MdN: New York (29) La Lengua Sangrienta No Será Negada

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea

 

 

Estás en la habitación de un hotel. Deberías deshacer la maleta que dejaste junto a la cama, algo que has pospuesto desde que llegaste del viaje, pero otras obligaciones lo han pospuesto y ahora no quieres hacer tener la ropa desperdigada por la habitación.

El motivo es simple: Esperas a alguien.

Miras nervioso tu reloj de bolsillo. Aún queda media hora hasta que tus amigos lleguen. Te sientas frente al pequeño escritorio de la habitación y ojeas por encima un par de cartas, releyendo la información que ya sabes o que suponías.

Alguien llama a la puerta. Extrañado miras de nuevo el reloj.

Tu corazón palpita más rápido. ¿Se habrán adelantado? Pudiera ser, aunque tus amigos son personas de puntualidad británica, siempre llegan a la hora en punto. Vaya dos, piensas mientras devuelves el reloj a su sitio y caminas hacia la puerta. “Hacen buena pareja” piensas, segundos antes de abrir la puerta.

No son ellos. La sorpresa te vence y eres incapaz de cerrar la puerta antes de que cuatro hombres negros irrumpan en la habitación. Son fuertes, demasiado. Uno de ellos es enorme. El otro parece un animal salvaje. Otro será un adicto al opio, al hachis, o a alguna droga que lo consume, pero sabe patear a un tipo que está en el suelo. La boca te sabe a sangre. Todo se nubla. Y entre los vapores de la inconsciencia tu mirada se fija en el cuarto hombre, de piel negra como la noche, de sonrisa blanca como la de un tiburón y de profundos ojos, tan negros, que parecen no tener esclerótica.

Cuando el dolor te despierta, te descubres encima de la cama, desnudo, indefenso, bocabajo, con una mordaza entre los dientes y la sangre chorreando por tu cara. El hombre negro, del abrigo negro está hincando la punta de un monstruoso machete en tu cara, dibujando algo.

Lloras, y gimes, y suplicas. Aunque sabes que no habrá perdón. Que no habrá clemencia.

El más grande de todos se ha desnudado. Luce un capuchón de color carmesí del que cuelga una obscena tira de cuero rojo. Sus camaradas también lucen ese horrible capuchón. Te voltean, exponen tu desnudez. El hombre grande alza el pranga, ese machete gigantesco sobre tu vientre desnudo. Te desgañitas chillando contra la mordaza, para mayor deleite del hombre de ojos negros.

—La Lengua Sangrienta no será negada.

Y el machete cae.

Y es entonces cuando despiertas.

 

***

 

Patry O’Connel despertó gritando en su casa. Desnuda. Con su nívea piel cubierta por una película de sudor frío. Se había dormido abrazaba junto al al ídolo de Cthulhu, acunándolo junto a su generoso pecho. Lo contempló entre sus temblorosas manos, extrañada, preocupada… No debía haber soñado eso. Debía haberse metido en el oscuro pasado de Silas N’Kawe y, en su lugar, había soñado con los últimos momentos de vida del pobre desgraciado de Jackson Elias. ¿Por qué? ¿Qué había pasado?

Parecía… parecía como si alguien se hubiera metido en sus sueños.

Y no fue en los sueños de la única.

En el Grand Hotel de Nueva York, en la habitación en la que dormía Colin O’Bannon, el ex tahúr pelirrojo se despertó sobresaltado, sudoroso, con el corazón taladrándole el pecho. Tuvo que revisar dos veces su habitación para quedarse tranquilo. En la primera comprendió que no estaba en el Chelsea Hotel, que no era Jackson Elias, que era Colin. En la segunda comprobó que no hubiera nadie escondido, preparado para sacrificarle en honor a su sanguinario dios.

Y en el coche en el que montaba guardia junto a Jacob O’Neil, Thomas Connery se despertó gritando, buscando su pistola con intención de defenderse de sus agresores imaginarios, angustiado, aterrado, receloso. Jacob, borracho pero atento a los alrededores del local de Mabel, La Gorda le tendió su botella de bourbon barato, y el licor le calentó las entrañas y le calmó los ánimos. Pero Thomas necesitaba algo más fuerte. Sus pulmones clamaban por una calada de opio.

Alguien había enviado pesadillas a esos Finns. Alguien con poder.

Alguien con Ju-Ju.

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El Gran Mukunga sonrió satisfecho frente al brasero del que emanaba una acre humo violáceo que le había permitido atravesar el mundo onírico para envenenar los sueños de sus rivales. Aún no sabía quiénes eran esos patéticos hombrecillos que habían interrumpido su ritual sobre el hereje, ni que habían atacado con su sucia magia infiel a su lacayo… pero lo acabaría sabiendo.

La Lengua Sangrienta no sería negada.

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MdN: New York (23) Importaciones Emerson

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

—¿¡En un veterinario!?—preguntó Madame Loconnelle.

—Colin estará paranoico —continuó Annie O’Carolan—, más de lo que estaba antes, quiero decir… pero no le falta razón. Liam está metido en chanchullos muy raros. El caso es que nos vino bien. Greg y Angus han pasado la noche atendidos… como perros, pero atendidos.

Ambas cuchicheaban en la parte trasera del taxi que avanzaba a trompicones por los interminables atascos de la gran urbe neoyorquina, en dirección a Importaciones Emerson. Tras once escandalosos dólares de viaje, el coche amarillo las dejó en las inmediaciones del puerto, hasta un descuidado pero ordenado almacén.

Media docena de operarios movilizaban diversas mercancías hasta pequeños camiones de reparto. Los atareados hombres dirigieron a las mujeres unas libidinosas miradas, largos silbidos y algún divertido comentario fuera de tono. Mientras Annie ponía los ojos en blanco y Patry devolvía los piropos se encaminaban hacia la pequeña y atestada oficina, donde un cincuentón de aspecto cansado les dirigió una interrogadora mirada.

—Buenos días —saludó con voz profunda.

—Buenos días —intervino Annie—. ¿Es usted Silas McClane?

—Silas McClane. No, no… que vá. Aquí no hay ningún Silas McClane. Yo soy Arthur Emerson… el dueño.

—Oh… vaya… Es que, verá, veníamos buscando a Silas McClane por un paquete que le dejó Jackson Elias.

Arthur Emerson alzó sus pobladas cejas y se rascó su descuidada cabellera cana mientras paladeaba la información.

—¿Jackson Elias? No hay ningún paquete de… ¿Jackson Elias? Espere un segundo… Ese… Jackson Elias, sí, me suena ese nombre. ¿Ese tal Jackson Elias no es un periodista que vino ayer por aquí preguntando por uno de mis clientes? Sí, sí, ahora lo recuerdo. Pero no, no dejó ningún paquete.

—¡Vaya, por Dios! —exclamó Madame Loconnelle teatralmente—, ¡que contrariedad! ¡Y ahora que le diremos a los pequeños Angus y Greg!

Annie le dedicó una soslayada mirada de reprobación mientras intervenía.

—Es que, disculpe, señor Emerson, pero tenía un recado del señor Elias según el cual debía recoger en esta dirección un paquete que le había dejado un cliente suyo. Un tal Silas McClane.

Patry se apoyó sobre la mesa y resaltó sus encantos femeninos.

—Y necesitamos mucho ese paquete… Señor Emerson…

—Se-señoritas… yo… eh… nonono…—La mirada de Arthur Emerson bailó durante un segundo de más por encima del turgente pecho de Patry, pero el comerciante tragó saliva y mantuvo las formas—. No tengo muy claro quiénes son y qué quieren exactamente de mí… Ni tampoco tengo muy claro su objetivo aquí… ya que estoy bastante seguro de que no vienen a por ningún paquete.

