MdN: New York (32) Home Run

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster intentó levantarse pero el puño que apretaba su corazón volvió a comprimirlo con fuerza. El arquitecto se retorció por el suelo gimoteando, intentando en vano respirar.

Madame Loconnelle se quedó en medio del patio, sobrecogida al ver amigo convulsionando. Su mano descendió a la falda buscando el Derringer de doble cañón que escondía en la liga, cuando vio por el rabillo del ojo a la pareja de vagabundos levantarse entre los harapos… armados con dos afilados prangas.

Patry alzó la pequeña pistola y disparó contra el primero de los hombres que se abalanzaba sobre ella. Las pequeñas balas del calibre 22 impactaron en la garganta del tipejo y lo derribaron, pero el segundo lanzó un fiero tajo sobre ella. Patry giró grácilmente sobre sus tacones evitando la hoja y corrió hacia el callejón, donde Colin O’Bannon le esperaba con el revólver del calibre 32 en la mano.

—¡Refuerzos! —pidió Colin disparando a ciegas. Los proyectiles pasaron cerca de Patry, salpicando el suelo alrededor del agresor del machete —¡Hay que salvar a Angus! ¡Joder! ¡Algo le pasa a Angus!

Greg Pendergast salió corriendo del coche de Liam, con el bate de baseball en la mano.  Annie O’Carolan le imitó, pero dio la vuelta alrededor del Packard Twin Six que Liam McMurdo arrancaba en ese momento.

Angus intentó arrastrarse por el suelo, pero la garra le estrujaba el pecho sin compasión. Tosió una bocanada de sangre entre sus labios cianóticos, las fuerzas le abandonaban, el brazo izquierdo se sacudía entre espasmos…

Patry huyó del callejón hacia el coche de Liam. Colin le descerrajó dos tiros al hombre del machete, pero este, que aullaba como un salvaje perro rabioso, ignoró los disparos y se cernió sobre él, escupiendo espumarajos por la boca, con los ojos en blanco y el largo pranga sobre su cabeza, presto a caer sobre el pelirrojo.

—¡Colin al suelooooo!

Colin cayó de culo sobre las baldosas al tiempo que el bate de Greg aparecía sobre su coronilla como una lanza y se incrustó en el mentón del falso indigente, que cayó despatarrado al suelo, salpicado de sangre y dientes.

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—Home Run, hijo puta —sentenció el ex bateador estrella de la universidad de Baltimore, antes de reventarle la cabeza de un bestial palazo.

Colin y Greg miraron hacia la tienda. En el dintel de la puerta, estaba el anciano Silas N’Kawe, jadeando, poseído por una rabia inhumana, con otro largo pranga en la mano derecha.

—¡La Lengua Sangrienta no será neg…! —comenzó a entonar con furia, antes de que el marco de la puerta estallase en astillas.

Annie O’Carolan apareció entre los hombres disparando con su Luger P08. Silas se encogió cuando la siguiente bala pasó a centímetros de su cara.

—¡Moveos, joder! —gritó Annie sin dejar de disparar. Silas N’Kawe se refugió tras la puerta, pero Annie la destrozó a balazos, impactando a ciegas en la fea cortina que la cubría

— ¡Coged a Angus y salgamos de aquí!

Greg y Colin corrieron hasta Angus, que comenzaba a sentir como el puño encajonado en su pecho desaparecía, permitiendo a su corazón bombear sangre, devolviéndole la vida y las fuerzas. Se apoyó en sus amigos y, juntos, los tres, corrieron hasta el coche de Liam, mientras Annie les cubría, barriendo a tiros todo el escaparate de la Casa del Ju-Ju.

Cuando llegaron hasta el coche, Liam llamaba con el claxon a Thomas Connery y a Jacob O’Neil, el cual había disparado dos veces con su escopeta a… ¿Un cubo de basura?

—¿A qué coño estabas disparando? —le recriminó Thomas, cuando todos se montaron dentro del coche y Liam arrancó quemando rueda.

—Creí que había algo trash el cubo… —se excusaba Jacob.

—¡Joder, Jacob! ¿Estás borracho? —preguntó Patry.

—¡Angus! —chillaba Annie abofeteando al arquitecto en el asiento de atrás—. No te duermas, joder. No te duermas ¡Espabila!

—Tenemos que volver —consiguió murmurar Lancaster.

—¡Sí, claro! ¡Ahora mismo! —espetó sarcástico Liam, mientras pegaba un volantazo para alejarse aún más de la calle 137.

—¿Pero qué dices? ¡Si estas medio muerto! —le chilló Greg.

—Está delirando —declaró Annie, antes de arrearle otro bofetón en la mejilla—. ¡Vuelve Angus! ¡Vuelve!

—¡Estoy bien! ¡Deja de pegarme! —se quejó el hombrecillo apartándose de la cazadora de libros—. No lo entendéis. ¡Son ellos! ¡Son los que mataron a Jackson Elias! ¡Seguro! ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que…!

—Tenemos que ir a una puta fiesta de la alta sociedad —le azuzó Colin con los dientes apretados por la rabia—. Y tú eres nuestro billete de entrada, idiota. Si te dejas matar no podremos entrar.

—Pero son ellos… ¡Lo mataron!

—¿¡Entonces por qué coño les dices que le conocías!? ¿¡A qué venía ese rollo!?

—¡Esto no solo se reduce a los asesinos de Jackson Elias!—chilló Greg, consiguiendo algo de silencio tras su alarido—. No es venganza… Tenemos que saber porqué Jackson investigaba a la expedición Carlyle. Tenemos que saber más sobre Roger Carlyle y esa expedición, Angus. Esto no lo hacemos por venganza.

Greg y Annie se miraron por encima de Angus, que se recostó en el asiento, respirando con cierta dificultad, pero más relajado.

—No es sólo por venganza —repitió Annie O’Carolan negando con la cabeza.

Las maniobras de Liam hubieran despistado al mejor conductor del departamento de policía de Nueva York. De haberlo hecho, nadie les hubiera seguido, pero ningún sectario de la Lengua Sangrienta, ni ningún policía que hubiera acudido por el tiroteo les seguía.

Nadie.

Los Finns se alejaron de la Casa del Ju-Ju, del Harlem, de Nueva York, con destino al condado de Wenchester.

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MdN: New York (29) La Lengua Sangrienta No Será Negada

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea

 

 

Estás en la habitación de un hotel. Deberías deshacer la maleta que dejaste junto a la cama, algo que has pospuesto desde que llegaste del viaje, pero otras obligaciones lo han pospuesto y ahora no quieres hacer tener la ropa desperdigada por la habitación.

El motivo es simple: Esperas a alguien.

Miras nervioso tu reloj de bolsillo. Aún queda media hora hasta que tus amigos lleguen. Te sientas frente al pequeño escritorio de la habitación y ojeas por encima un par de cartas, releyendo la información que ya sabes o que suponías.

Alguien llama a la puerta. Extrañado miras de nuevo el reloj.

Tu corazón palpita más rápido. ¿Se habrán adelantado? Pudiera ser, aunque tus amigos son personas de puntualidad británica, siempre llegan a la hora en punto. Vaya dos, piensas mientras devuelves el reloj a su sitio y caminas hacia la puerta. “Hacen buena pareja” piensas, segundos antes de abrir la puerta.

No son ellos. La sorpresa te vence y eres incapaz de cerrar la puerta antes de que cuatro hombres negros irrumpan en la habitación. Son fuertes, demasiado. Uno de ellos es enorme. El otro parece un animal salvaje. Otro será un adicto al opio, al hachis, o a alguna droga que lo consume, pero sabe patear a un tipo que está en el suelo. La boca te sabe a sangre. Todo se nubla. Y entre los vapores de la inconsciencia tu mirada se fija en el cuarto hombre, de piel negra como la noche, de sonrisa blanca como la de un tiburón y de profundos ojos, tan negros, que parecen no tener esclerótica.

Cuando el dolor te despierta, te descubres encima de la cama, desnudo, indefenso, bocabajo, con una mordaza entre los dientes y la sangre chorreando por tu cara. El hombre negro, del abrigo negro está hincando la punta de un monstruoso machete en tu cara, dibujando algo.

Lloras, y gimes, y suplicas. Aunque sabes que no habrá perdón. Que no habrá clemencia.

El más grande de todos se ha desnudado. Luce un capuchón de color carmesí del que cuelga una obscena tira de cuero rojo. Sus camaradas también lucen ese horrible capuchón. Te voltean, exponen tu desnudez. El hombre grande alza el pranga, ese machete gigantesco sobre tu vientre desnudo. Te desgañitas chillando contra la mordaza, para mayor deleite del hombre de ojos negros.

—La Lengua Sangrienta no será negada.

Y el machete cae.

Y es entonces cuando despiertas.

 

***

 

Patry O’Connel despertó gritando en su casa. Desnuda. Con su nívea piel cubierta por una película de sudor frío. Se había dormido abrazaba junto al al ídolo de Cthulhu, acunándolo junto a su generoso pecho. Lo contempló entre sus temblorosas manos, extrañada, preocupada… No debía haber soñado eso. Debía haberse metido en el oscuro pasado de Silas N’Kawe y, en su lugar, había soñado con los últimos momentos de vida del pobre desgraciado de Jackson Elias. ¿Por qué? ¿Qué había pasado?

Parecía… parecía como si alguien se hubiera metido en sus sueños.

Y no fue en los sueños de la única.

En el Grand Hotel de Nueva York, en la habitación en la que dormía Colin O’Bannon, el ex tahúr pelirrojo se despertó sobresaltado, sudoroso, con el corazón taladrándole el pecho. Tuvo que revisar dos veces su habitación para quedarse tranquilo. En la primera comprendió que no estaba en el Chelsea Hotel, que no era Jackson Elias, que era Colin. En la segunda comprobó que no hubiera nadie escondido, preparado para sacrificarle en honor a su sanguinario dios.

Y en el coche en el que montaba guardia junto a Jacob O’Neil, Thomas Connery se despertó gritando, buscando su pistola con intención de defenderse de sus agresores imaginarios, angustiado, aterrado, receloso. Jacob, borracho pero atento a los alrededores del local de Mabel, La Gorda le tendió su botella de bourbon barato, y el licor le calentó las entrañas y le calmó los ánimos. Pero Thomas necesitaba algo más fuerte. Sus pulmones clamaban por una calada de opio.

Alguien había enviado pesadillas a esos Finns. Alguien con poder.

Alguien con Ju-Ju.

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El Gran Mukunga sonrió satisfecho frente al brasero del que emanaba una acre humo violáceo que le había permitido atravesar el mundo onírico para envenenar los sueños de sus rivales. Aún no sabía quiénes eran esos patéticos hombrecillos que habían interrumpido su ritual sobre el hereje, ni que habían atacado con su sucia magia infiel a su lacayo… pero lo acabaría sabiendo.

La Lengua Sangrienta no sería negada.

MdN: New York (19) La Habitación 410

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (19) La Habitación 410

 

Greg Pendergast llamó discretamente a la puerta de madera negra, donde resaltaban las cifras en metal dorado 410. La puerta de la habitación donde se hospedaba Jackson Elias.

—¿Jackson?

Greg escuchó algo dentro la habitación… Algo que se quedaba muy quieto… en silencio… Suponía que Jackson estaba receloso, así que sacó su reloj de bolsillo y comprobó la hora. Llegaban con unos minutos de antelación, sí, quizá por eso… Volvió a llamar.

—Jackson, soy yo. Greg Pendergast.

Angus Lancaster se acercó a la puerta y puso su oreja cerca de la madera. Escuchó al otro lado dos graves voces hablar entre susurros…

—Ahí dentro hay más de una persona —informó en un susurro mientras se llevaba la mano al bastón estoque—, y no hablan en inglés.

Greg comenzó a aporrear la puerta con insistencia. Llamó en voz alta y potente a Jackson.

En ese momento, en el exterior, en las escaleras de incendio, por encima de Colin O’Bannon y Thomas Connery, alguien salió al inestable rellano del cuarto piso. Colin advirtió el movimiento y detuvo el ascenso de Thomas. Sacó su revólver del 32 y apuntó a la escalera, mientras el sargento de la marina, sacaba su automática del 45.

En el pasillo del hotel, de paredes blancas, puertas negras y alfombras doradas, Greg y Angus se miraron. No abrían la puerta, desde el interior nadie contestaba. Algo extraño pasaba.

Algo malo.

—A la de tres —propuso Greg, mientras los dos tomaban distancia y se posicionaban ante la estrecha puerta del hotel—. Uno. Dos. ¡Tres!

Hombro con hombro, Greg y Angus cargaron contra la puerta y la embistieron con sus enjutos hombros.

El pestillo cedió. La hoja de madera salió despedida abriéndose por completo, mostrando la habitación de Jackson Elias. Dos estancias. Un escritorio desordenado lleno de papeles arrugados. La ventana abierta, las cortinas agitándose por el viento. Un hombre, piel negra, camiseta de tirantes blanca, agujereada, sucia de lamparones y manchas de sudor, pantalones grandes y desaliñados, les señalaba, con tembloroso pulso y un pequeño revólver. Sus ojos, enfermos, llorosos, intentando apuntarles. De la otra estancia, en la que suponía estaba el dormitorio, emergió otro hombre de piel de ébano, desnudo, salvo por un indecente capirote de tela roja y negra, que le cubría el rostro y estaba rematado por unas temblequeantes tiras de cuero granate. Color sangre. Sus manos  parecían estar deformadas, con sus dedos finalizando en unas largas y afiladas garras.

… Salpicaduras de sangre… Salpicaduras por todas partes…

Antes de que Greg o Angus pudieran reaccionar, otro hombre negro, una mole imponente, todo músculos, sudor y sangre coagulada pegada a su piel oscura, emergió desde su derecha, tras la jamba de la puerta, desnudo, salvo por ese obsceno gorro rojo negro y enarbolando un machete tan grande como una espada.

Angus consiguió apartarse a tiempo de la embestida. Greg no, solo pudo interponer los brazos ante su cara y evitar que la hoja le arrancase la cabeza, pero no que le mordiese con fiereza los antebrazos.

En las escaleras, Colin esperaba a que el extraño que estaba sobre ellos bajara, pero no lo hizo. Tanto él, como Thomas alzaron el cuello y miraron a través del enrejado que constituía de suelo para el desconocido y el techo para ellos. Vieron a un hombre alto, fuerte, vestido con una larga gabardina de cuero negro, que les sonreía a través de las varillas de metal entrelazadas. Una sonrisa muy blanca en un rostro muy negro.

Colin y Thomas alzaron sus armas y abrieron fuego, arrancando chispas al metal, pero poco más. El intruso llevó su mano hacia arriba, al tiempo que se alzaba, murmurando un vomitado de palabras ininteligibles. El aire vibraba alrededor de su mano de sus retorcidos dedos. Olía a ozono. A hierba quemada.

—¡Colin! —ladró Thomas, al tiempo que agarraba al pequeño agente federal y lo arrastraba con él hacia el interior del hotel, a través de una ventana que daba a la habitación 310, sin poder evitar del todo el impacto que produjo sobre ellos una fuerza nociva, ultraterrena e invisible, que expulsó el hombre de la gabardina negra cuando les lanzó un puñetazo desde el otro lado del suelo enrejado.

Frente a la puerta de la habitación 410, Greg, caído de espaldas, se arrastraba por el suelo mientras sus antebrazos sangraban profundamente. El musculoso adversario dio un paso de gigante y alzó sobre su cabeza encapuchada de verdugo, el pranga, el enorme machete con el que pretendía partir en dos al molesto periodista.

Angus se deshizo de la guarda del bastón y le lanzó un tajo con su estoque, no haciendo más que un arañazo en el torso del gigante, pero despistándole lo suficiente para que Greg se apartase del recorrido del chafarote.

Pero no tuvo mucho tiempo para afrontar la situación que se le venía encima.

Desde el interior de la habitación les llegó el escalofriante aullido del tipo que ostentaba unos guantes con garras de león. Se acababa de rajar el pecho, a modo de espeluznante intimidación, antes de arrojarse sobre Greg que forcejeaba con su gabardina intentado sacar una pequeña navaja. Mientras rodaban por el suelo, el salvaje le hundía las garras en los brazos- Angus comenzó a lanzar envites al enorme rival del pranga, pero este desviaba su estoque con gesto bastos, pesados y violentos, que por poco le arrancan el espadín de las manos al arquitecto.

Y comenzaron los disparos.

Angus sintió un mordisco en el costado derecho, y su cálida sangre comenzar a calarle la camisa y el pantalón, al tiempo que el grandullón que le acosaba, renqueaba tras recibir dos impactos de bala en la espalda y el de las garras de león se estiraba aullando de rabia y frustración al recibir un tiro en la espalda. Su asociado de aspecto deplorable, había comenzado a disparar a lo loco, desperdigando una lluvia de balas perdidas con las que barrió el umbral de la habitación 410, consiguiendo herir a Angus y a sus desnudos compañeros.

Mientras tanto, en el piso de abajo, Colin y Thomas apuntaban con sus pistolas al exterior… esperando el siguiente ataque, mágico o no, de su oponente del abrigo negro, pero el rival no aparecía y la escalera temblaba ligeramente… El sospechoso no bajaba… subía. Colin se asomó con la pistola por delante y comprobó con desaliento que el tipo del abrigo negro había subido del cuarto al quinto piso. Pretendía llegar a la azotea.

Y desde el cuarto le llegaban los sonidos de los disparos.

—¡Mierda! —aulló Colin al tiempo que él y Thomas, subían a la cuarta planta.

Sintiendo como las fuerzas le fallaban, Angus lanzó un certero tajo al gigantesco machete del negro gigantesco y, con soberbia destreza, tomó distancia mientras el tipo le perseguía rabioso, lanzando cortes a diestro y siniestro. Con una floritura, Angus le fintó, le dejó atrás y lanzó una estocada al enemigo con garras de león que aprisionaba a Greg. El filo se hincó bajo la axila de su enemigo, atravesó con pericia quirúrgica el pulmón, hasta pinchar el corazón.

Greg vio como su rival, que le estaba cosiendo a arañazos, se contracturaba y gorgoteaba un estertor desde el interior de su siniestra capucha, antes de caer muerto a su lado. Dirigió una agradecida mirada hacia Angus, que tenía la vista clavada, embelesada, en un suave fulgor verdoso que bailaba por su estoque, al tiempo que ignoraba al gigante del pranga que se abalanzaba tras él, con el machete ensangrentado en lo alto.

Y el desagradable capirote rojo del gigante estalló en una detonación de huesos y sesos… antes de postrarse de rodillas ante Annie O’Carolan, que le apuntaba a la nuca con su humeante Luger P08, el rostro convertido en una inexpresiva máscara antes de que, sin inmutarse, le descerrajase un segundo tiro en la cabeza al monstruoso rival.

—¡Poneos a cubierto, ffôl*! —gritó Annie, al tiempo que el harapiento pistolero volvía a disparar una andanada de desatinados disparos con su sucio revólver.

—¡Sus voy a matar, cabron’s! —aulló con voz histérica segundos antes de que Colin O’Bannon entrase sigilosamente desde la ventana, cargando con la cabeza, embistiéndolo y haciéndolo caer de rodillas.

Antes de que el tipo pudiera hacer algo, Colin ya le había pegado el cañón de su revólver del calibre 32 a la mejilla.

—Eso, idiota. Vamos, hazlo… Alégrame el día.

—Veo que los federales te han enseñado a usar la cabeza, ¿eh, Colin? —bromeó Thomas cuando entraba por la ventana en la habitación.

Colin se giró para devolver la chanza, pero el tipejo al que apuntaba se revolvió con destreza y, en un parpadeo, estaba fuera del alcance de su pistola, hundiéndole una navaja en el hombro. Thomas y Annie le apuntaron con sus armas, al tiempo que Colin y él, bailaban el vals del forcejeo por la habitación

—¡L’ Lengua S’ngrienta n’será negada! —aullaba el desarrapado.

—¿No me digas?—siesó Colin con los dientes apretados.

—¡L’ Lengua S’ngrienta n’será negada!

Y Colin le descargó un cabezazo en la cara que le rompió la nariz, los labios y le saltó varios dientes. El siguiente cabezazo lo dejó de rodillas, con la nariz aplastada, hundida en sus sesos, y el cráneo abollado. Para terminar, Colin, con el rostro salpicado de sangre, apoyó el cañón de su pistola bajo la barbilla del tipejo y le saltó los sesos de un tiro.

—Jo… der, Colin —se quejó Thomas.

—¡No sabes lo que duele esto! —argumentó Colin, arrancándose la navaja del hombro.

—Te sorprendería —se quejó Greg, con las mangas de la gabardina chorreando sangre.

—Chicos —murmuró Angus, lívido, quizá por la pérdida de sangre del disparo que le había atravesado el costado, quizá por lo que estaba contemplando—. Lo siento mucho.

La estancia donde estaba la cama del hotel estaba bañada en sangre. Las salpicaduras cubrían las paredes, las cortinas de la ventana, el techo, el suelo, donde un largo charco emergía desde la cama, en cuyo empantanado colchón reposaba el maltrecho cadáver de Jackson Elias. Fieros cortes le habían abierto la caja torácica hasta que sus torturadores decidieron eviscerarlo salvajemente. En su frente estaba escarificado un extraño símbolo oscuro y la sangre descendía por su rostro, desencajado en una mueca de agonía.

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Annie y Greg contemplaron mudos los ojos sin vida del que fuera su conocido, su colega, su amigo… que les había pedido ayuda, les había solicitado para embarcarse en una misión que le había costado la vida, antes de siquiera planteársela.

—Joder, Jackson —siseó Annie—, ¿en qué coño te habías metido?

Y sin que nadie dijera nada, Annie se acercó hasta el escritorio de Jackson y comenzó a revolver entre sus papeles.

—A… Annie… —comenzó a decir Greg—, ¿qué haces?

—¿A ti que te parece? ¡Buscar pistas! —murmuró Annie, con los dientes apretados y conteniendo las lágrimas—. Y lo hago rápido porque le dije a esa cucada de botones que fuera a buscar a los conserjes del Hotel en cuanto escuché los disparos desde el ascensor.

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

El teléfono en casa de Greg Pendergast comenzó a sonar de forma estridente, pero el periodista, que se había pasado toda la mañana esperando esa llamada, lo cogió antes de que el primer tono hubiera concluido.

—Pendergast… ¿eres tú? —preguntó la voz al otro lado de la línea. Greg entrecerró los ojos.

—Sí… ¿Quién llama?

—Soy Elias. Ya… ya estoy en Nueva York.

—Estupendo. ¿Has tenido buen v…?

—Yo… tengo que verte… Urgentemente… Según bajé del barco estuve investigando y… Tengo que verte. ¿Has seguido las instrucciones?

—¿Sí?

—¿Están aquí? ¿Todos? No he podido contactar con Annie.

—Se fue a la biblioteca a primera hora de la mañana para…

—¡Espera! —Le cortó Jackson. Greg escuchó cómo Elias soltaba el teléfono y los sonidos de movimientos brucos—. Espera, un segundo… sí… Sí, todo va bien, sí. ¿Entonces están todos aquí?

—Sí, estamos todos aquí, nos hemos reunido como nos pediste y…

—Bien, muy bien. Apunta. Hotel Chelsea. Habitación 410. Dentro de una hora.

—Pero, Jackson…

—De acuerdo. ¿Están todos?

—Sí, Jackson, están todos…

Y Jackson Elias colgó el teléfono.

En media hora, Greg Pendergast estaba montado en el Packard Twin Six de Liam McMurdo, junto a un aturdido Thomas Connery que miraba por la ventanilla al nubloso cielo de Nueva York, a Angus Lancaster que se apoyaba en el bastón estoque que tenía entre sus piernas, y a Colin O’Bannon que ojeaba una carpeta con documentos.

