MdN: New York (32) Home Run

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster intentó levantarse pero el puño que apretaba su corazón volvió a comprimirlo con fuerza. El arquitecto se retorció por el suelo gimoteando, intentando en vano respirar.

Madame Loconnelle se quedó en medio del patio, sobrecogida al ver amigo convulsionando. Su mano descendió a la falda buscando el Derringer de doble cañón que escondía en la liga, cuando vio por el rabillo del ojo a la pareja de vagabundos levantarse entre los harapos… armados con dos afilados prangas.

Patry alzó la pequeña pistola y disparó contra el primero de los hombres que se abalanzaba sobre ella. Las pequeñas balas del calibre 22 impactaron en la garganta del tipejo y lo derribaron, pero el segundo lanzó un fiero tajo sobre ella. Patry giró grácilmente sobre sus tacones evitando la hoja y corrió hacia el callejón, donde Colin O’Bannon le esperaba con el revólver del calibre 32 en la mano.

—¡Refuerzos! —pidió Colin disparando a ciegas. Los proyectiles pasaron cerca de Patry, salpicando el suelo alrededor del agresor del machete —¡Hay que salvar a Angus! ¡Joder! ¡Algo le pasa a Angus!

Greg Pendergast salió corriendo del coche de Liam, con el bate de baseball en la mano.  Annie O’Carolan le imitó, pero dio la vuelta alrededor del Packard Twin Six que Liam McMurdo arrancaba en ese momento.

Angus intentó arrastrarse por el suelo, pero la garra le estrujaba el pecho sin compasión. Tosió una bocanada de sangre entre sus labios cianóticos, las fuerzas le abandonaban, el brazo izquierdo se sacudía entre espasmos…

Patry huyó del callejón hacia el coche de Liam. Colin le descerrajó dos tiros al hombre del machete, pero este, que aullaba como un salvaje perro rabioso, ignoró los disparos y se cernió sobre él, escupiendo espumarajos por la boca, con los ojos en blanco y el largo pranga sobre su cabeza, presto a caer sobre el pelirrojo.

—¡Colin al suelooooo!

Colin cayó de culo sobre las baldosas al tiempo que el bate de Greg aparecía sobre su coronilla como una lanza y se incrustó en el mentón del falso indigente, que cayó despatarrado al suelo, salpicado de sangre y dientes.

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—Home Run, hijo puta —sentenció el ex bateador estrella de la universidad de Baltimore, antes de reventarle la cabeza de un bestial palazo.

Colin y Greg miraron hacia la tienda. En el dintel de la puerta, estaba el anciano Silas N’Kawe, jadeando, poseído por una rabia inhumana, con otro largo pranga en la mano derecha.

—¡La Lengua Sangrienta no será neg…! —comenzó a entonar con furia, antes de que el marco de la puerta estallase en astillas.

Annie O’Carolan apareció entre los hombres disparando con su Luger P08. Silas se encogió cuando la siguiente bala pasó a centímetros de su cara.

—¡Moveos, joder! —gritó Annie sin dejar de disparar. Silas N’Kawe se refugió tras la puerta, pero Annie la destrozó a balazos, impactando a ciegas en la fea cortina que la cubría

— ¡Coged a Angus y salgamos de aquí!

Greg y Colin corrieron hasta Angus, que comenzaba a sentir como el puño encajonado en su pecho desaparecía, permitiendo a su corazón bombear sangre, devolviéndole la vida y las fuerzas. Se apoyó en sus amigos y, juntos, los tres, corrieron hasta el coche de Liam, mientras Annie les cubría, barriendo a tiros todo el escaparate de la Casa del Ju-Ju.

Cuando llegaron hasta el coche, Liam llamaba con el claxon a Thomas Connery y a Jacob O’Neil, el cual había disparado dos veces con su escopeta a… ¿Un cubo de basura?

—¿A qué coño estabas disparando? —le recriminó Thomas, cuando todos se montaron dentro del coche y Liam arrancó quemando rueda.

—Creí que había algo trash el cubo… —se excusaba Jacob.

—¡Joder, Jacob! ¿Estás borracho? —preguntó Patry.

—¡Angus! —chillaba Annie abofeteando al arquitecto en el asiento de atrás—. No te duermas, joder. No te duermas ¡Espabila!

—Tenemos que volver —consiguió murmurar Lancaster.

—¡Sí, claro! ¡Ahora mismo! —espetó sarcástico Liam, mientras pegaba un volantazo para alejarse aún más de la calle 137.

—¿Pero qué dices? ¡Si estas medio muerto! —le chilló Greg.

—Está delirando —declaró Annie, antes de arrearle otro bofetón en la mejilla—. ¡Vuelve Angus! ¡Vuelve!

—¡Estoy bien! ¡Deja de pegarme! —se quejó el hombrecillo apartándose de la cazadora de libros—. No lo entendéis. ¡Son ellos! ¡Son los que mataron a Jackson Elias! ¡Seguro! ¡Tenemos que volver! ¡Tenemos que…!

—Tenemos que ir a una puta fiesta de la alta sociedad —le azuzó Colin con los dientes apretados por la rabia—. Y tú eres nuestro billete de entrada, idiota. Si te dejas matar no podremos entrar.

—Pero son ellos… ¡Lo mataron!

—¿¡Entonces por qué coño les dices que le conocías!? ¿¡A qué venía ese rollo!?

—¡Esto no solo se reduce a los asesinos de Jackson Elias!—chilló Greg, consiguiendo algo de silencio tras su alarido—. No es venganza… Tenemos que saber porqué Jackson investigaba a la expedición Carlyle. Tenemos que saber más sobre Roger Carlyle y esa expedición, Angus. Esto no lo hacemos por venganza.

Greg y Annie se miraron por encima de Angus, que se recostó en el asiento, respirando con cierta dificultad, pero más relajado.

—No es sólo por venganza —repitió Annie O’Carolan negando con la cabeza.

Las maniobras de Liam hubieran despistado al mejor conductor del departamento de policía de Nueva York. De haberlo hecho, nadie les hubiera seguido, pero ningún sectario de la Lengua Sangrienta, ni ningún policía que hubiera acudido por el tiroteo les seguía.

Nadie.

Los Finns se alejaron de la Casa del Ju-Ju, del Harlem, de Nueva York, con destino al condado de Wenchester.

