MdN: New York (22) En la consulta del Veterinario

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Liam McMurdo no conocía su nombre. Sólo sabía de él que por el día era veterinario en Queens, que nunca le había visto sin un cigarrillo a medio fumar colgando de la comisura de los labios, que le ofrecía sus trabajos nocturnos a cambio de una justa comisión y que atendía, muy discretamente, sin hacer preguntas, pero sacándose un pico por cada punto que pudiera coser.

Y a Greg Pendergast tuvo que ponerle muchos puntos.

La discreción era vital para el Veterinario, que tomó el fajo de billetes ensangrentados que le tendió Angus Lancaster y desapareció para dejar a los Finns hablar tranquilamente tras coser el navajazo de Colin, dejar Angus sedado e inyectar a Greg una generosa dosis de morfina.

Greg, amodorrado, comenzó a contarle a Liam cómo habían encontrado a Jackson Elias: mutilado, destripado, y marcado por esos sectarios de piel oscura, desnudos y con esos capuchones rojos.

—Tranquilo, Greg —aseveró Liam, apretándole la mano —, ¡se dónde están esos cabrones!

Dirigió una mirada febril a sus amigos.

—¡Yo digo de ir esta misma noche y  ponerles una bomba en el puto bar!

—Calmaaaaaaa—pidió Colin.

—¿Por qué no? —preguntó Thomas—. ¡Sabemos donde están! Qué Colin consiga unas Thompson de alguna oficina federal y…

—¿Y arrojamos un coche contra la entrada, con una mecha en el depósito de combustible, como distracción, antes de entrar a pecho descubierto y liarnos a tiros? —propuso Colin. Thomas y Liam asintieron —¡Es sarcasmo, coño! Tenemos a Greg y a Angus medio muertos, ¡tienen que descansar! Tú, lo que tienes que hacer, es contarnos cómo y porqué conoces a un veterinario que tiene clientes de dos patas…

—Eh, eh, eh… —se quejó Liam alzando las manos —, ¿te pregunto yo el color de los calzoncillos de J.Edgar?

—Ssssssssssh —les chistó Annie, con la vista fija en las pistas que había sacado de la habitación de Elias —Greg y Angus duermen. Dejad de discutir y centrémonos… ¿Qué tenemos?

—Alguien tendría que avisar de lo que ha pasado a Jacob y a Patry —informó Thomas.

Jacob O'Neil
A Jacob O’Neil aún le dura la resaca de su última borrachera

—Bien—asintió Colin—. Y cuando Greg se espabile tendrá que hablar con su editor, que también lo era de la víctima.

—Jackson Elias tenía dos cartas… una no es suya, es de un tal Faraz Najir, un egipcio que le vendía artefactos a Roger Carlyle a través de su agente de antigüedades, el tal Warren Bessart. La otra carta es de Jackson, estaba interesado en un libro: Sectas Oscuras de África. Se puso en contacto con la bibliotecaria de la Universidad de Nueva York para conseguirlo. Hay dos tarjetas de visita: Una es del director de la Fundación Penhew de Londres, un tal Edward Gavigan. La otra es de aquí, de Nueva York, Importaciones Emerson… —Annie le dio la vuelta a la tarjeta—. Detrás hay un nombre garabateado… es la letra de Jackson. Silas N’kawe.

—Eso suena a negro —espetó Liam

—¿Sabes reconocer la letra de Jackson?—le preguntó Colin en tono inquisitorial.

—¿Sabes callarte y dejar de hacer preguntas estúpidas? —le cortó Annie, seca, y prosiguió  mostrando papeles—. Esto es un folletín para una charla sobre arqueología polinésica… ¿Qué tendrá que ver con todo esto?

—Esto de estar sentados y hablando, se parece mucho a estar sentados y hablando.

—¡Liam! —pidió Thomas atento a las dos últimas pistas que depositó Annie ante ellos—. Una cajetilla de cerillas de un local en Shangai.

—Y la foto de un puerto… y de un barco mercante, de bandera británica. Se pueden ver las primeras letras de la embarcación, creo que pone Ama…

—Es el puerto de Shangai —informó Thomas. Annie le miró interrogante y sorprendida. Thomas se encogió de hombros—. Tú reconoces la letra de Jackson Elias, yo reconozco un puerto en el que fondeé estando de servicio. Tengo amigos en Shangai y todo.

—Bueno…—interrumpió Liam nervioso, deseando entrar en acción—, y con todo esto, ¿qué hacemos?

—Robar un coche, incendiarlo en la entrada y asaltar a tiros el antro en el que has visto entrar a un tipo que cabalga serpientes gigantes —informó Colin.

Todos le miraron con los ojos muy abiertos.

—Joder, ¿hemos perdido el sentido el humor? —apoyó el dedo sobre una de las tarjetas de visita—.  Importaciones Emerson.

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MdN: New York (20) Las Pistas de Jackson Elias

Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Greg Pendergast se apoyo en una de las paredes cuando comenzó a marearse. Los improvisados vendajes que Thomas le había hecho alrededor de los brazos con las cortinas del hotel volvían a empaparse con su sangre.  Lentamente se dejó resbalar por la pared y se sentó en el suelo.

