MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

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Resumen del 2016

¡Se acaba el 2016! y ha sido mi año más productivo, literariamente hablando.

Para empezar, en febrero, como regalo tardío de cumpleaños, me llegaron mis dos primeras novelas editadas. ¿Dos novelas? ¡En efecto! Los alter ego de los Finns me editaron La Huida de Innsmouth (aka, Salvar al Tendero Brian) y La Redada, en formato físico, con unas portadas alucinantes y muchos de mis horrores ortográficos corregidos.

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Pues si eso ya me hizo ilusión, porque estas son, y van a ser, mis primeras novelas publicadas, con los mejores editores que puede haber, que son mis amigos, en Mayo publiqué oficialmente mi primera novela (que ha resultado ser la tercera, pero bueno): Máscaras de Carcosa.

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Máscaras de Carcosa 

Y no sólo he podido ver la novela publicada, releerla, tocarla, firmarla (y en la Feria del Libro, ¡nada más y nada menos!) si no que en verano ya me informaban desde Ediciones Hades que habían solicitado una segunda impresión. ¡Espero que las Máscaras sigan por buen camino y necesitemos una tercera!

(Mientras tanto, ya sabéis, reseñadla, dadle estrellitas en Amazon, Goodreads, recomendadla, regaladla… esas cosas)

Y tras el verano llegó el aluvión de publicaciones. Comenzó con el mecenazgo de Para el Maestro, antología en homenaje a Sir Terry Pratchett en la que participo con un simpático relato titulado: Lester Von Paddington, Escudero de Tercera Clase, que ha coordinado el crack de Álvaro Loman y en colaboración con la Fundación Cita Alzheimer.

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Mecenazgo Para el Maestro

 

Y, casi al mismo tiempo, desde ESMATER, llegaba ANTERGO, una antología en homenaje a los autores de terror gótico donde honro a Bram Stoker con Síndrome Renfield.

Que no soy de echarme flores… pero creo que es un relatazo.

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ANTERGO

Pero no ha parado ahí la cosa. Quizá muchos no lo sepáis, pero en noviembre me habían publicado otro relato en una antología benéfica cuyos beneficios repercutirán en Save the Children. Se trata de la antología 40 Relatos de Terror, editada por el grupo literario LLEC (Libros, lectores, escritores y una taza de café) y disponible en Amazon.

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40 Relatos de Terror

En esta antología participo con un relato que vosotros, lectores del blog, seguramente conozcáis de algo. Se titula 1937, aunque en realidad se titulaba: En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas.

Muchas cosas, ¿verdad? Pues aún hay más.

Gané un concurso. Sí, era más bien un concurso de popularidad que de calidad literaria… pero que coño… ¡Gané! Se trataba del concurso #Biblioeterror, de las plataformas BiblioEteca y Sweek, y fue con el microrrelato Blanco”.

¿Y qué nos depara el 2017?

Pues continuar con las aventuras de los Finns y Las Máscaras de Nyarlathotep (que lo tengo muy parado, lo sé, lo sé), algún que otro relato, en alguna que otra antología…

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Sutil, ¿verdad?

 

Y trabajar muy duro para la siguiente novela ¿Qué cuando saldrá? Ni idea, para eso tendré que terminarla.

¡Saludos desde el otro lado de la Máscara!

 

 

MdN: New York (9) Mucho Investigar, Poca Diversión

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

Greg Pendergast
Greg ha investigado mucho sobre la Expedición Carlyle

—… y hubo una desaparición más —continuó Greg Pendergast mientras enseñaba viejos recortes de periódicos sobre la Expedición Carlyle—. Warren Bessart, el agente de antigüedades de Roger Carlyle que estuvo con ellos en el Cairo, pero que nunca llegó a ir al safari en África.

—¿En el Cairo es cuando Carlyle sufre una insolación y deja la expedición en manos de Sir Aubrey Penhew y su guardaespaldas? —preguntó Colin O’Bannon que tomaba notas en una pequeña libreta.

—Exacto —afirmó Annie O’Carolan que disponía de otra carpeta con múltiples recortes de periódico.

