MdN: New York (32) Home Run

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster intentó levantarse pero el puño que apretaba su corazón volvió a comprimirlo con fuerza. El arquitecto se retorció por el suelo gimoteando, intentando en vano respirar.

Madame Loconnelle se quedó en medio del patio, sobrecogida al ver amigo convulsionando. Su mano descendió a la falda buscando el Derringer de doble cañón que escondía en la liga, cuando vio por el rabillo del ojo a la pareja de vagabundos levantarse entre los harapos… armados con dos afilados prangas.

Patry alzó la pequeña pistola y disparó contra el primero de los hombres que se abalanzaba sobre ella. Las pequeñas balas del calibre 22 impactaron en la garganta del tipejo y lo derribaron, pero el segundo lanzó un fiero tajo sobre ella. Patry giró grácilmente sobre sus tacones evitando la hoja y corrió hacia el callejón, donde Colin O’Bannon le esperaba con el revólver del calibre 32 en la mano.

—¡Refuerzos! —pidió Colin disparando a ciegas. Los proyectiles pasaron cerca de Patry, salpicando el suelo alrededor del agresor del machete —¡Hay que salvar a Angus! ¡Joder! ¡Algo le pasa a Angus!

Greg Pendergast salió corriendo del coche de Liam, con el bate de baseball en la mano.  Annie O’Carolan le imitó, pero dio la vuelta alrededor del Packard Twin Six que Liam McMurdo arrancaba en ese momento.

Angus intentó arrastrarse por el suelo, pero la garra le estrujaba el pecho sin compasión. Tosió una bocanada de sangre entre sus labios cianóticos, las fuerzas le abandonaban, el brazo izquierdo se sacudía entre espasmos…

Patry huyó del callejón hacia el coche de Liam. Colin le descerrajó dos tiros al hombre del machete, pero este, que aullaba como un salvaje perro rabioso, ignoró los disparos y se cernió sobre él, escupiendo espumarajos por la boca, con los ojos en blanco y el largo pranga sobre su cabeza, presto a caer sobre el pelirrojo.

—¡Colin al suelooooo!

Colin cayó de culo sobre las baldosas al tiempo que el bate de Greg aparecía sobre su coronilla como una lanza y se incrustó en el mentón del falso indigente, que cayó despatarrado al suelo, salpicado de sangre y dientes.

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—Home Run, hijo puta —sentenció el ex bateador estrella de la universidad de Baltimore, antes de reventarle la cabeza de un bestial palazo.

Colin y Greg miraron hacia la tienda. En el dintel de la puerta, estaba el anciano Silas N’Kawe, jadeando, poseído por una rabia inhumana, con otro largo pranga en la mano derecha.

—¡La Lengua Sangrienta no será neg…! —comenzó a entonar con furia, antes de que el marco de la puerta estallase en astillas.

Annie O’Carolan apareció entre los hombres disparando con su Luger P08. Silas se encogió cuando la siguiente bala pasó a centímetros de su cara.

—¡Moveos, joder! —gritó Annie sin dejar de disparar. Silas N’Kawe se refugió tras la puerta, pero Annie la destrozó a balazos, impactando a ciegas en la fea cortina que la cubría

— ¡Coged a Angus y salgamos de aquí!

Greg y Colin corrieron hasta Angus, que comenzaba a sentir como el puño encajonado en su pecho desaparecía, permitiendo a su corazón bombear sangre, devolviéndole la vida y las fuerzas. Se apoyó en sus amigos y, juntos, los tres, corrieron hasta el coche de Liam, mientras Annie les cubría, barriendo a tiros todo el escaparate de la Casa del Ju-Ju.

Cuando llegaron hasta el coche, Liam llamaba con el claxon a Thomas Connery y a Jacob O’Neil, el cual había disparado dos veces con su escopeta a… ¿Un cubo de basura?

—¿A qué coño estabas disparando? —le recriminó Thomas, cuando todos se montaron dentro del coche y Liam arrancó quemando rueda.

—Creí que había algo trash el cubo… —se excusaba Jacob.

—¡Joder, Jacob! ¿Estás borracho? —preguntó Patry.

—¡Angus! —chillaba Annie abofeteando al arquitecto en el asiento de atrás—. No te duermas, joder. No te duermas ¡Espabila!

—Tenemos que volver —consiguió murmurar Lancaster.

—¡Sí, claro! ¡Ahora mismo! —espetó sarcástico Liam, mientras pegaba un volantazo para alejarse aún más de la calle 137.

—¿Pero qué dices? ¡Si estas medio muerto! —le chilló Greg.

—Está delirando —declaró Annie, antes de arrearle otro bofetón en la mejilla—. ¡Vuelve Angus! ¡Vuelve!

—¡Estoy bien! ¡Deja de pegarme! —se quejó el hombrecillo apartándose de la cazadora de libros—. No lo entendéis. ¡Son ellos! ¡Son los que mataron a Jackson Elias! ¡Seguro! ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que…!

—Tenemos que ir a una puta fiesta de la alta sociedad —le azuzó Colin con los dientes apretados por la rabia—. Y tú eres nuestro billete de entrada, idiota. Si te dejas matar no podremos entrar.

—Pero son ellos… ¡Lo mataron!

—¿¡Entonces por qué coño les dices que le conocías!? ¿¡A qué venía ese rollo!?

—¡Esto no solo se reduce a los asesinos de Jackson Elias!—chilló Greg, consiguiendo algo de silencio tras su alarido—. No es venganza… Tenemos que saber porqué Jackson investigaba a la expedición Carlyle. Tenemos que saber más sobre Roger Carlyle y esa expedición, Angus. Esto no lo hacemos por venganza.

Greg y Annie se miraron por encima de Angus, que se recostó en el asiento, respirando con cierta dificultad, pero más relajado.

