Huida de Innsmouth(28): Concretando

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

La tormenta había estallado de improviso, caracterizada por una lluvia densa, relámpagos restallando entre los oscuros nubarrones y una oscuridad que devoraba la luz. Sentados alrededor de la cama de Greg Pendergast los Finns escuchaban de labios de Annie O’Carolan la segunda y última entrada del diario del anterior dueño de la Mansión Babson, Ephraim Babson.

―¡Los Hijos del Mar no me obedecen! ¡Esto debe de ser cosa de los Marsh! Los hijos del Mar llevan toda la noche intentado entrar por todas partes. Creí que el polvo de Hermes Trimegisto les espantaría, ¡pero no les afecta!

»Sin embargo, estaba preparado. Había puesto la protección mágica del Chaat Aquadingen en la puerta de entrada… Mucho ruido y pocas nueces… Pero esas cosas no pueden entrar…

»Pero ahora… ahora no me encuentro bien…  cuando me acerco a la puerta de la entrada todo da vueltas, siento náuseas y escucho un pitido incesante que cada vez es más agudo… y más agudo… creo que mis cálculos eran correctos pero… temo que también afecte a los que posean la marca de Innsmouth.

»¡¡Oh, que funesto castigo!!

»¡Y Fregg no para de llamar a su madre!

»Los Hijos del Mar se han ido, pero oigo algo más…

»El mar… el mar me llama. Sus olas dicen mi nombre. Yo… Yo…

»Y…

»…‘ha…

»…‘nthlei…

»¡Padre Dagón! ¡Madre Hidra!

»Debo ir a verlos

»¡Ellos me ayudaran!

»¡Me ayudarán!

Annie cerró el diario y miró a sus amigos.

―¿Qué son Dagon e Hidra? ―preguntó Liam McMurdo.

Annie resopló, meditabunda, haciendo un ejercicio de memoria.

―Dagon era un dios filisteo, asirio o babilónico que controlaba el mar. Es como el tritón de los griegos. En cuanto a Hidra… la única que se me ocurre es la bestia mitológica que derrotaba Hércules. Una especie de dragón con siete cabezas, que cada vez que le cortabas una, creaba dos.

―Y eso del final…  ―comezó Patry O’Connell―. ¿Yehaa en el Zei?

Y’ha‘nthlei ―leyó Annie―. Ni idea… pero el Chaat Aquadingen es el libro grande que habéis traído.

Todos siguieron el dedo de Annie hasta el grueso tomo que reposaba a un lado del resto.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó Colin O’Bannon.

―Es lo único del libro que está escrito en cristiano ―contestó Annie―. Y está escrito en la portada… pero a saber que quiere decir. Aqua puede ser “Agua” en latín. Dingen es alemán gótico, y quiere decir “Cosas”… y Chaat… es una galleta que se cocina en la India.

―¿Has estado en la India? ―preguntó Patry sorprendida.

―He estado en muchas partes ―Annie sonrió con suficiencia―. Tengo que pasarme por la biblioteca de Miskatonic, a ver que puedo encontrar de este tomo, del tal Hermes Trimesgisto, de símbolos mágicos e hijos del mar… pero no creo que sea fácil. Todo suena a delirio.

―Hay mucho de este mundo, que todavía no es desconocido ―sentenció Jacob O’Neil mientras un trueno subrayaba sus palabras.

―Es un delirio ―contestó Liam―, pero gracias, Annie.

―Delirio o no ―comenzó Colin―, el tipo tenía de todo en su laboratorio secreto.

Colin dejó junto a los libros la bolsa de tela con los lingotes, el frasco con polvo de Trimesgisto y la daga plateada.

―Concretemos ―comenzó Jacob mirando su libreta.

»Tenemos que Innsmouth está controlado por una secta religiosa, la Orden Esotérica de Dagon, instaurada hace casi 100 años por el capitán Obed Marsh.

»Tenemos que los Marsh están a cargo de la susodicha orden. Que hay Marsh y miembros de la orden en todos los estamentos de la ciudad.

»Brian no ha sido el primero en desaparecer en Innsmouth. Un colega de Greg, Allen Zadoshky, y mi mentor, Bill Forbes, también desaparecieron en Innsmouth.

»Según testigos, a Brian lo retiene los miembros de la Orden, pero no sabemos donde…

―Y tú les has dado tu nombre, tú numero de placa, tus datos… ―dijo Greg apretándose las sienes.

Todos los Finns se volvieron hacia Jacob, consternados.

―¡Se los di al comisario Martin!

―Que trabaja para la policía, que trabajan para los Marsh ―siguió Greg―, pero me refería al acólito Marsh con el que hablaste después… y que ya sabía que eras poli, sin decírselo.

―Joder, Jacob… ―comenzó Colin.

―Perdón por no estar acostumbrado a mentir y a esconder mi identidad. Ahora soy policía y no tengo porqué, ¿sabéis?

―Cómo tú quieras ―se excusó Colin alzando las manos.

Jacob le soltó un bufido y ojeó sus notas.

―¿Qué más tenemos?