La tarde se les había echado encima. Comieron en la cafetería. Platos con restos de sándwiches, alubias frías, salchichas y huevos fritos reposaban en la mesa entre los periódicos viejos. Thomas Connery  y Madame Loconnelle prestaban atención al despliegue de noticias que Greg y Annie habían realizado en su investigación inicial. Jacob parecía que había dado un par de cabezadas durante la explicación. Liam se aburría, inquieto, como aquel niño que espera ansioso a la hora del recreo.

—Por lo visto, Jackson Elias, colega, escritor, investigador de sectas y cultos sanguinarios y amigo, estaba indagando sobre esta expedición —concluyó Greg.

—Creo que todos vemos por donde iban las pesquisas de Jackson —continuó Annie O’Carolan—. Si no hay cadáver, no hay muerto.

—Seamos objetivos —pidió Colin O’Bannon—. No sabemos lo que investiga vuestro amigo, hasta que no nos lo diga.

—Como quieras —siseó Annie.

—¿Qué tiene que ver esto con nosotros… o con lo que pasó en… Innsmouth? —preguntó Madame Loconnelle casi con un susurro.

—No pasó nada en Innsmouth —sentenció Colin. Un par de miradas le fulminaron.

—No lo sé —contestó Greg—, Jackson se puso en contacto conmigo y con Annie. Nos pidió un equipo de investigadores.

—Un equipo fiable —afirmó Annie dándole una patadita por debajo de la mesa a Jacob para que prestase atención.

—Pidió a los Finns. Así que… lanzo la siguiente afirmación, sólo como hipótesis: Creo que lo que ocasionó el brusco final de la Expedición Carlyle, o lo que esta buscaban en África, tiene algo que ver con los Mitos de Cthulhu.

Colin resopló escéptico.

—Necesito una copa —se quejó Jacob.

—¿Jackson Elias nos va a pagar por esto? —preguntó Madame Loconnelle.

—No lo se. El quince de Enero, cuando llegué, tendremos más información.

—¡Pues mientras tanto vámonos de juerga! —propuso Liam frotándose las manos.

—Vamos a ver, os hemos reunido para investigar, no para irnos de copas —gruño Annie al tiempo que miraba a  Colin—, que por cierto, es un delito. Ni para pasarnos las horas recordando nuestra adolescencia… cargada de delitos.

—Annie tiene razón —apuntilló Greg.

Liam cayó desinflado sobre la silla y Jacob continuó con la mirada perdida en su insulso refresco.

—Sí que la tiene… como siempre… —comentó Colin con sorna—. Pero se me ocurre una idea. Algo para que Liam y Jacob se despejen y quizá obtengamos algo de información extra sobre Roger Carlyle.

—¿En qué estas pensando?

—¿Conocéis el Club 300?

MdN: New York (7) Los Finns se reunen en Central Perk

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

Cuando Liam entró en la cafetería Central Perk un orondo camarero, de ascendencia polaca y más feo que muchos habitantes de Innsmouth, le dirigió una mirada asesina.

“Sí, tengo la cara quemada y no te gusto. Me importa un cuerno” Liam McMurdo le dedicó una sonrisa, le lanzó un guiño y le señaló con el índice.

—¿Qué tal, colega? He quedado aquí con un grupo de amigos…

—Aquí no hay ningún grupo de irlandeses —siseó el camarero.

Antes de que Liam le descerrajara un puñetazo en los dientes al feo camarero, un silbido le llamó la atención.

En un rápido vistazo descubrió que no era el primer Finn en llegar a la cafetería porque, acomodado en un reservado al fondo del local, estaba Colin O’Bannon, fingiendo que leía un periódico, dejando que el café se enfriara ante él y vestido con un impecable traje

¡Cara*! —exclamó Liam, al tiempo que abría los brazos. Colin aceptó el abrazo visiblemente incómodo —. ¿Qué tal te va todo?

—Bien, bien, bien. Mejor que nunca.

—Ya te veo. Estás hecho todo un figurín. ¿Los negocios con tu padre van bien o qué?

—Por lo que veo —comenzó Colin, desviando la pregunta y señalando al coche en el que había venido Liam—, tu coche está mejor que la última vez que lo vi… estrellado contra una farola en Innsmouth.

—Este mastodonte es nuevo. La recompensa que nos dio el gobierno me ha permitido abrir un tallercito mecánico en Queens y, aun a pesar de las quemaduras y la crisis, el negocio funciona.

—Siempre has tenido tu encanto —bromeó Colin—, y si no, que se  lo pregunten a Patry.

