MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: New York (24) ¿Pesadillas?

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

Angus se despertó gritando, empapado en un sudor frío y pegajoso. Le dolía la herida del costado y la boca le sabía a sangre. Greg, sentado en el incómodo camastro donde habían pasado la noche, levantó la vista de sus notas, preocupado.

—¿Pesadillas?

—Sí —reconoció Angus mientras se incorporaba en su camastro—. Contemplar a Jackson Elias destripado fue… Nadie debería morir así. Nadie. No es justo.

—Que concepto tan bonito —murmuró Greg mientras, lentamente, le daba una calada a un cigarrillo—. Pero la justicia está muy lejos de aquí, Angus.

Angus tanteó su bastón estoque, lo sacó un poco de su funda y contempló el color verdegris de su acero y negó con la cabeza.

—No creas, amigo. No lo creas.

—El veterinario nos traerá algo de comer en un rato—comentó Greg, cambiando de tema—. Mientras, he podido hacer un par de llamadas. La muerte de Elias es portada en varios periódicos por lo que la policía se pondrá a investigar en serio. El coche que Liam siguió ayer apareció en un descampado esta mañana. Lo habían robado el día antes. No tienen ni ideas, ni sospechosos.

—¿Deberíamos hacer una llamada anónima y darles la información del tipo del abrigo negro?

Greg se encogió de hombros.

—Dejamos los cadáveres de tres de los asesinos de Jackson Elias… Armados con machetes y garras de león… si no sacan alguna pista con eso, una llamada anónima no ayudará mucho —negó con la cabeza—. No, investiguemos un poco más. Por eso he llamado a Jonah Kengsinton, el editor de Elias… y el mío. Me ha reconocido algo que me estaba ocultando y es que hace un tiempo le llegó un paquete con las notas que Elias había ido tomando en referencia a esta investigación sobre la Expedición Carlyle. Algo tiene que haber ahí, porque esa investigación le ha costado la vida a Elias.

—¿Por qué nos ocultaba esa información?

—Ética —dijo entre calada y calada—. Elias y yo somos escritores y competidores ¿Y si le robo la idea? De no haber sido asesinado, Jonah no nos pasaría estos documentos. Ni de broma. Le he dicho que en cuanto los tenga salga de las oficinas de Prospero Press y que se esconda.

—¿Por qué?

—Cuando J.Edgar Hoover quiso encubrir el escándalo que iba a desatar mi libro me humilló y luego cargó contra Prospero Press… pero Jonah tiene nombre, es discreto y tiene buenos amigos. Pero los asesinos de Elias no son tan sutiles, no les importa la fama, ni las amistades. No creo que quieran dejar testigos.

Angus tosió y un latigazo de dolor subió desde las costillas. Se palpó la herida, pero el vendaje estaba limpio y prieto. Agradeció el vaso de agua que Greg le tendió.

—¿Y cómo vas a hacer para recogerlo? Tú no se, pero yo necesito otro día de descanso.

—Sí, sí. A mi tampoco me vendría mal, pero alguien tiene que…

La puerta del cuartito se abrió de improviso y la despampanante Madame Loconnelle hizo su entrada en escena.

—Salvadme —suplicó con voz dramática.

—¿Qué ocurre?

—Fui con Annie a Importaciones Emerson donde lo único que sacamos en claro es que Annie no sabe mentir y que el tal Silas N’Clane o McKawe o como se llame, trabaja en un sitio llamado la Casa del Ju-Ju… Y después, Annie me ha arrastrado a la Biblioteca de una universidad… Ha sido horrible, muchachos, horrible. Quería buscar información sobre un establecimiento público en la biblioteca, cuando yo he tardado cinco minutos en encontrar la dirección de ese sitio en una simple guía telefónica ¡Pero no ha terminado ahí! No. Se ha puesto a solicitar información sobre un libro que quería Jackson Elias, ha querido saber TODO sobre quién es el Dr. Anthony Cowles: sobre sus estudios, la beca que la universidad de Miskatonic le ha dado, que está divorciado, que tiene una hija y ¡bum! Resulta que han cambiado el día y la hora de la charla, y podremos asistir. ¡Yujuuuu! Y, para colmo, ha querido investigar sobre temas de antropología polinésica… antes de oír la jodida conferencia siquiera.

—Típico de Annie —comentó Greg sonriendo con nostalgia—, saberse la lección antes de que el maestro la impartiera.

—Greg, muchacho, a ti las mariposas te harán cosquillitas en el estómago en cuanto Annie abre esa boquita de piñón que tiene. Pero yo quería estrangularla. Literalmente. Con una cuerda de piano. Por favor, ¡es australiano! ¡Y antropólogo! ¿Qué hay de interesante en eso?

—¿Sabes lo qué es la antropología? —preguntó Angus.

—¡Pues claro que no! ¿Quién hay interesante que lo sepa?

Los chicos rieron. Angus se arrepintió en cuanto la herida comenzó a dolerle con cada espasmo involuntario.

