MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

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Huida de Innsmouth (60): El último Amanecer de los Finns

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Los Finns vieron el amanecer desde el islote que se alzaba en medio del río Miskatonic, el islote en el que el Incidente los separó hace ocho largos años, y en el que ahora se volvieron a unir todos, por última vez.

Patry O’Connel besó en la boca a todos sus amigos, incluidos un abochornado Jacob O’Neil “¡Que me voy a casar, Patry!”, un envalentonado Angus Lancaster “¡Oh, qué demonios! ¡Por los viejos tiempos de indecisión!” y una sorprendida Annie O’Carolan “¿Pero qué demoni…? No ¡Patry, ni se te ocurra! ¡No!”

Colin O’Bannon se relajó durante casi una hora. Casi una hora en la que no estuvo buscando enemigos en las sombras y se permitió bromear con las heroicidades de Angus, la puntería de Jacob, las salidas de tono de Patry y las habilidades de Liam al volante.

Liam McMurdo se sacó una petaca con un buen whisky irlandés, del que bebieron todos, mientras le abrazaban, palmeaban en la espalda y le alababan por su manera de conducir.

Jacob O’Neil y Greg Pendergast se fueron a un lado durante unos minutos, tiempo en el que el reportero le explicó cómo había encontrado la placa de policía que había pertenecido a Bill Forbes.

Thomas Connery consiguió hacer reír a los Finns con las andanzas de un profundo con bombín.

Annie O’Carolan se abrazó a Brian Burnham. Un abrazo más largo que el resto de abrazos que los Finns intercambiaron los unos con los otros. Un abrazo en el que hubo una despedida.

Y Angus Lancaster sacó unos minutos para ir hasta el teléfono público más cercano y hacer unas llamadas.

Cuando volvió, sonreía.

—¿Ya nos has vuelto a vender a la bofia, Lancaster? —siseó Colin, en broma, pero con cierto veneno en su afilada lengua. Angus le mostró el dedo medio.

Brian casi no se separaba de Ruth… la preciosa hija de Warren Billingham había comenzado a salir del shock en el que había estado enjaulada toda la noche y hablaba con voz baja a su enamorado y les dirigía bonitas sonrisas a los amigos que les habían sacado del pueblo maldito.

—Nop… de hecho, he hablado con unos cuantos contactos, de esos que consiguen cosas —dijo Angus al tiempo que palmeaba el hombro de Brian—. Cómo un par de carnets de conducir falsos y una bonita casa en medio del oeste de Texas. Muy lejos del mar.

Brian se abrazó a sus amigos. A todos. Les dio las gracias mil veces. Rió, bromeó, chapurreó en gaélico y lloró. Brindaron por todo. Brindaron por Warren Billingham, por Ezra Blank, por Cillian O’Connel…

El primero en irse de Arkham fue el propio Brian. Le hizo un puente al Dusemberg J, del hijo del juez Randall, y con ese gran coche, Ruth y él huyeron hasta Boston, donde les esperaban los contactos de Angus. Durante los primeros años mandaría, desde Texas, postales y cartas a las direcciones postales de los Finns, narrándoles sus peripecias para adaptarse a su nuevo hogar, informándoles de su nuevo trabajo cómo mozo de cuadras para un ganadero, y cómo acabó siendo todo un cowboy. De la simple, y casi secreta, boda con Ruth Billingham y de los nacimientos de sus primeros hijos: Los gemelos Cillian y Warren, y la pequeña Annie Burnham.

Y luego, casi ocho años después, dejó de escribir…

Pero, para entonces, varios Finns habían dejado de recibir sus cartas porque…

… nunca volvieron a sus direcciones postales para poder recogerlas.

La última Foto de los Finns (un montaje hecho por Bea, alias
La última Foto de los Finns (un montaje hecho por Bea, alias “Thomas Connery”)

Huida de Innsmouth(45): Preparando la Distracción

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Greg Pendergast estaba al volante del coche de Jacob O’Neil, un Ford T bastante bien cuidado, pero cuyo motor parecía una bestia rugiendo en lo profundo de una cueva. La medianoche había caído hacía unas horas, Innsmouth dormía envuelta en una densa oscuridad.

Parecía una ciudad muerta, abandonada, olvidada por la humanidad.