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MdN: New York (31) El Rito de la Virilidad

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Jacob O’Neil (Detective Privado y Alcohólico)                               –              Raúl
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

Angus Lancaster y Madame Loconnelle llegaron a la Casa del Ju-Ju a las seis en punto. Silas N’Kawe les estaba esperando en medio de la tienda. El viejo dependiente miraba con fijeza a la mujer y no lucía la misma servicial sonrisa con la que les recibió la primera vez.

En la tienda habían apartado muchos de los variopintos objetos para dejar un hueco libre, donde había una pareja de feos cojines color sangre y trece cirios  a medio derretir.

—¡Señor N’Kawe! —saludó entusiasmado Angus, pero N’Kawe no les devolvió el saludo y con un seco gesto señaló a los cojines.

—Tomar asiento —indicó al tiempo que echaba el pestillo a la puerta principal de la tienda—. Ahora venir Gran Mukunga con amuleto. El Rito de la Virilidad comenzar pronto.

—¿Y cómo va a entrar si cierra usted la puerta?—preguntó Patry.

—El Gran Mukunga ya estar en tienda.

—¡Ya está aquí! —dijo la pelirroja, nerviosa, mientras palmeaba el brazo de Angus—. ¡Ya está aquí!

Mientras Angus y Patry se sentaban en los sillones y el anciano comenzaba a encender las velas con unas cerillas, afuera, en las inmediaciones del callejón, Jacob y Thomas tomaron posiciones a los lados de la calle y, como una sigilosa sombra, Colin O’Bannon se asomó al patio donde estaba la tienda. Ya no había un borracho en la esquina de la corrala, sino dos, y, por lo que Colin observó, no estaban borrachos, simplemente descansaban envueltos en unos harapos. Y no eran los únicos vigías. Por el rabillo del ojo, en el segundo piso del bloque de edificios, pudo observar la oscura silueta de un tercer hombre.

Colin se volvió al coche donde estaba el resto del Finns y por señas les indicó que no estaban solos.

—Esto pinta mal —se quejó Greg Pendergast. Annie O’Carolan asintió mientras sacaba del bolso la Luger P08 y deslizaba la corredera por el cañón. Liam McMurdo apretó sus enguantadas manos en el volante.

Dentro de la Casa del Ju-Ju, N’Kawe estaba tratando de explicar los pormenores del ritual a la nerviosa pareja, pero Patry no paraba de interrumpirle, repitiendo a modo de pregunta todo lo que el anciano acababa de decir y pidiendo ir a un baño. Angus, al ver como N’Kawe se irritaba cada vez más, hasta el punto de amenazar con cancelar el ritual, terminó por agarrar a su falsa mujer de la muñeca y, con los dientes apretados, animarla a que cerrase su boquita de una jodida vez.

—Como yo decir —comenzó N’Kawe por tercera vez—, durante el rito no moverse. Estar sentados hacia dirección con la luna. Bueno para el rito. El Gran Mukunga les tocará una vez. Sólo una vez. Les dejará manchados en frente. Ser casi final del ritual. Luego Gran Mukunga hacer últimos encantamientos sobre amuleto. Y terminar. Cuando Gran Mukunga irse ustedes esperar mí. Yo venir, dar ustedes amuleto y fin de rito.

Con una velocidad sorprendente para un hombre tan mayor, N’Kawe se plantó ante el rostro de la mujer, luciendo una enorme sonrisa que nada tenía que ver con el desprecio que irradiaba su mirada.

—Esto ser sagrado para nosotros. Merecer respeto. ¿Queda claro?

—Cristalino, señor N’Kawe —contestó Angus por los dos—. Muchas gracias.

Silas N’Kawe apagó la luz, dejando a los falsos Stark a la luz de las velas y se metió tras la sucia cortina. En ese instante comenzó a sonar el rítmico retumbar de unos yembes.

Tum-Tum-TumTum-Tum-Tum-TumTum-Tum-Tum-TumTum

Angus alzó tres dedos ante Nelly para informarle que, por lo menos, había tres personas más, además de Silas y el tal Mukunga…

En ese momento se apartó la cortina.

Un poderoso hombre negro vestido con un taparrabos de cuero y una capa de piel de león en cuyo cuello habían cosido una vistosa colección de plumas de colores, entró en la sala. Unos extraños guantes escondían sus dedos bajo unas afiladas garras de felino.

Patry sintió un escalofrío al reconocer el siniestro rostro del hombre que había visto en sus sueños escarificar la frente de Jackson Elias.

El Gran Mukunga comenzó a entonar una rimbombante jaculatoria al tiempo que gesticulaba dramáticamente alrededor de Angus y Patry.

Habían pasado diez minutos desde que entraran en la tienda, cuando Liam decidió apagar el motor del coche y Greg alzó la mano.

—¿Lo oís? —preguntó con el ceño fruncido. Liam se volvió en el asiento para mirarles.

—Tambores.

Mukunga había disminuido el tono de su oración hasta volverlo un murmullo casi inaudible por encima del percutir de los yembes.

TumTumTum-Tum-TumTumTum-Tum-TumTumTum-Tum

El brujo depositó ante ellos una pequeña bolsa de tela, con un cordel de cuero: el amuleto. Lo puso entre tres pequeños cuencos de madera de baobab. Manchó el pulgar de la mano derecha con el contenido de uno de los cuencos y pintó el amuleto. Luego repitió el gesto hundiendo el dedo pulgar en otro de los cuencos. En el último cuenco hundió ambos dedos, trazó un círculo sobre el amuleto, antes de alzarse de pie, gritando, sin dejar de repetir el mismo cántico.

Angus y Patry estaban impresionados por la fuerza del ritual, el poder que despedía cada gesto, cada aliento, cada sílaba.

En un pestañeo, Mukunga se cernió sobre Angus y posó su pulgar en su frente. El arquitecto se estremeció, sintiendo un glacial escalofrío hundirse como cientos de alfileres por su piel.

En un segundo, el brujo repitió el gesto sobre Patry que también sintió esa desagradable sensación… pero algo pasó. Angus percibió un resplandor verde y Mukunga trastabilló, aturdido, mareado, con la vista desenfocada. Por el rabillo del ojo, el Finn vio como su compañera escondía entre los pliegues de la falda el maldito ídolo de Cthulhu y aulló en su cabeza cien maldiciones contra Patry O’Connel.

Los tambores continuaban sonando.

TumTumTumTum TumTumTumTum TumTumTumTum

Pero, el Gran Mukunga se quedó quieto, callado, mirando con sus oscuros ojos al vacío durante unos segundos.

TumTumTumTum Tum-Tum-Tum…

El Gran Mukunga continuó entonando el cántico.

