—. Lo hace desde que éramos pequeños, ¿sabe? Ambos somos de Arkham, vivíamos en el mismo barrio, casi puerta con puerta, e íbamos al mismo colegio y, lo mismo esta declaración le hace tener una visión tergiversada sobre mí, pero ¿qué se le va hacer? Para hacerle un resumen, YO era la novia de todo el mundo por allí, ¿vale? Bueno de todo el mundo no, Cillian era mi hermano, ¡maldita sea! Y Angus, era muy mono, sí, pero, no se, siempre tuvimos gustos similares. ¿Me entiende? A lo que iba es que YO creo que Greg estaba más interesado en Annie, y que por eso nunca quiso darse el lote conmigo… Siempre se mostraba tan arisco… Como Annie ahora que lo pienso. Bueno, Annie conmigo no es arisca, lo es con todo el resto del mundo, eso sí, pero porque es su forma de defenderse, es su escudo. Es muy introvertida y…

—Yo… eh… Se… Señorita… ¿Cómo ha dicho que se llama?

—Jacobina. Thomasa. Gregoria. ¡Bah! Qué más da. No le voy a dar mi nombre real, caballero. ¿Quién se ha creído que soy? ¿Esa carpeta es lo que Greg quiere?

—Sí. No. Pero… No se… Verá…

—Deslícela lentamente hacia mi… Pero no me la entregue directamente. Los asesinos de Jackson Elias podrían saber que me ha dado información valiosa y luego querer destriparlo.

—Yo. ¿Qué QUÉ?

—¿Me da la carpeta?

—Yo… espere. Hay algo que Greg me dijo que… Me dijo que podía confiar en usted, bueno porque conoce a Greg y…

—Le dijo que podía confiar en mí porque soy una Finn, ¿no es cierto?

Jonah Kensington respiró aliviado.

—¡Eso! Eso es justo lo que…

Patry no le dio tiempo a terminar la frase, agarró la carpeta de la mesa, se levantó y se encaminó a paso raudo hacia la salida, tras dedicarle una lapidaria frase de despedida:

—Pues confía, pringao.

Jonah Kensington la contempló salir del local, camelarse a un trajeado caballero para robarle el taxi y perderse en el denso tráfico de Nueva York.

Imborrable, increíble, impetuosa…

E imbécil.

Jonah sacó el papel con los dieciséis dobleces donde estaban las últimas notas de Jackson Elias… unas notas delicadas, unas notas que no podía confiar a una individua tan peculiar… no. Si volvía a ver o a hablar con Greg le informaría que aún tenía algo más de información sobre Jackson, pero Jonah Kensington no iba a ser tan pringao como para confiar a ciegas en aquella preciosa pelirroja.

Aunque estaba seguro que el rubio la favorecería mucho más.

MdN: New York (16) La Lengua Sangrienta

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (16) La Lengua Sangrienta

 

Mientras degustaban de unos estupendos filetes en un reservado del Peter Luger Steakhouse, Annie les informó de lo que había descubierto en la biblioteca:

—Conociendo a Jackson como le conozco, estará investigando algo sobre alguna secta. Secta que me figuro que tendría algo que ver con la desaparición de la Expedición Carlyle. En el libro que he estado estudiando en la biblioteca…

—¡No digas el título! —estalló Greg—, o Colin lo coloreará con marcador negro.

Colin sonrió y le enseñó el dedo medio.

—Cómo decía, esta secta era bastante antigua y fue expulsada del Egipto Dinástico. Durante su exilio atravesaron el desierto y acabaron en Kenia.

—Es el puto recorrido de la expedición —afirmó Liam.

—¿Cómo se llamaban, Annie? —preguntó Colin.

—La Secta del Dios de la Lengua Sangrienta.

Patry soltó los cubiertos sobre el plato. Su copa de vino tinto cayó sobre el mantel, tiñéndolo de carmesí, parecía que estaba empapado en sangre. Sus labios temblaban, había palidecido y sus ojos verdes miraban al vacío. A la nada. Una nada repleta de tentáculos agitándose mientras los chillidos inundaban sus recuerdos.

—Aquel que se Retuerce entre Lamentaciones —murmuró, lívida.

Liam apretó su hombro afectuosamente, mientras Colin asentía.