Antes de dividirse en tres grupos, los Finns se habían reunido en el islote donde ocurrió el Incidente. Se habían abrazado, habían entonado canciones irlandesas y habían compartido sorbos de una pequeña petaca de whisky irlandés que había traído Angus. Se habían hecho una foto con la cámara de Greg.

Y había partido hacia el pueblo maldito.

Greg había conducido, rodeando Innsmouth por el oeste, hasta internarse en el pueblo por las calles perpendiculares a la ribera del Manuxet. Docenas de almacenes abandonados les esperaban y había optado por uno cercano a la abandonada estación de ferrocarril.

Greg conducía, Thomas Connery pondría tres cartuchos de dinamita junto a una carga explosiva y Annie O’Carolan se mancharía las manos, rociando de gasolina y queroseno todo el almacén.

Y ahí estaba Greg, sentado al volante, esperando a que la bibliotecaria y el infante de marina volvieran hasta el coche, atento a cualquier indicio que pudiera descubrirles y dar la voz de alarma en el poblado.

Fue entonces cuando lo… percibió.

El almacén era una caja cúbica que se erguía encima del cochambroso puerto que invadía la ribera, sobre el fango del río Manuxet. Greg podía ver las aguas del Manuxet, negras, oleosas como brea, deslizándose bajo los muelles.

Arrastrándose.

Burbujeando.

Respirando.

Trepando por las vigas del muelle…

Estuvo tentado de gritar. De salir del coche y llamar a sus amigos, para que salieran de allí cuanto antes. De apretar el claxon del Ford T, ignorando el subterfugio.

Pero Annie y Thomas salieron del almacén en ese preciso momento. Thomas desenrollaba el cable con el detonador bajo el brazo. Annie llevaba desenfundada la Luger P08, lanzando rápidas miradas a todas partes. Ambos llegaron hasta el coche en dos latidos, pero a Greg le pareció una maldita eternidad.

—¿Qué  te pasa? —preguntó Annie al entrar por la puerta del copiloto.

—Creo que he visto algo… bajo el almacén.

—¿Algo que burbujea y se arrastra?—ronroneó Annie con sorna.

—Sí—contestó Greg. Sus ojos muy abiertos, se clavaron en los muy abiertos ojos de Annie.

Thomas se metió en el coche por la puerta trasera, soltó algo de cable y comenzó a manipular el detonador.

—¿Te falta mucho? —preguntó Greg, nervioso, intentando ver lo que fuera que se estaba arrastrando bajo el almacén.

—Lo que necesite.

—Hay algo burbujeando cerca del almacén que hemos minado, Thomas —dijo Annie con una aterrada mirada sobre el almacén—. Así que te pediría que fueras más rápido en lo que necesites.

Thomas lanzó una rápida mirada hacia el almacén. Muy rápida. Volvió a centrarse en el detonador: comprobó que los cables estaban en posición, preparó la palanca, la encajonó, se cubrió con la puerta y miró a sus amigos.

—¿Preparados?

Greg y Annie asintieron antes de encogerse en sus asientos.

Thomas asintió y accionó la palanca.

Y no pasó nada.

Huida de Innsmouth(43): Salvar a Brian

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Angus Lancaster (Arquitecto)                      –              Garrido

Los ocho Finns se reunieron en el islote del río Miskatonic, el islote donde la navaja de Cillian O’Connel se clavó entre las costillas del universitario Biff Williams hace ocho largos años. Navaja que Cillian juró y perjuró que no clavó él.

La noche había cubierto el mundo, blancas y pequeñas estrellas brillaban en el manto de oscuridad mientras las figuras de los ochos amigos de Brian Burnham formaban un círculo bajo el resplandor de los faros de los vehículos.

—La tal Ruth Billingham seduce a Brian —concretó Annie O’Carolan, escupiendo el nombre de Ruth como si fuese veneno—. Y le convenció para asaltar el Bazar de Waite y robar su tesoro que resultó ser un libro… un libro que conociendo el pasado de los Waite puede que sería como los que encontrasteis en la mansión Babson…

—¿Caro? —siseó Colin O’Bannon.

—Raro —Annie y Colin se fulminaron con las miradas, y la “bibliotecaria” continuó—.Brian fue detenido por el subcomisario Nathan Birch, el agente Elliot Ropes y el acólito Marsh. Y sabemos que Elliot Ropes lo vigila. Así que sabemos algo… Brian está vivo.