Annie apartó a golpe de cadera a Patry y sacó la tarjeta que encontraron en la billetera de Jackson Elias. Leyó de nuevo el nombre escrito con una letra temblorosa e irregular en la parte de atrás escrito, y maldijo su bocaza…

—Verá somos hermanas…

—¿¡Hermanas!? —Annie le propinó un codazo a Patry.

— Hermanas y amigas del bueno de Jackson Elias. Nos dejó el recado de recoger un paquete de Silas… Silas N’Kawe. ¡No McClane! ¡Qué tonta he sido! Quería decir Silas N’Kawe.

— Y que lo digas —dijo Patry entre dientes sin dejar de lucir una gran sonrisa.

Emerson achinó los ojos, nada contento con la excusa que esa pareja tan dispar de hermanas le acababa de dar. Pero, fuera de sus sospechas, el encargado del almacén era un hombre íntegro.

—Señoritas, no se que se traerán entre manos el tal Elias y ustedes, pero les digo lo mismo que le dije al chupatintas. Manténgase alejados de la Casa del Ju-Ju y de esos negros. No se traen nada bueno.

Annie y Patry se miraron de reojo antes de volver a prestar toda su atención sobre Arthur Emerson.

—¿Negros?

—¿¡Jackson tenía tratos con negros!? ¿¡Adónde vamos a llegar!? —El comentario vino acompañado de otro certero codazo de Annie a las costillas de Patry.

—No—contestó secamente Emerson—. Elias vino preguntando por Silas N’Kawe, el dueño de la Casa del Ju-Ju. Y le dije que se mantuviera alejado de esa gente.

—No va a darnos la dirección de la Casa de Ju-Ju, ¿verdad? —gruñó Patry con el tono de voz frío como un témpano.

—¿No me han oído? Esa gente cumple con sus facturas y, como soy un profesional, cumplo con sus pedidos. Pero el día que tenga la más mínima excusa, dejo de trabajar para esa gentuza. ¡Claro que no les voy a facilitar esa dirección! Y si son señoras de bien…

—Señoritas —siseó Annie en un impulso.

—… ¡deberían mantenerse muy alejados de esa gente! —El rostro de Emerson estaba rojo y su paciencia agotada.

Annie y Patry se recompusieron. Sonrieron con candor y le dedicaron un encantador saludo de despedida.

—Le dejamos en la virtud y la gracia del Señor —se despidió Patry con voz en falsete.

—Sí… Eso… Muchas gracias, señor Emerson.

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Arthur Emerson contempló cómo la dispar pareja de hermanas se alejaban discutiendo de su almacén y volvió a sus facturas, pedidos y aranceles cuando su vista recayó sobre el periódico que había sobre la mesa del despacho. El titular informaba con letras enormes sobre un brutal asesinato en el Hotel Chelsea.

Entonces, Emerson cogió el teléfono y llamó a la policía.

MdN: New York (20) Las Pistas de Jackson Elias

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Greg Pendergast se apoyo en una de las paredes cuando comenzó a marearse. Los improvisados vendajes que Thomas le había hecho alrededor de los brazos con las cortinas del hotel volvían a empaparse con su sangre.  Lentamente se dejó resbalar por la pared y se sentó en el suelo.

—Sólo voy a tomar el aire durante unos segundos —informó el periodista.

Angus Lancaster también comenzaba a flojear. Se apoyó en la ventana, conteniendo las náuseas. El disparo que le había alcanzado al costado había sido un tiro limpio, entró y salió, pero perdía sangre profusamente.

Thomas Connery, que revolvía en la maleta del difunto Jackson Elias, torció la cabeza hacia a Annie O’Carolan, que revisaba los papeles que su amigo tenía diseminados por el escritorio.