—Así que has dejado a Annie en la biblioteca. Thomas, Jacob, Colin y Liam estarán descansado o vigilando el antro ese de Mabel la Gorda. No tienes nada que hacer, ¿verdad? —preguntó Greg.

—Había pensado en ir a mi piso y pintarme las uñas mientras me doy un baño de agua caliente a la luz de las velas… pero ya veo que venir a visitaros no ha sido lo más adecuado si quería un minuto de paz, ¿verdad?

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MdN: New York (22) En la consulta del Veterinario

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Liam McMurdo no conocía su nombre. Sólo sabía de él que por el día era veterinario en Queens, que nunca le había visto sin un cigarrillo a medio fumar colgando de la comisura de los labios, que le ofrecía sus trabajos nocturnos a cambio de una justa comisión y que atendía, muy discretamente, sin hacer preguntas, pero sacándose un pico por cada punto que pudiera coser.

Y a Greg Pendergast tuvo que ponerle muchos puntos.

La discreción era vital para el Veterinario, que tomó el fajo de billetes ensangrentados que le tendió Angus Lancaster y desapareció para dejar a los Finns hablar tranquilamente tras coser el navajazo de Colin, dejar Angus sedado e inyectar a Greg una generosa dosis de morfina.

Greg, amodorrado, comenzó a contarle a Liam cómo habían encontrado a Jackson Elias: mutilado, destripado, y marcado por esos sectarios de piel oscura, desnudos y con esos capuchones rojos.

—Tranquilo, Greg —aseveró Liam, apretándole la mano —, ¡se dónde están esos cabrones!

Dirigió una mirada febril a sus amigos.

—¡Yo digo de ir esta misma noche y  ponerles una bomba en el puto bar!

—Calmaaaaaaa—pidió Colin.

—¿Por qué no? —preguntó Thomas—. ¡Sabemos donde están! Qué Colin consiga unas Thompson de alguna oficina federal y…

—¿Y arrojamos un coche contra la entrada, con una mecha en el depósito de combustible, como distracción, antes de entrar a pecho descubierto y liarnos a tiros? —propuso Colin. Thomas y Liam asintieron —¡Es sarcasmo, coño! Tenemos a Greg y a Angus medio muertos, ¡tienen que descansar! Tú, lo que tienes que hacer, es contarnos cómo y porqué conoces a un veterinario que tiene clientes de dos patas…

—Eh, eh, eh… —se quejó Liam alzando las manos —, ¿te pregunto yo el color de los calzoncillos de J.Edgar?

—Ssssssssssh —les chistó Annie, con la vista fija en las pistas que había sacado de la habitación de Elias —Greg y Angus duermen. Dejad de discutir y centrémonos… ¿Qué tenemos?

—Alguien tendría que avisar de lo que ha pasado a Jacob y a Patry —informó Thomas.

Jacob O'Neil
A Jacob O’Neil aún le dura la resaca de su última borrachera

—Bien—asintió Colin—. Y cuando Greg se espabile tendrá que hablar con su editor, que también lo era de la víctima.

—Jackson Elias tenía dos cartas… una no es suya, es de un tal Faraz Najir, un egipcio que le vendía artefactos a Roger Carlyle a través de su agente de antigüedades, el tal Warren Bessart. La otra carta es de Jackson, estaba interesado en un libro: Sectas Oscuras de África. Se puso en contacto con la bibliotecaria de la Universidad de Nueva York para conseguirlo. Hay dos tarjetas de visita: Una es del director de la Fundación Penhew de Londres, un tal Edward Gavigan. La otra es de aquí, de Nueva York, Importaciones Emerson… —Annie le dio la vuelta a la tarjeta—. Detrás hay un nombre garabateado… es la letra de Jackson. Silas N’kawe.

—Eso suena a negro —espetó Liam

—¿Sabes reconocer la letra de Jackson?—le preguntó Colin en tono inquisitorial.

—¿Sabes callarte y dejar de hacer preguntas estúpidas? —le cortó Annie, seca, y prosiguió  mostrando papeles—. Esto es un folletín para una charla sobre arqueología polinésica… ¿Qué tendrá que ver con todo esto?

—Esto de estar sentados y hablando, se parece mucho a estar sentados y hablando.

—¡Liam! —pidió Thomas atento a las dos últimas pistas que depositó Annie ante ellos—. Una cajetilla de cerillas de un local en Shangai.

—Y la foto de un puerto… y de un barco mercante, de bandera británica. Se pueden ver las primeras letras de la embarcación, creo que pone Ama…

—Es el puerto de Shangai —informó Thomas. Annie le miró interrogante y sorprendida. Thomas se encogió de hombros—. Tú reconoces la letra de Jackson Elias, yo reconozco un puerto en el que fondeé estando de servicio. Tengo amigos en Shangai y todo.

—Bueno…—interrumpió Liam nervioso, deseando entrar en acción—, y con todo esto, ¿qué hacemos?

—Robar un coche, incendiarlo en la entrada y asaltar a tiros el antro en el que has visto entrar a un tipo que cabalga serpientes gigantes —informó Colin.

Todos le miraron con los ojos muy abiertos.

