MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

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Resumen del 2016

¡Se acaba el 2016! y ha sido mi año más productivo, literariamente hablando.

Para empezar, en febrero, como regalo tardío de cumpleaños, me llegaron mis dos primeras novelas editadas. ¿Dos novelas? ¡En efecto! Los alter ego de los Finns me editaron La Huida de Innsmouth (aka, Salvar al Tendero Brian) y La Redada, en formato físico, con unas portadas alucinantes y muchos de mis horrores ortográficos corregidos.

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Pues si eso ya me hizo ilusión, porque estas son, y van a ser, mis primeras novelas publicadas, con los mejores editores que puede haber, que son mis amigos, en Mayo publiqué oficialmente mi primera novela (que ha resultado ser la tercera, pero bueno): Máscaras de Carcosa.

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Máscaras de Carcosa 

Y no sólo he podido ver la novela publicada, releerla, tocarla, firmarla (y en la Feria del Libro, ¡nada más y nada menos!) si no que en verano ya me informaban desde Ediciones Hades que habían solicitado una segunda impresión. ¡Espero que las Máscaras sigan por buen camino y necesitemos una tercera!

(Mientras tanto, ya sabéis, reseñadla, dadle estrellitas en Amazon, Goodreads, recomendadla, regaladla… esas cosas)

Y tras el verano llegó el aluvión de publicaciones. Comenzó con el mecenazgo de Para el Maestro, antología en homenaje a Sir Terry Pratchett en la que participo con un simpático relato titulado: Lester Von Paddington, Escudero de Tercera Clase, que ha coordinado el crack de Álvaro Loman y en colaboración con la Fundación Cita Alzheimer.

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Mecenazgo Para el Maestro

 

Y, casi al mismo tiempo, desde ESMATER, llegaba ANTERGO, una antología en homenaje a los autores de terror gótico donde honro a Bram Stoker con Síndrome Renfield.

Que no soy de echarme flores… pero creo que es un relatazo.

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ANTERGO

Pero no ha parado ahí la cosa. Quizá muchos no lo sepáis, pero en noviembre me habían publicado otro relato en una antología benéfica cuyos beneficios repercutirán en Save the Children. Se trata de la antología 40 Relatos de Terror, editada por el grupo literario LLEC (Libros, lectores, escritores y una taza de café) y disponible en Amazon.

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40 Relatos de Terror

En esta antología participo con un relato que vosotros, lectores del blog, seguramente conozcáis de algo. Se titula 1937, aunque en realidad se titulaba: En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas.

Muchas cosas, ¿verdad? Pues aún hay más.

Gané un concurso. Sí, era más bien un concurso de popularidad que de calidad literaria… pero que coño… ¡Gané! Se trataba del concurso #Biblioeterror, de las plataformas BiblioEteca y Sweek, y fue con el microrrelato Blanco”.

¿Y qué nos depara el 2017?

Pues continuar con las aventuras de los Finns y Las Máscaras de Nyarlathotep (que lo tengo muy parado, lo sé, lo sé), algún que otro relato, en alguna que otra antología…

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Sutil, ¿verdad?

 

Y trabajar muy duro para la siguiente novela ¿Qué cuando saldrá? Ni idea, para eso tendré que terminarla.

¡Saludos desde el otro lado de la Máscara!

 

 

MdN: New York (7) Los Finns se reunen en Central Perk

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

Cuando Liam entró en la cafetería Central Perk un orondo camarero, de ascendencia polaca y más feo que muchos habitantes de Innsmouth, le dirigió una mirada asesina.

“Sí, tengo la cara quemada y no te gusto. Me importa un cuerno” Liam McMurdo le dedicó una sonrisa, le lanzó un guiño y le señaló con el índice.

—¿Qué tal, colega? He quedado aquí con un grupo de amigos…

—Aquí no hay ningún grupo de irlandeses —siseó el camarero.

Antes de que Liam le descerrajara un puñetazo en los dientes al feo camarero, un silbido le llamó la atención.

En un rápido vistazo descubrió que no era el primer Finn en llegar a la cafetería porque, acomodado en un reservado al fondo del local, estaba Colin O’Bannon, fingiendo que leía un periódico, dejando que el café se enfriara ante él y vestido con un impecable traje

¡Cara*! —exclamó Liam, al tiempo que abría los brazos. Colin aceptó el abrazo visiblemente incómodo —. ¿Qué tal te va todo?

—Bien, bien, bien. Mejor que nunca.

—Ya te veo. Estás hecho todo un figurín. ¿Los negocios con tu padre van bien o qué?

—Por lo que veo —comenzó Colin, desviando la pregunta y señalando al coche en el que había venido Liam—, tu coche está mejor que la última vez que lo vi… estrellado contra una farola en Innsmouth.

—Este mastodonte es nuevo. La recompensa que nos dio el gobierno me ha permitido abrir un tallercito mecánico en Queens y, aun a pesar de las quemaduras y la crisis, el negocio funciona.

—Siempre has tenido tu encanto —bromeó Colin—, y si no, que se  lo pregunten a Patry.

Un coche dio un volantazo en la calle y recibió varios bocinazos, zigzagueó peligrosamente y, en un giro de ciento ochenta grados, aparcó justo detrás del coche de Liam. Muy cerca. Tanto, que Liam se levantó y apoyó el puño contra el cristal…

…y de ese coche se apearon Jacob O’Neil y Thomas Connery.

—¿Dónde coño has aprendido a conducir, Thomas? —le gritó Liam.

—En el ejército —se rió este último, antes de correr adentro del local para abrazarse a los Finns allí reunidos.

Colin y Liam se volvieron hacia Jacob y le miraron de arriba abajo.

—Tienes mala cara Jacob —comenzó Colin.

—¿Peor que la de Liam? Lo dudo.

Rieron la chanza y Colin continuó tanteando a sus camaradas.

—¿Y tú, Thomas? ¿Cómo es que vas vestido de civil?

—Tengo los uniformes en la lavandería, Colin. Los instructores no tenemos que ir vestidos de faena todo el santo día.

—Instructor, ¿eh?

—Sí. Mi experiencia en Innsmouth es valiosa para la formación de las nuevas remesas de soldados —contestó Thomas con orgullo.