—¿Qué es eso? —preguntó Angus.

—Un monstruo al que se enfrentaron Patry y el resto de agentes federales en la Mansión Marsh —Colin se volteó hacia Greg—. Pero yo no he dicho esto. Nunca.

—Calla y continua —exigió Annie.

—Según la mitología que aprendimos durante nuestras peripecias en Innsmouth, se trata de una entidad caótica y variable, un ser con muchas formas, con muchas máscaras pero una sola misión. Servir como mensajero de los Dioses Exteriores y los Primigenios. Es el principal siervo de Azazoth, el Sultán Idiota que gobierna en el centro del universo. Aquel al que se le conoce como…

Nyarlathotep —dijo Annie.

Dejaron de tener hambre. Dejaron de tener sed. Un frío escalofrío les lamió las entrañas y sintieron nauseas, y miedo, y ganas de esconderse bajo la mesa como niños pequeños y asustados llamando a sus madres para que les protegiese.

Y sabiendo que no vendrían. Que nada les salvaría.

—¿Y… esta Lengua Sangrienta… es una de esas máscaras? —preguntó Thomas.

—A ver… todo esto es una teoría, ¿vale? —comenzó el agente federal…

—Pues si es una teoría, ¿por qué nos sentimos así, Colin? —preguntó Greg.

—Joder, Jackson —siseó Annie—, ¿en qué coño te has metido?

 

Nyarlathotep

MdN: New York (13) Angus is now in the building

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
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Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (13) Angus is now in the building

 

Trece de enero de mil novecientos treinta.

En torno a las diez de la mañana.

Los Finns estaban reunidos en el restaurante del Grand Hotel, donde se alojaban varios de ellos, cuando una esbelta figura irrumpió en el local.

—Lo sé. Tengo la mala costumbre de llegar tarde pero… llego exactamente cuando se me necesita.

Los Finns alzaron la vista: zapatos impecables, traje hecho a medida, bastón de madera oscura, seguramente hueco, sirviendo como funda para un estoque, pañuelo al cuello, gruesas gafas, sonrisa galante, peinado a la moda…

Angus Lancaster
Tengo que irme. ¡Los Finns me han llamado!

—Hola, Angus —dijeron Greg Pendergast y Annie O’Carolan sin mucho entusiasmo.

En cambio, Liam McMurdo corrió hacia Angus Lancaster y le dio un fuerte abrazo.

—La desidia de Greg y Annie no es de extrañar, pero esto me está cogiendo por sorpresa, Liam —contestó Angus palmeando la espalda de su amigo.

—Me alego de verte —contestó Liam exhibiendo una gran sonrisa.

—Sí, últimamente está muy contento —comentó Annie entrecerrando los ojos —. Demasiado.

—¿Aderezas tu vida con algo más que la mecánica, Liam? —preguntó Colin O’Bannon. Thomas Connery dio un respingo en su asiento.

Jacob O’Neil estaba derrumbado sobre un cómodo sillón junto a los Finns. Roncaba y su rostro estaba oculto bajo un periódico de esa mañana. Apestaba a whisky desde la entrada. Ante él había una bandeja con un opulento desayuno que se enfriaba a cada segundo. Angus le pinchó con el bastón, pero Jacob ni se inmutó.

—Resaca —informó Colin.

—¿Resaca?

—Sí. Aunque esta noche se lo pasó de miedo con una prostituta.

—¿¡Prosti…tuta!? ¡P… pero si Jacob estaba casado!

—Y con una hija —informó Greg.

—Toma asiento, Angus. Te pondremos al día en unos instantes —continuó Annie desplegando los recortes de prensa de su carpeta.

—¿Cómo te ha tratado la vida estos meses? —preguntó Thomas. Angus aún miraba al maltrecho Jacob.

—Bien, bien… Me he casado con mi prometida.

Los Finns dejaron de hacer lo que estaban haciendo y miraron fijamente a Angus: ¿Casado? ¿Prometida?

—¡Jacob está de resaca tras pasar una noche con una prostituta! ¡Patry viste como una gitana! Y Liam va dando abrazos… ¿¡y os sorprende que me case!?

—Patry/Nelly está paranoica. Lo de Liam es una investigación en curso…

—Que te den, Colin.

—Y antes de ser el sargento O’Neil, Jacob se pasaba la vida borracho y de putas —continuó Colin.

—Y eso lo sabe, porque ahora es el Agente Federal O’Bannon —escupió Greg  entre dientes —. Y lo sabe todo de todos.

—¿Agente Federal? —preguntó Angus.

—No vamos a hacer un resumen de nuestras vidas ahora Angus —cortó Annie —. Vamos a hacerte un resumen de lo que nos ha traído aquí y lo que hemos descubierto hasta ahora. Vamos a hablarte de la Expedición Carlyle que Jackson Elias está investigando.

Una hora después y tras haber dado cuenta de un buen segundo desayuno, Angus estaba informado de todo.

—¿Habéis hablado con la hermana de Roger? ¿Esa tal Erica Carlyle?

—No —contestó Annie —. Y no parece alguien muy accesible.

—Para vosotros quizá, pero yo soy Angus Lancaster. Siempre encuentro una entrada.

—Sobre todo la trasera —se mofó Madame Loconnelle.

Entre las carcajadas. Liam se inclinó hacia Greg.

—Tenemos que hablar. En privado.

—No puedo, Liam —contestó Greg—. Tengo que visitar a un par de amigos que conocían a Jackson Elias, el Doctor Vincenzo Gaspari y su editor, Jonah Kensington.

—Te haremos de chofer mientras tanto —propuso Thomas.

Nelly se fue a su casa, a mirar en su bola de cristal. Annie propuso ir a la biblioteca de la universidad de Columbia, para ver que encontraba sobre sectas en Egipto y el norte de África.

Algo encontró, pero Annie perdió casi toda la mañana ojeando un libro que le llamó la atención: Apuntes sobre el Necronomicon, de Joachim Feery.

MdN: New York (11) La Reina de Ébano

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

Texas Guinan no se desmayó.

Entre azoradas risotadas, la mujerona tomó asiento en una butaca que trajo alguno de su séquito de camareros, mientras Colin O’Bannon y Greg Pendergast la atendían y Annie O’Carolan la refrescaba con un abanico.

—¿Necesita algo?—preguntó Colin.

—Algo suave, para refrescarme. Un gin-tonic, si es tan amable.

Colin  fusiló con una entrenada mirada a los camareros. No tuvo que hablar, los echó en estampida mientras corrían a por el gin-tonic que la dueña del local había pedido. El ex tahúr miró a sus amigos y se inclinó sobre Texas Guinan.

—¿Conoce a Jackson Elias? —le preguntó en un susurro.

Texas Guinan parpadeó, aturdida. Negó con la cabeza.

—Es un reconocido escritor de temas truculentos…

—Por aquí no abundan los escritores, agente pelirrojo —se mofó Texas. Su brazo abarcó el local—. Pregúntame por actores gays, actrices desesperadas, playboys alcohólicos, políticos mujeriegos… ¡De repente tengo unas ganas locas de hablar!

—¡Playboys! —espetó Annie—. ¿Vino alguna vez Roger Carlyle a su local, señora Guinan?

—Señorita Guinan, encanto —le reprochó Texas—. ¡Oh, Roger! ¡El pobre, Roger! ¡El inefable Roger y su expedición maldita!

—Una lástima el final de esa expedición —concordó Greg asintiendo con la cabeza.

—¡Una tragedia! —aulló Texas.

—De ahí nuestra investigación… trabajamos conjuntamente con el gobierno para elaborar protocolos que eviten situaciones como aquella —mintió Greg. Annie y Colin le contemplaron sorprendidos—. Sería de gran ayuda conocer los detalles que nos pueda proporcionar para evitar pérdidas como la de Roger Carlyle.

—¡Y no sólo por Roger! —un camarero apareció exhibiendo una bandeja coronada por el gin-tonic. Texas lo tomó y en un sutil gesto mandó al camarero alejarse—. El Doctor Huston era otro gran aficionado al Club 300, le echamos mucho de menos.

—¿De qué conocían Roger y el Doctor Huston?

—La hermana de Roger, Erica, había asistido a algunas sesiones de terapia con el buen doctor —Guinan paladeó otro trago del gin-tonic—. Fue ella quien los puso en contacto.