Un coche dio un volantazo en la calle y recibió varios bocinazos, zigzagueó peligrosamente y, en un giro de ciento ochenta grados, aparcó justo detrás del coche de Liam. Muy cerca. Tanto, que Liam se levantó y apoyó el puño contra el cristal…

…y de ese coche se apearon Jacob O’Neil y Thomas Connery.

—¿Dónde coño has aprendido a conducir, Thomas? —le gritó Liam.

—En el ejército —se rió este último, antes de correr adentro del local para abrazarse a los Finns allí reunidos.

Colin y Liam se volvieron hacia Jacob y le miraron de arriba abajo.

—Tienes mala cara Jacob —comenzó Colin.

—¿Peor que la de Liam? Lo dudo.

Rieron la chanza y Colin continuó tanteando a sus camaradas.

—¿Y tú, Thomas? ¿Cómo es que vas vestido de civil?

—Tengo los uniformes en la lavandería, Colin. Los instructores no tenemos que ir vestidos de faena todo el santo día.

—Instructor, ¿eh?

—Sí. Mi experiencia en Innsmouth es valiosa para la formación de las nuevas remesas de soldados —contestó Thomas con orgullo.

La realidad era que el único recluta que había tenido Thomas Connery era el hijo de su proveedor de opio, Pon, un chinito que apenas levantaba un metro del suelo, que chapurreaba el inglés y gritaba mucho cuando se emocionaba. Thomas solo necesitó de dos horas para hacerle entender que debía regarle las plantas cada dos día y llamarle si veía a algún extraño merodeando por la casa… Que Pon fuera gritando por la calle: ¡Legal Plantas! ¡Vel Extlaños! ¡Llamal Secleto! no lo convertía en un aliado muy discreto, pero el pequeño limón le hacía gracia.

La puerta de la cafetería se abrió y una mujer caminó hasta ellos con un andar contoneante y seductor. Cuando la conocieron era rubia, pero ahora, lucía una melena pelirroja, en parte oculta por un turbante turquesa, lucía un estrafalario pero ajustado sari, y estaba envuelta en chales de seda con campanillas.

—¿Pa… Patry…? —comenzó Liam, a medio camino entre la sorpresa y la excitación—. ¿Est… Esta-tas… Pelirroja?

—¿En serio? —comenzó Jacob—, ¿Patry viste como una gitana lectora de cartas de feria y lo que te alucina es que esté pelirroja?

—Ya no soy Patry, mis Finns, Soy Madame Loconnelle —ronroneó y les guiñó un ojo—, pero podéis llamarme Nelly  si os resulta más sencillo.

—Creo que seguiré llamándote Patry, si no te importa —gruñó Jacob, deseando un whisky.

—¿Sabes lo mejor de todo este… disfraz, Thomas? —le preguntó Colin al infante de marina—, no parece llevar ningún abrigo que tengas que sujetar esta vez.

Las carcajadas llenaron el establecimiento mientras Thomas aceptaba la chanza con deportividad.

—Sí, mucha mofa, mucha broma —comenzó Patry—, pero a Colin O’Bannon parece que le viste el mismo sastre que a J.Edgar Hoover. ¿Sabe tu padre que te vistes como los federales?

—Pues ahora que lo dices —Colin hurgó en su bolsillo y sacó algo que dejó encima de la mesa.

Era una placa. Una placa de agente de la ley. Una placa de agente del bureu federal de investigación.

—Estarás de coña —casi pidió Liam.

—Joder, ahora sí que necesito una copa —se quejó Jacob con voz quebrada.

—No os preocupéis, coño —comenzó Colin luciendo una sonrisita sardónica—, que estoy de vacaciones.

Fuera, en la calle, al torcer la esquina izquierda, apareció Greg Pendergast. Al otro lado, al torcer la esquina derecha, Annie O’Carolan. Ambos caminaron, luciendo tristes sonrisas en sus cansados rostros. Annie abrazada a una pesada carpeta. Greg con un maletín bajo el brazo.

Ambos se encontraron a la vez en la entrada de la cafetería.

—¿Esto no te recuerda a algo? —preguntó Greg.

Deja vu, que dicen los franceses —informó Annie.

Annie le expuso la mejilla y Greg la besó escuetamente.