—Sólo voy a tomar el aire durante unos segundos —informó el periodista.

Angus Lancaster también comenzaba a flojear. Se apoyó en la ventana, conteniendo las náuseas. El disparo que le había alcanzado al costado había sido un tiro limpio, entró y salió, pero perdía sangre profusamente.

Thomas Connery, que revolvía en la maleta del difunto Jackson Elias, torció la cabeza hacia a Annie O’Carolan, que revisaba los papeles que su amigo tenía diseminados por el escritorio.

—Se están desangrando, Annie —dijo Thomas. Pero O’Carolan continuó leyendo, hoja tras hojas, todo lo que tenía ante ella—. Annie. ¡Annie!

—Tenemos que encontrar más pistas —pidió Annie con voz temblorosa—. ¡Debe haber más pistas! ¿Has mirado debajo de la cama?

—Dos veces —se quejó Thomas—, y ambas después de que Angus mirase. ¡Ya está, Annie! No hay nada más. ¡Tenemos que irnos! Tenemos que…

Colin O’Bannon apareció en el dintel de la puerta. Aún tenía la cara salpicada por la sangre del tipejo que había matado a cabezazos.

—Nos vamos —ordenó.

—No… — se quejó Annie con la vista hundida en una carta de una tal Miriam Atwrigth—, tenemos que encontrar todas las pistas que pueda haber en la habitación… No pueden ser más que estas nimiedades. Tiene que haber algo más. Sus notas. Un diario. Algo…

 

Thomas agarró el pequeño folletín y la fotografía que había encontrado en la maleta y corrió a ayudar a Greg a que se levantara, mientras Angus salía apoyándose en su bastón.

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Greg había encontrado dos tarjetas de visita en la cartera de Jackson Elias que no tenían que ver con el periodista.

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Angus, una llamativa cajetilla de cerillas en el sombrero del finado.

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Colin ignoró las súplicas de Annie, la agarró del brazo y tironeó de ella para sacarla de la habitación al tiempo que decía.

—No hay tiempo. He conseguido persuadir a los conserjes del hotel, pero mi placa ya no tiene valor en esta ciudad.

Annie se dejó arrastrar a regañadientes. Thomas pasó un brazo bajo la axila de Pendergast y lo llevó por el pasillo, pero Colin les indicó que tomasen las escaleras. Bajaron por ellas hasta el piso de abajo, y de allí se dirigieron hasta la habitación 310, que Thomas y Colin sabían que estaba vacía.

—He tenido tiempo de llamar a mi jefe, al agente Ashbrook —continuó el agente O’Bannon—, resulta que alguien le ha dicho a Hoover que me estoy excediendo en mis labores profesionales y me han puesto correa. Si me veo metido en este follón me caerá una buena.

—Hoover no se anda con tonterías — se burló Greg, conocedor de la venenosa rabia del superintendente federal.

—He conseguido que un agente de confianza venga aquí para limpiar este estropicio y alejar a la pasma… pero hasta entonces estamos solos así que, lo mejor será que bajemos por la escalera de incendios y que Liam nos saque de aquí cuanto antes.

Thomas forzó de una patada la puerta de la habitación 310 y descendieron por la escalera de incendios hasta el callejón donde Liam había aparcados el coche… pero ni Liam, ni su Packard Twin Six estaban allí.

Las sirenas de los coches policiales tronaban por todas partes y, aunque estaban alejados de miradas curiosas en el callejón, se sintieron expuestos, solos.

—Greg se ha desmayado —informó Thomas, y eso pareció sacar a Annie de su estupor, la cazadora de libros corrió para atender al periodista.

Angus se acercó a vomitar cerca de unos cubos de basura. Estaba pálido, sudoroso, las piernas le temblaban.

—Y Angus va a caer en breve… ¿Dónde diablos está Liam?

—A la mierda —murmuró Thomas —Tomaré un coche prestado. No era tan bueno como Liam y Brian haciendo puentes, pero aún recuerdo cómo hacerlo.

Un estrépito estalló al fondo del callejón. Thomas, Annie y Colin sacaron sus pistolas y apuntaron hacia el coche que corría hacia ellos a toda velocidad… Liam McMurdo paró ante los Finns y abrió la puerta del copiloto.

—¿Les llevo a algún lado? —preguntó jocoso.

Colin le insultó a gusto, mientras Thomas metía  a Greg en el coche y Annie ayuda a Angus a pasar dentro.

—Tenemos que ir a un hospital —dijo Thomas mientras cerraba la puerta del coche. Liam arrancó y puso dirección al Hospital General.

—No —espetó Colin —, esas heridas llamarían la atención de la bofia. ¡Tenemos que ir a un lugar en el que no llamemos la atención!

—Conozco un sitio —cortó Liam, antes de que Thomas y Annie se quejaran —pero es caro.

—Como si eso fuera un problema —mumuró Angus a un paso de la inconsciencia —, tranquilos chicos, esta corre de mi cuenta.

—Perfecto —Liam cambió de marcha, pegó un violento volantazo y puso rumbo a Queens.

—¿Se puede saber dónde coño estabas? —le gruñó Colin.

—Pues verás…

 

Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler