MdN: New York (31) El Rito de la Virilidad

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster y Madame Loconnelle llegaron a la Casa del Ju-Ju a las seis en punto. Silas N’Kawe les estaba esperando en medio de la tienda. El viejo dependiente miraba con fijeza a la mujer y no lucía la misma servicial sonrisa con la que les recibió la primera vez.

En la tienda habían apartado muchos de los variopintos objetos para dejar un hueco libre, donde había una pareja de feos cojines color sangre y trece cirios  a medio derretir.

—¡Señor N’Kawe! —saludó entusiasmado Angus, pero N’Kawe no les devolvió el saludo y con un seco gesto señaló a los cojines.

—Tomar asiento —indicó al tiempo que echaba el pestillo a la puerta principal de la tienda—. Ahora venir Gran Mukunga con amuleto. El Rito de la Virilidad comenzar pronto.

—¿Y cómo va a entrar si cierra usted la puerta?—preguntó Patry.

—El Gran Mukunga ya estar en tienda.

—¡Ya está aquí! —dijo la pelirroja, nerviosa, mientras palmeaba el brazo de Angus—. ¡Ya está aquí!

Mientras Angus y Patry se sentaban en los sillones y el anciano comenzaba a encender las velas con unas cerillas, afuera, en las inmediaciones del callejón, Jacob y Thomas tomaron posiciones a los lados de la calle y, como una sigilosa sombra, Colin O’Bannon se asomó al patio donde estaba la tienda. Ya no había un borracho en la esquina de la corrala, sino dos, y, por lo que Colin observó, no estaban borrachos, simplemente descansaban envueltos en unos harapos. Y no eran los únicos vigías. Por el rabillo del ojo, en el segundo piso del bloque de edificios, pudo observar la oscura silueta de un tercer hombre.

Colin se volvió al coche donde estaba el resto del Finns y por señas les indicó que no estaban solos.

—Esto pinta mal —se quejó Greg Pendergast. Annie O’Carolan asintió mientras sacaba del bolso la Luger P08 y deslizaba la corredera por el cañón. Liam McMurdo apretó sus enguantadas manos en el volante.

Dentro de la Casa del Ju-Ju, N’Kawe estaba tratando de explicar los pormenores del ritual a la nerviosa pareja, pero Patry no paraba de interrumpirle, repitiendo a modo de pregunta todo lo que el anciano acababa de decir y pidiendo ir a un baño. Angus, al ver como N’Kawe se irritaba cada vez más, hasta el punto de amenazar con cancelar el ritual, terminó por agarrar a su falsa mujer de la muñeca y, con los dientes apretados, animarla a que cerrase su boquita de una jodida vez.

—Como yo decir —comenzó N’Kawe por tercera vez—, durante el rito no moverse. Estar sentados hacia dirección con la luna. Bueno para el rito. El Gran Mukunga les tocará una vez. Sólo una vez. Les dejará manchados en frente. Ser casi final del ritual. Luego Gran Mukunga hacer últimos encantamientos sobre amuleto. Y terminar. Cuando Gran Mukunga irse ustedes esperar mí. Yo venir, dar ustedes amuleto y fin de rito.

Con una velocidad sorprendente para un hombre tan mayor, N’Kawe se plantó ante el rostro de la mujer, luciendo una enorme sonrisa que nada tenía que ver con el desprecio que irradiaba su mirada.

—Esto ser sagrado para nosotros. Merecer respeto. ¿Queda claro?

—Cristalino, señor N’Kawe —contestó Angus por los dos—. Muchas gracias.

Silas N’Kawe apagó la luz, dejando a los falsos Stark a la luz de las velas y se metió tras la sucia cortina. En ese instante comenzó a sonar el rítmico retumbar de unos yembes.

Tum-Tum-TumTum-Tum-Tum-TumTum-Tum-Tum-TumTum

Angus alzó tres dedos ante Nelly para informarle que, por lo menos, había tres personas más, además de Silas y el tal Mukunga…

En ese momento se apartó la cortina.

Un poderoso hombre negro vestido con un taparrabos de cuero y una capa de piel de león en cuyo cuello habían cosido una vistosa colección de plumas de colores, entró en la sala. Unos extraños guantes escondían sus dedos bajo unas afiladas garras de felino.

Patry sintió un escalofrío al reconocer el siniestro rostro del hombre que había visto en sus sueños escarificar la frente de Jackson Elias.

El Gran Mukunga comenzó a entonar una rimbombante jaculatoria al tiempo que gesticulaba dramáticamente alrededor de Angus y Patry.

Habían pasado diez minutos desde que entraran en la tienda, cuando Liam decidió apagar el motor del coche y Greg alzó la mano.