La realidad era que el único recluta que había tenido Thomas Connery era el hijo de su proveedor de opio, Pon, un chinito que apenas levantaba un metro del suelo, que chapurreaba el inglés y gritaba mucho cuando se emocionaba. Thomas solo necesitó de dos horas para hacerle entender que debía regarle las plantas cada dos día y llamarle si veía a algún extraño merodeando por la casa… Que Pon fuera gritando por la calle: ¡Legal Plantas! ¡Vel Extlaños! ¡Llamal Secleto! no lo convertía en un aliado muy discreto, pero el pequeño limón le hacía gracia.

La puerta de la cafetería se abrió y una mujer caminó hasta ellos con un andar contoneante y seductor. Cuando la conocieron era rubia, pero ahora, lucía una melena pelirroja, en parte oculta por un turbante turquesa, lucía un estrafalario pero ajustado sari, y estaba envuelta en chales de seda con campanillas.

—¿Pa… Patry…? —comenzó Liam, a medio camino entre la sorpresa y la excitación—. ¿Est… Esta-tas… Pelirroja?

—¿En serio? —comenzó Jacob—, ¿Patry viste como una gitana lectora de cartas de feria y lo que te alucina es que esté pelirroja?

—Ya no soy Patry, mis Finns, Soy Madame Loconnelle —ronroneó y les guiñó un ojo—, pero podéis llamarme Nelly  si os resulta más sencillo.

—Creo que seguiré llamándote Patry, si no te importa —gruñó Jacob, deseando un whisky.

—¿Sabes lo mejor de todo este… disfraz, Thomas? —le preguntó Colin al infante de marina—, no parece llevar ningún abrigo que tengas que sujetar esta vez.

Las carcajadas llenaron el establecimiento mientras Thomas aceptaba la chanza con deportividad.

—Sí, mucha mofa, mucha broma —comenzó Patry—, pero a Colin O’Bannon parece que le viste el mismo sastre que a J.Edgar Hoover. ¿Sabe tu padre que te vistes como los federales?

—Pues ahora que lo dices —Colin hurgó en su bolsillo y sacó algo que dejó encima de la mesa.

Era una placa. Una placa de agente de la ley. Una placa de agente del bureu federal de investigación.

—Estarás de coña —casi pidió Liam.

—Joder, ahora sí que necesito una copa —se quejó Jacob con voz quebrada.

—No os preocupéis, coño —comenzó Colin luciendo una sonrisita sardónica—, que estoy de vacaciones.

Fuera, en la calle, al torcer la esquina izquierda, apareció Greg Pendergast. Al otro lado, al torcer la esquina derecha, Annie O’Carolan. Ambos caminaron, luciendo tristes sonrisas en sus cansados rostros. Annie abrazada a una pesada carpeta. Greg con un maletín bajo el brazo.

Ambos se encontraron a la vez en la entrada de la cafetería.

—¿Esto no te recuerda a algo? —preguntó Greg.

Deja vu, que dicen los franceses —informó Annie.

Annie le expuso la mejilla y Greg la besó escuetamente.

—Tienes mala cara Greg —le dijo Annie. Greg no dijo nada de las ojeras de Annie, sólo sonrió, una sonrisa pesarosa.

—¿No te has enterado de lo que me hizo el FBI cuando publiqué mi libro?

—No —contestó rápidamente Annie, y al instante se sintió mal por ser tan directa y por no haber prestado atención a sus amigos desde que salieron de Innsmouth por segunda vez—, he estado muy centrada en libros, sí… pero en tomos con cientos de años de antigüedad.

Un incómodo silencio les engulló.

—¿Sabes… sabes algo nuevo sobre Jackson? —preguntó Annie.

—¿Le tuteas…? Yo siempre le llamo Elias —. Annie se encogió de hombros ante la sinceridad de Greg—. Hablé con su… nuestro editor, Jonah Kensington, un hombre de confianza. Elias también se puso en contacto con él, desde Londres.

—Sabremos más en un par de días.

—Sí, sabremos más en un par de días —Greg empujó la puerta y le permitió el paso a Annie.

Mo chairde**!! —saludó con efusividad Liam antes de correr a abrazarlos —. ¡Siempre tan seria, Annie! ¡Y tú Greg, vaya cara! ¡Pero, sentaos, sentaos!

Greg y Annie completaron el círculo de los Finns (al que faltaba  Angus, como siempre, porque Angus siempre llegaba tarde) y antes de que nadie dijera nada, Colin le tendió un paquete envuelto en papel marrón a Greg.

—Un regalo… de mi jefe —dijo Colin.

Greg desenvolvió el paquete.

Era su novela: “La Verdad sobre la Redada en Innsmouth”.

—Dice mi jefe que era muy buena… pero que ahora es mejor.

Alguien había cogido la novela y había censurado el noventa y cinco por ciento. Estaba dedicada.

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No vuelvas a hacerlo. Nunca. Fdo: Agente Ashbrook.

—Muy majo, tu jefe —contestó Greg con sorna.

—¿Patry?

—Madame Loconnelle, querida Annie —se presentó la nueva Patry, tras besarla en cada mejilla.

Jacob O’Neil se aclaró la garganta.

—Se que es muy entrañable reunirnos de nuevo, lanzarnos pullas y hablar de lo bien o mal que nos va la vida…

“Pero tengo una resaca de tres pares de cojones y ahora mismo preferiría golpearme los dedos con un martillo antes que seguir aquí” pensó el detective privado.

—… pero Greg y Annie nos han llamado por algo.

—Sí —atajó Greg Pendergast—. Jackson Elias y la Expedición Carlyle.

 

 

 

*¡Amigo! (en irlandés)

** ¡Amigos míos! (en irlandés)

MdN: New York (2) Punta de Lanza

 

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

 

 

 

 

—Operadora necesito contactar con una persona: Colin O’Bannon.

—Un momento, por favor.

—Señor, no contestan en el domicilio. ¿Quiere que pruebe en su lugar de trabajo?

—Sí, hágame el favor.

—Delegación del Bureu Federal de Investigación de Boston, Masachussets. ¿Qué desea? —contestó la persona al otro lado de la línea. Greg Pendergast se quedó bloqueado durante un largo segundo.

Delegación del FBI en Boston… ¿Era una broma? ¿O acaso el gobierno le vigilaba las llamadas tras lo de…?

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

—Estoy… Estoy llamando por  un amigo mío. Colin O’Bannon.

—Espere un segundo, por favor.

—Aquí el agente O’Bannon, ¿quién es?

Greg se quedó de piedra durante otro largo segundo.

—¿Colin? ¿Colin eres tú?