—Tienes mala cara Greg —le dijo Annie. Greg no dijo nada de las ojeras de Annie, sólo sonrió, una sonrisa pesarosa.

—¿No te has enterado de lo que me hizo el FBI cuando publiqué mi libro?

—No —contestó rápidamente Annie, y al instante se sintió mal por ser tan directa y por no haber prestado atención a sus amigos desde que salieron de Innsmouth por segunda vez—, he estado muy centrada en libros, sí… pero en tomos con cientos de años de antigüedad.

Un incómodo silencio les engulló.

—¿Sabes… sabes algo nuevo sobre Jackson? —preguntó Annie.

—¿Le tuteas…? Yo siempre le llamo Elias —. Annie se encogió de hombros ante la sinceridad de Greg—. Hablé con su… nuestro editor, Jonah Kensington, un hombre de confianza. Elias también se puso en contacto con él, desde Londres.

—Sabremos más en un par de días.

—Sí, sabremos más en un par de días —Greg empujó la puerta y le permitió el paso a Annie.

Mo chairde**!! —saludó con efusividad Liam antes de correr a abrazarlos —. ¡Siempre tan seria, Annie! ¡Y tú Greg, vaya cara! ¡Pero, sentaos, sentaos!

Greg y Annie completaron el círculo de los Finns (al que faltaba  Angus, como siempre, porque Angus siempre llegaba tarde) y antes de que nadie dijera nada, Colin le tendió un paquete envuelto en papel marrón a Greg.

—Un regalo… de mi jefe —dijo Colin.

Greg desenvolvió el paquete.

Era su novela: “La Verdad sobre la Redada en Innsmouth”.

—Dice mi jefe que era muy buena… pero que ahora es mejor.

Alguien había cogido la novela y había censurado el noventa y cinco por ciento. Estaba dedicada.

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No vuelvas a hacerlo. Nunca. Fdo: Agente Ashbrook.

—Muy majo, tu jefe —contestó Greg con sorna.

—¿Patry?

—Madame Loconnelle, querida Annie —se presentó la nueva Patry, tras besarla en cada mejilla.

Jacob O’Neil se aclaró la garganta.

—Se que es muy entrañable reunirnos de nuevo, lanzarnos pullas y hablar de lo bien o mal que nos va la vida…

“Pero tengo una resaca de tres pares de cojones y ahora mismo preferiría golpearme los dedos con un martillo antes que seguir aquí” pensó el detective privado.

—… pero Greg y Annie nos han llamado por algo.

—Sí —atajó Greg Pendergast—. Jackson Elias y la Expedición Carlyle.

 

 

 

*¡Amigo! (en irlandés)

** ¡Amigos míos! (en irlandés)

¡Los Finns han vuelto!

Seguramente, y si las estrellas se alinean, este domingo comencemos la campaña de las Máscaras de Nyarlathotep, donde los Finns se las verán con el oscuro dios de los mil rostros.

Tras salvar a su amigo Brian y haber huido de Innsmouth, tras haber aplastado a la Orden Esotérica de Dagon durante la Redada del 29, esa que nunca existió, Angus, Annie, Colin, Greg, Jacob, Liam, Patry y Thomas volverán a las andadas, con mucha menos cordura que antes, para ver si la pierden del todo, se mueren de una forma horrible, o frustran los planes de Nyarlathotep y sus seguidores. Contarán con la ayuda del escritor Jackson Elias, conjuros y rituales, objetos mágicos y, por supuesto, el espíritu de los Finns.

Mientras tanto, y para ir abriendo boca, os dejo con el opening que les hice para generar hype.

 

 

La Redada (2) La Propuesta de J. Edgar Hoover

Los Finns habían llegado hasta el edificio federal de Boston, cada uno en un coche negro conducido por un agente federal y el individuo que les había “invitado” a venir. Una simpática y profesional secretaria les había ido pasando a una sala de espera hasta que estuvieron todos los miembros de la cuadrilla.

Todos menos Brian Burnham.

―Es imposible que localicen a Brian ―susurró Angus Lancaster.

―Mira no sé lo que conseguirán tus contactos ―comenzó Patry O’Connel―, pero a mi estos tipos me detuvieron en medio de un… trabajo… y nadie me había pillado en medio de uno, ¿sabes? Esta gente tiene muchos contactos, influencias y…

―Psssst ―avisó Thomas, al tiempo que se abría la puerta de la sala de espera.