—Joder, ¿hemos perdido el sentido el humor? —apoyó el dedo sobre una de las tarjetas de visita—.  Importaciones Emerson.

MdN: New York (20) Las Pistas de Jackson Elias

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Greg Pendergast se apoyo en una de las paredes cuando comenzó a marearse. Los improvisados vendajes que Thomas le había hecho alrededor de los brazos con las cortinas del hotel volvían a empaparse con su sangre.  Lentamente se dejó resbalar por la pared y se sentó en el suelo.

—Sólo voy a tomar el aire durante unos segundos —informó el periodista.

Angus Lancaster también comenzaba a flojear. Se apoyó en la ventana, conteniendo las náuseas. El disparo que le había alcanzado al costado había sido un tiro limpio, entró y salió, pero perdía sangre profusamente.

Thomas Connery, que revolvía en la maleta del difunto Jackson Elias, torció la cabeza hacia a Annie O’Carolan, que revisaba los papeles que su amigo tenía diseminados por el escritorio.

—Se están desangrando, Annie —dijo Thomas. Pero O’Carolan continuó leyendo, hoja tras hojas, todo lo que tenía ante ella—. Annie. ¡Annie!

—Tenemos que encontrar más pistas —pidió Annie con voz temblorosa—. ¡Debe haber más pistas! ¿Has mirado debajo de la cama?

—Dos veces —se quejó Thomas—, y ambas después de que Angus mirase. ¡Ya está, Annie! No hay nada más. ¡Tenemos que irnos! Tenemos que…

Colin O’Bannon apareció en el dintel de la puerta. Aún tenía la cara salpicada por la sangre del tipejo que había matado a cabezazos.

—Nos vamos —ordenó.

—No… — se quejó Annie con la vista hundida en una carta de una tal Miriam Atwrigth—, tenemos que encontrar todas las pistas que pueda haber en la habitación… No pueden ser más que estas nimiedades. Tiene que haber algo más. Sus notas. Un diario. Algo…

 

Thomas agarró el pequeño folletín y la fotografía que había encontrado en la maleta y corrió a ayudar a Greg a que se levantara, mientras Angus salía apoyándose en su bastón.

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Greg había encontrado dos tarjetas de visita en la cartera de Jackson Elias que no tenían que ver con el periodista.

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Angus, una llamativa cajetilla de cerillas en el sombrero del finado.

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Colin ignoró las súplicas de Annie, la agarró del brazo y tironeó de ella para sacarla de la habitación al tiempo que decía.

—No hay tiempo. He conseguido persuadir a los conserjes del hotel, pero mi placa ya no tiene valor en esta ciudad.

Annie se dejó arrastrar a regañadientes. Thomas pasó un brazo bajo la axila de Pendergast y lo llevó por el pasillo, pero Colin les indicó que tomasen las escaleras. Bajaron por ellas hasta el piso de abajo, y de allí se dirigieron hasta la habitación 310, que Thomas y Colin sabían que estaba vacía.

—He tenido tiempo de llamar a mi jefe, al agente Ashbrook —continuó el agente O’Bannon—, resulta que alguien le ha dicho a Hoover que me estoy excediendo en mis labores profesionales y me han puesto correa. Si me veo metido en este follón me caerá una buena.

—Hoover no se anda con tonterías — se burló Greg, conocedor de la venenosa rabia del superintendente federal.

—He conseguido que un agente de confianza venga aquí para limpiar este estropicio y alejar a la pasma… pero hasta entonces estamos solos así que, lo mejor será que bajemos por la escalera de incendios y que Liam nos saque de aquí cuanto antes.

Thomas forzó de una patada la puerta de la habitación 310 y descendieron por la escalera de incendios hasta el callejón donde Liam había aparcados el coche… pero ni Liam, ni su Packard Twin Six estaban allí.

Las sirenas de los coches policiales tronaban por todas partes y, aunque estaban alejados de miradas curiosas en el callejón, se sintieron expuestos, solos.

—Greg se ha desmayado —informó Thomas, y eso pareció sacar a Annie de su estupor, la cazadora de libros corrió para atender al periodista.

Angus se acercó a vomitar cerca de unos cubos de basura. Estaba pálido, sudoroso, las piernas le temblaban.

—Y Angus va a caer en breve… ¿Dónde diablos está Liam?

—A la mierda —murmuró Thomas —Tomaré un coche prestado. No era tan bueno como Liam y Brian haciendo puentes, pero aún recuerdo cómo hacerlo.

Un estrépito estalló al fondo del callejón. Thomas, Annie y Colin sacaron sus pistolas y apuntaron hacia el coche que corría hacia ellos a toda velocidad… Liam McMurdo paró ante los Finns y abrió la puerta del copiloto.

—¿Les llevo a algún lado? —preguntó jocoso.

Colin le insultó a gusto, mientras Thomas metía  a Greg en el coche y Annie ayuda a Angus a pasar dentro.

—Tenemos que ir a un hospital —dijo Thomas mientras cerraba la puerta del coche. Liam arrancó y puso dirección al Hospital General.