—Sí, soy Colin O’Bannon.

—Soy… soy Greg Penderg…

—¡Hombre! ¡Chupatintas! ¿Cómo lo llevas?

Greg no supo que contestar. Sí, al otro lado estaba su amigo, Colin O’Bannon, ese chico bajito y pelirrojo, hijo del capo local de Arkham, que hacía trampas a la cartas y que no dudaba en sacar la navaja en una pelea. Ahí estaba el hombre con el que bajó a los túneles inundados de Innsmouth, con el que combatió codo con codo, al que hirieron en un tiroteo contra los contrabandistas de alcohol y que casi murió ahogado en una refriega con un profundo.

El agente O’Bannon lanzó una corta risotada antes de continuar hablando.

—¿Cómo llevas las ventas de La Verdad Sobre la Redada de Innsmouth? —. No era una pregunta, era una mofa.

Colin sabía del desastre que le había supuesto para Greg escribir y publicar una novela sobre los sucesos acaecidos durante la Redada de 1929. Perdió su trabajo como periodista en el Baltimore Xtrange, las continuas visitas policiales a su apartamento ocasionaron que tuviera que mudarse, los múltiples juicios en los que se le acusó de traición, de estafa, de desobediencia civil… y las injurias de sus colegas de profesión, que le tacharon de comunista en la prensa escrita. Aunque no había participado de forma activa, Colin sabía que Hoover se había encargado de golpear con fuerza a Greg y a la editorial que publicó la novela, Prospero Press. Había leído muchos de los informes y había estado al tanto del caso. De hecho había visitado la habitación donde se almacenaron más de cincuenta ejemplares de la novela requisados por el gobierno.

Greg firmó un documento al inicio de la Redada en el que juraba que no desvelaría nada de lo que pasó esa fría noche de febrero… y se lo pasó por el culo. Así que Hoover se pasó por el culo a Greg Pendergast.

Sin embargo, el libro era bueno. Muchos críticos literarios lo alabaron y tuvo una gran acogida antes de que las zarpas del director Hoover se cernieran sobre ellos. Al menos ciento cincuenta ejemplares circulaban entre coleccionistas privados y algunas tiendas menores, y Hoover y la maquinaria federal tenían problemas mayores.

—Es lo que tiene sacar a la luz la verdad de lo que pasa en el mundo—se quejó Greg.

—Que hay gente que la esconderá… una vez más.

—Entonces continuaré luchando por sacarla a la luz… otra vez más.

Hubo un corto y tenso silencio, mientras ambos amigos miraban al vacío, sintiendo un regusto amargo en sus paladares.

—Te necesito —se sinceró Greg—. Necesito a los Finns. Un amigo que Annie y yo tenemos en común nos ha pedido ayuda. Estuvo en Innsmouth antes de…

—… la caída en desgracia de la ciudad. Mmmm. Ya veo —Colin tomó papel y lápiz—. ¿Qué amigo en común?

—Jackson Elias.

—Me acuerdo… Un chupatintas metomentodo… como tú. ¿Y qué tripa se le ha roto ahora?

—Tiene información sobre la Expedición Carlyle. Y nos necesita.

—¿A nosotros?

—Sí, a nosotros. A los Finns. Otra vez más —contestó Greg—. Es lo que tiene ser la punta de lanza de la humanidad contra los horrores que se esconden en las sombras, Colin. Que nos necesitan.

Colin se sonrió. Lanzó un vistazo a su alrededor a la oficina donde trabajaba junto al ecléctico grupo de hombres que había reunido el peculiar agente Ashbrook. Un agujero escondido en un subsótano del edificio federal. Aunque en la placa de la entrada se leía: Unidad de Delitos Morales y Contra la Salud Pública, los agentes del edificio lo llamaban el almacén de Expedientes X.

—Me hago una idea.

—¿Cuento contigo?

—Tengo que consultar mis vacaciones… pero claro que sí, Greg. Siempre seré un Finn.

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Agente O’Bannon… Colin O’Bannon

¡Los Finns han vuelto!

Seguramente, y si las estrellas se alinean, este domingo comencemos la campaña de las Máscaras de Nyarlathotep, donde los Finns se las verán con el oscuro dios de los mil rostros.

Tras salvar a su amigo Brian y haber huido de Innsmouth, tras haber aplastado a la Orden Esotérica de Dagon durante la Redada del 29, esa que nunca existió, Angus, Annie, Colin, Greg, Jacob, Liam, Patry y Thomas volverán a las andadas, con mucha menos cordura que antes, para ver si la pierden del todo, se mueren de una forma horrible, o frustran los planes de Nyarlathotep y sus seguidores. Contarán con la ayuda del escritor Jackson Elias, conjuros y rituales, objetos mágicos y, por supuesto, el espíritu de los Finns.

Mientras tanto, y para ir abriendo boca, os dejo con el opening que les hice para generar hype.

 

 

La Redada (24) Los Juramentos de Dagon

Escuadra Apod

Capitán Anthony Corso (MUERTO)

Cabo “The Kid” Ditullio (Boxeador)                                                     ―               Sarita

Cabo Interino Rowan (Ingeniero Químico)                                         ―                Raúl

Soldado 1ª “Leprechaun” O’Brien (Ladrón)                                        ―                Bea

Soldado 1ª “Bullseye” Dalton (Cazador)                                              ―              Toño

Soldado 1ª “Estatua” Drake (Jugador de Baseball)                             ―               Jacin

Soldado Raso “El Muro” Rondale (MUERTO)

Liam McMurdo (Conductor)                                                                 ―             Soler

Angus Lancaster (Arquitecto)                                                               ―            Garrido

Escuadra Sky

Sargento “Sarge” Emile Kowalsky

Cabos Grabatowsky y Wozniasky

Soldado Raso Davronowsky

Soldados 1ª Caronosky, Kozlowsky, Muskowsky y Prochowsky

Soldado de Primera Hammer (Experto en Explosivos)                      ―            Hernan (2)

 

Cuando el soldado de primera Hammer atravesó las puertas dobles de la Orden Esotérica de Dagon se encontró a media escuadra Apod apuntándole. El cabo The Kid Ditullio parecía estar perfectamente, al igual que Billy Rowan, que tras pegarle un tiro en el pie a Bullseye Dalton, se había ganado el apodo de “Friendly Fire” Rowan. Dalton además del pie herido, llevaba el pecho vendado por el zarpazo de un profundo. Leprechaun O’Brien estaba doblando el estandarte de la Orden Esotérica de Dagon, otro “souvenir” que se llevaría a casa. Uno de los ACEs, el amanerado, tenía el brazo vendado, pero el otro estaba perfecto a excepción de cortes y magulladuras. Y estatua Drake tenía el cuello oculto bajo unos prietos vendajes y el rostro ceroso.