—¿Lo oís? —preguntó con el ceño fruncido. Liam se volvió en el asiento para mirarles.

—Tambores.

Mukunga había disminuido el tono de su oración hasta volverlo un murmullo casi inaudible por encima del percutir de los yembes.

TumTumTum-Tum-TumTumTum-Tum-TumTumTum-Tum

El brujo depositó ante ellos una pequeña bolsa de tela, con un cordel de cuero: el amuleto. Lo puso entre tres pequeños cuencos de madera de baobab. Manchó el pulgar de la mano derecha con el contenido de uno de los cuencos y pintó el amuleto. Luego repitió el gesto hundiendo el dedo pulgar en otro de los cuencos. En el último cuenco hundió ambos dedos, trazó un círculo sobre el amuleto, antes de alzarse de pie, gritando, sin dejar de repetir el mismo cántico.

Angus y Patry estaban impresionados por la fuerza del ritual, el poder que despedía cada gesto, cada aliento, cada sílaba.

En un pestañeo, Mukunga se cernió sobre Angus y posó su pulgar en su frente. El arquitecto se estremeció, sintiendo un glacial escalofrío hundirse como cientos de alfileres por su piel.

En un segundo, el brujo repitió el gesto sobre Patry que también sintió esa desagradable sensación… pero algo pasó. Angus percibió un resplandor verde y Mukunga trastabilló, aturdido, mareado, con la vista desenfocada. Por el rabillo del ojo, el Finn vio como su compañera escondía entre los pliegues de la falda el maldito ídolo de Cthulhu y aulló en su cabeza cien maldiciones contra Patry O’Connel.

Los tambores continuaban sonando.

TumTumTumTum TumTumTumTum TumTumTumTum

Pero, el Gran Mukunga se quedó quieto, callado, mirando con sus oscuros ojos al vacío durante unos segundos.

TumTumTumTum Tum-Tum-Tum…

El Gran Mukunga continuó entonando el cántico.

… TumTumTum-TumTumTum

Se arrodilló ante el amuleto y exhaló una vaharada de aliento al mismo… Los yembes continuaron sonando hasta que el brujo se levantó de un salto gritando, con la vista clavada al cielo y todo el cuerpo contracturado.

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Cuando se calló les dirigió una furiosa mirada, con esos ojos imposibles, completamente negros.

El sonido de los tambores murió.

Mukunga se dio la vuelta y pasó al otro lado de la cortina en dos rápidas zancadas.

Durante unos segundos no se oyó nada sólo las agitadas respiraciones de Angus y Patry.

—¿Y ahora qu…?

N’Kawe interrumpió a Patry saliendo del otro lado de la cortina. Sin decir nada, les gesticuló para que esperasen y, uno a uno, fue apagando las velas. Cuando sólo estaban iluminados por un cirio, Angus acarició el mango de su bastón estoque y Nelly la culata del Derringer de doble cañón del calibre 22 que escondía en el liguero, pero N’Kawe encendió las luces de la tienda antes de apagar la última vela.

Con mucho respeto, Silas les tendió el amuleto y, muy sonriente dijo:

—Son doscientos dólares —informó.

—Un momento… —comenzó Angus.

—Paga y vamonos de una vez… —ordenó Patry ansiosa por salir de ese lugar.

Angus resopló disgustado y comenzó a sacar billetes de su cartera, al tiempo que Nelly se levantaba y se encaminaba a la puerta.

—Cien, Ciento veinte, cuarenta, sesenta… —contaba Angus y, en ese momento algo cruzó por su mente—. Cariño, ve saliendo y espérame en el coche.

Ansiosa por salir, Patry giró el pestillo y abrió la puerta. Había atravesado medio patio cuando se dio cuenta que Angus no la seguía. ¿Qué estaba haciendo?

—Ochenta, y Doscientos —terminó Angus entregándole el fajo de billetes al dependiente que, muy sonriente, le entregó el amuleto—. ¿Y si se diera el caso de que no funcionase?

—Oh, señor. No preocupar. Siempre funcionar.

—Si no me preocupa—dijo Angus que caminó con pasos pausados hasta el dintel de la puerta, donde se detuvo—, ya que tengo buenas referencias sobre vosotros.

—¿Referencias? —preguntó Silas N’Kawe extrañado —. ¿Quién dar esas referencias, Señor Stark?

Miró hacia afuera donde vio a Patry en medio del patio volverse en su busca. Vio a Colin agazapado en el callejón. Hasta vio el Packard Twin Six de Liam, con Greg y Annie dentro. Y les sonrió.

—Jackson… Jackson Eli…

El corazón de Angus Lancaster se detuvo antes de terminar el nombre del escritor cuando una infecta garra lo aferró con fuerza dentro de su pecho. El aire no llegó a sus pulmones, sus fuerzas le abandonaron, cayó de rodillas, macilento, con el sabor a óxido de la sangre llenándole la boca, sintiendo como la vida huía de su cuerpo.

Y en una última mirada pudo ver al Gran Mukunga, tras la cortina, murmurando algo entre dientes mientras cerraba el puño en el aire… aunque lo que tenía dentro era su corazón.

 

MdN: New York (29) La Lengua Sangrienta No Será Negada

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea

 

 

Estás en la habitación de un hotel. Deberías deshacer la maleta que dejaste junto a la cama, algo que has pospuesto desde que llegaste del viaje, pero otras obligaciones lo han pospuesto y ahora no quieres hacer tener la ropa desperdigada por la habitación.

El motivo es simple: Esperas a alguien.

Miras nervioso tu reloj de bolsillo. Aún queda media hora hasta que tus amigos lleguen. Te sientas frente al pequeño escritorio de la habitación y ojeas por encima un par de cartas, releyendo la información que ya sabes o que suponías.

Alguien llama a la puerta. Extrañado miras de nuevo el reloj.

Tu corazón palpita más rápido. ¿Se habrán adelantado? Pudiera ser, aunque tus amigos son personas de puntualidad británica, siempre llegan a la hora en punto. Vaya dos, piensas mientras devuelves el reloj a su sitio y caminas hacia la puerta. “Hacen buena pareja” piensas, segundos antes de abrir la puerta.

No son ellos. La sorpresa te vence y eres incapaz de cerrar la puerta antes de que cuatro hombres negros irrumpan en la habitación. Son fuertes, demasiado. Uno de ellos es enorme. El otro parece un animal salvaje. Otro será un adicto al opio, al hachis, o a alguna droga que lo consume, pero sabe patear a un tipo que está en el suelo. La boca te sabe a sangre. Todo se nubla. Y entre los vapores de la inconsciencia tu mirada se fija en el cuarto hombre, de piel negra como la noche, de sonrisa blanca como la de un tiburón y de profundos ojos, tan negros, que parecen no tener esclerótica.

Cuando el dolor te despierta, te descubres encima de la cama, desnudo, indefenso, bocabajo, con una mordaza entre los dientes y la sangre chorreando por tu cara. El hombre negro, del abrigo negro está hincando la punta de un monstruoso machete en tu cara, dibujando algo.

Lloras, y gimes, y suplicas. Aunque sabes que no habrá perdón. Que no habrá clemencia.

El más grande de todos se ha desnudado. Luce un capuchón de color carmesí del que cuelga una obscena tira de cuero rojo. Sus camaradas también lucen ese horrible capuchón. Te voltean, exponen tu desnudez. El hombre grande alza el pranga, ese machete gigantesco sobre tu vientre desnudo. Te desgañitas chillando contra la mordaza, para mayor deleite del hombre de ojos negros.

—La Lengua Sangrienta no será negada.

Y el machete cae.

Y es entonces cuando despiertas.

 

***

 

Patry O’Connel despertó gritando en su casa. Desnuda. Con su nívea piel cubierta por una película de sudor frío. Se había dormido abrazaba junto al al ídolo de Cthulhu, acunándolo junto a su generoso pecho. Lo contempló entre sus temblorosas manos, extrañada, preocupada… No debía haber soñado eso. Debía haberse metido en el oscuro pasado de Silas N’Kawe y, en su lugar, había soñado con los últimos momentos de vida del pobre desgraciado de Jackson Elias. ¿Por qué? ¿Qué había pasado?

Parecía… parecía como si alguien se hubiera metido en sus sueños.

Y no fue en los sueños de la única.

En el Grand Hotel de Nueva York, en la habitación en la que dormía Colin O’Bannon, el ex tahúr pelirrojo se despertó sobresaltado, sudoroso, con el corazón taladrándole el pecho. Tuvo que revisar dos veces su habitación para quedarse tranquilo. En la primera comprendió que no estaba en el Chelsea Hotel, que no era Jackson Elias, que era Colin. En la segunda comprobó que no hubiera nadie escondido, preparado para sacrificarle en honor a su sanguinario dios.

Y en el coche en el que montaba guardia junto a Jacob O’Neil, Thomas Connery se despertó gritando, buscando su pistola con intención de defenderse de sus agresores imaginarios, angustiado, aterrado, receloso. Jacob, borracho pero atento a los alrededores del local de Mabel, La Gorda le tendió su botella de bourbon barato, y el licor le calentó las entrañas y le calmó los ánimos. Pero Thomas necesitaba algo más fuerte. Sus pulmones clamaban por una calada de opio.