—No es sólo por venganza —repitió Annie O’Carolan negando con la cabeza.

Las maniobras de Liam hubieran despistado al mejor conductor del departamento de policía de Nueva York. De haberlo hecho, nadie les hubiera seguido, pero ningún sectario de la Lengua Sangrienta, ni ningún policía que hubiera acudido por el tiroteo les seguía.

Nadie.

Los Finns se alejaron de la Casa del Ju-Ju, del Harlem, de Nueva York, con destino al condado de Wenchester.

MdN: New York (26) Las notas de Jackson Elias

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Colin O’Bannon entró el primero en casa de Greg Pendergast.

Sostenía su revólver del calibre 32, pistola que, aunque de menor calibre que la automática Colt Goverment del calibre 45 que el bureu federal le había entregado junto a la placa cuando pasó a formar parte de la Unidad de Delitos Morales, siempre llevaba encima desde que su padre pusiera precio a su cabeza. Cosa que no había cambiado… salvo el precio que era mucho más alto.

Inspeccionó metódicamente toda la casa, habitación por habitación… aunque apenas había un par de habitaciones y un pequeño baño, así que muy poco en asegurarse que no había nadie.

El pequeño piso de Greg necesitaba una buena limpieza, pero por lo demás estaba vacío. Se apreciaba a primera vista que Pendergast hacía vida ante el pequeño escritorio atestado de papeles, donde imperaba una máquina de escribir Remington con un folio a medio teclear entre columnas de carpetas y libros, aunque era llamativa la corchera en la que Greg había comenzado a clavar la información que había obtenido de sus pesquisas sobre la Expedición Carlyle.

—¿Podemos pasar ya? —preguntó Liam con tono cansino.

Liam y Angus ayudaron a llegar hasta un cómodo butacón al aún malherido Greg, que lo primero que hizo fue coger su bate de baseball.

—Hola, cariño. ¡Ya estoy en casa! —le dijo al bate.

—Greg, eso es tan… triste —dijo Annie O’Carolan desde el umbral de la puerta. Tras ella entró Madame Loconnelle, con la carpeta de que Jonah Kensington le había entregado en la cafetería pegada al pecho.

Liam se abalanzó sobre la fresquera, sacó la única botella de CocaCola que había y dio buena cuenta de ella, sin ofrecer a nadie.

—Sírvete. Tú mismo. Como si estuvieras en tu casa —siseó Greg.

—Tenía sed —contestó Liam ofendido.

Annie y Greg ya estaban leyendo a una velocidad feroz los papeles de la carpeta. Angus tomó tímidamente otro juego de notas y comenzó a ojearlo por encima, mientras Colin se asomaba por las cortinas de la única ventana y oteaba la calle.

—¿Cómo viste a Jonah, Nelly? —ninguno de los Finns se acostumbraban al nuevo nombre de su amiga pero algunos, como Greg, hacían el esfuerzo de llamarla por su nueva identidad.

—Muy nervioso. Me dio mala espina, no se. Ese hombre sería capaz de hacer cualquier cosa, Greg —Greg alzó una ceja cargada de escepticismo por encima del documento que estaba leyendo—. Cualquier cosa, Greg.

—Sí, ya… Lo que tú digas.

—Anda Nelly, vamos a una cafetería cercana a pedir algo de manduca—le invitó Liam, tomándola del brazo—. Mientras, que estos ratones de biblioteca se pongan morados a leer.

—Oye, ¿y Jacob y Thomas? —preguntó Nelly mientras salían de la casa de Greg.

—De misión especial, controlando a la gente del bar de Mabel, La Gorda. Si les dejan, claro. Ese antro es un hervidero de negros sospechosos, y no lo digo por prejuicios, no señor. Colin estaba de los nervios, no paraba de ver crímenes en cada esquina de ese barrio: Vendedores de drogas, ladrones vendiendo mercancía a peristas, prostitución… Un asco, lo peor de lo peor… Todos parecen trabajar en conjunto y tienen correos, chivatos y mirones por todas partes. Críos, amas de casa, vecinos que miran por la ventana… En seguida nos localizaban y empezaban a aparecer tipos fuertes, con la palabra peligro tatuada en sus ojos, y teníamos que salir por piernas cada dos por tres.

—Vaya panorama.

—Cómo lo oyes, muñeca.

Cuando volvieron con un cargamento de grasientos bocadillos de albóndigas y apelmazadas patatas fritas, Annie, Greg y Angus les dictaron un resumen de las Notas que Jackson Elias les había legado tras sus investigaciones por todo el mundo.

Las notas constaban de, nada más y nada menos, ocho juegos bastante bien organizados de apuntes escritos a mano por Jackson.

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Jonah Kensington y Jackson Elias

El primer juego, escrito desde Nairobi comenzaba con una carta que Jackson envió a Jonah, informándole que tenía la certeza de que varios miembros blancos de la Expedición Carlyle habrían sobrevivido de la catástrofe. Los motivos que les llevaron a desaparecer de la sociedad eran un misterio, que Elias pretendía resolver. Había múltiples referencias a tribus, sectas y rituales sectarios de la zona, y a la incompetencia de los funcionarios de Nairobo. No descubrió nada importante, pero descartaba vehemente la versión oficial de la masacre Carlyle.

El segundo juego de notas describía el viaje que hizo Jackson Elias hasta el lugar de la masacre, una zona árida y yerma que, según las tribus de la región, estaba maldita por el Dios del Viento Negro, que gobernaba en la cima de su montaña.

El tercero era la transcripción de una entrevista que tuvo Elias con un tal Johnseton Kenyatta, que afirmaba que la masacre Carlyle fue obra de la Secta de la Lengua Sangrienta. Aunque elias se muestra educadamente escéptico durante la entrevista, Kenyatta es insistente. Habla del odio y terror que sienten las tribus cercanas a la secta, de su incapacidad de defenderse con la magia tribal a su sangriento culto, dirigido por una suma sacerdotisa que gobierna desde la Montaña del Viento Negro. Finaliza aclarando que no es un culto de origen africano, detalle que Jackson acusa, al infantil patriotismo que exhibe Kenyatta.

El cuarto grupo de notas profundiza en la entrevista de Kenyatta. Varias fuentes le informan de la existencia de la Secta de la Lengua Sangrienta, cuyos relatos mencionan sacrificios humanos, robo de niños y criaturas aladas que desciende de la citada montaña. Un apunte señala: Sam Mariga. Est. Tren.

El quinto es una sola hoja en la que Jackson examina el itinerario cariota de la Expedición Carlyle. Elias creía que la razón que les impulsó a desviarse a Kenia se encontraba en el Nilo.

El sexto es otra entrevista, en este caso al teniente Mark Selkirk, que estuvo al mando del grupo de rescate que encontró los cadáveres de la expedición. Menciona que los cuerpos estaban extraordinariamente bien conservados “como si la mismísima putrefacción no se atreviera a acercarse a ese lugar” Nadie fue capaz de identificar al animal que despedazó a los porteadores. “Era algo inimaginable” Selkirk opina que los Nandi son un pueblo odioso, que seguro que tuvo algo que ver, pero sospecha que el juicio fue un montaje para que los cargos electos pudieran salir al paso. Jackson confirma su sospecha: “Entre los cadáveres no había ningún europeo.”

El séptimo es otra hoja suelta. Jackson Elias tropezó con un tal “Nails” Nelson, en el bar Victoria  de Nairobi. Nelson era un mercenario que trabajaba actualmente para los italianos en la frontera de Somalia. Nelson conoció a Brady durante su servicio en la Legión Extranjera, y afirmaba haberlo visto con vida en Marzo de 1923, en Hong Kong. Brady se mostró amable “¡Ya que se pagó unas copas!”, pero poco charlatán.

Es tras este indicio cuando Jackson se convence que otros miembros de la Expedición puedan estar vivos.

El último juego de notas, el octavo, discute con Jonah una posible estructura para el libro y le informa que partirá en breve a Hong Kong, tras la pista de Jack Brady.

—Brady está vivo —concluyó Greg.

—Y Carlyle también, estoy segura —intervino Annie con arrojo, mientras rebuscaba entre los libros que cargaba en su bandolera.

—No hay ninguna nota del viaje a Hong Kong —murmuró Colin pensativo.

—En la habitación del Hotel Chelsea encontramos una foto que Thomas dijo que era de Shangai… y esa cajetilla de cerillas del tigre borracho también era de allí, pero no notas como estas —informó Nelly.

—¿Queréis más datos? —preguntó Annie con una pícara sonrisa. Y les mostró una página de un libro que había sacado de la biblioteca. En ella, dibujado con trazos gruesos estaba el mismo dibujo que los asesinos de Jackson le habían escarificado en la frente—. Con todos ustedes, el pictograma del Dios de la Lengua Sangrienta… también llamado El Dios Del Viento Negro.

Angus tomó el libro que tenía Annie y leyó el escueto apunte sobre esa deidad venida del norte de África que adoraban algunas tribus en Kenia.

—Bueno, la cuestión está clara —comenzó Angus—. Tenemos que encontrar al tipo del abrigo negro que huyó del hotel Chelsea y… darle recuerdos de parte de Jackson Elias.

MdN: New York (22) En la consulta del Veterinario

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Liam McMurdo no conocía su nombre. Sólo sabía de él que por el día era veterinario en Queens, que nunca le había visto sin un cigarrillo a medio fumar colgando de la comisura de los labios, que le ofrecía sus trabajos nocturnos a cambio de una justa comisión y que atendía, muy discretamente, sin hacer preguntas, pero sacándose un pico por cada punto que pudiera coser.

Y a Greg Pendergast tuvo que ponerle muchos puntos.

La discreción era vital para el Veterinario, que tomó el fajo de billetes ensangrentados que le tendió Angus Lancaster y desapareció para dejar a los Finns hablar tranquilamente tras coser el navajazo de Colin, dejar Angus sedado e inyectar a Greg una generosa dosis de morfina.

Greg, amodorrado, comenzó a contarle a Liam cómo habían encontrado a Jackson Elias: mutilado, destripado, y marcado por esos sectarios de piel oscura, desnudos y con esos capuchones rojos.

—Tranquilo, Greg —aseveró Liam, apretándole la mano —, ¡se dónde están esos cabrones!

Dirigió una mirada febril a sus amigos.

—¡Yo digo de ir esta misma noche y  ponerles una bomba en el puto bar!

—Calmaaaaaaa—pidió Colin.

—¿Por qué no? —preguntó Thomas—. ¡Sabemos donde están! Qué Colin consiga unas Thompson de alguna oficina federal y…

—¿Y arrojamos un coche contra la entrada, con una mecha en el depósito de combustible, como distracción, antes de entrar a pecho descubierto y liarnos a tiros? —propuso Colin. Thomas y Liam asintieron —¡Es sarcasmo, coño! Tenemos a Greg y a Angus medio muertos, ¡tienen que descansar! Tú, lo que tienes que hacer, es contarnos cómo y porqué conoces a un veterinario que tiene clientes de dos patas…

—Eh, eh, eh… —se quejó Liam alzando las manos —, ¿te pregunto yo el color de los calzoncillos de J.Edgar?

—Ssssssssssh —les chistó Annie, con la vista fija en las pistas que había sacado de la habitación de Elias —Greg y Angus duermen. Dejad de discutir y centrémonos… ¿Qué tenemos?

—Alguien tendría que avisar de lo que ha pasado a Jacob y a Patry —informó Thomas.

Jacob O'Neil
A Jacob O’Neil aún le dura la resaca de su última borrachera

—Bien—asintió Colin—. Y cuando Greg se espabile tendrá que hablar con su editor, que también lo era de la víctima.

—Jackson Elias tenía dos cartas… una no es suya, es de un tal Faraz Najir, un egipcio que le vendía artefactos a Roger Carlyle a través de su agente de antigüedades, el tal Warren Bessart. La otra carta es de Jackson, estaba interesado en un libro: Sectas Oscuras de África. Se puso en contacto con la bibliotecaria de la Universidad de Nueva York para conseguirlo. Hay dos tarjetas de visita: Una es del director de la Fundación Penhew de Londres, un tal Edward Gavigan. La otra es de aquí, de Nueva York, Importaciones Emerson… —Annie le dio la vuelta a la tarjeta—. Detrás hay un nombre garabateado… es la letra de Jackson. Silas N’kawe.

—Eso suena a negro —espetó Liam

—¿Sabes reconocer la letra de Jackson?—le preguntó Colin en tono inquisitorial.

—¿Sabes callarte y dejar de hacer preguntas estúpidas? —le cortó Annie, seca, y prosiguió  mostrando papeles—. Esto es un folletín para una charla sobre arqueología polinésica… ¿Qué tendrá que ver con todo esto?

—Esto de estar sentados y hablando, se parece mucho a estar sentados y hablando.

—¡Liam! —pidió Thomas atento a las dos últimas pistas que depositó Annie ante ellos—. Una cajetilla de cerillas de un local en Shangai.

—Y la foto de un puerto… y de un barco mercante, de bandera británica. Se pueden ver las primeras letras de la embarcación, creo que pone Ama…

—Es el puerto de Shangai —informó Thomas. Annie le miró interrogante y sorprendida. Thomas se encogió de hombros—. Tú reconoces la letra de Jackson Elias, yo reconozco un puerto en el que fondeé estando de servicio. Tengo amigos en Shangai y todo.

—Bueno…—interrumpió Liam nervioso, deseando entrar en acción—, y con todo esto, ¿qué hacemos?

—Robar un coche, incendiarlo en la entrada y asaltar a tiros el antro en el que has visto entrar a un tipo que cabalga serpientes gigantes —informó Colin.

Todos le miraron con los ojos muy abiertos.

—Joder, ¿hemos perdido el sentido el humor? —apoyó el dedo sobre una de las tarjetas de visita—.  Importaciones Emerson.

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (18) El Hotel Chelsea

El teléfono en casa de Greg Pendergast comenzó a sonar de forma estridente, pero el periodista, que se había pasado toda la mañana esperando esa llamada, lo cogió antes de que el primer tono hubiera concluido.

—Pendergast… ¿eres tú? —preguntó la voz al otro lado de la línea. Greg entrecerró los ojos.

—Sí… ¿Quién llama?

—Soy Elias. Ya… ya estoy en Nueva York.

—Estupendo. ¿Has tenido buen v…?

—Yo… tengo que verte… Urgentemente… Según bajé del barco estuve investigando y… Tengo que verte. ¿Has seguido las instrucciones?

—¿Sí?

—¿Están aquí? ¿Todos? No he podido contactar con Annie.

—Se fue a la biblioteca a primera hora de la mañana para…

—¡Espera! —Le cortó Jackson. Greg escuchó cómo Elias soltaba el teléfono y los sonidos de movimientos brucos—. Espera, un segundo… sí… Sí, todo va bien, sí. ¿Entonces están todos aquí?

—Sí, estamos todos aquí, nos hemos reunido como nos pediste y…

—Bien, muy bien. Apunta. Hotel Chelsea. Habitación 410. Dentro de una hora.

—Pero, Jackson…

—De acuerdo. ¿Están todos?

—Sí, Jackson, están todos…

Y Jackson Elias colgó el teléfono.

En media hora, Greg Pendergast estaba montado en el Packard Twin Six de Liam McMurdo, junto a un aturdido Thomas Connery que miraba por la ventanilla al nubloso cielo de Nueva York, a Angus Lancaster que se apoyaba en el bastón estoque que tenía entre sus piernas, y a Colin O’Bannon que ojeaba una carpeta con documentos.

—¿Sólo te dijo eso? —preguntó Angus.

—Como lo oís… estaba… como paranoico —comenzó Greg, preocupado—, nunca le había oído así.

—Vamos a llegar al hotel veinte minutos antes de la hora que te pidió —comentó McMurdo, apretando el claxon de su coche para espantar a un taxi que intentaba bloquearle el paso.

—¿Descubres algo nuevo en el informe que sus compañeros federales te han dejado sobre Roger y Erica Carlyle, Colin? —preguntó Angus, mientras el pelirrojo se encogía de hombros con gesto torcido.

—Poca cosa. La familia Carlyle invirtió bien durante la primera guerra mundial: transportes, munición, exportaciones e importaciones. Por eso son ricos, aún a pesar que el primer Carlyle en llegar a EEUU fuera el hijo ilegítimo de un noble de Derbyshire, deportado desde Inglaterra por conducta impropia y desesperada. Se llamaba Aberdare Vane Carel…

—Vane —murmuró Thomas.

—Carlyle no tiene antecedentes policiales porque sus abogados, entre ellos el tal Bradley Grey, eran brillantes. Le han librado de un juicio por paternidad, han suavizado sus varias expulsiones de universidades, acusaciones por desorden público, conducta impropia, lascivia, vagancia, que nunca llegaron a ningún sitio. Estuvo en rehabilitación con dieciocho y con veinte años.

Thomas soltó una cascada risita y Liam pegó un volantazo, apretando el claxon y maldiciendo a otro taxi. Colin continuó:

—De Erica no hay gran cosa. Todo lo relacionado con ella es legal. Sí, tiene pinta de ser una perra estirada y dura como el acero, pero siempre correcta de cara a la galería… lo único turbio que la rodea es Joe Corey, su guardaespaldas. Un tipo duro que trabajó para un mafioso local y que es muy efusivo quitándole de encima pretendientes indeseables.