El suelo estaba repleto de cadáveres. Algunos no eran cadáveres humanos.

― Sansón ―soltó Hammer, recordando la contraseña del Proyecto Alianza.

―¿Tú eres gilipollas, no? ―le espetó Ditullio―. ¿Y el resto de refuerzos de la escuadra Sky que hemos solicitado?

―Sólo he podido venir yo ―contestó Hammer―. Llevo una mochila de carga explosiva para derribar este antro… y granadas. Sarge Kowalsky no podía permitirse prescindir de más hombres. Nos estamos enfrentando contra medio pueblo y más… cosas… Han empezado a salir hombres rana de las alcantarillas, monstruos acuáticos del río y unas serpientes voladoras.

Los miembros de la escuadra Apod se volvieron hacia los ACEs, Angus Lancaster y Liam McMurdo. De hecho, Angus que se había colgado a la espalda la extraña espada con la que el sectario decapitó a El Muro Rondale, miraba a Liam que boqueaba, intentando recordar algo sobre serpientes voladoras.

―Eso es nuevo ―contestó el Finn.

―Bueno, cabo ―siseó Estatua Drake con sorna ―, tú mandas.

―El piso superior está vacío ―recordó Leprechaun O’Brien.

―Así que sólo quedan esas tétricas escaleras que van… a abajo ―remarcó Friendly Fire Rowan.

―¿Y el capitán Corso? ¿Y el Muro?―preguntó Hammer al percatarse de que faltaban miembros de la Apod.

―¿Qué pedazo quieres que te muestre Bullseye? ―contestó agriamente Dalton.

―Muy bien. Leprechaun y Hammer iréis en cabeza. Bullseye y Rowan le siguen. Luego los ACE ―Ditullio se encaró con Angus―, que van a dejar de hacerse los héroes e irse a pegar tiros en solitario. ¿Capicce?

―Cristalino ―contestó Angus.

―Pues que se note. Yo cierro la formación.

―¿Y yo qué? ―inquirió Estatua con un hilo de voz.

―Tú estás muy débil. Te quedas a esperar a los refuerzos.

―Vale, pero primero me la vas a chupar.

―No es una broma, soldado.

―Me paso por el forro de los cojones tu graduación, Ditullio ―siseó Drake con los dientes apretados―. Y ahora dime en que parte de la formación quieres que vaya.

The Kid le mantuvo la mirada a su compañero durante unos tensos segundos. Una mirada desafiante, llena de determinación.

―En cabeza, con Leprechaun. Hammer, a la retaguardia conmigo ―mientras los invasores quitaban seguros, hacían saltar cerrojos y correderas, el cabo se agarró al soldado herido por el antebrazo―. Ten la Thompson a punto.

―Descuida, meapilas, lo tengo todo controlado.

Liam se apostó junto a Angus ante la estrecha escalera que se internaba en las profundidades. El conductor miró al arquitecto.

―¿Qué? ¿Cómo se te rompió el estoque te has hecho con una espadita nueva?

―Es más grande y pesa más… pero los fundamentos son parecidos ―informó Angus.

―Ya. La parte que pincha se clava en el rival y esas cosas.

―Esas cosas.

―Angus.

―¿Qué?

―Te quiero.

Angus se volteó hacia su compañero, con las mejillas sonrojadas y el corazón en un puño.

Liam se estaba descojonando en su cara.

―¡Aún sigues cayendo en esa broma! ―se mofó el conductor de rostro quemado―. ¡Tendrías que verte el careto, macho!

Liam le palmeó la espalda, antes de que Ditullio ordenara silencio.

Mientras descendían por las estrechas escaleras, en las que sólo podían bajar por parejas, comenzaron a mancharse con un sucio limo que ensuciaba las paredes.

 

Había tres tramos de escaleras, cada uno decorado por una banderola iluminada por una solitaria antorcha, similar a la que Leprechaun había afanado sólo que en estas, además del despreciable signo de la orden, había algo escrito:

Primer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por mi sangre, que guardaré el secreto de tu presencia y la de tus hijos, contra oídos ajenos, sucios extranjeros y otros villanos

¡Ia, Dagon, Ia!

―Alentador ―murmuró Drake.

―¿Qué es eso? ―preguntó Billy Rowan a sus espaldas.

―¿El qué?

―Yo también lo oigo ―afirmó Leprechaun.

Se escuchaba un rumor. Una cantinela que llegaba desde el subsuelo y se repetía una y otra vez.

En el siguiente tramo de escaleras encontraron otra banderola:

Segundo Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

Juro, por mis manos, que volcaré mi esfuerzo en prestar ayuda a la Orden Esotérica y sus sacerdotes, a tus hijos, los que moran en Y’ha-nthlei, y a ti, oh, gran Dagon

 ¡Ia Dagon, Ia!

El rumor ya era distinguible.

―Dagon.  Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon. Dagon.

En el tercer tramo de escalera había otro estandarte:

Tercer Juramento de Dagon

¡Ia, Dagon, Ia!

 Juro, por la sangre de mi progenie, tomar a uno de tus hijos como mi pareja, llevarlo a mi hogar, y engendrar toda la progenie que pueda, para que tu especie crezca bajo de las aguas y en la faz de la tierra.

¡Ia, Dagon, Ia!

―¿Qué es engendrar? ―preguntó Drake.

―Tener descendencia ―contestó Rowan.

―Habla en cristiano, coño.

―Follar ―contestó Angus Lancaster.

Drake se volvió hacia sus compañeros y les miró con unos ojos febriles.

―Estas diciendo… que esta gente y los hombre rana…

―¿A qué ahora entiendes porque esta gente es tan fea? ―continuó Angus.

―A Bullseye no le importa donde la mete o deja de meter el enemigo ―contestó Bullseye―. Bullseye quiere bajar y terminar con todo esto.

―Amén a eso ―susurró Leprechaun.

Bajaron más.