Alguien había enviado pesadillas a esos Finns. Alguien con poder.

Alguien con Ju-Ju.

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El Gran Mukunga sonrió satisfecho frente al brasero del que emanaba una acre humo violáceo que le había permitido atravesar el mundo onírico para envenenar los sueños de sus rivales. Aún no sabía quiénes eran esos patéticos hombrecillos que habían interrumpido su ritual sobre el hereje, ni que habían atacado con su sucia magia infiel a su lacayo… pero lo acabaría sabiendo.

La Lengua Sangrienta no sería negada.

MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

Resumen del 2016

¡Se acaba el 2016! y ha sido mi año más productivo, literariamente hablando.

Para empezar, en febrero, como regalo tardío de cumpleaños, me llegaron mis dos primeras novelas editadas. ¿Dos novelas? ¡En efecto! Los alter ego de los Finns me editaron La Huida de Innsmouth (aka, Salvar al Tendero Brian) y La Redada, en formato físico, con unas portadas alucinantes y muchos de mis horrores ortográficos corregidos.

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Pues si eso ya me hizo ilusión, porque estas son, y van a ser, mis primeras novelas publicadas, con los mejores editores que puede haber, que son mis amigos, en Mayo publiqué oficialmente mi primera novela (que ha resultado ser la tercera, pero bueno): Máscaras de Carcosa.

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Máscaras de Carcosa 

Y no sólo he podido ver la novela publicada, releerla, tocarla, firmarla (y en la Feria del Libro, ¡nada más y nada menos!) si no que en verano ya me informaban desde Ediciones Hades que habían solicitado una segunda impresión. ¡Espero que las Máscaras sigan por buen camino y necesitemos una tercera!

(Mientras tanto, ya sabéis, reseñadla, dadle estrellitas en Amazon, Goodreads, recomendadla, regaladla… esas cosas)

Y tras el verano llegó el aluvión de publicaciones. Comenzó con el mecenazgo de Para el Maestro, antología en homenaje a Sir Terry Pratchett en la que participo con un simpático relato titulado: Lester Von Paddington, Escudero de Tercera Clase, que ha coordinado el crack de Álvaro Loman y en colaboración con la Fundación Cita Alzheimer.

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Mecenazgo Para el Maestro

 

Y, casi al mismo tiempo, desde ESMATER, llegaba ANTERGO, una antología en homenaje a los autores de terror gótico donde honro a Bram Stoker con Síndrome Renfield.

Que no soy de echarme flores… pero creo que es un relatazo.

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ANTERGO

Pero no ha parado ahí la cosa. Quizá muchos no lo sepáis, pero en noviembre me habían publicado otro relato en una antología benéfica cuyos beneficios repercutirán en Save the Children. Se trata de la antología 40 Relatos de Terror, editada por el grupo literario LLEC (Libros, lectores, escritores y una taza de café) y disponible en Amazon.

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40 Relatos de Terror

En esta antología participo con un relato que vosotros, lectores del blog, seguramente conozcáis de algo. Se titula 1937, aunque en realidad se titulaba: En un pequeño pueblecito perdido en el desierto de Texas.

Muchas cosas, ¿verdad? Pues aún hay más.

Gané un concurso. Sí, era más bien un concurso de popularidad que de calidad literaria… pero que coño… ¡Gané! Se trataba del concurso #Biblioeterror, de las plataformas BiblioEteca y Sweek, y fue con el microrrelato Blanco”.

¿Y qué nos depara el 2017?

Pues continuar con las aventuras de los Finns y Las Máscaras de Nyarlathotep (que lo tengo muy parado, lo sé, lo sé), algún que otro relato, en alguna que otra antología…

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Sutil, ¿verdad?

 

Y trabajar muy duro para la siguiente novela ¿Qué cuando saldrá? Ni idea, para eso tendré que terminarla.

¡Saludos desde el otro lado de la Máscara!

 

 

MdN: New York (13) Angus is now in the building

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (13) Angus is now in the building

 

Trece de enero de mil novecientos treinta.

En torno a las diez de la mañana.

Los Finns estaban reunidos en el restaurante del Grand Hotel, donde se alojaban varios de ellos, cuando una esbelta figura irrumpió en el local.

—Lo sé. Tengo la mala costumbre de llegar tarde pero… llego exactamente cuando se me necesita.

