MdN: New York (26) Las notas de Jackson Elias

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Colin O’Bannon entró el primero en casa de Greg Pendergast.

Sostenía su revólver del calibre 32, pistola que, aunque de menor calibre que la automática Colt Goverment del calibre 45 que el bureu federal le había entregado junto a la placa cuando pasó a formar parte de la Unidad de Delitos Morales, siempre llevaba encima desde que su padre pusiera precio a su cabeza. Cosa que no había cambiado… salvo el precio que era mucho más alto.

Inspeccionó metódicamente toda la casa, habitación por habitación… aunque apenas había un par de habitaciones y un pequeño baño, así que muy poco en asegurarse que no había nadie.

El pequeño piso de Greg necesitaba una buena limpieza, pero por lo demás estaba vacío. Se apreciaba a primera vista que Pendergast hacía vida ante el pequeño escritorio atestado de papeles, donde imperaba una máquina de escribir Remington con un folio a medio teclear entre columnas de carpetas y libros, aunque era llamativa la corchera en la que Greg había comenzado a clavar la información que había obtenido de sus pesquisas sobre la Expedición Carlyle.

—¿Podemos pasar ya? —preguntó Liam con tono cansino.

Liam y Angus ayudaron a llegar hasta un cómodo butacón al aún malherido Greg, que lo primero que hizo fue coger su bate de baseball.

—Hola, cariño. ¡Ya estoy en casa! —le dijo al bate.

—Greg, eso es tan… triste —dijo Annie O’Carolan desde el umbral de la puerta. Tras ella entró Madame Loconnelle, con la carpeta de que Jonah Kensington le había entregado en la cafetería pegada al pecho.

Liam se abalanzó sobre la fresquera, sacó la única botella de CocaCola que había y dio buena cuenta de ella, sin ofrecer a nadie.

—Sírvete. Tú mismo. Como si estuvieras en tu casa —siseó Greg.

—Tenía sed —contestó Liam ofendido.

Annie y Greg ya estaban leyendo a una velocidad feroz los papeles de la carpeta. Angus tomó tímidamente otro juego de notas y comenzó a ojearlo por encima, mientras Colin se asomaba por las cortinas de la única ventana y oteaba la calle.

—¿Cómo viste a Jonah, Nelly? —ninguno de los Finns se acostumbraban al nuevo nombre de su amiga pero algunos, como Greg, hacían el esfuerzo de llamarla por su nueva identidad.

—Muy nervioso. Me dio mala espina, no se. Ese hombre sería capaz de hacer cualquier cosa, Greg —Greg alzó una ceja cargada de escepticismo por encima del documento que estaba leyendo—. Cualquier cosa, Greg.

—Sí, ya… Lo que tú digas.

—Anda Nelly, vamos a una cafetería cercana a pedir algo de manduca—le invitó Liam, tomándola del brazo—. Mientras, que estos ratones de biblioteca se pongan morados a leer.

—Oye, ¿y Jacob y Thomas? —preguntó Nelly mientras salían de la casa de Greg.

—De misión especial, controlando a la gente del bar de Mabel, La Gorda. Si les dejan, claro. Ese antro es un hervidero de negros sospechosos, y no lo digo por prejuicios, no señor. Colin estaba de los nervios, no paraba de ver crímenes en cada esquina de ese barrio: Vendedores de drogas, ladrones vendiendo mercancía a peristas, prostitución… Un asco, lo peor de lo peor… Todos parecen trabajar en conjunto y tienen correos, chivatos y mirones por todas partes. Críos, amas de casa, vecinos que miran por la ventana… En seguida nos localizaban y empezaban a aparecer tipos fuertes, con la palabra peligro tatuada en sus ojos, y teníamos que salir por piernas cada dos por tres.

—Vaya panorama.

—Cómo lo oyes, muñeca.

Cuando volvieron con un cargamento de grasientos bocadillos de albóndigas y apelmazadas patatas fritas, Annie, Greg y Angus les dictaron un resumen de las Notas que Jackson Elias les había legado tras sus investigaciones por todo el mundo.

Las notas constaban de, nada más y nada menos, ocho juegos bastante bien organizados de apuntes escritos a mano por Jackson.

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Jonah Kensington y Jackson Elias

El primer juego, escrito desde Nairobi comenzaba con una carta que Jackson envió a Jonah, informándole que tenía la certeza de que varios miembros blancos de la Expedición Carlyle habrían sobrevivido de la catástrofe. Los motivos que les llevaron a desaparecer de la sociedad eran un misterio, que Elias pretendía resolver. Había múltiples referencias a tribus, sectas y rituales sectarios de la zona, y a la incompetencia de los funcionarios de Nairobo. No descubrió nada importante, pero descartaba vehemente la versión oficial de la masacre Carlyle.

El segundo juego de notas describía el viaje que hizo Jackson Elias hasta el lugar de la masacre, una zona árida y yerma que, según las tribus de la región, estaba maldita por el Dios del Viento Negro, que gobernaba en la cima de su montaña.

El tercero era la transcripción de una entrevista que tuvo Elias con un tal Johnseton Kenyatta, que afirmaba que la masacre Carlyle fue obra de la Secta de la Lengua Sangrienta. Aunque elias se muestra educadamente escéptico durante la entrevista, Kenyatta es insistente. Habla del odio y terror que sienten las tribus cercanas a la secta, de su incapacidad de defenderse con la magia tribal a su sangriento culto, dirigido por una suma sacerdotisa que gobierna desde la Montaña del Viento Negro. Finaliza aclarando que no es un culto de origen africano, detalle que Jackson acusa, al infantil patriotismo que exhibe Kenyatta.

El cuarto grupo de notas profundiza en la entrevista de Kenyatta. Varias fuentes le informan de la existencia de la Secta de la Lengua Sangrienta, cuyos relatos mencionan sacrificios humanos, robo de niños y criaturas aladas que desciende de la citada montaña. Un apunte señala: Sam Mariga. Est. Tren.

El quinto es una sola hoja en la que Jackson examina el itinerario cariota de la Expedición Carlyle. Elias creía que la razón que les impulsó a desviarse a Kenia se encontraba en el Nilo.

El sexto es otra entrevista, en este caso al teniente Mark Selkirk, que estuvo al mando del grupo de rescate que encontró los cadáveres de la expedición. Menciona que los cuerpos estaban extraordinariamente bien conservados “como si la mismísima putrefacción no se atreviera a acercarse a ese lugar” Nadie fue capaz de identificar al animal que despedazó a los porteadores. “Era algo inimaginable” Selkirk opina que los Nandi son un pueblo odioso, que seguro que tuvo algo que ver, pero sospecha que el juicio fue un montaje para que los cargos electos pudieran salir al paso. Jackson confirma su sospecha: “Entre los cadáveres no había ningún europeo.”

El séptimo es otra hoja suelta. Jackson Elias tropezó con un tal “Nails” Nelson, en el bar Victoria  de Nairobi. Nelson era un mercenario que trabajaba actualmente para los italianos en la frontera de Somalia. Nelson conoció a Brady durante su servicio en la Legión Extranjera, y afirmaba haberlo visto con vida en Marzo de 1923, en Hong Kong. Brady se mostró amable “¡Ya que se pagó unas copas!”, pero poco charlatán.

Es tras este indicio cuando Jackson se convence que otros miembros de la Expedición puedan estar vivos.

El último juego de notas, el octavo, discute con Jonah una posible estructura para el libro y le informa que partirá en breve a Hong Kong, tras la pista de Jack Brady.

—Brady está vivo —concluyó Greg.

—Y Carlyle también, estoy segura —intervino Annie con arrojo, mientras rebuscaba entre los libros que cargaba en su bandolera.

—No hay ninguna nota del viaje a Hong Kong —murmuró Colin pensativo.

—En la habitación del Hotel Chelsea encontramos una foto que Thomas dijo que era de Shangai… y esa cajetilla de cerillas del tigre borracho también era de allí, pero no notas como estas —informó Nelly.

—¿Queréis más datos? —preguntó Annie con una pícara sonrisa. Y les mostró una página de un libro que había sacado de la biblioteca. En ella, dibujado con trazos gruesos estaba el mismo dibujo que los asesinos de Jackson le habían escarificado en la frente—. Con todos ustedes, el pictograma del Dios de la Lengua Sangrienta… también llamado El Dios Del Viento Negro.

Angus tomó el libro que tenía Annie y leyó el escueto apunte sobre esa deidad venida del norte de África que adoraban algunas tribus en Kenia.

—Bueno, la cuestión está clara —comenzó Angus—. Tenemos que encontrar al tipo del abrigo negro que huyó del hotel Chelsea y… darle recuerdos de parte de Jackson Elias.