―Que hay una taberna regentada por un alemán que se puede ir de la lengua, si somo generosos con él ―contestó Thomas Connery.

―Que Sandra Mowry piensa que Brian está muerto―dijo Annie, lúgubremente―. O que estar retenido por la Orden es como estar muerto…

―Brian no esta muerto hasta que veamos su cadáver y no hay más que hablar ―sentenció Jacob―. ¿Qué más?

―Que la Orden Esotérica de Dagon practica sus rituales los sábados por la noche, y las noches de Walpurgis y de Samhain… para la que quedan nueve días ―continuó Annie―. Y que cerca de Innsmouth, en la Mansión Babson, vivía un ermitaño, que practicaba brujería y experimentos ¿genéticos?, muy interesado en los monstruos acuáticos y en descendencias demoníacas.

―¿Qué es la genética? ―preguntó Patry.

―Me suena a algo de antropología, no sé, mañana preguntaré en la biblioteca.

Thomas se levantó de sopetón.

―¡Conozco a un antropólogo!… es más. Conozco a alguien que quizá tenga información sobre Innsmouth.

―¿Quién? ―preguntó Jacob extrañado.

―El cura de la Iglesia de M-E Asbury, el padre Wallace. Es doctor en antropología… y siempre ha tenido muy mala opinión de la gente de Innsmouth.

―Muy bien ―comenzó Jacob―. Mañana Thomas irá conmigo a ver a ese tal padre Wallace. Colin y Annie investigarán en la biblioteca. Greg se quedará descansando.

―¡Pero si estoy bien!

―Y dentro de dos días estarás aún mejor ―zanjó Jacob―. Y por último, Liam y Patry se acercarán a Innsmouth, a ver si pueden sonsacar información a ese alemán… o a quien sea.

―La rubia despampanante y el tipo de la cara quemada ―se quejó Greg agriamente―, seguro que pasan muy desapercibidos.

―Tranquilo, Greg ―se burló Patry―. Yo nunca doy mi verdadero nombre.

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Huida de Innsmouth(27): De una cama de hospital, un puñado de libros y dos contactos

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Liam McMurdo (Conductor)                         –              Soler

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Los Finns estaban reunidos alrededor de la cama en la que estaba postrado Greg Pendergast. Jacob O’Neil y Colin O’Bannon habían bajado en coche hasta el hospital de Arkham donde habían ingresado al fotorreportero, herido de bala, con la excusa de que le habían intentado atracar en Innsmouth.

―Normal, ¿qué esperaban yendo a ese lugar inmundo? ―repuso la indignada enfermera.

Mientras Jacob conseguía convencer a los policías que vinieron a tomar declaración, Colin volvió a Innsmouth donde avisó al resto de la cuadrilla de lo sucedido. Haciendo una parada antes en el despacho de Ralsa Marsh.

Una vez congregados en la habitación de Greg, esperaron a que este saliera del sopor de la morfina, dando tiempo a Liam McMurdo a regresar de la visita a su sobrina.

―¿¡Qué le disparaste!? ―le gritó Liam a Jacob.

―No le disparé. Fallé y… estaba petrificado en medio del ángulo de tiro y…

―Eres un manazas y ya está, Jacob ―siseó Colin que miraba por encima del hombro de Annie O’Carolan, que a su vez, ojeaba los catorce tomos que habían sacado de la biblioteca. La chica estaba eufórica, pero no daba muestras de ello, simplemente pasaba las páginas de algunos tomos, los olía, asentía y murmuraba palabras para si misma.

―¿Qué hicisteis con el cuerpo? ―preguntó Thomas Connery.

―Lo devolvimos al pozo del que salió―comenzó Colin―. Cerramos la tapa y de haber tenido dinamita la habríamos volado.

Patry O’Connell se tensó al oír el tema de los explosivos. Liam también, pero porque la sola mención del fuego le produjo escalofríos.

―O quizá mejor no ―continuó Colin―. A ver como explico después al tal Ralsa Marsh que he dinamitado los cimientos de la propiedad que le acabo de vender.

―¿Sacaste tajada por la casa? ―preguntó Patry.

―Ochocientos dólares al contado ―asintió Colin―. Aunque el tipo al que le gané los papeles los apostó por valor de dos mil dólares. Pero más vale pájaro en mano, que una casa que cría ranas gigantes y parlantes.

―Con vuestro permiso y sin ofendero… pero lo de la rana… es que no me lo termino de creer ―dijo Liam―. ¿No os asustaríais al ver salir al niño de allí? Puede ser que estuviera muy afectado por la marca de Innsmouth y…

―No era un niño ―murmuró Greg. Intentó sonreír pero solo consiguió dibujar una mueca en su pálido rostro.

Los Finns se acercaron a él, estrechándole la mano, apretándole el hombro sano y Patry le plantó un beso de carmín rojo en la mejilla.

―A saber a quién has besado con esos labios―bromeó Greg.

―A un chico muy feo, pero muy locuaz ―contestó mordaz Patry.

―Se ligó a Ezra Blanks, el compañero de trabajo de Brian ―comenzó Thomas―. Por lo visto creen que a Brian lo secuestró la Orden Esotérica de Dagon, una especie de secta que controla todo el pueblo.