Otro largo tramo de escaleras que desembocó en una árida habitación del tamaño de toda la planta del edificio masónico. Esa habitación, iluminada pobremente por una docena de antorchas, estaba gobernada por la presencia de tres gigantescas estatuas. La de la derecha representaba a Padre Dagón, un profundo enorme con un gran falo. La de la izquierda era Madre Hidra, una profundo con unos enormes atributos femeninos. Y en el medio, el Gran Cthulhu, una monstruosidad tentacular con pequeñas alas de murciélago. Las estatuas estaban hechas de una piedra negra con vetas plateadas y parecía que sus ojos de esmeralda miraban a los invasores que se prepararon para desplegarse ante el enemigo.

El enemigo eran filas y filas de fieles arrodillados, invocando el nombre de su deidad, Dagon, junto a una sarta de palabras incomprensibles. Muchos vestían túnicas, otros sólo eran simples marcados de Innsmouth, hombres, mujeres y niños. Todos entonaban la misma algarabía, a la vez.

Ante la horda de fieles había dos sacerdotes, a los cuales la marca de Innsmouth les había deformado de tal manera que parecían profundos con ropa. Se trataba de los sumos sacerdotes de la Orden, Jemeriah Brewster, cuya enorme boca lucía una hilera de finos y desiguales colmillos, y Robert Marsh, que poseía una leonada melena atrapada tras una tiara de oro argentífero.

―Escuadra ―llamó Ditullio―. Nos desplegaremos en hilera. Drake, dispara al dentón de la izquierda. Leprechaun, al melenudo de la izquierda.  Bullseye, al segundo por la izquierda. Friendly Fire, al segundo por la derecha. El Esgrimista Mariposón, al tercero de la izquierda. Filete Muy Hecho, al tercero de la derecha.

―¿Ya tienen apodos? ―preguntó Rowan con voz lastimera, pero The Kid le chistó.

―Hammer tu y yo tiramos granadas… al bulto.

―Pero…

―Al bulto. ¡Vamos!

Liam supo que tras esa orden todos, incluidos él y Angus, empezaron a gritar. La adrenalina corría por sus venas, envenenaba su organismo, les empujaba a pelear. Sin embargo, el tiempo comenzó a avanzar a cámara lenta. Todo. Cada paso, cada gesto, cada respiración, cada latido.

Liam lo vio todo.

La escuadra Apod se desplegó en hilera tal y como The Kid Ditullio había ordenado. Entre los adoradores surgieron diez profundos ataviados con túnicas aguamarinas y armados con lanzas de coral. El sumo sacerdote, Robert Marsh, les dirigió una agresiva mirada cargada de odio, sin dejar de continuar con la gorgoteante letanía, pero Jeremiah  Brewster les señaló con un dedo acusador mientras croaba unas áridas órdenes.

No pudieron hacer más.

La ráfaga de disparos de Estatua Drake le reventó la cabeza a Brewster. La andanada de disparos de Leprechaun O’Brien lanzó a Robert Marsh contra la estatua de Dagon, dejando su laxo cuerpo acribillado. Bullseye Dalton abatió con un certero disparo a un profundo. Friendly Fire Rowan frenó el lanzamiento de otra de esas criaturas con su tiro. La escopeta de Angus tronó, lanzando a dos profundos hacia la multitud que había a sus espaldas. Las granadas que Ditullio y Hammer arrojaron, pusieron en pie a los habitantes de Innsmouth que se levantaron, olvidaron el ritual y comenzaron a huir, por donde podían.

Y Liam observó como la corredera de su pistola se deslizaba hacia atrás. Como la bala generaba un estallido en la boca de su cañón y volaba hacia la cabeza del profundo que corría hacia él, enarbolando su venablo, antes de que el proyectil astillase su frente y le reventase la tapa de los sesos.

Los fieles salieron corriendo en tropel, la mayoría no huyó hacia los militares, que continuaron disparando sin compasión sobre monstruos, híbridos, mujeres, ancianos y niños. Huyeron hacia las estatuas, entrando por unos estrechos pasadizos que serpenteaban tras ellas, desapareciendo en los túneles de los contrabandistas.

Las granadas explotaron. Varios cuerpos volaron por el aire. Una tromba de personas asustadas se cernieron sobre los invasores que continuaron disparando. O’Brien y Rowan fueron derribados la marea de gente. Hammer lanzó una descarga con su metralleta Thompson que fulminó a cinco niños de no más de seis años. Ditullio la emprendió a golpes de culata con un profundo. Drake se escondió tras una columna para recargar su arma. Cada vez que Bullseye apretaba el gatillo, una figura caía pesadamente al suelo. Angus y Liam continuaron luchando, espalda contra espalda.

Mientras ocurría este frenesí de gente corriendo aterrada, el techo crujió.

Un golpe.

Dos golpes.

Las antorchas titilaban.

El polvo caía del techo.

Tres golpes.

Muchos, adoradores de Dagon y soldados de la escuadra Apod, volvieron la vista hacia el techo… Que se agrietó…

―No me jodas ―gruñó Ditullio segundos antes de que  una enorme zarpa de batracio atravesara cientos de toneladas de tierra y piedra, arrojando escombros por doquier y enterrando bajo su peso al cabo que apodaron The Kid durante su participación en los Golden Gloves.

Dagon había llegado hasta la Orden Esotérica, había arrancado el techo y atravesado todo el edificio a zarpazos, y había abierto el suelo para llegar hasta la sala de oración. Su zarpa comenzó a tantear la sala, buscando algo.

―¡¡¡¡Ditulliooooooooo!!!!! ―aulló Drake que atravesó la sala, corriendo hacia la zarpa y disparándole con rabia con todas las balas de su metralleta. Balas que fueron como la picadura de docenas de molestos mosquitos sobre las duras escamas del titán.

La garra se agitó con la violencia de un ciclón. Golpeó y mató a una docena de sus fieles…

Y a Estatua Drake. Su cuerpo se quebró como una frágil ramita y salió despedido por el impacto, golpeando duramente contra la pared de piedra.

La zarpa se hundió en el suelo arenoso del sótano y extrajo un cono de piedra plagado de retorcidos glifos grabados en un extraño mineral ultraterreno. Se trataba de la piedra rosseta de los Glifos de R’lyeh, el libro de Dagon original.

Una mano agarró a Leprechaun del hombro. El irlandés se había quedado sin munición para la metralleta y alzó su Colt 45 contra el intruso, que era el soldado de primera Bullseye Dalton.

―Saca a todo el mundo de aquí ―ordenó el francotirador.