—Así que mantenía una relación, médico-paciente —acotó Annie.

—No. Era algo más. Eran confidentes. Roger y el doctor venían muchas veces al local. Juntos, por separado. Pero Roger nunca venía solo, siempre le acompañaba alguien.

—¿Le acompañaba la señorita Masters?

—¿Quién? ¿Hypatia? Nooooo, no, no, no. Bueno, sí, a veces venían juntos, claro. Que escándalos provocó eso al principio. La pequeña flor de los Masters con el alocado huérfano de los Carlyle, pero eso fue una moda pasajera, nada más. Es lo mismo que la Expedición y toda su fascinación por lo egipcio de Roger, pensábamos que eran otra más de sus excentricidades. No, no. La comparsa de Roger Carlyle era un tipo grande y fuerte, su guardaespaldas, su amigo, Jack Brady. Siempre estaban juntos.

—Como fue con Roger a la expedición, pensaba que la señorita Masters…

—Roger Carlyle era amigo de todo el mundo, pero se aburría muy rápido y siempre estaba conociendo a gente más… interesante.

—¿Qué tipo de… gente? —preguntó Colin.

—Mujeres… foráneas —Texas le dio un sorbo a su gin-tonic y se rió como una colegiala—. A Carlyle le gustaban muy morenas… y a su amigo Brady le gustaban más… amarillas.

Greg lanzó un rápido vistazo a su alrededor donde, a excepción de la banda de música, no había ningún negro, mulato u oriental entre los comensales.

—¡Menudo escándalo se organizó el día que Carlyle trajo a su Reina de Ébano!

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¿Tenía Roger Carlyle una amante de piel oscura?

—¿Reina de Ébano?—preguntó Greg.

—Sí, Carlyle decía que era una reina sacerdotisa de lo más profundo de África. Una mujer bella, pero fría y distante, a mi parecer. Y la estirada hermana de Carlyle, Erica, la detestaba profundamente.

—¿Deduzco que los hermanos Carlyle no se apreciaban en demasía? —aventuró Annie.

—La relación entre los hermanos Carlyle era… tirante.

—Según la prensa, Erica se desvivió por encontrar a su hermano —continuó la cazadora de libros—. ¿Para qué tanto esfuerzo si de verdad no le apreciaba?

—Hubiera sido otro escándalo más para los Carlyle si Erica no hubiera buscado a su hermano… y a ella le vino muy bien tener un certificado de defunción para así tomar el control de industrias Carlyle, y convertirse en la gran mujer de negocios que es actualmente.

—Sin embargo… en todos nuestros estudios sobre la Expedición Carlyle, no leímos nada sobre esa… reina bruja en los recortes de prensa sobre la expedición —afirmó Greg.

—¡Claro que no! Las noticias sobre la Expedición en sí ocultaron los rumores sobre el romance con la Reina de Ébano.  Y no sólo taparon esos rumores…

—¿Qué otros rumores… salpicaban a la expedición Carlyle, señorita Guinan? —inquirió Greg Pendergast.

—Buenooo… —Texas se hizo la interesante, cruzó las piernas con elegancia mientras le daba otro sorbo a su gin-tonic y miraba a su alrededor—. El Doctor Huston, por ejemplo, no sólo tenía fama de ser un buen doctor… Muchas de sus pacientes le dieron fama de ser un buen… amante. Entre ellas, una tal Imelda Bosch, la cual se suicidó semanas antes de que el Doctor partiera a la funesta expedición.

—¡Vaya, con el Doctor Huston! —se mofó Colin.

—Y la señorita Hypatia Masters también aprovechó la expedición para perder de vista a Raúl Pineda, un artista venido a menos… y su amante latino ¡Qué escándalo!

—Señorita Guinan es usted toda una… fuente de información —comenzó Greg y Guinan estalló en sonoras carcajadas—. Pero, ¿cómo se ha enterado usted de tantas cosas?

—Un poquito de aquí. Un poquito de allá… Por ejemplo, el bueno de Raúl Pineda ha llorado muchas veces en la barra de este local, maldiciendo a Hypatia por huir a la Expedición Carlyle embarazada de su hijo… Pero, para qué negarlo, Bradley Grey, el abogado y… confidente de Erica Carlyle es una cotorra, sobre todo cuando lleva dos copas de champagne de más, las noches de los jueves.

—¿Qué pasa las noches de los jueves? —inquirió Colin.

—Son noches de ambiente más… masculino —informó Guinan—, ¿le interesan, señor O’Bannon?

—Muchas gracias por la oferta, señorita Guinan. No me interesan, pero tengo un amigo que quizá disfrute de esta información —Colin le tendió la mano a Guinan y la besó en el dorso—. Si se encuentra mejor, creo que yo y mis daoine, la dejaremos en paz.

—Agente O’Bannon —se despidió Guinan—. No voy a olvidar su nombre.

—Ni yo olvidaré de esta amable velada, señorita.

MdN: New York (9) Mucho Investigar, Poca Diversión

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

Greg Pendergast
Greg ha investigado mucho sobre la Expedición Carlyle

—… y hubo una desaparición más —continuó Greg Pendergast mientras enseñaba viejos recortes de periódicos sobre la Expedición Carlyle—. Warren Bessart, el agente de antigüedades de Roger Carlyle que estuvo con ellos en el Cairo, pero que nunca llegó a ir al safari en África.

—¿En el Cairo es cuando Carlyle sufre una insolación y deja la expedición en manos de Sir Aubrey Penhew y su guardaespaldas? —preguntó Colin O’Bannon que tomaba notas en una pequeña libreta.

—Exacto —afirmó Annie O’Carolan que disponía de otra carpeta con múltiples recortes de periódico.

La tarde se les había echado encima. Comieron en la cafetería. Platos con restos de sándwiches, alubias frías, salchichas y huevos fritos reposaban en la mesa entre los periódicos viejos. Thomas Connery  y Madame Loconnelle prestaban atención al despliegue de noticias que Greg y Annie habían realizado en su investigación inicial. Jacob parecía que había dado un par de cabezadas durante la explicación. Liam se aburría, inquieto, como aquel niño que espera ansioso a la hora del recreo.

—Por lo visto, Jackson Elias, colega, escritor, investigador de sectas y cultos sanguinarios y amigo, estaba indagando sobre esta expedición —concluyó Greg.

—Creo que todos vemos por donde iban las pesquisas de Jackson —continuó Annie O’Carolan—. Si no hay cadáver, no hay muerto.

—Seamos objetivos —pidió Colin O’Bannon—. No sabemos lo que investiga vuestro amigo, hasta que no nos lo diga.

—Como quieras —siseó Annie.

—¿Qué tiene que ver esto con nosotros… o con lo que pasó en… Innsmouth? —preguntó Madame Loconnelle casi con un susurro.

—No pasó nada en Innsmouth —sentenció Colin. Un par de miradas le fulminaron.

—No lo sé —contestó Greg—, Jackson se puso en contacto conmigo y con Annie. Nos pidió un equipo de investigadores.

—Un equipo fiable —afirmó Annie dándole una patadita por debajo de la mesa a Jacob para que prestase atención.

—Pidió a los Finns. Así que… lanzo la siguiente afirmación, sólo como hipótesis: Creo que lo que ocasionó el brusco final de la Expedición Carlyle, o lo que esta buscaban en África, tiene algo que ver con los Mitos de Cthulhu.

Colin resopló escéptico.

—Necesito una copa —se quejó Jacob.

—¿Jackson Elias nos va a pagar por esto? —preguntó Madame Loconnelle.

—No lo se. El quince de Enero, cuando llegué, tendremos más información.

—¡Pues mientras tanto vámonos de juerga! —propuso Liam frotándose las manos.

—Vamos a ver, os hemos reunido para investigar, no para irnos de copas —gruño Annie al tiempo que miraba a  Colin—, que por cierto, es un delito. Ni para pasarnos las horas recordando nuestra adolescencia… cargada de delitos.

—Annie tiene razón —apuntilló Greg.

Liam cayó desinflado sobre la silla y Jacob continuó con la mirada perdida en su insulso refresco.

—Sí que la tiene… como siempre… —comentó Colin con sorna—. Pero se me ocurre una idea. Algo para que Liam y Jacob se despejen y quizá obtengamos algo de información extra sobre Roger Carlyle.

—¿En qué estas pensando?

—¿Conocéis el Club 300?