… TumTumTum-TumTumTum

Se arrodilló ante el amuleto y exhaló una vaharada de aliento al mismo… Los yembes continuaron sonando hasta que el brujo se levantó de un salto gritando, con la vista clavada al cielo y todo el cuerpo contracturado.

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Cuando se calló les dirigió una furiosa mirada, con esos ojos imposibles, completamente negros.

El sonido de los tambores murió.

Mukunga se dio la vuelta y pasó al otro lado de la cortina en dos rápidas zancadas.

Durante unos segundos no se oyó nada sólo las agitadas respiraciones de Angus y Patry.

—¿Y ahora qu…?

N’Kawe interrumpió a Patry saliendo del otro lado de la cortina. Sin decir nada, les gesticuló para que esperasen y, uno a uno, fue apagando las velas. Cuando sólo estaban iluminados por un cirio, Angus acarició el mango de su bastón estoque y Nelly la culata del Derringer de doble cañón del calibre 22 que escondía en el liguero, pero N’Kawe encendió las luces de la tienda antes de apagar la última vela.

Con mucho respeto, Silas les tendió el amuleto y, muy sonriente dijo:

—Son doscientos dólares —informó.

—Un momento… —comenzó Angus.

—Paga y vamonos de una vez… —ordenó Patry ansiosa por salir de ese lugar.

Angus resopló disgustado y comenzó a sacar billetes de su cartera, al tiempo que Nelly se levantaba y se encaminaba a la puerta.

—Cien, Ciento veinte, cuarenta, sesenta… —contaba Angus y, en ese momento algo cruzó por su mente—. Cariño, ve saliendo y espérame en el coche.

Ansiosa por salir, Patry giró el pestillo y abrió la puerta. Había atravesado medio patio cuando se dio cuenta que Angus no la seguía. ¿Qué estaba haciendo?

—Ochenta, y Doscientos —terminó Angus entregándole el fajo de billetes al dependiente que, muy sonriente, le entregó el amuleto—. ¿Y si se diera el caso de que no funcionase?

—Oh, señor. No preocupar. Siempre funcionar.

—Si no me preocupa—dijo Angus que caminó con pasos pausados hasta el dintel de la puerta, donde se detuvo—, ya que tengo buenas referencias sobre vosotros.

—¿Referencias? —preguntó Silas N’Kawe extrañado —. ¿Quién dar esas referencias, Señor Stark?

Miró hacia afuera donde vio a Patry en medio del patio volverse en su busca. Vio a Colin agazapado en el callejón. Hasta vio el Packard Twin Six de Liam, con Greg y Annie dentro. Y les sonrió.

—Jackson… Jackson Eli…

El corazón de Angus Lancaster se detuvo antes de terminar el nombre del escritor cuando una infecta garra lo aferró con fuerza dentro de su pecho. El aire no llegó a sus pulmones, sus fuerzas le abandonaron, cayó de rodillas, macilento, con el sabor a óxido de la sangre llenándole la boca, sintiendo como la vida huía de su cuerpo.

Y en una última mirada pudo ver al Gran Mukunga, tras la cortina, murmurando algo entre dientes mientras cerraba el puño en el aire… aunque lo que tenía dentro era su corazón.

 

MdN: New York (29) La Lengua Sangrienta No Será Negada

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Thomas Connery (Infante de Marina Retirado)                             –              Bea

 

 

Estás en la habitación de un hotel. Deberías deshacer la maleta que dejaste junto a la cama, algo que has pospuesto desde que llegaste del viaje, pero otras obligaciones lo han pospuesto y ahora no quieres hacer tener la ropa desperdigada por la habitación.

El motivo es simple: Esperas a alguien.

Miras nervioso tu reloj de bolsillo. Aún queda media hora hasta que tus amigos lleguen. Te sientas frente al pequeño escritorio de la habitación y ojeas por encima un par de cartas, releyendo la información que ya sabes o que suponías.

Alguien llama a la puerta. Extrañado miras de nuevo el reloj.

Tu corazón palpita más rápido. ¿Se habrán adelantado? Pudiera ser, aunque tus amigos son personas de puntualidad británica, siempre llegan a la hora en punto. Vaya dos, piensas mientras devuelves el reloj a su sitio y caminas hacia la puerta. “Hacen buena pareja” piensas, segundos antes de abrir la puerta.

No son ellos. La sorpresa te vence y eres incapaz de cerrar la puerta antes de que cuatro hombres negros irrumpan en la habitación. Son fuertes, demasiado. Uno de ellos es enorme. El otro parece un animal salvaje. Otro será un adicto al opio, al hachis, o a alguna droga que lo consume, pero sabe patear a un tipo que está en el suelo. La boca te sabe a sangre. Todo se nubla. Y entre los vapores de la inconsciencia tu mirada se fija en el cuarto hombre, de piel negra como la noche, de sonrisa blanca como la de un tiburón y de profundos ojos, tan negros, que parecen no tener esclerótica.

Cuando el dolor te despierta, te descubres encima de la cama, desnudo, indefenso, bocabajo, con una mordaza entre los dientes y la sangre chorreando por tu cara. El hombre negro, del abrigo negro está hincando la punta de un monstruoso machete en tu cara, dibujando algo.

Lloras, y gimes, y suplicas. Aunque sabes que no habrá perdón. Que no habrá clemencia.

El más grande de todos se ha desnudado. Luce un capuchón de color carmesí del que cuelga una obscena tira de cuero rojo. Sus camaradas también lucen ese horrible capuchón. Te voltean, exponen tu desnudez. El hombre grande alza el pranga, ese machete gigantesco sobre tu vientre desnudo. Te desgañitas chillando contra la mordaza, para mayor deleite del hombre de ojos negros.

—La Lengua Sangrienta no será negada.

Y el machete cae.

Y es entonces cuando despiertas.

 

***

 

Patry O’Connel despertó gritando en su casa. Desnuda. Con su nívea piel cubierta por una película de sudor frío. Se había dormido abrazaba junto al al ídolo de Cthulhu, acunándolo junto a su generoso pecho. Lo contempló entre sus temblorosas manos, extrañada, preocupada… No debía haber soñado eso. Debía haberse metido en el oscuro pasado de Silas N’Kawe y, en su lugar, había soñado con los últimos momentos de vida del pobre desgraciado de Jackson Elias. ¿Por qué? ¿Qué había pasado?

Parecía… parecía como si alguien se hubiera metido en sus sueños.

Y no fue en los sueños de la única.

En el Grand Hotel de Nueva York, en la habitación en la que dormía Colin O’Bannon, el ex tahúr pelirrojo se despertó sobresaltado, sudoroso, con el corazón taladrándole el pecho. Tuvo que revisar dos veces su habitación para quedarse tranquilo. En la primera comprendió que no estaba en el Chelsea Hotel, que no era Jackson Elias, que era Colin. En la segunda comprobó que no hubiera nadie escondido, preparado para sacrificarle en honor a su sanguinario dios.

Y en el coche en el que montaba guardia junto a Jacob O’Neil, Thomas Connery se despertó gritando, buscando su pistola con intención de defenderse de sus agresores imaginarios, angustiado, aterrado, receloso. Jacob, borracho pero atento a los alrededores del local de Mabel, La Gorda le tendió su botella de bourbon barato, y el licor le calentó las entrañas y le calmó los ánimos. Pero Thomas necesitaba algo más fuerte. Sus pulmones clamaban por una calada de opio.

Alguien había enviado pesadillas a esos Finns. Alguien con poder.

Alguien con Ju-Ju.

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El Gran Mukunga sonrió satisfecho frente al brasero del que emanaba una acre humo violáceo que le había permitido atravesar el mundo onírico para envenenar los sueños de sus rivales. Aún no sabía quiénes eran esos patéticos hombrecillos que habían interrumpido su ritual sobre el hereje, ni que habían atacado con su sucia magia infiel a su lacayo… pero lo acabaría sabiendo.

La Lengua Sangrienta no sería negada.

MdN: New York (28) Confesiones

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Colin O’Bannon (Agente Federal)                                                    –              Toño
Liam McMurdo (Mecánico de Día, Conductor de Noche)           –              Soler
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

—¿¡Qué nos expliques a todos que cojones ha pasado ahí dentro, Nelly Patricia!? —estalló Angus Lancaster según entraron en el pequeño piso de Greg.

—No sé de qué me hablas —dijo Patry O’Connel, manteniendo su fachada de ingenuidad—. Ese anciano debía de haber trabajado demasiado y por eso se ha mareado… Aunque que un hombre se desmaye a mis pies tampoco me es algo desconocido, querido Angus.

Colin O’Bannon y Greg Pendergast se miraron el uno al otro, con los brazos cruzados y una ceja alzaba, sabiendo que Patry mentía.

—¿A qué te refieres Angus? —preguntó Liam McMurdo, que se olía por donde iban los tiros.

—Estábamos despidiéndonos del encargado de la tienda, el tal Silas N’Kawe cuando un destello verde ha surgido entre él y Patry…

—Nelly.

—¡Lo qué sea! —ladró Angus con su rostro congestionado—. Ese destello ha aparecido y de repente el viejo estaba en el suelo y me has dicho eso de que ahora ibas a saber más cosas sobre él. ¡Déjate de numeritos de adivina de tercera y admite lo que has hecho!

Los Finns flagelaron con sus miradas a Patry, que lanzó un quedo suspiro antes de rebuscar entre sus ropajes y depositar en una mesa, ante todos, una pequeña efigie de una piedra marrón, agrietada, sucia, de un palmo de altura y unos tres dedos de grosor, que emulaba el cráneo de un cefalópodo con un pequeño cuerpo rechoncho y unas arrugadas alas de murciélago, sentado, apoltronado.

Annie O’Carolan fue la primera en reconocer a quien representaba esa pequeña escultura.

—Es… Es Cthulhu. El primigenio al que adoran los profundos.

Liam comenzó a señalarlo con el índice  exaltado.

—¡Lo recuerdo! Lo recuerdo! Vi una estatua similar bajo la Orden Esotérica de Dagon.

—¿Cómo has conseguido esto, Patry? —preguntó Colin inclinándose junto a la escultura para mirarla más de cerca.

—Me llevé un pequeño cofre de la mansión de los Marsh… como recuerdo —confesó Patry saliendo del personaje de Madame Loconnnelle, saliendo de la Patry rompecorazones o de la ladrona de guante blanco, descubriéndose ante todos como nunca la habían visto, salvo quizá su hermano Cillian: Una chica llena de miedos y dudas—. Casi todo lo que tenía esa caja eran papelajos viejos y oro argentífero. Unos lingotes tallados… Muchas moneditas…

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El Cofre que se llevó Patry Nelly

«Y luego esa cosa.

«Cuando lo toqué por primera vez tuve unas pesadillas horribles con una ciudad sumergida. Una ciudad llena de edificios gigantescos y deformes… y en uno de ellos, durmiendo pero sin dormir, estaba esa cosa. Y cada noche, los sueños me arrastraban allí de nuevo, pero en cada visita, antes de llegar ante la presencia del Durmiente, pasaba por diferentes habitaciones en las que contemplaba cosas horribles de mi pasado: La primera vez que me prostituí. La primera vez que robé consciente de que mi robo iba a ocasionar la muerte del salido al que desvalijaba. O la vez que me camelé a un desgraciado para robar las joyas de su mujer, y de paso destruir su matrimonio, dejarle en ridículo frente a sus hijos… O la noche que llamaron del reformatorio para que mi padre fuera a identificar el cadáver de mi hermano, pero estaba tan borracho que tuve que ir yo.

«Cada noche… Cada noche rememoraba esas cosas horribles  y un día pensé en ¿qué pasaría si otra persona tocaba al ídolo?… Así que, aprovechando mi nueva identidad cómo adivina, hice que una gorda que no paraba de lloriquear por la muerte de su marido tocase la estatua. Y esa noche no soñé con las cosas horribles de mi pasado. Soñé con las cosas horribles del pasado de esa gorda llorona. Esa gorda había matado con un atizador al rojo a su marido, intentando sonsacarle la combinación de una caja fuerte escondida en la casa.

«Y desde entonces utilizo a este pequeño para eso… Porque las pesadillas de otras personas me son menos horribles que remover la mierda de mi pasado.

No lloró, no. Patry ya no sabía llorar. Sus lágrimas se secaron con Cillian O’Connel. La pelirroja, alzó las cejas, se encogió de hombros y sacó la lengua, en un amago de romper el denso ambiente que había enrarecido la habitación.

—Me preocupas —dijo Liam muy serio, con los brazos cruzados bajo el pecho y la mirada fija en la estatuilla de Cthulhu.

—No tienes porqué —contestó Patry—, a mí, a diferencia de a Greg o a Colin, no me preocupa que tú médico personal sea un veterinario.

—¿Cómo…? —estalló Liam—. ¿Quququé tiene eso que ver…? ¿Qué os preocupa qué?

—No tienes perro, Liam —confesó Greg—. Y sin embargo conoces a un veterinario que tiene una habitación para atender heridos de bala… Eso, bueno… Nos hace sospechar.

—¿Sospechar de qué? Oíd, antes del taller… ¿Qué digo? ¡Antes de Innsmouth!, me ganaba la vida, bueno… ¡Conduciendo para quien me pagase! Y, a veces, en ese tipo de trabajos había heridos y, a veces, tenía que recurrir a los servicios del Veterinario.

—No parecía que llevases mucho tiempo sin verle —continuó Colin tirando del hilo.

—¿Y qué? No es cómo jugar con con… ¡Con magia!

—Yo se hacer magia —confesó Angus y todas las miradas se clavaron en él. El arquitecto de encogió de hombros—. Y soy masón. Ale, ya lo he dicho.

—¿Y los masones te han enseñado magia? —preguntó Greg extrañado.

—No, que va —contestó Angus agitando la mano como para ahuyentar la pregunta—, pero tienen libros, muchos libros. En algunos de esos libros hay hechizos con los que… por ejemplo… ver el aura de las personas para saber si son practicantes de… brujería.

—Y el acero de tu estoque —señaló Greg apuntando al perenne bastón de Lancaster—. Ese metal no es normal es… verdoso.

—Un recuerdo de Innsmouth —apuntó Angus antes de liberar el estoque de su vaina. El metal gris despedía ligeros brillos verdosos. Liam comenzó a señalarlo nerviosamente.

—¡Lo reconozco! ¡Lo recuerdo! Es como la espada que tenía el sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon. Aquel que mató a ese chico grandote. ¡El Muro Rondale!

—Es el mismo —declaró Angus—. Un recuerdo, como Patry. Pero es un acero maldito y lo supe demasiado tarde. También me provoca pesadillas con esa ciudad sumergida… pero descubrí como solucionarlo.

Un corto silencio llenó la pequeña habitación. Annie alzó las cejas impaciente.

—Bueno, qué. ¿Y a qué esperas? ¿Cómo lo evitas?

—Matando a aquellos que se lo merecen —espetó Angus—. Me he convertido en un justiciero. Un verdugo del mal. Y cuando caen bajo mi acero, las pesadillas desaparecen… durante un tiempo.

—¿¡Vas por ahí matando a la gente…!? —comenzó a preguntar Greg.

—Yo se como invocar a Dagon e Hidra —interrumpió Annie O’Carolan—. A un nivel puramente teórico ya que nunca lo he intentando. Y también podría convocar a muchos de sus servidores submarinos, como a los profundos, o a…

—¿!QUÉ QUÉ QUÉ!? —estalló Angus.

—Por favor, Angus. ¿Vas matando gente y olisqueando sus auras y te trastorna que sepa magia? —continuó Annie impertérrita—. Lo aprendí del libro que le compré a Colin, el Chaat Aquadingen.

—¡Ya basta! —explotó Colin, arrojando sus esposas junto al ídolo de Patry. Comenzó a señalar a Annie, Patry y Angus—. ¡Detenida! ¡Detenida! Y tú también justiciero. ¡Detenido!

Los aludidos miraron boquiabiertos a Colin, lívidos, con el corazón encogido. Greg se acababa de levantar de su camastro con la intención de apaciguar los ánimos hasta que el pelirrojo estalló en carcajadas.

—Joder, chicos. ¡Es una broma! —se mofó el agente federal—. ¡Qué estoy de vacaciones! Además, rituales muy similares a los de Annie también los aprendí en la biblioteca que hay en departamento en el que trabajo. Y tú no se, pequeña Annie, pero yo aún guardo los lingotes que me llevé de la mansión Babson.

—Ese libro —comenzó Patry, recordando—, ese libro que robó J.Edgar Hoover de Marsh Manor.

—Entre otros muchos.

—¿A mí me habéis censurando la novela y resulta que tenéis una biblioteca llena de libros prohibidos en el buró? —se quejó Greg.

—Hay que conocer al enemigo, chupatintas.

—No me fastidies, Colin. Dando a conocer esos datos, esas verdades, se podría informar al mundo para que estuvieran preparados. Para que pudieran defenderse de…

—Ya defendemos al mundo nosotros, Greg —le cortó Colin—. Lo que no te entra en la mollera es que al informar al mundo puede que haya más gente que decida adorar a esos monstruos que combatirlos. Por eso es mejor mantenerlo en secreto.

Greg negó la cabeza, en completo desacuerdo con Colin, pero muy agotado cómo para discutir. La noche se les echaba encima y las heridas del ataque del gigante del machete aún le dolían. Necesitaba descansar. Todos lo necesitaban. Nelly tendría sueños sobre Silas N’Kawe con los que saber algo más sobre la Casa del Ju-Ju. Y mañana tendrían que prepararse para lo que pudiera devenir de ese ritual con el Gran Mukunga y para la fiesta en la mansión de Erica Carlyle.

—Ahora que nos hemos sincerado —reconoció Greg antes de despedirse de sus amigos— me siento bastante mejor al saber un poco más de vosotros.

MdN: New York (27) La Primera visita a la Casa del Ju-Ju

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

Madame Nelly Loconnelle y Angus  Lancaster se presentaron voluntarios para investigar la Casa del Ju-Ju. Antes de tomar un taxi y atravesar la ciudad hasta la dirección que Nelly consiguió en el listín telefónico, Annie les informó que el término Ju-Ju era como los santeros de Nueva Orleans se referían al poder mágico. Existía buen Ju-Ju y mal Ju-Ju.

Aunque Angus y Patry iban en taxi, no iban a entrar en ese local, que a todos los Finns les olía mal  y del que Arthur Emerson les previno, sin protección. Greg Pendergast, Colin O’Bannon, Annie O’Carolan y Liam McMurdo les seguían a una distancia prudencial montados en el Packard Twin Six de Liam. Annie se sorprendió de que Liam no se perdiese en el aglomerado tráfico de la Gran Manzana, ni confundiera el yellow cab de sus amigos, con cualquiera de los muchos taxis que circulaban por las calles y avenidas.

—¿Están seguros de que quieren bajar aquí? —les previno el taxista a Angus y Patry cuando aparcó frente a un callejón de la calle 137—. No es un buen barrio.

—Descuide, socio —contestó Angus pagando su servicio con una generosa propina.

La dirección del local, Ramson Court 1, daba a un estrecho callejón que había entre una casa de empeños abandonada y un viejo edificio de apartamentos. Patry y Angus lanzaron un vistazo hacia el coche donde sus amigos les guardaban las espaldas antes de internarse en la calleja que desembocaba en un sucio patio. Allí se encontraron otra entrada de la casa de empeños, un bloque de edificios con ventanas tapiadas, puertas dilapidadas y pintura desconchada, un denso silencio y la Casa del Ju-Ju.

Patry atisbó a un vagabundo de piel morena, agazapado en una esquina, envuelto en mantas y trapos, y aferrado a una botella de licor barato, envuelta en una bolsa de papel marrón.

La fachada de la tienda era simple y poco llamativa. Una puerta de vidrio, cortinas verdes oscuras y sucias, el escaparate sucio de polvo, en el que había expuestos múltiples objetos de arte africanos.

Entraron. Una desafinada campanita sonó. La Casa del Ju-Ju era una habitación estrecha, sucia de polvo, atiborrada de material africano: cabezas de animales disecados, máscaras de brujería, bastones de mando decorados, penachos de plumas, lanzas y tambores tribales. El ambiente depresivo, triste. Tras un mostrador había un hombre, el dependiente del establecimiento, un anciano negro, con una corona de rizado pelo blanco que les miró sonriente tras sus finos anteojos

—¿Sí?

—Muy buenas tardes, caballero —saludó Angus, derrochando carisma.

—Saludos.

—Su acento es peculiar. Usted no es de aquí, ¿me equivoco?

—Por supuesto que no, señor. Soy keniata.

—Bueno… Verá… vengo buscando algo que me ayude con… mis problemas.

—¿Problemas?

—Sí —Angus confidente, se acercó hasta el dependiente antes de señalar a Patry que estaba planteándose robar algo de la tienda—, como verá me acompaña una auténtica belleza a la que… Cómo decirlo… no soy capaz de… satisfacer…

—Oooooooh —el encargado admiró a Patry antes de inclinarse sobre el mostrador y susurrar—. Entiendo, señor. Entiendo. Busca levantar su hombría. Eso ser caro, muy caro…

—El dinero no es un problema —contestó Angus al tiempo que se fijó en que el anciano negro llevaba una tira de cuero al cuello de la que colgaba una gruesa llave—, por ella haría lo que fuera.

—Oh, amor joven. Muy bonito. Darme segundo que ir al almacén a buscar remedios, ¿sí?

El anciano anadeó hasta otra cortina que hacía las veces de puerta con el almacén. Antes de entrar, lanzó una ardiente mirada tras el mostrador, tras lo cual, les dirigió una amplia sonrisa de piraña, forzada y artificial, que consiguió helarles la sangre.

Angus aprovechó para mirar tras el mostrador, pero sólo encontró una vieja y fea alfombrilla.

El dependiente volvió con tres botes de cristal.

—Le explicar —comenzó depositando en el mostrador cada bote, tras explicarlo—. Este ser Polvo de pezuñas de Antílope: efecto muy rápido, pero para poco tiempo. Este ser Polvo de Cuerno de Rinoceronte: el mejor, le vuelve a uno fuerte para embestidas. ¿Sí? Este ser Polvo de Colmillo de Elefante: como el elefante, es lento, pero incansable. Le recomiendo el Rinoceronte. Ser el mejor. Pero ser caro.

—¿Se podrían mezclar? Una cucharada de Antílope con Elefante y…

—No recomendar. Ser  peligro. Solo de uno. Recomendar Cuerno de Rinoceronte. Sólo treinta dólars.

—Me llevaré uno, por supuesto… pero…Verá, creo que voy a necesitar algo más… potente —Angus adoptó de nuevo ese tono confidente—. Creo que me han maldecido. Tuve una novia, una chica de Nueva Orleans que jugueteaba con la magia negra…

—Se llamaba Annie… esa perra —escupió Patry que jugaba con la lengua disecada de un león.

—Se que existen amuletos más allá de estos remedios —continuó Angus—. Amuletos mágicos y… entre usted y yo ¿Estas cosas funcionan?

—Por supuesto. Sí Of course, claro. Pero necesitar de alguien que conjuros bien al amuleto.

—¿Alguien como quién?

—Yo conocer un kuhani, muy poderoso… Un brujo hechicero, ¿sí? Pero sus servicios ser caros. Muchos dólars. Sí, de veras necesitar, yo poder llamar para que próxima luna llena el Gran Mukunga…

—No puedo estar tanto tiempo esperando… —le cortó Angus lamentándose de haberle interrumpido cuando hablaba de ese tal Mukunga—, verá necesito verle cuanto antes… y cómo le he dicho, el dinero no es un problema.

Angus depositó un reluciente billete de cien dólares en la mesa.

—Es muy precipitado —comenzó a excusarse el dependiente sin apartar la vista del dinero—,quizá podríamos esperar hasta la luna nueva…

Angus depositó dos billetes de cincuenta dólares. El dependiente dudaba, era mucho dinero.

—Lo necesito cuanto antes. Esta noche.

—Imposible.

Angus juntó trescientos dólares.

—Yo… de verás que querer pero, como muy pronto, el próximo día ser… el 17, el 17 de enero podría llamar al Gran Mukunga…

—El 17 no podemos cariño —le cortó Annie. Angus se volvió ofuscado, de nuevo interrumpían al viejo cuando hablaban del tal Mukunga—. La fiesta…

—¿Fiesta? ¿Qué mierda de fiest…? ¡Oooooh, claro!  La fiesta de Eric… ¡La fiesta! Sí, claro. Disculpe, buen hombre, pero tenemos un gran evento social la noche del 17 y nos sería imposible acudir…

—Bueno, pues razón mejor para dejar para más adelante. Cuando luna en mejor posición de cielo, quizá…

Angus soltó 50 dólares más.

—¿O podríamos quedar el 17 a las… seis de la tarde? —preguntó el anciano—. ¿Según se haya puesto el sol? Para gran ritual de fecundidad con el Gran Mukunga.

—Muchas gracias —agradeció de nuevo Angus, que apenas le quedaban veinte pavos en la cartera—. Se lo agradezco enormemente, señor…

—N’Kawe —contestó el anciano dándole la mano—. Silas N’Kawe.

silas-nkwane

—Yo soy Lord Angus Stark  —mintió Angus como un bellaco.

Silas N’Kawe se giró hacia Patry y le tendió su nudosa mano.

—¿Y usted es?

—Lady Patricia Stark —contestó Madame Loconnelle.