Más de uno soltó un suspiro de alivio ante la buena noticia.

—Ahora el problema que surge es saber donde lo retienen.

—¿La Orden Esotérica de Dagon? —comentó Greg Pendergast—. Ese sitio parece una fortaleza.

—Es una fortaleza —comentó Angus Lancaster—. Es una viejo templo masónico, tenían esa intención, proteger lo que ocurría dentro. Pero, cómo todo templo masónico, tendrá puertas secretas. Si pudiera acercarme a la fachada del edificio podría buscar algún grabado que me diese pistas de esas entradas ocultas.

—¿Cómo sabes tú tanto de masones? —preguntó Greg intrigado.

—Se de arquitectura —contestó Angus.

—Quizá no lo retengan allí, sería como… muy evidente ¿no? —aventuró Patry—, quizá el gigantón lo tiene en su casa, o en alguna casa abandonada que usen para secuestros o contrabando.

—¿Los contrabandistas de alcohol? —preguntó Jacob O’Neil—. Cada vez me parece más un cuento chino para mantener a la gente alejada de la ciudad, no… tengo una teoría, pero quizá sea muy descabellada.

—No te hagas el interesante y canta —espetó Colin.

—La comisaria estaba cerrada —dijo Jacob ignorando las pullas de Colin. Los Finns le miraron expectantes—. Nunca se cierran las comisarias. Bueno sí, a veces, pero entonces no hay nadie dentro, y cuando fuimos estaba el mismísimo comisario. Y mientras Annie y yo, seguíamos al tipo de las gafas, fue hasta allí y llamó a la puerta para que nos siguiera el agente Zebediah Marsh. La comisaría seguía cerrada.

—Y tienen celdas para mantener a un prisionero —dijo Liam McMurdo—. Y a ver quién es el guapo que entra por las malas.

—Nosotros —respondió Thomas Connery. Los Finns se volvieron hacia su amigo que tenía la vista perdida en las malas hierbas que llenaban el islote—. Mañana por la noche.

—¿Y cómo pretendes asaltar una comisaria? —preguntó Annie.

—Por no mencionar que es un flagrante delito—comenzó Jacob.

—A tomar por culo lo legal y lo ilegal —gruñó Colin sin apartar la vista de Thomas—. ¿Qué tienes en mente?

—Una distracción —comenzó Thomas—. Incendiaremos un edificio abandonado, movilizaremos al pueblo y a las “fuerzas del orden”. Aprovechando que estarán ocupados con el incendio irrumpiremos en la comisaría, la registraremos…

—¿Y si no hay nadie allí? —preguntó Greg.

—Buscaremos a Nathan Birch, a Elliot Ropes o al acólito Marsh… y les sonsacaremos dónde retienen a nuestro amigo.

Jacob se puso tenso.

—¿Cómo pretendes…?

—Tú no te preocupes de eso, Jacob —siseó Colin— Ya me mancharé yo las manos por los dos. Esta tarde Angus y yo estuvimos haciendo una ruta turística por Innsmouth y vimos varios edificios que podrían servir para la distracción.

—La Mansión Marsh —comenzó Angus.

—¿En serio? —espetó Liam—. ¿Y por qué no quemamos la Orden Esotérica, ya de paso?

—Había un tanque de agua, la gasolinera… el edificio de los bomberos…

—Queremos distraerles, Angus —dijo Greg—. No incendiar el pueblo.

—Además hay gente decente en Innsmouth —terció Annie—. Los Mowry… el amiguito de Patry, el tabernero alemán…

—Yo no diría que el tabernero fuera decente, pero no es mala persona—contestó Patry—. Creo que entiendo a Angus, quiere quemar algo importante, porque si quedamos una casa abandonada lo mismo no va nadie a evitarlo.

—¡Eso mismo! Podríamos incendiar el Asilo de  Pobres.

—¡Eso no lo haría un Finn! —estalló Liam

—¿Qué esperabas? —preguntó Colin—, Angus nunca fue un Finn.

Angus estalló. Corrieron improperios entre él, Colin, Liam y Jacob hasta que Thomas saltó sobre el capó del coche de Liam y soltó un silbido. Todos los Finns le miraron entre sorprendidos y avergonzados.