―Los Marsh controlan el pueblo ―dijo Annie sin dejar de analizar uno de los libros. El más grueso, el más grande. Encuadernado en un cuero extraño, húmedo, el interior estaba lleno de sucios folios y papiros cargados de anotaciones en por lo menos cinco idiomas… y todo el texto estaba escrito en un alfabeto retorcido y antinatural.

―Según mi contacto, un tipo que vive en el pueblo―comenzó Patry con una lengua llena de veneno―.La Orden Esotérica de Dagón, controla Innsmouth,

―Según mi contacto, un escritor de fama mundial que se dedica a desmantelar sectas sanguinarias desde la India hasta el Amazonas ―comenzó Annie sin cortarse en resultar todo lo pedante que pudiera―, y que está investigando la ciudad, los Marsh lo controlan todo. Hay miembros de la familia Marsh en todos los estamentos importantes: La policía, el gobierno municipal, las industrias… y en la orden esotérica.

Annie extrajo su libreta y donde había apuntado todos los detalles que Jackson Elias le había facilitado, incluyendo algunos episodios de la historia de Innsmouth que se encerraban en las páginas del diario extinto, el “Innsmouth Courier”, Jacob tomó la libreta y comenzó a apuntar en la suya parte de esa información.

―¿Y no te lo has tenido que follar para que te dijera todo eso? ―siseó Patry.

―No, cariño ―contestó Annie arrugando la nariz―, sólo le he dado mi dirección para que me escriba.

―¡Qué romántico! ―contestó Patry con sarcasmo.

―¡Basta de puyas! ―cortó Jacob―. ¿Qué nos puedes decir de los libros Annie?

―Son libros de ciencias ocultas ―contestó Annie con tono aburrido―. Brujería, bestiarios, prácticas satánicas y demás temas similares. Estos de aquí son bastante habituales en cualquier librería ocultista, pero estos tres son bastante más difíciles de encontrar. Y este grandote no lo había visto nunca…

―¿De qué hablan? ―preguntó Greg.

―No los he estudiado, Greg. Los conozco de oídas, por catálogos o…

―Los conoces. Sabrás algo de ellos.

―Pues sí, que versan sobre brujería, bestiarios, prácticas satánicas…

―No te andes por las ramas y concreta.

―¿Qué quieres que concrete?

―¡Pues lo que sea que te estés escondiendo! ―gritó Greg.

―¿¡Cómo qué me estoy escondiendo algo!? ―chilló Annie―. ¿¡Quieres qué te haga un análisis de cada libro, Greg!? ¿¡Es eso lo qué quieres!? ¡Muy bien! Aquí tenemos La Damonialitate, escrito por el inquisidor Lovodico María Sinistrani en 1785, es un libro en cartoné, folio a una cuarta y, sin haberle hecho las pruebas pertinentes, podría asegurar que es original. Y en él, ¡el inquisidor habla de los tratos sexuales entre los humanos y el Diablo y su progenie!

Annie arrojó el libro al suelo, derribando la columna que había formado con los primeros diez tomos, más habituales en las bibliotecas ocultistas.

―Este es el Discourse Des Sorciers, el Discurso de los Brujas en francés, de Henry Boguet, 1608, folio a una cuarta, en cartoné. El bueno de Henry  era un juez de Borgoña que estranguló, torturó y quemó a más de 40 mujeres y niños en sus casos de brujería.

»Este más pequeño, en rústica, está en folio a una octava, se llama Fischbuch, que viene del alemán gótico y significa “Libro de los Peces”, y lo escribió Konrad von Gerner un ocultista que aseguraba haber tenido encuentros carnales con sirenas.

»¿Te parece suficiente información o quieres más?

―Quiero toda la información que puedas darme de esos libros ―contestó Greg con los dientes apretados.

―¿Por qué? ¿Te van a decir estos libros dónde está Brian? ―y Annie arrojó el Fischbuch al pecho del reportero que gimoteó de dolor―­. ¿Te van a decir quién apuñaló a Biff Williams hace ocho años? ¿Qué te van a decir estos libros que sea tan importante?

Un silencio sepulcral devoró la habitación. Annie no quiso llorar delante de ellos, se negó a que la vieran verter una sola lágrima. Ella ya no era esa chica. El resto de la cuadrilla apartaban la vista buscando algo que decir, algo que apuntar…

―¿Cuánto queda para Samhain? ―espetó Patry. La muchacha cayó en la cuenta de que lo había dicho en voz alta, cuando en realidad lo estaba pensando. Todos los Finns se volvieron para mirarla.

―Ocho, no, nueve días, ¿por qué? ―dijo Jacob algo aturdido.

―Porque, no se que le diría a Annie su contacto, ni que pondrá en los libros de Colin, pero Ezra Blank me dijo que pasaban cosas muy malas en Innsmouth cuando llegaba Samhein.

Los Finns se miraron. Ahora además de descubrir que había pasado con Brian Burnham, tenían que descubrirlo en menos de nueve días.

Huida de Innsmouth(26): ¿Mami?