—No —espetó Colin —, esas heridas llamarían la atención de la bofia. ¡Tenemos que ir a un lugar en el que no llamemos la atención!

—Conozco un sitio —cortó Liam, antes de que Thomas y Annie se quejaran —pero es caro.

—Como si eso fuera un problema —mumuró Angus a un paso de la inconsciencia —, tranquilos chicos, esta corre de mi cuenta.

—Perfecto —Liam cambió de marcha, pegó un violento volantazo y puso rumbo a Queens.

—¿Se puede saber dónde coño estabas? —le gruñó Colin.

—Pues verás…

 

Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler

MdN: New York (10) El Club 300

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

En la esquina entre la 151 y la calle 54, de Nueva York estaba ubicado el famoso Club 300. Famoso por el grupo de cuarenta bailarines que bailaban con muy poca ropa. Y Famoso porque sufría una redada policial cada dos semanas, ya que se decía que, aún a pesar del Ley Volstead, en el Club 300 se servía alcohol.

Lo regentaba la excéntrica, Texas Guinan, una mujerona pelirroja que había sido la primera vaquera del cine en la película “La Reina del Oeste” y que había acuñado la famosa expresión:  “hombres de mantequilla y huevo”, con la que se refería a sus acomodados clientes a los que siempre recibía con un: ¡Hola, cabroncetes!

El Club 300 era un club muy exclusivo.

Mucho.

—Así que, Colin —comenzó Annie O’Carolan mirando la entrada del local, protegida por media docena de potentes matones y de la que emergía una larga cola de visitantes esperando a tener permiso para entrar en el club. Había muchos diletantes de cabello engominado, flappers divinas, grupitos de estudiantes, algunos actores y actrices menores de Hollywood y muchos hombres de mantequilla y huevo—,  explícanos cómo vamos a entrar.

—Por la puerta… ¿Por dónde entras tú a los locales?…

—Acabamos de ver como echaban a patadas a un tipo que vestía un traje más caro que mi taller —se quejó Liam McMurdo—. A mí no me dejan entrar a sitios pijos. Acabo peleándome en la puerta o en el callejón de al lado.

—Normal, vistiendo como vestís.

—¿Perdona? —se quejó Annie, ofendida.

—Tú pareces una bibliotecaria… De hecho, hueles a biblioteca —Colin O’Bannon que había pasado de vestir el mismo traje, semana tras semana, jugando al póker en oscuros tugurios, lucía en ese momento un perfecto traje negro con camisa blanca que también olía, pero a agente federal—. Que es mejor que oler a destilería como Jacob, o a cenicero como Liam.

Aún a pesar de los insultos Colin continuó.

—Greg parece un oficinista. Un oficinista desesperado. Thomas aún parecía algo de uniforme, pero de calle eres bastante… insulso. Y Patry/Nelly… —Colin miró de arriba abajo a Nelly que le fulminaba con la mirada—, reconozco que Nelly podría entrar donde quisiera.

Patry O’Connel le guiñó el ojo. Colin no esperó a que nadie contestase, simplemente aprovechó a que no pasaba ningún coche para cruzar la calle y continuar su camino hacia la entrada del local.

—Sigues sin explicarnos cómo vamos a entrar —se quejó Annie corriendo tras Colin.

—Tan sólo dejadme hablar a mí —contestó Colin al tiempo que se plantaba delante de un gorila con pinta de no tener muchas luces—. ¿Qué hay? Aquí, mis dadoine están de visita en la Gran Manzana y había pensado que se divirtieran en el famoso Club 300.

—El local está lleno —contestó el guarda con voz cavernosa—. Tiene que ponerse a la cola.

—Lástima —contestó Colin luciendo una gran sonrisa de tiburón—. El señor Hoover me había recomendado este lugar. ¿No puede hacer una pequeña excepción conmigo y mis amigos?

—El señor Hoover. ¿Qué Hoover?

—J. Edgar.

El matón en frac frunció el ceño. Colin apreció como los engranajes de su cabeza simiesca giraban lentamente intentando saber de quien hablaba aquel pelirrojo bajito. Colin suspiró y con el dedo pidió que se acercara hacia él. El matón bajó mucho la cabeza al tiempo que Colin abría su chaqueta y le mostraba su placa de agente Federal.

—J. Edgar Hoover. Mi jefe.

El guarda se irguió, su frente estaba perlada con pequeñas gotas de sudor, pero Colin extendió una mano, apaciguador.

—Venimos a disfrutar de la fiesta. No a estropearla. No a dar problemas. No a…

—¡Cómo no, caballero! —estalló otro gorila que había estado prestando atención a la conversación. Era menos intimidante que su colega, pero podía plantar cara en una pelea y parecía ser mucho más listo—. Por supuesto que usted y sus allegados pueden pasar.

—Pero… —comenzó el tipo con el que Colin había estado hablando, aún bloqueado por la situación.

—¡Adelante, adelante! —invitó a los Finns—, acompáñenme.

Y les abrió las puertas del Club 300.