—¡Tenemos que salvar a nuestro amigo! —dijo en gaélico. Un gaélico oxidado por la falta de uso, un gaélico que creía tener abandonado. Un gaélico que llenó de un fulgor esmeralda los corazones de sus amigos—. Patry y yo estuvimos por los almacenes cercanos al río. Están vacios. Abandonados. Y si se incendia uno, se incendiarán todos. Medio pueblo correrá para evitar que las llamas se propaguen.

Thomas hizo una pausa, comprobando como su idea se asentaba en las de sus amigos, sus compañeros, sus camaradas de armas, los únicos y verdaderos.

—Y entonces salvaremos a Brian.

El silencio, potente y cargado de electricidad, de tensión y valor, se rompió cuando Liam se aclaró la garganta.

—Estupendo… y ahora bájate de mi coche, que me vas a abollar el capó.

Huida de Innsmouth(27): De una cama de hospital, un puñado de libros y dos contactos

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Los Finns estaban reunidos alrededor de la cama en la que estaba postrado Greg Pendergast. Jacob O’Neil y Colin O’Bannon habían bajado en coche hasta el hospital de Arkham donde habían ingresado al fotorreportero, herido de bala, con la excusa de que le habían intentado atracar en Innsmouth.

―Normal, ¿qué esperaban yendo a ese lugar inmundo? ―repuso la indignada enfermera.

Mientras Jacob conseguía convencer a los policías que vinieron a tomar declaración, Colin volvió a Innsmouth donde avisó al resto de la cuadrilla de lo sucedido. Haciendo una parada antes en el despacho de Ralsa Marsh.

Una vez congregados en la habitación de Greg, esperaron a que este saliera del sopor de la morfina, dando tiempo a Liam McMurdo a regresar de la visita a su sobrina.

―¿¡Qué le disparaste!? ―le gritó Liam a Jacob.

―No le disparé. Fallé y… estaba petrificado en medio del ángulo de tiro y…

―Eres un manazas y ya está, Jacob ―siseó Colin que miraba por encima del hombro de Annie O’Carolan, que a su vez, ojeaba los catorce tomos que habían sacado de la biblioteca. La chica estaba eufórica, pero no daba muestras de ello, simplemente pasaba las páginas de algunos tomos, los olía, asentía y murmuraba palabras para si misma.

―¿Qué hicisteis con el cuerpo? ―preguntó Thomas Connery.

―Lo devolvimos al pozo del que salió―comenzó Colin―. Cerramos la tapa y de haber tenido dinamita la habríamos volado.

Patry O’Connell se tensó al oír el tema de los explosivos. Liam también, pero porque la sola mención del fuego le produjo escalofríos.

―O quizá mejor no ―continuó Colin―. A ver como explico después al tal Ralsa Marsh que he dinamitado los cimientos de la propiedad que le acabo de vender.

―¿Sacaste tajada por la casa? ―preguntó Patry.

―Ochocientos dólares al contado ―asintió Colin―. Aunque el tipo al que le gané los papeles los apostó por valor de dos mil dólares. Pero más vale pájaro en mano, que una casa que cría ranas gigantes y parlantes.

―Con vuestro permiso y sin ofendero… pero lo de la rana… es que no me lo termino de creer ―dijo Liam―. ¿No os asustaríais al ver salir al niño de allí? Puede ser que estuviera muy afectado por la marca de Innsmouth y…

―No era un niño ―murmuró Greg. Intentó sonreír pero solo consiguió dibujar una mueca en su pálido rostro.

Los Finns se acercaron a él, estrechándole la mano, apretándole el hombro sano y Patry le plantó un beso de carmín rojo en la mejilla.

―A saber a quién has besado con esos labios―bromeó Greg.

―A un chico muy feo, pero muy locuaz ―contestó mordaz Patry.

―Se ligó a Ezra Blanks, el compañero de trabajo de Brian ―comenzó Thomas―. Por lo visto creen que a Brian lo secuestró la Orden Esotérica de Dagon, una especie de secta que controla todo el pueblo.

―Los Marsh controlan el pueblo ―dijo Annie sin dejar de analizar uno de los libros. El más grueso, el más grande. Encuadernado en un cuero extraño, húmedo, el interior estaba lleno de sucios folios y papiros cargados de anotaciones en por lo menos cinco idiomas… y todo el texto estaba escrito en un alfabeto retorcido y antinatural.

―Según mi contacto, un tipo que vive en el pueblo―comenzó Patry con una lengua llena de veneno―.La Orden Esotérica de Dagón, controla Innsmouth,

―Según mi contacto, un escritor de fama mundial que se dedica a desmantelar sectas sanguinarias desde la India hasta el Amazonas ―comenzó Annie sin cortarse en resultar todo lo pedante que pudiera―, y que está investigando la ciudad, los Marsh lo controlan todo. Hay miembros de la familia Marsh en todos los estamentos importantes: La policía, el gobierno municipal, las industrias… y en la orden esotérica.

Annie extrajo su libreta y donde había apuntado todos los detalles que Jackson Elias le había facilitado, incluyendo algunos episodios de la historia de Innsmouth que se encerraban en las páginas del diario extinto, el “Innsmouth Courier”, Jacob tomó la libreta y comenzó a apuntar en la suya parte de esa información.

―¿Y no te lo has tenido que follar para que te dijera todo eso? ―siseó Patry.

―No, cariño ―contestó Annie arrugando la nariz―, sólo le he dado mi dirección para que me escriba.

―¡Qué romántico! ―contestó Patry con sarcasmo.

―¡Basta de puyas! ―cortó Jacob―. ¿Qué nos puedes decir de los libros Annie?

―Son libros de ciencias ocultas ―contestó Annie con tono aburrido―. Brujería, bestiarios, prácticas satánicas y demás temas similares. Estos de aquí son bastante habituales en cualquier librería ocultista, pero estos tres son bastante más difíciles de encontrar. Y este grandote no lo había visto nunca…

―¿De qué hablan? ―preguntó Greg.

―No los he estudiado, Greg. Los conozco de oídas, por catálogos o…

―Los conoces. Sabrás algo de ellos.

―Pues sí, que versan sobre brujería, bestiarios, prácticas satánicas…

―No te andes por las ramas y concreta.

―¿Qué quieres que concrete?

―¡Pues lo que sea que te estés escondiendo! ―gritó Greg.

―¿¡Cómo qué me estoy escondiendo algo!? ―chilló Annie―. ¿¡Quieres qué te haga un análisis de cada libro, Greg!? ¿¡Es eso lo qué quieres!? ¡Muy bien! Aquí tenemos La Damonialitate, escrito por el inquisidor Lovodico María Sinistrani en 1785, es un libro en cartoné, folio a una cuarta y, sin haberle hecho las pruebas pertinentes, podría asegurar que es original. Y en él, ¡el inquisidor habla de los tratos sexuales entre los humanos y el Diablo y su progenie!

Annie arrojó el libro al suelo, derribando la columna que había formado con los primeros diez tomos, más habituales en las bibliotecas ocultistas.

―Este es el Discourse Des Sorciers, el Discurso de los Brujas en francés, de Henry Boguet, 1608, folio a una cuarta, en cartoné. El bueno de Henry  era un juez de Borgoña que estranguló, torturó y quemó a más de 40 mujeres y niños en sus casos de brujería.

»Este más pequeño, en rústica, está en folio a una octava, se llama Fischbuch, que viene del alemán gótico y significa “Libro de los Peces”, y lo escribió Konrad von Gerner un ocultista que aseguraba haber tenido encuentros carnales con sirenas.

»¿Te parece suficiente información o quieres más?

―Quiero toda la información que puedas darme de esos libros ―contestó Greg con los dientes apretados.

―¿Por qué? ¿Te van a decir estos libros dónde está Brian? ―y Annie arrojó el Fischbuch al pecho del reportero que gimoteó de dolor―­. ¿Te van a decir quién apuñaló a Biff Williams hace ocho años? ¿Qué te van a decir estos libros que sea tan importante?

Un silencio sepulcral devoró la habitación. Annie no quiso llorar delante de ellos, se negó a que la vieran verter una sola lágrima. Ella ya no era esa chica. El resto de la cuadrilla apartaban la vista buscando algo que decir, algo que apuntar…

―¿Cuánto queda para Samhain? ―espetó Patry. La muchacha cayó en la cuenta de que lo había dicho en voz alta, cuando en realidad lo estaba pensando. Todos los Finns se volvieron para mirarla.