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

Colin O’Bannon, Jacob O’Neil y Greg Pendergast habían bajado hasta el sótano. Colin llevaba el revólver del calibre 32 desenfundado, Jacob su Smith & Wesson del calibre 38 y Greg sostenía su bate de baseball. Cada uno iluminaba sus pasos con una cerilla candente.

E iban acojonados.

Los tres habían escuchado claramente la voz infantil llamando a su madre a través desde la pared de la sala de costura. Una voz que surgía de abajo.

Y abajo no había nada,  sólo una oscura sala vacía y llena de polvo.

El silbido de Greg les guio hasta una estrecha sala aledaña al sótano. Una vieja bodega sin una sola botella de vino.

–Aquí no se tomaban muy en serio la “Prohibición”, ¿verdad, agente? –preguntó Greg con sarcasmo.

Colin ojeaba los estantes de la bodega.

–Debemos de estar bajo el pasillo del primer piso… lo que hay bajo la sala de costura está al otro lado de estos estantes.

–Colin, al otro lado de estos estantes hay una pared—contestó Jacob.

Colin atisbó algo entre dos de los estantes. Ladrillos viejos y desparejados. Y uno nuevo, más oscuro que el resto. Colin pasó la mano entre los estantes y apretó el ladrillo. El botellero y la pared se movieron. Los tres Finns se miraron, con cierto desconcierto dibujado en sus rostros y movieron la puerta secreta, que daba paso a una habitación pequeña, pero limpia.

Destacaba una estantería que contenía dos docenas de viejos y ajados libros, ante la cual había un pequeño escritorio con un grueso tomo abierto, una pila desordenada de papeles llenos de garabatos, un frasco de tinta y su pluma, un estuche de madera negra y una pequeña bolsa de tela color granate. Había otra estantería llena de cajitas y bolsas. Y frascos, muchos frascos llenos de formol con órganos embalsamados y otras cosas… cosas sin nombre. Una mesa cargada de material de laboratorio, botellas, viales, redomas, probetas…

Y en un rincón había un pozo.

Un pozo viejo,  cegado por una pesada tapa de madera.

Colin se quemó los dedos con la cerilla. Jacob encontró un viejo quinqué con el que inundó el laboratorio de una enfermiza luz amarillenta. Greg había dejado el bate a un lado, sacó su cámara de fotos y, tras un fogonazo, atrapó la estantería en una fotografía.

–¿Qué coño es este sitio? –preguntó Jacob.

–Lo que parece –contestó Colin haciéndose con la bolsa de tela. Pesaba bastante más de lo que parecía y dentro había… ¡media docena de lingotes de oro! Eran pequeños, del tamaño de chocolatinas, y más que dorados parecían plateados. Tenían una inscripción de caracteres desconocidos en un lado… en el otro había un ser anfibio que exhibía un desproporcionado órgano sexual–. El laboratorio de un loco.

Jacob había abierto el estuche, dentro descubrió una daga de plata, nada elaborada, un diseño funcional. Colin curioseaba entre los frascos de la estantería.

–¿Tú crees que el tipo que se jugó la mansión contra ti, sabía lo que había en su sótano? –preguntó Greg antes de tirar otra foto, esta vez sobre la librería.

–No lo creo–contestó antes de guardarse en el bolsillo un frasco con un cartel en el que se leía: Polvo de Hermes Trimesgisto. –Annie sabe de libros, ¿no? Creéis que podrá, no sé, tasarlos o algo así.

–Annie no es la misma Annie que conocimos–comentó Jacob mientras ojeaba un libro… un diario.

–Dijo el agente O’Neil –contestó Greg con sarcasmo–. ¿Qué lees?

Jacob le miró de reojo y se aclaró la garganta.

¡Malditos sean los Marsh y todos sus allegados!

»¡Maldigo su sangre por mil años!

»¡Han tenido la desfachatez de profanar mis tierras! ¡Han entrado en mi casa y destruido mi propiedad!

»¡Han matado a mis perros! ¡Y también a mis retoños! ¡Mis pequeños!… Mis creaciones… todos muertos, salvo unos pocos que han desaparecido… secuestrados sin lugar a dudas…

»¿Qué tipo de monstruo puede hacer algo así?

»Ha debido de ser Esther Marsh… esa pequeña zorra envidiosa. Sus estudios sobre genética no son más que excusas para fornicar con terrestres e hijos del mar por igual. ¡Para dar placer a sus vicios!

»Barbanas está ciego. Su transformación le ha sorbido el seso. Y los sacerdotes de la Orden están tan absortos en sus cultos arcaicos que no consiguen ver más allá. ¡No como yo! ¡Yo tengo visión de futuro!

»Hoy habrán ganado una batalla pero aún tengo mi laboratorio.

»Habrán entrado en mi despacho y robado mis memorias y todos mis estudios sobre el cruce de especies entre los terrestres y los hijos del mar, toda la documentación de mis experimentos, todo, todo… perdido.

»Pero aún tengo al pequeño Fregg en el Pozo.

–¿Mami?