Era la secretaria, que con una profesional sonrisa les invitó al despacho de J. Edgar Hoover. El gran despacho tenía ocho cómodos butacones ante su escritorio, vacío de las típicas fotos familiares que habitaban en los escritorios de todo el mundo. El Director del Bureu Federal de Investigación del Departamento de Justicia de Estados Unidos, está sentado tras su ostentoso escritorio de roble. A su derecha está el sonriente agente Mackey, a su izquierda se haya el tipo pequeño y rechoncho, con cara de bulldog avinagrado, que responde al nombre de Superintendente Ryan.

Hoover esperó a que los Finns tomaran asiento antes de comenzar a exponer su caso.

―Caballeros, señoras. Seremos francos y directos con ustedes porque no hay tiempo que perder. El gobierno de su país solicita su ayuda en un asunto de enorme importancia. Ustedes ya están familiarizados con la ciudad de Innsmouth y creo que no necesitan que les explique por qué su gobierno se ha visto implicado en el asunto. Una larga investigación llevada a cabo por este departamento ha revelado la necesidad de tomar medidas rápidas y contundentes contra las actividades criminales generalizadas en esa ciudad. Se han violado numerosas leyes federales e interestatales: conspiración para el transporte de alcohol de contrabando, secuestro, asesinato y, posiblemente, trata de blancas. No será necesario que entre en detalles de las viles y repugnantes prácticas a las que se han abandonado algunos de esos criminales y asesinos… por no hablar de los rumores. Aunque el cálculo es inexacto, suponemos que al menos la mitad de los habitantes de la ciudad están implicados en una conspiración criminal y que en ella llegan a participar las familias más poderosas de la ciudad.

»Sobra decir que en una acción policial de esta magnitud debe realizarse con discreción, no sólo para evitar alertar a los criminales de Innsmouth, sino también porque… algunos… podrían verla como una violación de los derechos Constitucionales. Jamás ha llegado a declararse la ley marcial federal en toda una ciudad, pero el gobierno cree que no queda alternativa.

»Por tanto, antes de poder seguir hablando debo pedirles que firmen estos documentos. Son Juramentos de Secreto, y les obligan a no revelar jamás ninguno de los acontecimientos que presencien o en los que tomen parte durante los días siguientes.

»Si lo desean pueden no firmarlos y en tal caso serán escoltados a unos alojamientos en el sótano del edificio. Según la ley, podemos retenerles durante un máximo de 72 horas sin presentar cargos o llevar a cabo una detención. No deseamos molestarles pero, debido al secreto necesario para esta operación es esencial que mantengamos la seguridad. Se tendrán en cuenta sus necesidades y se hará todo lo posible para que estén cómodos.

»Si firman, además de pasar a formar parte de la redada como “Asesores Civiles Especiales” o “ACE”, el gobierno les obsequiará con una gratificación de 2000$, les serán saneados sus historiales criminales y… dispondrán de un buen amigo en el Departamento de Justicia.

»El gobierno precisa de su ayuda dada su experiencia  ya que, al parecer, ustedes saben tanto o más de la ciudad de Innsmouth que lo que nosotros hemos sido capaces de averiguar. Queremos que cada uno de ustedes acompañe a un grupo diferente de los que van a participar en la redada, actuando como asesores y expertos. Entraran en la ciudad, se verán envueltos en las operaciones y estarán a las órdenes de oficiales militares. Deben comprender que la participación implicará cierto riesgo personal porque esperamos cierta resistencia armada.

»Así pues, ¿están dispuestos a ayudar a su gobierno?

Huida de Innstmouth (61) Epílogo: Texas… ocho años más tarde

En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas, una camioneta conduce entre sus calles invadidas por torbellinos de arena y plantas rodadoras, tras un par de giros, el conductor aparca frente a un colegio. La puerta se abre y de la camioneta se bajan dos niños de unos seis años, una pareja de gemelos  de cabello rubio y grandes ojos azules.

Les sigue una preciosa niña, de cuatro años, con dos trenzas morenas y abrazada a sus libros del colegio.