―Ocho, no, nueve días, ¿por qué? ―dijo Jacob algo aturdido.

―Porque, no se que le diría a Annie su contacto, ni que pondrá en los libros de Colin, pero Ezra Blank me dijo que pasaban cosas muy malas en Innsmouth cuando llegaba Samhein.

Los Finns se miraron. Ahora además de descubrir que había pasado con Brian Burnham, tenían que descubrirlo en menos de nueve días.

Huida de Innsmouth(7): Intuición de Hermana Pequeña

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

—¿Qué os parece si traigo algo de beber? –preguntó Margie, intentando calmar los ánimos y que la situación no se saliera de madre.

Todo había comenzado bastante bien. Los Finns se habían reunido, se habían abrazado, sonreían, bromeaban y recordaban los buenos tiempos, mientras Margie cerraba puertas y bajaba cortinas, dándoles intimidad.

Hasta que alguien dijo:

—¿Quién falta? ¿Angus Lancaster?

—Siempre he pensado que Angus perdía aceite —espetó Patry O’Connell sin venir a cuento.

—Muy sutil, querida —dijo Annie riendo.

—Es capaz de no venir—comentó Jacob O’Neal con cierta tristeza—. Angus jugaba a ser un Finn pero… no lo sentía. No podías confiar en él.

—Y en el sargento O’Neal, siempre puedes confiar, ¿verdad?—espetó Colin O’Bannon con un sarcasmo lleno de veneno— ¿Toda la vida corriendo de los polis y de repente te vuelves uno de ellos, Jacob? ¿En serio? ¿EN SERIO?

—Se llama madurar, O’Bannon.

—¡Se llama una mierda! —Colin no sería ni el más alto, ni el más fuerte, pero sus palabras estaban cargadas de una rabia agresiva, hirviente. Una rabia contagiosa—. ¡La bofia nos enchironó! ¿Detuvieron a los chicos de la Universidad? ¡No! ¡Detuvieron a los irlandeses de mierda! ¡Y luego hicieron que alguno de nosotros cantara su canción! ¡Que mintiera y dijera que Cillian O’Connel comenzó la pelea!

—Ya, ¿y a mí que me cuentas, Colin?

—Bueno —comenzó Greg Pendergast con voz sibilina—. Te largaste de Arkham con el rabo entre las piernas según saliste del reformatorio y… ocho años después vuelves convertido en policía.

—Y tú eres periodista.  Annie es bibliotecaria, Thomas es infante de marina…

—Una beca en baseball, una carrera universitaria y un patriota —respondió Greg rápidamente—. ¿Tú a quién se la chupaste para entrar en la poli, Jacob? Porque con tus antecedentes…

—Y comprometido con una chica guapa—apostilló Colin—. Parece que te ha ido bastante bien, Jacob.

—Qué os jodan —espetó Jacob congestionado—. ¡A los dos! No sabéis toda la mierda que he tragado para llegar hasta donde he llegado… ¡Todo lo que he trabajado…!

—¿A quién has vendido por el camino, O’Neal? —gruño Colin.

—¿O a quién has abandonado? —siseó Greg.

—Tampoco te las des de listo, Pendergast —terció Colin—. Siempre fuiste un bocazas, así que bien que pudiste largar algo a la bofia.

—¡Yo nunca dije nada!

—Ná, que va… nadie dijo nada… nunca… Pero acabamos en la trena y Cillian…

—Cillian era mi hermano —sentenció Patry con la mirada perdida en la mesa y los dientes apretados—. Y está muerto. Así que dejad de usarlo como un arma arrojadiza.

—¡Lo que pasó ese día…! —comenzó Colin.

—¿Qué os parece si traigo algo de beber? –preguntó Margie, intentando calmar los ánimos y que la situación no se saliera de madre.

Todos la miraron. Había sonrisas en todas esas miradas. Incluso en la de Colin, cuya rabia pareció evaporarse.

—Yo querría un té, por favor —pidió Annie O’Carolan.

—Yo un vaso de leche —pidió Liam McMurdo que se había mantenido silencioso durante toda la discusión, pero con la mirada fija en Patry O’Connell.

—Por supuesto, paga la casa, chicos —informó Margie.

—Coño, pues pon un batido de chocolate.

—Que arriesgado, Liam —se burló Patry—. Café, cariño. Con mucho azúcar.