—Poca cosa.

—Sip —afirmó Colin—. Sus acciones mejoraron en cuanto certificó la muerte de Roger Carlyle y se hizo con el control de la empresa.

—Ya estamos —informó Liam McMurdo.

El coche frenó frente a la puerta del hotel, un imponente bloque gris cemento de seis plantas, cuya entrada principal disponía de una larga alfombra roja que recordaba a una lengua sangrienta desplegada ante una oscuras fauces que les esperaban para devorarles.

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Todos, se bajaron del coche. Liam llevaba la palanca en la mano y Colin le agarró del hombro, antes de que alguien le viera.

—¿Se puede saber a dónde vas con eso, muchacho? —aunque Colin lo sabía. Todos sentían esa electricidad, ese zumbido en los oídos, que les avisaba que algo no iba bien.

Liam boqueó intentando contestar, pero Colin negó con la cabeza y le indicó que volviera al vehículo.

—Busca donde aparcar —le informó al conductor—.Y quédate en el coche con el motor encendido.

—Por si tenemos que salir corriendo —se convenció Liam—. Daré una vuelta alrededor del hotel para… reconocer el terreno.

—Bien me parece.

—¿Esperamos al resto? —preguntó Greg. Colin negó con la cabeza mientras oteaba el edificio. Nubes grises, preñadas por el humo de las fábricas, navegaban por un cielo encapotado que deprimía el ambiente.

—Qué os parece si Greg y yo vamos hasta la habitación de Jackson… como avanzadilla —recomendó Angus. Colin asintió mientras su mirada vagaba por el edificio, hasta un callejón en el lateral derecho del hotel, donde una amplia escalera de incendios de metal negro, recorría toda la pared.

—Correcto. Thomas y yo subiremos por las escaleras de incendio hasta la cuarta planta.

Se dividieron. Angus y Greg entraron en el hall, ignoraron las solícitas sonrisas de los recepcionistas y fueron directos hasta uno de los dos grandes ascensores, donde un joven botones, de unos quince años, todo sonrisa y pecas, les preguntó por su destino.

—Cuarta planta —contestó secamente Greg, echando de menos su bate de baseball. Acarició la navaja que llevaba en el bolsillo de la gabardina. Angus se apoyó en su bastón, la funda del estoque que siempre le acompañaba.

En ese momento, Annie O’Carolan llegó al Hotel Chelsea.

Su laboriosa mañana en la Biblioteca sólo había dado con un dato, aunque ella lo consideraba significativo. Buscando información sobre pirámides asimétricas, la sacerdotisa africana M’Weru, grandes esferas amarillas y la extraña figura con la que Carlyle hablaba en sueños, había descubierto una extraña y temida figura de una oscura y poco documentada época de Egipto: Una  poderoso brujo al que se conocía vulgarmente como, El Faraón Negro.

Annie, con su mejor sonrisa, preguntó a los recepcionistas por la habitación 410 y, mientras esperaba al ascensor, comprobó en su bolso el estado de su pistola Luger P08. Al mismo tiempo, el joven ascensorista abría la puerta para que Angus y Greg salieran al pasillo de la cuarta planta, Colin y Thomas subían por las escaleras hasta el segundo piso y Liam aparcaba cerca de un callejón donde encontró un coche sospechoso.

Todos los Finns tenían un mal presentimiento mordisqueándoles la nuca. Algo, un sexto sentido que les avisaba que algo malo iba a pasar.

MdN: New York (17) Archivos Médicos

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

MdN: New York (17) Archivos Médicos

—Recuérdame, ¿qué demonios hacemos aquí? —siseó Annie O’Carolan con los dientes muy apretados.

—Allanar la entrada trasera del archivo del colegio oficial de medicina de Nueva York —comenzó Angus Lancaster en un susurro—, y, mientras Colin mantiene distraído al vigilante nocturno en la entrada delantera, buscar los archivos del Doctor Huston en los que habla de Roger Carlyle.

Thomas Connery, escondido en la sombra del dintel de la entrada trasera al edificio, forzaba la puerta con la palanca que Liam McMurdo siempre guardaba en su coche. Liam estaba en su salsa, las solapas de su chaqueta elevadas, al volante de un coche que acaba de robar, con el motor encendido, ronroneando, preparado para la fuga…

— ¿Cómo he podido acceder a esta locura? —gruñó Annie.

—Eres tú la que siempre dice —le recriminó Angus—:“A veces la palabra escrita es más valiosas que un diamante…”

—¡Yo no he dicho eso!

Liam les chistó. Aunque tenía un ojo puesto en Thomas, su vista vagaba por la desangelada calleja desde la que accederían al archivo del colegio de médicos. La charla de Annie y Angus le distraía…

¡CRAC!

El chasquido de la puerta cuando Thomas la forzó reverberó por toda la calle.

—Tan sutil como un ladrillo en la ventana —se quejó Annie.

—Deja de protestar y sígueme —Angus abrió la puerta del coche y correteó hacia el edificio. Annie dejó escapar el aire por la nariz, se subió las solapas de su abrigo, imitando a Liam, y corrió tras el arquitecto.

Mientras entraban en el edificio, Liam condujo y colocó el coche en un callejón cercano a la esquina donde Greg Pendergast, enfundado en su gabardina y fingiendo que ojeaban un periódico bajo la amarillenta luz de una farola, montaba guardia.

Annie y Angus corretearon como Hansel y Gretel por el pasillo de suelos de mármol del edificio, hasta la entrada a las escaleras que descendían al sótano. Amordazado por el ruido de sus pasos, escucharon la voz, bovina y aburrida, del que debía de ser el vigilante del edificio, contestando a las cortantes preguntas que el agente federal Colin O’Bannon le inquiría.