Los Finns alzaron la vista: zapatos impecables, traje hecho a medida, bastón de madera oscura, seguramente hueco, sirviendo como funda para un estoque, pañuelo al cuello, gruesas gafas, sonrisa galante, peinado a la moda…

Angus Lancaster
Tengo que irme. ¡Los Finns me han llamado!

—Hola, Angus —dijeron Greg Pendergast y Annie O’Carolan sin mucho entusiasmo.

En cambio, Liam McMurdo corrió hacia Angus Lancaster y le dio un fuerte abrazo.

—La desidia de Greg y Annie no es de extrañar, pero esto me está cogiendo por sorpresa, Liam —contestó Angus palmeando la espalda de su amigo.

—Me alego de verte —contestó Liam exhibiendo una gran sonrisa.

—Sí, últimamente está muy contento —comentó Annie entrecerrando los ojos —. Demasiado.

—¿Aderezas tu vida con algo más que la mecánica, Liam? —preguntó Colin O’Bannon. Thomas Connery dio un respingo en su asiento.

Jacob O’Neil estaba derrumbado sobre un cómodo sillón junto a los Finns. Roncaba y su rostro estaba oculto bajo un periódico de esa mañana. Apestaba a whisky desde la entrada. Ante él había una bandeja con un opulento desayuno que se enfriaba a cada segundo. Angus le pinchó con el bastón, pero Jacob ni se inmutó.

—Resaca —informó Colin.

—¿Resaca?

—Sí. Aunque esta noche se lo pasó de miedo con una prostituta.

—¿¡Prosti…tuta!? ¡P… pero si Jacob estaba casado!

—Y con una hija —informó Greg.

—Toma asiento, Angus. Te pondremos al día en unos instantes —continuó Annie desplegando los recortes de prensa de su carpeta.

—¿Cómo te ha tratado la vida estos meses? —preguntó Thomas. Angus aún miraba al maltrecho Jacob.

—Bien, bien… Me he casado con mi prometida.

Los Finns dejaron de hacer lo que estaban haciendo y miraron fijamente a Angus: ¿Casado? ¿Prometida?

—¡Jacob está de resaca tras pasar una noche con una prostituta! ¡Patry viste como una gitana! Y Liam va dando abrazos… ¿¡y os sorprende que me case!?

—Patry/Nelly está paranoica. Lo de Liam es una investigación en curso…

—Que te den, Colin.

—Y antes de ser el sargento O’Neil, Jacob se pasaba la vida borracho y de putas —continuó Colin.

—Y eso lo sabe, porque ahora es el Agente Federal O’Bannon —escupió Greg  entre dientes —. Y lo sabe todo de todos.

—¿Agente Federal? —preguntó Angus.

—No vamos a hacer un resumen de nuestras vidas ahora Angus —cortó Annie —. Vamos a hacerte un resumen de lo que nos ha traído aquí y lo que hemos descubierto hasta ahora. Vamos a hablarte de la Expedición Carlyle que Jackson Elias está investigando.

Una hora después y tras haber dado cuenta de un buen segundo desayuno, Angus estaba informado de todo.

—¿Habéis hablado con la hermana de Roger? ¿Esa tal Erica Carlyle?

—No —contestó Annie —. Y no parece alguien muy accesible.

—Para vosotros quizá, pero yo soy Angus Lancaster. Siempre encuentro una entrada.

—Sobre todo la trasera —se mofó Madame Loconnelle.

Entre las carcajadas. Liam se inclinó hacia Greg.

—Tenemos que hablar. En privado.

—No puedo, Liam —contestó Greg—. Tengo que visitar a un par de amigos que conocían a Jackson Elias, el Doctor Vincenzo Gaspari y su editor, Jonah Kensington.

—Te haremos de chofer mientras tanto —propuso Thomas.

Nelly se fue a su casa, a mirar en su bola de cristal. Annie propuso ir a la biblioteca de la universidad de Columbia, para ver que encontraba sobre sectas en Egipto y el norte de África.

Algo encontró, pero Annie perdió casi toda la mañana ojeando un libro que le llamó la atención: Apuntes sobre el Necronomicon, de Joachim Feery.

MdN: New York (12) Secretos, Mentiras y Vicios Menores

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

MdN: New York (12) Secretos, Mentiras y Vicios Menores

 

Mientras Colin, Greg y Annie se despedían de Texas Guinan, Liam McMurdo cogió del antebrazo a Madame Loconnelle y se la llevó a rastras hasta un apartado del local.

—¿Adonde me llevas, Liam? —se carcajeó Patry. Caminaba despacio, sonreía mucho… como si estuviera flotando o borracha.

—¿Me tienes que contar algo? —siseó Liam, mientras la soltaba como si le repeliese su contacto.

—¿Que quieres que te cuente?