Leprechaun asintió con la cabeza. Ayudó a Billy Rowan a ponerse en pie y contempló a Dalton caminar con paso firme entre los últimos aterrados adoradores de Dagon, hacia el gran agujero del techo.

―¿Qué vas a hacer? ¡Bullseye!

―Bullseye va a matar a esa cosa ―dijo Bullseye antes de alzar su fusil 30.06. Disparó hacia la oscura figura del padre de todos los profundos que se alzaba a docenas de metros de ellos.

Leprechaun empujó al aturdido Rowan y se unieron a los Finns mientras los instaba a salir por las escaleras que llevaban al exterior. Hammer dejó caer su mochila explosiva ante uno de los horribles ídolos de la sala, aquel que tenía una cabeza cefalópoda. Activó los explosivos para explotaran en cinco minutos y pasó corriendo junto a Bullseye que continuaba disparando a Dagon.

El experto en explosivos de la escuadra Sky salió sin ver como la zarpa del  primigenio descendía de nuevo y agarraba a ese molesto hombrecillo que continuaba atacándole en solitario. Nadie vio como el gigantesco profundo lo alzaba y le miraba furibundo. Aunque había perdido el fusil, Dalton continuaba disparándole con su pistola.

―Bullseye espera darte ardor de estómago, maldito hijo de…

Nadie vio a Dagon devorar de un bocado la mitad del cuerpo del cazador de ciervos de Iowa, Bullseye Dalton.

Y en ese momento, la mochila explosiva de Hammer detonó. Los supervivientes de la escuadra Apod salieron de la Orden Esotérica de Dagon a tiempo de ver como la estructura del edificio se venía abajo y se derrumbaba, escupiendo una nube de polvo que inundó dos manzanas.

La colosal figura de Dagon se internó a zancadas por las calles de Innsmouth, hasta llegar al puerto, donde se zambulló en el mar y desapareció.

613629-dagon
Dagon ya tiene su Libro

Ver a su dios huir calmó el ánimo de los furiosos habitantes del pueblo maldito, los cuales depusieron las armas y permitieron que las tropas norteamericanas les redujeran y detuvieran.

Sentados en los escalones del derruido edificio, Angus y Liam fumaban, con aire ausente, dos horribles puros que Sarge Kowalsky les había regalado con motivo de la victoria.

Angus se volvió hacia Liam.

―Liam.

―¿Qué? ―contestó este, contemplando como unos militares conducían a un grupo de híbridos de Innsmouth que caminaban con las manos en la cabeza en fila de a dos.

―Yo también te quiero.

Liam se volvió de improviso hacia su compañero, el cual sonreía con malicia.

―¡Tendrías que verte el careto, Filete Muy Hecho!

―Me has cazado, pero bien, Esgrimista Mariposón.

Y, entre tanto horror y caos, Liam y Angus estallaron en carcajadas, como hacía diez años

La Redada (23) El Nido del Shoggoth

TÚNELES DE LOS CONTRABANDISTAS

Escuadra Abel

Teniente Eric Doud (MUERTO)

Soldado Raso Cooley

Soldados Rasos Anzack y Witzneki (DESAPARECIDOS)

Cabo Leven (MUERTO)

Soldados de Primera White y Mason (MUERTOS)

Soldados Raso Barrow (MUERTO)

Escuadra Baker

Sargento “Dispara Primero” Smeltz           –            Bea

Cabo Kaye(MUERTO)                           –            Hernán

Cabo “Cenicero” Pollard (Lanzallamas)    –            Raúl

Cabo Wold (Lameculos del Teniente Doud)–            Sarita

Soldado Raso Pelkie (Mascota del grupo)   –            Soler

Soldado Raso Mayhew (MUERTO)               –            Garrido

Colin O’Bannon (Tahúr)                                –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Supervivientes de la Escuadra Charlie

Soldados de Primera Chumeski (Thompson)        –         Garrido2

Soldados Rasos Muzzarella (Fusil)               –            Hernán2

Escuadra Dog (Muertos en Combate)

 

 

El humo y el polvo se asentaron en el interior del túnel.

La refinería Marsh había sido destruida tras el bombardeo del USS Urania. Un enorme peñasco se había precipitado sobre uno de los botes, destrozándolo por completo.

En las profundidades, alguien encendió una linterna sobre el otro bote y una decena de figuras se acercaron tímidamente hasta la luz. Calados, tiritando, magullados.

La peor parte se la había llevado Colin O’Bannon. Un cascote le había abierto la cabeza y tenía la cara cubierta de sangre. Greg Pendergast le estaba vendando la cabeza mientras negaba con la cabeza.

― Un baño con un profundo. Un tiro.  ¿Y ahora te das de cabezazos contra las piedras? ¿Estás buscando qué te maten o qué?

―Puede… ―gruñó Colin. Greg paró de hacerle primeros auxilios y miró a su amigo de la infancia.

―¿Qué pasa?

―No pasa nada.

―Colin, quizá no salgamos con vida de estos túneles ―comenzó Greg―, así que… que cojones más dará. ¿Dime qué te pasa?

Colin le miró fijamente antes de apartar la mirada y contestar con voz monocorde.

―Tú tienes a toda tu familia, Greg. Eres el niño bonito de los Pendergast, el que fue a la universidad… Yo soy la decepción de mi padre. Si muero, nadie me llorará.

―Venga ya. He visto como tu familia montaba un funeral que parecía una fiesta cuando uno de sus “allegados” tenía un “accidente”. Tú eres de su sangre.

―Les da igual, Greg. Le doy igual. Siempre le he dado igual. He sido un cero a la izquierda. Salvo con los Finns. Salvo ahora. Ahora somos héroes.

Los soldados Cooley, Chumeski y Muzzarella lanzaban paladas al agua, haciendo avanzar el bote por el desastrado túnel. El joven soldado raso Pelkie se abrazaba a su rifle mientras gimoteaba. “Cenicero” Pollard y “Dispara Primero” Smeltz oteaban en la negrura, apretando el lanzallamas y la Thompson, atentos a la aparición de nuevos enemigos. El Cabo Wold se abrazaba a sus rodillas llamando con un hilo de voz al fallecido teniente Doud.

―Que triste es tu concepto de heroicidad ―comentó Greg con sorna.

―Es la primera vez, desde que fui un Finn, que hago algo por el bien del resto y no para satisfacer mis vicios. Para llenar mi vacío. Yo…

El sargento Smeltz ordenó silencio.

Al fondo del túnel comenzó a apreciarse un verdososo fulgor. Apagaron las linternas y todos se aprestaron para enfrentarse a lo que fuera. El pasadizo desembocaba en una gran cámara subterránea, llena de estalactitas y estalagmitas y que estaba inundada, por lo menos un metro de profundidad de agua cristalina en cuyo fondo abundaban las algas fosforescentes que desprendían esa mortecina luz verdosa… y que rodeaban una infinidad de tesoros. Cientos de piezas de oro argentífero poblaban el fondo: coronas, tiaras, colgantes, amuletos, collares, estatuillas, lingotes…

Y, anclada en medio de la caverna, estaba la embarcación de los mafiosos de Innsmouth que habían robado los soldados Anzack y Witzneki.

De hecho, Anzack les estaba encañonando con su rifle, mientas que Witzneki estaba metido hasta el pecho en el agua, aparentemente pescando piezas de oro.

―Un solo movimiento y le pego un tiro al lanzallamas de Cenicero ―amenazó el soldado Anzack―. Y ya sabéis todos que tengo buena puntería.

―Sobre todo para disparar por la espalda ―escupió Smeltz―. No vas a salir de esta impune, muchacho.

Antes de que Anzack escupiera un insulto, Witzneki alzó las manos en las que sostenía un puñado de piezas de oro plateado.

―¡Mire esto sargento! ¡¡Este sitio está lleno de tesoros!! ¡¡¡Tesoros!!! ¡Podemos salir de aquí siendo ricos, señor! En vez de seguir amenazándonos, podríais ayudarme a llenar de los botes con todo este tesoro.

―¿Y los monstruos? ―preguntó Chumeski.

―No había ninguno ―siseó Anzack sin apartar la vista del depósito de combustible del lanzallamas de Pollard.

―Me estáis diciendo ―comenzó Greg con el sarcasmo impregnando cada una de sus palabras―que los profundos tienen una cámara llena de todos sus tesoros… ¿y la han dejado desprotegida?

―Aquí estamos ¿O no lo ves, listillo?

Colin apuntó, con un índice acusador, al soldado Witzneki. Alrededor del marine el agua se había oscurecido, cómo si una nube de tinta hubiera llenado el agua que le rodeaba. El soldado metió el brazo en la sustancia, percibiendo como el agua adquiría una consistencia más… pegajosa.

―Lo que estáis es jodidos ―declaró Colin, antes de que Witzneki comenzase a chillar.

Witzneki estaba metido hasta la cintura en el cuerpo amorfo y medio líquido de un shoggoth. No una pequeña semilla como la que había devorado la cara del teniente Doud, sino de un ejemplar maduro, una pesadilla acuosa llena de ojos, dientes y zarcillos viscosos. Docenas de metros cuadrados de limo viviente. La criatura fluyó veloz por los brazos y el pecho de Witzneki, quemando, digiriendo y devorándole en cada centímetro de ascenso.

Anzack miró de reojo a su gemebundo colega, volvió a apuntar al depósito del lanzallamas.

―¡Anzack! ¡Baja el arma, maldita sea! ―aulló Smeltz.

El soldado obedeció y se volteó para encarar al shoggoth que continuaba deglutiendo al quejumbroso Witzneki. El resto de la criatura se alzó por encima de la superficie del agua como una ola de protoplasma transparente donde se apreciaban los restos medio digeridos de sus víctimas previas: cadáveres mutilados, podridos, rostros boquiabiertos, cabezas roídas, torsos hinchados y miembros cercenados parcialmente disueltos. El shoggoth envolvió por completo a Witzneki y lo elevó por encima del bote. Witzneki gorgoteaba, tragando shoggoth que le fundía por dentro y por fuera.  Anzack disparó, a ciegas.

La pesadilla protoplasmática había adquirido la forma de una columna de carne negra, bamboleante y muerta, que casi tocaba el techo.

Smeltz ordenó abrir fuego a discreción. Su Tommy descargó todo el tambor de munición que le había afanado al cadáver del Bastardo de los Waite y la Thompson de Chumeski escupió plomo junto a la ametralladora Browning que llevaba Greg. Colin disparó con una pareja de revólveres que había afanado de la armería de los mafiosos. Cooley disparó con su fusil y Muzzarella hizo lo propio, pero apuntando a Witzneki “Para paliar su sufrimiento” pensaba mientras sonreía, como había pensado cuando abatió al teniente Doud.

Pero no todos sus hombres pudieron soportar la visión del shoggoth. Pelkie arrojó su fusil, se tiró al agua y comenzó a nadar hacia el túnel, en dirección contraria al monstruo, sin dejar de gimotear. Pollard se acuclilló sobre la cajonera hermética en la que guardaban la dinamita y comenzó a sacar cartuchos cuando vio al cabo Wold comenzar a reír histérico.

―¡Cabo!  ―le llamó Cenicero por encima del estruendo del tiroteo. Wold le miró fijamente y sacó su Colt de la cartuchera.

―Tranquilo, Pollard, tranquilo ―dijo el cabo Wold―, me voy con el teniente Doud.

Y se puso el cañón de la pistola bajo el mentón antes de volarse la tapa de los sesos.

El fusilamiento al shoggoth había sido bastante efectivo. La estructura del monstruo se encontraba apolillada y ya no parecía gomosa si no más fluida. Los pedazos a medio digerir de sus víctimas se escapaban del interior de su superficie legamosa y empezaron a caer al agua. El cuerpo inerte de Witzneki cayó en el bote de Anzack, junto a fragmentos acuosos del monstruo. El soldado huyó hacia la cabina e intentó encender los motores. El shoggoth penduleó, como borracho, herido, hasta que dejó caer toda su masa sobre el bote que capitaneaba Anzack. El pesado protoplasma cayó como el puño de un gigante sobre la embarcación, partiéndola por la mitad. Los soldados escucharon a Anzack gritar desde la cabina. El shoggoth estaría herido de muerte pero aún era mortal y comenzó a digerir al desertor.

“Cenicero” Pollard encendió varios cartuchos de dinamita y los arrojó hacia los restos de la embarcación bañada por el shogghot mientras “Dispara Primero” Smetlz, Chumeski y Pendergast se afanaban en recargar sus armas.

―¡Nos rodean! ―aulló Colin disparando contra un hilo de limo iridiscente que rezumaba por una grieta del techo.

No era el único. Diversas semillas del shogghoth, como la que les atacaron en la refinería volvían al nido. Se arrastraban por el agua, se descolgaban desde grietas del techo, emergían de las hendiduras de las paredes. Una de las semillas se dejó caer en medio del bote, adhiriéndose al soldado  Muzzarella que aulló de dolor intento arrancarse esa cosa del cuerpo.

El soldado Pelkie frenó su nado cuando uno de esos seres se deslizó por el agua hacia él. El soldado comenzó a bracear histérico, huyendo de la masa negra que se deslizaba por el agua mucho más rápido que él. El soldado la notó burbujear a sus pies. Notó como el agua se volvía más densa, más pesada, como sus manos desnudas y su rostro se irritaba ante la presencia de ese ser nocivo, esos humores gástricos vivientes le rodeaban, pasaban bajo el, a través de él…

Y le ignoraban avanzando hacia el centro de la caverna. Donde casi todas las semillas parecían estar reuniéndose.

La dinamita explotó acabando con el shoggoth. O no. Lo cierto es que el monstruo y la embarcación donde estaba pegado explotaron. Sus pedazos licuados volaron por todas partes, se pegaron a la pared, se esparcieron por la caverna… pero alguno de esos fragmentos se arrastraron hasta pequeñas grietas o se dejaron caer al agua del túnel, para desaparecer en la oscuridad.

Tocar la semilla de shoggoth que le devoraba, quemaba las manos de Muzzarella y las dejaba cubiertas de ampollas. Sentía como unos largos dientes se formaban y hurgando en su cuello, tragando, chupando, succionando. Mareado de dolor, agarró su granada.

―¡Semper fidelis, hijo de puta! ―aulló, antes de tirarse por la borda y explotar junto al bote.

La violencia del estallido zarandeó el bote. La metralla impactó al soldado Cooley y lo lanzó al agua. Nunca más volvieron a verle.

El horror no había terminado.

Las semillas del shoggoth salieron de debajo del agua, unidas unas a otras en una danza macabra, retorcida, adquiriendo la forma de otra columna de carne negra y gomosa, otro shoggoth, un tornado de seis metros, pegajoso y protoplasmático, formado por retales de semillas, que se alzaba sobre el bote con un inimaginable apetito alienígena.

―Borremos a esa cosa de la faz del planeta ―ordenó el sargento Smeltz, antes de que todos los supervivientes del bote (salvo el atemorizado Pelkie) abrieran fuego a la vez con sus armas.

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Rudy”Dispara Primero”Semltz Vs Shoggoth de Innsmouth (Ilustración de dimmartin)

La potencia de fuego fue espectacular. Los subfusiles Thompson escupiendo munición, las pistolas de Colin tronando con cada disparo, la ametralladora Browning disparando hasta  la última bala… y para finalizar, la lengua flamígera que escupió el lanzallamas de Cenicero Pollard cuyo fuego  comenzó a devorar al monstruo informe.

La masa se encogió  y saltó como un resorte hacia el techo, golpeándolo como un puño enorme. Greg y Colin pensaron que el monstruo pretendía derribar el techo sobre ellos, así que se encogieron en el bote, prevenidos ante otro posible derrumbe. Pero el ente se encaramó al techo y comenzó a deslizarse por las grietas, huyendo de los invasores. Las semillas de shoggoth emergieron en una casa de la maldita ciudad de Innsmouth, destrozando todo a su paso, y borboteando en su huida hacia el océano.

―¿Hemos… ganado? ―preguntó el soldado raso Pelkie desde el agua, temblando, con la cara y las manos cubiertas de ampollas.

―Aún no hemos salido de aquí ―murmuró Colin con tono siniestro.

A base de su instinto y su experiencia, Smeltz les orientó para salir del complejo de los túneles de los contrabandistas. La munición escaseaba. La ametralladora Browning y la Thompson de Chumeski no tenían balas, Smeltz solo disponía de un cargador para Tommy y solo había dos rifles funcionales. Aún disponían de las pistolas del calibre 45, un revólver del calibre 32 que Colin había afanado del antro de los contrabanditas, del lanzallamas de Pollard y unos pocos cartuchos de dinamita. El bote estaba dañado por la granada de Muzzarella y, poco a poco, la embarcación se anegaba de agua y debían ir achicando con sus cascos. Pelkie lloriqueaba débilmente en un extremo del bote, hecho un ovillo.

Y entonces, avanzando por un estrecho túnel, comenzaron a escuchar el rumor. Gorgoteos. Chasquidos. Voces.

Luces.

Haces de linternas. Antorchas.

Figuras oscuras que recorrían los túneles tras ellos, que se les acercaban.

Muchas figuras.

Muchísimas.

Smeltz alentó a sus hombres. Greg y Chumeski apretaron los fusiles contra sus hombros. Colin apuntó con el revólver. Pollard prendió el lanzallamas. Pelkie se encogió aún más.

Por los túneles comenzaron a aparecer infinidad de profundos e híbridos, humanos deformes de ojos sin párpados, caminares zancudos y zarpas palmeadas que llevaban de la mano a sus hijos, completamente humanos. Una Profundo de enormes pechos, cargaba en brazos con un decrépito anciano. Dos batracios pesadillescos precedían a tres niños que lloraban asustados ante la presencia… de los militares. Una mujer entrada en carnes corría de la mano junto a un profundo de dientes de criatura abisal.

Los profundos y los híbridos pasaban por los lados del bote. Les dirigían venenosas miradas mientras los supervivientes de la operación les apuntaban con sus armas, con los dedos temblando sobre los gatillos, asustados.

Greg fue el primero en bajar su arma.

― No son una amenaza ―informó Greg y apoyó su mano en el cañón de Chumeski.

Los profundos y su parentela, que no habían muerto en sus encontronazos con los soldados que continuaban la redada en el pueblo, habían decidido huir de Innsmouth por los pasadizos.

Cansado de combatir, de matar y ver morir a sus soldados, Smetlz ordenó a sus hombres esperar a que los habitantes de la ciudad les flanqueasen… tras lo cual les siguieron.

Hasta el exterior.

Hasta el mar donde la tibia luz del sol  que comenzaba a salir en una fría mañana invernal les acarició.

Greg y Colin se abrazaron y rieron junto a los escasos supervivientes del asalto a los túneles.  El sargento Smeltz predijo que Greg y Colin habían hecho allí amigos de por vida.