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MdN: New York (16) La Lengua Sangrienta

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (16) La Lengua Sangrienta

 

Mientras degustaban de unos estupendos filetes en un reservado del Peter Luger Steakhouse, Annie les informó de lo que había descubierto en la biblioteca:

—Conociendo a Jackson como le conozco, estará investigando algo sobre alguna secta. Secta que me figuro que tendría algo que ver con la desaparición de la Expedición Carlyle. En el libro que he estado estudiando en la biblioteca…

—¡No digas el título! —estalló Greg—, o Colin lo coloreará con marcador negro.

Colin sonrió y le enseñó el dedo medio.

—Cómo decía, esta secta era bastante antigua y fue expulsada del Egipto Dinástico. Durante su exilio atravesaron el desierto y acabaron en Kenia.

—Es el puto recorrido de la expedición —afirmó Liam.

—¿Cómo se llamaban, Annie? —preguntó Colin.

—La Secta del Dios de la Lengua Sangrienta.

Patry soltó los cubiertos sobre el plato. Su copa de vino tinto cayó sobre el mantel, tiñéndolo de carmesí, parecía que estaba empapado en sangre. Sus labios temblaban, había palidecido y sus ojos verdes miraban al vacío. A la nada. Una nada repleta de tentáculos agitándose mientras los chillidos inundaban sus recuerdos.

—Aquel que se Retuerce entre Lamentaciones —murmuró, lívida.

Liam apretó su hombro afectuosamente, mientras Colin asentía.

—¿Qué es eso? —preguntó Angus.

—Un monstruo al que se enfrentaron Patry y el resto de agentes federales en la Mansión Marsh —Colin se volteó hacia Greg—. Pero yo no he dicho esto. Nunca.

—Calla y continua —exigió Annie.

—Según la mitología que aprendimos durante nuestras peripecias en Innsmouth, se trata de una entidad caótica y variable, un ser con muchas formas, con muchas máscaras pero una sola misión. Servir como mensajero de los Dioses Exteriores y los Primigenios. Es el principal siervo de Azazoth, el Sultán Idiota que gobierna en el centro del universo. Aquel al que se le conoce como…

Nyarlathotep —dijo Annie.

Dejaron de tener hambre. Dejaron de tener sed. Un frío escalofrío les lamió las entrañas y sintieron nauseas, y miedo, y ganas de esconderse bajo la mesa como niños pequeños y asustados llamando a sus madres para que les protegiese.

Y sabiendo que no vendrían. Que nada les salvaría.

—¿Y… esta Lengua Sangrienta… es una de esas máscaras? —preguntó Thomas.

—A ver… todo esto es una teoría, ¿vale? —comenzó el agente federal…

—Pues si es una teoría, ¿por qué nos sentimos así, Colin? —preguntó Greg.

—Joder, Jackson —siseó Annie—, ¿en qué coño te has metido?

 

Nyarlathotep

MdN: New York (3) Madame Loconnelle

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

 

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

 

 

El teléfono tronaba en aquel lugar, como si fuera algo ajeno, extraño, como unas carcajadas histéricas en una biblioteca. Alguien apartó la cortina de perlas que servía de puerta y unos silenciosos pasos llevaron a la propietaria hasta el molesto aparato.

—Dígame —susurró una boca le labios pintados de violeta, con voz profunda, exótica, misteriosa.

—¿Patry? —preguntó Annie O’ Carolan desde el otro lado.

Un instante de silencio. La persona que tenía el teléfono tragó saliva, pero no perdió la compostura.

—¿Patry? ¿Quién es Patry?

—Disculpe — desde su apartamento en Nueva Orleans, con las ventanas abiertas y las habitaciones aireadas, donde la cazadora de libros había abierto una maleta en la que estaba colocando pulcramente la ropa que llevaría al viaje, Annie puso los ojos en blanco—, me llamo Annie O’ Carolan, estoy buscando a una vieja amiga mía, Patry O’Connel. Este es el décimo segundo número al que llamo. No sabía que podías haber tantas…

—¡Annie! —chilló Patry desde el otro lado de la línea. Annie tuvo que apartarse el teléfono de la oreja—. ¡Cuánto tiempo! Jajajaja… Perdona que haya sido tan… complicado localizarme pero… ¡es que esa es precisamente la idea ,porque Patry O’Connel ya no existe!