—¿Qué tal: Lo que acaba de pasar con la dueña del local?

—No tengo nada que ver con ese destello verde que…

—Yo no he hablado de ningún destello verde, Patry.

Patry soltó una potente carcajada mientras se le subían los colores.

—Es que… verás, Liam… desde que soy vidente tengo más contacto con fuerzas del otro lado del velo y…

—Patry— Liam no la creía. Liam estaba preocupado. Liam tenía miedo. Miedo por ella. Miedo por los Finns—. Estamos para ayudarnos los unos a los otros. Soy tu amigo, Patry, si me quieres contar algo… Lo que sea, puedes confiar en mí.

—Ay, querido y dulce Liam —Patry le acarició la mejilla herida —. Soy Madame Loconelle.

Patry se alejó de Liam, contoneando las caderas, y se internó entre los flappers. Thomas Connery se paró junto a Liam.

—Patry acaba de mentirme a la cara, Thomas —se quejó Liam.

—Nelly. Ahora es Nelly.

Thomas levantó la barbilla hacia la barra del bar donde Jacob O’Neil acababa de adquirir dos buenas botellas de whisky.

—Nuestro amigo poli le pega a la botella —comentó el militar preocupado… y mirando fijamente a ese tipo con los ojos grandes que bebía un sorbo de ron a su lado—,  y ya no es poli. Ni creo que esté casado.

Una despampanante mujer (con unos ojos normales, una boca normal y sin membranas entre los dedos, se fijó Thomas) se paró junto a Jacob.

—Hola, guapo. ¿Con quién vas a gastar esas botellas?

—No se —contestó Jacob, azorado—. De… depende de… de lo libre que tengas la noche.

—Toda.

Colin O’Bannon se pasó junto a Jacob, le metió un billete de veinte dólares en el bolsillo y le indicó un bonito hotel. Detrás de él, Greg Pendergast gesticulaba mucho ante el amigo de Hemingwayy el resto de los aficionados a la literatura rusa que fingían prestarle atención. Parecía desesperado.

—Colin… Joder, Colin es un puto federal —continuó Thomas—. Y trabaja para la gente que ha desahuciado a Greg por escribir un libro… Angus, para variar, no está. Y Annie parece que acaba de salir de un cementerio.

Annie O’Carolan dejó la mitad del cóctel que había pedido en la barra y anunció que se iba al hotel a descansar.

—Patry me ha mentido, Thomas —continuó Liam, mirando como Patry se mimetizaba con la gente cool del Club 300.

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Liam y Thomas compartieron unos segundos de silencio, rodeados de risas, música y animadas conversaciones.

—¿Puedo dormir en tu taller esta noche?

—Claro.

—¿Puedo fumar?

—No sabía que fumaras tabaco.

—Yo no te voy a mentir, Liam —contestó Thomas y le miró fijamente—. No fumo tabaco.

 

MdN: New York (10) El Club 300

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

 

En la esquina entre la 151 y la calle 54, de Nueva York estaba ubicado el famoso Club 300. Famoso por el grupo de cuarenta bailarines que bailaban con muy poca ropa. Y Famoso porque sufría una redada policial cada dos semanas, ya que se decía que, aún a pesar del Ley Volstead, en el Club 300 se servía alcohol.

Lo regentaba la excéntrica, Texas Guinan, una mujerona pelirroja que había sido la primera vaquera del cine en la película “La Reina del Oeste” y que había acuñado la famosa expresión:  “hombres de mantequilla y huevo”, con la que se refería a sus acomodados clientes a los que siempre recibía con un: ¡Hola, cabroncetes!

El Club 300 era un club muy exclusivo.

Mucho.

—Así que, Colin —comenzó Annie O’Carolan mirando la entrada del local, protegida por media docena de potentes matones y de la que emergía una larga cola de visitantes esperando a tener permiso para entrar en el club. Había muchos diletantes de cabello engominado, flappers divinas, grupitos de estudiantes, algunos actores y actrices menores de Hollywood y muchos hombres de mantequilla y huevo—,  explícanos cómo vamos a entrar.

—Por la puerta… ¿Por dónde entras tú a los locales?…

—Acabamos de ver como echaban a patadas a un tipo que vestía un traje más caro que mi taller —se quejó Liam McMurdo—. A mí no me dejan entrar a sitios pijos. Acabo peleándome en la puerta o en el callejón de al lado.

—Normal, vistiendo como vestís.

—¿Perdona? —se quejó Annie, ofendida.

—Tú pareces una bibliotecaria… De hecho, hueles a biblioteca —Colin O’Bannon que había pasado de vestir el mismo traje, semana tras semana, jugando al póker en oscuros tugurios, lucía en ese momento un perfecto traje negro con camisa blanca que también olía, pero a agente federal—. Que es mejor que oler a destilería como Jacob, o a cenicero como Liam.

Aún a pesar de los insultos Colin continuó.

—Greg parece un oficinista. Un oficinista desesperado. Thomas aún parecía algo de uniforme, pero de calle eres bastante… insulso. Y Patry/Nelly… —Colin miró de arriba abajo a Nelly que le fulminaba con la mirada—, reconozco que Nelly podría entrar donde quisiera.

Patry O’Connel le guiñó el ojo. Colin no esperó a que nadie contestase, simplemente aprovechó a que no pasaba ningún coche para cruzar la calle y continuar su camino hacia la entrada del local.

—Sigues sin explicarnos cómo vamos a entrar —se quejó Annie corriendo tras Colin.

—Tan sólo dejadme hablar a mí —contestó Colin al tiempo que se plantaba delante de un gorila con pinta de no tener muchas luces—. ¿Qué hay? Aquí, mis dadoine están de visita en la Gran Manzana y había pensado que se divirtieran en el famoso Club 300.

—El local está lleno —contestó el guarda con voz cavernosa—. Tiene que ponerse a la cola.

—Lástima —contestó Colin luciendo una gran sonrisa de tiburón—. El señor Hoover me había recomendado este lugar. ¿No puede hacer una pequeña excepción conmigo y mis amigos?

—El señor Hoover. ¿Qué Hoover?

—J. Edgar.

El matón en frac frunció el ceño. Colin apreció como los engranajes de su cabeza simiesca giraban lentamente intentando saber de quien hablaba aquel pelirrojo bajito. Colin suspiró y con el dedo pidió que se acercara hacia él. El matón bajó mucho la cabeza al tiempo que Colin abría su chaqueta y le mostraba su placa de agente Federal.

—J. Edgar Hoover. Mi jefe.

El guarda se irguió, su frente estaba perlada con pequeñas gotas de sudor, pero Colin extendió una mano, apaciguador.

—Venimos a disfrutar de la fiesta. No a estropearla. No a dar problemas. No a…

—¡Cómo no, caballero! —estalló otro gorila que había estado prestando atención a la conversación. Era menos intimidante que su colega, pero podía plantar cara en una pelea y parecía ser mucho más listo—. Por supuesto que usted y sus allegados pueden pasar.

—Pero… —comenzó el tipo con el que Colin había estado hablando, aún bloqueado por la situación.

—¡Adelante, adelante! —invitó a los Finns—, acompáñenme.

Y les abrió las puertas del Club 300.

—No se si es buena idea ir enseñando tan alegremente la placa, Colin —comentó Jacob O’Neil.

—Es irónico que me lo advierta el tipo al que le faltó darle su dirección a todos los buenos vecinos de Innsmouth.

La música que tocaba una excelente orquesta de músicos de color tronaba por todo el amplio local. En el escenario, una rolliza mujer envuelta en un traje de lentejueleas, cantaba a pleno pulmón. En la pista de baile, los clientes del local bailan apretados. Se oían muchas risas y voces que charlaban animadamente. Habría como doce o quince mesas atestadas de comensales que bebían alcohol abiertamente y fumaban gruesos habanos.

No había camareras en falda corta, si no camareros. Muchos. Grandes, fuertes, guapos, con sus músculos bien definidos y a la vista, bajo unas ridículas pajaritas granates.

Los flappers y otros chicos a la moda del Charleston miraban con desprecio a los Finns, preguntándose como esos zarrapastrosos habían entrado al local. Liam intentó pasar desapercibido pero su rostro quemado era un faro para las miradas y los dedos acusadores.

—¿Qué te pasa Liam? —preguntó Nelly.

—No me gusta llamar la atención —Nelly sonrió. Le cogió de la mano y se la pasó por los hombros.

—Pero en estos sitios todo el mundo quiere ser el centro de atención. Démosles lo que piden, muñeco.

Colin chasqueó los dedos y señaló la barra, adonde dirigió a los Finns.

Whisky on the rocks —pidió al camarero que rápidamente le puso dos vasos con hielos delante—. Jacob, toma uno. Creo que lo necesitas.

Cuando le sirvieron dos dedos de licor, Jacob tomó el vaso ansioso, pero con el rostro cetrino, avergonzado.

—Un Manhattan —exigió Annie—. Pero sólo con tres partes de Bourbon… y sin guinda.

Nelly se inclinó sobre la barra y pidió el vodka más caro a voz en grito, tras lo cual, se agarró del brazo al hombre que tenía más cerca y le señaló a Annie que estudiaba su cóctel.

—¿Conoce a mi amiga Annie? Es cazadora de libros raros. Libros prohibidos por la iglesia. Libros paganos y malditos. ¿Alguna vez había oído hablar de algo tan exótico? Y bebe cócteles.

Cuando Annie quiso darse cuenta, la rodeaba una docena de muy engalanados diletantes, entre los que destacaban tres aparentes estudiantes de literatura, uno de los cuales se jactaba de ser amigo de Ernest Hemingway. Annie, que nunca había estado acostumbrada a generar tanta expectación, y que en los últimos meses apenas tenía contacto con el resto de la civilización, se quedó paralizada, visiblemente incómoda. Nelly se reía a sus espaldas. Jacob, antes de solicitar una tercera copa, recomendó a los diletantes que le cantaran algún poema en gaélico para seducir a Annie. Greg, incómodo, miraba a su alrededor, sin tener muy claro aún que hacían allí.

—¿Te están molestando, Annie? —espetó Liam, introduciéndose en el corro que se había formado ante O’Carolan. Annie no terminó de asentir, cuando los moscones ya habían salido volando, salvo el amigo de Hemingway y otro de los universitarios.

—No, no, no, colega. Sólo hablábamos con la señorita —se quejó el supuesto amigo del escritor, con la vista fija en las quemaduras de Liam.

—¿Tengo monos en la cara, o qué? —le escupió Liam.

—¡Los Finns han vuelto! —brindó Jacob.

En el escenario se sucedía un alocado espectáculo de can-can, la gente aplaudía, las bailarinas levantaban las piernas y los músicos tocaban.

Y entonces, como si de un conjuro se tratase, todo el mundo alrededor de los Finns se evaporó. Sin mirar a atrás, la gente se alejó de ellos y se confundieron en el paisaje del local, al tiempo que la imparable presencia de la cantante en el traje de lentejuelas les envolvió. Venía fumando un cigarrillo y la acompañaba una cohorte de media docena de camareros, sin camisa, pero con pajarita.

—Bueno, bueno, bueno, ¿a qué cabroncetes tenemos aquí? —la mujer, pelirroja y potente, les lanzó una valorativa mirada, al tiempo que exhalaba humo y sonreía—. Qué grupito tan pintoresco… tan… poco habitual en el Club 300—. Sus ojos se posaron en Colin—. Me pregunto cómo habréis entrado aquí.

—Me temo que tengo parte de la culpa.

­­—¿Y cómo es eso, señor…?

—Agente —contestó Colin inclinándose y besando la mano que la mujer le había ofrecido—, agente Colin O’Bannon.

—¿Agente, eeeeh? Me encantan los agentes. ¡Y además, pelirrojo! ¡Qué picantón!

—Encantado de encantarle, señorita…

—Como si no lo supieras, pillo cabroncete…  Soy Texas Guinan. La dueña de este local—contestó la mujerona—. ¿Y sus amigos se llaman?

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¡Hola, Cabroncete!

Texas Guinan escuchó atenta, como un buitre al acecho, los nombres de todos los Finns. Sus ojos estudiaban los rostros de cada uno de ellos. Preguntó directamente a Liam por las quemaduras y, antes de que contestase, se inventó una trágica historia sobre la Gran Guerra Mundial y el respeto y amor que profesaba por los veteranos. Cuando supo el nombre de Greg casi le ignoró. Le reconoció a Annie que apenas leía, pues prefería la música y el cine. Se mantuvo un rato interrogando sutilmente a Nelly, hasta que la vidente le prometió que le leería las manos en un futuro.

Sus camareros trajeron bebidas. Mejores bebidas que las que habían estado tomando hasta ahora, y brindaron juntos.

—¡Disfruten de su estancia en el Club 300! —aulló Texas Guinan, antes de beberse de un trago un vaso con dos dedos de bourbon.

Y todos bebieron.

Liam, por el rabillo del ojo, vio sonreír a Nelly, la vio sonreír con malicia, como cuando Patry le sonreía al retarle para hacer alguna locura en su juventud. Jacob por su parte vio a Patry deslizar su mano cerca de la cintura de Texas Guinan.

Y luego un fugaz destello. Verde.

El vaso del que bebía Texas Guinan cayó al suelo, se deshizo en migas de vidrio y la mujerona les miró con la vista desenfocada.

—Uffff —consiguió decir mientras perdía color en las mejillas y trastabillaba.

Dos de sus camareros la agarraron de la espalda, mientras Texas Guinan cogía a Colin 0`Bannon del brazo y, mirándole a los ojos, decía:

—Creo que me voy a desmayar.