—Adiós, pequeñajos —se despide su padre, Brian Burnham, el Finn que robaba coches, que fue tendero en Innsmouth, que intentó robar el Libro de Dagon de la caja fuerte de Thomas Waite, que estuvo retenido en la cárcel de Innsmouth, cerca del Samhain, esa época en la que desparecía gente en el pueblo maldito… y que ahora es un padre de familia que trabaja de cowboy en un rancho cercano—. ¡Warren, eres el mayor! ¡Cuida de tu hermanos!

—¡Pero si somos gemelos! —se quejó Ezra.

—Ya, pero yo nací cinco minutos antes que tú y soy más mayor.

Mientras los hermanos se adentraban en el patio del colegio, la pequeña niña de las trenzas se volvió y correteó hasta la camioneta.

—¡Papá, papá, papá!

—¿Qué te pasa, pequeña Ann-Patrice?

—¿Mamá vendrá a cenar con nosotros esta noche?

La sonrisa de Brian se congeló en su rostro. El muchacho que huyó de Innsmouth ahora es un hombre mucho más delgado, con unas oscuras ojeras bajo sus apagados ojos azules y su peculiar cabello rubio, estaba cada vez más quebradizo… y tan canoso como la barba de tres días que se rascó con aire preocupado.

—Iré a verla esta mañana antes de ir al rancho… a ver cómo se encuentra, ¿vale, pequeña?

—¡Genial! —chilló la niña, subió al coche para propinarle un sonoro beso en la mejilla de su padre y volvió correteando hasta el colegio… Brian consiguió despedirse de su hija sin que le vieran llorar.

Mientras volvía hasta la pequeña granja que tenían a las afueras de la ciudad, se dejó llevar y lloró con un llanto desgarrado, echando afuera todo el dolor que tenía que contener todos los días.

Cuando aparcó la camioneta frente a la granja, se recompuso. Entró por la puerta trasera, que daba a la cocina, lanzó un vistazo a la pila de platos y cacharros que tenía que fregar y resopló disgustado. Preparó unas gachas con leche y mucho azúcar y subió escaleras arriba… hasta el ático.

La puerta del ático estaba cerrada con un monstruoso candado y a su lado había un rifle de cerrojo del calibre 30.06. Brian suspiró, dejó las gachas en el suelo, cogió el rifle y comprobó que estaba cargado. Sacó las llaves del bolsillo, abrió el candado y la puerta.

Ella se había quitado la mordaza.

—No voy a matarte, Brian —gorgoteó la voz de lo que fue Ruth Billingham—. Antes destriparé a la niñita y te haré verlo.

Aún a pesar que el sol de justicia de Texas bañaba la casa con toda su furia, el cuarto estaba a oscuras. En la cama, tumbada boca arriba, atada con correas, estaba su mujer, Ruth, sólo que ya no era la preciosa veinteañera de grandes ojos negros que había salvado de Innsmouth. Su piel estaba reseca, escamada, sus ojos habían perdido los párpados, y cada día la esclerótica estaba cada vez más negra. Su boca se había ensanchado, los labios se habían encogido y los dientes eran cada día más puntiagudo, más afilados… y más largos. Sus manos delicadas se había atrofiado en garras de uñas negras y dedos palmeados.

Pero lo peor era la voz. Lo que decía su voz.

—Y voy a degollar a los niñitos, Brian. Voy a beberme su sangre. Y luego me los comeré. Crudos.

Tras el parto de los gemelos, Ruth había comenzado a cambiar, pequeños cambios de actitud, pequeñas fluctuaciones en el comportamiento… nada destacable. Pero la llegada de la pequeña Ann-Patrice la desmoronó. Cada día era menos Ruth y más…

Más un profundo.

—Tenderé sus cuerpecitos en un altar y les cortaré sus cuellos en honor al gran Cthulhu, ¿me oyes, Brian? Los sacrificaré para regocijo de Dagon e  Hidra. Me bañaré en su sangre. Y te haré mirar, ¿me oyes, querido? ¿Me escuchas, mi amor? A ti nunca te haré daño. No. Nunca. Eres mío y yo soy tuya. Pero a tus pequeños retoños los voy a desmembrar poco a poco. Les oiremos gritar juntos ¿Me oyes? ¿Me oyes?

Brian tembló, notando como algo dentro de él se rompía en pedazos. No sería capaz de dispararla. No sería capaz. Se colgó el rifle al hombro y recogió el tazón de gachas. Con mucho azúcar.

Cómo a Ruth le gustaban.

Foto encontrada en fotosearch.es
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