En apenas un jadeo, bajaron hasta el primer sótano y recorrieron la compleja distribución de habitaciones y despachos, hasta el registro de los archivos, como si se hubieran estudiado los mapas del edificio hacía un par de horas… cosa que habían hecho gracias a las credenciales de Angus como arquitecto.

La puerta del despacho estaba abierta.

Angus entró el primero y oteó la habitación del registro, que constaba de una pareja de escritorios atestados de papeleo, tras uno de ellos había una docena de archivadores y tras el otro, un pequeño armarito de puerta de cristal que contenía una serie de llaves.

Cuando Angus quiso darse cuenta, Annie había abierto uno de los cajones de los archivadores y revisaba los folios de una fina carpeta…

—¡Annie! —le chistó—. ¡No tenemos tiempo que perder! Propongo que nos dividamos y…

Annie cerró con presteza y sin hacer ruido el archivador. Pasó ante Angus, ignorándole, se acercó hasta el armarito del que sustrajo un pequeño juego de llaves y salió del despacho.

—Pero qué coñ…

Annie abrió con desenvoltura la puerta posterior al despacho y accedió una sala repleta de estanterías y, en un parpadeo, emergió de ella con una carpeta bajo el brazo, pasó de nuevo ante un anonadado Angus, dejó las llaves en el armarito, escondió la carpeta dentro de su abrigo, y volvió a salir del despacho.

Angus no terminaba de dar crédito a lo que pasaba…

Annie volvió al despacho asomó su simpática cabecita con el ceño fruncido y dijo:

—¿No ha quedado claro que ya lo tengo?

—Sí, ya… pero… ¿Eso es…?

Files on Shelf

—¡Claro que sí! Me dedico a esto Angus. Así pues, ¿¡a qué esperas ahí parado con cara de besugo!?

Y correteó con pasitos rápidos hacia las escaleras.

Colin O’Bannon acababa de terminar de marear al vigilante del edificio con un galimatías legal, bastante intimidatorio además, cuando vio las figuras de Annie y Angus, emerger de las escaleras y volver por donde habían venido, sigilosos como un gato.

Thomas acababa de dejar la palanca contra la pared en la que estaba oculto, y había sacado y amartillado su automática del cuarenta y cinco, cuando Annie y Angus salieron del colegio oficial de médicos de N.Y., silenciosos como una sombra.

Greg, que apenas había podido mentalizarse en que estaba fingiendo leer el periódico en vez de leerlo, comenzó a hacer aspavientos a Thomas y a Liam, mientras Annie y Angus avanzaban hacia él, decididos como un caribú.

Y Liam, que acababa de aparcar en el callejón cuando vio a los Finns acercársele, enérgicos como un toro, boqueó aturdido…

—¿Qué ha pasado? ¿Algo ha fallado? —preguntó cuando todos se montaron en el coche y comenzó a conducir por la ruta de escape que había diseñado.

—Qué fallar, ni que niño muerto —gruñó Annie mientras sacaba la carpeta de debajo de su abrigo y comenzaba a ojear los documentos.

—Pero si apenas habéis tardado tres minutos en…

—¡Qué me dedico a esto! He visto sistemas de archivos complicados de verdad, lo de estos médicos es de jardín de infancia. El sistema de la biblioteca de la universidad de Miskatonic, eso sí es un reto. Si hasta le diseñaron su propia teoría del caos. ¡Y no me hagáis hablar del de la biblioteca del Museo del Cairo! ¡Eso es la jungla!

—Bueno —sentenció Colin orgulloso—, misión cumplida. Y sin matar a nadie.

—¡Somos los Finns!— aulló McMurdo.

—La mirada en la carretera Liam —ordenó Annie sin dejar de leer—. Es curioso, lo que estoy leyendo no son resúmenes sobre las entre Roger Carlyle y el Doctor Huston… es entre el Doctor y la hermana de Roger, Erica… ¡y le cobraba cien dólares por cada visita!

—¡Vaya! —exclamó Thomas—. Ya veo en que malgastan el dinero los ricos…

—Erica estaba turbada por las relaciones con su hermano. Según el doctor Huston, Erica era todo un ejemplo a seguir… Controlaba a la perfección sus finanzas, relaciones, trabajo… Nada afectaba a esta mujer, salvo su hermanito, así que el buen doctor le recomienda a Erica que sea Roger el que le visite…

Annie continuó leyendo los informes en silencio, mientras Liam conducía hasta las inmediaciones de su hotel. Los Finns salieron del vehículo a la fría noche neoyorquina y, ocultos por las sombras, caminaron entre columnas de vapor que emergían de las alcantarillas.

Annie no dejó de leer mientras cenaban tranquilamente en el hotel.

—Lo tengo —murmuró Annie y comenzó a leer en voz alta, aunque lo suficientemente queda cómo para que sólo los Finns pudieran escucharla—, “Hoy, Roger Carlyle ha acudido a mí a instancias de su hermana. Le aquejan unos extraños sueños en los que una voz le llama por segundo nombre, Vane, con el cual Carlyle se identifica a sí mismo…

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… estos sueños  le producen una gran satisfacción, pero no le permiten descansar correctamente… Esta actitud esquizofrénica caracteriza gran parte de la vida del señor Carlyle

—¿Qué es una cruz ansada? —preguntó Thomas.

—Un jeroglífico, un dibujo egipcio, que se llama Ank y que significa vida —contestó Annie sin dejar de leer.

—Así que puesto del revés… —augura el militar.

—Muerte —confirma Angus.

—Atentos —Annie vuelve a leer— “Se refiera a ella como M’Weru, y dice que es una sacerdotisa. Profesa por ella auténtica devoción, algo que veo correcto para contrarrestar sus tendencias megalomaníacas. Sin embargo, esa mujer se ha convertido en un rival frente a mi autoridad”

—Parece que el Doctor y la Reina de Ébano no se llevaban bien —conjetura Angus.

—Sólo hay una pequeña anotación tras este informe —informa Annie—, “Carlyle dice que si no voy con él, amen…”

Los Finns esperaron a que Annie dijera algo más, pero la cazadora de libros dejó a un lado la carpeta y comenzó a cenar.

—¿Amen? —inquirió Liam.

—Estoy casi segura que es amenaza —dijo Annie tras masticar su ensalada—, algo en referencia a sus líos de faldas, seguramente.

—Ósea —dijo Greg—, que Carlyle coaccionó a Huston para que le acompañase a la Expedición.

—Es una teoría a tener en cuenta—concluyó Colin.

Se fueron a dormir pronto.

El día siguiente sería quince de enero.

El día siguiente sería cuando Jackson Elias llegaría a Nueva York, con más información sobre la Expedición Carlyle.

 

MdN: New York (11) La Reina de Ébano

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

Texas Guinan no se desmayó.

Entre azoradas risotadas, la mujerona tomó asiento en una butaca que trajo alguno de su séquito de camareros, mientras Colin O’Bannon y Greg Pendergast la atendían y Annie O’Carolan la refrescaba con un abanico.

—¿Necesita algo?—preguntó Colin.

—Algo suave, para refrescarme. Un gin-tonic, si es tan amable.

Colin  fusiló con una entrenada mirada a los camareros. No tuvo que hablar, los echó en estampida mientras corrían a por el gin-tonic que la dueña del local había pedido. El ex tahúr miró a sus amigos y se inclinó sobre Texas Guinan.

—¿Conoce a Jackson Elias? —le preguntó en un susurro.

Texas Guinan parpadeó, aturdida. Negó con la cabeza.

—Es un reconocido escritor de temas truculentos…

—Por aquí no abundan los escritores, agente pelirrojo —se mofó Texas. Su brazo abarcó el local—. Pregúntame por actores gays, actrices desesperadas, playboys alcohólicos, políticos mujeriegos… ¡De repente tengo unas ganas locas de hablar!

—¡Playboys! —espetó Annie—. ¿Vino alguna vez Roger Carlyle a su local, señora Guinan?

—Señorita Guinan, encanto —le reprochó Texas—. ¡Oh, Roger! ¡El pobre, Roger! ¡El inefable Roger y su expedición maldita!

—Una lástima el final de esa expedición —concordó Greg asintiendo con la cabeza.

—¡Una tragedia! —aulló Texas.

—De ahí nuestra investigación… trabajamos conjuntamente con el gobierno para elaborar protocolos que eviten situaciones como aquella —mintió Greg. Annie y Colin le contemplaron sorprendidos—. Sería de gran ayuda conocer los detalles que nos pueda proporcionar para evitar pérdidas como la de Roger Carlyle.

—¡Y no sólo por Roger! —un camarero apareció exhibiendo una bandeja coronada por el gin-tonic. Texas lo tomó y en un sutil gesto mandó al camarero alejarse—. El Doctor Huston era otro gran aficionado al Club 300, le echamos mucho de menos.

—¿De qué conocían Roger y el Doctor Huston?

—La hermana de Roger, Erica, había asistido a algunas sesiones de terapia con el buen doctor —Guinan paladeó otro trago del gin-tonic—. Fue ella quien los puso en contacto.

—Así que mantenía una relación, médico-paciente —acotó Annie.

—No. Era algo más. Eran confidentes. Roger y el doctor venían muchas veces al local. Juntos, por separado. Pero Roger nunca venía solo, siempre le acompañaba alguien.

—¿Le acompañaba la señorita Masters?

—¿Quién? ¿Hypatia? Nooooo, no, no, no. Bueno, sí, a veces venían juntos, claro. Que escándalos provocó eso al principio. La pequeña flor de los Masters con el alocado huérfano de los Carlyle, pero eso fue una moda pasajera, nada más. Es lo mismo que la Expedición y toda su fascinación por lo egipcio de Roger, pensábamos que eran otra más de sus excentricidades. No, no. La comparsa de Roger Carlyle era un tipo grande y fuerte, su guardaespaldas, su amigo, Jack Brady. Siempre estaban juntos.

—Como fue con Roger a la expedición, pensaba que la señorita Masters…

—Roger Carlyle era amigo de todo el mundo, pero se aburría muy rápido y siempre estaba conociendo a gente más… interesante.

—¿Qué tipo de… gente? —preguntó Colin.

—Mujeres… foráneas —Texas le dio un sorbo a su gin-tonic y se rió como una colegiala—. A Carlyle le gustaban muy morenas… y a su amigo Brady le gustaban más… amarillas.

Greg lanzó un rápido vistazo a su alrededor donde, a excepción de la banda de música, no había ningún negro, mulato u oriental entre los comensales.

—¡Menudo escándalo se organizó el día que Carlyle trajo a su Reina de Ébano!

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¿Tenía Roger Carlyle una amante de piel oscura?

—¿Reina de Ébano?—preguntó Greg.

—Sí, Carlyle decía que era una reina sacerdotisa de lo más profundo de África. Una mujer bella, pero fría y distante, a mi parecer. Y la estirada hermana de Carlyle, Erica, la detestaba profundamente.

—¿Deduzco que los hermanos Carlyle no se apreciaban en demasía? —aventuró Annie.

—La relación entre los hermanos Carlyle era… tirante.

—Según la prensa, Erica se desvivió por encontrar a su hermano —continuó la cazadora de libros—. ¿Para qué tanto esfuerzo si de verdad no le apreciaba?

—Hubiera sido otro escándalo más para los Carlyle si Erica no hubiera buscado a su hermano… y a ella le vino muy bien tener un certificado de defunción para así tomar el control de industrias Carlyle, y convertirse en la gran mujer de negocios que es actualmente.

—Sin embargo… en todos nuestros estudios sobre la Expedición Carlyle, no leímos nada sobre esa… reina bruja en los recortes de prensa sobre la expedición —afirmó Greg.

—¡Claro que no! Las noticias sobre la Expedición en sí ocultaron los rumores sobre el romance con la Reina de Ébano.  Y no sólo taparon esos rumores…

—¿Qué otros rumores… salpicaban a la expedición Carlyle, señorita Guinan? —inquirió Greg Pendergast.

—Buenooo… —Texas se hizo la interesante, cruzó las piernas con elegancia mientras le daba otro sorbo a su gin-tonic y miraba a su alrededor—. El Doctor Huston, por ejemplo, no sólo tenía fama de ser un buen doctor… Muchas de sus pacientes le dieron fama de ser un buen… amante. Entre ellas, una tal Imelda Bosch, la cual se suicidó semanas antes de que el Doctor partiera a la funesta expedición.

—¡Vaya, con el Doctor Huston! —se mofó Colin.

—Y la señorita Hypatia Masters también aprovechó la expedición para perder de vista a Raúl Pineda, un artista venido a menos… y su amante latino ¡Qué escándalo!

—Señorita Guinan es usted toda una… fuente de información —comenzó Greg y Guinan estalló en sonoras carcajadas—. Pero, ¿cómo se ha enterado usted de tantas cosas?

—Un poquito de aquí. Un poquito de allá… Por ejemplo, el bueno de Raúl Pineda ha llorado muchas veces en la barra de este local, maldiciendo a Hypatia por huir a la Expedición Carlyle embarazada de su hijo… Pero, para qué negarlo, Bradley Grey, el abogado y… confidente de Erica Carlyle es una cotorra, sobre todo cuando lleva dos copas de champagne de más, las noches de los jueves.

—¿Qué pasa las noches de los jueves? —inquirió Colin.

—Son noches de ambiente más… masculino —informó Guinan—, ¿le interesan, señor O’Bannon?

—Muchas gracias por la oferta, señorita Guinan. No me interesan, pero tengo un amigo que quizá disfrute de esta información —Colin le tendió la mano a Guinan y la besó en el dorso—. Si se encuentra mejor, creo que yo y mis daoine, la dejaremos en paz.

—Agente O’Bannon —se despidió Guinan—. No voy a olvidar su nombre.

—Ni yo olvidaré de esta amable velada, señorita.

MdN: New York (8) La Expedición Carlyle

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¿Quién es la mujer al fondo de la foto?

En 1919, el excéntrico playboy Roger Carlyle organizó una expedición arqueológica con el fin de llevar a cabo una serie de excavaciones en Egipto.

Además del carismático Roger Carlyle, los miembros más célebres de la expedición fueron el prestigioso egiptólogo británico Sir Aubrey Penhew, el famoso psiquiatra neoyorkino Doctor Robert Huston y la joven fotógrafa de sociedad Hypatia Masters.

Partieron desde Nueva York con dirección a Southampton, Inglaterra, el 5 de abril de 1919. Si bien, su intención oficial era ir a Egipto, las investigaciones durante el primer mes se desarrollaron en Londres, bajo los auspicios de la Fundación Penhew.

Se sabe que llegaron a Egipto y emprendieron excavaciones por el valle del Nilo. Los rumores sugerían que encontraron pistas acerca de legendarias riquezas, tesoros ocultos, quizá hasta de la localización de las míticas Minas del Rey Salomón.

Durante las excavaciones, Roger Carlyle sufrió una insolación y Sir Aubrey Penhew tomó el mando de la expedición. La mayoría de las declaraciones obtenidas llegaron de su boca y de la del factótum de la expedición Carlyle, guardaespaldas y hombre de confianza de Roger, Jack Brady.

A inicios de julio de 1919 la Expedición decidió abandonar Egipto para dirigirse en barco hasta Kenia. Por entonces, el portavoz temporal de la Expedición, Sir Aubrey Penhew, alegó que el motivo oficial del viaje era descansar y permitir a Hypatia Masters fotografiar la fauna local, desmintiendo vehementemente los rumores que apuntaban hacia las Minas del Rey Salomón.

El 24 de julio de 1919 la Expedición Carlyle llegó a Mombasa, donde el subsecretario Royston Whittingdon les ofreció una cena de bienvenida en la Mansión Collingswood. Su pretensión era adentrarse en dirección a Nairobi para una cacería o safari fotográfico, a la que parten el 3 de agosto de 1919, aunque se continuaba rumoreando que en realidad seguían la pista de legendarios tesoros bíblicos en el valle de la Gran Catarata, al noroeste de Nairobi.

Es la última vez que se ve a los miembros de la Expedición Carlyle.

El 11 de marzo de 1920, Erica Carlyle, hermana menor de Roger, una mujer independiente, con carácter y que se puso eficientemente al mando de los intereses Carlyle desde su mayoría de edad, llegó a Mombasa en el buque egipcio Fuente de la Vida, para gestionar la búsqueda de su hermano.

La principal pista, era el testimonio de varios nativos Kikuyu que referían una matanza de hombres blancos en los aledaños del bosque de Aberdare.

El 24 de mayo de 1920 se confirmó la hipótesis de la matanza, atribuida a otra tribu de nativos, los Nandi, tras el hallazgo de al menos 24 personas en diversas fosas ocultas.

El 19 de junio de 1920 se ejecutó a cinco nativos nandi tras un juicio sumarísimo, a pesar de que no indicaron dónde se encontraban los cuerpos de los líderes blancos de la Expedición. El representante de la Colonia Harvis achaca el ataque a motivaciones de odio racial.

Nunca se encontraron los cuerpos de los expedicionarios blancos.

Nunca.