A Greg casi se le cayó la cámara de fotos. Colin dejó caer el bote lleno de ojos de batracios que estaba mirando en ese momento y encañonó al pozo.

El lugar desde donde había emergido la voz.

–¿Pero qué coño…? –comenzó Jacob.

–¿Mami? –repitió la voz. Infantil. Nasal. Gorgoteante.

Jacob apuntó al pozo.

–Greg, levanta la tapa.

–¡Una puta mierda! ¡Levántala tú!

–Colin y yo tenemos pistolas, te cubriremos –sentenció Jacob posicionándose de espaldas a Greg, Colin apuntaba desde la izquierda del pozo.

–¿Mami?

–¡Una mierda! —gritó Greg.

–Deja de gimotear como un banshee y levanta la puta tapa —ordenó Jacob.

Greg lanzó otro exabrupto, dejó su cámara sobre la mesa, tomó el bate de baseball y se acercó con cuidado a la trampilla. Inconscientemente los tres, a la vez, movieron los dedos por encima de la culata o el bate de baseball, asiendo sus armas con fuerza. Greg les miró.

–A la una… a las dos…

–¿Mami?

Greg alzó la tapa. Y en un parpadeo algo salió del pozo y se pegó al techo, observándoles bocaabajo.

Fregg, la cosa del pozo que llamaba a su mami, era un niño escuchimizado, esquelético, con los dedos de manos y pies completamente palmeados, de piel gris verdosa, y cuyo rostro carecía de rasgos faciales. No tenía ojos, ni nariz, ni pelo, ni orejas… solo una boca enorme, desproporcionada, una boca que se abrió y dijo:

¿Mami?
¿Mami?

–¿Mami?

Greg dejó caer el bate de baseball. Y con voz mecánica respondió:

–¿Mami?

–¿Qué coño es eso? –dijo Colin sin dejar de apuntarlo.

Jacob fue a contestar, pero Fregg, el inquietante niño-rana, soltó un latigazo veloz como una flecha con una lengua larguísima que golpeó cerca del quinqué, cerca de Jacob.

Colin no lo dudó.

Comenzó a apretar el gatillo.

Fuego a discreción.

Jacob le imitó.

La pólvora y el humo comenzaron a asentarse. La amarillenta luz del quinqué creaba sombras siniestras que se alargaban por las paredes.

Colin O’Bannon apretó el gatillo, pero el chasquido del percutor le informó que el tambor de su arma estaba vacío. Jacob O’Neil bajó el humeante cañón de su pistola y apuntó al suelo.

Greg Pendergast se giró hacia ellos. Un agujero oscuro en su hombro izquierdo se expandió en una mancha carmesí.

—¿Mami? —preguntó Greg, antes de caer inconsciente.

Colin y Jacob se miraron, viendo en sus aterrados rostros el reflejo de sus propios miedos.

Colin abrió el tambor de su revólver y comenzó a recargarlo a ritmo frenético. Jacob se acercó hasta Greg.

—¿Está muerto? —preguntó Colin.

—No, sólo herido. Y conmocionado.

—No Greg, maldita sea. ¡Me refiero a esa cosa!

Jacob se asomó al otro lado del pozo donde yacía desmadejado el raquítico cuerpo de Fregg. Le habían cosido a balazos. Por lo menos nueve disparos.

El décimo le había dado a Greg Pendergast en el hombro.

—Está muy, muy muerto —contestó Jacob—. Joder… sólo era un niño.

—Eso no era un niño —contestó Colin—. Era una cosa. Y ahora es una cosa muerta.

—¿Qué haces? —preguntó Jacob que había comenzado a diagnosticar a Greg. La bala había entrado por encima del omóplato derecho y había salido bajo la clavícula. Un tiro limpio.

—¿A ti qué te parece? —contestó Colin que había cogido todos los libros que podía cargar—Coger todo lo que pueda y largarme de este sitio.

—Son pruebas.

—¿Pruebas? —preguntó Colin—. Que Greg haga unas fotos mientras le curas… ya que le has disparado tú… pero yo no me quedo en esta casa más tiempo del necesario.

—Yo no…

—¡Tiene un tiro en la espalda! Ni en el brazo derecho, ni en el costado, que era el blanco que me ofrecía a mí… ¡un tiro en la espalda! ¡Deja de discutir y espabila!

—¿Pero a qué tanta prisa?

—¡Estaba llamando a su madre!

Colin señaló el cuerpo retorcido y ensangrentado de Fregg.

—¡Si así es el hijo, imagina cómo será la madre!

Huida de Innsmouth(25): Una charla en el Café Innsmouth

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

Patry O’Connel (Buscavidas)                      –             Hernán

Thomas Connery (Infante de Marina)          –              Bea

―¿Esta es su novia, siñor Elias? Es mu’ guapa―dijo la horrenda camarera de la cafetería de Innsmouth.

Annie le dedicó una gran sonrisa a la chiquilla, una joven de ojos saltones, dientes ratoniles, cabello corto y quebradizo, embutida en un horrible uniforme de camarera rosa chicle. La muchacha les miraba con hambrienta devoción. Quizá más hambre que devoción, lo que generó un sentimiento de intranquilidad en Annie.