—Yo me apunto al café —dijo Jacob.

—Tráenos una cafetera y nos serviremos, Margie.

—¿Tienes algo más fuerte que el café, Margie? —preguntó Colin.

—¿Zarzaparrilla?

—Me apañaré. Soñaba con buen whisky irlandés, pero… —miró de reojo a Jacob que resopló indignado.

Margie se internó en la cocina y Thomas se decidió a tomar la palabra.

—El Incidente pasó hace ocho años. A todos nos marcó de una forma u otra —Thomas les dio un segundo para pensar e incluso se lo concedió a si mismo. Un segundo para reflexionar. No necesitaba mucho más—. Pero hemos venido aquí. Por Brian. Porque está en peligro. Y pasara lo que pasase, aún somos amigos. Aún somos Finns. Porque si no… no habríamos venido… así que, ¿qué os parece si hacemos las paces? ¿O una tregua? Por Brian.

Nadie llegó a contestar. Margie apareció con una gran bandeja atiborrada de las bebidas y el Incidente pareció quedar atrás, sobre todo ante la nueva noticia que traía Margie.

La muchacha traía un periódico. El Arkham Adversiter de ese día. Annie O’Carolan lo leyó con voz clara y serena.

Innsmouth Noticia 2

Un pesado silencio invadió la cafetería Pickman. Margie se levantó, cogió un par de servilletas y se enjugó las lágrimas.

—¿Pero alguno se cree esta mierda? —espetó Colin.

—Esto demuestra la veracidad de las fuerzas de la ley y orden—comenzó Greg, mirando de reojo a Jacob.

—Brian no robaría en su propia tienda —dijo Liam McMurdo.

—¿Y cómo estás tan seguro? —siseó Annie—. Hace ocho años Brian y tú jugabais a ver quien le hacía el puente a un coche antes.

—No cagues en tu cocina —espetó Liam—. Era uno de los consejos del padre de Colin. ¡Brian no es tan tonto como para robar en su propia tienda!

—Margie —cortó Jacob con voz profunda—, ¿Brian había vuelto a las andadas? ¿A robar coches, tiendas…?

—¡No! —espetó Margie.— Desde… el Incidente, Brian se volvió… legal. Estuvo trabajando duro. De mozo de almacén en el Colmado de Benson a de vendedor en Woolworth. Y luego en el First National Grocery de Arkham. Su jefe, el señor Anderson, le tenía en mucha estima y cuando los jefazo del FNG le informaron que iban a abrir una tienda en Innsmouth, Anderson pidió voluntarios… y Brian se ofreció.

—Pero… ¿cómo se le ocurre ir a Innsmouth? —preguntó Patry—. Todos sabemos que esa ciudad está… mal.

—Le propusieron ser jefe de tienda… con veinticuatro años —continuó Margie—. Somos ocho hermanos y mis padres llevan toda la vida trabajando. Brian nos ayudaba con su sueldo. Mucho. Además, unos amigos de la iglesia de mis padres tenían una habitación libre en Ipswich… como a media hora de Innsmouth en bicicleta… Brian no tendría ni que dormir en esa ciudad, solo ir allí a trabajar.

—¿Le daba igual todo lo referente a la Marca de Innsmouth? —preguntó Patry.

Cualquiera que viviera cerca de Innsmouth sabía lo de la Marca. No era extraño encontrarse con algún tipo de Innsmouth en el valle del Miskatonic. Los Finns recordaban a un chico que se apellidaba Marsh (todos los Marsh son de Innsmouths, eso lo sabe cualquiera) que era feucho, con los ojos saltones, la boca muy grande y que olía como a pescado. La leyenda hablaba de una epidemia traída por los marineros que confraternizaron con nativas de unas islas en los mares del sur, y que dejó a todo el pueblo marcado.

—Brian decía que era un cuento —contestó Margie—. Que había gente fea, sí, pero que no todos estaban marcados. Y no todos eran mala gente como se dice. Hablaba muy bien de sus compañeros de trabajo.

—¿Cómo se llamaban? —preguntó Jacob sacando una libre y un lápiz. Annie O’Carolan y Greg Pendergast también apuntaban.

—Sangra Mowry… y un chico, el mozo de almacén. Ezra, creo que se llamaba. Ezra Blank.