—¿Sólo te dijo eso? —preguntó Angus.

—Como lo oís… estaba… como paranoico —comenzó Greg, preocupado—, nunca le había oído así.

—Vamos a llegar al hotel veinte minutos antes de la hora que te pidió —comentó McMurdo, apretando el claxon de su coche para espantar a un taxi que intentaba bloquearle el paso.

—¿Descubres algo nuevo en el informe que sus compañeros federales te han dejado sobre Roger y Erica Carlyle, Colin? —preguntó Angus, mientras el pelirrojo se encogía de hombros con gesto torcido.

—Poca cosa. La familia Carlyle invirtió bien durante la primera guerra mundial: transportes, munición, exportaciones e importaciones. Por eso son ricos, aún a pesar que el primer Carlyle en llegar a EEUU fuera el hijo ilegítimo de un noble de Derbyshire, deportado desde Inglaterra por conducta impropia y desesperada. Se llamaba Aberdare Vane Carel…

—Vane —murmuró Thomas.

—Carlyle no tiene antecedentes policiales porque sus abogados, entre ellos el tal Bradley Grey, eran brillantes. Le han librado de un juicio por paternidad, han suavizado sus varias expulsiones de universidades, acusaciones por desorden público, conducta impropia, lascivia, vagancia, que nunca llegaron a ningún sitio. Estuvo en rehabilitación con dieciocho y con veinte años.

Thomas soltó una cascada risita y Liam pegó un volantazo, apretando el claxon y maldiciendo a otro taxi. Colin continuó:

—De Erica no hay gran cosa. Todo lo relacionado con ella es legal. Sí, tiene pinta de ser una perra estirada y dura como el acero, pero siempre correcta de cara a la galería… lo único turbio que la rodea es Joe Corey, su guardaespaldas. Un tipo duro que trabajó para un mafioso local y que es muy efusivo quitándole de encima pretendientes indeseables.

—Poca cosa.

—Sip —afirmó Colin—. Sus acciones mejoraron en cuanto certificó la muerte de Roger Carlyle y se hizo con el control de la empresa.

—Ya estamos —informó Liam McMurdo.

El coche frenó frente a la puerta del hotel, un imponente bloque gris cemento de seis plantas, cuya entrada principal disponía de una larga alfombra roja que recordaba a una lengua sangrienta desplegada ante una oscuras fauces que les esperaban para devorarles.

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Todos, se bajaron del coche. Liam llevaba la palanca en la mano y Colin le agarró del hombro, antes de que alguien le viera.

—¿Se puede saber a dónde vas con eso, muchacho? —aunque Colin lo sabía. Todos sentían esa electricidad, ese zumbido en los oídos, que les avisaba que algo no iba bien.

Liam boqueó intentando contestar, pero Colin negó con la cabeza y le indicó que volviera al vehículo.

—Busca donde aparcar —le informó al conductor—.Y quédate en el coche con el motor encendido.

—Por si tenemos que salir corriendo —se convenció Liam—. Daré una vuelta alrededor del hotel para… reconocer el terreno.

—Bien me parece.

—¿Esperamos al resto? —preguntó Greg. Colin negó con la cabeza mientras oteaba el edificio. Nubes grises, preñadas por el humo de las fábricas, navegaban por un cielo encapotado que deprimía el ambiente.

—Qué os parece si Greg y yo vamos hasta la habitación de Jackson… como avanzadilla —recomendó Angus. Colin asintió mientras su mirada vagaba por el edificio, hasta un callejón en el lateral derecho del hotel, donde una amplia escalera de incendios de metal negro, recorría toda la pared.

—Correcto. Thomas y yo subiremos por las escaleras de incendio hasta la cuarta planta.

Se dividieron. Angus y Greg entraron en el hall, ignoraron las solícitas sonrisas de los recepcionistas y fueron directos hasta uno de los dos grandes ascensores, donde un joven botones, de unos quince años, todo sonrisa y pecas, les preguntó por su destino.

—Cuarta planta —contestó secamente Greg, echando de menos su bate de baseball. Acarició la navaja que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Angus se apoyó en su bastón, la funda del estoque que siempre le acompañaba.