―Es demasiado pronto para eso, querida Brittany. Acabo de conocer a esta bella dama y me he propuesto invitarla a comer. ¿De que dispone el Café Innsmouth esta preciosa tarde?

―De lo de siempre, siñor Elias. Hay piscado frito. Y pollo asao. Pero yo recomiendo simpre el piscado, qui es frisco. El Pollo lo reasamos y lo reasamos hasta que alguin si lo come.

―¡Brittany! ―ladró una voz desde el interior de las cocina. El padre de la muchacha, Darold Elliot era el tipo rechoncho, grasiento y de grandes ojos estrábicos que Annie había visto cuando llegó a la plaza.

Brittany correteó hasta las cocinas, donde fue reprendida con dureza, seguramente  por ser demasiado sincera sobre el pollo.

―Es el mejor sitio para comer en Innsmouth ―comentó Jackson Elias―. De hecho, creo que es el único. El Hotel Gilman no da comidas, aunque si desayuno… si a un café aguado y unas galletas de avena se le puede llamar desayuno, claro.

―¿Por qué está aquí, señor Elias?

―Directa al grano, ¿eh? ―Elias lanzó una mirada por encima de su hombro y se acercó hasta Annie―. ¿Le suena la Orden Esotérica de Dagon?

―Algo he oído.

Annie sabía que el Capitán Obed Marsh, el personaje histórico más llamativo de Innsmouth, fundó una nueva religión tras sus viajes por los Mares del Sur: La Orden Esotérica de Dagon. Se rumoreaba que su segunda esposa fue una isleña de esas tribus y que además, era sacerdotisa de dioses paganos. Varios marineros volvieron de esos viajes con esposas canacas. Había quien decía que la “Marca de Innsmouth” era a causa de ese mestizaje.

―¿Cómo llegó a su conocimiento esa “secta”?

Elias le dedicó una orgullosa sonrisa de satisfacción, el escritor gustaba de contar batallitas y Annie le estaba siguiendo el juego.

―Llegó tras leerme el Innsmouth Courier.

―¿Todo? ―preguntó Annie notando como su corazón repicaba con intensidad, sus pupilas se dilataban y su transpiración aumentaba.

El Innsmouth Courier era casi una leyenda en el círculo de los cazadores de libros. Un periódico extinto, cuyos tres últimos números, publicados durante los disturbios de Innsmouth de 1846, eran casi imposibles de encontrar.

Y por los que se podían pagar hasta 750$… quizá hasta más.

―No… casi toda la colección que tienen en la biblioteca Widener de Harvard, pero no los tres últimos números. Pero con lo que leí ya me hice una idea. ¿Sabía que el editor del periódico durante la década de los cuarenta, John Lawrence, murió durante los disturbios del 46?

―No tenía ni idea.

―Esa es la versión oficial. Pero yo creo que Lawrence, el representante electo Leonard Mowry y muchos otros, fueron víctimas por rebelarse ante la secta de Obed Marsh. En el Insmouth Courier seguían de cerca el caso del asesinato de Douglas Averill, que murió a manos de unos partidarios de Obed Marsh, y cómo los contactos del capitán sirvieron para poner en libertad a los presuntos culpables.

―¿Y ha venido a investigarlo aquí, de primera mano?

―Cómo lo oye―Elias le dedicó una mirada profunda y una cuidada sonrisa canalla―. Pero lo que en este momento me intriga es… por qué ha venido usted a Innsmouth.

En ese momento entraron en la cafetería dos personas.

―¡Pero bueno, Annie! ¿Estás flirteando? ―dijo a voz en grito Patry O’Connell. Caminaba junto a Thomas Connery que sonreía mucho, tenía las mejillas coloreadas y sus ojillos… achispados―. ¿Qué tal, me llamo Patry y este es Thomas? ¿Y usted es?

―Jackson Elias ―contestó el escritor levantándose, besando la mano de Patry y dándole la mano efusivamente a Thomas―, quizá haya leído algún libro mío como Hijos de la Muerte o el Camino del Terror.

―No soy mucho de leer.

―Oh, qué lástima ―y Elias miró de reojo a Annie, que no pudo evitar sonreír―.¿Quieren comer con nosotros? Brittany nos ha recomendado el pescado frito y estaba a punto de pedir dos raciones.

―No es necesario que pida por mí ―contestó Annie con suficiencia―. Soy mayorcita y puedo pedir por mi cuenta, gracias.

Jackson, Patry y un ebrio Thomas Connery la miraron asombrados.

―Una mujer independiente y con carácter ―dijo Elias, sin dejar de sonreír―. Me gusta.

A Jackson Elias le gustan las chicas independientes y con carácter
A Jackson Elias le gustan las mujeres independientes y con carácter

Patry alzó una ceja y le dedicó una mirada reprobatoria al escritor. Le ofendía que un hombre se sintiera más atraído por Annie, la rata de biblioteca que por ella que… que era Patry O’Connell.

―El caso es que no tenemos tiempo para pescados fritos ―espetó con veneno en cada palabra―. Me han dicho que a Brian le ha secuestrado la Orden Esotérica de Dagon y tenemos que hablar sobre…

Thomas tapó la boca de Patry, miró por encima de su hombro pero desde la cocina llegaban los gruñidos de Darold Elliot discutiendo con su hija sobre cómo estaba friendo el pescado, parecía que no les habían escuchado. Thomas sacó un billete de cinco dólares y lo arrojó a la mesa.

―Disfruten de la comida ―dijo Thomas, al tiempo que empujaba a Patry fuera del local―. Yo, mientras tanto, voy a dar una vuelta con mi amiga.

Elias no se sentó a la mesa hasta que Thomas y Patry salieron, ante la atónita mirada de Darold Elliot que no sabía muy bien que había pasado en su local. Elias miró a Annie, que no apartó la vista.

―¿Quién es Brian? ―susurró Elias cuando Darold Ellito volvió a la cocina.

―Un amigo. ¿Qué sabe acerca de la Orden Esotérica?

―Poco ¿Qué le ha pasado a Brian?

―Por lo visto le ha secuestrado la Orden Esotérica de Dagon ¿Me va a contar todo lo que sabe sobre la Orden?

―Ya le he dicho que sé muy poco de la Orden Esotérica de Dagon.

―Que lástima ―contestó Annie frunciendo los labios―, tendré que irme con mis amigos entonces…

―Pero se mucho de la familia Marsh. Cómo por ejemplo que un nieto del cacique local Barbanas Marsh, se llama Sebastian Marsh… y es el sumo sacerdote de la Orden Esotérica de Dagon.

Annie y Elias se sonrieron. No se quitaron la vista de encima. Ni parpadearon.

―Pídame un pescado frito, por favor ―pidió Annie―. Y… cuénteme más.

Apéndice 2: Las Buenas Gentes de Innsmouth (1)

El Acólito Alaric Marsh (Marcado)
El Acólito Alaric Marsh (Marcado)
Ralsa Marsh, dice ser abogado (Marcado)
Ralsa Marsh, dice ser abogado (Marcado)
Ezra Blank, enamoradisimo de Patry O'Connell (Marcado)
Ezra Blank, enamoradisimo de Patry O’Connell (Marcado)
El Aséptico Comisario Andrew Martin (Marcado)
El Aséptico Comisario Andrew Martin (Marcado)
Jackson Elias... el Hombre (Sin Marca)
Jackson Elias… el Hombre (Sin Marca)
Viktor Obtrech, alemán afincando en Innsmouth (Sin Marca)
Viktor Obtrech, alemán afincando en Innsmouth (Sin Marca)
Thomas Waite, el de en medio de los Waite (Sin Marca)
Thomas Waite, el de en medio de los Waite (Sin Marca)

Huida de Innsmouth(24): La Mansión Babson

Colin O’Bannon (Jugador)                           –              Toño

Greg Pendergast (Fotorreportero)              –              Jacin

Jacob O’Neil (Sargento de Policía)              –              Raúl

La Mansión Babson era un gran caserón georgiano, aislado, al pie de una playa de arena grisácea, con jardines invadidos por hierbajos, una fuente resquebrajada y una cuadra con el tejado hundido. Las ventanas están rotas, cegadas con tablones o con los postigos batiéndose por el viento.

―Muy acogedor ―comentó Greg Pendergast con sorna.

―No hay que mirarle el diente al caballo regalado ―contestó Colin O’Bannon antes de apearse del viejo Ford T de Jacob O’Neil.

Los tres rodearon la casa. Había una puerta trasera y, a diferencia de la puerta principal que estaba abierta de par en par, la puerta estaba cerrada e intacta. Colin la abrió sin problemas y entraron en una mohosa cocina que apestaba a hongos y humedad.

Mientras Colin y Jacob investigaban la cocina, Greg descubrió algo en la puerta. Le llamó la atención un pequeño dibujo grabado a cuchillo en la puerta.

Una estrella.

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La miró con detenimiento, descubriendo que la estrella tenía un pequeño dibujo en su interior. Un ojo. Cámara en mano, Greg disparó una foto a su descubrimiento, llamando así, la atención de sus camaradas.

―¿Habíais visto esto alguna vez?

―Ni idea ―murmuró Jacob.

Colin negó con la cabeza.

Salieron de la cocina y comenzaron a explorar la casa, habitación por habitación. Mientras Colin subía al piso superior, Jacob y Greg exploraron la entrada principal donde Jacob descubrió como había sido derribada la puerta.

―La derribaron a base de escopetazos ―comentó el sargento de policía, señalando los agujeros. Greg le señaló la puerta. En el mismo esquinero que en la de la cocina encontraron otra estrella grabada a punta de cuchillo.

Greg y Jacob comenzaron a internarse en las habitaciones, descubriendo que habían sido saqueadas de forma indiscriminada, la grifería había desaparecido en la mayoría de los baños, había pocos muebles y los que encontraban estaban rotos o dañados por la humedad. Los tomos de la biblioteca estaban hinchados, podridos.

Jacob caminó con tiento por el agujereado suelo de la habitación de invitados. Había un gran sótano bajo sus pies.

Colin subió por una escalera que crujía ominosamente aunque parecía resistente. El piso superior no estaba mejor: Colchones sucios, llenos de ratas, armarios saqueados…

Colin apretó el revólver del calibre treinta y ocho que llevaba en el bolsillo de la gabardina y estuvo a punto de sacarlo cuando entró en un dormitorio infantil. Le recibió un balancín con forma de caballito que comenzó a balancearse tímidamente según abrió la puerta. Mientras un escalofrío le corroía la columna vertebral, Colin descubrió que la ventana de la habitación estaba abierta y el viento empujaba al balancín.

Colin suspiró aliviado. Cerró la ventana y según se volvía para salir del cuarto algo le llamó la atención. Había un agujero en la pared. Un agujero que daba a un espacio vacío. Parecía que había un hueco entre la pared del dormitorio infantil y la fachada de la casa. Se acercó hasta él y ojeó su interior.

―¿Mami?

Colin se sobresaltó dando un paso atrás. El color huyó de sus mejillas, su vista se posó en el caballito de madera que aún se balanceaba tímidamente y mientras el corazón embestía contra su esternón.

La voz, apenas un murmullo apagado, había recorrido el hueco desde abajo, desde las profundidades.

―¿Mami?

Colin salió corriendo de la habitación, gritando, llamando a sus amigos.

Huida de Innsmouth(23): Jackson Elias

Annie O’Carolan (Cazadora de Libros)        –              Sarita

―Mi más sincero pésame ―murmuró apenada y presurosa Sandra Mowry―. Y hágase un favor, bonita, váyase de Innsmouth.

Sandra Mowry se refugió bajo el brazo de su esposo que la acompañó entre las estrechas y grises calles de la ciudad. Annie O’Carolan la contempló alejarse con el corazón oprimido por una garra de tristeza.

Annie se acababa de encontrar a la pareja a la salida del Bazar Waite, pero la sola mención de Brian Burnham cambió la expresión de los dos agradables cincuentones de rostro amable, sin la marca y cabello canoso.

Y Sandra Mowry le había dado el pésame.

Annie guardó sus sentimientos en un apartado rincón de su corazón y volvió a New Town Square, pero Patry y Thomas no estaban por ningún lado, sólo las desagradables miradas de los transeúntes de ojos saltones. Annie encaminó sus pasos hacia la enorme mole amarillenta del Gilman House, en cuya entrada había un tipejo alto, desgarbado, con una mata de pelo lacio y sucio, ojos grandes que no parpadeaban y piel escamosa.

―Disculpe, caballero…―y el tipejo escupió un gargajo granate a sus pies.

“Encantador”

―Bonitos modales, ¿los ha aprendido en un estercolero? ―el tipejo ni la miró. Annie sí, le fusiló con la mirada y se internó dentro del hotel. No había nadie en el mostrador. Annie preguntó al aire, pero no apareció ningún encargado. Accionó el timbre de la recepción. Nada. Con los nervios a flor de piel comenzó a tocar el timbre hasta que el tipejo de la entrada lanzó un suspiro hastiado y se posicionó tras el mostrador.

―¿Qué quiere? ―escupió el recepcionista. Annie no le apartaba la mirada―. ¿Una habitación o qué?

Annie apretó los labios y pensó en algún comentario mordaz que escupirle hasta que una voz profunda le interrumpió.

―Querido Charlie Gilman, debería tratar con más respeto a una dama como esta.

El dueño de la voz estaba bajando por las escaleras. Era un hombre alto, delgado y apuesto. Peinado a la moda, con un fino bigotito perfectamente recortado sobre su sonrisa canalla y con un traje hecho a medida, con pajarita y un pañuelo granate asomando de su bolsillo izquierdo.

―Sin lugar a dudas conseguiría que su hotel tuviera más visitantes. ¿Qué tal, señorita? Soy Jackson Elías quizá haya leído algunas de mis novelas…

―De hecho, las he leído ―le cortó Annie devolviéndole la sonrisa­―. Me gustó mucho Hijos de la Muerte y El Camino del Terror pero, creo que Brujerías de Inglaterra fue bastante insulso.

―Vaya… ―comenzó Jackson visiblemente impresionado―. Por extraño que me resulte reconocer, no suelo encontrarme a reconocidos lectores de mis ensayos. Y lo reconozco, las “brujas” que entrevisté fueron bastante soporíferas y por tanto, me quedó un libro aburrido.

Jackson miró de reojo a Charlie Gilman, que se introdujo un puñado de tabaco de mascar en la boca sin dejar de mirarlos fijamente.

―Ha visitado la cafetería de Innsmouth. No es el mejor sitio de Massachuset pero reconozco que sirven un filete de merluza bastante decente ¿Qué le parece si le invito?

―Yo no…

―Insisto ―perseveró el autor―. Y puedo insistir con mucha más vehemencia si no acepta.

―Entonces aceptaré, señor Elias.

―Un auténtico placer, señorita.

―Pendergast ―espetó Annie sin saber muy bien porqué había contestado así, soltando el apellido de su amigo Greg―. Annie Pendergast.