—¿Habías notado algo raro en Brian estas últimas semanas?

—¿Qué profesional, Sargento O’Neal?

—Greg, por favor —pidió Thomas.

Margie abrió la boca, pero negó con la cabeza. Thomas se acercó a ella.

—Margie…

—Es una tontería.

—Puede que sí, puede que no.

—Había una chica, ¿verdad? —preguntó Annie O’Carolan. Sus ojos oscuros penetraban a Margie. Todos la miraron, preocupados, pero Annie sonreía beatíficamente, tranquila, sosegada, ajena.

Margie la miró. Se encogió de hombros.

—No lo sé. Nunca lo dijo. Llamadlo intuición de hermana pequeña pero, la última vez que hablamos, tenía ese tono de voz… ñoño y soñador… Ya sabéis como era… Un romántico incurable –Margie se mordisqueó nerviosa una uña—. ¡Ha pasado algo con la gente de Innsmouth! ¡Seguro! Esa gente no es de fiar y Brian ha debido de ver algo, hacer algo o… ligar con quien no debía. Pero no lo que dicen los periódicos. Eso no me lo creo. No se iría, así, sin avisar, sin llamar.

Margie tragó la espesa y amarga saliva que se le atoraba en la garganta, pero el nudo no se deshacía. Miró fijamente a los adultos que hace años eran los chicos mayores de su instituto, la pandilla que aterrorizaba a Arkham y a la que adoraba como se adoran a las estrellas de cine. Los amigos de su hermano. Contuvo las lágrimas, pero sus enormes ojos azules brillaron con intensidad.

— Sé, que hace mucho que no os veis… que el Incidente os… hizo daño. Pero por favor, por favor, por vuestra vieja amistad. Encontrad a Brian. Por favor.

Huida de Innsmouth(3): El Incidente

La pandilla de adolescentes “Los Finns” eran los reyes de Arkham.

Cometían todo tipo de pequeñas tropelías y legendarias gamberradas por la ciudad: robaban dos o tres coches a la semana, hacían recados a la mafia de Danny O’Bannon, traficaban con tabaco, cerveza, revistas pornográficas en todos los colegios e institutos de la ciudad, y mantenían a raya a los chicos italianos de French Hill o a los del clan de los hermanos McCogan.; aunque nunca se les detuvo, más de un agente les dio una buena colleja y un toque de atención.

Hasta el Incidente.

Una noche de finales de junio, finalizado el curso escolar y a un verano de comenzar los estudios universitarios (quien pudiera), robaron un par de coches y se dedicaron a hacer carreras por la carretera que va de Arkham a Kingsport.

Durante el juego, mientras bebían, bromeaban y fumaban, casi colisionan contra un deslumbrante deportivo rojo cuyo dueño, un chulito que llevaba la sudadera de la universidad, juró venganza.

“Los Finns” continuaron la fiesta, una de esas fiestas que han de vivirse como si fuera la última porque todos tenían esa sensación de que una época importante en sus vidas llegaba a su fin.

Se hallaban en el islote que estaba en medio del río Miskatonic cuando el universitario del deportivo rojo y cuatro de sus amigos fueron a por “Los Finns”, armados con bates de baseball y buscando pelea.

Y  la encontraron.

Thomas Connery intentó parar la pelea antes de que comenzase pero fue el primero al que le partieron la cara. Angus Lancaster se interpuso entre las chicas y los universitarios, y no participaron, pero el resto de chicos se liaron a golpes. Jacob O’Neil, Liam McMurdo, Colin O’Bannon y Brian Burnham se enzarzaron cada uno con un universitario. Y Cillian O’Connell y Greg Pendergast se lanzaron sobre el líder de la cuadrilla.

Cillian O’Connell juró y perjuró que no había sido él, pero su navaja apareció hundida entre las costillas del universitario chulito, el de la sudadera.

Biff Williams, quaterback estrella de los Krakens de Arkham… Toda una celebridad en el pueblo e hijo de un banquero con contactos políticos.

La justicia y la injusticia cayeron con dureza sobre “los Finns”. Las penas variaron, desde algunos meses hasta años pero la estancia en el reformatorio les cambió a todos… sobre todo a Cillian O’Connel, que murió de pulmonía en prisión.

“Los Finns” no volvieron a juntarse nunca.

Hasta ahora.