En ese momento, Annie O’Carolan llegó al Hotel Chelsea.

Su laboriosa mañana en la Biblioteca sólo había dado con un dato, aunque ella lo consideraba significativo. Buscando información sobre pirámides asimétricas, la sacerdotisa africana M’Weru, grandes esferas amarillas y la extraña figura con la que Carlyle hablaba en sueños, había descubierto una extraña y temida figura de una oscura y poco documentada época de Egipto: Una  poderoso brujo al que se conocía vulgarmente como, El Faraón Negro.

Annie, con su mejor sonrisa, preguntó a los recepcionistas por la habitación 410 y, mientras esperaba al ascensor, comprobó en su bolso el estado de su pistola Luger P08. Al mismo tiempo, el joven ascensorista abría la puerta para que Angus y Greg salieran al pasillo de la cuarta planta, Colin y Thomas subían por las escaleras hasta el segundo piso y Liam aparcaba cerca de un callejón donde encontró un coche sospechoso.

Todos los Finns tenían un mal presentimiento mordisqueándoles la nuca. Algo, un sexto sentido que les avisaba que algo malo iba a pasar.

MdN: New York (16) La Lengua Sangrienta

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (16) La Lengua Sangrienta

 

Mientras degustaban de unos estupendos filetes en un reservado del Peter Luger Steakhouse, Annie les informó de lo que había descubierto en la biblioteca:

—Conociendo a Jackson como le conozco, estará investigando algo sobre alguna secta. Secta que me figuro que tendría algo que ver con la desaparición de la Expedición Carlyle. En el libro que he estado estudiando en la biblioteca…

—¡No digas el título! —estalló Greg—, o Colin lo coloreará con marcador negro.

Colin sonrió y le enseñó el dedo medio.

—Cómo decía, esta secta era bastante antigua y fue expulsada del Egipto Dinástico. Durante su exilio atravesaron el desierto y acabaron en Kenia.

—Es el puto recorrido de la expedición —afirmó Liam.

—¿Cómo se llamaban, Annie? —preguntó Colin.

—La Secta del Dios de la Lengua Sangrienta.

Patry soltó los cubiertos sobre el plato. Su copa de vino tinto cayó sobre el mantel, tiñéndolo de carmesí, parecía que estaba empapado en sangre. Sus labios temblaban, había palidecido y sus ojos verdes miraban al vacío. A la nada. Una nada repleta de tentáculos agitándose mientras los chillidos inundaban sus recuerdos.

—Aquel que se Retuerce entre Lamentaciones —murmuró, lívida.

Liam apretó su hombro afectuosamente, mientras Colin asentía.

—¿Qué es eso? —preguntó Angus.

—Un monstruo al que se enfrentaron Patry y el resto de agentes federales en la Mansión Marsh —Colin se volteó hacia Greg—. Pero yo no he dicho esto. Nunca.

—Calla y continua —exigió Annie.

—Según la mitología que aprendimos durante nuestras peripecias en Innsmouth, se trata de una entidad caótica y variable, un ser con muchas formas, con muchas máscaras pero una sola misión. Servir como mensajero de los Dioses Exteriores y los Primigenios. Es el principal siervo de Azazoth, el Sultán Idiota que gobierna en el centro del universo. Aquel al que se le conoce como…

Nyarlathotep —dijo Annie.

Dejaron de tener hambre. Dejaron de tener sed. Un frío escalofrío les lamió las entrañas y sintieron nauseas, y miedo, y ganas de esconderse bajo la mesa como niños pequeños y asustados llamando a sus madres para que les protegiese.

Y sabiendo que no vendrían. Que nada les salvaría.

—¿Y… esta Lengua Sangrienta… es una de esas máscaras? —preguntó Thomas.

—A ver… todo esto es una teoría, ¿vale? —comenzó el agente federal…

—Pues si es una teoría, ¿por qué nos sentimos así, Colin? —preguntó Greg.

—Joder, Jackson —siseó Annie—, ¿en qué coño te has metido?

 

Nyarlathotep