Y un resplandor verde cegó momentáneamente a Angus. Fue un simple flash, un fulgor verdoso que le despistó durante un segundo… pero a Silas N’Kawe le afectó mucho más. El anciano había palidecido, le temblaban las piernas y se tambaleó antes de aferrarse al mostrador. Angus le agarró del brazo al tiempo que dirigía una feroz mirada a una sonriente Patry que escondía algo en su camisola roja de largas mangas.

—¿Se encuentra bien?

Silas N’Kawe no contestó. Su mirada estaba perdida en el vacío.

—¿Qué has hecho, Patry?

—Nada, cariño —contestó Nelly con los dientes apretados. Angus liberó a Silas y aferró a la rubia del antebrazo—. Sabré cosas de él, dentro de poco, cariño. Y ahora quita tus putas manos de encima.

—Lo siento… —se excusó Silas, caminando lentamente hacia el mostrador donde guardó el dinero de Angus en una pequeña caja de galletas— Tener kizunguzungu… Un mareo… Si no importar, yo… Voy cerrar tienda ahora. Querer tumbarme a descansar.

Siles N’Kawe le tendió una bolsa de papel marró en la que había guardado algo.

—Tome… Su polvo de Cuerno de Rinoceronte… Dos cucharadas en vaso de agua, media hora antes de… Y que pasen buena noche…

—Eso ni lo dudes, encanto —se despidió Nelly, dedicándole un pícaro guiño antes de salir de la Casa del Ju-Ju.

MdN: New York (24) ¿Pesadillas?

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Greg Pendergast (Escritor Difamado)                                              –              Jacin
Angus Lancaster (Arquitecto Masón)                                              –              Garrido

 

 

 

Angus se despertó gritando, empapado en un sudor frío y pegajoso. Le dolía la herida del costado y la boca le sabía a sangre. Greg, sentado en el incómodo camastro donde habían pasado la noche, levantó la vista de sus notas, preocupado.

—¿Pesadillas?

—Sí —reconoció Angus mientras se incorporaba en su camastro—. Contemplar a Jackson Elias destripado fue… Nadie debería morir así. Nadie. No es justo.

—Que concepto tan bonito —murmuró Greg mientras, lentamente, le daba una calada a un cigarrillo—. Pero la justicia está muy lejos de aquí, Angus.

Angus tanteó su bastón estoque, lo sacó un poco de su funda y contempló el color verdegris de su acero y negó con la cabeza.

—No creas, amigo. No lo creas.

—El veterinario nos traerá algo de comer en un rato—comentó Greg, cambiando de tema—. Mientras, he podido hacer un par de llamadas. La muerte de Elias es portada en varios periódicos por lo que la policía se pondrá a investigar en serio. El coche que Liam siguió ayer apareció en un descampado esta mañana. Lo habían robado el día antes. No tienen ni ideas, ni sospechosos.

—¿Deberíamos hacer una llamada anónima y darles la información del tipo del abrigo negro?

Greg se encogió de hombros.

—Dejamos los cadáveres de tres de los asesinos de Jackson Elias… Armados con machetes y garras de león… si no sacan alguna pista con eso, una llamada anónima no ayudará mucho —negó con la cabeza—. No, investiguemos un poco más. Por eso he llamado a Jonah Kengsinton, el editor de Elias… y el mío. Me ha reconocido algo que me estaba ocultando y es que hace un tiempo le llegó un paquete con las notas que Elias había ido tomando en referencia a esta investigación sobre la Expedición Carlyle. Algo tiene que haber ahí, porque esa investigación le ha costado la vida a Elias.

—¿Por qué nos ocultaba esa información?

—Ética —dijo entre calada y calada—. Elias y yo somos escritores y competidores ¿Y si le robo la idea? De no haber sido asesinado, Jonah no nos pasaría estos documentos. Ni de broma. Le he dicho que en cuanto los tenga salga de las oficinas de Prospero Press y que se esconda.

—¿Por qué?

—Cuando J.Edgar Hoover quiso encubrir el escándalo que iba a desatar mi libro me humilló y luego cargó contra Prospero Press… pero Jonah tiene nombre, es discreto y tiene buenos amigos. Pero los asesinos de Elias no son tan sutiles, no les importa la fama, ni las amistades. No creo que quieran dejar testigos.

Angus tosió y un latigazo de dolor subió desde las costillas. Se palpó la herida, pero el vendaje estaba limpio y prieto. Agradeció el vaso de agua que Greg le tendió.

—¿Y cómo vas a hacer para recogerlo? Tú no se, pero yo necesito otro día de descanso.

—Sí, sí. A mi tampoco me vendría mal, pero alguien tiene que…

La puerta del cuartito se abrió de improviso y la despampanante Madame Loconnelle hizo su entrada en escena.

—Salvadme —suplicó con voz dramática.

—¿Qué ocurre?

—Fui con Annie a Importaciones Emerson donde lo único que sacamos en claro es que Annie no sabe mentir y que el tal Silas N’Clane o McKawe o como se llame, trabaja en un sitio llamado la Casa del Ju-Ju… Y después, Annie me ha arrastrado a la Biblioteca de una universidad… Ha sido horrible, muchachos, horrible. Quería buscar información sobre un establecimiento público en la biblioteca, cuando yo he tardado cinco minutos en encontrar la dirección de ese sitio en una simple guía telefónica ¡Pero no ha terminado ahí! No. Se ha puesto a solicitar información sobre un libro que quería Jackson Elias, ha querido saber TODO sobre quién es el Dr. Anthony Cowles: sobre sus estudios, la beca que la universidad de Miskatonic le ha dado, que está divorciado, que tiene una hija y ¡bum! Resulta que han cambiado el día y la hora de la charla, y podremos asistir. ¡Yujuuuu! Y, para colmo, ha querido investigar sobre temas de antropología polinésica… antes de oír la jodida conferencia siquiera.

—Típico de Annie —comentó Greg sonriendo con nostalgia—, saberse la lección antes de que el maestro la impartiera.

—Greg, muchacho, a ti las mariposas te harán cosquillitas en el estómago en cuanto Annie abre esa boquita de piñón que tiene. Pero yo quería estrangularla. Literalmente. Con una cuerda de piano. Por favor, ¡es australiano! ¡Y antropólogo! ¿Qué hay de interesante en eso?

—¿Sabes lo qué es la antropología? —preguntó Angus.

—¡Pues claro que no! ¿Quién hay interesante que lo sepa?