—¿Cómo? ¿Te has cambiado de… nombre artístico?

—Ya te explicaré porque no soy Patry. Por teléfono prefiero no hacerlo pero, Patry O’Connel, la hija del borracho O’Connel y a la que todo el mundo metía mano en Arkham, ha muerto. Yo soy otra persona.

—Vaaaaaale…

—Estas hablando con… Madame Loconnelle.

Annie abrió mucho la boca. Mucho. Todo lo que podía de hecho.

—¿Madame?

—Sí.

—¿Madame?

— Sí, Madame Loconnelle… pero tú me puedes llamar Nelly, querida Annie.

—…

—¿Annie?

—Estoy digiriendo todo esto —. Conociendo como conocía a Patry, Annie estaba pensando en prostíbulos. Apretó con el índice y el pulgar el puente de su nariz mientras cerraba los ojos y trataba de ordenar sus ideas—. N-Nelly… Yo… esto, Greg… Greg Pendergast se ha puesto en contacto conmigo porque… ¿te acuerdas de Jackson Elias? ¿El escritor que conocimos en Innsmouth?

—He tratado de olvidar cualquier cosa que vivió Patry, querida —contestó Madame Loconnelle con un gruñido.

Pero se acordaba.

Se acordaba de todo.

Se acordaba de la cosa que chillaba en las entrañas de Marsh Manor.

Su vista voló hacia la habitación que había al otro lado de la cortina de perlas. La habitación del incienso. La habitación de las velas.

Había algo en medio de la mesa de esa habitación que se lo recordaría siempre.

—Pero me acuerdo de ese escritorzuelo afeminado —dijo con desdén.

Annie contuvo una risotada.

—Que te rechazase no implica que fuera afeminado, Patr… Nelly. A ver, el resumen es que Jackson ha estado investigando algo sobre una Expedición fallida hace años: La expedición Carlyle; y nos ha pedido ayuda a nosotros, a los Finns. Lo cual me da a entender que tiene algo que ver con… bueno con… Quizá no quieras venir ya que, Madame Loconnelle no es una Finn.

—Siempre seré una Finn, Annie —contestó Patry.

Allí estaba su amiga.

Annie O’C arolan, siempre calculadora, atemperamental, fría, sonrío. Sintió calor en su pecho. Rubor en sus mejillas. Bród. Orgullo.

—Hemos quedado en Nueva York —continuó Annie.

—Me viene perfecto, vivo en Nueva York —dijo Patry—. Y soy mi propia jefa, así que iré donde sea y cuando sea.

—Ahora te doy los datos, pero antes… ¿podrías hacerme un favor?

 

Patry O'Connell
Patry O’Connel… Antes.              ¿Cómo será Madame Loconnelle?

Patry O’Connel Madame Loconnelle (Buscavidas)                      –             Hernán

Prólogo: El Sueño

—Vane…

Me llama…

Es una voz distante, oculta entre la densa niebla que me rodea.

Me llama.

Me adentro en esa nube densa, gris, una telaraña de vapores.

Hasta que le encuentro.

—Vane…

Es un hombre alto. Negro. No el marrón chocolate de los músicos de jazz. Ni el color café de las mulatas. Ni siquiera ese negro azulado de algunas tribus africanas.

Es el vacío. El negro más oscuro que he visto en una piel. El color negro que hay tras las estrellas.

Tiene grabada en su frente una cruz ansada, cabeza abajo, un ankh inverso. Arde. El símbolo arde. Alza sus manos ante mí. Sus manos negras, de uñas negras. En sus manos tiene otros grabados. En su palma izquierda está mi rostro. En la derecha una pirámide. Una pirámide asimétrica.

Aquel Que Me Llama junta las manos y comienzo a flotar. Me elevo. Por encima de la niebla que devora mi alrededor, estoy por encima de ella, por encima de todo. Levito. Vuelo. Me interno en las estrellas.

El espacio.

—Vane…

Contemplo planetas y lunas, galaxias y constelaciones…

Y veo adonde voy. Adonde me lleva.

Figuras monstruosas. Hay algo humano en esas criaturas, algo humano aún a pesar de sus garras, sus colmillos y sus miembros de animales. Están en círculo, alrededor de una esfera dorada de energía.

La adoran. Le adoran. Lo adoran.

El hombre negro y la esfera amarilla son la misma cosa. Aspectos diferentes de una misma entidad.

De un mismo dios.

—Vane…

La esfera me atrae a su interior. Entro. Me acepta y formo parte de él. 

Y veo cosas. Cosas a través de ojos que no son los míos.

Veo el vacío. Veo un triángulo que flota en el vacío. Una pirámide. Asimétrica. 

—Vane…

Miles de formas extrañas emergen por doquier. El triángulo me llama.

—Y conviértete en un dios… Conmigo.

Roger Vane Worthington Carlyle se revolvió en el diván. El Doctor Huston, su psiquiatra alzó la vista por encima de sus notas y se aclaró la garganta.

—¿Y cómo… cómo se convertirá en un dios, Roger?

—Ese es el verdadero objetivo de mi gran proyecto, Doctor Huston —contestó Roger Carlyle luciendo una amplia sonrisa—. Ese es el objetivo de la expedición. Mi expedición. La Expedición Carlyle.

 

Nyarlathotep
Comienzan las Máscaras de Nyarlathotep

¡Los Finns han vuelto!

Seguramente, y si las estrellas se alinean, este domingo comencemos la campaña de las Máscaras de Nyarlathotep, donde los Finns se las verán con el oscuro dios de los mil rostros.

Tras salvar a su amigo Brian y haber huido de Innsmouth, tras haber aplastado a la Orden Esotérica de Dagon durante la Redada del 29, esa que nunca existió, Angus, Annie, Colin, Greg, Jacob, Liam, Patry y Thomas volverán a las andadas, con mucha menos cordura que antes, para ver si la pierden del todo, se mueren de una forma horrible, o frustran los planes de Nyarlathotep y sus seguidores. Contarán con la ayuda del escritor Jackson Elias, conjuros y rituales, objetos mágicos y, por supuesto, el espíritu de los Finns.

Mientras tanto, y para ir abriendo boca, os dejo con el opening que les hice para generar hype.

 

 

El Escriba de Nyarlathotep

¿Qué es El Escriba de Nyarlathotep?

Es una novela que, al igual que Máscaras de Carcosa, ha sido editada por ediciones Hades. La escribió David Quinto, que debe ser el nombre verdadero del tuitero @Necron0mic0n (o un seudónimo, y en realidad se llama @Necron0mic0n, que lo mismo es un avatar de Nyarlathotep, otro ente al que le gustan, y mucho, las máscaras), el twitter de los mitos de Cthulhu que más me gusta, que siempre comparte imágenes que nunca había visto, acompañadas por 140 caracteres con genuino sabor lovecraftiano.

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¿Y a qué se debe esta introducción, Dani? ¿Vas a hacer una reseña?

No, o al menos no todavía, básicamente porque no he leído la novela, pero lo haré en breve.

Y eso es porque, como El Escriba y Máscaras son novelas que, no sólo comparten el terror y la editorial, sino que comparten el mismo universo, la misma mitología de horror cósmico, el día de mi presentación (21 de mayo, 12 de la mañana, biblioteca Manuel Alvar) además de poder adquirir mi novela por 15 euros, podréis llevaros “El Escriba de Nyarlathotep” por 5 euros más.

 

Citando a Vito Corleone: “Es una oferta que no podrá rechazar”

 

Seguid atentos, vendrán más novedades.

Epílogo de la Redada… o ¿Prólogo de lo que se avecina?

Casi un año después.

Londres.

El escritor Jackson Elías, al que muchos conoceréis por alguna de sus novelas como Calaveras Junto al Río, o El Corazón Humeante, sospechaba que le estaban siguiendo.

Un chino, de apenas quince años, vestido completamente de negro pero sin abrigo, con el frío que hacía, y apoyado junto a una bicicleta, que lo quitaba la mirada de encima. Y el muchacho, edad similar, con pinta de escolar, al que ya había visto mientras desayunaba. Quizá alguno más entre el gentío que caminaba por las neblinosas calles londinenses.

Jackson lanzó un rápido vistazo a su reloj de bolsillo. Aún quedaban dos horas para embarcar en el transatlántico Mauritania, que le devolvería a los Estados Unidos después de todos sus periplos. ¿Cómo despistarles?

Comenzó a caminar.