—No se si es buena idea ir enseñando tan alegremente la placa, Colin —comentó Jacob O’Neil.

—Es irónico que me lo advierta el tipo al que le faltó darle su dirección a todos los buenos vecinos de Innsmouth.

La música que tocaba una excelente orquesta de músicos de color tronaba por todo el amplio local. En el escenario, una rolliza mujer envuelta en un traje de lentejueleas, cantaba a pleno pulmón. En la pista de baile, los clientes del local bailan apretados. Se oían muchas risas y voces que charlaban animadamente. Habría como doce o quince mesas atestadas de comensales que bebían alcohol abiertamente y fumaban gruesos habanos.

No había camareras en falda corta, si no camareros. Muchos. Grandes, fuertes, guapos, con sus músculos bien definidos y a la vista, bajo unas ridículas pajaritas granates.

Los flappers y otros chicos a la moda del Charleston miraban con desprecio a los Finns, preguntándose como esos zarrapastrosos habían entrado al local. Liam intentó pasar desapercibido pero su rostro quemado era un faro para las miradas y los dedos acusadores.

—¿Qué te pasa Liam? —preguntó Nelly.

—No me gusta llamar la atención —Nelly sonrió. Le cogió de la mano y se la pasó por los hombros.

—Pero en estos sitios todo el mundo quiere ser el centro de atención. Démosles lo que piden, muñeco.

Colin chasqueó los dedos y señaló la barra, adonde dirigió a los Finns.

Whisky on the rocks —pidió al camarero que rápidamente le puso dos vasos con hielos delante—. Jacob, toma uno. Creo que lo necesitas.

Cuando le sirvieron dos dedos de licor, Jacob tomó el vaso ansioso, pero con el rostro cetrino, avergonzado.

—Un Manhattan —exigió Annie—. Pero sólo con tres partes de Bourbon… y sin guinda.

Nelly se inclinó sobre la barra y pidió el vodka más caro a voz en grito, tras lo cual, se agarró del brazo al hombre que tenía más cerca y le señaló a Annie que estudiaba su cóctel.

—¿Conoce a mi amiga Annie? Es cazadora de libros raros. Libros prohibidos por la iglesia. Libros paganos y malditos. ¿Alguna vez había oído hablar de algo tan exótico? Y bebe cócteles.

Cuando Annie quiso darse cuenta, la rodeaba una docena de muy engalanados diletantes, entre los que destacaban tres aparentes estudiantes de literatura, uno de los cuales se jactaba de ser amigo de Ernest Hemingway. Annie, que nunca había estado acostumbrada a generar tanta expectación, y que en los últimos meses apenas tenía contacto con el resto de la civilización, se quedó paralizada, visiblemente incómoda. Nelly se reía a sus espaldas. Jacob, antes de solicitar una tercera copa, recomendó a los diletantes que le cantaran algún poema en gaélico para seducir a Annie. Greg, incómodo, miraba a su alrededor, sin tener muy claro aún que hacían allí.

—¿Te están molestando, Annie? —espetó Liam, introduciéndose en el corro que se había formado ante O’Carolan. Annie no terminó de asentir, cuando los moscones ya habían salido volando, salvo el amigo de Hemingway y otro de los universitarios.

—No, no, no, colega. Sólo hablábamos con la señorita —se quejó el supuesto amigo del escritor, con la vista fija en las quemaduras de Liam.

—¿Tengo monos en la cara, o qué? —le escupió Liam.

—¡Los Finns han vuelto! —brindó Jacob.

En el escenario se sucedía un alocado espectáculo de can-can, la gente aplaudía, las bailarinas levantaban las piernas y los músicos tocaban.

Y entonces, como si de un conjuro se tratase, todo el mundo alrededor de los Finns se evaporó. Sin mirar a atrás, la gente se alejó de ellos y se confundieron en el paisaje del local, al tiempo que la imparable presencia de la cantante en el traje de lentejuelas les envolvió. Venía fumando un cigarrillo y la acompañaba una cohorte de media docena de camareros, sin camisa, pero con pajarita.

—Bueno, bueno, bueno, ¿a qué cabroncetes tenemos aquí? —la mujer, pelirroja y potente, les lanzó una valorativa mirada, al tiempo que exhalaba humo y sonreía—. Qué grupito tan pintoresco… tan… poco habitual en el Club 300—. Sus ojos se posaron en Colin—. Me pregunto cómo habréis entrado aquí.

—Me temo que tengo parte de la culpa.

­­—¿Y cómo es eso, señor…?

—Agente —contestó Colin inclinándose y besando la mano que la mujer le había ofrecido—, agente Colin O’Bannon.

—¿Agente, eeeeh? Me encantan los agentes. ¡Y además, pelirrojo! ¡Qué picantón!

—Encantado de encantarle, señorita…

—Como si no lo supieras, pillo cabroncete…  Soy Texas Guinan. La dueña de este local—contestó la mujerona—. ¿Y sus amigos se llaman?

44
¡Hola, Cabroncete!

Texas Guinan escuchó atenta, como un buitre al acecho, los nombres de todos los Finns. Sus ojos estudiaban los rostros de cada uno de ellos. Preguntó directamente a Liam por las quemaduras y, antes de que contestase, se inventó una trágica historia sobre la Gran Guerra Mundial y el respeto y amor que profesaba por los veteranos. Cuando supo el nombre de Greg casi le ignoró. Le reconoció a Annie que apenas leía, pues prefería la música y el cine. Se mantuvo un rato interrogando sutilmente a Nelly, hasta que la vidente le prometió que le leería las manos en un futuro.

Sus camareros trajeron bebidas. Mejores bebidas que las que habían estado tomando hasta ahora, y brindaron juntos.

—¡Disfruten de su estancia en el Club 300! —aulló Texas Guinan, antes de beberse de un trago un vaso con dos dedos de bourbon.

Y todos bebieron.

Liam, por el rabillo del ojo, vio sonreír a Nelly, la vio sonreír con malicia, como cuando Patry le sonreía al retarle para hacer alguna locura en su juventud. Jacob por su parte vio a Patry deslizar su mano cerca de la cintura de Texas Guinan.

Y luego un fugaz destello. Verde.

El vaso del que bebía Texas Guinan cayó al suelo, se deshizo en migas de vidrio y la mujerona les miró con la vista desenfocada.

—Uffff —consiguió decir mientras perdía color en las mejillas y trastabillaba.

Dos de sus camareros la agarraron de la espalda, mientras Texas Guinan cogía a Colin 0`Bannon del brazo y, mirándole a los ojos, decía:

—Creo que me voy a desmayar.

MdN: New York (7) Los Finns se reunen en Central Perk

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

Cuando Liam entró en la cafetería Central Perk un orondo camarero, de ascendencia polaca y más feo que muchos habitantes de Innsmouth, le dirigió una mirada asesina.

“Sí, tengo la cara quemada y no te gusto. Me importa un cuerno” Liam McMurdo le dedicó una sonrisa, le lanzó un guiño y le señaló con el índice.

—¿Qué tal, colega? He quedado aquí con un grupo de amigos…

—Aquí no hay ningún grupo de irlandeses —siseó el camarero.

Antes de que Liam le descerrajara un puñetazo en los dientes al feo camarero, un silbido le llamó la atención.

En un rápido vistazo descubrió que no era el primer Finn en llegar a la cafetería porque, acomodado en un reservado al fondo del local, estaba Colin O’Bannon, fingiendo que leía un periódico, dejando que el café se enfriara ante él y vestido con un impecable traje

¡Cara*! —exclamó Liam, al tiempo que abría los brazos. Colin aceptó el abrazo visiblemente incómodo —. ¿Qué tal te va todo?

—Bien, bien, bien. Mejor que nunca.

—Ya te veo. Estás hecho todo un figurín. ¿Los negocios con tu padre van bien o qué?

—Por lo que veo —comenzó Colin, desviando la pregunta y señalando al coche en el que había venido Liam—, tu coche está mejor que la última vez que lo vi… estrellado contra una farola en Innsmouth.

—Este mastodonte es nuevo. La recompensa que nos dio el gobierno me ha permitido abrir un tallercito mecánico en Queens y, aun a pesar de las quemaduras y la crisis, el negocio funciona.

—Siempre has tenido tu encanto —bromeó Colin—, y si no, que se  lo pregunten a Patry.

Un coche dio un volantazo en la calle y recibió varios bocinazos, zigzagueó peligrosamente y, en un giro de ciento ochenta grados, aparcó justo detrás del coche de Liam. Muy cerca. Tanto, que Liam se levantó y apoyó el puño contra el cristal…

…y de ese coche se apearon Jacob O’Neil y Thomas Connery.

—¿Dónde coño has aprendido a conducir, Thomas? —le gritó Liam.

—En el ejército —se rió este último, antes de correr adentro del local para abrazarse a los Finns allí reunidos.

Colin y Liam se volvieron hacia Jacob y le miraron de arriba abajo.

—Tienes mala cara Jacob —comenzó Colin.

—¿Peor que la de Liam? Lo dudo.

Rieron la chanza y Colin continuó tanteando a sus camaradas.

—¿Y tú, Thomas? ¿Cómo es que vas vestido de civil?

—Tengo los uniformes en la lavandería, Colin. Los instructores no tenemos que ir vestidos de faena todo el santo día.

—Instructor, ¿eh?

—Sí. Mi experiencia en Innsmouth es valiosa para la formación de las nuevas remesas de soldados —contestó Thomas con orgullo.

La realidad era que el único recluta que había tenido Thomas Connery era el hijo de su proveedor de opio, Pon, un chinito que apenas levantaba un metro del suelo, que chapurreaba el inglés y gritaba mucho cuando se emocionaba. Thomas solo necesitó de dos horas para hacerle entender que debía regarle las plantas cada dos día y llamarle si veía a algún extraño merodeando por la casa… Que Pon fuera gritando por la calle: ¡Legal Plantas! ¡Vel Extlaños! ¡Llamal Secleto! no lo convertía en un aliado muy discreto, pero el pequeño limón le hacía gracia.

La puerta de la cafetería se abrió y una mujer caminó hasta ellos con un andar contoneante y seductor. Cuando la conocieron era rubia, pero ahora, lucía una melena pelirroja, en parte oculta por un turbante turquesa, lucía un estrafalario pero ajustado sari, y estaba envuelta en chales de seda con campanillas.

—¿Pa… Patry…? —comenzó Liam, a medio camino entre la sorpresa y la excitación—. ¿Est… Esta-tas… Pelirroja?

—¿En serio? —comenzó Jacob—, ¿Patry viste como una gitana lectora de cartas de feria y lo que te alucina es que esté pelirroja?

—Ya no soy Patry, mis Finns, Soy Madame Loconnelle —ronroneó y les guiñó un ojo—, pero podéis llamarme Nelly  si os resulta más sencillo.

—Creo que seguiré llamándote Patry, si no te importa —gruñó Jacob, deseando un whisky.

—¿Sabes lo mejor de todo este… disfraz, Thomas? —le preguntó Colin al infante de marina—, no parece llevar ningún abrigo que tengas que sujetar esta vez.

Las carcajadas llenaron el establecimiento mientras Thomas aceptaba la chanza con deportividad.

—Sí, mucha mofa, mucha broma —comenzó Patry—, pero a Colin O’Bannon parece que le viste el mismo sastre que a J.Edgar Hoover. ¿Sabe tu padre que te vistes como los federales?

—Pues ahora que lo dices —Colin hurgó en su bolsillo y sacó algo que dejó encima de la mesa.

Era una placa. Una placa de agente de la ley. Una placa de agente del bureu federal de investigación.

—Estarás de coña —casi pidió Liam.

—Joder, ahora sí que necesito una copa —se quejó Jacob con voz quebrada.

—No os preocupéis, coño —comenzó Colin luciendo una sonrisita sardónica—, que estoy de vacaciones.

Fuera, en la calle, al torcer la esquina izquierda, apareció Greg Pendergast. Al otro lado, al torcer la esquina derecha, Annie O’Carolan. Ambos caminaron, luciendo tristes sonrisas en sus cansados rostros. Annie abrazada a una pesada carpeta. Greg con un maletín bajo el brazo.

Ambos se encontraron a la vez en la entrada de la cafetería.

—¿Esto no te recuerda a algo? —preguntó Greg.

Deja vu, que dicen los franceses —informó Annie.

Annie le expuso la mejilla y Greg la besó escuetamente.

—Tienes mala cara Greg —le dijo Annie. Greg no dijo nada de las ojeras de Annie, sólo sonrió, una sonrisa pesarosa.

—¿No te has enterado de lo que me hizo el FBI cuando publiqué mi libro?

—No —contestó rápidamente Annie, y al instante se sintió mal por ser tan directa y por no haber prestado atención a sus amigos desde que salieron de Innsmouth por segunda vez—, he estado muy centrada en libros, sí… pero en tomos con cientos de años de antigüedad.

Un incómodo silencio les engulló.

—¿Sabes… sabes algo nuevo sobre Jackson? —preguntó Annie.

—¿Le tuteas…? Yo siempre le llamo Elias —. Annie se encogió de hombros ante la sinceridad de Greg—. Hablé con su… nuestro editor, Jonah Kensington, un hombre de confianza. Elias también se puso en contacto con él, desde Londres.

—Sabremos más en un par de días.

—Sí, sabremos más en un par de días —Greg empujó la puerta y le permitió el paso a Annie.

Mo chairde**!! —saludó con efusividad Liam antes de correr a abrazarlos —. ¡Siempre tan seria, Annie! ¡Y tú Greg, vaya cara! ¡Pero, sentaos, sentaos!

Greg y Annie completaron el círculo de los Finns (al que faltaba  Angus, como siempre, porque Angus siempre llegaba tarde) y antes de que nadie dijera nada, Colin le tendió un paquete envuelto en papel marrón a Greg.

—Un regalo… de mi jefe —dijo Colin.

Greg desenvolvió el paquete.

Era su novela: “La Verdad sobre la Redada en Innsmouth”.

—Dice mi jefe que era muy buena… pero que ahora es mejor.

Alguien había cogido la novela y había censurado el noventa y cinco por ciento. Estaba dedicada.

libros-censurados
No vuelvas a hacerlo. Nunca. Fdo: Agente Ashbrook.

—Muy majo, tu jefe —contestó Greg con sorna.

—¿Patry?

—Madame Loconnelle, querida Annie —se presentó la nueva Patry, tras besarla en cada mejilla.

Jacob O’Neil se aclaró la garganta.

—Se que es muy entrañable reunirnos de nuevo, lanzarnos pullas y hablar de lo bien o mal que nos va la vida…

“Pero tengo una resaca de tres pares de cojones y ahora mismo preferiría golpearme los dedos con un martillo antes que seguir aquí” pensó el detective privado.

—… pero Greg y Annie nos han llamado por algo.

—Sí —atajó Greg Pendergast—. Jackson Elias y la Expedición Carlyle.

 

 

 

*¡Amigo! (en irlandés)

** ¡Amigos míos! (en irlandés)

MdN: New York (2) Punta de Lanza

 

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

 

 

 

 

—Operadora necesito contactar con una persona: Colin O’Bannon.

—Un momento, por favor.

—Señor, no contestan en el domicilio. ¿Quiere que pruebe en su lugar de trabajo?

—Sí, hágame el favor.

—Delegación del Bureu Federal de Investigación de Boston, Masachussets. ¿Qué desea? —contestó la persona al otro lado de la línea. Greg Pendergast se quedó bloqueado durante un largo segundo.

Delegación del FBI en Boston… ¿Era una broma? ¿O acaso el gobierno le vigilaba las llamadas tras lo de…?

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—Estoy… Estoy llamando por  un amigo mío. Colin O’Bannon.

—Espere un segundo, por favor.

—Aquí el agente O’Bannon, ¿quién es?

Greg se quedó de piedra durante otro largo segundo.

—¿Colin? ¿Colin eres tú?

—Sí, soy Colin O’Bannon.

—Soy… soy Greg Penderg…

—¡Hombre! ¡Chupatintas! ¿Cómo lo llevas?

Greg no supo que contestar. Sí, al otro lado estaba su amigo, Colin O’Bannon, ese chico bajito y pelirrojo, hijo del capo local de Arkham, que hacía trampas a la cartas y que no dudaba en sacar la navaja en una pelea. Ahí estaba el hombre con el que bajó a los túneles inundados de Innsmouth, con el que combatió codo con codo, al que hirieron en un tiroteo contra los contrabandistas de alcohol y que casi murió ahogado en una refriega con un profundo.

El agente O’Bannon lanzó una corta risotada antes de continuar hablando.

—¿Cómo llevas las ventas de La Verdad Sobre la Redada de Innsmouth? —. No era una pregunta, era una mofa.

Colin sabía del desastre que le había supuesto para Greg escribir y publicar una novela sobre los sucesos acaecidos durante la Redada de 1929. Perdió su trabajo como periodista en el Baltimore Xtrange, las continuas visitas policiales a su apartamento ocasionaron que tuviera que mudarse, los múltiples juicios en los que se le acusó de traición, de estafa, de desobediencia civil… y las injurias de sus colegas de profesión, que le tacharon de comunista en la prensa escrita. Aunque no había participado de forma activa, Colin sabía que Hoover se había encargado de golpear con fuerza a Greg y a la editorial que publicó la novela, Prospero Press. Había leído muchos de los informes y había estado al tanto del caso. De hecho había visitado la habitación donde se almacenaron más de cincuenta ejemplares de la novela requisados por el gobierno.

Greg firmó un documento al inicio de la Redada en el que juraba que no desvelaría nada de lo que pasó esa fría noche de febrero… y se lo pasó por el culo. Así que Hoover se pasó por el culo a Greg Pendergast.

Sin embargo, el libro era bueno. Muchos críticos literarios lo alabaron y tuvo una gran acogida antes de que las zarpas del director Hoover se cernieran sobre ellos. Al menos ciento cincuenta ejemplares circulaban entre coleccionistas privados y algunas tiendas menores, y Hoover y la maquinaria federal tenían problemas mayores.

—Es lo que tiene sacar a la luz la verdad de lo que pasa en el mundo—se quejó Greg.

—Que hay gente que la esconderá… una vez más.

—Entonces continuaré luchando por sacarla a la luz… otra vez más.

Hubo un corto y tenso silencio, mientras ambos amigos miraban al vacío, sintiendo un regusto amargo en sus paladares.

—Te necesito —se sinceró Greg—. Necesito a los Finns. Un amigo que Annie y yo tenemos en común nos ha pedido ayuda. Estuvo en Innsmouth antes de…

—… la caída en desgracia de la ciudad. Mmmm. Ya veo —Colin tomó papel y lápiz—. ¿Qué amigo en común?

—Jackson Elias.

—Me acuerdo… Un chupatintas metomentodo… como tú. ¿Y qué tripa se le ha roto ahora?

—Tiene información sobre la Expedición Carlyle. Y nos necesita.

—¿A nosotros?

—Sí, a nosotros. A los Finns. Otra vez más —contestó Greg—. Es lo que tiene ser la punta de lanza de la humanidad contra los horrores que se esconden en las sombras, Colin. Que nos necesitan.

Colin se sonrió. Lanzó un vistazo a su alrededor a la oficina donde trabajaba junto al ecléctico grupo de hombres que había reunido el peculiar agente Ashbrook. Un agujero escondido en un subsótano del edificio federal. Aunque en la placa de la entrada se leía: Unidad de Delitos Morales y Contra la Salud Pública, los agentes del edificio lo llamaban el almacén de Expedientes X.

—Me hago una idea.

—¿Cuento contigo?

—Tengo que consultar mis vacaciones… pero claro que sí, Greg. Siempre seré un Finn.

Colin O'Bannon
Agente O’Bannon… Colin O’Bannon