—Se están desangrando, Annie —dijo Thomas. Pero O’Carolan continuó leyendo, hoja tras hojas, todo lo que tenía ante ella—. Annie. ¡Annie!

—Tenemos que encontrar más pistas —pidió Annie con voz temblorosa—. ¡Debe haber más pistas! ¿Has mirado debajo de la cama?

—Dos veces —se quejó Thomas—, y ambas después de que Angus mirase. ¡Ya está, Annie! No hay nada más. ¡Tenemos que irnos! Tenemos que…

Colin O’Bannon apareció en el dintel de la puerta. Aún tenía la cara salpicada por la sangre del tipejo que había matado a cabezazos.

—Nos vamos —ordenó.

—No… — se quejó Annie con la vista hundida en una carta de una tal Miriam Atwrigth—, tenemos que encontrar todas las pistas que pueda haber en la habitación… No pueden ser más que estas nimiedades. Tiene que haber algo más. Sus notas. Un diario. Algo…

 

Thomas agarró el pequeño folletín y la fotografía que había encontrado en la maleta y corrió a ayudar a Greg a que se levantara, mientras Angus salía apoyándose en su bastón.

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Greg había encontrado dos tarjetas de visita en la cartera de Jackson Elias que no tenían que ver con el periodista.

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Angus, una llamativa cajetilla de cerillas en el sombrero del finado.

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Colin ignoró las súplicas de Annie, la agarró del brazo y tironeó de ella para sacarla de la habitación al tiempo que decía.

—No hay tiempo. He conseguido persuadir a los conserjes del hotel, pero mi placa ya no tiene valor en esta ciudad.

Annie se dejó arrastrar a regañadientes. Thomas pasó un brazo bajo la axila de Pendergast y lo llevó por el pasillo, pero Colin les indicó que tomasen las escaleras. Bajaron por ellas hasta el piso de abajo, y de allí se dirigieron hasta la habitación 310, que Thomas y Colin sabían que estaba vacía.

—He tenido tiempo de llamar a mi jefe, al agente Ashbrook —continuó el agente O’Bannon—, resulta que alguien le ha dicho a Hoover que me estoy excediendo en mis labores profesionales y me han puesto correa. Si me veo metido en este follón me caerá una buena.

—Hoover no se anda con tonterías — se burló Greg, conocedor de la venenosa rabia del superintendente federal.

—He conseguido que un agente de confianza venga aquí para limpiar este estropicio y alejar a la pasma… pero hasta entonces estamos solos así que, lo mejor será que bajemos por la escalera de incendios y que Liam nos saque de aquí cuanto antes.

Thomas forzó de una patada la puerta de la habitación 310 y descendieron por la escalera de incendios hasta el callejón donde Liam había aparcados el coche… pero ni Liam, ni su Packard Twin Six estaban allí.

Las sirenas de los coches policiales tronaban por todas partes y, aunque estaban alejados de miradas curiosas en el callejón, se sintieron expuestos, solos.

—Greg se ha desmayado —informó Thomas, y eso pareció sacar a Annie de su estupor, la cazadora de libros corrió para atender al periodista.

Angus se acercó a vomitar cerca de unos cubos de basura. Estaba pálido, sudoroso, las piernas le temblaban.

—Y Angus va a caer en breve… ¿Dónde diablos está Liam?

—A la mierda —murmuró Thomas —Tomaré un coche prestado. No era tan bueno como Liam y Brian haciendo puentes, pero aún recuerdo cómo hacerlo.

Un estrépito estalló al fondo del callejón. Thomas, Annie y Colin sacaron sus pistolas y apuntaron hacia el coche que corría hacia ellos a toda velocidad… Liam McMurdo paró ante los Finns y abrió la puerta del copiloto.

—¿Les llevo a algún lado? —preguntó jocoso.

Colin le insultó a gusto, mientras Thomas metía  a Greg en el coche y Annie ayuda a Angus a pasar dentro.