Se metería en un pub, seguro que cerca del puerto habría alguno. Allí se sentaría en la barra. No, en la barra no. No podía exponerse así, alguien podría sorprenderlo por la espalda, un navajazo en las costillas y todos sus descubrimientos se habrían ido al traste. Posicionarse en un reservado era algo peligroso porque también le podían atacar allí. Si dos o tres hombres se sentaban junto a él, a ver como se escapaba de esa. Además, morir durante una pelea de bar no resultaría extraño, ningún bobby lo investigaría a fondo, ni siquiera los detectives de Scotland Yard.

9.Jackson Elias
Jackson Elias salió con vida de Innsmouth y ha seguido investigando

El escolar le seguía. A unos diez metros a su espalda. Del chino de la bicicleta no había ni rastro. Entre los grises rostros que se topaba no encontraba ningún rostro conocido. ¿Se habría quedado sólo con un perseguidor? Eso le daba cierto margen de actuación.

Se paró frente a una librería de segunda mano, fingiendo mirar el escaparate. El escolar se paró frente a una charcutería. Jackson usó el reflejo del cristal para mirar a su espalda. Nadie. No. Nada. Parecía que sólo el escolar le estaba siguiendo. Metió las manos en el bolsillo y entró en la librería.

***

La campanilla de la puerta tintineó. Altas estanterías atestadas de libros viejos. Olor a papel. Un viejo, tan amarillento como sus tomos, lanzó una llameante mirada al perseguidor de Elias cuando entró en el establecimiento. Jackson llevaba como media hora dentro de la tienda y el muchacho que le seguía pensaba que el escritor había salido por alguna puerta trasera, o algo similar, porque le parecía extraño que estuviera tanto tiempo en ese vertedero de papel.

El escolar alzó la barbilla y sonrió al viejo. El viejo no le devolvió el saludo, su cabeza cayó ante el manuscrito que estaba leyendo. Estupendo. Ante el perseguidor se alzaban cinco largos pasillos mal iluminados. Bombillas amarillas. Olor papel. El polvo, convertido en una mágica niebla que volaba entre los estantes. Que asco de sitio. El escolar miró en cada pasillo, pero Jackson no estaba a la vista, y al fondo sólo había otra pared, con otra estantería cargada de libros… O el escritor se escondía tras un estante o le había dado esquinazo y no sabía cómo.

El escolar metió las manos en los bolsillos. Aferró con fuerza la navaja. Caminó por el pasillo central, pasos cortos, silenciosos, atento a ver si oía algún movimiento, los pasos de Elias corriendo por un pasillo aledaño para intentar huir de él… Bien era cierto que su misión era seguir al escritor, pero no creía que al Sacerdote le molestase saber que lo había apuñalado. Sabían que ese tipo les investigaba, podía descubrirles y mejor quitarse la molestia cuanto antes. También mataría al viejo. Parecería un robo. Nadie sospecharía.

Al fondo de la librería no había nadie.

Una avalancha de libros cayó encima del escolar. Lanzó manotazos al aire, apuñaló varios tomos viejos, papeles crujientes volaron a su alrededor.

La campanilla sonó. ¿Alguien entraba o salía?

El escolar corrió por el pasillo y se encontró cara a cara con el viejo librero.

―¿Se puede saber que majadería estas hac…?

Cuando quiso darse cuenta le había hundido la navaja en el pecho, tres veces, el filo se había quedado atrapado entre las costillas. Ni siquiera lo sacó, apartó de un empellón al lívido anciano, salió de la librería a tiempo de ver como Jackson Elias hablaba con un bobby, un serio policía británico que lucía un enorme y trabajado mostacho… y le señalaba.

***

El bobby sacó su silbato y su porra, corrió pitando y enarbolando el arma hacia el sorprendido escolar salpicado en sangre.

Jackson ni les miró, se alejó de la escena tranquilamente hasta llegar a una oficina de telégrafos. Dejó un par de chelines sobre la mesa del telegrafista.

―Prioridad inmediata ―ordenó al tiempo que le tendía los mensajes a transcribir.

―Americanos ―siseó el viejo telegrafista.

Jackson no esperó, se subió las solapas de su abrigo tres cuartos, le echó un vistazo a su reloj de bolsillo y aprovechó para mirar a su alrededor. Nadie le seguía.

Se perdió entre la niebla de Londres, camino del Mauritania que le devolvería a casa.

Telegrama Annie
El Telegrama de Annie
Telegrama Greg
El telegrama de Greg

 

*Los Finns volverán en “Las Máscaras de Nyarlathotep”