Los chicos rieron. Angus se arrepintió en cuanto la herida comenzó a dolerle con cada espasmo involuntario.

—Así que has dejado a Annie en la biblioteca. Thomas, Jacob, Colin y Liam estarán descansado o vigilando el antro ese de Mabel la Gorda. No tienes nada que hacer, ¿verdad? —preguntó Greg.

—Había pensado en ir a mi piso y pintarme las uñas mientras me doy un baño de agua caliente a la luz de las velas… pero ya veo que venir a visitaros no ha sido lo más adecuado si quería un minuto de paz, ¿verdad?

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MdN: New York (23) Importaciones Emerson

Madame Loconnelle (Buscavidas y Adivina)                                  –             Hernán
Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)                                             –              Sarita

 

—¿¡En un veterinario!?—preguntó Madame Loconnelle.

—Colin estará paranoico —continuó Annie O’Carolan—, más de lo que estaba antes, quiero decir… pero no le falta razón. Liam está metido en chanchullos muy raros. El caso es que nos vino bien. Greg y Angus han pasado la noche atendidos… como perros, pero atendidos.

Ambas cuchicheaban en la parte trasera del taxi que avanzaba a trompicones por los interminables atascos de la gran urbe neoyorquina, en dirección a Importaciones Emerson. Tras once escandalosos dólares de viaje, el coche amarillo las dejó en las inmediaciones del puerto, hasta un descuidado pero ordenado almacén.

Media docena de operarios movilizaban diversas mercancías hasta pequeños camiones de reparto. Los atareados hombres dirigieron a las mujeres unas libidinosas miradas, largos silbidos y algún divertido comentario fuera de tono. Mientras Annie ponía los ojos en blanco y Patry devolvía los piropos se encaminaban hacia la pequeña y atestada oficina, donde un cincuentón de aspecto cansado les dirigió una interrogadora mirada.

—Buenos días —saludó con voz profunda.

—Buenos días —intervino Annie—. ¿Es usted Silas McClane?

—Silas McClane. No, no… que vá. Aquí no hay ningún Silas McClane. Yo soy Arthur Emerson… el dueño.

—Oh… vaya… Es que, verá, veníamos buscando a Silas McClane por un paquete que le dejó Jackson Elias.

Arthur Emerson alzó sus pobladas cejas y se rascó su descuidada cabellera cana mientras paladeaba la información.

—¿Jackson Elias? No hay ningún paquete de… ¿Jackson Elias? Espere un segundo… Ese… Jackson Elias, sí, me suena ese nombre. ¿Ese tal Jackson Elias no es un periodista que vino ayer por aquí preguntando por uno de mis clientes? Sí, sí, ahora lo recuerdo. Pero no, no dejó ningún paquete.

—¡Vaya, por Dios! —exclamó Madame Loconnelle teatralmente—, ¡que contrariedad! ¡Y ahora que le diremos a los pequeños Angus y Greg!

Annie le dedicó una soslayada mirada de reprobación mientras intervenía.

—Es que, disculpe, señor Emerson, pero tenía un recado del señor Elias según el cual debía recoger en esta dirección un paquete que le había dejado un cliente suyo. Un tal Silas McClane.

Patry se apoyó sobre la mesa y resaltó sus encantos femeninos.

—Y necesitamos mucho ese paquete… Señor Emerson…

—Se-señoritas… yo… eh… nonono…—La mirada de Arthur Emerson bailó durante un segundo de más por encima del turgente pecho de Patry, pero el comerciante tragó saliva y mantuvo las formas—. No tengo muy claro quiénes son y qué quieren exactamente de mí… Ni tampoco tengo muy claro su objetivo aquí… ya que estoy bastante seguro de que no vienen a por ningún paquete.

Annie apartó a golpe de cadera a Patry y sacó la tarjeta que encontraron en la billetera de Jackson Elias. Leyó de nuevo el nombre escrito con una letra temblorosa e irregular en la parte de atrás escrito, y maldijo su bocaza…

—Verá somos hermanas…

—¿¡Hermanas!? —Annie le propinó un codazo a Patry.

— Hermanas y amigas del bueno de Jackson Elias. Nos dejó el recado de recoger un paquete de Silas… Silas N’Kawe. ¡No McClane! ¡Qué tonta he sido! Quería decir Silas N’Kawe.

— Y que lo digas —dijo Patry entre dientes sin dejar de lucir una gran sonrisa.

Emerson achinó los ojos, nada contento con la excusa que esa pareja tan dispar de hermanas le acababa de dar. Pero, fuera de sus sospechas, el encargado del almacén era un hombre íntegro.

—Señoritas, no se que se traerán entre manos el tal Elias y ustedes, pero les digo lo mismo que le dije al chupatintas. Manténgase alejados de la Casa del Ju-Ju y de esos negros. No se traen nada bueno.

Annie y Patry se miraron de reojo antes de volver a prestar toda su atención sobre Arthur Emerson.

—¿Negros?

—¿¡Jackson tenía tratos con negros!? ¿¡Adónde vamos a llegar!? —El comentario vino acompañado de otro certero codazo de Annie a las costillas de Patry.

—No—contestó secamente Emerson—. Elias vino preguntando por Silas N’Kawe, el dueño de la Casa del Ju-Ju. Y le dije que se mantuviera alejado de esa gente.

—No va a darnos la dirección de la Casa de Ju-Ju, ¿verdad? —gruñó Patry con el tono de voz frío como un témpano.

—¿No me han oído? Esa gente cumple con sus facturas y, como soy un profesional, cumplo con sus pedidos. Pero el día que tenga la más mínima excusa, dejo de trabajar para esa gentuza. ¡Claro que no les voy a facilitar esa dirección! Y si son señoras de bien…

—Señoritas —siseó Annie en un impulso.

—… ¡deberían mantenerse muy alejados de esa gente! —El rostro de Emerson estaba rojo y su paciencia agotada.

Annie y Patry se recompusieron. Sonrieron con candor y le dedicaron un encantador saludo de despedida.

—Le dejamos en la virtud y la gracia del Señor —se despidió Patry con voz en falsete.

—Sí… Eso… Muchas gracias, señor Emerson.

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Arthur Emerson contempló cómo la dispar pareja de hermanas se alejaban discutiendo de su almacén y volvió a sus facturas, pedidos y aranceles cuando su vista recayó sobre el periódico que había sobre la mesa del despacho. El titular informaba con letras enormes sobre un brutal asesinato en el Hotel Chelsea.

Entonces, Emerson cogió el teléfono y llamó a la policía.