—Tenemos que ir a un hospital —dijo Thomas mientras cerraba la puerta del coche. Liam arrancó y puso dirección al Hospital General.

—No —espetó Colin —, esas heridas llamarían la atención de la bofia. ¡Tenemos que ir a un lugar en el que no llamemos la atención!

—Conozco un sitio —cortó Liam, antes de que Thomas y Annie se quejaran —pero es caro.

—Como si eso fuera un problema —mumuró Angus a un paso de la inconsciencia —, tranquilos chicos, esta corre de mi cuenta.

—Perfecto —Liam cambió de marcha, pegó un violento volantazo y puso rumbo a Queens.

—¿Se puede saber dónde coño estabas? —le gruñó Colin.

—Pues verás…

 

Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

El teléfono en casa de Greg Pendergast comenzó a sonar de forma estridente, pero el periodista, que se había pasado toda la mañana esperando esa llamada, lo cogió antes de que el primer tono hubiera concluido.

—Pendergast… ¿eres tú? —preguntó la voz al otro lado de la línea. Greg entrecerró los ojos.

—Sí… ¿Quién llama?

—Soy Elias. Ya… ya estoy en Nueva York.

—Estupendo. ¿Has tenido buen v…?

—Yo… tengo que verte… Urgentemente… Según bajé del barco estuve investigando y… Tengo que verte. ¿Has seguido las instrucciones?

—¿Sí?

—¿Están aquí? ¿Todos? No he podido contactar con Annie.

—Se fue a la biblioteca a primera hora de la mañana para…

—¡Espera! —Le cortó Jackson. Greg escuchó cómo Elias soltaba el teléfono y los sonidos de movimientos brucos—. Espera, un segundo… sí… Sí, todo va bien, sí. ¿Entonces están todos aquí?

—Sí, estamos todos aquí, nos hemos reunido como nos pediste y…

—Bien, muy bien. Apunta. Hotel Chelsea. Habitación 410. Dentro de una hora.

—Pero, Jackson…

—De acuerdo. ¿Están todos?

—Sí, Jackson, están todos…

Y Jackson Elias colgó el teléfono.

En media hora, Greg Pendergast estaba montado en el Packard Twin Six de Liam McMurdo, junto a un aturdido Thomas Connery que miraba por la ventanilla al nubloso cielo de Nueva York, a Angus Lancaster que se apoyaba en el bastón estoque que tenía entre sus piernas, y a Colin O’Bannon que ojeaba una carpeta con documentos.

—¿Sólo te dijo eso? —preguntó Angus.

—Como lo oís… estaba… como paranoico —comenzó Greg, preocupado—, nunca le había oído así.

—Vamos a llegar al hotel veinte minutos antes de la hora que te pidió —comentó McMurdo, apretando el claxon de su coche para espantar a un taxi que intentaba bloquearle el paso.

—¿Descubres algo nuevo en el informe que sus compañeros federales te han dejado sobre Roger y Erica Carlyle, Colin? —preguntó Angus, mientras el pelirrojo se encogía de hombros con gesto torcido.

—Poca cosa. La familia Carlyle invirtió bien durante la primera guerra mundial: transportes, munición, exportaciones e importaciones. Por eso son ricos, aún a pesar que el primer Carlyle en llegar a EEUU fuera el hijo ilegítimo de un noble de Derbyshire, deportado desde Inglaterra por conducta impropia y desesperada. Se llamaba Aberdare Vane Carel…

—Vane —murmuró Thomas.

—Carlyle no tiene antecedentes policiales porque sus abogados, entre ellos el tal Bradley Grey, eran brillantes. Le han librado de un juicio por paternidad, han suavizado sus varias expulsiones de universidades, acusaciones por desorden público, conducta impropia, lascivia, vagancia, que nunca llegaron a ningún sitio. Estuvo en rehabilitación con dieciocho y con veinte años.

Thomas soltó una cascada risita y Liam pegó un volantazo, apretando el claxon y maldiciendo a otro taxi. Colin continuó:

—De Erica no hay gran cosa. Todo lo relacionado con ella es legal. Sí, tiene pinta de ser una perra estirada y dura como el acero, pero siempre correcta de cara a la galería… lo único turbio que la rodea es Joe Corey, su guardaespaldas. Un tipo duro que trabajó para un mafioso local y que es muy efusivo quitándole de encima pretendientes indeseables.

—Poca cosa.

—Sip —afirmó Colin—. Sus acciones mejoraron en cuanto certificó la muerte de Roger Carlyle y se hizo con el control de la empresa.

—Ya estamos —informó Liam McMurdo.

El coche frenó frente a la puerta del hotel, un imponente bloque gris cemento de seis plantas, cuya entrada principal disponía de una larga alfombra roja que recordaba a una lengua sangrienta desplegada ante una oscuras fauces que les esperaban para devorarles.

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Todos, se bajaron del coche. Liam llevaba la palanca en la mano y Colin le agarró del hombro, antes de que alguien le viera.

—¿Se puede saber a dónde vas con eso, muchacho? —aunque Colin lo sabía. Todos sentían esa electricidad, ese zumbido en los oídos, que les avisaba que algo no iba bien.

Liam boqueó intentando contestar, pero Colin negó con la cabeza y le indicó que volviera al vehículo.

—Busca donde aparcar —le informó al conductor—.Y quédate en el coche con el motor encendido.

—Por si tenemos que salir corriendo —se convenció Liam—. Daré una vuelta alrededor del hotel para… reconocer el terreno.

—Bien me parece.

—¿Esperamos al resto? —preguntó Greg. Colin negó con la cabeza mientras oteaba el edificio. Nubes grises, preñadas por el humo de las fábricas, navegaban por un cielo encapotado que deprimía el ambiente.

—Qué os parece si Greg y yo vamos hasta la habitación de Jackson… como avanzadilla —recomendó Angus. Colin asintió mientras su mirada vagaba por el edificio, hasta un callejón en el lateral derecho del hotel, donde una amplia escalera de incendios de metal negro, recorría toda la pared.

—Correcto. Thomas y yo subiremos por las escaleras de incendio hasta la cuarta planta.

Se dividieron. Angus y Greg entraron en el hall, ignoraron las solícitas sonrisas de los recepcionistas y fueron directos hasta uno de los dos grandes ascensores, donde un joven botones, de unos quince años, todo sonrisa y pecas, les preguntó por su destino.

—Cuarta planta —contestó secamente Greg, echando de menos su bate de baseball. Acarició la navaja que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Angus se apoyó en su bastón, la funda del estoque que siempre le acompañaba.

En ese momento, Annie O’Carolan llegó al Hotel Chelsea.

Su laboriosa mañana en la Biblioteca sólo había dado con un dato, aunque ella lo consideraba significativo. Buscando información sobre pirámides asimétricas, la sacerdotisa africana M’Weru, grandes esferas amarillas y la extraña figura con la que Carlyle hablaba en sueños, había descubierto una extraña y temida figura de una oscura y poco documentada época de Egipto: Una  poderoso brujo al que se conocía vulgarmente como, El Faraón Negro.

Annie, con su mejor sonrisa, preguntó a los recepcionistas por la habitación 410 y, mientras esperaba al ascensor, comprobó en su bolso el estado de su pistola Luger P08. Al mismo tiempo, el joven ascensorista abría la puerta para que Angus y Greg salieran al pasillo de la cuarta planta, Colin y Thomas subían por las escaleras hasta el segundo piso y Liam aparcaba cerca de un callejón donde encontró un coche sospechoso.

Todos los Finns tenían un mal presentimiento mordisqueándoles la nuca. Algo, un sexto sentido que les avisaba que algo malo iba a pasar.